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Somniloquios

La seductora

La seductora


Halle Berry pasó hace unos días por Madrid para presentar su última película, que ni me acuerdo cómo se llama ni creo que me importe. A su paso dejó el rastro viscoso de todas las seductoras. La crónica de ABC refería aquel pensamiento del cómico Jerry Seinfeld: "Un escote es como el Sol, mejor no mirarlos de frente o te puedes hacer daño". En cierta ocasión, Halle Berry trató de suicidarse inhalando monóxido de carbono en su automóvil. Su primer matrimonio se había ido al garete: no completó la maniobra, confiesa en una entrevista, porque en el último instante imaginó a su madre en el terrible momento de hallar su cuerpo fallecido. Ya le dijo Adofo Bioy Casares al argentino López que, tal vez, en el fondo la crueldad no sea sino pura falta de imaginación: no pensar en los demás.

Esta imagen que traigo hoy compone una felicitación de vacaciones tan buena como cualquier otra, y me sirve para cerciorarnos de lo lejos que están las modelos del modelo apetecible, así como anotar de nuevo la velocidad del ojo de las cámaras y sus manipuladores. Creo que se les puede llamar así, felizmente, y me explico... Mirando a Halle Berry con el cuerpo entornado y esa mirada juguetona, de benévola displicencia, uno pensaría que se quedó así cinco minutos para que todo el mundo tomara buena nota de lo bien que lucen los soles morenos. Pero no. El vídeo de Halle Berry ante la prensa española muestra que su voluptuosa comparecencia no duró más de 30 segundos; y que ese saludo final, como comprobará quien lo vea, fue apenas una leve inclinación velocísima en la que cabía poco más que una desacostumbrada cortesía. Pero a las cámaras digitales de hoy día, y a los supersónicos dedos de los fotógrafos, no les hace falta más para revelar el impulso último, el interior. La verdad. Lo dijo en un comentario por aquí José Miguel, fotógrafo reflexivo: "No hay casualidad en el acto fotográfico; vemos lo que queremos ver". Vista la escena completa, concluyo: la imagen es una maravilla, en todos los aspectos. Por cierto, la película se llama "Seduciendo a un extraño".

Diego se olvida la puntilla

Diego se olvida la puntilla

Últimamente tengo el desmayo primaveral o poco tiempo para pensar con frivolidad, el ingrediente básico de Somniloquios. De ahí que a ratos me quede callado, mirando a la pared blanca de este blog sin saber qué decirle. Mientras se me pasa, voy a mirar a otro lado y largo aquí un par de crónicas del Zaragoza en las últimas semanas: el alegrón del Atlético y la rutina de Getafe. Los dos titulares tienen por protagonista a Diego Milito, desde perspectivas diferentes que en el fondo resumen al Zaragoza. Diego marca la estatura del equipo este año por encima de cualquier otro jugador. En realidad, creo que la temporada tiene dos nombres ineludibles: Gabriel Milito y Diego Milito... Con el paso de los días, o con la lluvia, me ha agarrado una cierta amargura porque me parece que no fui justo con Diego en esta última crónica. Titulé con su error frente a Abbondanzieri, que hubiera sido el 0-3 y seguramente la sentencia, y de ese modo autoricé la impresión de que el decepcionante empate lo tenía por responsable. Los titulares implican una inevitable reducción de toda la realidad de un partido; a veces, incluso de toda la realidad. Elegirlos supone un ejercicio algo agobiante de precisión, justicia, encanto, periodismo y razonamiento espacial: en la caja cabe el texto que cabe. La crónica argumenta el partido mucho mejor que el titular. Ya sé que tampoco las victorias lo tienen por único responsable, pero me molesta por Diego... También por Celades, al que juzgué con severidad quizá merecida, pero muy decepcionante para mí. Celades siempre me ha resultado lo que es: un muchacho educado, inteligente y responsable, con ese trato nítido de las personas bien formadas. También un futbolista muy apreciable para el Zaragoza. Ahora no está dando lo mucho que dio el año pasado en un largo tramo de la campaña, así que ese cero me salió del alma... Si es que los periodistas tenemos de eso. 

Por cierto, hace días que quería poner la grabación de YouTube del espectacular final de partido en las gradas con el Atlético: toda la hinchada cantando el himno del Zaragoza durante diez minutos, como nunca lo habíamos oído. Lo recojo ahora: el zaragocismo entusiasmado. No hay mejor modo de alegrarse que ese o una foto reciente de Halle Berry en Madrid, que tengo en la recámara para traerla en cuanto vea la ocasión. Mientras, cuento los dos últimos partidos. Ahí van.

Getafe, 2-Real Zaragoza, 2
Liga, 27ª Jornada
 

Empate decepcionante, tras el 0-2 - El Matador erró el tercero, que era la sentencia - La lesión de Sergio debilitó al equipo - Empataron Manu y Casquero

Casquero ajustó el 2-2 con un martillazo resonante, como si concluyera el montaje de un armario. Y de rotundo que fue el zurdo, ya nada se movió de su sitio. El Zaragoza no aprende a consumar los partidos: autorizó un democrático empate después de tomar una serena ventaja de dos goles. Tal vez no haya que hacer demasiadas preguntas a esa naturaleza despareja, que podríamos explicar por la ley natural, conveniente excusa filosófica: si no le hubieran remontado cinco partidos y empatado otros en los que también estuvo en ventaja, a esta hora el Zaragoza  le llevaría diez puntos a esos advenedizos del Barça. Y, la verdad... no está para tanto. A veces uno incluso tiene la tentación de preguntarse cómo hace para estar quinto, pero entrar en esa duda sería de tontos o de amargados.

El empate parece insuficiente a la vista de las circunstancias de la primera parte o de que viene el Barcelona. Para la relativa amargura que siempre es un empate vale cualquiera de esas dos perspectivas. Una victoria ayer hubiera dejado al Zaragoza en condiciones de manipular un tanto sus necesidades el sábado próximo. Hablamos de un equipo contradictorio, o con varias naturalezas en una misma: su defensa parece implacable, y sin embargo el global del equipo comunica una impresión de condescendencia excesiva, como le ocurrió ayer. A ratos parece que está clasificado muy alto para sus condiciones, y otras veces diríamos que le llega para subir incluso un par de peldaños... A menudo le falta algo en los partidos. Le falta ese poquito más... Ese poquito más que distingue las castas en un campeonato largo como la Liga.

Vayamos al partido. Explicar el fútbol por lo que podría ser y no fue no sirve de nada. Estrictamente, el empate se resolvió en el medio campo. Tanto por las actuaciones individuales, como por la táctica y el cambio que determinó la lesión de Sergio, que tuvo un impacto decisivo en la curva descendente del Zaragoza. Dirigir un medio campo es para Schuster lo que para Napoleón una partida de Risk: lo sabe todo. A Víctor le inquietaba la autoridad que el alemán ha comunicado al Getafe ahí, de forma que puso a Piqué para rellenar los espacios en los que el equipo azul encuentra sustento. De esa negación le salieron dos afirmaciones: una media vuelta de Sergio García (dejada sutilísima de Aimar con la cabeza); más la comba larga y mentirosa de D'Alessandro, que se comió el Pato con toda la guarnición.

Detalles
El foco del partido caía sobre los goleadores, pero habían marcado dos secundarios de lujo. Güiza y Diegol hicieron un partido capicúa: se dejaron al menos un tanto por barba y estrellaron su denodado esfuerzo contra dos centrales soberbios. Alexis expuso un ímpetu muy bien repartido; Gabi ratificó que, para él, los partidos no contienen espacios superfluos. El fútbol es una vida en miniatura, lo que te pasa mientras haces otros planes... Diego erró el tercero al afectar demasiado un toque frente a Abbondanzieri; y luego, entre Diogo y Zapater perdieron un balón que el Getafe usó para una contra y el cabezazo de Manu en el segundo palo. El 1-2. Vino el relevo de Sergio a la puerta del descanso. Entró Celades y Piqué fue atrás.

El Getafe supo disponer muy bien de esa ventaja imprecisa, encarnada en el crecimiento de un Casquero que acabó de capitán general. El choque se hizo fútbol pendular y descarnado, abierto, y acabaría subrayado por una cortina de lluvia poderosa. Antes, Alexis sacó en la raya un gol de Sergio y luego César le quitó otro a Alexis. Agitación, juego subterráneo, tobillos rascados. Pérez Lima, desaforado con las tarjetas en la primera parte, se las guardó cuando más falta hacían. A esas horas Casquero ya había hecho suya la plaza. En uno de sus autoritarios avances miró al frente, midió ángulos y fuerzas... y pegó el martillazo. A toda la escuadra. Luego se puso a llover una lluvia escrupulosa y los dos equipos se resguardaron un tanto. Quedaba mucho rato para ganar y también para perder. El empate servía para negar al menos una de esas dos posibilidades.

Diego sopla las velas

Real Zaragoza, 1-Atlético, 0
Liga, 26ª Jornada

El Zaragoza celebra sus 75 años a costa del Atlético - El gol del argentino acerca la Champions - Hubo más patadas que juego - El campo reventó de júbilo

Zeus raptó a la bella Europa oculto en la forma hermosa de un toro blanco como el alba, como aquél que aliñó Antoñete, torero de Madrid, en su más célebre faena; toro blanco como Diego Milito, que en la única jugada de la tarde le interesó al Atlético la femoral y lo que cuelga en los alrededores. Podría ser, si pensamos que el partido mezcló mucho huevo y poco fútbol, lo que hizo que saliera desleído y blandito, como sin molde: el Zaragoza, en una entrega desesperante de la pelota y los espacios, y el Atlético en una versión deprimida de sí mismo, la de los domingos pares. Ese gol, ese golazo de Diego Milito supuso una rotunda obra de arte en medio de un encuentro de trazo grueso, un retablo de frustraciones diversas, con los artistas hechos aire: Aimar, Torres, Agüero... Nada.

La tarde parecía liviana y primaveral, pero los jugadores se pusieron trascendentes enseguida, y en el fútbol la trascendencia adquiere formas singulares: como boxeadores arteros, los dos se buscaron las zonas blandas. Los fuertes golpearon a los débiles. Sergio le rascó los tobillos a Gabi, Pernía empató en la tibia de D'Alessandro, y Diogo pegó a pares, una a Jurado y otra a Pernía. Cuatro tarjetas en 23 minutos. Luego la cosa se remansó pero, con esa apertura, el Zaragoza había mostrado ya su arista cortante, inesperada en los equipos generosos con el juego.

Cinismo
El Atlético tenía un central portugués y otro brasileño, relativo exotismo del que cualquier clásico podría desconfiar. El gol nació precisamente en una salida de zona de Eller, que Diego interpretó con un desmarque formidable en cuanto el Atlético extravió esa pelota. Su carrera hasta el gol fue el principio y el fin del choque. Fue partido no sólo de un gol, sino de una sola jugada. La victoria significa un cierto secuestro de Europa por parte del Zaragoza, que el estadio festejó cantando el himno a pulmón durante 10 minutos, algo nunca visto en una tribuna que mide sus pasiones y vive siempre lindando con el escepticismo. Ese entusiasmo no tenía que ver con la forma (uno recuerda más patadas que fútbol), sino con la circunstancia y el balance: el Zaragoza se aproxima a la Champions a 11 jornadas del término del campeonato; aleja a los insurgentes Getafe y Recreativo; y deja al Atlético en abierto interrogatorio ante el espejo. No es sólo que el Atlético perdiese un partido de cuatro puntos; es que se dejó parte de su autoestima, factor que en un equipo volcánico como éste no se puede desdeñar.

El Zaragoza disputó Europa con el mayor cinismo del que fue capaz. Dejó hacer al Atlético y el Atlético no supo qué hacer. Aguirre no estaba seguro de tener la palabra precisa. Apretó a su gente por dentro, tal vez al considerar que ni D'Alessandro ni Aimar son futbolistas de banda. Pero la cuestión radicó en la incapacidad atlética para variar su velocidad o el gesto según conviniera. Ni siquiera dio impresión de peligro cuando el Vasco, apremiado por la creciente sensación de derrota, juntó a Torres, Galletti, Mista y Agüero. De su futilidad lo rescataron apenas Luccin, lebrel concienzudo, y algún detalle culebrero de Galletti y Jurado por afuera. Reunión insuficiente para decidir nada. Ni siquiera la pérdida de Gabi Milito en el descanso evitó la sensación de que el Zaragoza tenía al Atlético bajo control.

A Aguirre le pareció que la derrota había sido injusta. Si acaso, habrá que convenir que su equipo  no fue tanto víctima de la injusticia como de una justicia borrosa y débil, apenas categórica. Puede que esto no sea sino un retruécano semántico, pero es que el Atlético estuvo para no merecer siquiera esa mínima concesión. El Zaragoza se pasó el lastimoso segundo tiempo entregándole el balón e invitándolo a colarse en la fiesta. Nadie atendió. Al final, todos sabemos que en los cumpleaños sólo hay un tipo autorizado a soplar las velas. Los demás miran y si acaso prueban el pastel. Sopló Diego Milito y avanza el Zaragoza con el velamen inflamado. Si la justicia tiene que ver en el fútbol con el establecimiento irrefutable de una diferencia, la única diferencia la hizo Diego Milito. Lo demás fue todo igual. Nada.

El extraterrestre caníbal

El extraterrestre caníbal


El cerco se estrecha alrededor de la prematura retirada de Ian Thorpe. ¿Era un fraude el Torpedo? Mientras se resuelve esa acusación lanzada por L'Equipe, la natación nos concede la posibilidad de otra quimera: este ojo de pez encuentra a Mike Phelps en el día en el que, precisamente, ha empatado los seis oros en un Mundial de Ian Thorpe. La foto me gusta tanto que con ella vuelvo a celebrar al nadador americano, el muchacho extraterrestre que persigue los siete oros de Mark Spitz en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Santiago Segurola acaba de proclamarlo el mejor de todos los tiempos: El Caníbal.

La placa es de François Xavier-Marit, de AFP Photo.

La mariposa Phelps

La mariposa Phelps


De haber podido elegir, como periodista me habría encantado escribir de atletismo, de boxeo y de natación. Lo he hecho sólo de forma ocasional, pero me fascinan. El boxeo, por su terrible épica, por los personajes, por las tramas. No es raro que haya sido uno de los deportes más visitados por el cine y por algunos de los escritores modernos más potentes. Respecto al atletismo y la natación constituyen, para mí, los más puros y bellos, los que recogen esta esencia: la lucha contra los propios límites, contra los límites del organismo, del cuerpo, de la mente. Diré esto mismo de otra forma algo más burda. Si un día tuviera un hijo, preferiría que le gustase practicar, por este orden, el atletismo, la natación, el baloncesto, el waterpolo, el rugby y el balonmano. He conocido muy de cerca a gentes que practican esas disciplinas o las he frecuentado yo mismo, y el ambiente siempre fue extraordinario, de formación, compañerismo, competición bien entendida, bravura, coraje y esfuerzo. El tenis también, aunque lo tengo por un juego de demoledora exigencia psicológica. ¿El fútbol? No lo querría... Yo me fui del fútbol porque no soportaba el ambiente que lo conforma; y no digo que lo rodea, digo que lo conforma. El fútbol es magnífico arriba, en las élites; pero en los periodos de formación me parece un juego envilecido.

La otra mañana me la pasé viendo nadar a Michael Phelps (y a los demás) en los Mundiales que se están celebrando en Melbourne. Australia es territorio de nadadores y cocodrilos: aunque parezcan realidades correlativas, no se trata de eso. Pero hay una larga tradición y una cultura que celebra el agua como medio natural. Un australiano aprende a nadar casi como aprende a andar. El vasto centro del continente es un desierto rojo y pedregoso, recorrido por dingos, canguros, wallabies y reptiles; la población se reúne en las costas, sobre todo en la suave costa este. Hay tanto territorio marítimo que los australianos tuvieron que apoyarse en Estados Unidos durante la Guerra Mundial para que las poderosas flotas yanquis protegieran su litoral; así que luego muchos australianos debieron servir años más tarde en Vietnam, como dramática contrapartida. Mucha gente aún recuerda la atroz lotería de nombres en la televisión nacional australiana: así se reclutaba a los soldados. Salía tu nombre por televisión, te ibas a la selva a hacer la guerra contra el charlie; aquí, sale tu nombre en televisión y hay un teléfono de aludidos; o bien ahora te convierten de adefesio acomplejado en adefesio tetudo. Libre de complejos.

Mike Phelps es americano y está triunfando en Australia, la tierra de Oz. Le tributo este pequeño homenaje con una foto hermosísima de su esfuerzo en los 200 mariposa, una carrera fascinante que vi en directo y en la que Phelps bajó alrededor de tres segundos su anterior plusmarca. Un bocado brutal, inhumano. La progresión de Phelps en los cuatro largos resultó incomprensible: su modo de sobreponerse al supuesto abatimiento del esfuerzo, la potencia creciente, la competitividad para enfrentar a sus contrincantes cuando le apretaron en el paso por el 150... Un nadador excepcional, en todos los órdenes. No me da tiempo a admirar lo suficiente a los nadadores: Michael Gross, el Albatros, por ese nado longilíneo, armónico y deslumbrante; Salnikov, Popov, Klymt, Thorpe, Van Elmsick, Klochkova, Van den Hoogenband, Manaudou, López Zubero, Hackett o Peirsol (lo acaba de destronar de los 200 espalda el americano Ryan Lochte, segundo tambien en los 200 estilos tras Phelps)... Olvido a muchos. Se les olvida rápido porque la regeneración es indetenible. Aún estamos a tiempo de ver a Phelps: tiene 21 años. Me pregunto cuánto durará. Dejo una bella imagen para mirarlo despacio.

José Ángel (se va) de la Casa

José Ángel (se va) de la Casa


A José Ángel de la Casa lo han prejubilado. Como a un buen número de los narradores y periodistas que han contado el deporte en televisión en los últimos 30 años: Pedro Barthe (baloncesto), Pepe Ruiz Orland (lo extraño estos días en los Mundiales de natación), Gregorio Parra (extraordinario y apasionado contador del atletismo), Luis Miguel López (balonmano), Valentín Requena (lo único que me llamaba la atención de las motos eran sus crónicas in situ para el Telediario), José Recio (fútbol sala, remo y piragüismo, judo...) o Juan Manuel Gozalo (Radiogaceta de los Deportes en RNE). El expediente de regulación de empleo no se detiene ahí, alcanza a clásicos como Antonio Gasset (Días de Cine), o Rosa María Calaf, una de las mejores corresponsales imaginables, en Rusia, en Estados Unidos, en Asia-Pacífico... La edad ya no se lleva. La experiencia es cara. A la ingeniería financiera le trae al pairo el periodismo, una máquina de hacer churros para la que ya vale casi cualquiera. Yo tampoco echaré de menos a todos, a algunos sí. Pero siempre se fueron unos y quedaron otros que reconstruyen nuestra conciencia. De chico miré los deportes siempre con la voz del cadavérico Héctor Quiroga (aún recuerdo que el primer partido de la NBA que vi jamás, una final que los Celtics le ganaron a los Lakers en 1981 o 1982, la narró Héctor Quiroga); y por supuesto Juan José Castillo. A José Ángel de la Casa lo observo en ese mismo nivel de referencia. Esta noche ha contado el último gol de Iniesta con la misma calma descriptiva de siempre. Luego, con notoria incomodidad, se ha despedido así: "La Selección sigue, el fútbol sigue en Televisión Española con otros compañeros. Yo me despido de todos ustedes y permítanme que, después de 30 años, les diga que ha sido un placer y que espero que para ustedes también lo haya sido". Discreto y tímido hasta el último día, incapaz de sostenerle la mirada al ojo neutro de la cámara.

Tengo la impresión de que ponderar el estilo narrativo de José Ángel de la Casa es como jugar fuera y a la contra: a la gente le aburre José Ángel de la Casa. Su estilo sobrio, monocorde, ajeno a la estridencia o al vicio de sobreponer su voz ni sus comentarios a la acción, al juego. La serenidad ya no se lleva. Tampoco la sobriedad. Vivimos en la cultura de la risa y el entretenimiento, en el reino del trazo grueso y el descuido de las formas, en el tiempo de las fórmulas extremas, las opiniones militantes y el argumento ruidoso. Hay que ver el fútbol con el volumen bajito. Últimamente me descubro con frecuencia viendo los partidos por televisión sin ningún sonido, ni radio ni televisor. Los chicos del PPV, algunos de ellos, me resultan francamente molestos. Ha ganado el estilo radiofónico y el silencio no existe. Querido silencio... Parece que lo temen o lo aborrecen, de forma que rellenan los espacios muertos con profusión estadística, repaso veloz de la trayectoria de tal o cual jugador, consideraciones colaterales. Mera vacuidad parlanchina. No lo aguanto. Me gusta Carlos Martínez (Canal+), aunque enfatiza demasiado para mi gusto, y tiende a la grandilocuencia: su tono medio me resulta excesivamente alto. De los demás no me gusta ninguno. Ni Manu Carreño ni José Antonio Luque ni Juan Carlos Rivero ni JJ Santos. Salvaré a Paco Grande. De Andrés Montes no diré apenas nada, por afecto (lo conocí personalmente, de forma ocasional, y me pareció un tipo formidable, singular, apasionado y de análisis muy certeros) y porque me encantaba en la NBA. No me gusta en el fútbol por La Sexta. Le veo un problema de ritmos y contrapuntos: en el fútbol todo sucede más despacio que en el baloncesto, donde siempre está a punto de ocurrir algo que se anticipa al estilo apremiante de Montes; y sólo Daimiel (y antes Segurola o Luis Gómez) supieron entender que no podían intentar ser más graciosos que Montes, sino que el secreto consistía en la mezcla, en la oposición de estilos, en no seguirle la cuerda. Daimiel era el maestro en eso. Cuando Montes lo interpelaba con una de las suyas ("Daimiel, ¿por qué el novio nunca sonríe en las fotos de la boda? o "Daimiel, ¿por qué ya no nos miran las chicas?"), el otro hacía un agudo comentario técnico referido estrictamente al partido, o acudía a la crónica en rosa que tan célebre ha hecho. Eso dejaba la boutade flotando en el aire.

Por lo demás, en el fútbol contado por televisión ha triunfado el formato de la radio. A mí me gustaba el sobrio estilo británico, hecho de locución perfecta, un ojo velocísimo y la velocidad mental para definir con precisión matemática lo que está ocurriendo. Un punto de ironía al fondo de las frases. Y sobre todo, conocimiento del juego. José Ángel de la Casa (ex atleta y jugador de fútbol del Talavera, retirado por una lesión de rodilla) ha comprendido siempre muy bien el fútbol. Tal vez fuera eso lo que siempre lo ha llevado a un tipo de narración ciertamente piadosa con el futbolista, al que nunca juzgaba. Detesto las crónicas y las narraciones que se dedican a hacer juicios sumarios a los jugadores; se puede dar, pero ha de ser muy ocasional, en mi modesta opinión. Sobre todo hay que contar, ofrecer explicaciones, dibujar las líneas de fuga del partido, recrear la acción de un modo inteligente, preciso y ameno. Pese a su tono de voz de cadencia constante, José Ángel de la Casa lo conseguía. Nunca se permitió el error en el que sí incurrió otro buen narrador, Pedro Barthe: me refiero al escepticismo, al cansancio, al desapego. En su larga época final, Barthe contaba el baloncesto con un tono de déjà vu irritante, como si él ya lo hubiera visto y nada le sorprendiera, todo lo pillase de vuelta. El efecto involuntario para el espectador era que le estaban contando una rutina fastidiosa, exenta de secretos o emociones.

Los comentaristas han condicionado mucho a José Ángel de la Casa. Julen Guerrero y Julio Salinas son comentaristas de lo obvio. Me hubiera gustado verlo junto a Maradona, que en el Mundial dejó algunos comentarios portentosos, implacables en su simpleza, nada afectados y muy valiosos. Michel fue el que le puso al asunto más gracia. Era irregular, pero en ocasiones deslizaba algunas frases de un ingenio muy gráfico. Mezclaba genialidades como éstas: "Holanda está intentando tomarse la sopa por donde más quema, por el medio"; "Perrotta y Gattusso van a estar recuperando balones hasta septiembre"; o "Cada vez que hace una entrada Lima, sube el precio de la escayola"; y ésta: "El punto de penalti es un pozo de petróleo". O cuando Figo entró al campo en un partido con Portugal y desplazó de banda a Cristiano Ronaldo, la estrella incipiente: "Ha llegado el jefe y lo ha cambiado de oficina", resumió Michel. Luego, al contrario, podía recaer en un desmayo e incurrir en consideraciones crípticas, tan íntimas que sólo les veía la gracia él: "Portugal nos ha enseñado todo lo que hemos visto".

En fin... En el fondo, José Ángel de la Casa siempre me cayó bien, sin más. Por eso me entristece que se vaya y por eso hago este alegato. Algunos le envidiarán su prejubilación. Yo anhelo sus 26 finales de Copa de Europa, los ocho Mundiales, las nosecuántas Eurocopas. Y sobre todo, el 12-1 a Malta, el 5-1 a Dinamarca en Querétaro y el gol de Alfonsito a Yugoslavia en la Euro 2000... aquella vez que terminamos en el Periódico de Aragón subidos a las mesas de la redacción, revoleando bolígrafos abrazados a los comerciales, y besando a la secretaria del gerente, que nos gustaba a todos. Luisito, el guardia jurado de la puerta, corría despeinado por los pasillos: nadie atendía la centralita del diario.

[Foto: Los once de Malta. Camacho, Maceda, Goicoechea, Gordillo, Señor, Buyo; y abajo, Carrasco, Víctor, Santillana, Poli Rincón y Sarabia. El día que José Ángel de la Casa apuró el gesto, le salió un gallo mortal en el gol de Señor]. 

El ojo de Kevin Carter

El ojo de Kevin Carter


Los fotógrafos suelen ser gente temeraria. Quizás ellos sólo se consideren a sí mismos valerosos o consecuentes. Tal vez los más atrevidos, de entre los famosos, fueran estos muchachos surafricanos: Gregg Marinovich, Joao Silva, Ken Oosterbroek y Kevin Carter. A principios de los años 90, sobre el fondo de un país que liberaba a Nelson Mandela y preparaba el violento desalojo físico y moral del apartheid, estos cuatro resolvieron unirse para documentar la ocasión. Durante varios años fotografiaron la muerte y la destrucción, en sus acepciones más atroces. Suráfrica despertó de la feroz represión afrikaaner con la conciencia embriagada por una maraña de odios diversos, igualados por su esencial brutalidad. Marinovich, Silva, Oosterbroek y Carter salían a la calle antes del amanecer, cargados de café y de rollos de película. Esas horas inciertas eran las más violentas, las más terribles. Y ellos siempre estaban ahí, midiendo luces y sombras, artistas extremos de la vileza. Eran socios, eran amigos, eran libres, eran buenos. Fotografiaron linchamientos, fotografiaron balazos, fotografiaron refriegas, fotografiaron el fuego que consumía todo. Marinovich ganó el premio Pulitzer por la foto de un hombre que corría envuelto en llamas. Lo habían quemado vivo: "Huía del dolor", explicó.

Desde mucho antes ya se les conocía como el Bang Bang Club. Cuando Nelson Mandela alcanzó el poder en 1994, su leyenda había volado en cualquier dirección y en todas a la vez. Publicaban en los medios más prestigiosos, eran amigos, célebres y elitistas. No dejaban participar de su estilo ni de su experiencia a ningún fotógrafo ajeno a su cerrado círculo. En el fondo de sus fotografías había una humanidad exacerbada, tanto que había transgredido los límites hasta tomar la forma de un severo interrogante. Kevin Carter era, de los cuatro, el más inestable y tal vez por eso el más próximo a la genialidad. Sobre el borroso fondo de la tragedia externa pululaba la interior. Esa intimidad con la destrucción lo aproximaba al drama ajeno y de algún modo lo situaba por encima, lo suficiente para imponer el disparo a cualquier otro impulso. Pero esa batalla se fue cobrando prisioneros y víctimas invisibles, al tiempo que ordenaba en su conciencia un ejército de preguntas cada vez más sonoro. En 1993, agobiado por lo que creía una carrera estancada, Carter decidió visitar los campos de refugiados de Sudán, país sometido a una hambruna implacable. Joao Silva viajó con él y juntos retrataron el horror. Cierto día, Carter se acercó a Silva, excitado, y le contó: "Le estaba sacando fotos a una niña arrodillada, que apoyaba la cabeza contra el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y después espanté al buitre". Cuando trató de mostrarle el lugar, el animal ya no estaba por ninguna parte. Pero la niña seguía ahí, vencida por el hambre. Ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, que estaba apenas a cien metros.

La foto de la niña y el buitre acechante se hizo mundialmente famosa. La publicó el New York Times y miles de lectores se comunicaron con el diario para conocer el destino de la famélica niña y qué había hecho el fotógrafo para auxiliarla. Kevin Carter hubo de reconocer que no había hecho nada: "Supongo que alcanzó el comedor de alguna forma", fue todo lo que acertó a contestar. Pocos días después, a su amigo Ken Oosterbroek lo alcanzó una bala perdida en Thokoza, el suburbio más peligroso de toda Suráfrica. Joao Silva fotografió su agonía. Marinovich escribió: "No podía hacer otra cosa. A Ken le hubiera gustado ver las fotos al otro día. De hecho, Joao pensó que Ken, siempre tan preocupado por su imagen, hubiera preferido fotos donde el pelo no le tapara la cara. A fin de cuentas, Ken era el profesional consumado, el que le había enseñado que primero se sacaban las fotos y después se lidiaba con los demás". Oosterbroek murió camino del hospital. El ejército interior de Carter había quedado completo. Ganó el premio Pulitzer por la foto del buitre y la niña. Cuando se lo comunicaron estaba tan colgado de Pipa Blanca, una fatal mezcla de mandrax y marihuana a la que era adicto desde hacía años, que ni siquiera entendió lo que le decía la voz al otro lado del tubo. Cuando se repuso del cóctel psicotrópico, anunció: "Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella. No me gusta verla, la odio". Sólo cuatro meses después, el 27 de julio, Kevin Carter redactó una nota de ocho folios, ató una manguera al tubo de escape de su camioneta, introdujo el otro lado en la cabina, y conectó simultáneamente su walkman en los oídos y la llave de contacto del vehículo. En la nota se leía: "Voy a reunirme con Ken... si puedo". Tenía 33 años.

Canal+ recuerda estos días la historia en el documental La muerte de Kevin Carter, que aún no he visto. Hay un segundo documento aún más valioso... Marinovic y Silva registraron sus experiencias por escrito. El resultado es Snapshots from a hidden war ('Instantáneas de una guerra oculta'). Manic Street Preachers le tributaron una canción de su soberbio álbum Everything Must Go, quizá el mejor de su carrera. El tema se llama, simplemente, Kevin Carter. Antes de la música una voz en off dice: "The eye... it cannot choose but see". El ojo no puede elegir, sólo ve.

Ceremonias de interior

Ceremonias de interior


"Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa".

(‘Instrucciones para dar cuerda al reloj', de Julio Cortázar)


Esta tarde era un domingo para no moverse de casa, un domingo para inventar ceremonias de interior, como anotó Julio Cortázar. No he conocido los domingos como él no conocía las noches, escribió, hasta una larga convalecencia que le obligaba a acostarse temprano. Si los conocí alguna vez, los he venido a olvidar con despreocupación, y eso supone una práctica ventaja para alguien como yo. Mira que venir a conocerlos ahora... Éste era un domingo para caminar por París, para tomar un café al abrigo del sol de marzo en Montmartre, mirando a los pintores, para anotar la tarde que se desprende en una habitación de un barrio gris en Viena, para bailar el tango en San Telmo, Buenos Aires, para sortear a sus anticuarios, para demorar un té en el moroso crepúsculo del Támesis, en Londres, para aguardar el amor o una lectura en un parque de la gran Nueva York. En el pequeño parque modesto bajo mi casa me he detenido al mediodía; niños y jóvenes padres; parque gris de invierno, reverso pardo del verano. Fútbol en la cancha que es una jaula. El oso del parque no está y no sé dónde ni cuándo estuvo. Este domingo es distinto: para escribir en una habitación fría, vestido con un abrigo y una bufanda de lana deshilachada, en el París del XIX, como los escritores bohemios, cafés tuberculosos, artistas muertos. No soy nada de eso. Yo estoy vivo.

Mis domingos quizás son los domingos de todos los demás, pero desde el otro lado: una mañana vacía, un almuerzo sin sobremesa, un partido de fútbol, la obligación presurosa de un artículo que ha de ser (yo quiero que sea) el mejor de la semana. Casi nada más. Esta mañana era un domingo con una hora de menos. La madrugada suprimió una hora y yo aguardé despierto ese traspaso del tiempo, esa hora extraviada, ese vacío decidido en los relojes. Entre las dos y las tres no hubo nada salvo la noche repetida. Nada existió. De golpe, todo quedó suprimido en un angustioso reset inaudible, antes de regresar a la vida sin atisbo de variación, en el segundo siguiente, quizás en la décima o la centésima de segundo consecutiva. Yo no vi nada, no advertí nada, aunque permanecía atento. Todo me pareció igual antes y después. Todo me pareció. Entonces, un comercial de televisión me trajo la voz imperfecta de Cortázar, tan perfecta, el resbalón sobre las erres cuando habla del reloj. Como a Borges, como a Hawking, como a Cortázar, a mí también me fascina el tiempo en los relojes, esa convención tan bella, ese pequeño infierno florido, esa cadena de rosas, ese calabozo de aire. A Borges lo fascinaban los relojes de arena; a Cortázar, los relojes de pulsera; a Hawking, los relojes cósmicos, vacíos y profundos y oscuros, que contienen todos los tiempos el tiempo.

Hace tiempo que sueño un cuento que en el sueño se titula La hora extraviada. En la frontera de los días, en la línea de la hora, en medio del océano Pacífico, donde comienzan los husos horarios, se pierde un hombre. En ese espacio impreciso que he interrogado en las enciclopedias, en los cuadernos de bitácora, en el recuerdo de los navegantes. Un hombre se pierde en ese espacio impreciso, tal vez cerca o lejos de las Islas Cook, tal vez en un accidente aéreo o en el naufragio de un barco. En su desesperación por la supervivencia, desfallece sostenido por un salvavidas y transgrede en repetidas ocasiones la línea del tiempo. Naturalmente, a estas alturas es fácil imaginarlo, cuando despierta en tierra, señalado por un sol muy alto que lo ciega y lo abrasa, descubre que ha retrocedido a una edad imprecisa. A partir de ahí, aguardan párrafos que no he modelado ni siquiera en este sueño despierto de las palabras: el descubrimiento y la angustia primera de un robinsón, la supervivencia, la nostalgia, un pueblo que lo acoge a su pesar, un amor; dos islas, la propia y otra que corrige la rutina del horizonte azul, una expedición solitaria y desesperada y esta paradoja: la otra isla permanece en el tiempo actual, el que fue suyo, el que extravió el hombre. Y el dilema que aún debo resolver para que él lo resuelva: el amor, ahora inflamado de forma decisiva y vital, o el regreso a su tiempo, a los suyos, a sí mismo.

Para escribir hay que pensar. Leer y pensar. Leer y pensar, con pesadumbre, como Cortázar en la imagen. A media tarde, el sol iluminaba una mariposa de madera china que le compré a Alicia y que nunca le regalé, porque ella no la quiso, no le gustan las mariposas. No le gusta su aleteo demasiado veloz para advertirlo, la imprevisible dirección, los dibujos coloridos que a veces dibujan formas monstruosas: un par de ojos, un tótem indio, un abstracto temor. Y ese cuerpo alargado de mosquito atroz, el horror oculto en el cromatismo exagerado y hermoso. Mi mariposa aguarda quieta, prendido su cuerpo de una larga varilla de metal que enterré en la tierra húmeda que sustenta un pequeño tronco de Brasil. Para volar me precisa. Sin mí no es nada. Necesita que mi mano la agite en vertical y así sus alas golpean en el aire, arriba y abajo, y sueña que vuelo o yo imagino que lo hace. Es amarilla y rosada y violeta y encarnada. Esta tarde de domingo, un muelle se ha desprendido levemente de su lugar y mi mariposa de madera exhibe un torpe aleteo torcido y desigual.

[Foto: Cortázar en acción].