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Fútbol y literatura semidesnatada

Fútbol y literatura semidesnatada

Las maravillosas librerías británicas incluyen secciones interminables de libros sobre deporte. Sobre todos y cualquier deporte: no manuales de Pilates como los de El Corte Inglés, no... Uno puede encontrar en esos anaqueles de madera oscura cosas extraordinarias, e incluso leerlas si sabe el inglés suficiente... Los libros de fútbol a los que se refiere John Carlin se pueden leer sin saber inglés ni cualquier otro idioma. Hasta yo tengo alguno de esos. Generalmente, los escriben periodistas en algún rato libre. Recupero este artículo de jardín ajeno, una ironía nada sutil de Carlin acerca de la banalidad. En la foto, la futura señora de Rooney: las novias y mujeres de los futbolistas son otra cosa. Afortunadamente, siempre las hay que salvan a la especie. Pero a la prensa, y menos a la inglesa, no le interesan las esposas normalizadas; lo divertido está en las primeras damas, las victoriabeckhams y coleensmcculloughs...

John Carlin
El País

"Necesito un héroe, necesidad poco habitual cuando cada día nos trae uno nuevo".
(Lord Byron, poeta)

"Cuesta creer que la gente los compre y mucho más que se aguante el calvario de leerlos, pero casi es imposible moverse por la plaga de libros sobre fútbol que le acosan a uno desde el momento que pisa suelo inglés. Y no nos referimos únicamente a las autobiografías de jugadores que todavía están lejos de concluir sus carreras, pero que al menos tienen cierto renombre y talento, como Steven Gerrard, Frank Lampard o nada menos que, con sus 21 añitos, el eslabón perdido, Wayne Rooney.

Lo espeluznante es que TODO sobre el fútbol se considera digno de publicar en Inglaterra, no importa lo inocuo que sea el tema. En una tienda de revistas del aeropuerto de Heathrow, esta semana, lo que destacaba por su tamaño y posición era un libro sobre Alan Curbishley y sus años como entrenador del Charlton Athletic. Al lado, una biografía de Robbie Keane, suplente irlandés del Tottenham. Y otro -levanten las manos los que los conocen- sobre Shaun Goater, del Manchester City; Graeme Sharp, del Everton, o Bryan Gunn, portero del Norwich y del Aberdeen". (...)

Fútbol y literatura semidesnatada (Artículo completo en El País).

¡Árbitroooo, la horaaaaaaaaaaa!

¡Árbitroooo, la horaaaaaaaaaaa!


Cuando uno trabaja diariamente al lado de un equipo profesional y antes ha jugado al fútbol de crío, descubre que muchas cosas han variado o se hacen de modo desconocido a como se hacían antes en el ámbito amateur; pero también se advierte que otras muchas son exactamente iguales. Los futbolistas, por lo general, se comportan esencialmente del mismo modo en un equipo cadete y en uno de Primera División. Al final, se trata de jugar. En algunos lugares, la tecnificación aún no ha despedido algunos rudimentos. El otro día, en Glasgow, me emocionó un poco redescubrir una vieja fórmula de entrenamiento de cuando éramos niños en todo un Celtic de Glasgow: antes de empezar el partido, el segundo entrenador se ponía al borde del área y todos los jugadores en fila en el medio campo. Cada uno con una pelota. Se la tiraban en perpendicular al otro, éste devolvía la pared, y los muchachos disparaban a portería. Bendita ingenuidad.

A lo que vamos... Cuando de chicos jugábamos al fútbol, esa frase del titular era el grito de de los últimos minutos de un encuentro apurado, en el que teníamos los huevos por corbata y ya no había forma de parar a los contrarios, que se venían por todos los lados. "¡Árbitrooooo, la horaaaaaaaaaaaaaa!". Y fórmulas parecidas. Así terminó España el partido. España 2 Dinamarca 1. Y un hilillo de mierda corriéndonos muslito abajo: a los defectos que ya han hecho callo se van añadiendo otros. El más notorio de esta noche, una preocupante ausencia de carácter y confianza, al punto de que la Selección no ha podido sujetar en el Bernabéu a un rival mediocre, con diez jugadores desde el minuto 19 y un 2-0 en contra en el descanso. Ha marcado Morientes, el que no valía para el Mundial y que ahora juega en lugar de Fernando Torres, que era nuestra bandera en el Mundial. Y David Villa, el querido Guaje, que por lo visto sólo se ha hecho bueno una vez que ha llegado al Valencia. Cuando jugaba en el Zaragoza aún no era lo suficientemente bueno para ser titular en la Selección, aunque ya metía 15 goles por año... Por cierto que se pasó el Mundial saliendo cambiado en la segunda parte, con esas sustituciones preconcebidas tan habituales. Hoy, lo mismo.

La Selección de Luis Aragonés es una castaña roja, como esas castañas de mazapán recubiertas de caramelo encarnado que comíamos hace años. Pero sin ninguna gracia ni sabor ni dulzura. Alguien debería pedir la hora de verdad, y que este hombre dejara ya el puesto; y de él hacia arriba, hacia los lados e inmediatamente por debajo, todos. Los principales, quiero decir. Iñaki Sáez y todos esos... Por menos de lo que hace Luis, a Clemente lo tenían frito, demonizado y perseguido en tres cuartos de la prensa nacional. A Luis le pasan la mano por el lomo y bueno, oye, mira, lo importante era ganar y seguimos vivos... Y dale.  Que siga muchos años. Ya le ganaremos a Islandia, otro rival de agárrate que vienen curvas. Björk y algún Gustaffsson que seguro que habrá. Sugar Cubes. Islandia. Y luego Letonia. Otro hueso. Y Suecia. E Irlanda del Norte, que ya nos ganó.

Bueno, no sé, que hagan lo que quieran. A mí lo que me interesa es el Zaragoza. Luis no es aragonés.

Desvelos

Desvelos


Advierto que el viento de la intolerancia está siendo combatido con el viento de la estupidez, que sopla en forma de torbellino y en todas las direcciones. No puedo evitar meterme en este asunto. Hace unos días vi unas fotografías en elmundo.es en las que dos mujeres musulmanas iban a la compra en un centro comercial de Alcobendas ataviadas con una prenda llamada niqab, un velo que cubre casi por completo el rostro. Por lo que parece, esto es cada vez más habitual en España. Creo que era también en España y en sus principales medios de comunicación -no digamos en los de corte progresista- en los que leí hace unos años el espanto que a columnistas, comentaristas, periodistas y demás -istas les producía la represión de las mujeres afganas, simbolizada en el uso obligatorio del burka, sometidas al dominio inhumano, medieval, cruel y despreciativo de una sociedad engastada en lo más rancio y abominable de la cultura machista. Detesto los ismos: el machismo, el feminismo y el mariconismo, otra imposición tan insoportable como las demás. Las exhibiciones no me convencen, me estomagan, las de cualquier tipo. Detesto también las opiniones convenientes, y en este país los principios y las promesas, sobre todo las políticas, pesan cada día menos. Son hojas en el viento.

Ahora que el burka, el niqab y todos estos símbolos de la dominación implacable sobre un sexo han llegado a España, ahora que esta sociedad celebra una Ley de Igualdad preocupada hasta de regular el número de miembros de uno y otro sexo y/o opción sexual en los consejos de administración de las empresas; ahora que hay costaleras, mujeres que participan en las turbas, médicas, juezas, compañeros y compañeras, todos y todas, chicos y chacos... ahora salen los políticos y dicen que el burka y el niqab son expresión de credo religiosos y que cada cual es muy libre y que no es un problema y que no es necesario regular su uso. Es decir, que aquel símbolo de la opresión institucionalizada, del fundamentalismo ventajista, del medievalismo machista, de la abyección de una sociedad entregada a un conveniente y malvado control religioso, ahora resulta que era una opción. Por lo visto hoy por hoy todo son opciones. Basta agarrarse a una, siempre que a los bienpensantes les guste. Pero las opciones pueden multiplicarse fácilmente, porque somos muchos individuos y cada uno más rarito que el de al lado. Por lo visto, la libertad individual no existe para ponerte el cinturón en el coche o no ponértelo, o para elegir quiénes van a ser los consejeros de tu empresa; pero sí existe para llevar a tu mujer por la calle tapada hasta la asfixia moral, encerrada en tu muy hombruna puta cárcel de tela, para que nadie la mire, para que nadie la vea, para que sea tuya, y si no le puedes dar un par de hostias cuando vuelva a casa, para que sea ese fantasma a tu servicio, como escribió alguien en los días en que el burka y el niqab todavía eran un símbolo de barbarie moral, y no una opción. No quiero pensar que todas aquellas opiniones se debían a una moda, al impulso de contar la guerra desde otro punto de vista, a la tentación de hacer siempre víctimas del mismo lado. O peor, al indudable argumento de que los talibán fueron instaurados por los siempre desatentos Estados Unidos, para así aplicarles de forma apropiada la propiedad transitiva: si los talibán imponen el burka y los Estados Unidos impusieron a los talibán, entonces los Estados Unidos impusieron el burka, en el fondo. Como escribía Stevenson: "Si el barco se hundió en su travesía, es que ya se estaba hundiendo cuando partió del puerto". ¿No sería por eso, no? No, digo yo que no sería por eso... No me gusta pensar mal.

Lo siento, pero no. Esto es un país democratizado e igualitario. Esto es un país que se dota de leyes para garantizar la igualdad. Y cad vez con mayor celo y prosopopeya del presidente Zapatero, que considera esos avances como grandes días, históricos y decisivos días para España. Ley de igualdad y política de igualdad para evitar las represiones y los olvidos, y los maltratos y las desventajas por motivos sexuales, religiosos, morales o por condición de género o educación. En este país llevar a su mujer tapada no debería valer, no se debería admitir. Eso creo yo. A mí me indigna. Me subleva. Me avergüenza. El burka y el niqab siguen siendo lo que eran, un símbolo. Que ahora lo veamos en los centros comerciales de Alcobendas o Vic o en las calles laterales de Conde Aranda o Las Delicias no cambia nada. Y no me vengan con que las monjas también se tapan o que en algunos colegios religiosos españoles las niñas deben ir con falda. La intolerancia no se puede combatir con la estupidez. El laicismo y el aconfesionalismo. Perfecto. Pero primero el respeto, venga de donde venga.

En Holanda, país garantista y aún más, lo prohibieron. Pero aquí somos más modernos y complacientes que la puta que lo parió. Todo empieza a confundirse de modo muy desconcertante. En Alemania, una juez ha negado a una mujer de origen marroquí el divorcio inmediato de su marido, que ella solicitaba alegando la violencia repetida del hombre, citando un verso del Corán en el que se anima al hombre a castigar a su mujer por desobediencias u otras causas que ni me acuerdo, igual de peregrinas. Si una ley religiosa de cuando Cristo perdió la zapatilla está ahora por delante de las leyes en las sociedades occidentales, es que la cosa va para cualquier lado. Nos harían falta menos dirigentes dogmáticos y más responsabilidad y valentía. Pero tenemos a Llamazares y a esta pandilla... Eso sí que es un rayo divino.

[Pd: Advierto que estas líneas están escritas con el estómago, en forma de ventriloquía visceral, y no es demasiado recomendable escribir así: llevo cuatro días tratando de evitarlo pero no se me quita de la cabeza. No advierto que a nadie le importe demasiado. No creía que a mí fuera a importarme. Debe ser que siento dentro el caso de un queridísimo amigo cuya hermana se convirtió al Islam. Ella es feliz y bien que lo celebro. Ha tenido dos niñas y ahora vive en Marruecos. Perfecto. Pero me parece terrible y tristísimo no poder apenas saludarla cuando la veo, a ella... a la que he visto desde que éramos unos muchachos. Mi amigo me cuenta que su padre no puede poner siquiera el vino en la mesa cuando el matrimonio musulmán (su hija y su yerno, y desde luego sus nietas) vienen a casa. No dudo de que él sea un hombre estupendo. Desde luego ella no va tapada con el burka ni el niqab, sí con un velo sobre la cabeza. El matiz no importa. Ese mínimo ejemplo familiar escenifica para mí la contradicción de toda una sociedad. Y que me perdonen todos por usarlos como arquetipo. No sé ni por qué escribo sobre esto ni por qué lo hago con esta rabia].

El escurridizo Jimmy Johnstone

El escurridizo Jimmy Johnstone


He hablado de Jimmy Johnstone, el futbolista más grande que ha tenido el Celtic de Glasgow. Falleció en 2006, víctima de una enfermedad neuronal que afectaba a su capacidad motriz. Jinky Johnstone (el escurridizo Johnstone, podríamos traducir: jinky era su apodo, jink es algo que se mueve con velocidad y cambiando constantemente de lugar y dirección), era un prodigio de velocidad con la pelota -maravillosas conducciones en vertical, el cuerpo avanzado, el centro de gravedad bajísimo, y el balón llevado como con un obediente cordel de goma elástica-; Johnstone tenía la velocidad y su compañera inevitable y necesaria, la pausa, el fútbol que a veces era un meandro y luego un torrente; el cambio de ritmo; una eléctrica variación de las direcciones; aún más, tenía la imaginación de la sorpresa, la llegada, el cabezazo y el disparo. Su figura emergía como una rareza en medio del musculoso paisaje británico. Se comportaba como lo haría un librepensador atrevido y naturalmente ingenioso. Era quizás un George Best con el cabello del color de la paja. Me emocionó el homenaje de Celtic Park, el día que estuve allá y el Celtic jugaba con el Rangers.  Luego he pensado que la muerte constituye una enorme paradoja, y a veces subraya desacuerdos tan evidentes con la vida como éste: que a alguien así, que se movía por el campo con la agilidad de un mosquito, lo aguardase -oculta en lo más recóndito del cerebro- una enfermedad que lo acosaría hacia una inmovilidad creciente. En YouTube he encontrado este homenaje a Jimmy Johnstone, que reúne alguna de las cosas que más me gustan de Glasgow: la música, la nostalgia irlandesa, el fútbol, el sentimiento.

Johnstone interpreta Dirty Old Town, clásico irlandés, acompañado por un señor de frente despejada y diminutos ojos: es Jim Kerr, el que fuera (puede que aún lo siga siendo) cantante de los Simple Minds. La letra cambia en la segunda estrofa, la de Kerr: "I heard a whistle / coming from the dark / I saw Jimmy Johnstone / setting the night on fire..." ("Escuché un silbido que venía de la oscuridad / y vi a Jimmy Johnstone incendiando la noche..."). El fútbol no se suele oír, pero la maraña informe del partido contiene estos sonidos: un silbido que señala un desmarque y pide la pelota, el pase y un futbolista de rulos desordenados que escapa como una luz e incendia la noche. Quizás Jinky Johnstone...

También he hablado antes de Aidan McGeady, el ala izquierdo del Celtic. Parece que no he sido el único que le ha encontrado un relativo parecido con Johnstone; desde luego, parecido muy generoso con McGeady, que no puede ni descalzar al siete de los Leones de Lisboa: así se conoce al equipo que dirigía Jock Stein y que ganó la Copa de Europa en 1967 al Inter de Milán (2-1) en la ciudad portuguesa: el primer campeón británico y el primero no latino. En este brioso montaje podemos ver a los dos: Jimmy Jinky Johnstone y Aidan McGeady.

La foto me gusta por vieja y por simple. Johnstone elevado por un compañero, brazo recto y puño apretado arriba, su celebración preferida.

José María Gayarre: El pionero del fútbol que nunca jugó al fútbol

José María Gayarre Lafuente nació en Zaragoza, en la calle San Pablo, el 8 de febrero de 1893. Cursó el Bachillerato en los Escolapios y llegó a matricularse en la Facultad de Químicas, aunque no se licenció; él mismo se definía como "un mal estudiante". Sin embargo, su contacto con la Universidad le permitió relacionarse con los ambientes más avanzados de la sociedad zaragozana y, sobre todo, empaparse de cultura deportiva. Figura cumbre y auténtico pionero del fútbol en Aragón, nunca jugó al fútbol, pero creó y dirigió el establecimiento de este deporte en Zaragoza: fundó y tuteló sociedades, organizó la Asociación Aragonesa de Cultura Física y creó e impulsó la Federación Aragonesa de Fútbol, de la que fue su primer presidente y también su primer seleccionador.

Gayarre fue un verdadero romántico del fútbol, un cerebro dirigente, un rector perpetuo, que ejercía el arbitraje, que asesoraba, contaba las novedades nacionales y extranjeras y poseía las reglas del juego traducidas del inglés, siendo el árbitro oficial y único de los partidos que se jugaban y verdadero caudillo de este deporte durante su edad de piedra en la ciudad. Supo orientar el fútbol sin dinero y supo buscarlo de los demás cuando hizo falta. Pero él, ayudado por su inseparable José María Muniesa, siempre tuvo en la mano los hilos de la trama, lo mismo en la Federación Aragonesa que en el Iberia, donde su actividad fue colosal: vocal, vicepresidente, director deportivo, consejero delegado de la Sociedad Anónima Campo de Deportes de Torrero, entrenador y también presidente. José María Gayarre fue el último presidente del Iberia y también el primero del Real Zaragoza. Lo fue todo en el fútbol aragonés.

En plena juventud, un viaje a las minas de Río Tinto, en Huelva, le permitió descubrir el fútbol, empaparse de ese veneno que habían exportado los ingenieros y operarios ingleses de la ‘Rio Tinto Company'. Allí compró dos balones viejos, que luego le remendaría un zapatero de la calle las Armas, y un reglamento en inglés. Y con una paciencia infinita comenzó su magisterio. Fundó en 1912 la Gimnástica y no decayó cuando ésta desapareció en 1915. Todas las tardes, en el campo del Sepulcro, mientras hacían instrucción los soldados, se pasaba Gayarre sus horas muertas de soñador en quiebra, viendo a los chicos de las escuelas disputarse casi a mordiscos el balón y marcar los ‘goals' en las porterías de ropa. José María Gayarre dejó que ese nuevo caldo fermentara un poco. Luego intervino. Su actuación fue de consejero y de árbitro. De tutor. De referente permanente y absoluto.

Tomémosle prestada la pluma al desaparecido periodista Miguel Gay Berges para comprender en toda su extensión la magna cruzada didáctica del señor Gayarre en ese proceso de fermentación del fútbol aragonés:

"Era alto, moreno, serio, reservado. Miraba sobre nuestras cabezas al infinito que se remontaba tras una empalizada de traviesas de ferrocarril, que limitaba, muy a lo lejos, el campo de juego. Tenía la silueta erguida y su aire de esfinge respiraba autoridad. Nosotros le mirábamos con respeto y admirábamos su constancia: todas las tardes estaba allí. Se agradecía que un señor no se riera de nosotros, en mitad de aquel desprecio de todos. Y, no solamente no se reía, sino que, de cerca, era afable y además entendía de fútbol, tanto, que muchas veces no le entendíamos nosotros..., que éramos futbolistas (?). De él escuchamos, por primera vez, sin entenderlo, qué era un ‘offside'. Se llamaba José María Gayarre.

Conducidos por él, con su apoyo, que nos prestó sin que se lo pidiéramos siquiera, porque pensábamos que nadie nos pudiera apoyar, penetramos en la calle de Bilbao, para alternar con el equipo de los alemanes. Él nos presentó a la afición zaragozana, si la había, desde las columnas del ‘Diario de Avisos'. Él eligió a sus colaboradores, y no admitió otros; el procuró que no se le desbordara y que las cosas siguieran la derrota que marcaba. Cuando las cosas iban mal, muchas veces, volvía a quedarse solo; pero siempre salía adelante".

Pero José María Gayarre fue un hombre de actividad múltiple. Por ejemplo, sus inquietudes políticas le impulsaron a fundar y presidir en 1921 el partido Acción Ciudadana, de clara inclinación maurista. Y a presentarse como concejal en las elecciones municipales del 5 de febrero de 1922. No resultó elegido, pero en junio de 1923, en los últimos comicios celebrados en España antes del golpe militar del general Primo de Rivera (13 de septiembre de 1923), alcanzó un acta de diputado provincial por el distrito Pilar-La Almunia. Y en ese cargo se mantuvo hasta el 20 de enero de 1924, cuando, por orden del gobernador civil, el general José Sanjurjo Sacanell, fue disuelta la junta de gobierno que presidía Mariano Pin Novella, destacadísima personalidad de la vida social y política zaragozana y durante 1928-29 presidente del Iberia.

Cruzada periodística
El periodismo fue otra de las grandes aficiones de José María Gayarre. Y durante una década fue colaborador deportivo de los periódicos ‘Diario de Avisos', ‘El Noticiero' y ‘Heraldo de Aragón', donde firmaba sus brillantes ‘Notas de Sport' con los seudónimos ‘Goal' o ‘XXX'. Tenía una pluma ágil, cultivada y muy amena, aunque el ejercicio del periodismo deportivo no era, al final, más que una parte obligada, acaso fundamental, de su cruzada por potenciar el fútbol, por ordenarlo, por consolidarlo.

Gayarre, representante comercial de diferentes bodegas de Haro y Jerez, era también un excelente conversador. Y un notable orador. Se hicieron famosas en todo Aragón sus conferencias en apoyo del deporte. Y no menos famosa fue su célebre tertulia futbolística, que recorrió sucesivamente los salones del Café de Europa, El Oriental, La Perla y Salduba.

El 1 de abril de 1932 fue nombrado vicepresidente segundo y presidente en funciones del recién constituido Zaragoza Fútbol Club, cargo que desempeñó hasta el 17 de agosto de 1934, cuando presentó su dimisión y la asamblea de socios eligió como segundo presidente del club a Felipe Lorente Laventana. Gayarre pasó de inmediato a la secretaría técnica, desde donde cocinó el célebre equipo de los ‘Alifantes', que lograría en 1936 el ansiado ascenso a Primera División. Un año y medio antes, en enero de 1935, la Federación Aragonesa de Fútbol le concedió su primera Medalla al Mérito Deportivo. Fue una recompensa merecida, con la que se le hizo justicia.

El prestigio de José María Gayarre en el fútbol español fue enorme. Y para comprobarlo bastan estos dos detalles: en mayo de 1937, participó activamente en las reuniones de San Sebastián para la creación de la Federación Española de Fútbol de la Zona Nacional, cuyo primer presidente fue el comandante Julián Troncoso Sagredo, amigo personal de Gayarre, directivo desde 1934 del Zaragoza y gran impulsor del atletismo aragonés. Cuatro meses después, ‘Goal' fue nombrado mediador, junto al ex presidente del Español Genaro de la Riva y al periodista bilbaíno José Luis de Isasi, en la negociación que se abrió en Francia con los jugadores y dirigentes de la Selección vasca para que se incorporaran a la España Nacional.

También Gayarre, pese a su adhesión al Movimiento Nacional, sufrió en sus carnes la Guerra Civil. Y en 1938 tuvo que abandonar Zaragoza al destaparse su condición de homosexual. Se le hizo la vida imposible. Marchó primero a San Sebastián, donde siguió colaborando con Troncoso, y acabado el conflicto se instaló en Madrid, lejos de su familia y de sus amigos, y desapareció de la escena futbolística. El Zaragoza pagó muy cara su ausencia y en 1947 estaba otra vez en Tercera División, arruinado y sin futuro, al borde de la desaparición.

Regreso fugaz
El presidente Cesáreo Alierta lo recuperó como asesor técnico en 1953 y le dio plenos poderes, pero José María Gayarre sólo duró una temporada en el cargo. Su regreso no tuvo una acogida unánime en el club y hubo personas interesadas en que no se entendiera con el entrenador Pedro Eguíluz. Dimitió y nunca se hicieron públicas las causas de su salida. Ésta fue su última estancia en Zaragoza, estableciendo luego en Madrid una especie de representación del Real Zaragoza, en donde se resolvían todas las cuestiones centrales que precisaba el club dilucidar o gestionar en la Federación Española.

José María Gayarre Lafuente murió en Madrid el 8 de febrero de 1968, el día de su setenta y cinco cumpleaños, olvidado de todos, desconectado por los avatares de la vida del fútbol aragonés que él creó con su entrega, su loco romanticismo y su inagotable capacidad. Mereció en sus últimos años una atención mayor de quienes, gracias a su esfuerzo, vivieron, medraron o figuraron en el fútbol zaragozano. Quizá su consuelo es que, antes de fallecer, le dio tiempo de ver a su Real Zaragoza conquistar dos Copas del Generalísimo y una Copa de Ferias, de verlo campeón.

Pedro Luis Ferrer
Diario AS
www.as.com

"¡No es el Zaragoza, es el Iberia!"

El Zaragoza Fútbol Club nació el 18 de marzo de 1932 e hizo su presentación oficial dos días después en Torrero. Así que hoy se cumplen 75 años de su primer partido, de esa goleada al Valladolid (4-0) que firmaron Rolloso (2), Zorrozúa y Anduíza. ‘Chominchu‘, cronista del desaparecido ‘Diario de Avisos', encabezaba de esta forma su crónica del encuentro: "Con un triunfo tan destacado como merecido, inició el novel Zaragoza F.C. sus lides deportivas. No puede ser más brillante el comienzo de su vida. Los bravos muchachos zaragocistas jugaron con entusiasmo y acierto, consiguiendo batir por cuatro veces a ese formidable cancerbero que se llama Irigoyen, al mismo tiempo que acababan el encuentro con el cero en el marcador... No nos queda más remedio que felicitar al recién nacido Zaragoza Fútbol Club por su brillante incorporación a la vida deportiva, animándole a continuar con el entusiasmo y acierto de su primera jornada".

Pero hay que explicar, porque tiene su propia historia, por qué fue el Valladolid el primer rival del Zaragoza Fútbol Club. Y una vez más hay que remontarse al Iberia, el club que cambió de nombre y de colores para dar origen al Zaragoza F.C. El Iberia había fichado del Valladolid para la temporada 1931-32 a los hermanos Juan y Domingo Chacartegui y a Diodoro Anduíza y durante las negociaciones con el club castellano se pactaron dos amistosos, uno en el viejo campo de la Plaza de Toros de Valladolid y el segundo en Torrero. El primero se disputó el 13 de marzo de 1932 y fue el último encuentro de la historia Iberia, que se despidió con derrota (3-1) y con esta alineación: Blesa; Chacartegui II, Chacartegui I; Epelde II, Orcolaga, Latre; Rolloso, Zorrozúa, Anduíza, Tomasín y Almandoz. De los titulares, el portero Julián Osés no pudo viajar por el fallecimiento de su madre, mientras que Pascual Salas estaba lesionado. Tomasín es el futuro ‘alifante' Tomás Arnanz, que en el Iberia siempre jugó con su diminutivo.

Cambio de colores
Antes de jugar en Valladolid, el Iberia ya sabía que se iba a disolver cinco días después, así que el partido de vuelta contra los pucelanos vino al pelo para presentar en sociedad al nuevo Zaragoza. En una semana, los jugadores del Iberia pasaron de jugar de gualdinegro a hacerlo de blanco y azul celeste. La tarde en Zaragoza fue ventosa y desapacible, pero Torrero presentó una gran entrada y ovacionó largamente a los nuevos zaragocistas. 1-0 al descanso (en el intermedio se arriaron del palco las banderas del Iberia y el Zaragoza ‘tomate' y se izó la del nuevo club), y festival en la segunda parte con el cierzo a favor. La presentación fue inmejorable, con Tomás y José Mari Zorrozúa, el gran capitán, como jugadores más destacados.

Pedro Luis Ferrer
Diario AS

Más malos que el Sebo

Más malos que el Sebo


Un compañero me dijo el otro día que el fútbol inglés viene a ser como las películas de tiros o aventuras: ejercicios ligeros y en absoluto pretenciosos, concebidos y ejecutados con el único fin del entretenimiento. El razonamiento me llamó la atención, estuvo a punto de parecerme ajustado y puede que hasta brillante. Lo miro así porque el fútbol inglés siempre me ha fascinado precisamente por su vigor, por su capacidad para la diversión, por esa honestidad que lo asiste y que me lo presenta como un fútbol libre del pecado original, que tiene la forma de la vanidad del engaño y la egolatría de los futbolistas, sumado al empeño de los entrenadores por hacer del juego una pura medición cartesiana o cientifista. He admirado y disfrutado a muchos jugadores y equipos ingleses. Sin embargo ahora, desde hace años, observo el fútbol inglés con conmiseración. Les han colado una modernidad europeísta que ha trastocado la ingenuidad del modelo, y que mezcla mal. Sobre todo, les han llenado los equipos de futbolistas de todas las latitudes y los banquillos con entrenadores de fuera de las Islas. Y no se trata de xenofobia, cómo iba yo a ser xenófobo a favor de los ingleses... Lo que digo es que han absorbido el modelo a la inversa; antes eran los de fuera quienes se adaptaban al modo de juego británico; ahora, al ser ya tantos, la tendencia es la opuesta. El resultado, en mi modesta y afectuosa opinión hacia el fútbol de esos países, constituye un error: ahora en Inglaterra se juega al fútbol con pretensiones. Se ha atemperado en buena parte aquella velocidad, aquel denuedo, aquel estruendo competitivo que definía los partidos; pero los jugadores, el tipo de jugador, aún es el mismo. Es como vestir a un indio americano con chaqué: no está en su naturaleza. Se le nota la impostura.

Sigo viendo el fútbol inglés. Un algo por devoción, un mucho por deformación profesional. Ya no me divierte como solía hacerlo durante los años setenta y ochenta; o cuando pagaba entradas por los estadios de Londres (sobre todo el viejo Stamford Bridge, que me caía cerca) los sábados que tenía libres durante mi estancia en Londres. Por eso, cuando hace unos días fuimos a ver el derby de Glasgow, Celtic-Rangers, recuperé esa vieja expectación por ver el protofútbol que siempre se jugó en las Islas. Soy de los que piensa que el verdadero fútbol inglés ya no puede verse en Anfield, en Highbury o en Stamford Bridge. Está en el campo del West Ham (qué equipo el West Ham... es para morirse los dos partidos que le he visto últimamente por la televisión), tal vez un poco en Villa Park, y sobre todo más abajo, en los Nottingham Forest, en el Torquay, en el Barnet o igual en el mismo Milwall, qué sé yo. En esos campos de Dios en los que no está Dios (así definía mi tía Chilita, mi ejemplo familiar de viajero, las bellas iglesias y catedrales británicas: "Son preciosas... pero no está Dios"). ¿Estaría el fútbol británico en Celtic Park?

Estaba. Pero en su versión más pobre, claro. Si me vais a preguntar por el ambiente, lo digo de antemano: extraordinario. Emotivo, subyugante, conmovedor. Hubo un homenaje al gran Jimmy Johnstone en los vídeo marcadores realmente precioso. Y esa extraña incoherencia que a menudo muestra el fútbol británico: en este derby de connotaciones religiosas (católicos pro irlandeses frente a protestantes filobritánicos), los aficionados del Rangers caminan con mucha tranquilidad hacia el fondo que les corresponde en el estadio. Van a ser 4.000 y están perfectamente controlados... pero uno diría que no hace falta un control excesivo. Yo estuve viéndolos llegar y no había un atisbo de la violencia artera y peligrosa que he advertido en muchos campos españoles. No digamos en Sevilla, donde vimos uno de los últimos clásicos entre Betis y Sevilla hace un mes y poco. A Celtic Park vienen caminando, sin escolta policial, sólo un relativo y lógico control en los accesos al campo para que el área esté lo más limpia posible. No hay ningún tipo de agitación en la gente del Celtic, que va entrando hacia sus asientos con matinal calma (todos los partidos de riesgo se juegan en Gran Bretaña en horario matinal, para evitar la consumición de alcohol en los pubs). El fútbol británico está limpio. El peligro son los viajes al extranjero. Por lo demás, el fútbol constituye un entretenimiento familiar, tan seguro como ir al Radio City Music Hall de Nueva York a ver el especial de Navidad...

Del fútbol en sí no hay gran cosa que decir. El nivel medio del futbolista escocés ha descendido o está en el mismo lugar de toda la vida. El mejor jugador del Celtic sobre el campo era Gordon Strachan, el entrenador. Qué días aquéllos: Gordon Strachan, Archie Gemill (aquel pedazo de gol contra Holanda en el Mundial 78, que glosan en la película Trainspotting), Kenny Dalglish, Graeme Souness, desde luego Jimmy Johnstone... De los que aún tienen edad para jugar el más rescatable me pareció, de lejos, un zurdo con cara de niño que juega en la banda izquierda del Celtic: Aidan McGeedy. Tiene un cierto aire a Jimmy Johnstone, el rubio cabello enrulado, el caracoleo con la pelota... Pero no es él, claro. El resto eran para analizarlos. Los centrales de los dos equipos parecían muñecos sólo parcialmente articulados, siempre a punto de desganglillarse o de que se les saliese una pierna de su inserción con la cadera. El mejor de los cuatro era Ehiogu, el del Rangers, un africano interminable con muchos años encima, al que recuerdo haber visto en The Bridge frente al Chelsea en el año 94, cuando él acababa de llegar al Norwich City. Como para ratificarlo, se inventó un gol de media chilena a la salida de un córner, antes de la cual hubo hasta tres cabezazos verticales e inútiles en el área del Celtic. De horror. Con ese tanto, al Rangers le bastó para ganar. No hubiera podido meterlo de ninguna otra manera. Su delantero más idolatrado es un tal Sebo, ex del Austria Viena (me enferma recordar a ese equipo) al que la hinchada azul le canta el nombre con deleite: "Seeeeeebooooooo, Seeeeeeeeboooooooo". Es tan malo, pero tan malo, que hasta los aficionados del Celtic se ríen de él, en lugar de temerlo. Como cuando la grada del Real Madrid de baloncesto, en los viejos partidos contra el Barça en el pabellón de la Ciudad Deportiva, pedían a voz en grito que saliera Seara, aquel base que me recordaba al inspector Clouseau. Eso sí, Sebo da unas patadas de miedo; persigue a los defensas, los acosa, los hostiga, les mete el cuerpo, el codo, la cadera, la rodilla en el estómago si hace falta. Tiene esa cara de británico enredador tan conocida, la de Wayne Rooney. Con el "fuck off" siempre colgándole de la boca... Los momentos más emocionantes de este tipo de partidos no son los córners ni los goles; son los balones que se quedan sueltos y van dos rivales a disputarlos. Uno tiene ganas de llamar a la ambulancia antes de que lleguen, porque es como ver un choque frontal entre dos automóviles. Da miedo. Hay unas castañas de cárcel. Sebo es el primero de la fila: deja los pies colgando y siempre rasca hasta donde puede. Sebo es más malo que el sebo, pero al día siguiente la Prensa lo exaltaba por sus carreras desesperanzadas en pos de pelotas perdidas. Los escoceses (vale decir, los británicos) no puntúan a los futbolistas según criterios futbolísticos; los juzgan de acuerdo a consideraciones casi morales. No es de extrañar que Henrik Larsson se hiciera de oro en este fútbol: comparado con Sebo o con Miller, el punto del Celtic, el sueco era el mismo Dios, una forma superior de vida.

Gravesen no jugó. Y bien que lo sentí... Porque ahí debe ser el rey. Lo sustituía otro muchacho africano llamado Sno. La verdad es que las alineaciones parecían una fuga de vocales: Sno, Prso, Sebo. Nombres que más bien se dirían apodos para un chat. El partido de Sno fue demencial. A su lado, Lennon. Sólo faltaba McCartney, que no ha debido darle una patada a la pelota en su vida. Lennon (el jugador del Celtic) estaba gordo y tabernario. Hasta los suyos le dijeron de todo menos guapo. El único con un mínimo criterio en el medio campo era Barry Ferguson, del Rangers, al que por cierto vigiló muy de cerca el Zaragoza en el último mercado de invierno, cuando buscaba un mediocampista de paso. Acabó encontrando a Gustavo Nery, que en verdad ahora vemos que está de paso. En la segunda parte me gustó Nacho Novo, ex jugador de Huesca. Que un futbolista de nivel Segunda B en España sea el rey en la banda derecha del Rangers especifica sin necesidad de más matices cómo está el fútbol escocés. Eso sí, el ambiente es magnífico y volvería mañana. Se me ocurre que tanta canción es en realidad una forma de entretenerse, para olvidar lo de abajo. Pero no es así. La gente del Celtic, los británicos en general, aman el fútbol y a sus equipos de un modo ejemplar. Nunca voy a ser absolutamente cruel con ellos: les guardo el afecto enorme de la diversión que me han proporcionado.

[Foto: vi el partido al ladito de los comentaristas de la BBC en Escocia. Creo que era la BBC. No importa. Me encantó descubrir que todavía usan aquellos micrófonos de toda la vida, clásicos donde los haya, concebidos con esa plaquita superior que ayuda al locutor a mantener la distancia exacta con el micro. Detalle rancio que me pareció simbolizar lo que es el fútbol en estos lugares, una materia atemporal, un lugar en el que siempre se jugó más o menos igual. De las narraciones británicas me encanta la precisión con la que sitúan el juego, la perfecta vocalización y el "Yes!" de los goles].

Larga vida al Zaragoza

Estas crónicas de 75 años de fútbol pretenden rescatar a lo largo de los próximos meses los artículos que Pedro Luis Ferrer va a ir publicando en AS. Los hechos, los mejores partidos, los personajes, las historias de la historia... Nadie mejor que Plf (acrónimo del mejor periodista, libra por libra, del momento en esta ciudad) para rescatar esos episodios. Y digo lo de mejor porque reúne las tres condiciones básicas del periodismo: conocimiento, rigor, escritura y afán absoluto por la noticia. Valores que andan en extravío. El joven periodista moderno -tan celebrado- maneja todo tipo de herramientas informáticas; sabe maquetar, diagramar, fotografiar y a veces incluso escribir, aunque a muchos les cuesta distinguir las categorías gramaticales y redactar con una sintaxis coherente. Plf no sabe nada de informática, apenas. Aunque lo intenta. Sin embargo, sabe todo lo que haya que saber acerca del Zaragoza, con un afán memorioso y preciso que le permite hablar con la misma facilidad del partido del domingo pasado y de uno que se jugó en marzo de 1941. Es el periodista auténtico, el de toda la vida. El de verdad. El único, por más que quieran ahora convertir en periodistas a ciudadanos cogidos a lazo por el espacio digital. El periodismo me parece cada día más estúpido y vulgar. Por eso traigo aquí a Plf. Y porque es mi amigo, o sea. Su primera crónica recupera el proceso de fundación del Real Zaragoza, el 18 de marzo de 1932. Larga vida al Zaragoza... y a Plf para que la cuente.


El Zaragoza Fútbol Club -sin el título de Real, que no incorporaría hasta el 30 de marzo de 1951, aprovechando una antigua concesión de Alfonso XIII en 1921 a la zaragozana Sociedad Atlética Stadium-  se fundó el 18 de marzo de 1932. El día de su nacimiento ha llevado a no pocas confusiones, porque el acta de constitución lleva fecha de 15 de marzo, aunque no se firmó hasta el 16. El documento era una especie de hoja de ruta privada que establecía los pasos a seguir acordados para culminar un pacto histórico entre los hombres del Iberia y los del Zaragoza, entre los avispas y los tomates. Pero el actual Zaragoza se constituyó el 18 de marzo de 1932, sólo unas horas después de que las juntas generales de socios del Iberia Sport Club y del Zaragoza Club Deportivo aprobaran sus oficios de disolución como sociedades legalmente constituidas. Ese era el paso definitivo para poder acudir juntos al Gobierno Civil e inscribir al nuevo club, a un club que surgía para acabar con tres lustros de guerra fratricida y sin cuartel.

Para sellar la tregua se había designado una comisión formada por cinco representantes de cada club. Por el Iberia Sport Club: José María y Luis Gayarre, Antonio Sánchez Candial, José María Muniesa y Luis Ferrer. Por el Zaragoza Club Deportivo: Antonio Hormigón, Julián López Herrero, Juan Briz, Liberto Herrero y José Torregrosa. Estos diez fueron los firmantes del documento de constitución, que desde 1999 se exhibe en una vitrina en la sala de juntas de la sede del Real Zaragoza.

La mal llamada fusión. Popularmente se habla de fusión, pero no hubo tal. Entre otras cosas, porque el Zaragoza Club Deportivo había sido dado de baja en las Federaciones Española y Aragonesa el 2 de diciembre de 1931 por su enorme deuda. Todavía existía como sociedad legalmente constituida, pero ni tenía derechos federativos, ni campo (había perdido el arriendo del campo de la calle Asalto), ni jugadores, ni casi nada. Por perder, había perdido hasta de su junta directiva a sus hombres más solventes, a sus mecenas, a aquéllos que habían soportado con su propio dinero la lucha enconada contra el Iberia. Ya no quedaban en puestos directivos ni Julio Ariño, ni el conde de Sobradiel, ni Anselmo Gracia, ni Diego de Funes, ni Pascual Irache...

El Iberia Sport Club sí tenía derechos federativos (al menos una plaza en la Tercera División), un campo magnífico (Torrero), una plantilla de 18 jugadores profesionales (500 pesetas al mes más primas), más de 4.500 socios al corriente de sus cuotas; y conservaba, sobre todo, al frente de sus filas a los grandes pioneros del fútbol aragonés, a José María Gayarre y a José María Muniesa.

El Iberia, al frente. Pero el Iberia, también golpeado por la fiebre del profesionalismo, no quería perder para siempre a los aficionados tomates. Había que recuperarlos, sumarlos, y eso pasaba por crear un nuevo club. Un club de todos y con todos. Para lograrlo, el Iberia sacrificó sus colores y su nombre, pero impuso todas las condiciones: no aceptó hacerse cargo de la deuda del Zaragoza, se reservó el derecho de elección de los cargos directivos y su orden de socios fue prioritario. Es sencillo: para la ciudad nacía un nuevo club, que iba a vestir los colores de la Federación Aragonesa (blanco y azul celeste); para la Federación Española, para el fútbol, era el mismo club, pero con otro nombre.

Lo escribió en 1953 José María Gayarre, último presidente del Iberia y primero del actual Real Zaragoza, en sus inéditas y formidables memorias: "Para nosotros fue muy duro renunciar al nombre del Iberia y a nuestros gloriosos colores gualdinegros. El Zaragoza había sido víctima de sus propios errores, pero nuestro club estaba saneado y no corríamos peligro de desaparecer. Al final pesaron más las razones que los sentimientos. Partimos del hecho de que el nuevo club tenía que ser el Iberia, pero cambiando el nombre por el de la ciudad. El Iberia cambió de nombre y de colores, pero no cambió de estilo. Su nombre estará siempre unido al del Real Zaragoza, al que presagiamos un vivir eterno".

Diario AS, 18 de marzo de 2007
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