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Somniloquios

El día del padre

El día del padre


A veces parece sencillo escribir una historia conmovedora. A veces parece imposible. A la espalda de Celtic Park, en Glasgow, caminamos por este viejo cementerio húmedo y gris. Entre lápidas caídas y oraciones olvidadas, encontré esta tumba. Contaba la historia de un Robert Graham. La inscripción tallada en la piedra decía:

"Erigido por Robert Graham
y su esposa Jane Young...
en memoria de sus hijos:

Robert, fallecido el 1 de febrero de 1863
a la edad de 1 año  y 6 meses

Bethia, fallecida el 7 de enero de 1865
a la edad de 1 año y 8 meses

Robert, fallecido el 21 de noviembre de 1865
a la edad de seis meses

John, fallecido el 28 de agosto de 1877
a la edad de 5 años y 8 meses

Y a la memoria de sus nietos
Adamine, Cameron y Anderson
fallecidos el 6 de febrero de 1899
(la fecha es borrosa)
a la edad de 18 meses

Bethia y Anderson
fallecidos el..."


La fotografía no me permite leer el resto de fechas. Un poco más abajo, el señor Robert Graham despide a su amada esposa Jane Young. La última línea registra la fecha del fallecimiento del señor Robert Graham.

A veces, es extraordinariamente sencillo, y terrible, escribir una historia conmovedora.

(Para mi padre; y para Pedro Luis... padres íntegros como piedra tallada).

Escenas: el predicador Guthrie

Escenas: el predicador Guthrie


Allá donde voy me gusta fotografiar las estatuas, elementos inmóviles que parecen reclamar algo de vida en las fotografías, donde todo está falsamente detenido. Ésta pertenece al predicador y profesor universitario Thomas Guthrie, quien ingresó en la Universidad de Edimburgo a los 12 años. Ya adulto, su ministerio atendió a la pobreza de los más desfavorecidos, animado por la idea de que una buena educación salvaría a los niños de la delincuencia juvenil. Por eso Guthrie aparece inmortalizado en el borde de Prince's Street con un infante tomado por el hombro, en actitud paternal. Al fondo, sobre la roca negra desde la que guarda Edimburgo, el afamado castillo de la ciudad.

El inmortal

El inmortal


"Los muertos, salvo excepciones, no hablan".

Diego Armando Maradona, en el irónico desmentido sobre su propia muerte: algunos medios argentinos informaron de que el ex futbolista había fallecido en un accidente de tráfico. El 10 salió al paso y dijo que estaba "más vivo que nunca". Si es que eso es posible...

Doctor Reyes y Mr. Hyde

Doctor Reyes y Mr. Hyde


Tal vez imbuido del espíritu del diácono Brodie, nuestro buen amigo el doctor Reyes nos regaló la tarde en un sombrío pub de Glasgow con esta metamorfosis infernal, frente al asombrado objetivo de nuestra cámara. Desoyendo cualquier indicación o consejo, el condenado vació con alegría de orate varias jarras más de esa misma pócima. En su abigarrada negrura, comprendo ahora, estaba escrita la desgracia.

Tusitala, esquina Boswell

Tusitala, esquina Boswell

La tarde del sábado la dejé caer muy despacio. Desde Murrayfield, el estadio de rugby, tomé un autobús hasta Prince's Street, la arteria comercial de Edimburgo, y después rodeé las estatuas que jalonan la avenida, la pinacoteca nacional escocesa y el impresionante monumento a Walter Scott para ascender hacia la ciudad vieja. Durante horas caminé por las callejas de piedra, tomado por una placentera soledad. Edimburgo parece hecha para ese estado de ánimo, en el que uno se siente más cerca cuanto más alejado está. Un lugar ideal para deambular por las viejas calles del espíritu. Basta ir arriba y abajo de la Royal Mile. Visité el Museo de los Escritores, un espacio modesto pero de delicada sensibilidad, que rinde tributo a Robert Burns, el padre de la poesía escocesa, al poderoso Walter Scott y, desde luego, a Robert Louis Stevenson, mi preferido de los tres. Stevenson falleció joven, antes de los 50 años; en las imágenes que exhibe el museo se ve a un hombre flaco y de ojos prominentes, cabello liso peinado con raya a la derecha, y una afabilidad generosa en la mirada. Las fotografías, escritos y pensamientos de Stevenson, viajero vocacional, en los Mares del Sur me dejaron una profunda emoción que me acompañó toda la tarde. Los nativos de las islas del Pacífico le llamaban Tusitala (el narrador de historias). Seguí caminando despacio hasta el portón de entrada del castillo de Edimburgo, levantado sobre un viejo volcán. El viento soplaba con vehemencia. Unos pocos metros antes encontré este pasaje en el que una placa recuerda que aquí se conocieron, en una cena, James Boswell y el doctor Samuel Johnson. Ese encuentro propició la que tal vez sea la biografía más feliz que se ha escrito nunca, el recuento de conversaciones y horas que el joven escocés pasó con el escritor inglés: La Vida del Doctor Samuel Johnson. Un libro obligatorio para la educación del espíritu y el intelecto... si es que a alguien le importan una de esas dos cosas o las dos.

[Foto: El hombre somniloquio, frente al Boswell's Court, en la Royal Mile de Edimburgo... Fernando Savater anotó en su prólogo a la obra de Boswell la cita de Litton Strachey, que define así al autor de la biografía de Samuel Johnson: "Uno de los éxitos más notables de la historia de la civilización lo consiguió una persona que era un vago, un lascivo, un borracho y un snob". Un gran tipo, en definitiva. Cómo no vamos a querer a Boswell...].

Buena pinta

Buena pinta


Nosotros somos gente de ley. El día que entró en vigor la ley que permitía a los pubs abrir todo el domingo entero fue un domingo, claro, allá por el verano del 95, y lo pasamos entero en un pub a la vuelta de Portobello Road, en Londres. Round table en una terraza en sombra. Once horas en un mismo pub podría parecer demasiado pero, una vez consumidas las tres primeras pintas, el cuerpo se hace cómodo, se almidona dulcemente en el acogedor banco de madera, y además, cada tanto se añaden nuevos contertulios y todos traen otra ronda. Los vasos caen vacíos como campanadas. La tarde resbala de forma conveniente sin que la adviertas. Conviene que sea así, porque la tarde de un domingo siempre tiene un cierto aire deprimente. Si eso os parece deprimente, es que no habéis visto la tarde de un domingo en las calles laterales de una ciudad británica. El pub es la terapia.

Ahora hay libertad de horarios y se han relajado las costumbres. Hemos ganado y hemos perdido, como siempre. Ha desaparecido el síndrome de la campana, pero también ese divertido ritual de pedir al menos un par de pintas o tres para bebértelas en apenas media hora y así conjurar la frustración de los horarios de guerra. Last orders... y la carrera general a la barra. Siempre me han gustado especialmente los pubs silenciosos, sin música, en los que tres o cuatro parroquianos beben sin decir palabra, sin mirarse a pesar de que han bebido a pocos metros unos de otros durante los últimos 35 años. Los pubs tan recogidos que casi resultan claustrofóbicos, recubiertos de madera, moqueta, revestimientos en las paredes y sillones de eskay. Ahí uno puede quedarse durante horas, ignorante de las bombas alemanas o la caída del gobierno conservador. Todo se oye. A veces entra un visitante nuevo y bromea con agudeza con el publican. Aunque nadie ha dicho nada, todos los presentes se ríen. En esa extraña comunión humorística reside todo su afecto.

Algo de eso hay en The Jolly Judge, pub de la Royal Mile en Edimburgo, en uno de esos maravillosos espacios interiores de piedra, a la espalda de la calle principal, que se encuentran aquí y allá. En una de las casas colindantes se encontraron por primera vez el doctor Samuel Johnson y su buen amigo Bosswell. Algo más arriba, en dirección contraria al castillo, está Deacon Brodie's, la taberna dedicada a la memoria del diácono de vida recta durante el día y licenciosa por la noche en el que se inspiró Robert Louis Stevenson, cuentan, para escribir El misterioso caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde. El sábado, después del rugby, el Brodies's fue un hervidero de kilts y cerveza toda la tarde... Hace años recuerdo, en Balloch, a la orilla del Loch Lomond, un pub de aldea extraordinario: me queda la quietud sombría del lugar y a los lugareños mirando a John Mayor en la televisión con aparente respeto para, de pronto, comentar una de sus frases con sorna y explotar en violentas risotadas conjuntas: "Ye fucking twat... ayeeee!".

De este viaje me quedo con The State, en Holland Street sobre la esquina con Sauchiehall Street, en Glasgow. Como para marcar el signo de los tiempos, en el piso de arriba hay una sala bien moderna, con música y desenfado; abajo, al final de las escaleras y a través de una puerta alternativa, escoceses desdentados beben en serio y en silencio. Sillones orejeros y libros en los estantes. Cálido y hogareño. No es el mejor pub del mundo, y no va a aparecer en ninguna guía... pero tiene esa modestia de los espacios inolvidables.

[Foto: veo ahora que la imagen ha adquirido el aspecto empastado de una pintura gracias a mis juegos experimentales con la luz, pero es una fotografía tomada el sábado por la tarde en el Ensign Ewart, en la Royal Mile de Edimburgo: allí vaciamos algunas pintas de Caledonian, estupenda bitter escocesa).

El Oasis

El Oasis


Desde Glasgow, la carretera A-82 serpentea entre lagos y valles sucesivos hasta las Highlands, la tierra mítica escocesa, conformadora de carácter, folklore, historia y leyendas. Algunas guías le dicen a esto autopista, pero sólo podría ser considerada autopista si uno viajara en triciclo. Dos carriles por sentido no caben entre esta aguas y montañas. De hecho, apenas caben dos coches en direcciones opuestas. Es lo que se dice una carretera peligrosamente hermosa, que parte de los suburbios al oeste de la ciudad y casi de inmediato ingresa en la belleza generosa de Loch Lomond, el primero de los diversos lagos de rizos plateados que llevan hacia el norte. En estos territorios, Escocia parece la mezcla antigua, desafinada, de dos modelos de diversa magnificencia: por momentos, entre laderas boscosas e inmensos estanques naturales, con montes coronados de nieve, parecería una Suiza aún en proyecto o a la que alguien le hubiese atemperado su perfección; en los remotos campos de brezo, en los árboles tomados por un musgo amarillento, en los colores ocres y las montañas de un mullido verde esponjado de agua, Escocia recuerda en cierto modo a Patagonia.

Esa indefinición entre los dos modelos explica el carácter variable de las Tierras Altas, paisaje en el que la aproximación a lo bucólico pronto queda corregida por un páramo inhóspito, que cruza una manta de agua formidable. La luz cambia, surge remota en un claro e ilumina con violencia una colina exacta de entre muchas. Después, el frente de la carretera se emborrona, engullido por una bruma minuciosa que deshilacha todos los contornos y corre una cortina en el paisaje. Aquí llueve sin graduaciones progresivas; se pasa de la calma a la tempestad de un segundo a otro, como en un cambio riguroso de escenario. Alf observó que, tal vez, a los lugareños no les importaría la posibilidad de que el cambio climático fuese cierto y dramático: por ejemplo, que Escocia se convirtiera en Hawai por algún tiempo, y que Hawai pasase a ser el norte de Escocia o la tundra de las islas Orcadas. Comer patatas asadas con haggis y tocar el ukelele. Ir a la playa con el kilt remangado y sentir entre esos muslos de leche pelirroja el cosquilleo de los mares del sur.

Si eso ocurriera, El Oasis caería sobre los jardines con palmeras que hay a la espalda de Waikiki, o en el inicio de la rampa que baja a la bahía de Hanauma, allá donde se hundió un volcán y quedó un feraz arrecife a cinco metros de la playa. Como el cambio climático, así entendido, aún no se ha dado, El Oasis continúa donde lo encontramos hoy: en el descansillo del sinuoso ascenso tendido que la A-82 inicia hacia las Highlands. El Oasis es una camioneta blanca con un toldo metálico en lugar de la pared lateral, detenida en esta carretera, en una revuelta de lluvia inmisericorde y vientos salvajes. La versión montaraz de las estaciones de servicio con nombre de petroleras. La atiende un tipo de cabello cano, mandil a rayas, camiseta negra ajustada y un gorro de tela blanca con rejilla superior. Las manos del tipo están hechas de roca cuidadosa: puede cebar un chocolate o partirle el cuello a un toro Hereford. En El Oasis uno encuentra todo lo que un ser humano puede necesitar para congraciarse con el universo, en ese instante en el que la naturaleza está a punto de llevárselo por delante: chocolate caliente, té hirviendo, café,  bebidas refrescantes, pasteles de carne, bizcochos, hamburguesas, perritos calientes, sándwiches, la sopa del día, pizza casera... El Oasis: un cartelito con el nombre sobre el fondo amarillento, el color de un sol abrasador. El Oasis. Del lateral exterior de la camioneta cuelga un termómetro: la columna encarnada del mercurio apenas se levanta de los cero grados. Un camionero descamisado, cubierto apenas por una chaquetita, se come una hamburguesa con queso de El Oasis con primaveral tranquilidad, mientras charla con el highlander del mandil rayado.

Al fondo de la escena, sobre los campos que se abren hacia montañas y valles, tres venados observan apenas a 20 metros de distancia y olisquean el aire. Al sentirse descubiertos inician un trotecillo de vuelta hacia la espesa pesadumbre de los campos, donde nadie en su sano juicio va a ir a buscarlos. La carretera sigue hacia el norte. Un cartelón da la bienvenida a las Highlands y abre la vasta hendidura que es el Great Glen, el valle que horada esta tierra en perpendicular y que acoge lagos sin cuenta, un brazo de mar, el valle Coen y el Nevis (escenarios felices, de película), las Tres Hermanas, la estación de esquí del Ben Nevis (la mayor elevación de Gran Bretaña), montañas sin nombre que se levantan del piso con la forma repentina de una ola, con sus largo faldón convexo y una cumbre que parece querer darse vuelta sobre sí misma. Y, desde luego, esta tierra acoge el inefable Loch Ness.

Hacia allá vamos. Uno no quiere tomarse el té ardiente de El Oasis. Quiere abrazarlo para calentarse. El camionero sigue inmóvil, almorzando bajo el viento y el aguanieve mientras conversa. Desconfiados, los cervatillos trotan despacio. Son animales avisados: de cuando en cuando, se detienen y comprueban que nadie los sigue.

El día que doblé el cabo de Hornos

El día que doblé el cabo de Hornos


Hay pocos grupos tan notables como un grupo de ciudadanos británicos en cualquier lugar del mundo. Ellos no contemplan la disensión espacial que los rodea. Ellos mismos constituyen, a su manera, un país. Así que, donde ellos van, permanece ese país con todas sus circunstancias y condiciones. Se plantan como si plantasen una bandera en tierra extraña. No sé, yo los quiero, les tengo ese viejo afecto... Y me asombra que sigan en el más alegre desconocimiento del euro. La macroeconomía va que vuela en Europa. Puertas adentro, la gente murmulla: "¡Cómo nos cagaron con el euro!". Y los británicos ahí, tan panchos, pagando con su libra esterlina hasta en los aviones de vuelta de España. "Sterling, please"; "Egg and crest, por favor"; "and a cup'o'tea, darling...". Uh, ah, Daily Star!!!

John Lennon Airport. Liverpool. Scousers despreocupados bajan del avión. Voy a Glasgow vía Liverpool, a Glasgow para ver The Old Firm, el derby de Escocia. El fotógrafo Alfonso Reyes y yo viajamos desde hace unos meses para buscar por el mundo la historias que el fútbol no cuenta en las crónicas. Imagen y palabra, algo que rescate la inabarcable dimensión social, también la esencia si es que queda algo de ella, de lo que siempre fue este juego. ¿En qué se parece un partido de fútbol de chicos descalzos en un pedregal senegalés a la tienda de merchandising del Celtic de Glasgow? Esa pregunta deben responderla, con certeza o sin ella, las imágenes. En el mientras tanto, nos entretenemos. Al periodismo hay que buscarle la vuelta. Como dice el personaje de Primera Plana, la película de Billy Wilder. "No le digas a mamá que soy periodista; dile que trabajo en un burdel".

Hace 13 años hice este mismo trayecto, de Liverpool a Glasgow, en un autocar. Era joven y estaba a punto de quedarme sin trabajo, pero yo eso no lo sabía. Ahora lo completo en coche de alquiler y voy solo. En las afueras de Liverpool brilla un sol honesto que se impone a las inevitables nubes. A la manera de Mark Twain, habrá que decir que uno de los inviernos más fríos que recuerdo fue un verano en Liverpool. Eso fue hasta que caí en San Francisco, claro, la ciudad de la que hablaba Twain. En la maleta llevo el segundo tomo de su Viaje alrededor del mundo siguiendo el Ecuador, gloriosa colección de sus notas de viaje. Y La Guerra del Fútbol, una colección de reportajes de Ryszard Kapucynski (y espero haber acertado con las vocales y consonantes). Discos de The Killers (compruebo en pocos días que son el grupo número 1 del momento en el Reino Unido), de Wilco, de Neil Young, de Los Planetas... Pongo la radio, pero conducir por Inglaterra requiere tal estado de concentración que no la subo mucho. Si canto me estrello.

En las siguientes horas buscaré repetidas veces el freno de mano en el lado equivocado, y tiraré de un cinturón de seguridad, que no existe, sobre mi hombro izquierdo. Acostumbrado a acodarme en la ventanilla con la zurda y sostener el volante al mismo tiempo con esa misma mano, esta descontextualización resulta dolorosa. Por la izquierda no se puede adelantar. Sí, es obvio... pero cada cierto rato hay que recordarlo, decirlo en voz alta, darle a refrescar o actualizar. Por fortuna, el limpiaparabrisas está en el mismo lado, así como los intermitentes. Busco el retrovisor donde no es, y me encuentro el cielo. Escucho las noticias: una madre ha matado a su hijo en algún lugar; Irak, resumen diario de bombas y muertos; y por fin ha terminado la reforma de Wembley. La empezaron poco después de que yo me fuera de Londres, allá por el 96, creo. Una década y unos 800 millones de libras después, he tenido que regresar yo para que eso saliera adelante...

De momento va todo bien, lo suficiente para empezar a mirar alrededor. Dejo a un lado Manchester, al otro Liverpool, atravieso las lindes del Distrito de los Lagos y enfilo para Escocia. Paso por ser uno de los pocos seres humanos que ha visitado el Distrito de los Lagos sin ver un solo lago. Me trajo Andy H., un tipo capaz de eso y más. Pero esta zona de la región de Cumbria me parece hermosa, pese a todo. Twain anotó que, en lo paisajístico, Inglaterra constituía un canon de belleza. Sí, habría sitios más exuberantes, pero no tan armónicos en su conjunto. Yo creo que ese gusto significa una frecuente exageración, pero a mí me fascina también de un modo raro esta suavidad perezosa de las colinas, las cercas de madera de los campos, la repetición del escenario y los carneros detenidos en las lomas, como si los hubiera pintado Carrington. A veces hay vacas inclinadas sobre las rampas verdes, y uno diría que están a punto de volcar o que combaten la gravedad con las ubres. Desde el cielo de un avión, Inglaterra se hace un burbujeo de nubes esponjosas. Abajo, la bóveda se abre y se cierra como una puerta automática: llueve y sale el sol, diluvia o sopla el viento. Cambios repentinos. En ciertos lugares de Inglaterra, un día es un lapso de tiempo demasiado largo como para que siempre haga el mismo clima; en otros lugares de Inglaterra, cinco minutos es un lapso de tiempo demasiado largo como para que siempre haga el mismo clima.

Pasado Carlisle, el paisaje inicia un cambio dramático. La verde ternura inglesa pierde brillo, los colores decaen y los valles se abren, para que la vista pueda resbale bajo una luz tenue que viene y va. Tonos ocres, agrestes, menos previsibles. Colinas elevadas. Tejados de pizarra en dos aguas de triángulo muy cerrado, prendidos en las laderas igual que alfileres de piedra. Escocia. Unos kilómetros más adelante, me sorprende un cartel a un lado de la carretera: "Lugar de nacimiento de Carlyle". E invita al desvío. Paso de largo y el cielo me castiga ese desinterés con un chaparrón sin misericordia. Me pareció advertirlo de antemano en la confabulación de nubes oscuras que vi reunirse delante de mí, sobre el vértice que formaban dos colinas terrosas a los lados del asfalto. No me equivoqué lo más mínimo, pero es que no había escapatoria. Tenía que cruzar aun sin quererlo. Apenas unos minutos después, el piso había desaparecido y con él los límites de los carriles y de la misma vía. De un momento a otro caía tanta agua que me pareció estar atravesando el Canal de La Mancha en un Ford Focus. El esfuerzo del parabrisas tenía algo de agonía mecánica que casi me entristeció. El salpicadero iluminó un piloto anaranjado con el símbolo de la nieve o la helada: afuera, el termómetro caía hacia los cero grados. "What the f...". Llamé a Glasgow y ordené que encendieran de inmediato la calefacción.

Doblado el cabo de Hornos, el resto de la travesía resultó más tranquila. Me llamaron la atención algunos bosques de pinos altísimos y varios patronímicos bien escoceses. Después de todo, llegar a Glasgow resulta sencillo, aun por la izquierda: basta con entrar por el lado correcto en las rotondas y luego seguir los carteles: "¿Estados Unidos? Vas hasta Groenlandia y giras a la izquierda", dijo Ringo. Creo que fue Ringo. Esto es igual. Frente a las primeras casas de la ciudad, me llama la atención el Parque Temático de Escocia. Pienso en Inglaterra, Inglaterra, novela en la que Julian Barnes desmenuza todos los arquetipos ingleses para darle forma a un singular parque temático sobre la idiosincrasia del país y sus gentes. Aquello termina en una desmandada caricatura que tal vez Chesterton hubiera domeñado, a la manera de El hombre que fue jueves, pero que Barnes se le escurre  de las manos como un balón de rugby empapado. Algo más adelante, a la derecha aprecio la robusta tribuna Jock Stein del Celtic Park, el estadio de los Bhoys, donde estaremos el domingo por la mañana. Al fondo queda Glasgow, la ciudad decadente e industrial reconvertida en capital europea de la Cultura en 1999. Alegremente provinciana. Divertida y amable. Lluviosa.

Aunque estoy entrando en Glasgow, me queda hora y cuarto de viaje. Una cosa es llegar y otra entenderse con los escoceses para encontrar el hotel. Aye, what a grrreat auld land this is!

[Foto: Lluvia en el cemento gris: el cielo de Glasgow desde el suelo de Glasgow, en Bath Street Park. Tomo la foto de un bonito blog: Uncertain Times(Midland Stories)],