Blogia

Somniloquios

Las cosas que escribían los hombres que lucharon

Las cosas que escribían los hombres que lucharon

Hay un par de cosas que nunca he hecho y cuya generalizada práctica me produce una gran extrañeza: ver la gala de los Goya por televisión y hacer quinielas de los Oscar. Ah, no, eran tres: la otra es esquiar, pero de esa ya no debo preocuparme porque la nieve sólo existe en los telediarios, ha desaparecido como hecho social y aun meteorológico. He razonado que el motivo de mi desafecto con goyas y oscars resulta común. No me interesan los premios ni los méritos desgranados de las películas, sino el necesario acto de justicia poética de la industria con los hombres que han hecho del cine una de las posibilidades de felicidad -y digo felicidad, no entretenimiento- más sencillas del mundo. En el cine yo no busco pasar una tarde, gastar un rato, ver a una tía buena o encontrar un par de argumentos para la próxima cena. Yo busco directamente la felicidad. Dado que esa es mi forma de ver los Oscar, los Goya no me interesan para nada. Ni como premios, ni como actos de justicia poética. Salvo que Berlanga, Luis Ciges, José Luis López Vázquez, Manolo Gómez Bur, Manuel Alexandre, Lola Gaos, Florinda Chico y Paco Martínez Soria se presentaran todos los años. ¿Paco Martínez Soria? Sí. Un grande y se lo rebato al que haga falta. Me he dejado a Fernando Esteso: por Esteso cruzo yo acero con quien tenga huevos en la arboleda de Macanaz (como ocurría cuando esta ciudad era noble; o sea, antes de que Belloch y la pianista hicieran de alcalde).

Así que no voy a hacer una quiniela de los Oscar. Entre otras cosas porque no he visto todas las películas y ya no me interesa verlas. Lo voy a decir claro y rápido para que no haya dudas: yo quiero que gane Martin Scorsese. Y quiero que gane Martin Scorsese, Infiltrados, por justicia poética y también cinematográfica. Porque me parecen la mejor película (potente, trepidante, emotiva, oscura, jodida, violenta, interpretada con grandeza, real y si no es real es una estupenda mentira mejor aún que la realidad, devoradora, malditamente poética) y el mejor director. Por razón de simpatía y de verdad. Y sobre todo porque de las otras sólo he visto Babel y Cartas desde Iwo Jima. Sólo hay otra película de este año que me haya puesto al borde del asiento, y fue United 93. Y la historia de la chica japonesa en Babel. Si Babel fuera sólo la historia de la japonesa sordomuda, se lo daba. Pero no, hay más. Así que Infiltrados (The Departed, título mucho mejor) y Scorsese. Y si acaso, que el de mejor director se lo den a Paul Greengrass, de United 93. Porque ese hijo de puta me proporcionó la experiencia de cine más intensa de los últimos años. Ves la película y no estás viendo la película, una recreación de una de las tragedias del 11-S. Estás viendo la verdad. Y ver la verdad es horrible pero, como cine, resulta maravilloso. Porque cuando sientes que has de llamar hijo de puta a alguien con plena admiración, es que te ha arrebatado. (Inciso: cuando volví la última página de El amor en los tiempos del cólera, cerré el libro y le dediqué tres "¡hijo de puta!" exclamatorios a Gabriel García Márquez).

Antes veía siempre los Oscar. Ahora ya no los veo porque ya no creo. Porque no puedo soportar la cantidad de películas olvidables que han ganado. Y no es que hayan ganado, es que se han pasado la justicia poética por la entrepierna. Se han descojonado de mi felicidad. Y yo eso no lo admito. No puedo aguantar que Shakespeare Enamorado, inane globo de celofán, le ganara a La Delgada Línea Roja, uno de los versos más hermosos, profundos, extensos y largos (sobre todo largos, y ojalá durase 16 horas) que se hayan filmado sobre la guerra. Nadie recuerda Shakespeare Enamorado. Nadie recuerda Chicago. Y no puedo soportar que Chicago venciera a Gangs of New York. Nadie recordará Chicago, pero Gangs of New York formará parte de la historia del cine aunque tenga que lograrlo yo solo, y eso que a Scorsese se le fue de las manos y le quedó contrahecha. Pero hay más cine y más grandeza y más felicidad en un solo minuto de Gangs of New York que en todo el metraje de Chicago. Un musical entretenido derrotando a una epopeya de mirada excelsa, dónde se ha visto eso. Lo raro es hacer un musical coñazo, claro. Si el año pasado llega a ganar la acaramelada Brokeback Mountain me da algo. Menos mal que salió Crash. La historia de los Oscar está llena de injusticias y películas olvidables. Gandhi, Carros de Fuego, Amadeus... Todas excelentes sí pero... ¿las verías un par de veces por semana? Yo vería un par de veces por semana Infiltrados y United 93. Million Dollar Baby, Mistyc River, Annie Hall y Centauros del desierto. Casablanca la vería hasta tres o cuatro veces por semana, según como cayeran los días libres... Después de mucho pensar sobre el cine, he llegado a la simplificación total: las mejores películas son las que vería tres veces por semana sin inmutarme. Y no me hablen de nada más. A la mierda la cinefilia. El apartamentoEl graduado. Vería ese tipo de cosas. Cuatro, cinco veces por semana. El hombre tranquilo, casi todos los días. El tercer hombre... las que hiciera falta. ¿Cartas desde Iwo Jima? No, mire... déjeme descansar unos días. ¿Brokeback Mountain? Estoooo... me he dejado un grifo abierto. Más injusticias: Charlie Chaplin, Orson Welles, Stanley Kubrick o Alfred Hichtcock nunca ganaron el Oscar. Paso de consultar mi enciclopedia para ver quién se llevó los premios en los años en que estuvieron nominados. No es necesario. Sé de sobra que un segundo de Orson Welles en Sed de Mal basta para derrotar al 80% de la historia del cine, pero... Sólo por eso, le deberían haber entregado un Oscar con cualquier excusa. No uno de esos honoríficos, no. Uno a cualquier basura de película que hiciese. Si es que la hay, que no la encuentro.

Anexo: Respecto a Clint Eastwood y sus iwojimas, las he visto las dos. Desde luego le sale mucho mejor la japonesa, pero no sé si es que yo estoy algo reseco por dentro últimamente o qué pasa. Ninguna de las dos me ha convencido plenamente, aunque a su manera las dos son muy grandes porque explican lo que siempre me pareció más terrible de las guerras: que no hay razones íntimas para ir a la guerra. Que no hay héroes. Que no hay gloria. Esa simpleza supone la gran tragedia del hecho bélico, bien rescatada por el cine en los últimos 30 o 40 años, con ejemplos que menudean. Recomiendo leer Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama, 1993), una extraordinaria historia del soldado Tim O'Brien sobre la valentía y la cobardía, la equivocación de esos dos términos y las tragedias íntimas de los hombres que van a la batalla. Para mí, Cartas desde Iwo Jima se podría llamar Las cosas que escribieron los hombres que lucharon. Le recortaría el prólogo y parte del nudo, que se me empastan un poco, y mira que a mí es difícil que se me haga larga una película. Lo haría bajo la conciencia de esta contradicción que tal vez anula mi juicio: todas las escenas parecen necesarias, todas dan la impresión de contar una verdad ineludible. El guión defiende el lado más débil, menos fuerte, de una película grande como ésta. El tramo final me parece absolutamente formidable. Los dos protagonistas, el general Kuribayashi y Saigo, el recluta patoso, están magníficos.

Clint Eastwood tiene una mirada soberbia, distinta. Ya lo he dicho antes. El más grande de la actualidad en todos los órdenes. Pero por favor, que gane Scorsese. Por mi pequeña felicidad...

Gerrard and the Pacemakers

Gerrard and the Pacemakers

No hay casualidad en las casualidades. En los años sesenta, Gerrard Marsden tenía un grupo en Liverpool llamado Gerry and the Pacemakers e hicieron famosa la versión de un tema del musical Carousel, titulado You'll Never Walk Alone, compuesta por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, e interpretada por Christine Johnson. Cuando Gerry la asoció al Mersey Beat y la grabó -¿quién no tenía un grupo en los años sesenta en Liverpool o en los ochenta en Manchester?-, los aficionados del fondo Spion Kop del estadio de Anfield (nombre en homenaje a una colina conquistada por soldados británicos en la guerra de los bóer en Suráfrica), la adoptaron para ellos. No era raro. De Liverpool salía en esos días la música hacia el mundo. Hay un emocionante documental del programa Panorama, de la BBC, en los años sesenta en el que los seguidores del Liverpool se aprietan en las gradas del Kop cantando a coro en multitud She Loves You, de los Beatles. En esos días se metían 28.000 personas sólo en ese fondo y eran estrictamente un solo cuerpo, de tan apretados que estaban: se movían juntos, en un oleaje de carne que amenazaba la tragedia. Aquel partido del documental fue un 5-0 al Arsenal con el cual el Liverpool dirigido por Bill Shankly ganó la Liga inglesa. Cuando ganaba un título, Shankly siempre vestía una camisa roja bajo el traje; y al caminar hacia el centro del campo para saludar, rodeado de fotógrafos, con deleite se sacaba la americana, la ponía en su antebrazo y la multitud enloquecía al verle la camisa roja. En 1994, cuando el Kop fue demolido para construir una grada de asientos, hubo un homenaje a todos los grandes de la historia del club. Joe Fagan, el último entrenador antes de Rafa Benítez en darle una Copa de Europa al Liverpool, salió al césped del brazo de las viudas de Bill Shankly y Bob Paisley, los iniciadores de la saga. El Kop estalló en su grito preferido: "Shankly, Shankly, Shankly, Shankly, Shankly...!". Hey, hey hey... Caaaalm down, lads! (clásica broma con acento scouser).

No hay casualidad en las casualidades. Gerrard Marsden y Steve Gerrard. Gerrard and The Pacemakers incendiaron el Camp Nou anoche. Tomás Guasch me decía la otra tarde que él veía venir el hundimiento frente a los reds, la derrota posterior en la Copa y el derrumbe absoluto, general e indetenible del Barcelona de Rijkaard. El final de un ciclo. Todo lo que acaba, acaba mal, canta Calamaro con su coherente simplicidad. Gerry y sus Pacemakers (Bellamy, Kuyt, Riise, Xabi Alonso, Reina) tienen al Barça en el cadalso. Vamos a ver cuánto aguanta un equipo en el que todo el mundo habla de los que no están más que de los que están. En el que Rijkaard deja con el culo al aire a Etoo, Etoo insulta a Rijkaard y Ronaldinho, luego viene el beso de Judas, más tarde Deco deja claro en qué bando está al darle la bienvenida a Messi, Rijkaard niega que se vaya a marchar al final de la temporada... Y mientras Silva, Villa y los Pacemakers van poniendo bombas. Todo el mundo sabe que habrá salidas, que ya no pueden seguir juntos. Etoo, Rijkaard o Ronaldinho. Alguno se irá. Los que están cerca dicen que será Etoo y, es más, sospechan que se irá al Real Madrid. Lo pueden decir con la boca pequeña, pero esa posibilidad es la más coherente con un tipo como Etoo. El Madrid o la Liga inglesa, creo yo. Tomás siempre tiene razón.

Vi al Liverpool cargarse al Barcelona. Aún a medias, pero suficiente para un equipo que arde en lenta combustión hace tiempo. No supe qué sentir, porque el Liverpool y el Barcelona son los otros equipos de mi infancia y primera adolescencia. Les tengo una consideración especial: para Andy, soy un bloody scouser, un maldito Liv'pool fan. Entre el Madrid, el Bayern Munich y el Liverpool, que en los años setenta marcaban el canon, yo preferí el Liverpool. Luego vendrían los Beatles y todo lo demás (siempre gracias a Gonzalo), la anglofilia y la visita a Anfield y todo eso. En el 95, cuando vivía en Londres, vi a John Barnes pegarle un balonazo de horror a mi chica en la espalda en un partido en el campo del Chelsea. Para un día que la llevo al fútbol... Yo consideraba que un balonazo de John Barnes podía ser algo honorable, pero a la pobre la mató. Llovió toda la tarde y el Liverpool perdió. Más adelante, en Highbury, lo vi ganar 0-1 y cantamos el YNWA en las gradas del Arsenal. Mimetismo divertido. En la televisión, al principio, eran siempre Rexach y Terry McDermott. Urruti y Ray Clemence. Maradona y Steve Heighway. Asensi y Emlyn Hughes. Víctor Muñoz y John Barnes. Krankl e Ian Rush. Cruyff y Kenny Dalglish. Sobre todo Cruyff y Dalglish.

Villa los preparó para lo que viene. Gerrard and the Pacemakers les dieron anoche la segunda tunda. La tercera se la preparamos nosotros para el miércoles. Voy a ponerme para ese partido la camiseta ceñidita de César Láinez y encima una del Liverpool de los sesenta. Y si con eso no basta para mandarlos a la cuneta... ¡que vuelva Yordi!

Corazones en penumbra

Corazones en penumbra

Jack: You know, I don't want to be somewhere else anymore. I'm not waiting for anything new to happen... not looking around the next corner, no the next hill. Here now. That's enough.
           
Sabes… ya no quiero estar en ningún otro lugar. No espero que ocurra nada nuevo... no miro lo que hay a la vuelta de la esquina, o detrás de esa colina. Aquí, ahora. Eso me basta.
Joy: That's your kind of happy, isn't it? 
            Eso es la felicidad para ti, ¿no?
Jack: Yes. Yes, it is.
           
Sí. Eso es.
Joy: It's not going to last, Jack.
           No va a durar, Jack.
Jack: We shouldn't think about that now. Let's not spoil the time we have.
         
No deberíamos pensar en eso ahora. No estropeemos el tiempo que nos queda.
Joy: It doesn't spoil it. It makes it real… Let me just say it before this rain stops and we go back.
        
 No lo estropea. Lo hace real... Déjame decirlo antes de que deje de llover y regresemos.
Jack: What is there to say? 
         ¿Qué hay que decir?
Joy: That I'm going to die. And I want to be with you then too. The only way I can do that is if I'mable to talk to you about it now.
        
Que voy a morir. Y que quiero seguir contigo cuando eso ocurra. El único modo que tengo de hacerlo es hablarte de ello ahora.
Jack: I'll manage somehow. Don't worry about me.
        
Saldré adelante, como sea. No te preocupes por mí.
Joy: No… I think it can be better than that. I think it can be better than just managing.  What l’m... What I'm trying to say is... the pain then is part of the happiness now. That's the deal. 
         No… creo que puede ser mejor que eso. Mejor que salir adelante. Lo que... lo que intento decir es... que la felicidad de ahora será el dolor de entonces. Es así.
Jack: Yes. That's good. 
         Sí. Está bien.

 

Shadowlands (1993), de sir Richard Attenborough. La escena en el campo, bajo la lluvia. Debra Winger y Anthony Hopkins. Uno de los momentos más bellos y dolorosos del cine en los últimos tiempos. Tierras de penumbra, una pena en observación. La naturaleza del amor, la pérdida, la muerte, la añoranza. La recuerdo unida a Los Amigos de Peter y Go Now. No tienen nada que ver entre sí, salvo en mi memoria. Recuerdo las películas, los lugares, las personas y los momentos. Vi Los Amigos de Peter con ella y aún no estábamos juntos, pero casi. Le mostré un reloj que me había comprado. En Tierras de Penumbra ya éramos pareja y pudimos lamentar a gusto la terrible historia de C. S. Lewis, el escritor irlandés al que interpreta Anthony Hopkins con su distante maestría. Para cuando vimos Go Now en los Renoir ya nos habíamos separado y salimos del cine envueltos en una discusión rabiosa. La vida son tres películas o una tarde bajo la lluvia, junto a un río, hablando de lo que pasará o no. La felicidad de hoy es el dolor de mañana. Y viceversa. Es así, es el trato.

El Príncipe hace justicia

El Príncipe hace justicia

Real Zaragoza, 1-Villarreal, 0
23ª jornada de Liga
 

Hay partidos que nacen muertos y uno no los arrancaría ni con aquellas palancas de los Ford descapotados de 1903. Hay otros que parten bufando nada más comenzar, echa a rodar la pelota y se esparce por el campo una alegría juvenil, un desenfado sesentero, un verano del amor que florece incluso bajo la fina lluvia que dejó la tarde. El de ayer fue de esos. El día había sido tan bonito en Zaragoza, tan primaveral y desustanciado para el mes de febrero, que conforme cayó la tarde se vino abajo y de puro hermoso resolvió diluirse en agua y viento. Sin embargo, el Zaragoza se había empapado del día y jugó un encuentro de pura delicia, hecho de detalles como puntillas y de un fragor creativo que repartió en dosis casi exactas durante casi todo el choque. Diríamos que uno de los mejores del año, aunque el resultado se le quedase apretado por culpa de la portentosa actuación de Barbosa. Otro portero que sale consagrado de La Romareda.

 El sufrimiento final no tenía sentido, no contaba la verdad. El Zaragoza se hartó de jugar con generosidad y alegría, pero el marcador no le correspondió. El marcador estaba dormido o lo anestesió Barbosa con ese recital en el que puso un repertorio más largo que el de los Rolling. Barbosa, con la sombra de Viera al fondo, se hizo un partidazo para el recuerdo, para ponerlo en un marco sobre la televisión de sus papás, allá en Avellaneda. Le robó el protagonismo a Cani y a los demás, y eso que a Cani cada cual le dijo lo que le vino en gana. El Niño tuvo un regreso algo ensombrecido. Lo mejor del Villarreal fue Pellegrini, que  vestía abrigo largo azul marino con el porte que los hombres de cana prematura le otorgan a cualquier prenda. Parecía que se hubiera salido de una boda para ir al partido, como en Días de fútbol... aquella película tan triste. Se despidió de los novios y puso a Tomasson arriba con José Mari, que se había estirado el pelo en el vestuario con alquitrán y una coleta. Tenía el aspecto hombruno de un bailaor, pero Sergio y, sobre todo, Milito, no le permitieron ni medio taconeo. En la primera parte largó un par de tiros desde fuera del área que le dibujaron un paréntesis a la portería de César. Primero comba a la derecha; luego, comba a la izquierda. Y en eso se quedó, aunque daban ganas de jalearlo a olés.

El fútbol arrancó pronto. Caía la lluvia de medio lado y caía García hacia los lados. Sergio es la palanca en cualquiera de sus acepciones: levanta a los defensas rivales y pone en marcha el motor del equipo. Salió un par de veces por cada flanco y en siete minutos ya le había forzado una amarilla a Quique Álvarez, que se comió la media vuelta de trilero de García al borde del área y se pasó el partido girando para cualquier lado. Tuvo la misma precisión y autoridad en sus decisiones que una peonza. El Zaragoza, animado por el entusiasmo del muchacho, entró a jugar como una máquina encelada. Agarró la pelota y la hizo suya para repartir fútbol por todos los lados con brocha cuidadosa. El medio campo era lugar de paso, frontera veloz al ataque, y Sergio se empeñó pronto en el gol. Barbosa se lo impidió dos veces y anunció lo que sería. Una de cabeza y otra por abajo. También a Gabi, que entró a cabecearle una vez como si midiera dos metros y medio. La picó abajo y Barbosa la manoteó. El Villarreal no llegaba. Forlán comía chupa-chups en el banco. La única parada de César fue a Tomasson en el minuto 9. El danés anduvo somnoliento. César le interpretó el tiro mucho antes, como si se lo hubieran pasado por televisión la noche anterior.

Barbosa, sin embargo, se robó el partido, como ha ocurrido ya con varios porteros en La Romareda. En algún punto se puso palomitero, pero por lo demás hizo un partidazo memorable. Las sacó a  todas las horas, en la primera y en la segunda mitad. Lo batió apenas un tirito de Zapater al palo. Últimamente Zapater se descuelga hacia arriba con alegre frecuencia.  Ayer lo hizo él y también Movilla, que visitó la frontal del área con un vigor emotivo. A la media hora de juego, Zapater apareció en el lado derecho y se escapó de dos rivales con el timo de la estampita. Enganchó con D'Alessandro y pisó el área buscando la devolución, llevado por una inercia ventajosa. Se encontró a Senna y le recortó hacia fuera, para quedar en un difícil equilibrio desde el cual se las arregló y remató blando con la zurda. La pelota tocó a un defensa y salió rasa, abriéndose lejos de la estirada por abajo de Barbosa. Tocó el palo y, cuando se iba , apareció Diego Milito con el aparejo de cazar mariposas. El Príncipe había seguido el vuelo bajo de la pelota y embolsó a la papallona en la redecilla. Van quince. Los mismos del año pasado en toda la Liga. Y quedan quince partidos. O sea.

La verdad es que el partido no cambió nunca. Fue raro porque fue un partidazo resuelto con un gol de oportunista. Lo tuvo siempre el Zaragoza en los pies, por más que Pellegrini buscó soluciones en el Loden marino. Quiso agitar el choque con Marcos primero y después con la reunión de Forlán, Guille Franco y José Mari, pero el Villarreal no varió sus constantes lo suficiente para comprometer el dominio del Zaragoza. Por más que en el último tramo la inquietud fuera inevitable, la diferencia gigante que estableció el juego resultó evidente en cada minuto: el Zaragoza jugaba a chorros, con una fluidez y un impulso irrefrenable. Nery le ayudó mucho en el último tramo. Al Villarreal le costaba un mundo armar algo de juego que culminase en peligro. Se pasó la noche dándole a la palanca del Ford de 1903. Otra cosa es que, con un exiguo 1-0, un gol viene de cualquier lado y todo huele a desastre. Diego había podido cerrar el partido pero Barbosa le hizo una parada de otro tiempo, de otro lugar, de otro planeta. Él había sido el único obstáculo entre la gloria del juego y la del resultado. Guille Franco tuvo el empate en el alargue, pero remató fuera con ímpetu. Se ve que es un chico con sentido de la justicia.

Diario AS, 18 de febrero de 2007
www.as.com

Escribir para el olvido

Escribir para el olvido

"Yo no he leído un periódico en toda mi vida -decía Borges-. En un diario, por lo general, se escriben noticias, desde luego tontas. ¿Qué importa que un ministro viaje o no? De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo. Yo creo que los periódicos se hacen para el olvido, mientras que los libros son para la memoria". Eso pensó Borges. No quiero imaginarme lo que opinaría de los blogs si hubiera llegado a conocerlos. Somniloquios regresa después de una semana perdido: un fallo en el Hal-9000 de blogia nos dejó sin él y a mí casi me deja sin vida. No era sólo la imposibilidad de escribir (aquí, claro), sino sobre todo la posibilidad de extraviar toda la producción de este tiempo. De pronto me sentí desnudo y solo y me acordé de las frases de Borges sobre el periodismo. Afortunadamente, los humanos de blogia han recuperado un 98% de mis somniloquios (el porcentaje no es exacto, sino simbólico), porque hacen lo que yo mismo no he hecho hasta ahora: conservar copias de seguridad. El método, amigos, el método. En la implosión del servidor se han perdido los textos de los últimos 15 días. Entre ellos, y lo siento de veras, Los Días de la Metralleta. Ahora sé que estaba destinado al olvido, a pesar de que a mí me gustara tanto y del homenaje a Plf, muy justo: se perdió la primera versión y se ha volatilizado la segunda en la nada digital. Ya no puedo escribir una tercera. Sería como intentar detener el tiempo. Escribimos para el olvido... Yo mismo no recuerdo si se ha extraviado algún texto más.

Para celebrar el regreso de estas líneas, transcribo un pasaje de la conversación entre los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en 1975, en un encuentro literario propiciado por el periodista Orlando Barone.

Borges: Quiero decir, Sábato, que no se hacía ninguna referencia a las noticias cotidianas, fugaces.

Sábato: Sí, eso es verdad. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo... al día siguiente.

Borges: Claro. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.

Sábato: Sería mejor publicar un periódico cada año, o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante: "El señor Cristóbal Colón acaba de descubrir América". Título a ocho columnas.

Borges: (sonriendo) Sí... creo que sí.

Sábato: ¿Cómo puede haber hechos trascendentes cada día?

Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson.

Sábato: ¿Quién?

Borges: Emerson, que recomendaba leer libros, no diarios.

[Foto: Jorge Luis Borges, contra un cielo agitado de negruras y símbolos. Siempre me ha gustado esta imagen, tal vez porque interpreto en ese cielo veloz el inaprensible tiempo que lo rebasa a Borges. Borges pensó y escribió con frecuencia acerca de esa materia tan extraña que es el tiempo, dominador silencioso de nuestras vidas].

Yo soy el Diogo

Yo soy el Diogo

El otro día le oí a alguien preguntarse para qué iba a pagar tres millones de euros el Zaragoza por Diogo, si tenía a Chus Herrero. A veces los periodistas decimos cosas increíbles. Desde luego que debe haber una cierta discriminación positiva con los futbolistas de casa. Es justo que sea así. No sólo eso: además se hace necesario por motivos de identidad y de estrategia financiera del propio club. Durante años una buena parte del problema consistió en la discriminación positiva centrífuga, reservada para mediocres jugadores que venían de fuera. Hay que querer y cuidar a los chicos de casa, pero juzgar el conjunto con severidad. Hace años se decía: "¿Para qué quiere el Zaragoza a Fernando Cáceres si tenemos en casa a Pedro Fuertes?". Para nada. A Cáceres no lo queríamos para nada...

Ha vuelto Diogo y ha vuelto para ganarle al Barcelona, victoria que de un tiempo a esta parte me produce un gusto especialísimo. Soy un converso. Debe haber algo patológico en todo esto, porque a mí siempre me ha gustado (en algunos momentos, mucho) el Barcelona. Esa pasión adolescente cedió después bastante, y desde hace tiempo cada vez disfruto más cuando le gana el Zaragoza. Debe de ser una censura de mí mismo, una penitencia por pecaminoso. Me da más gusto derrotar al Barça que al Madrid, y mira que me gusta que al Madrid le gane cualquiera... Parece que el Barcelona anda algo extraviado últimamente, con un cierto agotamiento que se manifiesta con claridad en los partidos decisorios. Pero yo no enterraría el modelo todavía. Eso sí, el Barcelona no puede pretender sostener su dominio en el favor arbitral (que le ayuda mucho, a veces no tanto como se dice y otras bastante más de lo que se dice...) y en fichajes como Ezquerro o Gudjohnssen. El Madrid se está deshaciendo sí, y no puede llegar muy lejos: ayer hubo un "va fan culo" de Guti a Capello que explica casi todo. Pero controlar a la España de las autonosuyas requiere mucho más, que aquí nadie se chupa el dedo. El duelo ya no es sólo contra el Madrid. Para ganar en Europa, no hay ni que hablarlo. En Rijkaard, el hombre es el estilo, pero un estilo no hace a un entrenador. Está lejos de ser un técnico preclaro o infalible. Convengamos en que uno no se puede equivocar demasiado con plantillas como éstas, pero hay pequeños errores más o menos decisivos. El largo empeño de Rijkaard contra Saviola lo deja claro. Ahora me resulta rara esa tendencia a utilizar a Iniesta de falso extremo derecho, en lugar de Giuly, un futbolista que entiende el juego de forma estupenda sin la pelota y que es directo como un rayo de luz con ella. Una cosa es la bomba adolescente de Messi y otra el niño de Los Otros. Su inteligencia está para otra cosa: ahora que había cruzado el Rubicón de todos los centrocampistas modernos y estaba metiendo goles, lo envían a la Siberia de cal. Esa decisión la tengo por una concesión excesiva.

El Zaragoza está mejor de lo que nosotros mismos nos pensamos o queremos admitir. Se le juzga con un celo excesivo, cosa que no es nueva por aquí. Creo que, a falta de otras virtudes y de la claridad del gol, pone en el campo dos méritos básicos: una seguridad defensiva que no conocíamos en los últimos años (y dos laterales formidables en su incorporación al ataque), más el esfuerzo generoso y solidario de todos los jugadores de arriba. De D'Alessandro, de Sergio García y Diego Milito, de Óscar ayer y Lafita otros días... Tenemos al Zaragoza por un equipo bonito y olvidamos estas otras virtudes, que tienen bastante más importancia que la pura estética. Al Zaragoza le falta ahora mismo juego en el medio. Zapater, sobre todo sin Celades, debería querer más la pelota y jugarla con mayor sentido táctico: tenerla, conducirla, sobarla, darla o guardar... Ha de dar ese paso, controlar más el tiempo, manejar el partido. Zapater no puede ser un jugador de paso, más aún si no está Celades. Al equipo le falta un gran centrocampista, porque Celades anda en la temporada de que no. Y Piqué hace lo que puede en esa zona: el domingo pasado, con el Deportivo, en algunos momentos se sintió tan incómodo como un flamenco en un campo de minas.

El fichaje de Gustavo Nery no va a añadir a un futbolista espectacular o decisivo, pero sí agregará al Zaragoza alguna posibilidades muy importantes. Primero, un recambio para Juanfran, que por cierto lleva aguantando con cuatro tarjetas desde la visita a San Mamés, a finales del año 2006. Segundo y sobre todo, la posibilidad de que Víctor lo use como volante por la izquierda y eso libere a Aimar hacia el medio. Aimar tiene problemas para interpretar la transición que tan bien hace y tanto le gusta. Si parte desde la banda en el medio campo, se ve obligado a conducir en exceso para tomar el carril central, donde él verdaderamente se pone peligroso, compromete a los defensas y activa esa capacidad de repentización para el pase o el disparo. Lo mejor de Aimar este año lo hemos visto en sus visitas a ese carril. Han terminado con pases de gol o con disparos propios de media distancia. No sería raro que con Nery el Zaragoza revisara su dibujo. Habrá que verlo. Mientras, hay tiempo para rumiar la victoria de ayer, siempre gustosa, y prepararse para la vuelta, que no será moco de pavo. Y enderezar el camino en Montjuïc, si puede ser. El Espanyol sin De la Peña, sancionado, no tiene el mismo vuelo. Y no creo que esta defensa le vaya a permitir a Tamudo el despliegue de la final de Copa.

Y sí. La victoria de ayer hizo un magnífico día, para qué engañarnos. De las cosas menos importantes de la vida, el fútbol quizás sea la más importante de todas.

Un día cualquiera

Un día cualquiera


Sé que a estas horas ya debería dormir, pero no puedo. Hace tiempo que decidí agotar los días hasta que ellos me agotasen a mí. Ésta es una lucha desigual, pero debo decir sin vanidad que voy ganando.

Un día cualquiera. Un día cualquiera ganas o pierdes. La derrota es este silencio final de la noche, que puede vencerte o no, porque ya no hay palabras a las que aferrarte. Estos días no hay palabras. Yo he estado a punto de perder, de ceder a las pequeñas locuras, a las debilidades que acechan a quienes a estas horas no se han abandonado al sueño. A ellos no les importa la victoria o la derrota, quiero pensar, o tal vez ya tienen la victoria asegurada a la hora de dormir. Yo sigo aquí, peleando. Iba perdiendo. Luego, una palabra muy lejana, silenciosa, pero segura, me ha rescatado. Sólo una: "Precioso". Lejana pero tan próxima. Ahí estaba.

A veces el silencio me acoge y me protege. Otras veces el silencio me estrangula, como está a punto de hacer esta noche. Me aprisiona, me condena. Recuerdo largos días de silencio en horas oscuras, en los que la salvación era apenas una palabra lejana, como esta noche, o una llamada de teléfono que nunca acababa de llegar a tiempo, o me sobrepasaba. No llegaba ella o no llegaba yo. Era difícil encontrarse. Los pequeños silencios son apenas insectos en la pared, puedes aplastarlos con un dedo o meterles una fregona en la cabeza para que ya ni alienten. Si los silencios llegan a crecer, dan unos gritos horribles y pueden volverte loco. Hay demasiados silencios que ya no rellenan una sonrisa, una palabra, una brizna de luz, una caricia. El silencio nos está venciendo. Hemos confiado en él y nos puede matar. El silencio está sólo adentro. Fuera no existe. Fuera adquiere la forma de una tela transparente que te envuelve, un plastico flexible que no ves. La soledad es silenciosa como un huevo vacío.

He salido cuando la mañana estaba cediendo al mediodía, mi hora preferida. He caminado bajo la lluvia perezosa, una lluvia que bajaba arrastrándose por el aire, pegándose a las paredes. De camino he leído a Mark Twain y sus Viajes Siguiendo la Línea del Ecuador. Podría haber salido con música, como suelo hacer, pero este silencio se me ha metido ya en los huesos y apenas lo rellenan las músicas de cada día, no alcanzan a combatirlo. Son agua y aceite. Estamos callados hace días. Ya no sé cuántos. Ya no recuerdo mi propia voz. "Díme, ¿quién cojones soy?". "Otis". Tal vez tenga razón. Yo era Otis entonces, hace años. Era fácil ser Otis como era fácil todo lo demás. Meterla para abajo con las ruedas de las canastas en el canalillo de los desagües, por ejemplo. Eso era fácil. Tenemos una conversación transoceánica de silencios, a estas horas de la madrugada, y se está colando mientras escribo. Vuelvo a este día cualquiera. Estoy leyendo tres libros de forma simultánea: El Día de la Independencia, de Richard Ford; Luna de Lobos, de Julio Llamazares; y los viajes de Mark Twain. No tiene ningún merito, se trata de pura dispersión, ansiedad, indecisiones, huidas. Con Twain he hecho las transiciones de este día, me ha llevado de un episodio a otro sin que yo lo advirtiese.

He visitado a la doctora pero la doctora no estaba. Su consulta tenía la luz encendida pero nada más, no había nadie. Vacío. Vacía. Había una disensión en ese fluorescente que no iluminaba a nadie, como había una discordancia en la nota: Miércoles 30, 13 horas. No había miércoles 30, 13 horas. Había martes 30, 13 horas, y espero que haya miércoles 31, 13 horas. Tal vez yo estuviese en ese momento en un pliegue distinto de la realidad en el que era miércoles 30, 13 horas. Si ha sido así, dos niños chillones me han descubierto. Uno de ellos era rubio, otro moreno. El rubio gritaba congestionado y sudoroso para combatir la disciplina de su madre. Sus gritos tenían el perfil de los gritos del finado James Brown: cortos, estridentes, repetidos, como los de una comadreja encerrada en un armario. Un animal terrorífico. He escapado a la calle y seguía lloviendo. Hemos caminado, hemos comido, hemos tomado un café. He regresado a casa a primera hora de la tarde. Todo ese tiempo llovía la misma lluvia. Llovía el mismo silencio.

Me hubiera gustado dejar pasar la tarde mirando llover sobre el parque, desde el amplio ventanal de mi salón, con una taza de té en la mano. Pero mi ventanal mira sobre un amplio patio interior de muros encalados y ventanas que se repiten. Un gato inmóvil tras el cristal, una japonesa inmóvil tras el cristal, un hombre que escribe inmóvil tras el cristal, iluminado por la pantalla de un ordenador, un cristal que me refleja inmóvil tras el cristal. He pegado los dedos al cristal, llamando a alguien. A veces ella me pregunta: "¿Qué has hecho?". Y respondo: "Nada". Sabe que en ese paréntesis de nada hay en realidad muchas cosas, pero ninguna explicable, como este mismo texto. Esta tarde la he pasado viendo vídeos de Morrissey y los Smiths, una entrevista en la CBS americana a Morrissey, una vieja entrevista de 1985, hecha por Tony Wilson a los Smiths. He oído, he visto There's A Light That Never Goes Out, he visto This Charming Man, Suedehead (me encanta el vídeo de Suedehead), First of The Gang To Die, Girlfriend in a ComaHow Soon Is Now, uno increíble de Rusholme Ruffians, Headmaster Ritual, Hand In Glove y That Joke Isn't Funny Anymore, todas en un concierto en directo en Madrid. Definitivamente, internet va ya muy por delante de la televisión porque ofrece lo que parecía imposible: yo decido qué veo, nadie programa mi día por mí.

He hecho eso y he pensado en una historia que he de escribir para MediaPunta, sobre regates clásicos del fútbol y sus inventores. A última hora, muy tarde, he salido a correr por la ciudad, que ya había desfallecido. A la vuelta me he quedado mirando la noche en el parque, donde todo ocurre. Los árboles desnudos parecían escobones invertidos, que barrían una luz muy triste. Eran más de las once de la noche y aún estaba lejos de la frontera. El día había sido un día cualquiera. Todavía lo es. Hecho de silencio y lluvia que va pegándose a las paredes.

Un día cualquiera, ganas o pierdes, pero no lo sabes hasta el final.

Perla

Perla


Linda me dice en su última carta: "Te quiero, por favor no sufras". Ha muerto una persona cercana y Carla reflexiona, mientras miramos un programa de televisión cualquiera: "Trabajas y luchas todos los días para que una mañana cualquiera, a los 60 años, todo se termine. ¿Qué vida es ésta?". Pienso en Alicia. De cuando en cuando la oigo hablar por el teléfono y solloza escondida detrás de su mesa de trabajo: "Me siento desconsolada, triste y sin esperanza. Ahora mismo no tengo nada, nada en la vida a lo que aferrarme", me confiesa. Se da lástima a sí misma y lagrimea. Quisiera tomarlas a todas bajo mi ala y curarlas. Vienen a mí porque creen que yo tengo respuestas para la tristeza. Miro al televisor pero no veo nada. ¿Qué le digo ahora a Carla? Soy yo el que hace las preguntas, no ella. Se supone que en ella no hay desorden ni aproximación al desorden, solamente deseos que va construyendo y rellenando con días de esfuerzo. Si el conjunto de sus deseos tiene, digamos, mil casillas, o quinientas casillas, ella está resuelta a rellenar pacientemente cada una con un pedacito de vida. Es probable que no logre completar el cuadro, porque en ese caso estaríamos ante una vida objetivamente perfecta -proporcionalmente perfecta a sus sueños- y no tenemos noticia de que algo así haya ocurrido alguna vez. Sus casillas se llaman ilusiones y teme que un accidente las deje huérfanas.

Yo no tengo ilusiones. Ni una casilla que llenar, ni con material ni con lapiceros de colores. A mí la vida me parece un artificio fugaz en el que nada importa demasiado. Si no puedo tener a Perla es como si no puedo ser yo mismo. No soy más que un cuerpo prestado a un individuo que se deja llevar. No hace falta ponerse tan serio y riguroso. ¿Por qué un solo amor? ¿por qué tantas obligaciones? ¿para qué tomarnos a pecho los lugares, las personas, los trabajos? Sí, hay que hacerlo, pero sólo hasta cierto punto, te dirán. ¿Cuál es ese punto? El problema se da cuando uno rebasa el equilibrio y entra a desconfiar de la vida, a no encontrarle sentido a este pasar de los días. Le digo a Alicia: "Puedo vivir con lo que tengo o tener menos". Es cierto, pero ella cree que yo poseo todo lo que una persona podría desear para ser feliz. Cree que he rellenado la mayoría de mis casillas, cuando en realidad yo ni siquiera pienso en casillas ni voy modelando el día a día para tenerlas o llenarlas. Desde luego, si no tuviera absolutamente nada, ni una sola moneda, mi vida sería un infierno por cuestiones meramente prácticas, básicas: comer, dormir, soportar el frío... Pero nunca me han consolado las proporciones: eso de que siempre hay muchos que están peor. La mente no objetiva el universo entero, no contempla las infinitas variables de vida de las personas y luego decide cómo sentirse, de acuerdo a la posición de cada uno en esa lista. Muchas penalidades, bastantes penalidades, pocas penalidades, las mismas penalidades que alegrías, pocas alegrías, bastantes alegrías, muchas alegrías... Así sería, más o menos, la clasificación. En ese caso, yo estaría mucho mejor que un grupo enorme de personas; pero también mucho peor que otros tantos. Justo en la clase media de la felicidad, que es la que paga los impuestos: los dispendios entusiastas de unos y la pobreza de los contrarios ¿Y si yo perteneciera a la clase media, mi mente qué decidiría? ¿Debo ser feliz o debo ser triste?

Soy triste aun a pesar de mí mismo. De la misma manera que podría ser un genio aun a pesar de mí mismo. De ninguna de las dos cosas me consideraría enteramente responsable. Me ha sido dado un nivel de inteligencia razonable, con el que debo vivir y que intento aplicar y ensanchar en lo posible. Si me hubiera sido entregada una inteligencia genial que me permitiera, por ejemplo, escribir libros extraordinarios, hacer un descubrimiento científico de proporciones universales... entonces me vería obligado a vivir con ella lo quisiera o no. Sospecho que la perspectiva no cambiaría demasiado. También le iba a descubrir lagunas y viviría con la impresión permanente de que debo ensancharla. Esos libros tampoco me dejarían muy satisfecho, como no lo hacen estas líneas.