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Somniloquios

La mujer pantera

La mujer pantera

 

"Soy insaciable".

Serena Williams, después de ganar el Open de Australia a Sharapova (6-1, 6-2).

Tarde de invierno

Tomo un café en Babel. En la contra del diario veo una entrevista al filósofo y escritor Fernando Savater. La primera pregunta dice:

"Sus padres han tenido una gran influencia en usted. Su padre despertó su pasión por las carreras de caballos y a su madre la considera su primera maestra".

Sobre el delgado margen, con un lapicero de punta muy leve, alguien ha dibujado una flecha que señala esta anotación:

"Yo nunca tuve esa suerte".

Afuera, en la calle, aguarda un débil sol de invierno.

Paloma

Paloma


Mi vida fuimos a volar
con un solo paracaídas
uno sólo va aquedar
volando a la deriva


Vivir así no es vivír
esperando y esperando
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando


Le dije a mi corazón,
sin gloria pero sin pena,
no cometas el crimen, varón,
si no vas a cumplir la condena

Quiero vivir dos veces
para poder olvidarte
quiero llevarte conmigo
y no voy a ninguna parte


No te preocupes, Paloma
hoy no estoy adentro mío
tu amor es mi enfermedad
soy un envase vacío

No te preocupes Paloma
no hay pájaros en el nido
dos ilusiones se irán a volar
pero otras dos han venido


Si me olvido de vivir
colgado de sentimientos
voy a vivir para repetir
otra vez este momento


Te bajaría del cielo, mujer
la luna hasta tu cama
porque es muy poco de amor
sólo una vez por semana


Puse precio a mi libertad
y nadie quiso pagarlo
te cambio tu corazón por el mío
para mirarla y mirarla


De gloria, mujer
quiero un pedazo de cielo,
para invitarte a dormir
en la cama o en el suelo


Un sacrificio ritual, bien o mal,
yo quiero hacerle a mi estrella
sin principio ni final
no quiero vivir sin ella

('Paloma', de Andrés Calamaro)

Somniloquio universitario

Somniloquio universitario

Este año he ido un par de veces a la universidad, de donde salí en 1992 o1995. La duda en la fecha se explica fácilmente: debería haber terminado la carrera en el 92, año mágico, de acuerdo a mi promoción; pero me colgaron materias de los bolsillos hasta tres años más tarde, porque desde septiembre de 1990 me entregué a la licenciosa vida del periodista profesional y acabar la carrera a distancia, en un lugar como la Universidad de Navarra, requiere un esfuerzo adicional y el sorteo de murallas bien construidas. En general, a la Universidad no le gustaba que la gente comenzara a trabajar antes de acabar la carrera, y a mí no me gustaba la Universidad. Ellos pretendían que fuéramos estudiantes profesionales (pagando, claro) y ahora los periódicos le dan la vuelta a esa perversión y llenan sus redacciones de becarios profesionales. Es lo que hay. Así que agarré por la calle del medio, regresé a Zaragoza después de tres años full time en Pompaelus... y así me fue. Suspendí incluso Teología (sí, estudiábamos Teología, amigos), arrastré Economía hasta donde fui capaz, con la Empresa Informativa y el Derecho de la Información me metí en un atasco tremendo, no sé cómo conseguí sacar adelante Epistemología (sigo teniendo que mirar al diccionario para recordar de qué iba aquello) y apenas recuerdo qué hice en el proyecto de fin de carrera. Me rescató un buenísimo chaval de Lérida que estaba en el mismo caso que yo, trabajaba en La Mañana, íbamos y veníamos juntos a Pamplona y me llevó como de la mano a los despachos de los profesores para ir sacando adelante el asunto. Porque yo no pisaba el despacho de un profesor ni a tiros. En esa actitud tan poco universitaria había una mezcla de timidez y orgullo. Mi razonamiento siempre fue el mismo: si no apruebo, ya aprobaré; no hay nadie con 90 años tratando de sacar todavía la carrera, así que... algún día aprobaré. Era un silogismo de lo más burdo, pero a mí me tranquilizaba. Y no iba a rogar ni un 0,25 a un despacho. A pesar de que soy sospechoso habitual de tristeza y pesimismo, en realidad yo me tengo por un optimista emboscado, porque aun en las peores circunstancias tiendo a pensar que no me va a pasar nada malo. Acabé aprobando cuando ya había ejercido el periodismo durante cuatro años, incluidas dos paradas en el paro y un trabajo en el que repartía bandejas de desayunos por las habitaciones de un hotel de Londres. Afortunadamente, esa sucesión de acontecimientos me permitió ver la final de París en la grada, sin obligaciones periodísticas. Sí, me perdí la celebración en la plaza del Pilar al día siguiente, pero me asistió otro privilegio notable: volar el 11 de mayo del 95 de vuelta a Londres en un avión con muchos seguidores del Arsenal. La belleza, ay, la belleza de los momentos.

Así que el hombre somniloquio regresó a la universidad ayer, a la Universidad San Jorge para más señas, donde participamos en una charla-coloquio sobre Periodismo Deportivo con la que el centro celebraba el patrón de los periodistas: San Francisco de Sales. Un santo periodista se me hace raro, pero sí. Estaban también Chema González (de Radio Zaragoza), Sergio Melendo (Aragón TV), Miguel Mur (de márketing del CAI) y Andoni Cedrún, reputado (re)portero y showman de registros variados. Antes de cinco minutos ya le habíamos recordado su célebre cantada en aquel gol de Albacete, algo obligado siempre que uno se cruza con el gran Ando. Me extrañó que me invitaran a mí, sobre todo después de que una noche dijera en Avispas&Tomates que no ir a clase en la universidad me parece uno de los comportamientos más nobles que existen. Naturalmente, aquello consistía en una broma sobre mí mismo, quizás demasiado privada como para que los demás la tomaran por el lado correcto, así que hay gente que se pasa el tiempo recordándomela. Para mi presencia en la Facultad ayer me impongo una explicación poco vanidosa: tengo varios buenos amigos, alguno principal, trabajando en la USJ.

El caso es que me encantó ir a la facultad a hablar de Periodismo, porque en el Periodismo pocas veces se reflexiona sobre el Periodismo; se habla mucho y casi siempre mal, con despojo o desprecio sobre las noticias ajenas y las propias, sobre los periódicos, el poder, las filtraciones. Las filtraciones son las noticias que dan los demás; las propias no son filtraciones, son exclusivas. Hay que manejar la nomenclatura. La charla estuvo bien, bueno, guitarreamos ahí lo mejor que pudimos y hasta hubo algún momento divertido. Yo lo pasé de maravilla, y me encantó el nivel de las preguntas (y el modo de articularlas) que hicieron los alumnos. Vi a uno con el AS al fondo, sobre el pasillo central, y otro me interrogó directamente sobre una información que habíamos publicado el día anterior. Pequeñas felicidades de la guerra de guerrillas. En los chicos advertí, de verdad, materia prima y buena preparación, lo cual me reconforta porque en estos últimos años iba perdiendo un poco la esperanza sobre los valores que deben construir este oficio, que parecen extraviarse un tanto en la masificación del periodismo como opción universitaria. Me hace moderadamente feliz también que la gente de Aragón pueda estudiar esta carrera en su propia casa, aunque admito que estudiar fuera (incluso en Pamplona) supone una de las mejores experiencias que he tenido. Hay que empujar adelante a aragoneses que conozcan, vivan, sientan, se identifiquen con lo aragonés en los medios de aquí. No se trata de ser fundamentalistas, pero la identidad hay que defenderla; o mejor que defenderla, cuidarla. Pululan por ahí mercenarios de la palabra escrita cuya única sensibilidad consiste en la defensa de su estulticia.

[Foto: aquel discurso de Maradona en Oxford fue la demostración de que la universidad es una institución generosa. ¡Viva el Diego!... con perdón].

Fago: nieve y silencio

Fago: nieve y silencio

 

Un buen amigo me pide que reconsidere el somniloquio que le dediqué a la muerte en Fago, un poco más abajo. Como a él, a mí también me parece que el ruido mediático ha prejuzgado a los vecinos del lugar, y lo ha hecho además de un modo generalizador y casuístico, sin señalar a nadie pero extendiendo una sospecha apoyada en cuitas más o menos llamativas. Es el modo de los medios de comunicación, el único modo posible. A mí siempre me ha sorprendido que el periodismo se tenga tanta confianza y se observe a sí mismo como fiscal reputado de la realidad, infalible en muchos casos. Porque me parece que cuando uno maneja verdades parciales (y las del periodismo a menudo son verdades parciales, contadas por terceras personas, a veces teñidas de interés, o de partidismo, o de mala baba), digo que cuando uno maneja verdades parciales al menos hay que observar la posibilidad del error como posibilidad cierta. Y no digo que el periodismo deba renunciar a su función, no sagrada pero sí fundamental; lo que digo es lo que me digo yo mismo cada día: debemos hacerlo con un compromiso individual y colectivo de rigor máximo, todo el rigor que sea posible. Y con una humildad mayor, mucho mayor de lo habitual. El periodismo acostumbra a ser demasiado vanidoso. Cualquiera suscribirá este ingenuo desiderátum: todos sabemos que la premura informativa de cada día es un monstruo que hay que alimentar como sea. A veces, a costa de muchos principios. No nos hagamos los vivos.

En la última semana he seguido leyendo las noticias que llegan desde Fago. Cada vez más silenciosa, como si las cubriera la nieve que ya cae con un algo de pereza otoñal sobre las montañas de Aragón. Se van retirando los periodistas de las calles porque los detalles escasean. Leo en Heraldo sobre el efecto que la presión mediática está teniendo en el pueblo; se mantienen apenas una veintena de informadores en Fago y en Ansó. Posada Magoría, imagino, regida por Enrique Ipas Ornat... alcalde de Ansó y uno de los varios Ornat que permanecen allí. Debemos ser familia lejana, concluimos en cierta visita, pero cualquiera sabe dónde se reúnen las ramas de un árbol tan frondoso. Ese es otro tema. Posada Magoría o en casa de la Mari, el Hostal Kimboa, donde solemos comer cuando vamos allá. Ensalada y carne asada, claro. En esos lugares paran los periodistas que vigilan Fago desde Ansó. Creo que es María José Cabrera quien ha opinado estos días en alguna columna que el foco sobre Fago tiene que ver con el clima de enfrentamiento político entre el Partido Popular y el PSOE. Yo creo que el asunto se debe más al gusto por la víscera (extendido a los telediarios), a la conversión de los sucesos, de las noticias policiales, en tema principal informativo. Y desde luego, al morbo que tiene Fuenteovejuna como posibilidad. "En esta muerte en Fago hay más sospechosos que en una novela de Agatha Christie", escribió alguien. Y aunque suene frívolo, esa es la historia que se ha contado. Yo le veo ahí la lógica periodística, nada más.

Pero está claro que la información remite porque los investigadores se cierran sobre sí mismos, protegidos por el sumario del caso. Cae la nieve sobre el valle (pienso en El Perjurio de la Nieve, el cuento de Bioy Casares) y se va depositando un silencio creciente en los medios, que hablan apenas del proceso de elección de un nuevo alcalde o de que ahora la investigación apunta al entorno inmediato del asesinado, Miguel Grima. Las últimas tiras de una información que se apaga. Y de si la pareja que se cruzó por la escena del crimen vio a una o a dos personas. En realidad, ese fortuito encuentro fue lo que me impulsó a escribir sobre Fago. Ese pliegue de la realidad que no casa con la realidad. Esa impresión que tenemos de que hay algo que no cuadra en lo que vemos, o en lo que oímos. Un engaño, una impostura de la verdad. Todo eso y la similitud cinematográfica del nombre con la película de los hermanos Cohen. Ya dije en ese somniloquio, como le expliqué a mi amigo, que no creía en la versión de Fuenteovejuna y que traté de explicar ese escepticismo al decir que me resultaba una hipótesis inconcebible. En los últimos días he oído, sotto voce, al menos tres hipótesis paralelas que explicarían el crimen. Ninguna ha aparecido aún en los medios. Y no las voy a contar ahora porque son eso, hipótesis, y aquí importa la verdad, no las presunciones periodísticas o somnilocas.

Escribí sobre Fago y mientras lo hacía me rodeó una cierta tristeza atávica, de alguien que quiere el valle de modo lejano; también con algo de rencor contra mí mismo, por rodear una muerte (hecho tan concreto) con la abstracta transparencia de las palabras ajenas.

Los sitios de Zaragoza

Los sitios de Zaragoza

Campeonato de Liga, 19ª Jornada
Zaragoza, 0-Recreativo, 0

El Recre sobrevive a un largo asedio - Aimar y todos chocaron con López Vallejo, enorme - Uche, Guerrero y Sinama pudieron matar - El equipo sigue sexto

Durante 20 minutos desesperados, emotivos por la belleza que adorna a la voluntad, Pablo Aimar se echó a su equipo a la espalda y lo llevó hasta donde pudo, jaleado por una grada febril. El partido no se había parecido a lo esperado. En su avance hacia Europa, los dos equipos eligieron caminos alternativos. El Zaragoza (mermado y sin Celades a última hora) tuvo que reinventarse con un medio campo bajo en calorías, bien ligerito: Movilla de único pivote; Longás y Aimar como livianos escuderos; García y D’Alessandro por afuera; Diego en la punta. Sin Viqueira en la creación, el Recreativo le opuso orden, posición, una defensa adelantada, el medio campo tirado atrás, poco espacio y un apunte de falsa resistencia pasiva, afilada con esa capacidad suya para la réplica fulminante.

En ese rato final en el que Zaragoza y Recre se jugaron de verdad el partido, Aimar se hizo grande, cubrió un espacio amplísimo con la pelota, saltó todas las trincheras sin temor al fuego ni la metralla, repartió balón por dentro y por fuera mientras el Recreativo multiplicaba hombres, brazos y piernas en la defensa, acudió como un salvaje a cabecear un par de centros del estupendo Lafita, dejó un par de pelotas colgadas del alero del gol y, por último, largó una falta a la escuadra. El encuentro había llegado ya al alargue, ese purgatorio del fútbol, ese tiempo que no existe en los relojes. Mientras las manecillas se derretían como en las pinturas de Dalí, Aimar dibujó con tinta china una falta que no era (a esas horas Pérez Lasa se comportaba con la fiabilidad de un sonajero) y López Vallejo la bajó de la escuadra con la levedad de un ángel.

El héroe y su antagonista. El portero del Recre ya le había sacado una chilena portentosa al argentino, cuando más viveza tenía el Zaragoza. Unos primeros 25 minutos de monólogo diverso, juego elaborado, muy bien Chus Herrero por su banda, profundo y combinativo; aseado y con participación Longás por adentro, aunque otra vez el partido le quedó muy largo; vitalista e incisivo Sergio García. Pero faltaban D’Alessandro y Diego. Andrés apareció por todas las esquinas, pero sin darle sentido a su profusión. Una pena porque quiere la pelota, vadea ríos y corona montañas para buscarla... pero luego se le quedan las ideas pegadas al pie y el pie al balón. Le gusta jugar al escapismo, compromete a los defensas con pies de goma, juega con la pelota como si fuera chicle en la lengua. El problema viene cuando quiere engañar y a su alrededor no hay nadie al que engañar. Entonces Andrés resuelve engañarse a sí mismo. Y lo consigue.

De cualquier modo el problema está en que el huracán Diegol ha perdido fuerza. Era fácil dejarse llevar en el viento favorable de un delantero como él. Ahora el equipo lleva cuatro de los últimos cinco partidos sin gol. Ayer se comportó como en una rueda de peones, dándole vueltas a un enemigo aculado sobre su área, sin apuntillarlo. Un sitio bien elaborado salvo por la ausencia del arma definitiva: era como intentar convencer a los resistentes por medio de la palabra. No hubo forma de hacerlo, claro. Nadie se rinde con argumentos, se diga lo que se diga. El Recreativo se asentó primero, riguroso en las ideas y su ejecución, y luego apuntaló el medio con Arzo e igualó el choque. Entonces la moneda pudo caer de cualquier lado: Javi Guerrero cabeceó en parábola al palo; y César le negó un par de sustos a Uche y a Sinama-Pongolle, que tuvo la última en una contra feroz a cinco minutos del final.

La bendita aparición de Lafita recuperó valores: arrojo, juventud y fútbol por las bandas. Puso tres centros con lazo de gol. Celades agregó cordura a ese tráfago desesperado que es la guerra, y proclamó que el partido hubiera sido otro con él. Aimar había jugado un partido contradictorio, con un algo de intermitencia, pero punteada con maravillosos detalles. Se redimió cuando quiso ganar el partido por encima de cualquier cosa, con pura voluntad de crack. Lo impidió López Vallejo: quitó un gol que venía de la cabeza de Sergio García y, al final, liberó de la escuadra el que había soñado Aimar.

Lunes, 22 de enero de 2006
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Silbidos en la niebla

Noche fría, sin fútbol ni temperatura. La grada protestó. Ristic le dio la victoria al Málaga. El Zaragoza administró y nunca se vio en serio peligro
 
Real Zaragoza, 0-Málaga, 1
Octavos de final, Copa del Rey 

La noche tenía un aspecto apacible, con esos tres goles de ventaja. Una noche para los actores secundarios -sin que el término quiera ser peyorativo- y los aficionados conspicuos. Porque cayó el frío como una manta de latón sobre el estadio y la escena, diseñada para la recolección de méritos, se puso hostil. Más aún con el fresco empeño del Málaga, que se adelantó antes de un cuarto de hora y produjo en el Zaragoza una cierta ansiedad de advenedizo, de equipo que no está pegado porque muchos no suelen jugar. La grada quería superioridad, tenía razón Víctor y no valía con pasar. Pero tuvo que valer porque no había más. Así que en la niebla se oyeron silbidos. De esos que se olvidan pronto, pero silbidos.

El Zaragoza pasó, pero de algún modo insistiendo en esa versión pálida que le vimos en el Bernabéu. Dadas las circunstancias, no se puede elevar un juicio demasiado severo, pero hay que anotar algunos aspectos. Por ejemplo, la constatación de que Ewerthon no se acaba de encontrar. Pasó otra vez desapercibido, sin generar peligro ni combinaciones que subrayasen su presencia. Sergio García tampoco anduvo demasiado certero, pero al poco de empezar ya se había plantado en las barbas de Goitia y luego pasó la noche en un cimbreo constante y ágil, de aviso de gol. Por lo demás, todos sabemos lo que da Miguel, lo que da Chus Herrero, lo que da Aranzábal... Por muchos motivos, uno quería ver sobre todo a Longás, un futbolista de los que le ceden su personalidad al juego. La temporada no ha sido justa hasta ahora con Longás, pero él está sabiendo poner los acontecimientos en perspectiva y ordenar sus prioridades. Hace poco lo explicó en una entrevista. La cita no es textual, pero venía a decir: "Este año estoy aprendiendo, mi año tiene que ser el próximo". Ni siquiera el asunto De la Red lo ha perturbado; Longás antepone la paciencia a la vanidad, y no le hace falta que pensemos por él. La paciencia no es sólo una virtud moral; también supone un rasgo de inteligencia. Son dos ingredientes de su juego. El primer tiempo lo tuvo por protagonista, en ese dámela que la juego, vamos por aquí, salimos por allá que le surge con total naturalidad. Luego perdió fuelle. Normal en alguien con escaso ritmo de partidos. Longás acabó sin energía, desplazado a la izquierda y sustituido por Eneko. La grada le aplaudió: sabe que este chico siempre tiene algo que decir con la pelota

¿Y el Málaga? Bueno, el Málaga supo cómo componer una amenaza, lo que no era poco en su papel: muchos jóvenes para la jornada de campo y playa, viaje en el día, tres goles en contra. Pero con la boira nocturna que estos días tiene tomada Zaragoza, uno se despierta rápido, y el partido tuvo desde el comienzo un ritmo vivo, como si los futbolistas quisieran desmentir el prejuicio que acompañaba a la noche. La actividad no significa calidad, ni profundidad, ni precisión, ni combinación. El Zaragoza no tuvo nada de eso. Después . Por afuera no había mucho que rascar, los esfuerzos de García tuvieron un algo de agonía individual. Así que las advertencias del Zaragoza fueron pequeñas o no fueron.

El Málaga, sin embargo, se puso mucho más concreto por el lado de Ernesto. Tanto que en el minuto 14 hizo una estupenda jugada sobre el flanco izquierdo y largó una pelota al jardincito del segundo palo. Aranzábal cerró más tarde que temprano ese balón y Ristic le dio al Málaga un gol con el que incordiar. Algo así no estaba previsto, pero de alguna forma era previsible. El Zaragoza cayó en esa imagen propia de los equipos hechos de jugadores no habituales, y le crecieron el desánimo y la imprecisión, mientras la grada se impacientaba. Trató siempre de recomponerse, pero sin tino, y Ernesto pudo encajarle el 0-2 en otra pelota en el segundo palo. Si no lo hizo fue porque la quitó de la raya Aranzábal, sí, pero sobre todo no lo hizo porque Dios no quiso.

Luego el partido se fue vaciando, mientras caía una niebla que ayudaba a recordar aquel gol de Violeta a Las Palmas en una noche gris como ceniza. Piqué intentó un par de cabezazos incompletos y Molinero luego lo revoleó con una patada algo lasciva. Y que siga la Copa que aquí, en el fondo, no ha pasado nada.

Diario AS, 18 de enero de 2007
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Háblame, cielo

Háblame, cielo

 

Brad Pitt me parece uno de los grandes. Y ojo... que digo UNO DE LOS GRANDES. Pero de Babel siempre me voy a quedar con Rinko Kikuchi, actriz de gestos maravillosos en un maravilloso papel: el de joven adolescente sordomuda, ansiosa por amar y ser amada. Un prodigio de silenciosa expresividad. Uno de esos personajes de los que te puedes enamorar con secreta pasión: como la Natalie Portman de Beautiful Girls; como la Scarlett Johanson de Lost In Traslation, o la Rachel Weisz de El Jardinero Fiel, o Naomi Watts en Mulholland Drive... por citar algunos incendios recientes. Te enamoras y alegre decides rebañarte como un cerdo en la lástima, la pena, la compasión, el puro y desdichado amor de lo inalcanzable, el que precisan las almas perdidas, a las que sabes que resulta inútil intentar salvar porque no se dejan, no pueden dejarse, no saben y no quieren. La derrota también es costumbre. Adoro la precisa soledad de esa mirada, y los labios entreabiertos en una espera interrogativa. Esa imagen bastaría para presidir muchos días y defenderlos a capa y espada, contra cualquier amenaza de una felicidad despreocupada. Sería un precioso estandarte al que rendir todas las armas. Adoro la perdición del deseo que no satisface, la indefensión de sentirse ajena e impropia. La honestidad del llanto liberador, casi informe pero bellísimo, el más desgarrado que he visto en una pantalla en mucho tiempo. He temido por ella hasta el segundo final. Y cada vez que salía de la pantalla deseaba que regresase y me hablara a mí... con esos ojos.

Babel me ha ganado muy despacio, muy poco a poco. Desconfío de las películas que reiteran estructuras narrativas pretendidamente singulares, como las de González-Iñárritu, pero ese truco no se le acaba todavía a este director. Es como los regates preferidos de algunos futbolistas, que siempre funcionan pese a que los defensas se los sepan de memoria. Más aún, diría que pierde importancia en cada película y que acabará por desprenderse de esa obligación para ir aproximándose a un relato más lineal, aun sin saberlo ni quererlo. En Babel las transiciones carecen de importancia. No hay nada decisivo en los nexos de las historias; por sí mismas y de forma independiente, tendrían idéntico valor. Quizás esta película quiera hablar de la incomunicación, pero uno puede hacerla hablar de muchas cosas, todas las que desee. Hay películas que proponen una historia y la terminan con el encendido de las luces; hay otras que te cambian, que son las jodidas, las imposibles de olvidar porque se convierten en una cosa rarísima: algo así como una experiencia vital, un suceso de tu existencia. Se te pegan al cuerpo y se meten adentro con su explosiva carga de ambivalencias terribles, de triunfo y pérdida, de dicha y horror, de puro deseo implacable de volver a ella y un miedo atroz de pasar otra vez por lo mismo.

La maravillosa secuencia en el club