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Maravilla mortal de Llorente

Maravilla mortal de Llorente

Athletic, 1-Real Zaragoza, 0

AS, 4 de mayo de 2006

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Una genialidad del delantero le dio el gol a Yeste - El Zaragoza mereció más, pero se estrelló en los postes

Ah, bueno... entonces resulta que era todo cuestión de que el presidente entrase al vestuario. Ahora resulta que Alfonso Soláns va a ser el doctor Roberts, ese dentista que inició a los Beatles en el caleidoscopio de la lisergia y al que le dedicaron una bonita canción ácida. Soláns también debe tener efecto reconstituyente, igual que lo tendrían un central cabeceador o un lateral que jugase con las botas en el pie correcto. Les dijo cuatro cosas a los chicos antes de viajar y lo de ayer fue bien distinto. Se vio desde el primer momento. Luego la cosa puede salir cara o cruz, oyes, que esto es fútbol. Salió cruz, pero Bambi quedó enterrado, les rugió a los leones, la pelota giró viva y todos movieron su cucu, que era de lo que se trataba tras estas semanas de desmayo general. Para los que no creen en el lenguaje interno del fútbol, hecho de costumbres, de un idioma diferente; para los que pensaban que no tiene significado que un presidente viaje con los suyos, que se haga carne en las buenas o en las malas, que aproveche el uso simbólico y real de su presencia como autoridad... Para todos esos, queda esta ecuación: bajó Soláns a la arena un día y al siguiente el Zaragoza fue otro.

En esta vida todos somos profesionales, todos. Algunos de la ganancia fácil, el mangoneo o la  vagancia, es cierto, pero profesionales. Eso no garantiza nada. Por eso hace rato que se inventaron las broncas, los incentivos, el premio, el cachete y los discursos en los despachos. Pasa en las empresas y en las familias. Uno nunca quiso suspender o dejar los estudios, pero en cierta ocasión mi padre tuvo que ponerse ante mí y frenarme la molicie y el cachondeo, que iban ganando el partido, con una sola frase: “¿Tú qué piensas hacer?”. Fue oírlo y oír un despertador. Pues así ocurrió con Soláns. Los jugadores saben bien sus obligaciones, pero habían quedado atrapados en un conveniente olvido involuntario y Soláns los devolvió al tema con cuatro palabritas de tono contemporizador, pero dichas como hay que decirlas. Nada de estoy hasta el gorro y puñetazos en la mesa. Contundente contención.

Que el partido de anoche lo ganase el Athletic y no el Zaragoza se debió únicamente al genio o la invención aisladas, que nadie puede controlar. Una virguería de Llorente, impensada en un chico de su talla, sobre la línea de fondo. Dejó atrás a dos defensas atándoles el sentido en la cal, para entregar un pase atrás que Yeste tocó a gol. La memoria de la célebre jugada de Butragueño en Cádiz se hizo inmediata. Quizás para Miguel Pardeza más que para nadie, porque Pardeza vio ese instante desde el área pequeña, y con insistencia de rematador se empeñó en abortarla pidiéndole al Buitre que le diera la pelota. Pero el Buitre la terminó solito y entró con ella por una gatera que había junto al poste. Un gol así sólo lo puede anotar alguien como Butragueño, esa suerte de hombre silencioso que nunca estuvo allí.

A Llorente y a Butragueño los hermana un cierto gesto adolescente, malvada gracilidad blanca. Como de efebo que enamora a Dirk Bogarde en Muerte en Venecia. Si esa máscara juvenil los aproxima, más cosas los alejan. El jugador del Athletic avisa de su presencia desde lejos, el rizo ligero como remate de una osamenta afilada. No como el escurridizo Emilio. Un buen amigo escribió: “En algún momento el reloj de Butragueño y el de los defensas marcaban horas distintas. En ese hueco se colaba Emilio Butragueño”. Era así  exactamente. Llorente entró igual por el ojo de la aguja, por esa hora extraviada que no tenían Gabi Milito y Ponzio. La dio atrás y fue el 1-0 sin lógica alguna.

Clemente había puesto a Llorente en el campo por Amorebieta, y lo reunió con Urzaiz y Etxeberria para darle forma a la amenaza y espantar la desesperación creciente del Athletic, que estuvo formalmente en manos del Zaragoza. No le bastaba con el regreso de ese otro adolescente detenido que es Julen Guerrero, uno de los misterios insondables del fútbol. Llorente, Urzaiz y Etxebe suponían la reunión de todos los estilos posibles. Dórico, jónico y corintio; románico, gótico y barroco. A Javier Clemente le convenía cualquier solución, porque el Zaragoza llevaba todo el partido con cara de gol, tirando contraataques mortales y encontrándole siempre la puerta del jardín abierta a Murillo y Orbaiz, los febriles pivotes.

La gente del Athletic y la crítica querían esa reunión antes, al principio del partido. Por eso Clemente decidió lo contrario, para que no lo acusaran de hacer feliz a alguien o bien de que otros supieran igual o más que él. Al final, los otros tenían razón. El Zaragoza mereció varios goles y el Athletic sólo uno, si hubiera anotado el penalti que correspondía a una mano bastante notable de Ponzio que desvió el remate de Isma Urzaiz. Pero el partido tuvo, desde el inicio, el nombre de Diego Milito, reencontrado en La Catedral pero discutido con el gol. Diego hizo todo lo posible para darle sentido final al partido. En un cuarto de hora remató dos veces a la base misma del palo. La segunda negada por un fuera de juego imaginario. La primera, en un giro de tobillo precioso para dirigir lejos de Lafuente un centro de Savio. La tercera al inicio de la segunda mitad, tras pase de Ewerthon. Como cuando se encontraban en los días felices de la Copa.

El dúo pudo hacer diana también cuando la liebre persiguió evanescente un despeje de Capi y se presentó ante Lafuente. No le pudo pasar la pelotita por arriba. El Zaragoza de la Alfonsina fue el de sus mejores días. En lugar de gol encontró madera, pero también el orgullo o la dignidad. Lo acabó esa maravilla mortal de Llorente, el niño asesino, que lo dejó como a Dirk, moribundo y rijoso en la hamaca otoñal de la playa en Venecia. Mirando al sol indeciso sin mucho interés. Cercado por la peste o por el final de esta Liga que no lo ha perdonado.

Descanse en paz

Descanse en paz

Real Zaragoza, 1-Espanyol, 1
Diario AS, 1 de mayo de 2006
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El Zaragoza está muerto - No revivió ni frente al Espanyol, ni con el gol inicial de Ewerthon - Partido de siesta al sol - Jarque hizo un empate de oro

En el minuto de silencio sonó Albinoni en honor de don Antonio Beltrán, el cronista oficial de la ciudad; pero bien pudiera haber sido por el Real Zaragoza, que está muerto hace rato o en hibernación hasta que el nuevo año, las otras luces, otras voces, otros ámbitos, otro entrenador o lo que sea que necesite le devuelvan el hálito y lo demás: la gracia, la velocidad, la alegría, a Diego Milito, el gol. Sabemos que el equipo no ha regresado de la final del Bernabéu y que no lo hará ya esta temporada. No se le autoriza tampoco la impunidad del sonámbulo. Ni siquiera abrió un ojo con el Espanyol enfrente, y eso que el Espanyol compone la encarnación de todos los traumas de esta primavera sangrienta.

El problema no es ese, el problema es de incapacidad. Ahora podemos colgar en la plaza a los héroes del año, si así lo queremos: a Diego, a Óscar, a César Sánchez que ayer no estuvo, a Celades, a Víctor Muñoz, al que construyó el equipo y a quien pase por la calle y mire de reojo. Hay cosas raras. Como despedir con una ovación a Toledo cuando cinco minutos antes le han silbado a Óscar. Bien está que cada domingo recomienza la historia, pero bueno... La gente tiene la soberanía, pero es una soberanía sobre su propia opinión y no sobre la verdad. Ni siquiera sobre las decisiones. Opina pero no decide. Deciden otros. O sea, que como soberanía no alcanza.

Antes del 12 de abril estábamos todos convencidos de que seríamos campeones con la gorra y que el único destino de este equipo era la gloria frente a esos patanes del Espanyol. Ahora resulta que no vale ninguno ni para coser colchones. Y el nombre coreado es el de Movilla, porque no está. El que no está suele ser el mejor. Si es mártir, más. La verdad es que el que no está es Cani. Quizás con Cani el problema sería exactamente el mismo o parecido, estaríamos viendo a este Zaragoza desenfocado, pero uno puede imaginar que sería otra cosa. El equipo ha quedado hueco de ideas. Mudo. Y Cani siempre tiene algo que decir.

El Zaragoza no consiguió imponerse ayer ni siquiera con el gol de Ewerthon a los nueve minutos, que suponía una ventaja sobre la que construir algo. Pero el equipo no tiene alma, es inmaterial. Está vacío y helado como una cueva. Ya dijimos que esta revancha era de mentira. En la Copa no hay revancha. Revanchas son lo del boxeo, que llega el que te ha calzado la hostia de tu vida y te permite la posibilidad de que le calces tú otra y encima le quites el cinturón. Claro, también cabe la posibilidad de que te atice otra. Revanchas hay en el tenis al mediodía con los amiguetes. Revancha si acaso es cuando uno se levanta a la mujer del prójimo si antes ha sido suya. Sí, amigo, tú te la llevaste pero ahora te quedas estos biseles non stop. O sea, vigílate el gálibo vertical cuando pases bajo una puerta...

Disculpen el estilo digresivo. No hay gran cosa que contar. Sólo se advierten dos posibilidades: entretener el tiempo sin caer en la histeria; o arrasar con todo, lo que decíamos antes. Incendiar a este equipo y a todo el que ande cerca. En el primer caso hay que fijarse en los detalles, y detalles hubo pocos ayer. O los hubo raros. El partido tuvo más elipsis que Centauros del desierto. Esa figura que tan bien manejan algunos cineastas. John Ford, Douglas Sirk, algunos clásicos. Espacios de tiempo resumidos en un cambio de escena, en un fundido en negro,  y que cuentan la mitad de la historia. La sustancia está en ellas.

También en el fútbol, a veces, el contenido se oculta en lo que no ocurre. En el minuto 9 ocurrió el gol de Ewerthon, una combinación más veloz que el ojo perezoso del cronista. Savio, Diego y Ewerthon, liberado frente a Gorka. Anotó su gol número 20 del año, 12º de la Liga. Y desde el 9 al 41 hubo una tarde de sol que se derramaba sobre las planchas de uralita del viejo estadio. Eso y nada más. La elipsis que cuenta la historia verdadera del partido: dos equipos para el amor. En el 41 vino un disparo rotundo de Gabi Milito que Gorka sujetó con manos blandas y piernas enredadas, así, así. Antes el conjunto de Lotina se deshizo en la memoria de Iván de la Peña, alguna faltita sobre el área de Fredson y el estilo agónico de Tamudo, al que Zapater salió a buscar desde el puesto de central como un mercancías. Álvaro no estaba y había que hacer el personaje. El aragonés tiró un par de veces a McGyver y, aunque Tamudo parecía muerto, se levantaba enseguidita. Valiente histrión. Si va a Inglaterra, como dicen, lo van a odiar. La moral protestante del fútbol británico no admite simuladores. Ahora, a Tamudo lo anima ese odio. Lo alimenta.

Viendo el caso, Lotina agitó el banquillo como una hucha a ver qué caía. Algún ahorro. Cayó Juanfran. Savio se estaba desperezando (cuando lo dejaba Sergio Sánchez, que se pasó la tarde agarrándolo y tirándolo), y eso era aviso de un imprevisto 2-0, porque al brasileño le basta con un ojo abierto. De hecho armó una con Ewerthon que concluyó de pase maravilloso a la liebre de ébano. Éste voleó con el alma pero afuera. Juanfran estiró el perfil de águila leonada y largó un balón a Tamudo que el mozo no enganchó, pero que actuó como despertador. Sacó a la gente de la siesta, y a la gente le molesta que la despierten en una tarde como ésta, cuando está babeando el cojín o la almohadilla, con un campanazo así. Empezó la bronca. No mucha. Bueno, algo. A Óscar. A Toledo no. A Víctor sí. Cantaron unos a Movilla y otros silbaron. Los españolistas, “¡campeones, campeones!” y el campo, “¡a Segunda, a Segunda!”. Escaramuzas. Tamudo se escapó y disparó fuera con el ángulo muy cerrado. Segundo aviso. Entonces, en un balón colgado, Diego falló el despeje, otros le siguieron y la pelota quedó picando, perdida en el área. Esperando, como una frase inacabada... Jarque la terminó con un pelotazo a la red. Ese tanto suponía oro licuado para el Espanyol. Para el Zaragoza no era nada. Así están las cosas. A este patético final de temporada no lo redime ni la nostalgia.

 

Foto: Jarque viene gritando el empate del Espanyol, precedido de una cadena de errores humanos en la defensa del Zaragoza. Para los pericos el punto es oro puro porque los aleja del descenso.

Tarde de perros, noche de genios

Tarde de perros, noche de genios

Me gusta que las películas aparezcan así de repente, que se pongan ante mí sin aviso previo. Que no haya mucho que hacer, nada que ver, un poco de sueño y entonces, resbalando por el mando a distancia... zas, Tarde de Perros. Las películas de atracos me gustan mucho, sirven para definir mi concepto de diversión en el cine. Atracos de bancos, sí, o robos a gran escala minuciosamente planeados: Atraco Perfecto, Ocean’s Eleven, Reservoir Dogs, Heat, El Golpe... Algunas que me vienen a la cabeza sobre la marcha. Tipos que convierten el robo en un ejercio de contundencia psicológica y en una partida de ajedrez de las mentes. Me gustan sobre todo los ladrones educados, los profesionales inmaculados del ramo, que van y hacen su trabajo con la misma asepsia con la que otro rellena informes en la oficina. Idéntica moralidad. Esos que si el vigilante de la sucursal trata de hacerse el héroe lo golpean limpiamente, sabiendo dónde le pegan, y luego le dan un consejo: "Mantenga la cabeza hacia atrás y deje que sangre, la hemorragia parará pronto...". Todos comprendemos que no le quedaba otro remedio. Había que atizarle. Y ese hombre lo hace tan bien... 

Hace unos días vi Plan Oculto, la última de Spike Lee, un director que casi siempre me ha interesado y al que veo ahora maduro, visitando nuevos territorios sin abandonar la esencia social o próxima, streetwise, de su cine. Reivindico La Última Noche como una de las mejores películas de los últimos años, aunque no es seguro que nadie la recuerde. En Plan Oculto, un atraco sin las convenciones de este pseudo género, Clive Owen se comporta un poco de ese modo, ladrón de altos valores morales, aunque con matices. Los matices explican la historia, que tiene mucha miga y no es cosa de reventarla. Robert de Niro también es así en Heat. Miguel Pardeza me recordaba el otro día esa frase concluyente en la que De Niro establece el inamovible rango de prioridades en la vida del ladrón profesional: "No pongas nada en tu vida que no puedas abandonar en 10 minutos si la poli te pisa los talones". Qué felices deben ser los guionistas cuando se les viene a la cabeza una frase así. Yo diría que De Niro en Heat, con George Clooney en alguna otra, son el arquetipo moderno del personaje al que me refiero. Bueno... pues Tarde de Perros no se parece en nada a ninguna de estas cosas ni a otras películas que yo haya visto sobre atracos.

En resumen, como atraco es un atraco miserable. Los personajes componen una galería de arquetipos a la inversa. Los rehenes no quieren salir del banco ("¿Qué dice usted? Yo me vuelvo adentro...", dice una de las secuestradas cuando asoma a la calle con Pacino... y se deja entrevistar encantada con la celebridad). El policía antagonista tiene una humanidad quebradiza. Como el director del banco. Parece que van a ser amigos todos en cualquier momento, aunque esa es una de las maravillosas mentiras de esta película. El único que se hace el hijo de puta desde el primer momento es el elemento del FBI, pero claro, ahí hablamos del estado federal, nada de mandangas, la esclerosis de los sentimientos: deberes y privilegios, nada más. De los dos caracteres principales, Al Pacino compone un antihéroe maravilloso y querible. Pacino siempre se parece a Pacino sin ser Pacino. Puede ser decenas de personajes y no extraviar la esencia que hace del actor un personaje en sí mismo. O sea, un clásico. John Cazale, su apocado amigo en el robo, cumple exactamente con el papel de John Cazale: el villano frágil por antonomasia, nacido con rostro de secundario inolvidable, como si hubiera sido concebido únicamente para las películas en las que actuó. Y puede que haya sido así porque murió pronto, a los 42 años, en marzo de 1978, pero... ojo a su porcentaje de tiro: en seis años participó en las dos primeras de El Padrino, hizo La Conversación también con Coppola, hizo El Cazador e hizo Tarde de Perros a las órdenes de Sidney Lumet. Cinco joyas. Casi cinco obras maestras. Todas competidoras por los Oscar. Desde luego, cinco películas que podrían en muchos órdenes vertebrar el singular y excelente cine de los setenta.

Yo no había visto Tarde de Perros hasta esta noche, y ya me he dado cuenta de que la tardanza ocultaba un error mayúsculo. En mi enciclopedia de cine de Taschen aparece entre las grandes de 1975. Luego veo que se jugó el Oscar con Tiburón, Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco, Barry Lyndon y Nashville. Casi nada la cosecha del 75. Ganó el cuco de Nicholson y Milos Forman, pero Tarde de Perros queda sin esfuerzo en la memoria. Una película que se explica con su guión, que camina entre el ingenio y el rigor y los entremezcla de forma que, cuando la acción parece destinada a rebozarse en el absurdo de sus personajes, escapa en otra dirección para seguir creciendo. El trío de atracadores se queda en dúo a la primera de cambio. Pacino y Cazale se confunden en todo. Son perdedores, sólo que lúcidos. Son lúcidos, sólo que torpes. Van a ser héroes y luego bastardos de la audiencia televisiva. Para que un drama en que el atracador tiene por esposa a un transexual no derive en pastiche hay que escribir muy bien y dirigir muy bien. Es lo que no soporto de Almodóvar, que seamos los demás los que hayamos de ponernos generosos con su indudable genio para salvar la coherencia que pierden sus historias con esas boutades. Pero ese es otro asunto. En Tarde de Perros, siempre que la acción se aproxima a la parodia, Lumet da una pincelada que recompone el drama y le da espesor. Salva a todos sus personajes sin juzgarlos, y por esa vía les otorga la dignidad propia de cualquier persona. Su grandeza. De forma inevitable en la película va ganando la angustia poco a poco, como una mancha de aceite, expresa en los cuencas cárdenas y en retroceso de Pacino, en el sudor asfixiante de policías, ladrones y rehenes. Termina del único modo posible, pero eso no se advierte hasta el final. Uno sólo lo adivina al ver la última mirada del protagonista a su alrededor. Él ya lo sabía.

Richards por Richards: bostezo en technicolor

Richards por Richards: bostezo en technicolor

Atención a Keith Richards hablando de las drogas, con ese luminoso desorden de los adictos, en el suplemento Radar del diario argentino Página/12. Unas páginas que hay que frecuentar. Cualquier noche de éstas traeré por aquí un par de artículos gloriosos de Rodrigo Fresán. Hay uno sobre Johnny Cash ex-ce-len-te.

Ahí va Richards:

"Aprendí a vomitar con propiedad. Primero, hay que encontrar un receptáculo, si se puede, es la regla número uno. Se eyecta de un chorro, un bostezo en technicolor. Al mismo tiempo, uno tiene que cagar. Lo cual es difícil de hacer. Si pueden hacerlo, los pongo en el Cirque du Soleil".

Alida Valli... caen las últimas hojas en el cementerio

Alida Valli... caen las últimas hojas en el cementerio

Durante un largo plano de un minuto y 33 segundos, Anna Schmidt atraviesa el paseo arbolado del cementerio de Viena. La aguarda a la izquierda del encuadre Holly Martins. Va a despegar el vuelo que debía llevarlo de regreso a Estados Unidos, pero él ha decidido que su obligación es perderlo. "I can’t just leave...", le ha dicho a Calloway. No se puede marchar, así sin más. Su espera a un lado del camino significa la última pregunta ineludible. Los pasos de ella van a ser la respuesta. Ha muerto Harry Lime, el amigo, el amante, y de los árboles desgarrados caen las últimas hojas. Anna pasa de largo. Martins busca en su bolsillo un poco de tabaco que fumar.

Alida Valli falleció el sábado, a los 85 años. Hoy van a celebrarse sus exequias en el ayuntamiento de Roma. He metido el dvd de El Tercer Hombre en el aparato y he vuelto a ver la escena y a dejarme ir en la nostálgica cítara de Anton Karas. Pocas veces dos actores se han mirado con tantos matices y tanta intensidad como Orson Welles y Joseph Cotten en esta película. Pocas veces los ojos de una mujer han sido imperativos, huidizos y distantes como los de Alida Valli en la Viena ocupada. En una película pródiga en maravillosos planos, esta culminación posee la portentosa y serena belleza de lo sublime.

Abril es el mes más cruel

Deprimido y vacío, el Zaragoza se arrastra por la hierba / El Celta, a medio gas, lo goleó sin esfuerzo

Celta, 4-Real Zaragoza, 0
Diario AS, 23 de abril de 2006
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Poner al Zaragoza a jugar al fútbol ahora es como hacerle un examen de música a un sordo: no está capacitado. Póngase usted como quiera, pero es que no. Las depresiones no se explican, uno las pasa así: para qué levantarse de la cama, para qué ir al trabajo (qué es el trabajo, en todo caso), no quiero ver a nadie, quiero dormir, a ver si no llega mañana o llega directamente el año que viene. Dormir, tal vez soñar, como escribió Carlos Boyero —parafraseando a Hamlet— en aquel testamento para el cambio de siglo. “Abril es el mes más cruel / criando lilas de la tierra muerta...”. T. S. Elliott. No es pedantería. Es una receta: lluvia o poesía. Libros. Amor. Tardes en el parque. Lo que sea. Del fútbol, de nuestro equipo, no queda nada.

A usted le parecerá que los futbolistas no tienen derecho a este desmayo anímico; o que una derrota en la final de Copa no es para ponerse así, pero... la depresión es cosa de ricos como es cosa de países desarrollados o de futbolistas. Enfermedades modernas. La traición del bienestar. ¿Se deprimen los indios amazónicos? Qué se van a deprimir, si se la pasan haciendo parrillas con la araña pollito. Y además hay otra cosa: el desastre del Bernabéu ha dejado al aire todo o casi todo. Ha cavado un agujero al que mejor no mirar. Mejor sacarse los ojos.

Pero claro, hay que jugar. Ir deshojando el final de la Liga y el principio del futuro, que siempre es incierto. Pero jugar. Y ahí viene el problema. El ritmo de juego del Zaragoza ayer en Balaídos fue el ritmo del que anda perdido por el bosque o desinteresado en la vida. Antes de la derrota con el Cádiz ya lo llamamos sobrevenido nihilismo, y sigue así. Ni el Nota se comporta con tanto desapego por la realidad. El Zaragoza tuvo esa (in)actitud y además un problema de orden futbolístico. Porque sin Gabi Milito la salida de la pelota desde el fondo se enmaraña. Y además Víctor decidió ayer reunir en el medio campo a Zapater y Generelo (o sea, sin Celades ni Movilla), lo que aún hizo más pesado el tráfico y el tránsito del balón. En esas condiciones, futbolísticas y anímicas, el equipo se movió con lo que podría ser lentitud o pereza. Como no se trata de acusar a nadie, digamos lentitud. Los futbolistas siempre quieren jugar. Siempre desean ganar. Otra cosa es el subconsciente.

El que más alborotado parece tenerlo ahora mismo, y bien que lo sentimos, es César Sánchez. La transformación de César en los dos últimos meses da para un estudio de lo que puede llegar a hacer el desánimo en un portero de las garantías de éste, se pongan como se pongan los lícitos fanáticos de Iker Casillas. César proyecta ahora una figura entristecida y presa de una alarma que no le vimos en todo el año. En la primera mitad hizo esa salida a una banda que terminó en tarjeta amarilla por evitar de forma vehemente que el Celta sacara rápido. En la segunda, la del 2-0 del Celta, que fue una de los momentos más delirantes que uno pueda imaginar en un guardameta. Pifió la salida a la frontal del área, medida a ojo de cubero y así le fue. A continuación erró el despeje, y luego huyó hacia delante tratando de cortar la jugada, ya condenado.

No es fácil explicarlo. Hay que ver la acción y el error triple. Era el 2-0 del Celta, que Jorge dejó en la red con toda la ventaja y la cueva vacía. El 1-0, por cierto, había nacido de una imperial llegada de Borja Oubiña, que liberó a Fernando Baiano a la espalda de los centrales. Uno diría que en fuera de juego, pero el asistente no dijo res. Salió César, esta vez muy bien, y le limpió la pelota a Baiano de los pies. Pero su rechace le vino manso a Canobbio, sobre el lado izquierdo del área, y el uruguayo hizo diana aun sin apuntar.

Eficacia
Curiosamente, y con todos sus defectos, el Zaragoza no había sido hasta entonces peor que el Celta. Ni tampoco se les vio a los vigueses superior motivación. Estaban ahí, viéndolas venir. Era partido de siesta. Óscar, de hecho, había avisado primero tras una llegada de Ewerthon por la derecha. Y el brasileño hizo luego una arrancada que culminó con un tiro alto. ¿El Celta? Hizo el gol y poco más. Eficacia, eso tuvo. La oportunidad de hacer gol cuando pudo hacerlo. Se animó con el primero y acabó el partido con el segundo, nada más empezar la segunda mitad. El Zaragoza no estaba. Ni Diego, ni Savio, ni Óscar ni nadie.

Luego, cuando Víctor quiso reconducir el partido y añadió a Sergio García arriba (el único que le puso algo de alegría a la noche, y un tiro desde el círculo central que Pinto sacó como pudo), y reactivar el medio con Celades, entonces el Celta mató a cuchillo. Entró Perera y marcó de córner. Llegó Canobbio e hizo el cuarto. Era lo lógico. No es que el Celta tuviera hambre, pero enfrente había un equipo vacío, puro viento, y le hincó diente al buñuelo. El Zaragoza ya no tiene nada, salvo un color mortecino. Este equipo, que siempre pareció joven, lozano, alegre, vital, se ha hecho un viejo prematuro.

El espíritu del Rey Lagarto

El espíritu del Rey Lagarto

 

En Discópolis de Radio 3, mi emisora musical de cabecera desde la juventud, me he enterado de que los Doors ofrecen un par de recitales en España. Nunca he sido gran aficionado a la lisergia de los Doors, lo cual será fácilmente rebatible por cualquiera que conozca bien su obra, pero desde luego admito que las grandes canciones son grandes canciones. En el caso de los Doors, hermosas canciones. Hipnóticas canciones. A veces impertinentes canciones. Tampoco estoy tan seguro de que Jim Morrison fuera exactamente un poeta, pero me vale con el hecho de que aspirara a ello y con algunas líneas verdaderamente redondas de sus temas. Además, murió en París y está enterrado en Père Lachaise... Quiso parecerse a Rimbaud. Se borró a los 27 años. Y su novia Pamela Susan (ese nombre...) se fue rapidito bajo tierra persiguiendo al Rey Lagarto cual culebra atormentada, como si la hubiera atrapado esa puta conciencia trascendente de los colgados más célebres. El que pueda refutar la enferma lírica de estos acontecimientos que levante la mano. La poesía no son sólo versos.

El caso es... iba yo pensando de qué forma armar la febril 2-3 del AS cuando caí en la cuenta como en una piscina helada. Pero... ¿están vivos los Doors? Más bien habría que rodearlo de exclamaciones, porque me espanté: ¡Están vivos los Doors! Paso por ser el periodista más desinformado y el peor lector de diarios de mi distrito, pero no saber que los Doors habían seguido en la carretera todo este tiempo... Pues sí, están vivos, sostiene José Miguel López, que cada día a la una de la tarde te invita a un viaje cosmopolita por el mundo musical. Eso dice la promo del espacio. Yo tenía para mí que los Doors andaban enterrados con el cadáver invisible de Morrison, que nadie vio salvo Pamela Susan Courson, quien lo guardó en una bañera tintada de sangre hasta que llegó el cajón. Dicen que murió por causas naturales, una hemorragia inexplicada, después de pasar la tarde en su apartamento en París con Pamela, merendar con Pamela, aspirar heroína con Pamela. Dicen que ese mismo día o el anterior Nico, una vieja amiga, una joven amante, lo vio pasar en el asiento trasero de un auto negro que bajaba la Avenida de la Opera, en una imagen como de un sueño. Nadie sabía que deambulaba por la ciudad. Dicen que lo mató la China Blanca, un purísimo corte de heroína que ese verano del 71 hizo furor en el París desmayado; dicen que si acaso se la fumaría o se la metería por algún agujero, porque sus amigos recuerdan que nunca soportó la idea de pincharse una aguja sobre el cuerpo. Dicen que le hizo vudú desde el otro lado del Atlántico una vieja hechizera. Dicen que sólo Pamela vio el cadáver, atribuido de una quebradiza paz final que tendría los acordes de The End, el último corte del primer disco, la última canción que oyese Morrison antes de vomitar sangre. Dicen que murió en circunstancias extrañas. Digo que la muerte es una extraña circunstancia. Dicen que lo último que se escuchó en el departamento parisino fue la voz de Jim desde el baño, llamando a su chica: "¿Estás ahí, Pam? Pam... ¿estás ahí?". Nadie lo escuchó. Dicen que lo vieron en el desierto australiano hará unos cinco años, en las colinas de Los Angeles hace diez, en cualquier lado en cualquier tiempo...

Los Doors actuaron en Madrid anoche y hoy en Barcelona (Riviera y Razzmatazz). Discopolis aclara que son los llamados Doors del Siglo XXI, reunidos en septiembre de 2002, variación del grupo original corregida por el tiempo y la memoria. Persisten en la formación Ray Manzarek, amigo de Morrison en los días de la facultad de cinematografía de UCLA, y Robby Krieger. Interpreta los temas de los Doors, las poesías concéntricas de Mr. Mojo Rising, el señor Ian Astbury. Se parece al original, sí, pero el espectáculo no está armado alrededor de la alegre necrofilia de los rasgos, sino en la relectura de letras y músicas que Astbury subraya de un modo respetuosamente personal, sin absurdas imitaciones. La radio emite una versión de LA Woman bien animada; y otra de Good Rockin’ Tonight, un rock&roll clásico que interpretan con cuidada energía. En el aleph virtual averiguo más tarde que ni siquiera se llaman ya los Doors del Siglo XXI, porque John Densmore (batería y miembro fundador de la banda) interpuso una demanda y se les prohibió el uso de ese nombre. Les hizo un favor. "El futuro es incierto y el final llega en cualquier momento", dijo Jim Morrison. Las puertas que se cierran se abren pero vuelven a cerrarse, digo yo.

Así que ahora se presentan como Riders of The Storm, los Jinetes de la Tormenta, en homenaje conveniente al último tema grabado por Morrison con los Doors. El caso es que el espíritu del Rey Lagarto sigue vivo y coleando. No en las leyendas, en las que también hay algo de poesía popular. Ni en la orgía de las palabras que enredan su lápida en el cementerio parisino. Sobre todo en la música, su verdadero espacio.

Foto: Morrison, Manzarek, Krieger y Densmore, en los días del Lagarto. Manzarek, Krieger y el morrisoniano Astbury: veteranos de la tormenta.