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Fontanarrosa, viejo y pelotudo

Fontanarrosa, viejo y pelotudo

Nadie me hizo reír tanto con sus cuentos como el argentino Roberto Fontanarrosa, viñetista y escritor. Si busco en la memoria o en la librería, que vienen a ser lo mismo, sólo veo próximo a Tom Sharpe y algunos relatos paródicos de Woody Allen. Es desde luego una mirada subjetiva, pero del Negro Fontanarrosa resulta difícil dudar. Colaboró durante un larguísimo periodo con Les Luthiers y eso lo hace ya de por sí intocable. Sin embargo el orden de los acontecimientos revela que no antepuse la idolatría a ciegas. Primero conocí a Les Luthiers, mucho después los cuentos de Fontanarrosa. Admiré a ambos sin condiciones, me divirtieron y me divierten mortalmente. Por fin, con el tiempo supe que habían trabajado juntos y me pareció inevitable, como si lo supiera sin saberlo. Un triángulo desordenado, de perfecta lógica. A Les Luthiers los vi en el Teatro Coliseo de Buenos Aires hace un par de veranos; en esa misma visita compré todos los libritos de cuentos de Fontanarrosa que fui capaz de encontrar en las gloriosas librerías argentinas, en la modesta Ediciones de la Flor. Del Negro -de sus historias, de su lenguaje, de su humor, de la descarnada ternura- podría poner muchos ejemplos. Siempre he querido por encima de todos el cuento titulado 19 de diciembre de 1971, porque es el cuento que uno sueña escribir y porque su argumento parece estar ahí, al alcance de la mano, oculto en las decenas de experiencias similares a la que describe Fontanarrosa, y que todos hemos vivido: ¿Quién no conoce a un tipo al que tiene por talismán, ese que nunca debe faltar en un partido decisivo? Esta semana, antes de la tristísima final de Copa, pensé de nuevo en esa historia. Relata una aventura culminada en el histórico partido semifinal de la Liga argentina que disputaron en la fecha del título, en Buenos Aires, Rosario Central (equipo de devoción del Negro) y Newell’s Old Boys (el rival directo en la ciudad de Rosario). Es el mejor relato de fútbol que yo haya leído, en igualada disputa con algunos de otro argentino queridísimo, Osvaldo Soriano (pienso al vuelo en las Memorias del Míster Peregrino Fernández y en el desternillante Gallardo Pérez, referí).

Estas notas no tienen otro valor que servir de introducción para la preciosa entrevista que Clarín publica estos días a Roberto Fontanarrosa. Me la envía Javi Hernández con una apostilla rotunda en el subject del mail: "Imperdible". De verdad lo es. El Negro, acosado por una rara enfermedad neurológica, se dibuja a sí mismo con trazos sueltos como palabras. Certero, ingenioso, vital. Dan ganas de leerlo de vuelta.

(*) Foto: El Negro Fontanarrosa, algo menos aviejado, con dos amigos de su creación: Boogie el aceitoso e Inodoro Pereyra, protagonistas de sus viñetas.

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ENTREVISTA A ROBERTO FONTANARROSA

Dibuje, maestro

A los 61, el humorista rosarino repasa su exitosa carrera, en la que publicó miles de chistes y decenas de libros. Así, recuerda su infancia, habla de su oficio y cuenta cómo le da pelea a una dolencia que lo obligó a cambiar de hábitos pero no lo doblega.

Diego Heller
dheller@clarin.com

Llueve en la ciudad de las chicas más lindas del mundo. Es triste la tarde, propicia para la nostalgia. Roberto Fontanarrosa – El Negro , por abreviar– mira el Paraná y se recuerda purrete. “Tenía diez años. Mi viejo, que jugaba al básquet, me quiso seguir llevando por los clubes de Rosario, pero me le planté y le dije que lo mío era el fútbol. Lo aceptó, por suerte.”

Para ese pibe, que daba precoces muestras de falta de talento para las disciplinas escolásticas, el fútbol sacrosanto olía a naranja (“las iba moldeando durante el partido”), o a césped cortado. El hombre que hoy recuerda al pibe que supo ser hubiese dado lo que no tenía por jugar un tiempo en la primera de Rosario Central. “Si no hubiese sido tan de madera”, se reprocha. “Era un ocho de los laboriosos, volante de equilibrio le decían. Hasta que un día me rompí los meniscos.”

Gabriela, que es la mujer de Fontanarrosa desde hace cuatro años, nos deja solos en el departamento mínimo de la calle Wheelwright: aprovechará el rato libre para terminar de aceitar la edición de la revista de novias que dirige. Se habla de fútbol, y el humorista se olvida de todo; por un rato, ya no le preocupan la enfermedad que amenaza su movilidad ni la página que debe entregar hoy. En eso llama Franco, de Buenos Aires: el único hijo del humorista habla un rato largo con su padre. A la distancia, logra hacerlo sonreír.

Tu hijo no quiso saber nada con el fútbol ni con el humor. ¿No te lo habrán cambiado en la nursery?

No creo. Yo te digo que a veces es una suerte que no haya salido así, fanático del fútbol como yo, porque vive tan tranquilo los domingos... Pero bueno, tiene el mismo tipo de fanatismo por la música, y en eso sí me alegra.

¿Te habituaste a que esté lejos?

Y, yo qué sé... Yo lo entiendo: un dibujante puede dibujar desde Ushuaia, pero un músico tiene que estar donde pueda estar en contacto con otros. Y en Buenos Aires, es más amplio el campo.

Se dedica a la música electrónica: ¿a vos te gusta ese estilo?

¡Mamita! No... Yo digo que hace música punitiva. ¡Mamita! Lo que me da la impresión –bueno, y me lo dicen– es de que toca muy bien. Está muy contento en Buenos Aires, cosa que me alegra. El cagazo era que se fuera más lejos: siempre tuvo la fantasía de Estados Unidos. Desde los 16 años que se quería ir, y a los 19, hace tres años, se instaló allá. Claro, es hijo único y se complica tenerlo lejos. Uno lo extraña mucho.

Otra cosa que El Negro extraña es un rito que debió suspender año y pico atrás, cuando la esclerosis que ya lo tenía a maltraer se agravó: los partidos de fútbol con amigos. “Dudo que exista un programa superior a ir a jugar al fútbol. Mirá que yo me rompí la rodilla y tuve reemplazo de cadera, pero no colgué los botines... Es algo muy difícil de reemplazar. Creo que lo fundamental es que en la cancha descargás todo. Vas, pateás, gritás, volvés cansado... Te limpia el bocho. Es tan lindo que no me resigno a perderlo.”

Supongo que tu Paraíso tendría canchitas de papi.

A mí no me va eso del nirvana o los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Al Cielo le pondría canchitas y un par de bares, porque en el bar estás en tu casa y a la vez estás balconeando la calle.

Un grande del buen humor

Fracasó en el industrial (“fui precursor de la deserción escolar”). Tuvo un paso fugaz por la publicidad (“me sirvió para no tener nada de divismo”). Cuando vio por primera vez a Central campeón, en el 71, ya llevaba tres años publicando chistes propios.

¿Hiciste la cuenta alguna vez de cuántos chistes publicaste?

No, pero calculá que empecé a publicar en Clarín en el 73, y antes publicaba en Hortensia , o en otras revistas. O sea, a la cantidad de dibujos que aparecieron en Clarín , tendría que duplicarla.

¡Casi veinticinco mil dibujos!

Uf, muchos. Bueno, mirá, ahí, en una piecita, está todo el archivo, que es un quilombo. Le pedí a mi primo, que es radiólogo, unas cajas rojas rígidas que son buenísimas, y ahí los guardo.

¿Nunca se te da por mirarlos?

No, no soy nostalgioso. Además, de un tiempo a esta parte, con todo este tema de salud, no puedo manipular las cajas. Son una cantidad muy grande: no hice la cuenta, pero debo haber editado cerca de sesenta libros con dibujos.

Lo de escribir un libro, está. Lo de tener un hijo, también. ¿Arboles?

Ahí fallo. Planté uno que otro... Creo que el balance, en definitiva, perjudica a la Naturaleza.

La idea de esa enumeración es ver si las personas están hechas con lo hecho. ¿Qué te pasa a vos?

Mirá, sentarme a dibujar todos los días es algo que me gusta. Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo. Lo que pasa es que se me hace mucho más trabajoso dibujar. Lo que antes me llevaba diez minutos, ahora me lleva media hora. Entonces, el placer de dibujar se diluye un poco. Además, uno se hace más mala sangre, se hace más selectivo. Prefiero reservar la energía para Inodoro y los chistes, para cosas puntuales.

Para peor, no sabés cómo va a ser la progresión de la enfermedad.

No, no, no se sabe. Eso no se sabe. Aunque a todo uno se acostumbra, la situación te rompe las pelotas, te
sentís mal. Bastante bien me la he bancado estando acá, saliendo poco y nada. Ya no voy ni a la cancha ni al café, viajo mucho menos...

Debe ser complicado replantear una rutina de tantos años.

Claro, claro. Por ahí digo: ¿cuánto hace que no voy a una librería? Y ese era uno de mis paseos habituales.
Pero bueno, qué sé yo, uno va reacomodando todo. Trato de pensar que es sólo una etapa... pero lo preocupante es que me tocó una enfermedad sofisticada. Hasta los médicos dicen que es rara.

Siendo un tipo tan observador y que vive del humor, ¿llegaste al punto de prestar atención a los tics y manías de tus médicos?

Forzosamente, porque hace tres años y medio que estoy con este quilombo. Y había un psiquiatra –porque yo empecé una terapia– que me decía: “A usted le va a resultar todo más difícil, porque los humoristas tienden a cagarse de risa de todo”. O sea, aunque los respete mucho, uno siempre está buscando la cosa para cagarse de risa. Eso uno lo sigue ejerciendo. Al punto que mi último libro, El rey de la milonga , lo escribí con este tema de salud encima.

Justamente, en esos cuentos se nota cómo te fuiste despegando de la parodia clásica para volcarte un poco más hacia el realismo.

Sí, claro. O al menos lo intenté, pero siempre respetando la estructura clásica del cuento. La parodia es fácil; la cosa es cuando hay que contar algo con palabras propias. Y yo creo que influye, como siempre, lo que está leyendo uno en ese momento. Hace mucho que no leo ficción. Leo reportajes, ensayos accesibles a mi entender, testimonios, biografías, ese tipo de cosas. Y el último libro refleja eso, porque está escrito con ese estilo: con historias de vida supuestas, aproximaciones periodísticas. Lo que pasa es que a mí siempre me gustó mucho como género el reportaje. Capote, Mailer, Salinger me han influenciado mucho. Y me ayudaron a revalorizar al reportaje. Eso lo interpreto a partir de lo que pasa con otros escritores, ¿no? Porque todos conocemos a Borges, pero vaya a saber cuántos lo habrán leído. Su imagen se ha armado a través de los reportajes que dio.

Sin ir más lejos, creo que vos sos muchísimo más leído que Borges.

Bueno, eso es lo apabullante de los diarios. Aquí, un libro que vaya muy bien puede vender quince mil ejemplares. ¿Y cuánto tira una edición de Clarín ? No hay ni punto de comparación. Mirá, será por eso que cuando se hizo el Congreso de la Lengua, que viniera José Saramago provocó acá una especie de expectativa como si viniera Brad Pitt. Y yo me preguntaba cuánta gente habrá leído a Saramago. Yo leí algún reportaje a Saramago, pero no leí sus novelas. Entonces, ¿por qué provoca esta repercusión?

Y, por haber ganado el Nobel, que es como un Oscar de las letras.

Claro. Por eso no entiendo a esos escritores que se ofenden cuando les dicen que son mediáticos. Yo soy mediático, y eso ayuda a que me conozcan, que conozcan mi forma de pensar. Me alegra ser así.

A la vez, te pasa algo parecido a lo de Osvaldo Soriano, que era ninguneado por la academia.
Claro, pero esas son cosas que no me interesan. Como decía Landrú: “Es preferible ser sano y millonario que pobre y enfermo”. Es obvio. Uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores.

Después, copás un ámbito académico como es el Congreso de la Lengua, y te lo robás hablando de las malas palabras. Te vengás.

Mirá, yo en principio no sabía de qué hablar. En un momento, pensé en hablar sobre el idioma castellano. Lo lógico, lo clásico. Pero después me di cuenta de que no tenía mucha capacidad, ni autoridad. No me parecía divertido, y todos iban a hablar de eso. Y no sé por qué se me ocurrió eso de hacer una defensa de las malas palabras.

Sospecho que la idea no cayó nada bien entre los organizadores.

Fue gracioso: cuando me preguntan sobre qué iba a hablar y yo digo que sobre las malas palabras, se quedaron... Para colmo, después me preguntan por mail: “Bueno, ¿cuándo va a mandar su ponencia?”. Y les digo: “Yo no la escribo; me hago un ayudamemoria y luego improviso”. Y entonces habrán dicho: “Viene Jorge Corona”. Tuve que tranquilizarlos. Les dije: “Miren, no quiero hacer un escándalo, sino preguntarme por qué son malas las malas palabras, y pedir una amnistía para ellas”. Eso fue todo. Aparte era en Rosario; yo era local.

En Colombia te hicieron un homenaje otros escritores. Volviste a tu ciudad y la gente salió a la calle a ovacionarte. ¿Cómo lo tomaste?

Mirá, lo de acá fue muy lindo, en el sentido de que fue muy sorpresivo. La que estaba en el complot era Gaby. Vos sabés que me levanto al mediodía: había llegado de Cartagena muerto, porque viajamos toda la noche y estaba acá, en el living. Y escuchaba, afuera, a unos pibes que gritaban: “Negro, querido, el pueblo está contigo”. ¿Sabés que pasa? Que acá enfrente está el Registro Civil. Entonces yo me digo: “La mujer debe ser temible para que a un tipo que se está casando le griten así”. Pasó, y después se callaron. Después empecé a sentir trompetas y ya no entendía nada. En eso viene Gaby y me pide que me vista (yo estaba en calzoncillos, ¿viste?). Entonces, ahí sí me dije: “¿Adónde va esta historia?”. Y bueno, salí al balcón y miré para abajo... Uf. ¿Viste cuando vos mirás una situación y no la entendés? Porque había un ómnibus descubierto, lleno de gente; mariachis; gauchos a caballo con banderas... Era una escena medio de Fellini. Fue muy lindo. No hubo discursos, no hubo cosa solemne, no hubo nada pomposo. Fue un homenaje muy... futbolero. Estaban todos los amigos que uno tiene por ahí, y yo estaba súper emocionado, obviamente. Uno, con los años, se va poniendo más de la lágrima fácil.

Siempre fuiste muy tímido, ¿no?

Claro, claro, y muy contenido. Pero las manifestaciones así, populares, a mí me emocionan más que los actos solemnes. Pero también es cierto que lo de la enfermedad te sensibiliza bastante. Afortunadamente; porque después de todo tenés que ser de madera para no emocionarte. ¡Cómo no me voy a poner mal si de golpe yo miro para abajo y la veo a mi vieja, que tiene 86 años! Veo a mi hijo, que yo pensaba que estaba en Córdoba. Yo siempre fui de madera jugando al fútbol, ¿viste?, pero no desde lo emocional. Como decía un amigo: uno se pone viejo y pelotudo.

Eso, vaya y pase. Pero por favor no archives esa vieja idea de hacer un libro sobre fracasos.

Mirá, lo iba a hacer recopilando las anécdotas de fracasos amorosos de todos mis amigos, que son infinitamente más divertidos que los éxitos. Los éxitos suenan como pedantes; los fracasos, en general, son divertidos y hasta tienen algo romántico. La derrota siempre es más digna... Pero, aparte, bueno, está más cercano a la historia personal mía, o a la de todos. En esto de las relaciones, son más las que se pierden que las que se ganan.

Y preferís a los perdedores natos.

Sí, porque además son queribles. Pero, aparte, proviene de algo más autobiográfico: porque la introspección y la timidez son el común denominador de los humoristas. De chico, era de una timidez dolorosa, de no atreverme a entrar a un quiosco a comprar caramelos.

Pero ya pudiste superarlo, ¿no?

Sí, y me busqué un trabajo que es una terapia. El tipo que dibuja, lo hace para acercarse, de alguna manera, a la gente. Y yo creo que lo fui superando, pero mi inseguridad era tan grande que recién estuve tranquilo cuando vi que había algo que hacía bien: dibujar.

Hablando de acercarse a la gente, ¿vas a ir a esta Feria del Libro?

Sí, voy a ir. Creo que es una de esas cosas que hay que asumirlas, ¿no? Al final, me sacaré el prurito y alquilaré una silla de ruedas, así no vivo esa tensión del carajo del temor a caerme. En principio la idea es ir a firmar libros, como lo hice siempre. Y creo que también habrá una charla con la gente.

¿Y después, Negro? ¿Cómo sigue la historia?

Nadie sabe. Pero trato de tomármelo lo mejor posible. Como me decía ahora una mina con la que estoy laburando, que es neuropsico no sé qué: “Tomalo como un período. Tomalo como que jugando al fútbol te quebraste una gamba y tenés que estar en silla de ruedas”. En eso estoy. Como diría Inodoro: “Mal, pero acostumbrado”.

Ser punk a los 50 (y no parecerlo)

Ser punk a los 50 (y no parecerlo)

Quien haya visto 24 Hour Party People, la estupenda y emocionante película (claro... emocionante si a uno le emociona Love will tear us apart, de Joy Division) recordará la escena en la que se recrea el primer concierto de los Sex Pistols fuera de Londres, en el Lesser Free Trade Hall de Manchester. Es junio de 1976. Pete Shelley y Howard Devoto, creadores de los Buzzcocks e impulsores de ese concierto, están entre el público. Ya han sido teloneros de de los Pistols antes. También asiste Steve Diggle, al que incorporarían a su grupo como bajista. También Bernard Sumner y Peter Hook, dos de los miembros fundacionales de Joy Division. Tras el suicidio de su inspirador cantante, Ian Curtis, serían New Order (el paso de oruga a crisálida más espectacular que pueda recordarse. La frase con la que John Peel anunció por la radio la muerte de Curtis evoca el espíritu de aquellos días: “Bad news lads... “. Malas noticias, chicos. El epiléptico genio se había colgado del techo). Volvamos a aquel concierto de Manchester. También estaba Tony Wilson, el presentador de Granada TV. Con Rob Gretton y Martin Hannett, crearía Factory Records y el club The Haçienda: vivero de un sinfín de grupos, catedral del Madchester feliz de los ochenta, lugar de nacimiento del clubbing. Wilson describió aquella tarde de guitarras desbocadas como “algo próximo a una epifanía”. La explosión del No Future de los Pistols fue un Big Bang que reventó en múltiples direcciones, hasta inventar todas las formas de la música popular que ha llegado hasta nuestros días. Algunas, muy devotas de la original. Eso que ahora se llama power pop o post punk. O sea, que sí había futuro.

Hoy llega el producto original. Esta noche los Buzzcocks tocan en La Casa del Loco. Es lo más cerca que uno puede estar ahora mismo de todo aquello, exceptuando la gira Marky Ramone and Friends que ha formado el brother menos autorizado de los Ramone (al resto se los llevó en cuatro días un rayo como un guitarrazo).  Buzzcocks son los supervivientes de la trinidad nada santa del punk británico: Sex Pistols, The Clash y ellos. Rotten y los suyos querían acabar con todo y empezaron por acabar rapidito consigo mismos, como en una canción de tres minutos. The Clash se sacaron el traje del nihilismo para crecer en una conciencia política culminada en Sandinista! Buzzcocks eran tal vez el punk hecho con los temas del pop: por qué no las chicas, por qué no el amor (y sobre todo el desamor). De los primeros días sin tregua permanecen Shelley, frontman y guitarrista, y Diggle. Howard Devoto se largó pronto para formar Magazine. Como todo sucedía rápido, todos se separaron en 1981. Luego volvieron. Devoto no. Se quedó ahí, en la leyenda y las biografías.

Buzzcocks han publicado este año Flatpack Philosophy, pero en los conciertos revisitan sus días de pollas zumbadoras, adictos al orgasmo, coches rápidos, mentiras de amor y el alguna vez te has enamorado de alguien (de quien no deberías enamorarte)? Ahora que uno puede escuchar London Calling por el hilo musical mientras compra un jersey en Zara, merece la pena enfrentarse a esta agitación anacrónica. "Siempre me ha parecido que, después de nuestro primer disco, alguien nos ha regalado todo este tiempo", ha dicho Pete Shelley últimamente. No vamos a ver qué queda de los Buzzcocks, no, eso sería demasiado hipócrita. En realidad vamos a ver qué queda de nosotros mismos.

Foto: Arriba los Buzzcocks originales (¿quién inventó las crestas coloreadas?) en su primer LP. Abajo, lo que queda del día...

Samuel Beckett en bicicleta

Samuel Beckett en bicicleta

Creo que fotografié a Samuel Beckett en el verano de 1998, posibilidad ciertamente improbable. Habíamos pasado la noche en la granja de Gregg en Wicklow, cerca de Dublín, durmiendo en un ala polvorienta del caserón en cuyas estancias amplísimas permanecía detenido, en mitad de julio, el frío de varios inviernos. A la mañana siguiente salimos a conducir por los alrededores, antes de zambullirnos en la capital, en busca de algunos asentamientos de la Edad de Bronce. Al rato Andrew detuvo el coche en un cruce de caminos que dominaba una loma y me alejé del automóvil para caminar por el arcén de la carretera, entre los inmensos campos verdes que con suavidad irlandesa se deslizaban en valles y arroyos, hacia unas casas situadas a un lado, donde tal vez hubiera un pub con una mesa junto a la ventana. Si el sol se colaba por entre los cristales, podría pedir una buena pinta de Guinness y sentarme a releer poesías de Juan Luis Panero, como hacía en el Finnegan’s Wake de Gloucester Road. Mientras me dirigía allá, en la lejana curva perpendicular al sol apareció la silueta inconfundible del autor de Esperando a Godot, pedaleando sobre una vieja bicicleta. Lo reconocí de inmediato y sin duda. Cualquiera puede imaginar con facilidad el aspecto de Beckett sobre una vieja bicicleta irlandesa. Venía en dirección opuesta a la mía y al llegar al borde de la cuesta, como si jugara, se dejó caer por el extremo de la uve que perfilaba la carretera, con los pies apoyados en los pedales a media altura. Hice visera con una mano y me detuve para mirarlo bien. Era un encuentro increíble. Me giré para comunicarles mi descubrimiento a Andy y Pabs. Si querían verlo debían darse prisa, pero los dos se habían dejado caer entre la hierba y el sol que entraba y salía de las nubes, recortando claroscuros en las colinas. Dispuestos a ignorar a Beckett una vez más. Sospecho que ya lo habían hecho antes y que quizás aquella despreciativa actitud debería haberme alertado contra el delirio. En la radio del coche, mitigada por la distancia, sonaban los Smiths, creo que Hotel California, un tema que nunca interpretaron. A alguien tendría que contarle lo que estaba ocurriendo, porque era bastante extraño: cruzarme de esta manera con Beckett, que ya llegaba al ángulo de la rampa e iba a iniciar la parte jodida de la uve, la de subida hacia donde me encontraba yo. Saqué del bolsillo la cámara fotográfica que me había regalado unos días antes Maggie y preparé el encuadre. Lo vi a través del objetivo, pero estaba a una distancia aún lejana para disparar porque el aparato carecía de zoom y de casi todo, salvo del disparador y un sistema medianamente automático con el que rebobinar la película. Beckett, por su parte, había ganado velocidad en la bajada; en el falso llano se le agitó un poco el manillar, pero alcanzó a sujetarlo con cansancio y aprovechó el impulso para iniciar el ascenso. Luego pedaleó sin prisa, como si moliera pienso para el ganado. Lo enfoqué. Metido en el cuadradito que sirve para situar la imagen en el foco, la cara de Beckett me gustó aún más de lo habitual. Igual podría ser un palurdo que el ganador del premio Nobel de Literatura. Llevaba gorra de cazador y por los lados le asomaba un relámpago de cabello blanquecino en fuga. Él también me miró, jadeante por el esfuerzo, con las arrugas hechas canalillos sudorosos. Mantuvo la cara arriba y cuando se acercó lo suficiente, gemía la bicicleta con un ritmo apagado, le disparé. Beckett entornó los ojos en la forma de una tormenta, dos haces fulgurantes que me traspasaron. Tuve miedo y decidí no bajar la cámara, para simular que fotografiaba el paisaje y no a él. Beckett pasó a mi lado y contuvo un instante el sobrealiento envejecido para insultarme: “Fucking cunt!”. Me lo había ganado, por impertinente. Por eso nunca me ha gustado aquella foto. Cuando la revelé, Beckett ya no parecía Beckett. Lo miré bien pero... era sólo un viejo cualquiera camino de alguna hacienda, del que quise aprovecharme para imitar esas postales en las que un fragoroso anciano irlandés en bicicleta compone la pintoresca imagen del país. Desaproveché una gran ocasión, sabía que Samuel Beckett y yo no volveríamos a vernos. Él había muerto en diciembre de 1989 y yo ando demasiado ocupado.

¡Victoria!

¡Victoria!

 

 

 

 

El argentino López y Victoria. Con ese nombre y en año de Mundial...

Victoria. Alicia se la regaló al mundo el 26 de marzo a las nueve de la mañana, en Madrid, horas antes de un Boca-River que se jugó al otro lado. Sangre argentina, sangre aragonesa.

¡Hasta la Victoria siempre!

pd.: Lo dijo el Gordo: se acabó la joda.

Monólogo sin la palabra gol

Monólogo sin la palabra gol


Zaragoza, 0-Villarreal, 1

Diario AS, 2 de abril de 2006

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El Zaragoza arrolla al Villarreal, pero olvida marcar  - La sutil zurda de Roger ganó en una falta - Otro ejercicio de ineficacia: 17 ocasiones  - Queda la Copa


A lo largo de la historia ha debido haber combates así, ganados de un solo golpe, un zurdazo desesperado en un instante de iluminación, quizás entre inspiración y expiración del contrincante que lo tiene contra las cuerdas, soltando manos de todos los colores y pesos. Un claro en el bosque de brazos sudorosos y el tortazo que derriba. Puede que hayan existido hechos de guerra resueltos con un solo disparo, un petardazo (pensamos en Hiroshima, demasiado brutal para cualquier metáfora). O una bala de cañón perdida, como la que le arrancó las piernas de cuajó en los Sitios al mariscal Lannes, que se llevó de regalo a la tumba el joyero de la Virgen, el infame.

Bueno, habrá habido lo que sea pero desde luego no habrá sucedido ni lo hará tantas veces como en el fútbol. El fútbol es un deporte despiadado que a duras penas soporta el sustantivo de juego. Como juego parece una cabronada, disculpen. Porque cosas como las de ayer ocurren con relativa frecuencia. Ignorancias terribles de la lógica y alguna que otra ley natural. Eso no consuela a nadie. Qué maldito partido ganó el Villarreal.

Para ser un partido de entreguerras, el encuentro tuvo una cierta alegría primaveral, de polen suspendido en la hojarasca. La contenta agitación de una escaramuza revolucionaria, como una canción de Víctor Jara. Fútbol que nació en desorden pero que visualmente se hace muy resultón, lo cual no está mal si uno mira desde la grada o el televisor, y siempre que no nos pongamos académicos y le busquemos el concepto. Al Zaragoza le faltó alguna velocidad en el contador del deseo, la comezón del que no sólo quiere ganar sino que quiere ganar cuanto antes, para evitar la fila de última hora. La tuvo en la segunda mitad, donde al rigor de su fútbol puntilloso le agregó pasión. Lo que no tuvo fue el gol. Eso no. Estrelló todos sus balones contra el Villarreal, contra sus gentes. Lo mismo contra Veira que sus defensas. Tiró tantas veces a portería como tomates se disparan en el Cipotegato. O más.

El Submarino pasó la tarde esperando a Godot, que viste de nerazzurro. Pellegrini lleva todo el fin de semana negando que reservara a nadie, y hasta puede que sea verdad porque este chileno no tiene pinta de embustero. Otra cosa fue la reunión de mediocampistas con intención defensiva que armó. Y la apuesta por Guayre, que tenía un significado de velocidad, de salida arriba. Además hubo circunstancias: Sorín y Guille Franco llegaron tocados y no pudieron salir. Y Guayre se lesionó al cuarto de hora porque una rodilla le maleó el riñón. Entró José Mari, con su porte de faraón calé. Más agitación.El partido, antes de jugarse, alumbraba una paradoja: el Villarreal no se siente cómodo lejos de casa (no ganaba desde principios de diciembre), y el Zaragoza acumula dos meses sin ganar en casa. Empate, hubiera dicho cualquiera con dos de frente o con ninguno, porque ese tipo de afirmaciones de listillo sólo las puede hacer un tontín. Y no fue empate.

Sin espacios

Los puntas amarillos no tocaron apenas la pelota. Si alguna vez la tuvieron ocurrió siempre lejos del área del Zaragoza, descolgándose a los flancos y poco más. No había más espacios autorizados para ellos. Álvaro y Gabi Milito los mataron lentamente. Estaban encima, arriba, sobre ellos, en cada pase. Un cuidado ejercicio de anticipación. Así que el Villarreal se quedó en el ensayo táctico y defensivo. Jugó la mitad del encuentro, digamos. Economizó y las cuentas le salieron como a un rentista avezado: abandonó la cueva un par de veces y eso le fue suficiente. Insistimos, a veces estas cosas ocurren en el fútbol. Son difíciles de explicar pero muy reconocibles para cualquiera que haya observado este negocio. El Zaragoza puso todo y el Villarreal casi nada: el gol y un poste. 

Pero le salió bordado. Con eso sostuvo su campaña por la UEFA, y manda al limbo la del Zaragoza. En el limbo quedaron también una infinidad de ocasiones locales. Al principio los aragoneses tiraron por el balón largo a Diego Milito y Ewerthon, pero la mayor parte del tiempo el equipo de Víctor se dedicó a tricotar un fútbol de pequeños movimientos, avances chiquitos, de baldosa en baldosa. Eran movimientos de ajedrez, como pasar un peoncito de cuadro. Llegó arriba un número incontable de veces. Tuvo como 17 oportunidades, y aquí no hay exageración. Contarlas resulta imposible. En el primer periodo Diego y Ewerthon hicieron una combinación maravillosa que dejó al argentino solo frente a Viera. Al Príncipe le dio un ataque de generosidad o de indecisión y su último pase al brasileño, innecesario, lo cortó la defensa. A veces un delantero debe observar la misantropía.

En la segunda mitad, en cuatro minutos sólo, el Zaragoza ya había obligado cuatro veces a Veira. Llegaba en tropel, por todos los lados, igual que una riada. Hasta Ponzio y Toledo asomaron la cabeza y el pie. Josemi sacó una de testa de Álvaro, subido en la línea. Ewerthon voleó otra gloriosa arriba. Y una más fuera. El brasileño no paró, fue un ectoplasma opaco que el Villarreal apenas encontraba. Savio largó una falta, Celades otro disparo, Zapater rozó la escuadra, a Cani le paró la suya la defensa cuando gritaba gol. Y hubo seis o siete más que uno ya ni tuvo temple ni ganas de apuntar. No había forma. A veces pasa. Le ocurrió en Santander y ayer también. A una semana de la final, ¿deberíamos preocuparnos por algo así? El Zaragoza metralleta ha sido lo contrario: velocidad, contraataque, finalización. No esta profusión, este monólogo vacío sin palabra definitiva: gol.

El gol era del Submarino. Le bastó una falta de Roger, que guarda la zurda en alcanfor y puso un tirito intemporal a la diestra de César. El portero se hizo estatua. Era una posición moral defendible, un decir: “¿Nos van a ganar estos tíos sólo con esto?”. Futbolísticamente, sin embargo, su inmovilidad carece de justificación. César lo supo, y mira que tuvo horas para pensarlo porque el Villarreal no llegó salvo en un pase en el que Cazorla fue Riquelme y Forlán la tiró al poste. Hay combates así. Uno se lleva la paliza y luego gana con una mano. O un pie. Roger titulará este recuerdo como la película: Mi pie izquierdo.

El consejito de la semana... por Pere Navarro

El consejito de la semana... por Pere Navarro

En su rueda de prensa de cada semana (es como los entrenadores de fútbol), el incesante Pere Navarro ha presentado una nueva campaña de la DGT. Esta vez se trata del irreverente, insalubre y peligrosísimo hecho de fumar en los coches, mire usted, que ya se ha perdido a estas horas la cuenta de la mortandad que provoca este vicio solitario e insaciable, como el onanismo. Aunque lo que seguramente le apetecería es quitarles cuatro puntitos del nuevo carnet, que tan felices nos va a hacer, o 300 euracos a los “putos irresponsables de mierda que pipan mientras conducen” (las comillas representan el contenido pensamiento hipotético de Pere), esta vez el director general de Tráfico se ha presentado condescendiente. De acuerdo a la terminología habitual en la prensa hoy en día, ésta sería una campaña blanda, prohibicionismo de baja intensidad o bien voluntad de tolerancia no cero.

 

Vamos al caso. Con ese verbo untuoso que tanto le gusta, reloj de pulsera en la mano derecha, ha advertido que de momento no va a prohibir fumar en sus propios coches a los españoles. Aunque, eso sí, lo desaconseja. Porque si no puede prohibir, a Pere le gusta aconsejar y apelar al “sentido común” de los conductores, que como ya quedó establecido antes somos una recua de hijos de puta, bien asesinos o bien suicidas, que alegremente nos dedicamos a repasar diariamente el catálogo de imprudencias posibles para cometer cada uno la que más cachondo le ponga, y así hacerle los porcentajes a Pere.

 

Sin embargo, dice la información de El Mundo, la máquina de encuestas de Pere (que debe guardar en la cocina, en ese espacio ambiguo que queda entre la freidora y la cafetera) refleja que un 77% de los españoles estarían dispuestos a prohibir fumar en el coche. Lo de la máquina es cosa del autor del blog, no lo dice la información. Lo demás, sí. Aquí se mezcla opinión e información, que también lo hace Gabilondo en prime time y le dicen maestro de periodistas. Yo llegaré lejos, porque un director adjunto con gafas de periodista de raza ya me advirtió cierto día que estaba violentando los géneros periodísticos. Aquí viene la opinión: la gente es así. Está hasta los huevos de libertades y ahora quiere que le controlen hasta lo que come. Cada vez hay más adeptos a la sumisión... Pero no, a Pere todavía no le pasa por los cojones prohibir lo de fumar. Que no le apetece, oiga. El hombre tiene sus razones. Ha aportado ésta: “No nos gusta la imagen de la Guardia Civil persiguiendo a los fumadores”. Qué argumento. Esa imagen debió de ser un sueño húmedo que le ocurrió alguna noche.

 

Según la máquina de porcentajes que Pere guarda en la mesilla, le da que las distracciones tienen la culpa del 39% de los accidentes de circulación en este país de naciones. Es un porcentaje alto, si consideramos que hay que repartir el 61% restante entre el exceso de velocidad, la manía de no llevar el cinturón abrochado, las trompas que agarra el pueblo llano antes de ponerse al volante, el teléfono móvil y las sillas de los niños, sólo por hablar de las principales y más costosas. ¿Da para todo ese 61%? ¿No quedamos que esas nombradas eran las causas principales? Si una causa menor que no requiere prohibición ocupa el 39% del total, ¿cuánto ocupan las primeras? Pere sabrá. A nadie en ningún medio de comunicación se le ha ocurrido sumar porcentajes. Pero claro, ese tipo de cosas ya no se llevan en los medios. Pensar, digo. Se pone lo que ha dicho el tío y listo. Eso es menos grave que violentar los géneros. Estoy de acuerdo. Es incluso menos grave que no saber escribir, no distinguir las categorías gramaticales o no dar una noticia en la vida.

 

Para mí que el reparto no sale porque, sólo en el rubro ‘distracciones’, por ejemplo, a Pere Navarro le da una gráfica según la cual fumar mientras se conduce no es la más peligrosa de todas las distracciones posibles. O sea, que hay una subdivisión con su propia jerarquía. Por eso no la prohíbe y sólo “aconseja”. Hay otras peores, recuerda en tono admonitorio, y mucho más peligrosas. Da tres ejemplos así, como al aire, como el que silba. A saber: usar el teléfono móvil (que síiiiiiii, Pere, que síiiiiii), buscar una ruta en el navegador y... CAMBIAR LA MÚSICA. Así que ya lo sabe usted amigo conductor. El día que Pere se levante con el pie cambiado prohíbe los radiocd’s y los navegadores. Como se sabe, mucho mejor que los navegadores es no saber dónde va uno en una ciudad desconocida, pegar frenazos repentinos para tomar una calle sobrevenida, cambiar de carril violentamente al descubrir el lugar de destino, o pararse a preguntarle al peatón que pasa cerca, interrumpiendo la circulación. Hay que asumir que Pere sabe siempre a dónde va, por supuesto no pipa en el auto y desde luego no oye música. Y si la oye, es porque se la cambia un propio que lleva a la derecha. O se detiene unos minutos en el arcén y busca el número de la pista que le apetece. Luego sigue conduciendo. Después vuelve a pararse, y cambia de nuevo. Y así tantas veces como haga falta. Porque una cancioncita no puede ser tan importante como para sufrir un accidente. Desde luego, si es de La oreja de Van Gogh no merece la pena cambiar: son todas iguales.

 

En un futuro pluscuamperfecto, Pere podrá ir suprimiendo todas y cada una de las posibles distracciones que aquejan al conductor y que éste abraza con ese desahogo contra las leyes, el respeto a la vida, los valores morales y el sentido común que caracteriza a esta pandilla de hijos de puta que conducen y no sirven más que para abonar impuestos de circulación, multas, garajes, zonas azules, parquímetros y gasolinas. Entre esas distracciones que deben ser combatidas por Pere no habrá que olvidar algunas como el hecho de hablar mientras se conduce, desde luego el de canturrear (excesivamente feliz como para no despistarse), el hecho siquiera de pensar, que es adictivo y despista una barbaridad, el hecho de hablar con otros pasajeros, el hecho de mirar por el retrovisor para hablarle a los niños, el hecho simple de los niños (¿no sería posible esterilizar a los conductores, digo?), porque los niños suelen preguntar cosas y hay que responderles, desde luego el hecho de los propios pasajeros, que deberían estar prohibidos o bien habrá que convenir que van contra el sentido común, el hecho de comer caramelos, el hecho de mascar chicle porque hay que desempapelarlo, el hecho de beber agua de una botella porque beber despista, el hecho de mirar las señales de tráfico, que aunque poco también despistan porque hay que apartar los ojos de la carretera... poner las cortas o las largas, darle a los intermitentes, conectar el ESP y la seguridad pasiva del coche, activar los limpiaparabrisas...

 

Así hasta el infinito. Pero ya se sabe que este hombre y su máquina de porcentajes desconocen los límites numéricos. Temo que el generoso y atribulado Pere Navarro le dará un día la vuelta al marcador de su propia cabeza y concluirá que el único modo de alcanzar la verdad es prohibir los coches, que son el meollo de la cuestión porque son el cuerpo del delito y también el escenario. Y si no se pueden prohibir los coches porque, claro, las empresas automovilísticas se van a molestar, prohibirá a las personas que conducen los coches. Y no sólo habrá un carnet de conducir por puntos, sino también un carnet de identidad por puntos. Y si usted contraviene las normas, que irán siendo definidas sobre la marcha de acuerdo a las maquinitas de Pere, la autoridad competente le deducirá puntos irrecuperables. Así irá perdiendo usted poco a poco la identidad, hasta que no le quede nada y tenga que examinarse de nuevo y hacer la ELE con la conciencia. Entonces será usted un mierda, sí. Pero también un ciudadano cojonudo.

 

* Foto: Escáner (ojo, completado digitalmente con algunas licencias médicas) de un sueño húmedo de Pere Navarro. Parece raro que esa imagen coincida con el ideal de ordenación semafórica, de acuerdo a los sucesivos concejales de movilidad de la Inmortal Ciudad de Zaragoza.

Mo cuishle

Mo cuishle

Sobre el fondo de uno de los veloces y simpáticos ko’s de Maggie Fitzgerald, el Hojalata Eddie Dupris reflexiona:

"El cuerpo sabe algo que los boxeadores desconocen: cómo protegerse. El cuello sólo gira hasta un punto determinado. Si lo llevas más allá, el cuerpo dice: ’Eh, ya me encargo yo, está claro que tú no sabes lo que haces. Ahora échate y descansa. Ya hablaremos cuando te recuperes".

En ese momento, Maggie derriba a otra contrincante poniéndole el cuello del revés. Y la voz concluye:

"Se llama mecanismo del ko".

 

 

 

(*) Foto: Maggie Fitzgerald, encarnada en la sombra de Hilary Swank, en ’Million Dollar Baby’. Un monumental clásico que va a perdurar."Mo cuishle significa mi amor, mi sangre". La he visto por tercera vez en pocos días y aún espero que el último combate termine de modo distinto.

El mundo de Moz

El mundo de Moz

(Dedicado a mi amigo Andy y a cualquiera de esas noches en las que, en desaforado dúo, juvenilmente hemos gritado estas líneas: "...To die by your side / is such a heavenly way to die").

 

Morrissey está en forma. Temíamos que no regresara ya de la pausada deriva en la que entró después de Viva Hate, su primer album en solitario. Peor aún, que el tiempo lo hubiera borrado como habría borrado a James Dean sin su trágico final. Moz es un héroe de la Juventud y no parece claro que esté autorizado a envejecer, dicho vulgarmente, y desgastar la memoria de una figura extrañamente frágil. Entonces llegó You Are The Quarry, su estupendo disco de 2004, y entendimos que Morrissey had proved us all wrong, once again. Otra vez nos confundíamos. No parece extraño porque estamos ante un consumado mago del escapismo, acerca del cual se sabe menos de lo que se intuye. Valga este ejemplo. En las webs de fans aún no se atreven a asegurar de forma irrefutable la homosexualidad que todos le atribuímos en virtud de la leyenda, el celibato, las canciones o las paradigmáticas cubiertas de los Smiths. Y recurren a una frase que, más que explicar su postura o pensamiento, siempre rebajado tras una leve cortina de equívocos, lo que vienen a explicar es al personaje: “Me niego a categorizar el sexo según los términos hetero, homo o bi. Todos tenemos las mismas necesidades sexuales. El prefijo es inmaterial”.

 

Si Steven Morrissey hubiera nacido en otro tiempo, en otra circunstancia, habría hecho de sí mismo un poeta maldito o un gran polemista, quizás un Chesterton, un Bosswell, quizás un Oscar Wilde, posibilidades que sin duda le fascinarían. Pero nació en la segunda mitad del siglo XX en Stretford, Manchester, y acabó por hacerse estrella del pop con los Smiths, poniendo letras de intrincado vigor lírico a las melodías de Johnny Marr, abruptas y delicadas como los músculos de un boxeador. Moz veía a los Smiths a través de un cierto velo mesiánico que les daría sentido. Su papel en el abarrotado escenario de los años ochenta en Inglaterra era nada menos que éste: decir lo que nadie había dicho, de un modo en el que nadie lo había hecho. ¿Era eso verdaderamente posible en medio del caleidoscópico abanico del post-punk, en ese mundo abigarrado que iba de camino a la invención del brit-pop, de camino a la electrónica y los clubes y el salvaje Madchester...?

 

Verdaderamente lo era. Morrissey y los Smiths lo hicieron, en apenas cinco años y en apenas cinco discos: instauraron una voz distinta y distante, hecha de palabras que no pertenecían al lenguaje del pop o del rock o de ningún tipo de música popular; ciertamente no pertenecían al lenguaje de nadie (ni de sus propios compañeros del grupo) salvo al del insondable Morrissey. En las letras de Moz nada se decía ni se dice de forma concluyente. Sólo hay una sombría envoltura de sugerencias que flotan en la música y cuyo significado, intuido, puede evaporarse de un momento a otro, como una voluta de humo, o desvanecerse en el transcurso de una noche igual que la fiebre.

 

Curioso que a un tipo como éste le caiga, desde los primeros días, la etiqueta de narcisista. El suyo, en todo caso, ha de ser un paradójico narcisismo a la inversa, porque no surge de la explotación de sus triunfos o potencias, sino de la reverencia cuidada y casi siempre irónica, desdeñosa, hacia sus debilidades. Es efectivamente un modo resuelto de situarse por encima de ellas, y mostrarlas a los demás como el que muestra orgulloso un suave lienzo de sí mismo. A los ocho años, Morrissey contemplaba el suicidio como posible suceso romántico. O eso ha contado. No porque tuviera ninguna razón concreta que lo empujase a su conclusión (ni siquiera la encontraría en la infancia de desafectos y soledad, que tanto ha despreciado) sino por puro ardor esteticista. Parecería uno de los miembros de la Sociedad Secreta Shandy, un Duchamp, un Scott Fitzgerald, un Robert Johnson, el joven diletante que, según cuenta Vila-Matas en su Historia Abreviada de la Literatura Portátil, ocultaba en su perenne maletín una vajilla completa y una tetera barroca de plata. Una noche, limó con paciencia el asidero de la última hasta darle la forma redondeada de un proyectil, y con él se reventó los sesos. Atormentado por ese suceso brutal, del que no se sentía completamente inocente, Jacques Rigaut, el poeta y surrealista teórico del suicidio, anotó: “No hay motivos para vivir, pero tampoco hay motivos para morir. (...) La única manera con que se nos permite demostrar nuestro desdén por la vida es aceptarla”.

 

Moz aceptó y desde 1982 lleva repartiendo canciones como flores. Puede que ninguno lo hayamos entendido todavía. Cuando, con Andy, pedimos en los bares que suene There’s a Light That Never Goes Out, siempre me pregunto qué tiene esa canción para que sea una posibilidad de alegría, si está compuesta de una mórbida sordidez, de esa idea de la muerte como culminación del amor, que es obviamente una idea atropellada por el tiempo. Pero el maravilloso mundo de Moz está hecho de oscuras magias incomprensibles. Cuando lo creíamos extraviado, Morrissey entregó You Are The Quarry. Hasta entonces había habido canciones, claro, pero no la estatura aguardada. Your Are The Quarry supuso mucho. Apenas un año más tarde fue publicado ese elepé de un directo grabado en Earl’s Court. Y en una semana apenas saldrá a la venta Ringleader of the tormentors (¿quién le entrega los títulos?), otra colección de rosas con espinas, de irónicas canciones en las que se muestra de nuevo, como hizo siempre, sin mostrarse del todo. Protegido en una confusa ambigüedad que continuamente se refuta a sí misma, como si se riera de su propio personaje y desde luego de nosotros. De nuevo hay en este disco un Morrissey violentamente intimista, otro que se decide al ensayo político-social, otro que vuelve la cabeza desde la cima del glamour a la desesperanza de las calles, para murmurar una disculpa... Al concluir Bigmouth Strikes Again, en la actuación que registra el directo en Earl’s Court, le dijo a la fascinada audiencia: “El pasado es un extraño lugar”.

 

Ahí sigue Moz, en su mundo inaccesible. Primero en Manchester, luego en Londres, más tarde en Los Angeles, ahora en Roma, su penúltima obsesión. Moz. Distante y fugitivo como sus palabras.