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Somniloquios

Vivir de cine

Háblame, cielo

Háblame, cielo

 

Brad Pitt me parece uno de los grandes. Y ojo... que digo UNO DE LOS GRANDES. Pero de Babel siempre me voy a quedar con Rinko Kikuchi, actriz de gestos maravillosos en un maravilloso papel: el de joven adolescente sordomuda, ansiosa por amar y ser amada. Un prodigio de silenciosa expresividad. Uno de esos personajes de los que te puedes enamorar con secreta pasión: como la Natalie Portman de Beautiful Girls; como la Scarlett Johanson de Lost In Traslation, o la Rachel Weisz de El Jardinero Fiel, o Naomi Watts en Mulholland Drive... por citar algunos incendios recientes. Te enamoras y alegre decides rebañarte como un cerdo en la lástima, la pena, la compasión, el puro y desdichado amor de lo inalcanzable, el que precisan las almas perdidas, a las que sabes que resulta inútil intentar salvar porque no se dejan, no pueden dejarse, no saben y no quieren. La derrota también es costumbre. Adoro la precisa soledad de esa mirada, y los labios entreabiertos en una espera interrogativa. Esa imagen bastaría para presidir muchos días y defenderlos a capa y espada, contra cualquier amenaza de una felicidad despreocupada. Sería un precioso estandarte al que rendir todas las armas. Adoro la perdición del deseo que no satisface, la indefensión de sentirse ajena e impropia. La honestidad del llanto liberador, casi informe pero bellísimo, el más desgarrado que he visto en una pantalla en mucho tiempo. He temido por ella hasta el segundo final. Y cada vez que salía de la pantalla deseaba que regresase y me hablara a mí... con esos ojos.

Babel me ha ganado muy despacio, muy poco a poco. Desconfío de las películas que reiteran estructuras narrativas pretendidamente singulares, como las de González-Iñárritu, pero ese truco no se le acaba todavía a este director. Es como los regates preferidos de algunos futbolistas, que siempre funcionan pese a que los defensas se los sepan de memoria. Más aún, diría que pierde importancia en cada película y que acabará por desprenderse de esa obligación para ir aproximándose a un relato más lineal, aun sin saberlo ni quererlo. En Babel las transiciones carecen de importancia. No hay nada decisivo en los nexos de las historias; por sí mismas y de forma independiente, tendrían idéntico valor. Quizás esta película quiera hablar de la incomunicación, pero uno puede hacerla hablar de muchas cosas, todas las que desee. Hay películas que proponen una historia y la terminan con el encendido de las luces; hay otras que te cambian, que son las jodidas, las imposibles de olvidar porque se convierten en una cosa rarísima: algo así como una experiencia vital, un suceso de tu existencia. Se te pegan al cuerpo y se meten adentro con su explosiva carga de ambivalencias terribles, de triunfo y pérdida, de dicha y horror, de puro deseo implacable de volver a ella y un miedo atroz de pasar otra vez por lo mismo.

La maravillosa secuencia en el club

Yvonne de Carlo (1922-2007)

Yvonne de Carlo (1922-2007)

 

Marilyn: "Díme, ¿cómo es Ramone?".
Lily: (Con gesto de disgusto) "Uhmm, se parece un poco a Cary Grant... el pobre".

Listas y listos: Woody Allen

Listas y listos: Woody Allen

Nos estábamos tomando una apreciativa cerveza en el Bar Bacharah, relojeando a los concurrentes y a las camareras como es costumbre, cuando Pab me preguntó: "¿Qué te pareció Match Point?". Pensando que me preguntaba por Scoop, le dije: "Muy flojita". Me miró raro. Entonces el cerebro me rebobinó y caí en el error: "Ah, Match Point... bastante buena". Y maticé: película resultona, gracias a ese redondo truco del guión, la pelota y el anillo. Pero no una de las mejores películas de Woody Allen. Rick me había recomendado hacer listas en Somniloquios y someterlas a consideración. Un poco a la manera de Alta Fidelidad. "Las listas funcionan", dijo él. Así que reté a Pab: "Match Point no la considero entre las cinco mejores películas de Woody". Le dio un trago a la Paulaner rojiza que se estaba trapiñando, en un vaso que parecía la Copa de Europa de campeones de Liga, y asintió. Subí la apuesta: "No está ni siquiera entre las diez mejores". Pab dejó la Paulaner sobre la mesita blanca con estudiada lentitud, subió un pinrel al puff tapizado de leopardo y se puso a pensar...

En un momento le recité la clasificación y fuimos razonando. Aquí va la primera lista de Somniloquios. Las diez mejores películas de Woody Allen, que pueden ser once o doce o más de acuerdo a mi descuidado criterio. Y Match Point no está entre ellas:

  • Annie Hall: no sé si es la mejor, no me importa. Es la que más me gusta ver, la que más me divierte, la que más me emociona. Me gusta tener la carátula del dvd de pie y de frente en la mesita del televisor, para mirarla siempre que quiera con un leve movimiento de los ojos. Ese discretísimo ejercicio me mantiene joven.
  • Hannah y sus hermanas: irreprochable, hermosa, sugerente. Me encanta la escena en la que Elliott (Michael Caine), el hombre enamorado, observa a su amada Lee (Barbara Hershey), mientras ella se mueve ajena entre los asistentes a una fiesta. Ella es la hermana de su mujer.
  • Delitos y Faltas: profunda y terrible como un agujero negro. Oscura como una culpa.
  • Manhattan: la ciudad y la magia de los que buscan el amor.
  • Acordes y Desacuerdos: la recreación genial de un genio obsesivo, recreado de forma genial por otro genio: Sean Penn. Por eso, ineludible verla en versión original.
  • Misterioso Asesinato en Manhattan: en mi molesta opinión, una de las mejores comedias de la historia del cine. Y mira que hay...
  • Maridos y Mujeres: victorias y derrotas de la edad adulta, tratadas con inteligencia y una fórmula narrativa que podría parecer manierista, pero que define la sutileza de Woody Allen con su resistencia al paso del tiempo.
  • Desmontando a Harry: ejercicio de superioridad intelectual hecho cine, y un relleno de humor de falsa brocha gorda, sabroso como el relleno de un pollo guisado.
  • Broadway Danny Rose: pequeña joya magnífica.
  • Zelig: la originalidad de una broma estupenda.
  • Días de Radio: maravillosa y delicada caja de música.
  • La Rosa Púrpura del Cairo: el cine, la ilusión. ¿Qué puede haber mejor?

Ahí queda eso. Lo siento por Scarlett, pero en estos últimos meses se ha puesto tan pesada como Bisbal y James Blunt. Todo mi amor se lo dejo para Lost in Translation.

El mito de Bond

El mito de Bond

 

La primera noticia que tuve de Daniel Bond Craig fue una página web intitulada craignotbond.co.uk, en la cual die-hard fans de la serie (traducido, tontolabas que se pasan todo el tiempo pensando en James Bond) argumentaban contra la elección: Craig no es Bond, sostenía la página, por la dureza de su rostro patibulario, por ser rubio y de ojos azules y un poquito bajo; como si el rostro patibulario, ser rubio y de ojos azules y un poquito bajo constituyesen una extrañeza en Inglaterra. Craig sustituye a Pierce Brosnan, quien nunca dejará de ser Remington Steele. Roger Moore era el Santo y Brosnan, Remington Steele. Mucho tiempo después he visto Casino Royale, la película, y ha sido precisamente Daniel Craig lo que más me ha gustado de ella.

Yo no soy un admirador reconcentrado de las películas de Bond. Ni siquiera he visto todas, aunque tengo unas cuantas: las primeras con Sean Connery, De Dr. No a Sólo se vive dos veces. Ésta y Desde Rusia con Amor son las que más me gustan... de las que he visto. Sólo se vive dos veces es más Bond; Desde Rusia... me parece más una película de intriga o suspense, que por momentos me recuerda a Con la muerte en los talones, y no sé bien por qué. Quizás las escenas en el tren. Me gusta también Goldfinger y esas palmadas en el culo de las chicas en bañador, que constituían la esencia Bond y que la corrección política se ha llevado por delante. Me gusta el malo de Goldfinger. Me gusta MUCHO Pussy Galore (la espectacular Honor Blackman). Me gusta Oddjob, el despiadado mayordomo japonés con sombrero hongo y dedos hidráulicos. Me gustan los nombres de los malos: Ernst Stavros Blofeld (el genial Donald Pleasance), Tiburón (Richard Kiel), Francisco Skaramanga (Christopher Lee), John Largo. Cuando viajaba por el país del fútbol con Plf y Oliver, pasábamos mucha parte del tiempo en el coche hablando de las películas de Bond, del lado más divertido de las películas de Bond, de esos nombres, de sus frases, de las réplicas... En alguna ocasión nos llevamos dvds de las de Sean Connery para verlos en el hotel, y lamentábamos la pérdida de carácter del personaje. Sean Connery no era el mejor Bond; ERA Bond. Los otros sufrieron esa maldición comparativa. George Lazenby "tenía la misma capacidad de actuación que un huevo cocido", se dijo de él, aunque su único Bond conserva buen aprecio entre los grandes seguidores; el flemático y arrugado Roger Moore era más inglés que el cricket y el Ford Cortina, pero excesivamente atildado; Timothy Dalton regresó al Bond más físico, pero siempre pareció a punto de largar un monólogo de Hamlet, de esos que interpretaba en los teatros. La serie descarriló ahí y en el juego de cejas del relamido Remington, Bond al que uno no podía evitar imaginar, como escribió alguien, desayunando zumo de naranja con muesli. Anteayer, camino de Casino Royale, me crucé precisamente con Plf, que resumió al nuevo Bond: "Demasiado violento a veces, pero por lo menos es un hombre". De eso se trata.

Como película de acción, Casino Royale me parece pálida e irregular. Demasiado plot point contravenido. Larga partida de poker que no añade gran cosa, y una partida de poker tiene que añadir grandes cosas a cualquier película que pierda media hora en explicarla: The Cincinatti Kid, El golpe, incluso Rounders... las hay a decenas. La trama de Casino Royale supone un inmenso McGuffin (hay muchos malos haciendo cosas malas, pero uno no sabe bien en qué orden) y algo compleja, pero eso lo voy a decir con la boca pequeña porque yo, desentrañando tramas, soy más torpe que las piedras. Lo demás está bien: la mediana oscuridad del nuevo Bond, el regreso a la primera aventura según la cronología Fleming, para que así el reset general no chirríe tanto, el modo de introducir los tópicos del personaje sin someterse a ellos. Cuando pide su clásico Martini y da la receta. Cuando después le pregunta el barman: "¿Mezclado o agitado?". Y Bond le da la vuelta a su clásica línea y dice: "¿Tengo cara de que me importe?".

Me gusta que Bond se haya hecho una película más orgánica, más ocasionalmente brutal, más humana a pesar de la violencia explícita, porque el lado naif de los últimos Bond me molestaba bastante: veía a Remington ajustándose el nudo de la corbata en medio de una persecución en una lancha y quería irme del cine; veía a Halle Berry amenazada por un láser cortante que en vez de quemarla directamente hace un recorrido por los alrededores para que al otro le dé tiempo a llegar y... en fin. Me gusta que en Casino Royale el villano siente a Bond desnudo en una silla sin asiento y le reviente las pelotas. Así, sin suspensos ni intermedios explicativos. Las películas de Bond nunca fueron grandes películas, pero sí entretenimientos muy bien hechos que vivían de la guerra fría. "¡Cómo echo de menos la Guerra Fría!", se queja M. La cosa ha cambiado, y sin embargo los espías aún mueren envenenados lentamente (una de las mejores escenas de Casino Royale tiene que ver con eso). Ahora el problema de Bond no son los misiles de ESPECTRA, sino la ingenuidad en la que había caído, frente a lo que la rodea: sobre todo Bourne, la serie que ha tomado en su mano el magnífico Paul Greengrass, con Matt Damon en la carne del despiadado agente Jason Bourne. El mayor problema de Bond es Tarantino y su revolución de las escenas de lucha física y psicológica. Tal vez el problema sea John Woo, aunque a mí ese estilo Hong-Kong me espanta, salvo en los Kill Bill, que me divierten como a un niño. O Misión Imposible. O Michael Mann y su sobrecogedora persecución a tiros a la salida del banco en Heat: llegué a creer que el cine Don Quijote se venía abajo.

Esa búsqueda constituye ahora el reto de la serie en estos tiempos de guerra televisada y cerocerosietes muertos con polvo de polonio. El Bond de Craig aún no alcanza al Bourne de Greengrass, pero si en el futuro le escriben tramas algo más equilibradas (¿cuántas frases de Casino Royale firma el genial Paul Haggis? ¿Dos?), quizás pueda lograrlo. No es seguro: el camino más previsible, y ocurrió, era la caricatura. Si hay alguna esperanza reside exactamente en Daniel Craig, capaz de darle al personaje un buen pedazo del perfil de Fleming: "Irónico, frío y en ocasiones brutal". Un agente del MI6 no puede ser ni una hermanita de la caridad ni un playboy internacional. Y los malos ya no pueden estar hechos como personajes de cómic que viven en palacios de hielo en el Polo Norte, con diamantes engastados en el rostro. Le Chiffre (gran nombre) llora sangre y tiene el párpado agrietado como Blofeld, pero no aspira a dominar el mundo. Lo que quiere es ganar pasta y que ningún gobierno le toque la cuenta de beneficios. Como cualquiera. El signo de los tiempos.

Cine desadjetivado

Cine desadjetivado

De los críticos de cine ya he hablado antes. No creo en su fiabilidad, pero eso no significa que no me fíe de ellos. ¿Que no lo entendéis? Yo tampoco. No leo a los críticos para decidir o para estar de acuerdo o no. Los leo estrictamente para leerlos. Me gustan Oti Rodríguez Marchante y Carlos Boyero. Me gusta cómo escriben. La inteligencia feroz de Boyero, esa brutalidad que puede expandirse en todas las direcciones (y principalmente contra sí mismo, como a mí me gusta hacer); y el cariño al cine que le intuyo a Oti, que ordena las palabras y las ideas con naturalidad, con frescura. Del cine habría que hablar así, sin artificio, y desde luego escribir, porque el fin del cine consiste precisamente en ocultar el artificio para que queden al frente la historia y los personajes, lo único que importa. Por eso los críticos que prefiero son directores de cine: Scorsese hablando de la historia del cine americano en esa maravillosa serie documental; Cameron Crowe entrevistándolo; Truffaut en conversación con Hitchcock; y desde luego Peter Bogdanovich en el despliegue de su lúcida mirada sobre la pantalla y sus alrededores. Ahora ha reunido pensamientos y conversaciones con las estrellas en un libro imperdible, que aún no he comprado porque este mes casi no he hecho más que comprar libros.

Lo que no soporto son las conversaciones de cine, ni desde luego las críticas, que incurren en el delirio conceptual. Como ésta con la que he tropezado hoy, y que parece una broma barroca, con su retorcimiento léxico y sintáctico a propósito de Lo que sé de Lola: una película que no debe ser la mitad de críptica de lo que parece en el texto que sigue. No lo sé. Después de leer esta revisión, continúo sin saber nada. Ignoro también quién les dijo que escribir así era escribir bien.

"Lo que sé de Lola' es una película de gestos con vocación minimalista e imagen industrial que evade sustancialmente la explicación discursiva. La historia se cuenta casi a través de una sucesión de planos fijos, con un acento puesto más en los objetos que en los personajes (más bien en el carácter emocional de los personajes), como pactando una especie de desadjetivación en la narración. Quizás esto haga que la película adopte un carácter anónimo o universal susceptible de darse en cualquier lugar del mundo donde haya soledades...".

Desadjetivación. Con dos cojones.

Jack Palance (1919-2006)

Jack Palance (1919-2006)

 

-Hey, Curly, ¿has matado ya a alguien?
-Aún queda día por delante.

Peliculita

Peliculita

Me he pasado la mañana leyendo críticas americanas sobre Scoop, la última película de Woody Allen. ¿Y por qué ese ejercicio tan fútil? Creo que porque no deseaba decir yo mismo lo que hay que decir en estos casos. No lo voy a decir... aunque me doy cuenta de que no hace falta que lo diga. Todo es muy obvio a estas alturas. Pero rescato algunas frases que me han parecido inteligentes, y sobre todo justas, y con las que tal vez iluminemos una perspectiva válida acerca de esta peliculita (y el diminutivo no es casual):

"Puede que el destino sólo reserve un determinado número de buenos chistes para cada hombre; y Allen, de 70 años, agotó su lote hace tiempo. Sin embargo, sigue tirando de la fórmula mucho después de haber perdido la aptitud necesaria para ello".
(Richard Corliss, en Time).

"Si Woody Allen fuese un pintor, muchos de sus trabajos serían considerados estudios para posteriores obras. Scoop tiene el aspecto de ser un intento de borrador para Match Point, aunque al revés en el tiempo".
"Reírse a estas alturas con una frase como "yo fui educado en el Judaísmo, pero después me convertí al Narcisismo" parece, más que nada, un simple acto reflejo del cuerpo".

(Carina Chocano, Los Angeles Times... Y esa es la mejor, la única frase de la película).

"George Bush no se alía con los talibanes; Woody Allen no debería cruzar el East River".
(Bill Gallo, en The Village Voice... No puedo estar más de acuerdo, aunque el problema no es geográfico, como demuestran Hollywood Ending o Anything Else).

"Puede que simplemente fuera demasiado pronto. Después de regresar con tanta fuerza el año pasado con un thriller moral como Match Point, Woody Allen se debería haber tomado un par de años libres. Haberse dedicado a retomar sus lecturas, cuidar de su jardín... lo que fuera".
(Chris Barsanti, de Filmcritic.com).

"La peor película que ha hecho Woody Allen".
(El rotundo Stephen Hunter, en el rotundo Washington Post. Esto es muy discutible: Hollywood Ending y Anything Else, insisto, están ahí. Y ojo con Celebrity).

Pasado el rato, agrego algunas visiones españolas, para hacer patria.

"Un Woody Allen menor. (...) un entretenimiento para pasar agradable e inteligentemente un rato".
(M. Torreiro: Diario El País. Advierto en Torreiro la resignación del crítico sometido a las nimiedades cotidianas del cine español. Entre la Juani y esto, lo inteligente es ir a ver esto. Entre Los Infiltrados y esto... pues Los infiltrados).

"Un Allen menor. Se diría que Scoop presume de su falta de pretensión: es un divertimento, una intriga, un desahogo, incluso un gozo en el que el espectador no ha de hacer esfuerzo alguno."
(E. Rodríguez Marchante, en ABC. Bien por Oti. Yo agregaría que esas presunciones no pertenecen en concreto a Scoop, sino al actual Woody Allen).

Los idiotas y yo

Los idiotas y yo

Acabo de darme cuenta de que la diferencia entre el hombre somniloquio de los noventa y el hombre somniloquio de los dosmiles está sostenida en esta rutinaria situación: el somniloquio’98 pagó una entrada por ir al cine a ver Los idiotas, de Lars von Trier, y pasó varios días buscándole una explicación que giraba entre las consideraciones lírico-estéticas, la moral, el arte como contenedor de ideas, la resistencia social y no me acuerdo qué más. Era joven aunque nunca fui entusiasta. El somniloquio’06 jamás hubiera hecho algo así. Al somniloquio’06 le parece que Lars von Trier es un tipo muy coñazo, que se da más importancia que una mierda en un solar, con sus apariciones por videoconferencia en los festivales y todo eso. Ninguno de los somniloquios fue jamás o pensó en ir a un festival de cine. Al somniloquio el fundamentalismo no le va. Si le hablan tres veces seguidas de lo mismo, sospecha. Aviso que la voy a pagar con Trier y el tío no tiene la culpa de nada, la verdad, porque he visto fascinantes películas suyas. Lo uso como arquetipo. Nada personal. Sólo un arquetipo que me permita hacerme entender. Porque Almodóvar no me alcanza para arquetipo. Almodóvar sólo me parece un fantoche que ni con cientos de millones ha logrado superar sus traumas de reprimido. Algún día voy a sacar del armario de los fantasmas las críticas a sus películas en los años 80 en medios nacionales, y compararemos con lo que se dice ahora. Tengo por ahí un dossier demoledor: la memoria histórica y tal. Almodóvar pose una gracia especial para generar imágenes sugerentes, eso sí. Para arquetipo no alcanza: es zafio y banal. Von Trier es perfecto. El tío tiene forma y fondo.

Me caen mal los cinéfilos. Ahora están a punto de caerme mal los críticos, salvo Oti Rodríguez Marchante, que además sabe escribir con la naturalidad del que sabe escribir. En algún momento yo debo haber sido uno de ellos (un cinéfilo, desde luego no un crítico aunque sí un crítico de broma) y ahora no me extrañan las caras que me ponían algunos amigos cuando me iba a ver una película de chinos. Nunca me he puesto pesado, eso no. Digamos que yo tomaba esos actos de cinefilia como una posibilidad de satisfacción privada, que no resultaba necesario comunicar. Nunca he tratado de convencer a nadie. Enseguida me veía en tercera persona, como si adquiriese la capacidad de ser el que estaba escuchando y me diera cuenta de las gilipolleces que podría llegar a decir si me ponía demasiado serio. Eso me sigue pasando con casi todo. Inseguridad, supongo que lo llaman. Creo que si me examinara la señorita Freud me diría eso. Me subyugan las señoritas Freud. La primera noche que pasé en un bar con mi chica hace ya cinco años, me pidió que le contara todo, porque ella quería y podía ayudarme, porque su gran anhelo incumplido había sido la psicología. Naturalmente no le conté nada, pero aquí estamos. Soy débil.

En los noventa yo iba al cine fundamentalmente solo. Por necesidad y por convicción (ja). Ahora me parece que aquella soledad dibujaba a un tipo de patéticas certezas. Retrospectivamente, creo que empecé a sospechar que algo iba mal el día que ya no me apeteció ir solo al cine (ahora o voy con alguien o no voy; con un amigo cojonudo o con chicas.... las demás combinaciones no me interesan. Y desde luego no voy a ver Los idiotas). Lo supe definitivamente durante el ciclo de Bergman al que ya aludí en algún Somniloquio anterior: la mitad lo pasé durmiendo en la Filmoteca. Supe que era un farsante al observar que no me interesaba nada Pasolini. Que admitía a regañadientes la sobriedad de Dreyer. Que me amuermaban algunas películas fundamentales de Griffith. Fui un farsante porque, encima, durante un tiempo jugué a hacerme el crítico de cine en un diario, y me ponía discursivo para fundamentar el movimiento Dogma, que ahora recuerdo como una astracanada con muchas ínfulas y ninguna gracia. Y eso que Celebración, de Thomas Vintenberg, me gustó. Pero vamos, que si la hubiera rodado con luz, me hubiera gustado igual o más. Y con música, la hostia. El somniloquio'06 ha de reconocer que Pumares dio en la diana cuando, juzgando al Dogma, dijo: "A mí me parecen muy bien esas ideas y ese intento de rescatar lo esencial del cine, pero... ¿por qué hacer el cine así de feo?". Dudé de Pumares, algo que jamás debería hacer alguien que se educó oyendo sus programas en la adolescencia. Alta traición.

En realidad, en mi opinión el cine nunca pretendió una esencia de fealdad. El cine nunca se miró tanto el ombligo. El cine se dedicó a esa estilización de la realidad que, en cierto modo, debe ser el arte. Igual no, no lo sé (advierto que el somniloquio'06 ha sustituido el patetismo de sus certezas de antes por una confusa duda general).  Y el cine fue girando alrededor de eso a través de las décadas, describiendo una órbita desigual: unos se aproximaban más a lo real, otros menos. Me caen mal los cinéfilos y su empeño en pedirle al cine todo lo que no es puro cine: ideas y realidad. Desde luego, ideas que casen con su moral, la moral progresista, claro. La Moral con eme mayúscula. Están la moral progresista y el fascismo retrógrado. Entre medias no hay nada. Y la realidad que se deriva de esa moral, desde luego. Eso es lo que debe reflejar el cine, esa es su única posibilidad de contar. Pero, ¿por qué pedirle ideas al cine? Mejor: ¿Por qué negar una película a causa de sus ideas? Los idiotas debía de exponer una idea extraordinaria, con una estatura ética inquebrantable. Yo no la encontré. Y además a mí las ideas no me interesan tanto como las películas. Me interesa la narración y sus circunstancias. No me incomoda el realismo. Es más, me gusta. Pero no lo exijo. No es condición indispensable. No hay Venecia más irreal que la Venecia de Sombrero de copa. Y sin embargo, todo lo que ocurre en su muelle encerado resulta maravilloso. No hay género más estilizado y ajeno a la verdad que el musical. Pero que nadie toque el musical. Me gusta hasta el musical realista. Bailando en la oscuridad me dejó boquiabierto una semana. A pesar de Björk, el tipo de artista conceptual que me saca de mis casillas. Como soy un baboso, tengo discos suyos. Aquella película la dirigía... Lars von Trier. Soy un baboso.  

Aun así, pienso en el hombre somniloquio modelo 95 y subsiguientes y me parece un tipo detestable. Al de 06, sin embargo, lo tengo por un tío macanudo. A pesar de escribir estas reflexiones tan vagas, medio seniles, pero al menos no es un farsante. Ya no va a ver a Ken Loach, Julio Medem le parece un coñazo concéntrico y las series de la televisión no le gustan. El somniloquio'06 se cansa pronto de todo. Se cansó de Mujeres Desesperadas, de Perdidos y hasta de House. Nunca se cansa de Centauros del desierto ni de La casa de Asterión. Hubo un momento en su vida en que sólo vio House, a todas las horas. Ahora ni eso traga ya. Prison Break, ni digamos: pastiche con pretensiones. En cinco minutos la desautoricé. En este momento somniloquio'06 acaba de descubrir Little Britain y piensa aferrarse a eso unos meses hasta que se harte. Advierte que se viene un post bien entusiasta sobre el absurdo británico y su larga tradición, que desemboca en Little Britain. Ya avisaremos.

(pd: El cambio de la primera a la tercera persona resulta presuntuoso o algo peor que eso: torpe. En realidad, todo lo de arriba es una mierda rellena de contradicciones. Pero es sincero).

[Foto: Lou y Andy, dos de los personajes de la serie inglesa Little Britain. Un caprichoso minusválido falso y su adocenado cuidador. La imagen podría ser de Los idiotas, ya lo sé... ese efecto es totalmente deliberado y corre de mi cuenta. La pone Canal+ pero aún no sé cuándo. La vi anoche a las cuatro de la madrugada en una redifusión y las carcajadas se debieron oír en la Azucarera del Arrabal].