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Todos los caballos son del Barça

Todos los caballos son del Barça

Tengo dicho hace tiempo que si verdaderamente el Real Madrid quiere desmontar el garito azulgrana durante unos años, al modo en que lo hizo Florentino con el fichaje de Luiz Figo, debería fichar a Mourinho. Otra cosa es si la crítica soportaría la colección de tractores que el portugués despliega en cada partido, al menos en el Chelsea, donde unos jugadores se parecen mucho a otros y todos se hacen borrosos en el conjunto de un equipo que suele comportarse como un agujero negro: se traga todo el fútbol del contrario y lo reduce a polvo cósmico. No sé si eso funcionaría en un lugar en el que Capello ya es anatema; ignoro si Mourinho tiene más registros como entrenador. Pero su mezcla de agitación, enfrentamiento, denuncia, sospecha, psicología, ansiedad, competitividad, ambición y talento convertiría la rivalidad de estos cien últimos años entre Madrid y Barcelona en un juego de niños. Yo creo que el Barcelona no podría superar el martillo que supone Mourinho y se derrumbaría a la mínima. Pese al evidente dominio de las dos últimas décadas, de Cruyff aquí, a la imposición de un estilo que ha mejorado el fútbol español, a las victorias y a los jugadores, el Barcelona aún se siente menor, vulnerable, agraviado y, por qué no decirlo, perdedor. Es el peso de la historia. ¿Por qué los caballos son desconfiados y tienen los ojos en los lados de la cabeza? Porque durante miles de años de evolución natural fueron presa de otros bichos nada equitativos (precisamente), y permanece en ellos ese acollono atávico tan barcelonista. Conclusión: todos los caballos son del Barça.

Es buen momento para tentar a Mourinho, porque el Chelsea acaba de concluir que, de nuevo, no va a ganar la Champions. Su gran reto. Un desafío de proporciones históricas y naturales, porque el Chelsea nunca ganó una Copa de Europa (y mira que la ganaron el Nottingham Forest, el Aston Villa, desde luego el Liverpool y el Manchester United, y hasta el Celtic de Glasgow... que es escocés pero vale para explicar el caso), y cualquier ascenso a una clase superior, como el que ha protagonizado el equipo de la calle Fulham, precisa la sanción de una Copa de Europa:no basta con ser reconocido como uno de los equipos más potentes de Europa. Hay que llegar y ganarla. O al menos llegar. El Chelsea, equipo burgués por antonomasia en Inglaterra, se va a quedar sin la Champions, se va a quedar seguramente sin la Liga (el Man United le tomó cinco puntos de ventaja el sábado) y habrá que ver si gana la final de la Copa, también al United. Si completa el batacazo, va a arder el petróleo de Abramovich. Hay que decir algo antes de seguir: el Chelsea perdió a los penaltis contra Reina, pero no llegó ni a merecer una hipotética victoria. La lotería de los penaltis, como la llaman, es una mentira de primer orden: no hay lotería, hay talento y condiciones, capacidad, manejo de la ansiedad y del cansancio. En definitiva, que no es coincidencia que Reina, un portero explosivo, velocísimo, de intuiciones portentosas, detuviera dos penaltis. Y además hay que tirarlos bien. Guillem Balagué defiende esta alegre teoría mía con datos en el AS, no como yo: el Liverpool ha ganado diez de sus últimas once tandas de penaltis en Europa. Eso no es una lotería; como no es una lotería matar bien a un toro.

El Liverpool constituye el caso contrario del Chelsea. Con muchos menos recursos, Rafa Benítez lo ha situado un par de escalones o tres por encima de su valor real: dos finales de Copa de Europa en tres años, una de ellas ganada a un equipo mayor como el Milan. Espero estar en Atenas, en la final. Porque es el Liverpool -equipo preferido siempre- y porque es Atenas. Y ya lo explicaré si hace falta. Espero que sea contra el Mancheste United, por mi amigo Andy, porque el ManU me parece el mejor de los tres equipos ingleses (de lejos) y porque esa rivalidad vieja entre los dos grandes de Inglaterra quedaría preciosa en una final europea. El Liverpool ya está ahí, esperando. No jugó un gran partido, pero jugó una buena parte del partido necesario: el testicular. Su argumento fundamental estuvo en la energía, en la presión, en el ritmo, en la osadía, en la velocidad y el deseo. Fue un equipo inflamado al que, con el paso de los minutos, se le fue quedando al aire la escasez de medios. No encontró manera humana de meterle mano a la roca azul. Donde siempre estuvo soberbio fue atrás, aunque Mourinho y su Chelsea abandonaron a Drogba de forma excesiva. Zenden es un jugador flojito, ya lo sabemos; Pennant es además desordenado; Crouch y Kuyt no pudieron del todo y sus cambios fueron Bellamy, un loco de iluminaciones repentinas y ocasionales, y Robbie Fowler, que vive congestionado por el tiempo. Su mejor línea es el medio campo: Xabi Alonso, Mascherano (esfuerzo oceánico el suyo en este partido), Gerrard... Y la portería. Y sobre todo Benítez. No me gustan los equipos de autor, sobre todo cuando el autor viene a ser un entrenador de tendencias obsesivas al que el fútbol le cabe en un abecedario de gestos ininterpretables, al modo de las crípticas señas del béisbol. Pero le tengo que reconocer (y agradecer) a Rafa Benítez su conquista de Anfield con un manual de disciplina del deseo que ha sido capaz de sobreponerse a todas las imperfecciones de su equipo. Y lo mejor es que su equipo lo ha seguido. En el Liverpool, creer en la grandeza resulta sencillo.

[Foto: Mourinho, sobre el fondo de un banderón scouser. La foto es de Anita Maric, de Efe]

Chicago Bulls y el 'principio Riley'

Chicago Bulls y el 'principio Riley'


Yo soy hombre de playoffs, como Robert Horry, ese tipo indolente que despierta cada primavera como los osos, a tiempo para las canastas decisivas. Entiendo que lo menos que me he ganado después de casi 25 años de ver la NBA es el derecho a saltarme la Liga Regular e ir directamente a las eliminatorias. A modo de anotación histórico-personal diré que el primer partido de la NBA que vi jamás fue el séptimo de la final entre los Boston Celtics y Los Angeles Lakers en 1984: me la dejó grabada en vídeo Joaquín Ruiz y narraba el partido Héctor Quiroga; la Quina había guardado el partido a continuación de la victoria de Severiano Ballesteros en el Open Británico, ese mismo año. Lo vi tantas veces que acabé por aprenderme de memoria los planos. Al año siguiente yo mismo grabé el sexto y definitivo del triunfo de los Lakers en el Boston Garden, con aquel gancho del cielo que metió Kareem Abdul-Jabbar desde la esquina, desde la misma esquina. Y la ovación sostenida de la vieja cancha de los Celtics, con su tarima de cuadrados regulares y las paredes desconchadas de puro orgullo, cuando Kevin McHale hizo su sexta falta y se largó a casa derrotado pero con 36 puntos. Jabbar fue el MVP de aquel año. Yo creo que Jabbar es el mejor pivot que vi jamás, o el que más me impresionó de todos...

Así que durante el año miro la NBA de reojo y en abril me pongo en serio. Este año más que nunca, porque los Bulls han vuelto y los Bulls son mi equipo y lo han sido incluso durante esta larga travesía del desierto de la que ahora parecen surgir. Por fin, para aquéllos que fatigamos las madrugadas y los amaneceres durante el tiempo que duran seis anillos (guardo todos los vídeos de las finales), por fin un equipo del que podemos no sentir vergüenza. Los Bulls de Scott Skiles, un entrenador de aspecto improbable, un Rafa Benítez del baloncesto, se han llevado por delante 4-0 en la primera ronda de los playoffs al último campeón: Miami Heat. Verdad que Miami ha tenido un año de perros, marcado por lesiones en sus dos jugadores clave (Shaquille y D Wade), pero aún son Miami; el mismo equipo que arrasó a los excitantes Phoenix Suns en la última final. Un equipo con Jason Williams y Gary Payton de bases (ahora diremos que Williams es un loco y que Payton está de vuelta... pero el año pasado jugaron como ángeles); con Alonzo Mourning, Shaq y Antoine Walker por dentro; con Wade, Haslem o el francotirador Kapono por fuera; con secundarios como Posey... Y Pat Riley en el banquillo. El viejo y querido Riley, que ya salía en la cinta que yo vi en el 84, dirigiendo a los Lakers. Esos Miami Heat han sido devorados por la ola de Chicago, un equipo que cumple con el nuevo patrón de juego de la NBA: jugadores veloces, tiradores, atléticos, exteriores. Sobre todo exteriores. Luol Deng, Ben Gordon y Kirk Hinrich al frente. Un trío incontrolable, en el más amplio sentido de la palabra.

El patrón ha cambiado. La NBA ya no la ganan los grandes pivots, sino los jugadores exteriores, el baloncesto por afuera. El centro de gravedad del juego ha girado, y esto no lo digo yo. Lo dice el mismo Pat Riley, que fue campeón el año pasado con su decálogo de toda la vida + Wade, que hizo la diferencia: "Este juego se ha convertido en un juego de velocidad. Yo siempre he sido un entrenador orientado al juego interior, y el baloncesto me bendijo con la posibilidad de dirigir a cuatro de los mejores jugadores de todos los tiempos: Kareem (Abdul-Jabbar), Patrick (Ewing), Zo (Mourning) y Shaq (O'Neal). No sé hacerlo de otra manera". Riley hablaba de los Bulls, pero también de los Phoenix Suns (equipo al que tengo la esperanza de ver campeón, a no ser que lleguen contra los Bulls), de los New Jersey Nets (que viven de los enloquecidos Jason Kidd y Vince Carter), o de los emergentes Golden State Warriors (a los que aún no he visto pese a las vehementes recomendaciones de JSolans). Eliminado su equipo por las malas, la despedida de Pat Riley en la rueda de prensa fue de leyenda: "Nos vemos en algún lugar por el camino... o en la utopía". Sólo alguien como él puede decir algo como eso.

Así que ahí están los Bulls y yo lo celebro. Hacía siete años que ni yo ni nadie los veíamos pasar una sola ronda de playoffs: concretamente, desde aquella canasta final de Jordan frente a los Utah Jazz para el sexto anillo de la dinastía zen de Phil Jackson. El año pasado los Bulls dieron un aviso que observé con emoción, y acto seguido se llevaron un mangazo. En los últimos tiempos han fichado a Ben Wallace y a Nocioni, entre otros; no parecía suficiente pero, de acuerdo al principio Riley, era suficiente porque lo interesante había de hacerse por fuera: gente joven, vigorosa, atrevida, como Gordon, Deng o Hinrich, un base anotador, con tendencia a meter canastas arteras o rajarte de arriba abajo con velocidad y disparo. En algunos momentos recuerda al inagotable John Stockton con un par de velocidades más, las que Stockton había licuado en pura inteligencia y conocimiento. Con eso y algo más (Duhon, Sweetney, PJ Brown), los Bulls acaban de barrer a los Heat y jugarán la semifinal de conferencia contra un equipo de pellejo duro como Detroit Pistons, un equipo que tiene un poco de todo y un mucho de todo. Webber y Rasheed Wallace; Billups y Lindsay Hunter; Richard Hamilton (aquel jordanito de los Wizards que quería mandar más y tirar más que papá Jordan con 40 tacos), Carlos Delfino, el alargado Tayshaun Prince. Es decir, una roca.

Ahora que pienso en el principio Riley, pienso en que aquellos Bulls de Jordan ya eran el anticipo de una tendencia posterior: un equipo velocísimo, agraciado con un jugador sobrenatural como Jordan. Pero el principio ya estaba ahí. Los pivots siempre fueron secundarios encargados del trabajo sucio: Bill Wennington, Luc Longley, Horace Grant, Dennis Rodman o los viejos Charles Oakley o Bill Cartwright. El asunto de verdad se jugaba por afuera, en una defensa extraordinaria y sobre todo en las hipotenusas ocultas del triángulo ofensivo que había inventado Tex Winter, donde todo giraba en vórtice armónico en el que el centro de gravitación siempre era el mismo: John Paxson, Steve Kerr, Ron Harper, Toni Kukoc y desde luego Scottie Pippen. Todos en órbita con Michael Jordan...

Han vuelto los Bulls. Voy desempolvando las gorras de los días grandes, que llevan guardadas en una caja desde la madrugada en que Jordan hizo aquella paradita con suspensión con la que cualquier otro ser humano se hubiera reventado las rodillas.

[Foto: Luol Deng en actitud jordanesca: pasa por encima de Shaquille uno de los martillos exteriores de los Chicago Bulls, el jugador que ha tirado del equipo en esta victoria sobre el campeón Miami. En su tercer año en la NBA, Luol Deng se está consagrando a un nivel excelente].

Artistas, locos y criminales

Artistas, locos y criminales

[Mucho tiempo después del debido, dejo el artículo completo, tal y como apareció en MediaPunta a finales de abri y principio de mayo. El despertador para la memoria fue un comentario muy ajustado de un lector al que no conozco: reclamaba a Robinho (se puede ver en los comentarios) como entrada necesaria en este listado de malabaristas. Y Robinho, ciertamente, estaba incluido: desde luego con sus pedaladas... pero el pasaje en que se hace referencia a él dormía el sueño de los justos en la segunda parte del reportaje. La foto, como ya expliqué antes, muestra a Maradona en su eslalon frente a Inglaterra en el 86 y a Cruyff practicando su característico drag-back: menos mal porque me resultaba imposible explicar ese truco con palabras. Ahora sí: Artistas, Locos y Criminales. Todos. Y gracias al gran Osvaldo Soriano por el título, esté donde esté el Gordo].

De Puskas a Cristiano Ronaldo. Di Stéfano, Pelé, Gento, Maradona, Laudrup, Rivelino, Garrincha, Riquelme, Butragueño, Kerlon u Onésimo. Artistas, locos y puede que criminales. Los regates más famosos e implacables de la historia, del más rudimentario al más sofisticado. Y sus inventores. 

William Ambrose Wright había nacido en 1924 en Ironbridge, en Inglaterra. Desde juveniles y hasta el final de su carrera -un ancho período que abarca de 1941 a 1959- jamás vistió otra camiseta que no fuera la del Wolverhampton Wanderers, y fue el primer jugador en reunir más de cien internacionalidades con su país. El 25 de noviembre de 1953, Inglaterra jugaba frente a Hungría en Wembley. Billy Wright, rubio y prominente, tenido por el mejor defensa del mundo, contaba 28 años cuando persiguió hacia el lateral izquierdo de su área a aquel exterior zurdo de pelo aplanado y brillante. Cuando ya lo tenía contra el fondo largó el tackle, generosa invención defensiva muy celebrada en las tribunas del imperio. Entonces ocurrió algo raro: Wright no encontró el balón ni tampoco al jugador. El zurdo se había esfumado y con él, la pelota. Cuando Wright giró el cuello desde el suelo, vio al húngaro a su espalda... con el balón. Un segundo después ese tipo había soltado un disparo como un rayo al ángulo de la portería de Merrick. Hungría ganó el partido por 3-6, la primera e histórica derrota de los pross en suelo inglés. El zurdo repeinado se llamaba Ferenc Puskas. Y su maniobra -una pisada de fuera adentro, burlando a Wright en su vuelo rasante- venía a celebrar en un escenario monumental y resonante una jugada de larga tradición. No la inventó Puskas, pero su ejemplo muestra esta máxima: que el regate no es sólo belleza etérea o barroca, esteticismo, virguería, espectáculo, vacuidad de entretenimiento o coreografía de canchero. Es o debería ser, sobre todo, eficacia y concisión. Por eso no es fácil dar con un regate clásico de Maradona. Podía hacer cualquiera pero elegía lo más sencillo: irse, sin más. Si puedes eliminar a un defensor con una palabra, para qué contarle una historia entera. Lo que sigue es un retablo de hermosuras e invenciones, siempre bajo la obligación de la eficacia: los más célebres regates de la historia. Sus nombres y sus dueños.

El velocista: de Gento a Ronaldo
No es lo mismo correr que huir. No es igual alejarse que escapar. Paco Gento no se anduvo jamás con rodeos: su regate consistía en una reunión de sucesivos sprints, con la pelota como liebre. Nada más simple e implacable que irse por velocidad. De la Galerna a Ronaldo: el gordito ha sido el último rey de la aceleración con la pelota. Su descomunal potencia multiplicaba el efecto óptico de ese recurso. Jorge Valdano lo denominó así: el efecto manada.

El recorte: Maradona, Diego Milito, Rivaldo
Los mejores futbolistas acostumbran a sintetizar la belleza o darle un aspecto muy simple. Maradona burlaba a los contrarios de acuerdo a un principio sencillo: tocar la pelota cada vez a un espacio muerto, fuera del alcance del defensa. Toquecito al espacio, y otro toquecito al espacio, con la punta de la bota, justo antes de que el otro alcance el balón. La madre de todos los regates quizás sea el más elemental. Ese truco que no es truco lo frecuentan también hombres prosaicos como Diego Milito, que recorta siempre hacia dentro. Lo sabe todo el mundo, pero nadie lo contiene. Por más que lo anticipe, el defensa siempre sale mal parado. Rivaldo, otra figura estilizada, ejecutaba el recorte con ángulos muy acusados. Casi nunca le encontraron la hipotenusa, que era la pelota.

El cambio de ritmo: Johan Cruyff
Nada resulta más exasperante que lo que siempre comienza de nuevo. Lo que parece va a terminar y ya se está iniciando. Si el cambio de ritmo -figura cotidiana o rutinaria en la dinámica del fútbol- posee categoría de argucia es sobre todo por la primera jugada de la final del Mundial de 1974 en Munich. Holanda frente a Alemania. Hasta 17 toques consecutivos de los chicos de Rinus Michels... y la pelota a Cruyff. Pausa y carrera; pausa y carrera; pausa y carrera. A fuerza de pararse y seguir, Cruyff definió una extraña forma de regate y, lo que le importaba más, embromó rivales hasta llegar al área. Ahí Berti Vogts, cansado de que alguien engañase de ese modo a toda la Alemania Federal, lo bajó al suelo. Penalti y gol de Neeskens.

La paradita: Garrincha, Maradona, Butragueño
Si Cruyff les hacía a los defensas un ceda el paso, Garrincha, Butragueño o Maradona observaban el stop completo. El freno es el paso de cien a cero; del desenfreno al frenazo. Garrincha era un maestro, se detenía en seco y cambiaba de dirección como el que toma una bocacalle. Maradona dejó en España al menos dos paraditas mortales, las dos contra el Madrid: su célebre frenazo sobre la línea de gol contra Juan José, para luego empujarla a gol; y en la final de Copa del 83 en La Romareda: primero corrió a un balón largo de Schuster y, de pronto, cortó en seco el sprint con un único toque, un control de exterior. Despedido el rival, se la dio a Víctor y fue gol. Nadie olvidará tampoco el modo en que Butragueño suspendía el tiempo con la pelota al pie. Primero aceleraba y de súbito paraba frente al defensa, ya en el área, como si no se acordase bien a dónde iba. Ese sueño repentino del juego embrujaba al público y los rivales. El periodista argentino Sergio López lo subrayó mejor que nadie en el capítulo que le dedicó al Buitre en su serie Locos por el fútbol, para MediaPunta: "Procedía como un encantador de serpientes: los defensas miraban a la pelota y él miraba a los defensas. Sería interesante contabilizar la cantidad de goles que metió Hugo Sánchez entre gente distraída, incluso dormida, por su compañero. (...) En algún momento del partido los relojes marcaban horas distintas para el delantero y los rivales: en ese agujero se colaba el Buitre".

La pared: Alfredo di Stefano
Uno o muchos estaríamos dispuestos a jurar que casi todo el fútbol moderno lo trajo a Europa Alfredo Di Stéfano. El argentino derribó las fronteras del campo y la linealidad de las soluciones. A nadie se le había ocurrido antes a este lado algo tan sencillo como la pared, una gambeta a medias entre dos, aprendida en la calle con bordillos, muros y alféizares de ventanas bajas. La pared contiene el principio básico de este juego: tocarla e ir; uno dos; tuya mía; dame y vete. Muchos años después, un jugador del Barcelona definió así a Maradona: "Le pasas un ladrillo y te devuelve una pared".

El sombrero: Pelé
El mundo se quitó el sombrero el día que Pelé tiró un sombrero. Fue en la final del Mundial de 1958 frente a Suecia. El joven prodigio desanudó con el pecho un centro desde la izquierda y, cuando vino Axbom a cerrarle, le pasó la pelota por encima de la cabeza, en una parábola vertical, para recogerla a su espalda. La burla quedó completa con la volea consiguiente, más allá de Svensson. La jugada forma parte de la iconografía del fútbol. Desde entonces han volado miles de sombreros. Savio hizo dos seguidos en la frontal del área a Osasuna y luego pegó un empalme digno de Pelé. Ronaldinho les colocó tres seguidos (¡tres!) a dos defensas del Athletic, sin dejar que la pelota tocase el suelo, hace un par de años en el Camp Nou. Fascinó tanto a los dos vascos que a éstos no se les ocurrió ni pegarle. Lo que hubiera hecho cualquiera.

La finta o el amague: Garrincha
Usar el cuerpo para engañar, antes siquiera de tocar la pelota, constituye un principio básico del juego. Desequilibra al defensor y lo saca de la referencia directa y principal, que es el balón. El cuerpo forma parte del engaño, actúa como el capote de los toreros. Lo hacen muchísimos jugadores. Cani siempre amaga con la cintura y el abdomen antes de decidir por dónde se irá. Hay muchos ejemplos, pero nadie hizo de la finta un arte más rotundo que Mané Garrincha, el ángel de las piernas chuecas. El siete del Santos hacía la pausa y con él detenía al estadio entero, como una foto antigua. Parado, dejaba la pelota a medio camino entre el defensa y él mismo. Y luego, repetidas veces, amagaba la salida por un lado, para rebotar de inmediato a su posición original. Parecía una cuerda de goma. Boing para allá, boing para acá. Sin mover la pelota del sitio. El rival lo seguía y regresaba con él, como si fuera la imagen de Garrincha en un espejo. Cuando se había recompuesto, ya venía otra finta. Y otra y otra. Así hasta que quería Mané. Entonces se iba con la pelota. El tiempo y la evolución del fútbol han atemperado el impacto visual de muchos de los regates antiguos. Sin embargo, las fintas repetidas de Garrincha producen aún hoy el mismo vértigo fascinante.

El caño invertido: Pelé y el Beto Alonso
Fue en el estadio Jalisco de Guadalajara, en las semifinales de México 70. Uruguay contra Brasil. Acabó 3-1 para la canarinha, pero lo que se recuerda de aquel partido ocurrió con el resultado ya decidido. Pelé vio venir la pelota contra Mazurckiewicz, que salió a achicarle. El brasileño corrió hacia ella pero en el último instante resolvió no tocarla. Raro porque ese balón iba en dirección al portero. En realidad, Pelé lo dejó pasar entre sus piernas y siguió corriendo en dirección a la portería. El arquero de Uruguay se quedó parado y no supo bien a qué lado ir: la pelota siguió su camino por un costado y Pelé lo rodeó por el opuesto, para retomarla. Luego, muy escorado, tiró fuera. Una jugada que hizo historia y consagró imitaciones. La más famosa en Argentina es la del Beto Alonso, figura de River, en un partido en que la Banda le propinó a Independiente la goleada más espectacular de la historia (7-2). En uno de esos goles, el Beto recibió un pase y amagó rematar, pero en cambio dejó correr la pelota y pasó por detrás del arquero Santoro. Alonso siguió la jugada, alcanzó el balón y lo depositó con dulzura en la red. Últimamente, Uche se ha inventado una variación sin autotúnel ni amago de remate, pero sí con un engaño del cuerpo: el nigeriano la llama, con buen sentido en un lugar como Huelva, la banderilla.

El Drag Back: otra vez Cruyff
Quizás el regate más característico del holandés. Muy reconocible, pero complicado de definir. Con el cuerpo de medio perfil frente al defensa, Cruyff amagaba un pase rutinario atrás con el interior. En el último momento, cambiaba de idea y giraba el tronco con violencia, para tocar la pelota con el talón en la dirección opuesta a la anunciada, por detrás de la otra pierna. Como todo el cuerpo había participado en el engaño con un escorzo exagerado, el defensa seguía a Cruyff y olvidaba el balón. La pelota salía limpia al hueco y Cruyff, tras ella. Explosivo y altanero.

El túnel, el caño, la sotana: universal
La gambeta más celebrada, en un estadio o en el barrio. La más humillante. La más feliz. La más arrogante. La más callejera. La más universal. Un pequeño gol al defensa. Una victoria individual.

El autopase: Caniggia, Messi
¿Hace falta definirlo? La más afortunada tentativa de burla contra el viejo principio de los defensas: o pasa la pelota o pasa el hombre, pero los dos no... Hecha para velocistas explosivos y temerarios. Se juegan la vida, nada más. En el autopase la pelota va por un costado del defensa y el hombre por el otro. Y los defensas tienden a buscar la carne para asegurarse la victoria moral y la física.

La bicicleta: Di Stéfano, Ronaldo, Cristiano y Robinho
Di Stéfano parecía bailarle a la pelota: le pasaba las piernas por encima y ese gesto enardecía a los estadios y ponía en los defensas un nerviosismo paralizante. Recurso básico en los espacios reducidos o en campo abierto: las bicicletas son para el verano y todas las horas, la banda o el área. El saludo inicial de Cristiano Ronaldo al defensa siempre es una bicicleta. Robinho puede tirar cuatro o cinco seguidas antes de tocar la pelota un poquito hacia la izquierda, para irse. En Brasil era O Rei das pedaladas. La bicicleta más feroz que uno recuerda fue la que le hizo Ronaldo con el Inter al portero del Lazio, en la final de la UEFA que jugaron los dos equipos italianos en 1998 en París: el gordito afrontó a Marchegiani desatado a la contra, a toda velocidad. Uno contra uno. Entró contra el portero hecho un frenesí humano y le largó un par de bicicletas tan sensacionales que el portero se fue al suelo hecho un guiñapo, mareado y vencido. Ronaldo pasó de largo como un tren de mercancías y se limitó a dejar la pelota en el gol. El 3-0 definitivo.

La cola de vaca: Romario
Giro de medio lado con la pelota envuelta en el interior del pie, de dentro afuera, siempre embebida y oculta a cualquier posibilidad de que el defensa la alcance. Una jugada clásica de los grandes dribladores suramericanos, y en especial de los brasileños. Ellos le dicen Rabo de vaca. Tanto da. La verdad es que no hace falta ni molestarse en describirla porque su encarnación es también universal y en España la recuerda cualquiera. Cola de vaca: dícese de aquello que Romario le hizo a Rafa Alkorta en el 5-0 del Barcelona de Cruyff al Real Madrid en el Camp Nou.

La elástica o el chicle: Rivelino, Ronaldinho
De la cola de vaca nace la elástica, el regate definitorio de Ronaldinho, si es que puede haber alguno. Es una evolución del anterior. En lugar de envolver la pelota en el interior del pie para hacer el giro, aquí el toque inicial viene hacia fuera con la puntita de la curva externa, para recogerla de inmediato con el interior y cambiarle el sentido hacia dentro. Un juego de muñeca hecho con el tobillo. Una variación rápida como un látigo, menos armónica pero más sorpresiva, si cabe, que la cola de vaca. Cuartero sufrió la más notable que ha hecho Ronaldinho en España, pero nada es nuevo en el fútbol. Ronaldinho admite: "La primera vez que la vi fue a Rivelino". Rivelino, aquel 10 bigotudo que heredó de Pelé el cetro dorado de Brasil.

La boba: D'Alessandro
Al Chacho Coudet le fascinaba verlo. D'Alessandro le tiraba la boba en los picaditos de River y Coudet se partía de risa, en lugar de defenderlo o enojarse. Ese regate tenía y tiene algo de humorada infantil, un cierto gamberrismo. No es un quiebro, es una travesura. Dado que el argentino del Zaragoza es un miniaturista del juego, la boba viene a ser la elástica concebida en una baldosa, en espacio mínimo, y a una velocidad invisible. D'Alessandro la hace por costumbre o defecto, casi de manera involuntaria: cada vez que enfrenta a un defensa le plantea primero esa pregunta. Parece que le estuviera midiendo los riñones o diciéndole: "¿Te gusta lo que sé hacer?".

La pisada: Moreno, Puskas, Riquelme
El húngaro la mostró al mundo en Wembley. El Charro Moreno llevaba años pisando pelotas en Argentina. Maradona hizo dos pisadas formidables en el medio campo en su famoso gol a Inglaterra en México, antes de partir a ese eslalon portentoso. Jimmy Johnstone metía suela como un niño en el Celtic campeón de Europa en 1967: iba y venía en un sentido y otro, girando sobre sí mismo y haciendo girar a los defensas como trompos, antes de arrancar con el impulso de una centella. Pero pocos han pisado la pelota como Riquelme, que juega con ella como si rebozase carne picada en pan y huevo. La pisada con caño de espaldas que le endilgó a Yepes, de River, podría ser una de las jugadas más displicentes que jamás se vieron. Y una de las bromas más acabadas de la historia del humor. Riquelme no crea fútbol, lo amasa. Hace albondiguitas con los pies y luego las pone en la tartera del área a fuego lento.

La ruleta: Zinedine Zidane
En algún momento, la pisada derivó en la ruleta. Como los perfumes caros, como las perlas en el cuello de las damas, como el champán frances, la ruleta define una inequívoca forma de elegancia. En su Fútbolcedario, Alfredo Relaño anotaba estas dos entradas: "Nueve: Zarra"; "Gol: Zarra". Bajo ese patrón, y siguiendo el razonamiento, cabría igualar la elegancia con un nombre: Zidane. Nadie ha hecho de la ruleta el armónico espectáculo logrado por Zidane. Un dribling en el que el jugador pisa la pelota con un pie y luego con el otro, para después girar 180 grados sobre ella, arrastrándola bajo las dos suelas para recuperar la dirección en posición ventajosa. El eje del movimiento no ha variado, pero sí la circunstancia. Majestuosa e indefendible, la ruleta exige un control exacto del cuerpo. Y nadie como Zidane ha acomodado su esqueleto a los vaivenes de la pelota.

La foca: Kerlon
Como los pájaros de colores o los insectos miméticos, la foca es producto del exotismo tropical. Ponerse la pelota en la frente y conducirla en carrera, pasando rivales mientras se sostiene el balón sobre ese hueco mínúsculo que antecede a la península de la nariz. Lo raro es que no se la rompieran al brasileño Kerlon, del Cruzeiro, cuando la dio a conocer en el Mundial sub-17. Los médicos le aconsejaron enseguida que no la repitiese: corría peligro de que algún defensa con la dignidad menoscabada le partiera la crisma.

La croqueta y el aguanís: Laudrup y Raúl
El madridista Raúl identifica su gol en la Intercontinental contra el Vasco de Gama como un instante "trascendental" en su extensa carrera. Viniendo de izquierda a derecha, Raúl enfrentó al portero con la zurda y le hizo un amague de tiro que convirtió en un regate horizontal al espacio, envolviendo muy leve la pelota en la curva interna del pie. El portero se quedó en el primer embuste y ya no regresó, salvo para sacarla de las redes. "Cuando jugaba de niño, mi padre me daba un aguanís cada vez que hacía un regate", contó Raúl cuando le preguntaron por el singular truco. El muchacho de la colonia Marconi era ya el héroe castizo por excelencia. En otro nivel, la danesa frialdad de Michael Laudrup hacía de ese regate una maravilla cotidiana, con un nombre de andar por casa: la croqueta. Era su modo de conducir la pelota, finísimo, delicado. En El Sadar completó una estupenda con su guarnición preferida: un pase de cuchara con el exterior a Romario, mirmirando a otro lado. Gol de O Baixinho, claro.

La noria: Osvaldo Ardiles
Para encontrarle el nombre hubo que preguntarle a mucha gente. Nadie sabía bien. Todo el mundo identifica esta gambeta con una larga perífrasis: ese regate que les hace Ardiles a los alemanes en la película Evasión o Victoria, de John Huston. Ah, sí... Dejarse el balón a la espalda y, con el tacón de un pie y el interior del otro, levantarlo en el aire como un globo de gas, pasándolo por encima de la cabeza para que caiga por delante de nosotros, a los pies. La forma más artística y florida del autopase. La hacía Hugo Sánchez de muerte en los calentamientos; la frecuenta Jay Jay Okocha en el Bolton. Okocha nunca ganó nada, pero se lo pasa como un indio jugando al fútbol y haciéndoles esas cositas a los rivales. La de Ardiles fue de película. Pero, ¿cómo se llama ese truco que todos los niños intentaron desde siempre? En Argentina le dicen a esto la bicicleta, y lo que hace Robinho sería la media bicicleta. El nombre final se lo debo al memorioso José Antonio Martín Petón: "Me parece que a eso se le llama la noria", me aseguró por teléfono. Y si no es la noria, le cae perfecto.

El taconazo: Di Stéfano, Savio, Redondo
Un compañero de profesión me contaba hace poco, ufano: "Yo estuve en ese partido en Old Trafford en el que Redondo hizo aquel regate de tacón". Todo el mundo se acuerda: el partido es el que el Madrid le ganó al Manchester United en la Champions de 2000, una exhibición que el público inglés saludó ovacionando al equipo blanco. De camino a la línea de fondo, Redondo se hizo un autopase extraordinario con un taconazo eléctrico, llegó al límite del campo y se la dio a Raúl atrás para el gol. Parece necesario verlo, no basta explicarlo. Hay tanta potencia, decisión y clase salvaje en el regate que las palabras no alcanzan. Savio acostumbra a hacer una pequeña revisión de esa jugada con el talón para cambiar de dirección y salir de la banda hacia el carril central. Luego conduce en libertad. Sin embargo, el juego de tacón siempre tendrá un dueño: Alfredo Di Stéfano. Fue el precursor, el primero que engañó a un portero en España con la espalda del pie: uno de sus goles más famosos, al Valladolid.

La cuerda: Onésimo, Laudrup, Butragueño
Pasarse la pelota de un pie a otro para eliminar a un contrario. Dicho así parece sencillo, pero si usted lo intenta en casa lo más probable es que se le enrosquen los pies y caiga de bruces. Onésimo, el jugador peonza, lo hacía de locura. Enlazaba una cuerda con otra hasta perder la cabeza y la pelota, que en su caso venía a ser lo mismo. Laudrup llevó ese regate a palacio con su elegancia de cortesano. Pasaba a los defensas como si estuvieran compuestos de aire. Pero había de ser Butragueño, con su singular sentido histórico, el que enmarcó este dribling para la posteridad en su remontada de la línea de fondo en Cádiz, el día que debutaba con el Madrid. Miguel Pardeza vio toda la acción en silla de pista y se pasó la jugada pidiéndole la pelota al Buitre para acabar el gol. Pero el niño angelical tenía otros planes. Desde el lateral del área y subido en la cal, Butragueño fue largando cuerda y pasando rivales hasta dejar la pelota en la portería, junto al primer palo. Lo hizo con la misma modestia con la que una madre pone en la ventana un bizcocho recién horneado, para que se enfríe.

Postdata: La rabona no es un regate ni una gambeta, pero si no aparece aquí estaremos olvidando quizás la mayor broma, con el caño, que ha producido el fútbol. Un golpeo (para pasar, para tirar, para centrar) con un pie por detrás de la pierna contraria. Para partirse las rodillas, bah... Las rabonas de Rivaldo, las de Maradona: aquél centro de rabona a Ramón Díaz para el gol. No es un regate, no; pero no incluirla aquí sería de criminales.

El don celestial, el planeta inolvidable

El don celestial, el planeta inolvidable


Somniloquios también puede incurrir en la previsibilidad, como ahora: ¿Usted prefiere el gol de Messi al Getafe o el de Maradona a Inglaterra? Es decir: ¿Prefiere usted El caballero de la mano en el pecho, de El Greco, o La Gioconda de Leonardo? ¿La Quinta o la Novena sinfonía de Beethoven? ¿Start me Up, de los Rolling Stones, o Yesterday, de los Beatles? ¿El Elvis jovencito de las caderas de goma o el seductor adiposo con capa de Las Vegas? Pensémoslo en esos términos. Yo haré algunas consideraciones para abrir fuego. Son demasiado minuciosas, ganas de contar cuántos pelos tiene un coco, pero ¿no es ese es el sentido de un blog? Yo diría que el de Maradona lo eleva el escenario: un Mundial de fútbol, y frente a Inglaterra. La portada de El Gráfico, que reproduzco aquí al lado, refleja el sentido de aquel gol y la victoria; el gol de Maradona frente a Inglaterra conserva la fuerza representativa del momento cumbre de un jugador cumbre. Ese camino aún lo tiene que recorrer Leo Messi. Por lo demás, me asombra la similitud de ambos goles, porque el hecho de que Messi casi reproduzca exacto el gol de Maradona roza lo mágico; un episodio lleno de simbolismo, algo a lo que el fútbol nos tiene muy acostumbrados.

A lo largo de los años, de ver y pensar el fútbol, he llegado a considerar que este deporte posee plena conciencia de sí mismo, de sus propias leyendas, del significado de los mitos, de su necesaria renovación, del influjo extraordinario de los sueños y la posibilidad de repetirlos: por eso permite cosas como ésta; por eso es posible que Messi repita el gol de Maradona. No que alguien lo repita, no, sino que lo haga precisamente Messi: otra vez un argentino, y también en el Barcelona; otra vez un muchacho de cuerpo recogido, y sobre todo el chico al que se le había puesto encima el cartel de Maradona. Por lo demás, los detalles se repiten sospechosamente, como si el gol de Messi y el de Maradona constituyeran dos lados opuestos de un mismo pliegue de la realidad. Veamos... Ambos parten del mismo lado y casi copian el mismo viaje. Los dos se van a festejarlo casi exactamente al mismo lugar del campo, como si existiera una predeterminación trascendental. Tal vez Messi tuviera la idea exacta de lo que acababa de hacer y lo que correspondía. Tengo para mí que la grandeza definitiva de ambos goles está en el regate al portero, que es como una guinda definitiva y diferenciadora. El truco final, el prestigio, como le dicen los magos. Sin esa elección final (pasar al meta y casi meterse adentro) el gol sería un gran gol pero no sería el gol de Maradona, que ya no es tanto un gol como un patrón, un canon, una cima. No sé si me estoy explicando. Si acaso, enlazo aquí a un repertorio de algunos de los mejores goles de la historia, según elMundo.es, que tal vez me ayude, sobre todo con un par de goles de Ronaldo en el Barcelona. Agrego que hay uno de Ibrahimovic al NAC Breda pero de-lo-cos... Y de regalo pongo el de Andrés D'Alessandro a Gimnasia y Esgrima de La Plata, cuando jugaba en River. Pero mi conclusión es ésta: no es igual acabar con un tiro cruzado contra el portero, que dejar al portero tirado en el cruce. O sea.

Eso distancia a Maradona y Messi del resto. Sus dos goles están basados en la explosividad y un poder de repentización casi animal. La velocidad sobre la velocidad. Marchas adicionales, cambios de ritmo que se superponen a otros cambios de ritmo. Por eso dan la impresión ambos de regatear a pocos futbolistas contrarios de camino al gol, porque a los otros no les alcanza para ponerse por el medio. La partida es casi idéntica, aunque esa doble pisada de Maradona en redondo y su salida como un disparo resultan alucinantes para mí. Me gusta el regate de Messi a Alexis (creo que es lo mejor del gol), esa palanquita con el exterior que le mete a la pelota para cambiar de dirección; y me parece más difícil, más ajustada, con menos ángulo, la finalización de Maradona, porque llega al área algo más escorado y el portero inglés le achica mucho mejor: no nos extrañemos, hablamos de Peter Shilton en un caso y de Luis García en el otro. Alguna diferencia tiene que haber.

Así que... el Greco o Leonardo. Jagger o Lennon. O mejor, Lennon o McCartney... En fin, que ahí van los dos goles. El de Maradona y el de Messi. Y los dos juntos, en paralelo, para quien sea capaz de disociar la mirada en dos planos distintos, que los hay. Víctor Hugo Morales aparece inevitablemente, al fondo. Su relato ya forma parte del gol de Diego en México 86 . Antena 3 convocó al célebre locutor argentino para que improvisase un relato del gol de Messi: lo he visto pero no lo encuentro por la red. En el original de Diego, VH decía aquello de "barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar ahí caído a tanto inglés?". En el que le hizo ayer al gol de Messi, crea otra imagen memorable cuando define al Pulga como "satélite del planeta inolvidable". Naturalmente, el planeta inolvidable es Maradona. Como cantaba Calamaro: los dos tienen el don celestial.

El Zaragoza se atreve con todo

El Zaragoza se atreve con todo


Para regodearnos un poco más, y con escasa vanidad por mi parte, dejo como es costumbre la crónica del último partido. Más que eso me interesa esta reflexión de hoy en AS sobre
La lucha por la Liga: ahora ya somos candidatos reconocibles y, encima, hay acuerdo en que el Zaragoza es el que mejor juega en estos momentos. Naturalmente, eso no nos asegura nada, salvo un relativo orgullo. Yo lo miro del otro lado: no sólo jugamos bien, insisto, sino que sobre todo resulta muy complicado ganar al equipo de Víctor Fernández. Valores fundamentales. Al menos, después de años de aburrimiento y desesperación ocasional nos llega la ocasión de divertirnos durante nueve jornadas. De sentirnos algo. Va la crónica...

Zaragoza, 1-Barcelona, 0
29ª Jornada de Liga
www.as.com 

Rijkaard pasó la noche haciendo restas en lugar de sumas. Su alineación venía a ser una cábala, un amuleto, un cálculo supersticioso que jugaba a invocar la suerte del partido de vuelta de la Copa. Sin Etoo en el campo, repitió la escena: tres defensas y Ronaldinho de nueve. Enseguida resultó evidente que el entrenador azulgrana había llenado el campo no de jugadores, sino de farolas tristes que el Zaragoza pasaba como el tren pasa los postes de teléfonos. Ese error de principio -tal vez de principios- obligaría al Barcelona a caminar todo el partido de espaldas, a jugar el encuentro en dirección contraria, a deshacer el ovillo y acumular una renuncia tras otra. Mientras, el Zaragoza construyó una victoria expresa en un solo gol, pero concebida en múltiples direcciones. Frente a la pálida grisalla azulgrana, jugó al fútbol total (el fútbol que atiende a todo y a todos, y que solventa cada necesidad con un tanto de inteligencia y otro de oficio); con un espíritu elevado y prendido de la inspiración de soñadores infatigables como D'Alessandro y Sergio García.

Fue un guiño poético que el gol de la victoria casi no tuviera nombre, que nadie supiera bien quién lo metió de verdad. Medina Cantalejo se lo anotó en el acta a Diego Milito y eso va a misa, pero... ¿entró sola la inverosímil pelota de D'Alessandro? ¿La acarició Diego en ángulo imposible? ¿O la empujaron a la red entre Puyol y Víctor Valdés? Nada de eso nos importa, en verdad. La lírica de esa mínima ausencia en el relato tiene que ver en el fondo con el merecimiento: ese gol debía ser de todo el Zaragoza. La victoria de anoche le subraya a este equipo que sus sueños son posibles, incluso los más perentorios o los que tienen la forma de una locura. La Champions. O más allá. En realidad, fue el equipo de Víctor el que hizo esa entusiasta proclamación. Y la elevó con un partido redondo como un planeta, como un balón de fútbol.

Cambio táctico
El Zaragoza estuvo en todo y en todo bien. Para empezar, se comportó con una entereza posicional que no ha tenido otros días. Víctor cambió el dibujo a un par de pivotes y tres medias puntas, con el fin de repartir mejor los espacios y plantarle una tupida malla al Barça: con ese plan le anegó todas las vías al campeón, le quitó frescura porque lo obligó a considerar segundos y terceros pensamientos, e instaló a sus figuras en un desmesurado aislamiento. El Zaragoza protegía sin desmayo cada rincón del partido, anticipándose a la pelota y a las ideas: apretaba en el fondo (colosales Piqué y Gabi Milito), en los lados y en el charco del centro. Cuando el Barça empezaba a equilibrar ese ímpetu y parecerse en algo a sí mismo (Rijkaard regresaría en el descanso a la defensa de cuatro), el Zaragoza tuvo la merecida fortuna de marcar. La que no había tenido en su prolija primera parte, cuando D'Alessandro o Diogo o Sergio García o Gabi Milito se aproximaron al gol sin concluirlo. El 1-0 nació en una jugada residual, un saque de banda del que D'Alessandro, el instigador de la noche, obtuvo un centro de posibilidades escasas, un pase de puro escapista tras dejarse rodear. No se sabe bien cómo pasó la pelota ni cómo Diego la alcanzó antes que Puyol y Valdés. Ese misterio, sin embargo, fue irrefutable: no hay quien le discuta un gol al marcador.

La estatura del Zaragoza alcanzó su última demostración en el modo de administrarlo, con la pelota y asustando, con una renuncia decidida a la pasividad. Desde luego el gigante se desperezó, claro. Deco remató una vez contra un César proverbial, y Messi se dejó un gol que negaron a la vez César, Juanfran y Piqué, reunidos sobre la línea en plegaria final. Un empate le hubiera mentido a la noche y al fútbol. De este partido quedan algunas verdades: Etoo sufre lesiones psicosomáticas: un día se quiso ir de La Romareda y ahora no acierta a volver; Rijkaard interiorizó la nostalgia de su goleador en un confuso ovillo; y el Zaragoza lo desmadejó. La hinchada aragonesa acabó el partido cantando su himno y los héroes se marcharon silbando... No soplaban El Puente Sobre el Río Kwai, no. En realidad, su alegre tonada se parecía al himno de la Champions.

En memoria de Andrés D'Alessandro

En memoria de Andrés D'Alessandro


Voy a celebrar el partidazo del argentino el sábado con una semblanza que escribí en AS a su llegada al Zaragoza. Algo ditirámbica, puede ser, pero me interesa recuperarla porque invoca otro misterio sobre el que algunos con pocas cosas que hacer hemos reflexionado en los últimos tiempos: ¿Dónde quedó el D'Alessandro que jugaba como una pulga atómica en River Plate? Sergio López también analizaba el caso el pasado viernes, de forma algo profética, en
Equipo. Su retrato de esta semana se llamaba así: Golpeando a las puertas del cielo. Lo podéis visitar en el enlace y os recibirá encantado, con la mayor cortesía. Mientras, dejo aquel panegírico que le hice a D'Alessandro en su día, un texto que venía a celebrar la memoria del jugador que fue Mandrake en su irrupción fulgurante en Argentina; y la esperanza de que repitiera esas cumbres en el Zaragoza. Las que rodeó frente al Barcelona, el sábado. Como veis, soy un ventajista. De todos modos, hace rato que Andrés está jugando muy bien. Y de paso podemos discutir si el Zaragoza debe quedárselo en propiedad o no...


El mago Mandrake

Al Chacho Coudet le divertía ver cómo lo hacía. Cómo pisaba la pelota, dejándola muerta un instante para mostrársela al rival. Luego la pisaba de vuelta y la ponía en la otra pierna. Después la repetía por el mismo procedimiento, en dirección opuesta. Enseñar, esconder, enseñar, esconder. Cierto día la hizo tres veces en un partido. Tres. Las televisiones repitieron la virguería hasta gastarla y el Chacho se fijó en la cara de los rivales: a todos se les ponía cara de bobos. De ahí surgió el nombre del personal regate: la boba. Empezaron a decirle Mandrake. Como a Trobbiani. Como al mago de cómic inventado por el viñetista Lee Falk en 1934. El prestidigitador Mandrake (atildado bigotito, cabello repeinado) hipnotizaba a los villanos. Andy D'Alessandro hipnotizaba con su ilusionismo atrevido de niño feroz. También a Maradona, el patrón argentino. Y a Pelé: "Es el mejor joven que he visto en Argentina", dijo cuando la sub-20 de Pekerman ganó el Mundial.

Como ocurrió con Messi, D'Alessandro hizo su carrera hacia el estrellato en dirección contraria. Había llegado a River a los 14 años desde el barrio. En la escuela secundaria repartía pizzas. En 1999 Pekerman lo llevó a una gira de las inferiores de Argentina por Inglaterra, y el West Ham se volvió loco: ofreció cuatro millones de dólares. River dijo sí. Luego dudó y cambió la mano. Pidió siete. Andy volvió a casa. Trayectoria inversa: el interés extranjero y el título mundial habían llegado antes que la Primera de River. Luego todo comenzó a ordenarse velozmente. Debutó el 28 de mayo de 2000. El primer gol se lo dio el Burrito Ortega en septiembre de 2001, frente a Estudiantes (3-0) y lo acabó de puntera, sin énfasis, para gritarlo abriendo brazos y palmas, como Tardelli en 1982. A los 21 era capitán de la Banda. Jugó tres años, hizo nueve goles y distinguió su figura en la profusa cantera argentina: cuerpo alargado, la cabeza pelada que le otorgaba cierta eminencia, como un subrayado. Velocidad, explosión, partida desde la izquierda y con la izquierda, y un misterioso sentido de los espacios. Algo de gol, pero sobre todo un fútbol sedoso, de instinto animal, constructivo, muy orgánico. Feliz.

Marcelo Bielsa lo puso 23 veces en la selección mayor. Ganó los Juegos de Atenas  y fue subcampeón de la Copa América. Alguien lo confundió con Maradona, pero eso suele ocurrir. Entonces se lo llevó el Wolfsburgo y Mandrake perdió las referencias, los trucos y la niñez. Su entrenador era Klaus pata de mula Aughentaler, aquel alemán del Bayern que le pegaba a la pelota con rotundidad germana. Dos años y medio en un túnel. En enero pasado River lo quiso repatriar y lo inscribió, pero fue cedido al Portsmouth. Lo quería Harry Redknapp: lo había visto por primera vez en 1999, en la gira inglesa de una selección menor argentina. Entonces Redknapp dirigía  al West Ham. Y aún seguía hipnotizado por lo que le vio hacer a Mandrake.

Diego se olvida la puntilla

Diego se olvida la puntilla

Últimamente tengo el desmayo primaveral o poco tiempo para pensar con frivolidad, el ingrediente básico de Somniloquios. De ahí que a ratos me quede callado, mirando a la pared blanca de este blog sin saber qué decirle. Mientras se me pasa, voy a mirar a otro lado y largo aquí un par de crónicas del Zaragoza en las últimas semanas: el alegrón del Atlético y la rutina de Getafe. Los dos titulares tienen por protagonista a Diego Milito, desde perspectivas diferentes que en el fondo resumen al Zaragoza. Diego marca la estatura del equipo este año por encima de cualquier otro jugador. En realidad, creo que la temporada tiene dos nombres ineludibles: Gabriel Milito y Diego Milito... Con el paso de los días, o con la lluvia, me ha agarrado una cierta amargura porque me parece que no fui justo con Diego en esta última crónica. Titulé con su error frente a Abbondanzieri, que hubiera sido el 0-3 y seguramente la sentencia, y de ese modo autoricé la impresión de que el decepcionante empate lo tenía por responsable. Los titulares implican una inevitable reducción de toda la realidad de un partido; a veces, incluso de toda la realidad. Elegirlos supone un ejercicio algo agobiante de precisión, justicia, encanto, periodismo y razonamiento espacial: en la caja cabe el texto que cabe. La crónica argumenta el partido mucho mejor que el titular. Ya sé que tampoco las victorias lo tienen por único responsable, pero me molesta por Diego... También por Celades, al que juzgué con severidad quizá merecida, pero muy decepcionante para mí. Celades siempre me ha resultado lo que es: un muchacho educado, inteligente y responsable, con ese trato nítido de las personas bien formadas. También un futbolista muy apreciable para el Zaragoza. Ahora no está dando lo mucho que dio el año pasado en un largo tramo de la campaña, así que ese cero me salió del alma... Si es que los periodistas tenemos de eso. 

Por cierto, hace días que quería poner la grabación de YouTube del espectacular final de partido en las gradas con el Atlético: toda la hinchada cantando el himno del Zaragoza durante diez minutos, como nunca lo habíamos oído. Lo recojo ahora: el zaragocismo entusiasmado. No hay mejor modo de alegrarse que ese o una foto reciente de Halle Berry en Madrid, que tengo en la recámara para traerla en cuanto vea la ocasión. Mientras, cuento los dos últimos partidos. Ahí van.

Getafe, 2-Real Zaragoza, 2
Liga, 27ª Jornada
 

Empate decepcionante, tras el 0-2 - El Matador erró el tercero, que era la sentencia - La lesión de Sergio debilitó al equipo - Empataron Manu y Casquero

Casquero ajustó el 2-2 con un martillazo resonante, como si concluyera el montaje de un armario. Y de rotundo que fue el zurdo, ya nada se movió de su sitio. El Zaragoza no aprende a consumar los partidos: autorizó un democrático empate después de tomar una serena ventaja de dos goles. Tal vez no haya que hacer demasiadas preguntas a esa naturaleza despareja, que podríamos explicar por la ley natural, conveniente excusa filosófica: si no le hubieran remontado cinco partidos y empatado otros en los que también estuvo en ventaja, a esta hora el Zaragoza  le llevaría diez puntos a esos advenedizos del Barça. Y, la verdad... no está para tanto. A veces uno incluso tiene la tentación de preguntarse cómo hace para estar quinto, pero entrar en esa duda sería de tontos o de amargados.

El empate parece insuficiente a la vista de las circunstancias de la primera parte o de que viene el Barcelona. Para la relativa amargura que siempre es un empate vale cualquiera de esas dos perspectivas. Una victoria ayer hubiera dejado al Zaragoza en condiciones de manipular un tanto sus necesidades el sábado próximo. Hablamos de un equipo contradictorio, o con varias naturalezas en una misma: su defensa parece implacable, y sin embargo el global del equipo comunica una impresión de condescendencia excesiva, como le ocurrió ayer. A ratos parece que está clasificado muy alto para sus condiciones, y otras veces diríamos que le llega para subir incluso un par de peldaños... A menudo le falta algo en los partidos. Le falta ese poquito más... Ese poquito más que distingue las castas en un campeonato largo como la Liga.

Vayamos al partido. Explicar el fútbol por lo que podría ser y no fue no sirve de nada. Estrictamente, el empate se resolvió en el medio campo. Tanto por las actuaciones individuales, como por la táctica y el cambio que determinó la lesión de Sergio, que tuvo un impacto decisivo en la curva descendente del Zaragoza. Dirigir un medio campo es para Schuster lo que para Napoleón una partida de Risk: lo sabe todo. A Víctor le inquietaba la autoridad que el alemán ha comunicado al Getafe ahí, de forma que puso a Piqué para rellenar los espacios en los que el equipo azul encuentra sustento. De esa negación le salieron dos afirmaciones: una media vuelta de Sergio García (dejada sutilísima de Aimar con la cabeza); más la comba larga y mentirosa de D'Alessandro, que se comió el Pato con toda la guarnición.

Detalles
El foco del partido caía sobre los goleadores, pero habían marcado dos secundarios de lujo. Güiza y Diegol hicieron un partido capicúa: se dejaron al menos un tanto por barba y estrellaron su denodado esfuerzo contra dos centrales soberbios. Alexis expuso un ímpetu muy bien repartido; Gabi ratificó que, para él, los partidos no contienen espacios superfluos. El fútbol es una vida en miniatura, lo que te pasa mientras haces otros planes... Diego erró el tercero al afectar demasiado un toque frente a Abbondanzieri; y luego, entre Diogo y Zapater perdieron un balón que el Getafe usó para una contra y el cabezazo de Manu en el segundo palo. El 1-2. Vino el relevo de Sergio a la puerta del descanso. Entró Celades y Piqué fue atrás.

El Getafe supo disponer muy bien de esa ventaja imprecisa, encarnada en el crecimiento de un Casquero que acabó de capitán general. El choque se hizo fútbol pendular y descarnado, abierto, y acabaría subrayado por una cortina de lluvia poderosa. Antes, Alexis sacó en la raya un gol de Sergio y luego César le quitó otro a Alexis. Agitación, juego subterráneo, tobillos rascados. Pérez Lima, desaforado con las tarjetas en la primera parte, se las guardó cuando más falta hacían. A esas horas Casquero ya había hecho suya la plaza. En uno de sus autoritarios avances miró al frente, midió ángulos y fuerzas... y pegó el martillazo. A toda la escuadra. Luego se puso a llover una lluvia escrupulosa y los dos equipos se resguardaron un tanto. Quedaba mucho rato para ganar y también para perder. El empate servía para negar al menos una de esas dos posibilidades.

Diego sopla las velas

Real Zaragoza, 1-Atlético, 0
Liga, 26ª Jornada

El Zaragoza celebra sus 75 años a costa del Atlético - El gol del argentino acerca la Champions - Hubo más patadas que juego - El campo reventó de júbilo

Zeus raptó a la bella Europa oculto en la forma hermosa de un toro blanco como el alba, como aquél que aliñó Antoñete, torero de Madrid, en su más célebre faena; toro blanco como Diego Milito, que en la única jugada de la tarde le interesó al Atlético la femoral y lo que cuelga en los alrededores. Podría ser, si pensamos que el partido mezcló mucho huevo y poco fútbol, lo que hizo que saliera desleído y blandito, como sin molde: el Zaragoza, en una entrega desesperante de la pelota y los espacios, y el Atlético en una versión deprimida de sí mismo, la de los domingos pares. Ese gol, ese golazo de Diego Milito supuso una rotunda obra de arte en medio de un encuentro de trazo grueso, un retablo de frustraciones diversas, con los artistas hechos aire: Aimar, Torres, Agüero... Nada.

La tarde parecía liviana y primaveral, pero los jugadores se pusieron trascendentes enseguida, y en el fútbol la trascendencia adquiere formas singulares: como boxeadores arteros, los dos se buscaron las zonas blandas. Los fuertes golpearon a los débiles. Sergio le rascó los tobillos a Gabi, Pernía empató en la tibia de D'Alessandro, y Diogo pegó a pares, una a Jurado y otra a Pernía. Cuatro tarjetas en 23 minutos. Luego la cosa se remansó pero, con esa apertura, el Zaragoza había mostrado ya su arista cortante, inesperada en los equipos generosos con el juego.

Cinismo
El Atlético tenía un central portugués y otro brasileño, relativo exotismo del que cualquier clásico podría desconfiar. El gol nació precisamente en una salida de zona de Eller, que Diego interpretó con un desmarque formidable en cuanto el Atlético extravió esa pelota. Su carrera hasta el gol fue el principio y el fin del choque. Fue partido no sólo de un gol, sino de una sola jugada. La victoria significa un cierto secuestro de Europa por parte del Zaragoza, que el estadio festejó cantando el himno a pulmón durante 10 minutos, algo nunca visto en una tribuna que mide sus pasiones y vive siempre lindando con el escepticismo. Ese entusiasmo no tenía que ver con la forma (uno recuerda más patadas que fútbol), sino con la circunstancia y el balance: el Zaragoza se aproxima a la Champions a 11 jornadas del término del campeonato; aleja a los insurgentes Getafe y Recreativo; y deja al Atlético en abierto interrogatorio ante el espejo. No es sólo que el Atlético perdiese un partido de cuatro puntos; es que se dejó parte de su autoestima, factor que en un equipo volcánico como éste no se puede desdeñar.

El Zaragoza disputó Europa con el mayor cinismo del que fue capaz. Dejó hacer al Atlético y el Atlético no supo qué hacer. Aguirre no estaba seguro de tener la palabra precisa. Apretó a su gente por dentro, tal vez al considerar que ni D'Alessandro ni Aimar son futbolistas de banda. Pero la cuestión radicó en la incapacidad atlética para variar su velocidad o el gesto según conviniera. Ni siquiera dio impresión de peligro cuando el Vasco, apremiado por la creciente sensación de derrota, juntó a Torres, Galletti, Mista y Agüero. De su futilidad lo rescataron apenas Luccin, lebrel concienzudo, y algún detalle culebrero de Galletti y Jurado por afuera. Reunión insuficiente para decidir nada. Ni siquiera la pérdida de Gabi Milito en el descanso evitó la sensación de que el Zaragoza tenía al Atlético bajo control.

A Aguirre le pareció que la derrota había sido injusta. Si acaso, habrá que convenir que su equipo  no fue tanto víctima de la injusticia como de una justicia borrosa y débil, apenas categórica. Puede que esto no sea sino un retruécano semántico, pero es que el Atlético estuvo para no merecer siquiera esa mínima concesión. El Zaragoza se pasó el lastimoso segundo tiempo entregándole el balón e invitándolo a colarse en la fiesta. Nadie atendió. Al final, todos sabemos que en los cumpleaños sólo hay un tipo autorizado a soplar las velas. Los demás miran y si acaso prueban el pastel. Sopló Diego Milito y avanza el Zaragoza con el velamen inflamado. Si la justicia tiene que ver en el fútbol con el establecimiento irrefutable de una diferencia, la única diferencia la hizo Diego Milito. Lo demás fue todo igual. Nada.