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Monólogo sin la palabra gol

Zaragoza, 0-Villarreal, 1
Diario AS, 2 de abril de 2006
El Zaragoza arrolla al Villarreal, pero olvida marcar - La sutil zurda de Roger ganó en una falta - Otro ejercicio de ineficacia: 17 ocasiones - Queda la Copa
Bueno, habrá habido lo que sea pero desde luego no habrá sucedido ni lo hará tantas veces como en el fútbol. El fútbol es un deporte despiadado que a duras penas soporta el sustantivo de juego. Como juego parece una cabronada, disculpen. Porque cosas como las de ayer ocurren con relativa frecuencia. Ignorancias terribles de la lógica y alguna que otra ley natural. Eso no consuela a nadie. Qué maldito partido ganó el Villarreal.
Para ser un partido de entreguerras, el encuentro tuvo una cierta alegría primaveral, de polen suspendido en la hojarasca. La contenta agitación de una escaramuza revolucionaria, como una canción de Víctor Jara. Fútbol que nació en desorden pero que visualmente se hace muy resultón, lo cual no está mal si uno mira desde la grada o el televisor, y siempre que no nos pongamos académicos y le busquemos el concepto. Al Zaragoza le faltó alguna velocidad en el contador del deseo, la comezón del que no sólo quiere ganar sino que quiere ganar cuanto antes, para evitar la fila de última hora. La tuvo en la segunda mitad, donde al rigor de su fútbol puntilloso le agregó pasión. Lo que no tuvo fue el gol. Eso no. Estrelló todos sus balones contra el Villarreal, contra sus gentes. Lo mismo contra Veira que sus defensas. Tiró tantas veces a portería como tomates se disparan en el Cipotegato. O más.
El Submarino pasó la tarde esperando a Godot, que viste de nerazzurro. Pellegrini lleva todo el fin de semana negando que reservara a nadie, y hasta puede que sea verdad porque este chileno no tiene pinta de embustero. Otra cosa fue la reunión de mediocampistas con intención defensiva que armó. Y la apuesta por Guayre, que tenía un significado de velocidad, de salida arriba. Además hubo circunstancias: Sorín y Guille Franco llegaron tocados y no pudieron salir. Y Guayre se lesionó al cuarto de hora porque una rodilla le maleó el riñón. Entró José Mari, con su porte de faraón calé. Más agitación.El partido, antes de jugarse, alumbraba una paradoja: el Villarreal no se siente cómodo lejos de casa (no ganaba desde principios de diciembre), y el Zaragoza acumula dos meses sin ganar en casa. Empate, hubiera dicho cualquiera con dos de frente o con ninguno, porque ese tipo de afirmaciones de listillo sólo las puede hacer un tontín. Y no fue empate.Sin espacios
Los puntas amarillos no tocaron apenas la pelota. Si alguna vez la tuvieron ocurrió siempre lejos del área del Zaragoza, descolgándose a los flancos y poco más. No había más espacios autorizados para ellos. Álvaro y Gabi Milito los mataron lentamente. Estaban encima, arriba, sobre ellos, en cada pase. Un cuidado ejercicio de anticipación. Así que el Villarreal se quedó en el ensayo táctico y defensivo. Jugó la mitad del encuentro, digamos. Economizó y las cuentas le salieron como a un rentista avezado: abandonó la cueva un par de veces y eso le fue suficiente. Insistimos, a veces estas cosas ocurren en el fútbol. Son difíciles de explicar pero muy reconocibles para cualquiera que haya observado este negocio. El Zaragoza puso todo y el Villarreal casi nada: el gol y un poste.
Pero le salió bordado. Con eso sostuvo su campaña por la UEFA, y manda al limbo la del Zaragoza. En el limbo quedaron también una infinidad de ocasiones locales. Al principio los aragoneses tiraron por el balón largo a Diego Milito y Ewerthon, pero la mayor parte del tiempo el equipo de Víctor se dedicó a tricotar un fútbol de pequeños movimientos, avances chiquitos, de baldosa en baldosa. Eran movimientos de ajedrez, como pasar un peoncito de cuadro. Llegó arriba un número incontable de veces. Tuvo como 17 oportunidades, y aquí no hay exageración. Contarlas resulta imposible. En el primer periodo Diego y Ewerthon hicieron una combinación maravillosa que dejó al argentino solo frente a Viera. Al Príncipe le dio un ataque de generosidad o de indecisión y su último pase al brasileño, innecesario, lo cortó la defensa. A veces un delantero debe observar la misantropía.
En la segunda mitad, en cuatro minutos sólo, el Zaragoza ya había obligado cuatro veces a Veira. Llegaba en tropel, por todos los lados, igual que una riada. Hasta Ponzio y Toledo asomaron la cabeza y el pie. Josemi sacó una de testa de Álvaro, subido en la línea. Ewerthon voleó otra gloriosa arriba. Y una más fuera. El brasileño no paró, fue un ectoplasma opaco que el Villarreal apenas encontraba. Savio largó una falta, Celades otro disparo, Zapater rozó la escuadra, a Cani le paró la suya la defensa cuando gritaba gol. Y hubo seis o siete más que uno ya ni tuvo temple ni ganas de apuntar. No había forma. A veces pasa. Le ocurrió en Santander y ayer también. A una semana de la final, ¿deberíamos preocuparnos por algo así? El Zaragoza metralleta ha sido lo contrario: velocidad, contraataque, finalización. No esta profusión, este monólogo vacío sin palabra definitiva: gol.
El gol era del Submarino. Le bastó una falta de Roger, que guarda la zurda en alcanfor y puso un tirito intemporal a la diestra de César. El portero se hizo estatua. Era una posición moral defendible, un decir: “¿Nos van a ganar estos tíos sólo con esto?”. Futbolísticamente, sin embargo, su inmovilidad carece de justificación. César lo supo, y mira que tuvo horas para pensarlo porque el Villarreal no llegó salvo en un pase en el que Cazorla fue Riquelme y Forlán la tiró al poste. Hay combates así. Uno se lleva la paliza y luego gana con una mano. O un pie. Roger titulará este recuerdo como la película: Mi pie izquierdo.
¡Victoria!

El argentino López y Victoria. Con ese nombre y en año de Mundial...
Victoria. Alicia se la regaló al mundo el 26 de marzo a las nueve de la mañana, en Madrid, horas antes de un Boca-River que se jugó al otro lado. Sangre argentina, sangre aragonesa.
¡Hasta la Victoria siempre!
pd.: Lo dijo el Gordo: se acabó la joda.
Samuel Beckett en bicicleta

Creo que fotografié a Samuel Beckett en el verano de 1998, posibilidad ciertamente improbable. Habíamos pasado la noche en la granja de Gregg en Wicklow, cerca de Dublín, durmiendo en un ala polvorienta del caserón en cuyas estancias amplísimas permanecía detenido, en mitad de julio, el frío de varios inviernos. A la mañana siguiente salimos a conducir por los alrededores, antes de zambullirnos en la capital, en busca de algunos asentamientos de la Edad de Bronce. Al rato Andrew detuvo el coche en un cruce de caminos que dominaba una loma y me alejé del automóvil para caminar por el arcén de la carretera, entre los inmensos campos verdes que con suavidad irlandesa se deslizaban en valles y arroyos, hacia unas casas situadas a un lado, donde tal vez hubiera un pub con una mesa junto a la ventana. Si el sol se colaba por entre los cristales, podría pedir una buena pinta de Guinness y sentarme a releer poesías de Juan Luis Panero, como hacía en el Finnegan’s Wake de Gloucester Road. Mientras me dirigía allá, en la lejana curva perpendicular al sol apareció la silueta inconfundible del autor de Esperando a Godot, pedaleando sobre una vieja bicicleta. Lo reconocí de inmediato y sin duda. Cualquiera puede imaginar con facilidad el aspecto de Beckett sobre una vieja bicicleta irlandesa. Venía en dirección opuesta a la mía y al llegar al borde de la cuesta, como si jugara, se dejó caer por el extremo de la uve que perfilaba la carretera, con los pies apoyados en los pedales a media altura. Hice visera con una mano y me detuve para mirarlo bien. Era un encuentro increíble. Me giré para comunicarles mi descubrimiento a Andy y Pabs. Si querían verlo debían darse prisa, pero los dos se habían dejado caer entre la hierba y el sol que entraba y salía de las nubes, recortando claroscuros en las colinas. Dispuestos a ignorar a Beckett una vez más. Sospecho que ya lo habían hecho antes y que quizás aquella despreciativa actitud debería haberme alertado contra el delirio. En la radio del coche, mitigada por la distancia, sonaban los Smiths, creo que Hotel California, un tema que nunca interpretaron. A alguien tendría que contarle lo que estaba ocurriendo, porque era bastante extraño: cruzarme de esta manera con Beckett, que ya llegaba al ángulo de la rampa e iba a iniciar la parte jodida de la uve, la de subida hacia donde me encontraba yo. Saqué del bolsillo la cámara fotográfica que me había regalado unos días antes Maggie y preparé el encuadre. Lo vi a través del objetivo, pero estaba a una distancia aún lejana para disparar porque el aparato carecía de zoom y de casi todo, salvo del disparador y un sistema medianamente automático con el que rebobinar la película. Beckett, por su parte, había ganado velocidad en la bajada; en el falso llano se le agitó un poco el manillar, pero alcanzó a sujetarlo con cansancio y aprovechó el impulso para iniciar el ascenso. Luego pedaleó sin prisa, como si moliera pienso para el ganado. Lo enfoqué. Metido en el cuadradito que sirve para situar la imagen en el foco, la cara de Beckett me gustó aún más de lo habitual. Igual podría ser un palurdo que el ganador del premio Nobel de Literatura. Llevaba gorra de cazador y por los lados le asomaba un relámpago de cabello blanquecino en fuga. Él también me miró, jadeante por el esfuerzo, con las arrugas hechas canalillos sudorosos. Mantuvo la cara arriba y cuando se acercó lo suficiente, gemía la bicicleta con un ritmo apagado, le disparé. Beckett entornó los ojos en la forma de una tormenta, dos haces fulgurantes que me traspasaron. Tuve miedo y decidí no bajar la cámara, para simular que fotografiaba el paisaje y no a él. Beckett pasó a mi lado y contuvo un instante el sobrealiento envejecido para insultarme: “Fucking cunt!”. Me lo había ganado, por impertinente. Por eso nunca me ha gustado aquella foto. Cuando la revelé, Beckett ya no parecía Beckett. Lo miré bien pero... era sólo un viejo cualquiera camino de alguna hacienda, del que quise aprovecharme para imitar esas postales en las que un fragoroso anciano irlandés en bicicleta compone la pintoresca imagen del país. Desaproveché una gran ocasión, sabía que Samuel Beckett y yo no volveríamos a vernos. Él había muerto en diciembre de 1989 y yo ando demasiado ocupado.
Ser punk a los 50 (y no parecerlo)

Quien haya visto 24 Hour Party People, la estupenda y emocionante película (claro... emocionante si a uno le emociona Love will tear us apart, de Joy Division) recordará la escena en la que se recrea el primer concierto de los Sex Pistols fuera de Londres, en el Lesser Free Trade Hall de Manchester. Es junio de 1976. Pete Shelley y Howard Devoto, creadores de los Buzzcocks e impulsores de ese concierto, están entre el público. Ya han sido teloneros de de los Pistols antes. También asiste Steve Diggle, al que incorporarían a su grupo como bajista. También Bernard Sumner y Peter Hook, dos de los miembros fundacionales de Joy Division. Tras el suicidio de su inspirador cantante, Ian Curtis, serían New Order (el paso de oruga a crisálida más espectacular que pueda recordarse. La frase con la que John Peel anunció por la radio la muerte de Curtis evoca el espíritu de aquellos días: “Bad news lads... “. Malas noticias, chicos. El epiléptico genio se había colgado del techo). Volvamos a aquel concierto de Manchester. También estaba Tony Wilson, el presentador de Granada TV. Con Rob Gretton y Martin Hannett, crearía Factory Records y el club The Haçienda: vivero de un sinfín de grupos, catedral del Madchester feliz de los ochenta, lugar de nacimiento del clubbing. Wilson describió aquella tarde de guitarras desbocadas como “algo próximo a una epifanía”. La explosión del No Future de los Pistols fue un Big Bang que reventó en múltiples direcciones, hasta inventar todas las formas de la música popular que ha llegado hasta nuestros días. Algunas, muy devotas de la original. Eso que ahora se llama power pop o post punk. O sea, que sí había futuro.
Hoy llega el producto original. Esta noche los Buzzcocks tocan en La Casa del Loco. Es lo más cerca que uno puede estar ahora mismo de todo aquello, exceptuando la gira Marky Ramone and Friends que ha formado el brother menos autorizado de los Ramone (al resto se los llevó en cuatro días un rayo como un guitarrazo). Buzzcocks son los supervivientes de la trinidad nada santa del punk británico: Sex Pistols, The Clash y ellos. Rotten y los suyos querían acabar con todo y empezaron por acabar rapidito consigo mismos, como en una canción de tres minutos. The Clash se sacaron el traje del nihilismo para crecer en una conciencia política culminada en Sandinista! Buzzcocks eran tal vez el punk hecho con los temas del pop: por qué no las chicas, por qué no el amor (y sobre todo el desamor). De los primeros días sin tregua permanecen Shelley, frontman y guitarrista, y Diggle. Howard Devoto se largó pronto para formar Magazine. Como todo sucedía rápido, todos se separaron en 1981. Luego volvieron. Devoto no. Se quedó ahí, en la leyenda y las biografías.
Buzzcocks han publicado este año Flatpack Philosophy, pero en los conciertos revisitan sus días de pollas zumbadoras, adictos al orgasmo, coches rápidos, mentiras de amor y el alguna vez te has enamorado de alguien (de quien no deberías enamorarte)? Ahora que uno puede escuchar London Calling por el hilo musical mientras compra un jersey en Zara, merece la pena enfrentarse a esta agitación anacrónica. "Siempre me ha parecido que, después de nuestro primer disco, alguien nos ha regalado todo este tiempo", ha dicho Pete Shelley últimamente. No vamos a ver qué queda de los Buzzcocks, no, eso sería demasiado hipócrita. En realidad vamos a ver qué queda de nosotros mismos.Foto: Arriba los Buzzcocks originales (¿quién inventó las crestas coloreadas?) en su primer LP. Abajo, lo que queda del día...
Fontanarrosa, viejo y pelotudo

Nadie me hizo reír tanto con sus cuentos como el argentino Roberto Fontanarrosa, viñetista y escritor. Si busco en la memoria o en la librería, que vienen a ser lo mismo, sólo veo próximo a Tom Sharpe y algunos relatos paródicos de Woody Allen. Es desde luego una mirada subjetiva, pero del Negro Fontanarrosa resulta difícil dudar. Colaboró durante un larguísimo periodo con Les Luthiers y eso lo hace ya de por sí intocable. Sin embargo el orden de los acontecimientos revela que no antepuse la idolatría a ciegas. Primero conocí a Les Luthiers, mucho después los cuentos de Fontanarrosa. Admiré a ambos sin condiciones, me divirtieron y me divierten mortalmente. Por fin, con el tiempo supe que habían trabajado juntos y me pareció inevitable, como si lo supiera sin saberlo. Un triángulo desordenado, de perfecta lógica. A Les Luthiers los vi en el Teatro Coliseo de Buenos Aires hace un par de veranos; en esa misma visita compré todos los libritos de cuentos de Fontanarrosa que fui capaz de encontrar en las gloriosas librerías argentinas, en la modesta Ediciones de la Flor. Del Negro -de sus historias, de su lenguaje, de su humor, de la descarnada ternura- podría poner muchos ejemplos. Siempre he querido por encima de todos el cuento titulado 19 de diciembre de 1971, porque es el cuento que uno sueña escribir y porque su argumento parece estar ahí, al alcance de la mano, oculto en las decenas de experiencias similares a la que describe Fontanarrosa, y que todos hemos vivido: ¿Quién no conoce a un tipo al que tiene por talismán, ese que nunca debe faltar en un partido decisivo? Esta semana, antes de la tristísima final de Copa, pensé de nuevo en esa historia. Relata una aventura culminada en el histórico partido semifinal de la Liga argentina que disputaron en la fecha del título, en Buenos Aires, Rosario Central (equipo de devoción del Negro) y Newell’s Old Boys (el rival directo en la ciudad de Rosario). Es el mejor relato de fútbol que yo haya leído, en igualada disputa con algunos de otro argentino queridísimo, Osvaldo Soriano (pienso al vuelo en las Memorias del Míster Peregrino Fernández y en el desternillante Gallardo Pérez, referí).
Estas notas no tienen otro valor que servir de introducción para la preciosa entrevista que Clarín publica estos días a Roberto Fontanarrosa. Me la envía Javi Hernández con una apostilla rotunda en el subject del mail: "Imperdible". De verdad lo es. El Negro, acosado por una rara enfermedad neurológica, se dibuja a sí mismo con trazos sueltos como palabras. Certero, ingenioso, vital. Dan ganas de leerlo de vuelta.
(*) Foto: El Negro Fontanarrosa, algo menos aviejado, con dos amigos de su creación: Boogie el aceitoso e Inodoro Pereyra, protagonistas de sus viñetas.
--------------------------------------------------------------------------ENTREVISTA A ROBERTO FONTANARROSA
Dibuje, maestro
A los 61, el humorista rosarino repasa su exitosa carrera, en la que publicó miles de chistes y decenas de libros. Así, recuerda su infancia, habla de su oficio y cuenta cómo le da pelea a una dolencia que lo obligó a cambiar de hábitos pero no lo doblega.
Diego Heller
dheller@clarin.com
Llueve en la ciudad de las chicas más lindas del mundo. Es triste la tarde, propicia para la nostalgia. Roberto Fontanarrosa – El Negro , por abreviar– mira el Paraná y se recuerda purrete. “Tenía diez años. Mi viejo, que jugaba al básquet, me quiso seguir llevando por los clubes de Rosario, pero me le planté y le dije que lo mío era el fútbol. Lo aceptó, por suerte.”
Para ese pibe, que daba precoces muestras de falta de talento para las disciplinas escolásticas, el fútbol sacrosanto olía a naranja (“las iba moldeando durante el partido”), o a césped cortado. El hombre que hoy recuerda al pibe que supo ser hubiese dado lo que no tenía por jugar un tiempo en la primera de Rosario Central. “Si no hubiese sido tan de madera”, se reprocha. “Era un ocho de los laboriosos, volante de equilibrio le decían. Hasta que un día me rompí los meniscos.”
Gabriela, que es la mujer de Fontanarrosa desde hace cuatro años, nos deja solos en el departamento mínimo de la calle Wheelwright: aprovechará el rato libre para terminar de aceitar la edición de la revista de novias que dirige. Se habla de fútbol, y el humorista se olvida de todo; por un rato, ya no le preocupan la enfermedad que amenaza su movilidad ni la página que debe entregar hoy. En eso llama Franco, de Buenos Aires: el único hijo del humorista habla un rato largo con su padre. A la distancia, logra hacerlo sonreír.
Tu hijo no quiso saber nada con el fútbol ni con el humor. ¿No te lo habrán cambiado en la nursery?
No creo. Yo te digo que a veces es una suerte que no haya salido así, fanático del fútbol como yo, porque vive tan tranquilo los domingos... Pero bueno, tiene el mismo tipo de fanatismo por la música, y en eso sí me alegra.
¿Te habituaste a que esté lejos?
Y, yo qué sé... Yo lo entiendo: un dibujante puede dibujar desde Ushuaia, pero un músico tiene que estar donde pueda estar en contacto con otros. Y en Buenos Aires, es más amplio el campo.
Se dedica a la música electrónica: ¿a vos te gusta ese estilo?
¡Mamita! No... Yo digo que hace música punitiva. ¡Mamita! Lo que me da la impresión –bueno, y me lo dicen– es de que toca muy bien. Está muy contento en Buenos Aires, cosa que me alegra. El cagazo era que se fuera más lejos: siempre tuvo la fantasía de Estados Unidos. Desde los 16 años que se quería ir, y a los 19, hace tres años, se instaló allá. Claro, es hijo único y se complica tenerlo lejos. Uno lo extraña mucho.
Otra cosa que El Negro extraña es un rito que debió suspender año y pico atrás, cuando la esclerosis que ya lo tenía a maltraer se agravó: los partidos de fútbol con amigos. “Dudo que exista un programa superior a ir a jugar al fútbol. Mirá que yo me rompí la rodilla y tuve reemplazo de cadera, pero no colgué los botines... Es algo muy difícil de reemplazar. Creo que lo fundamental es que en la cancha descargás todo. Vas, pateás, gritás, volvés cansado... Te limpia el bocho. Es tan lindo que no me resigno a perderlo.”
Supongo que tu Paraíso tendría canchitas de papi.
A mí no me va eso del nirvana o los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Al Cielo le pondría canchitas y un par de bares, porque en el bar estás en tu casa y a la vez estás balconeando la calle.
Un grande del buen humor
Fracasó en el industrial (“fui precursor de la deserción escolar”). Tuvo un paso fugaz por la publicidad (“me sirvió para no tener nada de divismo”). Cuando vio por primera vez a Central campeón, en el 71, ya llevaba tres años publicando chistes propios.
¿Hiciste la cuenta alguna vez de cuántos chistes publicaste?
No, pero calculá que empecé a publicar en Clarín en el 73, y antes publicaba en Hortensia , o en otras revistas. O sea, a la cantidad de dibujos que aparecieron en Clarín , tendría que duplicarla.
¡Casi veinticinco mil dibujos!
Uf, muchos. Bueno, mirá, ahí, en una piecita, está todo el archivo, que es un quilombo. Le pedí a mi primo, que es radiólogo, unas cajas rojas rígidas que son buenísimas, y ahí los guardo.
¿Nunca se te da por mirarlos?
No, no soy nostalgioso. Además, de un tiempo a esta parte, con todo este tema de salud, no puedo manipular las cajas. Son una cantidad muy grande: no hice la cuenta, pero debo haber editado cerca de sesenta libros con dibujos.
Lo de escribir un libro, está. Lo de tener un hijo, también. ¿Arboles?
Ahí fallo. Planté uno que otro... Creo que el balance, en definitiva, perjudica a la Naturaleza.
La idea de esa enumeración es ver si las personas están hechas con lo hecho. ¿Qué te pasa a vos?
Mirá, sentarme a dibujar todos los días es algo que me gusta. Siempre me ha gustado dibujar, me ha gustado contar. O sea, el mío es un trabajo vocacional y el gusto lo sigo manteniendo. Lo que pasa es que se me hace mucho más trabajoso dibujar. Lo que antes me llevaba diez minutos, ahora me lleva media hora. Entonces, el placer de dibujar se diluye un poco. Además, uno se hace más mala sangre, se hace más selectivo. Prefiero reservar la energía para Inodoro y los chistes, para cosas puntuales.
Para peor, no sabés cómo va a ser la progresión de la enfermedad.
No, no, no se sabe. Eso no se sabe. Aunque a todo uno se acostumbra, la situación te rompe las pelotas, te
sentís mal. Bastante bien me la he bancado estando acá, saliendo poco y nada. Ya no voy ni a la cancha ni al café, viajo mucho menos...
Debe ser complicado replantear una rutina de tantos años.
Claro, claro. Por ahí digo: ¿cuánto hace que no voy a una librería? Y ese era uno de mis paseos habituales.
Pero bueno, qué sé yo, uno va reacomodando todo. Trato de pensar que es sólo una etapa... pero lo preocupante es que me tocó una enfermedad sofisticada. Hasta los médicos dicen que es rara.
Siendo un tipo tan observador y que vive del humor, ¿llegaste al punto de prestar atención a los tics y manías de tus médicos?
Forzosamente, porque hace tres años y medio que estoy con este quilombo. Y había un psiquiatra –porque yo empecé una terapia– que me decía: “A usted le va a resultar todo más difícil, porque los humoristas tienden a cagarse de risa de todo”. O sea, aunque los respete mucho, uno siempre está buscando la cosa para cagarse de risa. Eso uno lo sigue ejerciendo. Al punto que mi último libro, El rey de la milonga , lo escribí con este tema de salud encima.
Justamente, en esos cuentos se nota cómo te fuiste despegando de la parodia clásica para volcarte un poco más hacia el realismo.
Sí, claro. O al menos lo intenté, pero siempre respetando la estructura clásica del cuento. La parodia es fácil; la cosa es cuando hay que contar algo con palabras propias. Y yo creo que influye, como siempre, lo que está leyendo uno en ese momento. Hace mucho que no leo ficción. Leo reportajes, ensayos accesibles a mi entender, testimonios, biografías, ese tipo de cosas. Y el último libro refleja eso, porque está escrito con ese estilo: con historias de vida supuestas, aproximaciones periodísticas. Lo que pasa es que a mí siempre me gustó mucho como género el reportaje. Capote, Mailer, Salinger me han influenciado mucho. Y me ayudaron a revalorizar al reportaje. Eso lo interpreto a partir de lo que pasa con otros escritores, ¿no? Porque todos conocemos a Borges, pero vaya a saber cuántos lo habrán leído. Su imagen se ha armado a través de los reportajes que dio.
Sin ir más lejos, creo que vos sos muchísimo más leído que Borges.
Bueno, eso es lo apabullante de los diarios. Aquí, un libro que vaya muy bien puede vender quince mil ejemplares. ¿Y cuánto tira una edición de Clarín ? No hay ni punto de comparación. Mirá, será por eso que cuando se hizo el Congreso de la Lengua, que viniera José Saramago provocó acá una especie de expectativa como si viniera Brad Pitt. Y yo me preguntaba cuánta gente habrá leído a Saramago. Yo leí algún reportaje a Saramago, pero no leí sus novelas. Entonces, ¿por qué provoca esta repercusión?
Y, por haber ganado el Nobel, que es como un Oscar de las letras.
Claro. Por eso no entiendo a esos escritores que se ofenden cuando les dicen que son mediáticos. Yo soy mediático, y eso ayuda a que me conozcan, que conozcan mi forma de pensar. Me alegra ser así.
A la vez, te pasa algo parecido a lo de Osvaldo Soriano, que era ninguneado por la academia.
Claro, pero esas son cosas que no me interesan. Como decía Landrú: “Es preferible ser sano y millonario que pobre y enfermo”. Es obvio. Uno prefiere que guste el trabajo, pero a eso de escribir para los escritores yo no le encuentro la gracia. La cosa son los lectores.
Después, copás un ámbito académico como es el Congreso de la Lengua, y te lo robás hablando de las malas palabras. Te vengás.
Mirá, yo en principio no sabía de qué hablar. En un momento, pensé en hablar sobre el idioma castellano. Lo lógico, lo clásico. Pero después me di cuenta de que no tenía mucha capacidad, ni autoridad. No me parecía divertido, y todos iban a hablar de eso. Y no sé por qué se me ocurrió eso de hacer una defensa de las malas palabras.
Sospecho que la idea no cayó nada bien entre los organizadores.
Fue gracioso: cuando me preguntan sobre qué iba a hablar y yo digo que sobre las malas palabras, se quedaron... Para colmo, después me preguntan por mail: “Bueno, ¿cuándo va a mandar su ponencia?”. Y les digo: “Yo no la escribo; me hago un ayudamemoria y luego improviso”. Y entonces habrán dicho: “Viene Jorge Corona”. Tuve que tranquilizarlos. Les dije: “Miren, no quiero hacer un escándalo, sino preguntarme por qué son malas las malas palabras, y pedir una amnistía para ellas”. Eso fue todo. Aparte era en Rosario; yo era local.
En Colombia te hicieron un homenaje otros escritores. Volviste a tu ciudad y la gente salió a la calle a ovacionarte. ¿Cómo lo tomaste?
Mirá, lo de acá fue muy lindo, en el sentido de que fue muy sorpresivo. La que estaba en el complot era Gaby. Vos sabés que me levanto al mediodía: había llegado de Cartagena muerto, porque viajamos toda la noche y estaba acá, en el living. Y escuchaba, afuera, a unos pibes que gritaban: “Negro, querido, el pueblo está contigo”. ¿Sabés que pasa? Que acá enfrente está el Registro Civil. Entonces yo me digo: “La mujer debe ser temible para que a un tipo que se está casando le griten así”. Pasó, y después se callaron. Después empecé a sentir trompetas y ya no entendía nada. En eso viene Gaby y me pide que me vista (yo estaba en calzoncillos, ¿viste?). Entonces, ahí sí me dije: “¿Adónde va esta historia?”. Y bueno, salí al balcón y miré para abajo... Uf. ¿Viste cuando vos mirás una situación y no la entendés? Porque había un ómnibus descubierto, lleno de gente; mariachis; gauchos a caballo con banderas... Era una escena medio de Fellini. Fue muy lindo. No hubo discursos, no hubo cosa solemne, no hubo nada pomposo. Fue un homenaje muy... futbolero. Estaban todos los amigos que uno tiene por ahí, y yo estaba súper emocionado, obviamente. Uno, con los años, se va poniendo más de la lágrima fácil.
Siempre fuiste muy tímido, ¿no?
Claro, claro, y muy contenido. Pero las manifestaciones así, populares, a mí me emocionan más que los actos solemnes. Pero también es cierto que lo de la enfermedad te sensibiliza bastante. Afortunadamente; porque después de todo tenés que ser de madera para no emocionarte. ¡Cómo no me voy a poner mal si de golpe yo miro para abajo y la veo a mi vieja, que tiene 86 años! Veo a mi hijo, que yo pensaba que estaba en Córdoba. Yo siempre fui de madera jugando al fútbol, ¿viste?, pero no desde lo emocional. Como decía un amigo: uno se pone viejo y pelotudo.
Eso, vaya y pase. Pero por favor no archives esa vieja idea de hacer un libro sobre fracasos.
Mirá, lo iba a hacer recopilando las anécdotas de fracasos amorosos de todos mis amigos, que son infinitamente más divertidos que los éxitos. Los éxitos suenan como pedantes; los fracasos, en general, son divertidos y hasta tienen algo romántico. La derrota siempre es más digna... Pero, aparte, bueno, está más cercano a la historia personal mía, o a la de todos. En esto de las relaciones, son más las que se pierden que las que se ganan.
Y preferís a los perdedores natos.
Sí, porque además son queribles. Pero, aparte, proviene de algo más autobiográfico: porque la introspección y la timidez son el común denominador de los humoristas. De chico, era de una timidez dolorosa, de no atreverme a entrar a un quiosco a comprar caramelos.
Pero ya pudiste superarlo, ¿no?
Sí, y me busqué un trabajo que es una terapia. El tipo que dibuja, lo hace para acercarse, de alguna manera, a la gente. Y yo creo que lo fui superando, pero mi inseguridad era tan grande que recién estuve tranquilo cuando vi que había algo que hacía bien: dibujar.
Hablando de acercarse a la gente, ¿vas a ir a esta Feria del Libro?
Sí, voy a ir. Creo que es una de esas cosas que hay que asumirlas, ¿no? Al final, me sacaré el prurito y alquilaré una silla de ruedas, así no vivo esa tensión del carajo del temor a caerme. En principio la idea es ir a firmar libros, como lo hice siempre. Y creo que también habrá una charla con la gente.
¿Y después, Negro? ¿Cómo sigue la historia?
Nadie sabe. Pero trato de tomármelo lo mejor posible. Como me decía ahora una mina con la que estoy laburando, que es neuropsico no sé qué: “Tomalo como un período. Tomalo como que jugando al fútbol te quebraste una gamba y tenés que estar en silla de ruedas”. En eso estoy. Como diría Inodoro: “Mal, pero acostumbrado”.
El espíritu del Rey Lagarto

En Discópolis de Radio 3, mi emisora musical de cabecera desde la juventud, me he enterado de que los Doors ofrecen un par de recitales en España. Nunca he sido gran aficionado a la lisergia de los Doors, lo cual será fácilmente rebatible por cualquiera que conozca bien su obra, pero desde luego admito que las grandes canciones son grandes canciones. En el caso de los Doors, hermosas canciones. Hipnóticas canciones. A veces impertinentes canciones. Tampoco estoy tan seguro de que Jim Morrison fuera exactamente un poeta, pero me vale con el hecho de que aspirara a ello y con algunas líneas verdaderamente redondas de sus temas. Además, murió en París y está enterrado en Père Lachaise... Quiso parecerse a Rimbaud. Se borró a los 27 años. Y su novia Pamela Susan (ese nombre...) se fue rapidito bajo tierra persiguiendo al Rey Lagarto cual culebra atormentada, como si la hubiera atrapado esa puta conciencia trascendente de los colgados más célebres. El que pueda refutar la enferma lírica de estos acontecimientos que levante la mano. La poesía no son sólo versos.
El caso es... iba yo pensando de qué forma armar la febril 2-3 del AS cuando caí en la cuenta como en una piscina helada. Pero... ¿están vivos los Doors? Más bien habría que rodearlo de exclamaciones, porque me espanté: ¡Están vivos los Doors! Paso por ser el periodista más desinformado y el peor lector de diarios de mi distrito, pero no saber que los Doors habían seguido en la carretera todo este tiempo... Pues sí, están vivos, sostiene José Miguel López, que cada día a la una de la tarde te invita a un viaje cosmopolita por el mundo musical. Eso dice la promo del espacio. Yo tenía para mí que los Doors andaban enterrados con el cadáver invisible de Morrison, que nadie vio salvo Pamela Susan Courson, quien lo guardó en una bañera tintada de sangre hasta que llegó el cajón. Dicen que murió por causas naturales, una hemorragia inexplicada, después de pasar la tarde en su apartamento en París con Pamela, merendar con Pamela, aspirar heroína con Pamela. Dicen que ese mismo día o el anterior Nico, una vieja amiga, una joven amante, lo vio pasar en el asiento trasero de un auto negro que bajaba la Avenida de la Opera, en una imagen como de un sueño. Nadie sabía que deambulaba por la ciudad. Dicen que lo mató la China Blanca, un purísimo corte de heroína que ese verano del 71 hizo furor en el París desmayado; dicen que si acaso se la fumaría o se la metería por algún agujero, porque sus amigos recuerdan que nunca soportó la idea de pincharse una aguja sobre el cuerpo. Dicen que le hizo vudú desde el otro lado del Atlántico una vieja hechizera. Dicen que sólo Pamela vio el cadáver, atribuido de una quebradiza paz final que tendría los acordes de The End, el último corte del primer disco, la última canción que oyese Morrison antes de vomitar sangre. Dicen que murió en circunstancias extrañas. Digo que la muerte es una extraña circunstancia. Dicen que lo último que se escuchó en el departamento parisino fue la voz de Jim desde el baño, llamando a su chica: "¿Estás ahí, Pam? Pam... ¿estás ahí?". Nadie lo escuchó. Dicen que lo vieron en el desierto australiano hará unos cinco años, en las colinas de Los Angeles hace diez, en cualquier lado en cualquier tiempo...
Los Doors actuaron en Madrid anoche y hoy en Barcelona (Riviera y Razzmatazz). Discopolis aclara que son los llamados Doors del Siglo XXI, reunidos en septiembre de 2002, variación del grupo original corregida por el tiempo y la memoria. Persisten en la formación Ray Manzarek, amigo de Morrison en los días de la facultad de cinematografía de UCLA, y Robby Krieger. Interpreta los temas de los Doors, las poesías concéntricas de Mr. Mojo Rising, el señor Ian Astbury. Se parece al original, sí, pero el espectáculo no está armado alrededor de la alegre necrofilia de los rasgos, sino en la relectura de letras y músicas que Astbury subraya de un modo respetuosamente personal, sin absurdas imitaciones. La radio emite una versión de LA Woman bien animada; y otra de Good Rockin’ Tonight, un rock&roll clásico que interpretan con cuidada energía. En el aleph virtual averiguo más tarde que ni siquiera se llaman ya los Doors del Siglo XXI, porque John Densmore (batería y miembro fundador de la banda) interpuso una demanda y se les prohibió el uso de ese nombre. Les hizo un favor. "El futuro es incierto y el final llega en cualquier momento", dijo Jim Morrison. Las puertas que se cierran se abren pero vuelven a cerrarse, digo yo.
Así que ahora se presentan como Riders of The Storm, los Jinetes de la Tormenta, en homenaje conveniente al último tema grabado por Morrison con los Doors. El caso es que el espíritu del Rey Lagarto sigue vivo y coleando. No en las leyendas, en las que también hay algo de poesía popular. Ni en la orgía de las palabras que enredan su lápida en el cementerio parisino. Sobre todo en la música, su verdadero espacio.
Foto: Morrison, Manzarek, Krieger y Densmore, en los días del Lagarto. Manzarek, Krieger y el morrisoniano Astbury: veteranos de la tormenta.
Abril es el mes más cruel
Deprimido y vacío, el Zaragoza se arrastra por la hierba / El Celta, a medio gas, lo goleó sin esfuerzo
Celta, 4-Real Zaragoza, 0
Diario AS, 23 de abril de 2006
www.as.com
Poner al Zaragoza a jugar al fútbol ahora es como hacerle un examen de música a un sordo: no está capacitado. Póngase usted como quiera, pero es que no. Las depresiones no se explican, uno las pasa así: para qué levantarse de la cama, para qué ir al trabajo (qué es el trabajo, en todo caso), no quiero ver a nadie, quiero dormir, a ver si no llega mañana o llega directamente el año que viene. Dormir, tal vez soñar, como escribió Carlos Boyero —parafraseando a Hamlet— en aquel testamento para el cambio de siglo. “Abril es el mes más cruel / criando lilas de la tierra muerta...”. T. S. Elliott. No es pedantería. Es una receta: lluvia o poesía. Libros. Amor. Tardes en el parque. Lo que sea. Del fútbol, de nuestro equipo, no queda nada.
A usted le parecerá que los futbolistas no tienen derecho a este desmayo anímico; o que una derrota en la final de Copa no es para ponerse así, pero... la depresión es cosa de ricos como es cosa de países desarrollados o de futbolistas. Enfermedades modernas. La traición del bienestar. ¿Se deprimen los indios amazónicos? Qué se van a deprimir, si se la pasan haciendo parrillas con la araña pollito. Y además hay otra cosa: el desastre del Bernabéu ha dejado al aire todo o casi todo. Ha cavado un agujero al que mejor no mirar. Mejor sacarse los ojos.
Pero claro, hay que jugar. Ir deshojando el final de la Liga y el principio del futuro, que siempre es incierto. Pero jugar. Y ahí viene el problema. El ritmo de juego del Zaragoza ayer en Balaídos fue el ritmo del que anda perdido por el bosque o desinteresado en la vida. Antes de la derrota con el Cádiz ya lo llamamos sobrevenido nihilismo, y sigue así. Ni el Nota se comporta con tanto desapego por la realidad. El Zaragoza tuvo esa (in)actitud y además un problema de orden futbolístico. Porque sin Gabi Milito la salida de la pelota desde el fondo se enmaraña. Y además Víctor decidió ayer reunir en el medio campo a Zapater y Generelo (o sea, sin Celades ni Movilla), lo que aún hizo más pesado el tráfico y el tránsito del balón. En esas condiciones, futbolísticas y anímicas, el equipo se movió con lo que podría ser lentitud o pereza. Como no se trata de acusar a nadie, digamos lentitud. Los futbolistas siempre quieren jugar. Siempre desean ganar. Otra cosa es el subconsciente.
El que más alborotado parece tenerlo ahora mismo, y bien que lo sentimos, es César Sánchez. La transformación de César en los dos últimos meses da para un estudio de lo que puede llegar a hacer el desánimo en un portero de las garantías de éste, se pongan como se pongan los lícitos fanáticos de Iker Casillas. César proyecta ahora una figura entristecida y presa de una alarma que no le vimos en todo el año. En la primera mitad hizo esa salida a una banda que terminó en tarjeta amarilla por evitar de forma vehemente que el Celta sacara rápido. En la segunda, la del 2-0 del Celta, que fue una de los momentos más delirantes que uno pueda imaginar en un guardameta. Pifió la salida a la frontal del área, medida a ojo de cubero y así le fue. A continuación erró el despeje, y luego huyó hacia delante tratando de cortar la jugada, ya condenado.
No es fácil explicarlo. Hay que ver la acción y el error triple. Era el 2-0 del Celta, que Jorge dejó en la red con toda la ventaja y la cueva vacía. El 1-0, por cierto, había nacido de una imperial llegada de Borja Oubiña, que liberó a Fernando Baiano a la espalda de los centrales. Uno diría que en fuera de juego, pero el asistente no dijo res. Salió César, esta vez muy bien, y le limpió la pelota a Baiano de los pies. Pero su rechace le vino manso a Canobbio, sobre el lado izquierdo del área, y el uruguayo hizo diana aun sin apuntar.
EficaciaCuriosamente, y con todos sus defectos, el Zaragoza no había sido hasta entonces peor que el Celta. Ni tampoco se les vio a los vigueses superior motivación. Estaban ahí, viéndolas venir. Era partido de siesta. Óscar, de hecho, había avisado primero tras una llegada de Ewerthon por la derecha. Y el brasileño hizo luego una arrancada que culminó con un tiro alto. ¿El Celta? Hizo el gol y poco más. Eficacia, eso tuvo. La oportunidad de hacer gol cuando pudo hacerlo. Se animó con el primero y acabó el partido con el segundo, nada más empezar la segunda mitad. El Zaragoza no estaba. Ni Diego, ni Savio, ni Óscar ni nadie.
Luego, cuando Víctor quiso reconducir el partido y añadió a Sergio García arriba (el único que le puso algo de alegría a la noche, y un tiro desde el círculo central que Pinto sacó como pudo), y reactivar el medio con Celades, entonces el Celta mató a cuchillo. Entró Perera y marcó de córner. Llegó Canobbio e hizo el cuarto. Era lo lógico. No es que el Celta tuviera hambre, pero enfrente había un equipo vacío, puro viento, y le hincó diente al buñuelo. El Zaragoza ya no tiene nada, salvo un color mortecino. Este equipo, que siempre pareció joven, lozano, alegre, vital, se ha hecho un viejo prematuro.
Alida Valli... caen las últimas hojas en el cementerio

Durante un largo plano de un minuto y 33 segundos, Anna Schmidt atraviesa el paseo arbolado del cementerio de Viena. La aguarda a la izquierda del encuadre Holly Martins. Va a despegar el vuelo que debía llevarlo de regreso a Estados Unidos, pero él ha decidido que su obligación es perderlo. "I can’t just leave...", le ha dicho a Calloway. No se puede marchar, así sin más. Su espera a un lado del camino significa la última pregunta ineludible. Los pasos de ella van a ser la respuesta. Ha muerto Harry Lime, el amigo, el amante, y de los árboles desgarrados caen las últimas hojas. Anna pasa de largo. Martins busca en su bolsillo un poco de tabaco que fumar.
Alida Valli falleció el sábado, a los 85 años. Hoy van a celebrarse sus exequias en el ayuntamiento de Roma. He metido el dvd de El Tercer Hombre en el aparato y he vuelto a ver la escena y a dejarme ir en la nostálgica cítara de Anton Karas. Pocas veces dos actores se han mirado con tantos matices y tanta intensidad como Orson Welles y Joseph Cotten en esta película. Pocas veces los ojos de una mujer han sido imperativos, huidizos y distantes como los de Alida Valli en la Viena ocupada. En una película pródiga en maravillosos planos, esta culminación posee la portentosa y serena belleza de lo sublime.
Richards por Richards: bostezo en technicolor

Atención a Keith Richards hablando de las drogas, con ese luminoso desorden de los adictos, en el suplemento Radar del diario argentino Página/12. Unas páginas que hay que frecuentar. Cualquier noche de éstas traeré por aquí un par de artículos gloriosos de Rodrigo Fresán. Hay uno sobre Johnny Cash ex-ce-len-te.
Ahí va Richards:
"Aprendí a vomitar con propiedad. Primero, hay que encontrar un receptáculo, si se puede, es la regla número uno. Se eyecta de un chorro, un bostezo en technicolor. Al mismo tiempo, uno tiene que cagar. Lo cual es difícil de hacer. Si pueden hacerlo, los pongo en el Cirque du Soleil".
Tarde de perros, noche de genios

Me gusta que las películas aparezcan así de repente, que se pongan ante mí sin aviso previo. Que no haya mucho que hacer, nada que ver, un poco de sueño y entonces, resbalando por el mando a distancia... zas, Tarde de Perros. Las películas de atracos me gustan mucho, sirven para definir mi concepto de diversión en el cine. Atracos de bancos, sí, o robos a gran escala minuciosamente planeados: Atraco Perfecto, Ocean’s Eleven, Reservoir Dogs, Heat, El Golpe... Algunas que me vienen a la cabeza sobre la marcha. Tipos que convierten el robo en un ejercio de contundencia psicológica y en una partida de ajedrez de las mentes. Me gustan sobre todo los ladrones educados, los profesionales inmaculados del ramo, que van y hacen su trabajo con la misma asepsia con la que otro rellena informes en la oficina. Idéntica moralidad. Esos que si el vigilante de la sucursal trata de hacerse el héroe lo golpean limpiamente, sabiendo dónde le pegan, y luego le dan un consejo: "Mantenga la cabeza hacia atrás y deje que sangre, la hemorragia parará pronto...". Todos comprendemos que no le quedaba otro remedio. Había que atizarle. Y ese hombre lo hace tan bien...
Hace unos días vi Plan Oculto, la última de Spike Lee, un director que casi siempre me ha interesado y al que veo ahora maduro, visitando nuevos territorios sin abandonar la esencia social o próxima, streetwise, de su cine. Reivindico La Última Noche como una de las mejores películas de los últimos años, aunque no es seguro que nadie la recuerde. En Plan Oculto, un atraco sin las convenciones de este pseudo género, Clive Owen se comporta un poco de ese modo, ladrón de altos valores morales, aunque con matices. Los matices explican la historia, que tiene mucha miga y no es cosa de reventarla. Robert de Niro también es así en Heat. Miguel Pardeza me recordaba el otro día esa frase concluyente en la que De Niro establece el inamovible rango de prioridades en la vida del ladrón profesional: "No pongas nada en tu vida que no puedas abandonar en 10 minutos si la poli te pisa los talones". Qué felices deben ser los guionistas cuando se les viene a la cabeza una frase así. Yo diría que De Niro en Heat, con George Clooney en alguna otra, son el arquetipo moderno del personaje al que me refiero. Bueno... pues Tarde de Perros no se parece en nada a ninguna de estas cosas ni a otras películas que yo haya visto sobre atracos.
En resumen, como atraco es un atraco miserable. Los personajes componen una galería de arquetipos a la inversa. Los rehenes no quieren salir del banco ("¿Qué dice usted? Yo me vuelvo adentro...", dice una de las secuestradas cuando asoma a la calle con Pacino... y se deja entrevistar encantada con la celebridad). El policía antagonista tiene una humanidad quebradiza. Como el director del banco. Parece que van a ser amigos todos en cualquier momento, aunque esa es una de las maravillosas mentiras de esta película. El único que se hace el hijo de puta desde el primer momento es el elemento del FBI, pero claro, ahí hablamos del estado federal, nada de mandangas, la esclerosis de los sentimientos: deberes y privilegios, nada más. De los dos caracteres principales, Al Pacino compone un antihéroe maravilloso y querible. Pacino siempre se parece a Pacino sin ser Pacino. Puede ser decenas de personajes y no extraviar la esencia que hace del actor un personaje en sí mismo. O sea, un clásico. John Cazale, su apocado amigo en el robo, cumple exactamente con el papel de John Cazale: el villano frágil por antonomasia, nacido con rostro de secundario inolvidable, como si hubiera sido concebido únicamente para las películas en las que actuó. Y puede que haya sido así porque murió pronto, a los 42 años, en marzo de 1978, pero... ojo a su porcentaje de tiro: en seis años participó en las dos primeras de El Padrino, hizo La Conversación también con Coppola, hizo El Cazador e hizo Tarde de Perros a las órdenes de Sidney Lumet. Cinco joyas. Casi cinco obras maestras. Todas competidoras por los Oscar. Desde luego, cinco películas que podrían en muchos órdenes vertebrar el singular y excelente cine de los setenta.
Yo no había visto Tarde de Perros hasta esta noche, y ya me he dado cuenta de que la tardanza ocultaba un error mayúsculo. En mi enciclopedia de cine de Taschen aparece entre las grandes de 1975. Luego veo que se jugó el Oscar con Tiburón, Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco, Barry Lyndon y Nashville. Casi nada la cosecha del 75. Ganó el cuco de Nicholson y Milos Forman, pero Tarde de Perros queda sin esfuerzo en la memoria. Una película que se explica con su guión, que camina entre el ingenio y el rigor y los entremezcla de forma que, cuando la acción parece destinada a rebozarse en el absurdo de sus personajes, escapa en otra dirección para seguir creciendo. El trío de atracadores se queda en dúo a la primera de cambio. Pacino y Cazale se confunden en todo. Son perdedores, sólo que lúcidos. Son lúcidos, sólo que torpes. Van a ser héroes y luego bastardos de la audiencia televisiva. Para que un drama en que el atracador tiene por esposa a un transexual no derive en pastiche hay que escribir muy bien y dirigir muy bien. Es lo que no soporto de Almodóvar, que seamos los demás los que hayamos de ponernos generosos con su indudable genio para salvar la coherencia que pierden sus historias con esas boutades. Pero ese es otro asunto. En Tarde de Perros, siempre que la acción se aproxima a la parodia, Lumet da una pincelada que recompone el drama y le da espesor. Salva a todos sus personajes sin juzgarlos, y por esa vía les otorga la dignidad propia de cualquier persona. Su grandeza. De forma inevitable en la película va ganando la angustia poco a poco, como una mancha de aceite, expresa en los cuencas cárdenas y en retroceso de Pacino, en el sudor asfixiante de policías, ladrones y rehenes. Termina del único modo posible, pero eso no se advierte hasta el final. Uno sólo lo adivina al ver la última mirada del protagonista a su alrededor. Él ya lo sabía.

