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El partido inexplicable
AS, 3 de abril de 2005
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Real Zaragoza, 2-Valencia, 2
Uno observa a algunos futbolistas italianos y se pregunta qué tipo de confusión metafísica les debe producir el destino metálico que les guarda su país. Veamos a Di Vaio. En la primera parte ese centurión naranja remató cuatro veces. Y si bien a cada una de sus tentativas le faltó algo que las completara, nos dijeron con claridad que en su cabeza Di Vaio tiene la portería; a lo mejor una portería de forma toscas que se corresponden con su estilo, pero portería al fin y al cabo. Dos palos y la red que canta gol. Sobre La Romareda acristalada de lluvia lenta, Di Vaio recorrió el frente de ataque afilando al Valencia, con la pelota y sin ella; le encontró la vuelta a los defensas (incluso a Milito, que jugó como siempre el partido a una altura distinta del resto) y si no hizo gol sería por esas cosas. O porque el gol le tocaba a Generelo. Así de áspero es el destino de un delantero italiano.Generelo hizo el gol y el Valencia hizo todo lo demás. En realidad, el equipo de Antonio López jugó la primera mitad contra Milito. Cada vez que regresa de Argentina y desciende del avión, Milito parece descendido del cielo. No hay metáfora posible. Del cielo al campo, porque de otra forma no se explica esa claridad de las ideas y las formas. Di Vaio se movía tanto que incluyó en su lío a todos los defensas y los sacó de cacho. Milito fue a buscarlo muchas veces y quizás en ese empeño logró que el italiano no le diera exactitud a su remate. Se ve que la revolución de Antonio López, esa relativa exclusión de los italianos que le hicieron de guardia pretoriana a Ranieri, tiene que ver sólo con el fútbol y no con las nacionalidades. Di Vaio juega. ¿Por qué? Por el fútbol.
Ahora hablemos del Zaragoza. Sinceramente, uno temía un Zaragoza flácido, como demorado en sus acciones. Ese fue justamente el Zaragoza de la primera parte, al que el Valencia se comió por los pies. El Valencia se situó en el campo con su rigor tradicional, agarró la pelota y encajonó al dueño de la casa. Y le puso balones a Di Vaio y a veces a Mista y luego éste se los ponía a Di Vaio. Ocurrieron esos cuatro remates de los cuales, en realidad, Luis no tocó ninguno: todos volaron altos o anchos. Ninguno a la portería, que estaba en el pensamiento de Di Vaio.
En ese pasaje tan largo hubo tiempo para las historias adyacentes del partido. Para el silbido de una parte de la grada a Cani, que no es nuevo, aunque viniera subrayado por las quejas recientes del Niño. También para confirmar que Movilla no le encontraba al partido la tecla ni la velocidad. Y que Villa jugaba otra vez solo contra el mundo, pero al revés de como lo hacía Milito: con ofuscación, con desespero, con ansiedad. El Valencia tenía la pelota y el Zaragoza apenas tenía nada salvo la relativa fortuna de que Di Vaio no regulase su remate. No apareció Savio ni Óscar logró hacer de puerta al ataque. Así que el Zaragoza se fue acostando en su modorra y el Valencia, a darle vueltas al gol. Pero sin hallarlo. Entonces, de ningún lado, vino el tanto de Generelo. Un disparo sobre el balcón del área y zas, 1-0.
El resultado suponía directamente una burla al Valencia y desde luego a la lógica, o a la apariencia que había tenido el partido durante toda la primera parte. El Valencia no sospechaba lo que le iba a ocurrir. En el descanso debió pensar que ese zapatazo no tenía nada que ver con la realidad y que ésta se impondría a la vuelta de la esquina. Un equipo cartesiano piensa eso. Víctor también le dio lógica a su cambio en el descanso, cuando dejó fuera a Villa (obtuso y tocado en la cadera) y puso a Galletti a fatigar la punta.
Cinco minutos
Antes de cualquier juicio, sin embargo, el Valencia encajó el 2-0. Un córner en corto para Savio, el brasileño que pone el centro y Albelda que lo peina a gol. Cuando uno se levanta con el pie correcto de la cama la vida sucede así: se encuentra monedas por el piso, del cielo le llueven pétalos y se abren solas las puertas y las porterías. Luego el Zaragoza no acertó a cerrar el choque, que ya debiera estar cerrado con 2-0. Álvaro cabeceó al larguero y Galletti mordió el rechace. El Zaragoza se había transfigurado de un momento a otro. Empeñado toda la temporada en su personalidad bipolar e imprevisible, perfeccionó esa doble moral en un solo partido. Luego tuvo ventaja, ocasiones y finalmente el partido se durmió, antes de dar el incomprensible giro final.
Una ficción no se hubiera podido sostener sobre esas variaciones, pero la realidad es mucho más arbitraria. La vida es eterna en cinco minutos, cantó Víctor Jara. Espacios tan cortos fueron suficientes en un sábado tan lluvioso y tan raro. Cuando el Valencia estaba en muerte cerebral y se había largado a la francesa, sin decir ni adiós, entraron Corradi y Fiore. Y el Valencia inesperadamente se armó sobre la figura impetuosa de Corradi, que empujó como un ariete en la jugada que cambiaría todo. Hubo un resbalón fatal de Milito (como aquél de Viena) y Mazinger entró al área desbocado. Y la puso dentro, resumiendo de un toque el infortunio de Di Vaio. El Zaragoza quedó confundido y el Valencia olió sangre. Caneira acabó el empate, cobró la pieza y se fue expulsado en el alargue. El Zaragoza dijo adiós a Europa. Y el que entienda este partido que levante la mano.
El ídolo cojo
Yo sé que ahora es fácil hablar mal de él, pero en aquellos días adorábamos a Montero. El Cojo Montero jugaba en el medio, parado en el círculo, y desde ahí ordenaba el tráfico y todos parecían sus hijos. Le decían Cojo irónicamente, porque su izquierda era tan poderosa como inútil la derecha. No la tocaba con la derecha ni para dar un pasecito de dos metros. Pero cuando pateaba con la zurda, que era un martillo de carne, la cara se le hacía madera. Si hubiera existido un aparato para determinar la fiereza con la que le sacudía, a Montero el medidor se lo deberían haber puesto entre las muelas.Pero además de un magnífico futbolista, Montero era un caudillo peligroso. Un día le metieron a negociar las primas y ahí empezó la guerra, porque Montero había oído de refilón al Che y su primo era cura guerrillero en la selva. Todo eso, batido en su cabeza primitiva, daba que el presidente merecía un puñetazo o que le pegaran fuego al despacho con el viejo dentro. Eso le dijo a la prensa, y desde entonces al presidente se le torcía la sonrisa con cada gol de Montero o si la afición le cantaba el nombre. “Que piense menos en el dinero y aprenda a jugar con las dos piernas”, bramó una vez. Montero le replicó: “Óiganme: mi mejor pierna es la derecha. La entreno para patear culos”. El Cojo terminó multado y en el banquillo, pero el equipo se puso de su lado a la japonesa, jugando todo el año como si les fuera la vi da. Ganaban y se lo dedicaban a Montero. Así nos llevaron a la final.
El destino quiso que el Cojo la jugara porque su relevo se lesionó. El presidente lo autorizó sólo después de tomarse una caja de digestivos. El partido fue apretadito, de esos en los que no se hace un claro ni aunque llueva la bomba atómica, pero hacia el final el Nene Sánchez, que era una motocicleta, se escapó y el portero lo tuvo que voltear. Penalti, un penalti inolvidable. Yo lo vi desde el fondo atestado del Bernabéu. Vi a Montero y supe que seríamos campeones, porque el Cojo no fallaba ni con los ojos vendados. Supe que el mundo era nuestro.
Entonces, aquel hombre echó a andar hacia la pelota. El portero lo vio venir y voló ansioso, aguardando el tiro cruzado. Sin embargo la pelota fue al otro lado y pasó por encima del larguero, antes de perderse en el quilombo de nuestra tribuna, blanca y azul. La gente se llevó las manos a la cabeza. A mi lado un tipo se desmayó y lo agarraron entre varios que masticaban insultos. Montero la había mandado arriba. Pensé que no podía ser, que soñaba, que había muerto. Comprendí al oír los gritos: “¡Cojo de mierda! ¡Lo ha tirado con la derecha, el muy hijo de putaaaa! ¡Lo ha tirado con la derecha!”. No recuerdo más. Luego confirmé que en la prórroga nos habían metido tres, y que el Cojo dejó el estadio disfrazado de policía. Ahora es fácil insultarlo, sí. Pero la verdad es que en aquellos días todos adorábamos a Montero.
Mediapunta, Mayo de 2005
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Un oso en el bosque de Bruil
Hubo una vez un oso que pasaba las noches y los días enjaulado en el parque. Durante la mañana caminaba de un extremo a otro de la jaula, repasando su pelambre contra los barrotes. Rozaba el muro de un lado con el hocico y después giraba para caminar hasta el opuesto, mirando de reojo los contraluces del bosque bajo el sol más alto. Cumplía esa rutina con la obstinación de un anciano avisado. Un preso. Y una playa y el mar imposible afuera. Las tardes, sin embargo, le acobardaban el espíritu. Entonces decidía sucumbir en un sucio ovillo afligido, y así miraba caer el día mientras el día lo miraba caer a él. De cuando en cuando tomaba agua de un pozo sin forma ni profundidad, que le devolvía imágenes de su instinto en desorden. A veces se ocultaba para no ser visto, para no ver. A veces no estaba. A veces lo recuerdo extrañado.
Ahora el oso ha vuelto y mira al sol desde la fachada de una guardería. Lo han pintado liviano y dichoso como un espíritu, como una nube. En la pared lateral se ve la entrada a su cueva, que culminan un enorme tarro de miel y el cartelón con su nombre, que no es en realidad un nombre sino un recuerdo. Preferiría que las maestras les contaran a sus niños este cuento con un final feliz, para rebatir la memoria de todos los chicos que hace 30 años íbamos a mirarlo en su jaula, deseando confusamente que escapara. Como el león de Bioy por los bosques de Palermo. Un oso en el bosque de Bruil. Y los niños, otra vez.
Dèjá vu
En ese preciso instante, tres imágenes aisladas habían confluido en una sola. En la pantalla del televisor, un escritor revisaba las virtudes morales del protagonista de su novela, editada años antes. Su voz era antigua y falsamente joven. También las palabras, que en realidad fueron dichas en otro tiempo, pero que ahora pronunciaba con total actualidad, como si ese momento se hubiera trasladado al presente. Sonó el teléfono y yo alargué la mano para contestar, anticipando quién me esperaba al otro lado. Busqué en vano: en la habitación de ese hotelito aislado de montaña no había aparato. Y, sin embargo, el timbre insistía. Pensé: “Si contesto, él me reclamará la compensación establecida en aquel pacto: habló de tres señales que yo sabría reconocer”. Volví a mirar a la televisión para aguardar el inmediato momento en el que el entrevistador interrumpiría el discurso del otro; y repetí sus palabras, exactas, segundos antes de que él las dijera. El escritor me miró a los ojos desde la pantalla y quedó en silencio, esperando un desenlace, cansado de interpretar una escena repetida de teatro. Las tres piezas se habían encajado y componían una escena horriblemente familiar, que de algún modo yo había visto antes. El teléfono insistía y afuera estaba oscureciendo. Me tomó una inquietud fatal y, patéticamente, traté de dilucidar el significado de todo aquello. Apenas entreví que las imágenes eran anteriores a mí y que designaban un final próximo.
Piel de mármol

El David que esculpió Miguel Ángel ha regresado a la Academia de Florencia, pulido después de una limpieza de cara y cuerpo que le devuelve su blanco estricto. Una amiga australiana me contó que durante unas vacaciones en la ciudad, junto a su hermana, habían ido a ver al David en su palacio cada día. Todas las mañanas, las dos mujeres pagaban la entrada al museo y recorrían el camino hasta situarse a la espalda de la estatua. Allí, sin disimulo, muy australianamente, se recreaban en el culo bruñido, redondo. Después de una semana de visitas concluyeron: el mejor trasero masculino que jamás habían visto.
Yo también he preferido siempre este David a la versión de Donatello, aunque por razones más inconcretas... Después de oír aquella historia examiné la reproducción de la estatua que guardo en casa, mientras imaginaba a las dos chicas tomadas del brazo, mirando a la escultura con el labio inferior atrapado entre los dientes. Y me entristecí al pensar que el deseo de una estatua era como el deseo del hombre o la mujer que nunca serán tuyos, algo imposible de conciliar con la razón. Ahora la mujer encargada de la restauración advierte que la perfecta anatomía de David corre peligro: temen que un seísmo lo derribe y le van a hacer una resonancia magnética en los gráciles tobillos, como a los deportistas, para saber si aguantará. Cuenta que le han lavado la piel de mármol con agua y papel japonés. Todo esto se lo he dicho a mi amiga. Ella ha bajado la vista, como en un recuerdo, y se ha mordido un poco el labio inferior.
El hijo del instalador de gas

El hijo del instalador de gas levantó la cabeza para observar divertido su propia estatua de chocolate, una reproducción opaca de dos metros y medio de altura. Le sonrió de forma beatífica al gentío que presenciaba la escena y volvió los ojos otra vez hacia la mole, cuya cabeza terminaba en una cuña de cacao estriado en forma de cresta. Que a uno lo obliguen a admirar su propia estatua de chocolate parece un arbitrio decididamente estúpido, una solemne tontería que sólo explica el dinero, el negocio. Pero además, esa cresta... Hace ya casi un año que el hijo del instalador de gas no se peina así. Se dejó crecer el cabello, le hicieron ‘rastas’ como a un hijo trigueño del Caribe, y ahora alguien le acomoda dos coletitas: una sobre el cogote, la otra a media caída del pelo rubio hacia la nuca. La estatua, así, podrá ser un homenaje muy sentido, si es que los japoneses le llaman sentir a lo mismo que lo hacemos nosotros. Pero no respeta la condición fundamental del hombre al que aspira: la imagen. Al hijo del instalador de gas un detalle así apenas lo incomodaría. Pero puede que a David Beckham sí.
Ocurre que los dos son en realidad el mismo hombre, si es que eso es filosóficamente posible. La cambiante personalidad exterior del personaje obliga a preguntárselo. Sabemos que David Beckham (Londres, 1975) nació siendo hijo del ayudante de un instalador del gas, y que se crió en Leytonstone, uno de esos barrios del este de la capital británica que tanto y tan orgulloso carácter inspiran en sus vecinos. Una fábrica de arquetipos que hablan ahuecando las palabras en la boca y retorciéndolas en la garganta, de forma que entenderlos resulta imposible si uno ha estudiado inglés con los ingenuos cursos de la BBC. Para aprender ese inglés hay que vivir en Londres e ir más allá: frecuentar pubs sin música que nunca aparecen en las calles principales, en los que todo el mundo se conoce pero nadie se habla; aguantarle una conversación al repartidor que entra por la puerta trasera de los hoteles y restaurantes para dejar la mercancía; o, aún mejor, plantarse frente al andamio de un edificio en construcción y grabar durante horas las diversas barbaridades que los obreros ingleses les dicen a las chicas que pasan por abajo... Oír a Beckham no sirve. Él ha conseguido endulzar el tono agresivo de ese modo de hablar con una voz disminuida, que siempre parece articular una disculpa.
Beckham fichó por el Manchester United cuando era juvenil, y la pasada semana lo hizo por el Real Madrid. Fichar por el Real Madrid siempre fue algo distinto, extraordinario... especialmente desde que lo hiciera Alfredo di Stefano. Pero fichar ahora mismo por el Madrid es como poner una escalera y subirse a Marte, directamente. El Real Madrid de Florentino Pérez, su presidente, ha patentado el modelo definitivo de club moderno, postmoderno y ultramoderno, una versión salvaje del libre mercado. La idea de partida y de final sería ésta, ilustrada por una anécdota de Florentino... Cuando, antes de que fichara por el Barcelona, al presidente blanco le ofrecieron al argentino Javier Saviola, Florentino preguntó: “¿Cuánto vale comprarlo?”. “4.000 millones de pesetas”, le anunciaron. “Pues lo compraremos cuando valga 10.000”, replicó Pérez. (A Florentino Pérez no le importa que el solista estrella cueste un Potosí; lo que le molesta es que cuando mira a otro lado, le cuelen un secundario de 4.000 millones... Es el caso de Flavio Conceicao).
Lo más sorprendente del fichaje de Beckham por el Madrid es que sólo parcialmente tiene algo que ver con el fútbol. En el Manchester, por inspiración propia, el hijo del instalador de gas de Leytonstone aprendió a golpear el balón de una forma prodigiosa. Ha depurado su estilo hasta lograr tal limpieza de desplazamiento que, al decir de algunos, en el trayecto de la pelota el público puede entretenerse leyendo el precio y la marca del balón. Beckham golpea la bola con una precisión tan radical que parece que la tirara con un cordel. Dígamoslo de forma deliberadamente hiperbólica: si en el principio de los tiempos Beckham le hubiera pegado una patada a la bola del mundo para ponerla en funcionamiento, el movimiento de rotación del globo no hubiera existido, y por tanto ni los días ni las noches ni las estaciones. Formular una cosmogonía de acuerdo al pie derecho de David Beckham es una exageración, claro está. El futbolista inglés no inició el giro del mundo, pero casi tan insólito es el efecto que sus pelotazos y su figura de chocolate blanco han provocado entre los habitantes del planeta. Ese frenesí de idolatría es lo que le interesa a Florentino Pérez, porque las pasiones venden. Las sublimes y las perversas.
David Beckham es una pasión mundial. En el fútbol, vende más que nadie. Extrañamente, la contradictoria Inglaterra no participa de ese fervor de un modo tan alocado. En Inglaterra es donde Beckham es más un futbolista y menos un fenómeno de masas, seguramente por el efecto de invisibilidad que el cristal tiene en el agua: como lo dan por hecho, como ‘naturalmente’ es de allí, está allí... casi parece estúpido o inadecuado exagerar la nota para admirarlo. Incluso entre los hinchas del Manchester United es así. En su escala de ídolos, Beckham nunca se ha aproximado a la estatura de George Best, de Bryan Robson, de Eric Cantona, de Peter Schmeichel o, aunque parezca mentira, de Roy Keane. Además, en los últimos tiempos se había levantado entre ellos otra sospecha: que Beckham sólo entregaba todo su fútbol a la selección de Inglaterra. “Puedes marcharte, Beckham, pero no vamos a derramar ni una sola lágrima por ti”, proclamaba esta semana un articulista, reconocido seguidor del United, en el diario The Times. Es la contradictoria Inglaterra.
Porque, a pesar de todo, los tabloides le han dedicado durante años miles de páginas al futbolista y a su esposa, Victoria Adams. Los ingleses siempre andan a la búsqueda desesperada de dioses que releven a otros dioses, individuos que eternicen su innata y confusa percepción de superioridad. Desde que no están The Beatles, buscan grupos que sean The Beatles en el nuevo siglo, que sean y se les reconozca como los más grandes de la música mundial. Lo han hecho con Oasis, con Blur, con Coldplay; han pasado casi un siglo en busca de Fred Perry, y se empeñan moribundamente en Tim Henman. Quieren siempre un Nigel Mansell en la fórmula 1, un Henry Cooper o un Lennox Lewis en el boxeo. Quieren a otro Winston Churchill que se siente en todas las mesas donde se decida la guerra y la paz. Y, desde luego, en el fútbol quieren a otro Stanley Matthews, a otro Bobby Moore, a un Bobby Charlton... Primero hallaron a Paul Gascoigne en 1990, pero Gazza se empeñó en romperse la pierna varias veces y en pelearse después en bares nocturnos y volver a rompérsela. La cerveza y todo lo demás hicieron el resto... Desde que clasificó a Inglaterra para el Mundial de 2000 con un formidable tiro directo de falta contra Grecia, los ingleses han elegido a Beckham como al último sucesor de la estirpe.
Odio y redención
Pero esa historia de aceptación y luego adulación tiene un inicio verdaderamente terrible. A David Beckham, sus compatriotas lo demolieron de una manera absoluta y brutalmente despiadada después de su expulsión en el decisivo partido del Mundial 98 frente a Argentina. Para ello, la prensa sensacionalista no dudó en reventar los tópicos hasta lograr que Beckham fuera insultado, violentado y despreciado en cada campo de Inglaterra, hasta que el hedor del linchamiento se hiciera insoportable. Muchos de los tópicos que manejan los ingleses más conspicuos acerca del resto de las naciones tienen que ver con las innumerables guerras de su historia; así que la tarjeta roja que vio Beckham (por una pataleta contra Simeone) se comparó a la deserción de un soldado en El Alamein en 1942. Un traidor nacional. Y además, un imbécil. El escarnio resultó delirante. De Beckham y su esposa se hacían chistes todo el tiempo en Inglaterra, circulaban por internet y aparecían en televisión. Era como el Fernando Morán del año 82 o los vecinos de Lepe en la actualidad. Eran materia de risa.
Alex Ferguson cuenta que, al ver la expulsión de Beckham, quedó horrorizado ante el presagio de lo que se avecinaba y no pudo dormir en toda la noche. Beckham tuvo que ocultarse algún tiempo en Estados Unidos para huir del acoso mediático. En cuestiones como ésta, los periodistas ingleses pueden revelarse atrozmente imaginativos. Cuando al actor Hugh Grant lo detuvo la policía de Los Ángeles con su virilidad entre los labios de una prostituta negra, los diarios populares ingleses alcanzaron el paroxismo: se gastaron miles y miles de libras para enviar a sus sabuesos a California con pasaje de primera clase. No se detuvieron hasta dar con Divine, la profesional de la ortodoncia alternativa descubierta por Grant. La encontraron, desde luego, a pesar de que sólo tenían la foto policial como referencia. Y le pagaron una fortuna a la chica para que metiera su cuerpo excesivo en la réplica de un ajustadísimo conjunto de reja que Liz Hurley, la actriz que entonces aún era la novia de Hugh Grant, había vestido el día que su media naranja la llevó a los Oscars. Hurley es finísima, se ha operado todo lo que no tenía finísimo y así representó durante años la imagen de marca de Lancôme. A Divine se le salía la calle por fuera del tejido... Pero se puso la tela roja, hinchó los labios rojos y saltaron los flases. La foto apareció en decenas de portadas...
Para redimirse, Beckham no hizo nada distinto que jugar al fútbol lo mejor que supo, tirar pelotas con cordel a las que se les podía leer el precio, ganar y perder partidos, tener dos hijos con su mujer y no decir ni una sola inconveniencia. Ni hacerla. Ni una sola. Si acaso, las tonterías las decía su mujer en imprevistos raptos de exhibicionismo: habló de que el hijo del instalador del gas se ponía a veces sus bragas debajo de los pantalones de fútbol; que se pintaba las uñas; y que, pícaramente, ella acostumbraba a llamarlo ‘Goldenballs’ (pelotas de oro). De ahí en adelante, durante mucho tiempo, todos los titulares se refirieron a él así: ‘Pelotas de oro hace tal...’, ‘Pelotas de oro hace cual...’. Pero a Goldenballs lo hicieron capitán de Inglaterra –en el fútbol británico, la capitanía constituye un rango de extraordinario significado-, la Reina Isabel lo nombró Caballero del Imperio y la prensa dejó de insistir con ese apelativo mordaz. Ahora le dicen Becks, el futbolista relativo y el negocio absoluto. O Beckham, contradictorio orgullo inglés demolido y restaurado. Pero puede que el que mira a su estatua de chocolate delante de tanta gente, riéndose beatífico, mentiroso, no sea otro que David, el hijo del instalador de gas.
El exiliado Larry Bird
El ex jugador de Boston, leyenda de la NBA y oro olímpico, decide ‘hacerse’ europeo en protesta por el “deplorable baloncesto” que en su opinión juegan ahora los americanos Angola no contribuyó a la gloria del equipo de Estados Unidos (la denominación ‘Dream Team’ cae en desuso). Los americanos cerraron la primera fase con una victoria desinteresada (89-53), pero sus actuaciones han devastado la credibilidad del grupo y la de la NBA como modelo de baloncesto. El plan no era ese, pero a los americanos les salen cada vez más espinosas las incursiones en tierra extraña. Y crecen en el entorno las voces disidentes, despectivas con el modo de concebir el baloncesto y jugarlo de las estrellas de la NBA. La última tiene la autoridad de la leyenda: “Jugáis un baloncesto deplorable. (...)Hace tiempo que sospecho que los europeos son mejores, más inteligentes y más profesionales”. Lo ha dicho Larry Bird, nada menos, en una carta abierta a la web de Eurosport. El texto no se limita a la ironía, aunque Bird frecuenta el sarcasmo cuando dice: “Leo en el foro de eurosport.es que vuestro baloncesto es de McDonald’s. Buena comparación. Jugáis como coméis”. Más allá, el fondo revela la contradictoria evolución del que ha sido considerado históricamente el mejor basket del mundo. Ahora, las protéicas exhibiciones yanquis generan la misma impresión de decadencia ‘kitsch’ que los neones de Las Vegas. Bird lo resume en el mortal arranque de su carta: “Lo que hacéis no es baloncesto. El basket americano ha quedado para hacer exhibiciones de mates y ‘alley hoops’ entre cuarto y cuarto. Y esto no es así”.
Bird fue tres veces campeón de la NBA con los Boston Celtics en los años 80; uno de los 50 mejores jugadores de la historia de este deporte. Y formó parte del ‘Dream Team’ original, el que cautivó al mundo en los Juegos de Barcelona y permanece inalterado como cima de un deporte y una competición, la NBA. Esa consideración ha girado. Lo peor no son las derrotas -frente a Puerto Rico, doloroso perder contra la 51ª estrella de la bandera, con Lituania...-; sino la impresión de que los demás juegan ‘mejor’ al baloncesto. De un modo más puro, basado en los fundamentos, atento a la evolución colectiva de la jugada. Bird se mofa: “El día que vuestro entrenador ¿os enseñó? el pase, la finta, el buscar al compañero mejor situado o algún concepto medianamente inteligente o no estábais o, lo que es peor, no lo comprendísteis”. La conclusión sería ésta: la NBA aún es la mejor competición, pero allí ya no se juega el mejor baloncesto. La escuela, los fundamentosHace pocos días, los chicos de Larry Brown asistieron a un partido del equipo femenino, que aún preserva la ‘esencia’ del juego. “Brown lleva a sus chicos a la escuela”, se apresuró a interpretar la afilada prensa americana. Traducido... esta manada de estrellas necesita rebajar testosterona y reaprender el deporte. Entender que la inteligencia suele corregir a la excelencia física. John Stockton es un ejemplo palmario. También Larry Bird, un tipo que nunca fue especialmente rápido ni especialmente ágil. Sólo fue especialmente bueno.
Mirando a esos chicos que almuerzan patatas fritas en el Queen Mary 2 perder con Puerto Rico, al viejo y genial Larry se le abrió la úlcera. Prefirió el ‘exilio’ a la vergüenza: “Se acabaron los partidos del ‘Dream Team’. A partir de aquí me aferraré a mis rasgos ‘alemanes’ para nacionalizarme europeo y apoyar al otro basket, al hermano pobre, a los argentinos, serbios, españoles o lituanos. Sencillamente, ya son mejores que nosotros”.
El guepardo vence al hombre

El exhibicionismo de Shawn Crawford casa bien con su apodo, el ‘hombre guepardo’. También su actitud más o menos vanidosa, de macho Alfa de la carrera: como cuando disputó las primeras series de clasificación para los 100 metros con gafas de sol y una visera girada sobre la nuca. Ayer no había asomo de ligereza en su proceso de concentración para una prueba demorada por la insistencia del público griego en la protesta, a modo de homenaje a Kenteris. El blanco que soñó ser Pietro Mennea no estaba en pista, estaba en el sumidero del doping. Mientras el viejo Fredericks pedía calma a la grada, mientras Bernard Williams se reía guasón y sobrador, mientras Gatlin caminaba arriba y abajo con los ojos enrojecidos, igual que si estuviera a punto de echarse a llorar... Crawford permanecía con la mirada perdida.
Sabía que ésta era su prueba y no decepcionó. Lo obligaba su marca (el único finalista por debajo de 20 segundos) y su relativa decepción en los 100 metros. El triplete de Estados Unidos se inició en la curva, donde los americanos (Crawford, Williams, Gatlin) hicieron fila. A la salida, el guepardo atacó a los hombres y les sacó tres cuerpos en cuanto se puso derecho en la recta. Gatlin cedió la plata a Williams en el último golpe del pecho. Crawford marcó19.79, su mejor registro.
Ya está más cerca de aquellos 18.99 que un día prometió (el récord mundial son los estratosféricos 19.32 de Michael Johnson en Atlanta). En 100 habló de 9.72. Dijo aquello en aquellos días en que llegó a enfrentarse a una jirafa -y le ganó- o cuando perdió contra una cebra. Eso sí, al equino lo acusó de salida falsa.
Heraldo de Aragón, Agosto de 2004
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Savio, el equilibrista tiroteado
Savio Bortolini es el tercer jugador que más faltas y patadas recibe en la Liga. Los defensas anticipan su regate, pero el brasileño del Zaragoza es más rápido que el ojo. A veces, no lo suficiente para impedir un hierrazo. En Brasil le llamaban el zurdo de las piernas rojas. “Aunque me ponga armadura para jugar, si el rival quiere me hace daño”, dice Savio con la resignación de un condenado¿Qué piensa un condenado en el instante en que oye caer la guillotina? ¿Qué sentiría un funambulista si pudiera ver la ráfaga de viento que se aproxima barriendo el espacio, la mano invisible que lo derribará? ¿Qué ve un púgil en los ojos de su oponente al iniciar su baile de puñetazos? Esos imprecisos episodios de temor y burla, burla de lo inevitable, de lo que ya no importa, los recrea Savio Bortolini en cada partido de fútbol. Pasa un defensa y otro le sucede, como cortinas de acero, y el brasileño sabe demasiado bien lo que viene a su espalda: vuela una patada y hay un golpe seco que generalmente apunta al tobillo, en todo caso a la carne. “Es siempre lo mismo, no se puede hacer nada: sé que el árbitro va a enseñarle una tarjeta amarilla al defensa y que eso será todo... Que la próxima vez volverá a ocurrir”.
Digamos que, en la línea de las imágenes alimentadas arriba, la de Savio es la resignación de un equilibrista tiroteado, al que no le queda otro remedio que caminar de un lado a otro del cable mientras los demás hacen tiro al blanco. Savio fue el tercer jugador al que más faltas le hicieron en la pasada Liga (133), por detrás de Valerón (157) y Fernando Torres (143). “En el Flamengo era aún peor”, recuerda.
En el Flamengo, Savio era apodado “piernas rojas”, sobrenombre que desecha cualquier aclaración. Le pegaban tanto y tan seguido, y con tanta saña, que cada pocos días tenía que parar. “Deberías ver cómo saca las piernas al final de los partidos”, cuentan en el vestuario del Zaragoza. De esa costumbre nació una estadística (cada dos partidos Savio visitaba al doctor) y también una injusta leyenda de jugador temeroso, que se ocultaba en la espesura del bosque cuando anticipaba el cuerpo a cuerpo. El presunto pecado de cobardía, de paso, auxiliaba el hachazo disuasorio con el que los defensas lo recibían: “A Savio le das una y ya no aparece”, venía a ser la consigna. El tiempo ha demostrado que aquella asunción era una patraña ventajista, y por demás injusta.
En el partido frente al Valencia se dio una escena cómica, casi de slapstick: una de esas persecuciones del torpe policía grueso contra Chaplin. Savio agarró una pelota sobre la línea de banda, se le echó encima un contrario y Savio lo evitó por afuera, un completo ejercicio de escapismo porque el espacio entre el hombre y la raya debía ser de apenas 30 centímetros. A la espalda del primero vino otro, avisado ya de que Savio y el balón, incomprensiblemente, caben juntos por el ojo de una aguja. La advertencia no le sirvió.
“Ya puedo jugar con armadura, da igual”
Enloquecido de habilidad, Savio le hizo la misma: embebió la pelota en su pie izquierdo y la pasó por encima de la franja blanca de cal, igual que los magos la hacen levitar en el borde de una tela negra. Aquí no había truco. Y si lo había, era tan simple que se ocultaba al ojo humano. Así que un tercer defensa le recordó a Savio una vil lección: que esas cosas no se hacen... salvo que uno pueda hacerlas hasta el gol. Para siempre.
En realidad, Savio lo ha hecho toda la vida. Alguien descubrió la mortal levedad de su regate a los 15 años en Brasil. A los 18, el tiempo ya se había apresurado para ponerle la camiseta del Flamengo, y luego la número diez de Zico. El Madrid lo descubrió en el 97 y le situó en la banda izquierda, lo que alargaba su recorrido (estaba acostumbrado a jugar de segundo punta) de manera dramática. La condición fundamental de su juego es la velocidad. En sus días de apogeo físico, los médicos del Flamengo le hicieron correr a Savio 50 metros para medir su tiempo, y paró el reloj en 5,88, registro de velocista consumado. No resulta sencillo balear a un pajarillo en vuelo. Con la pelota en el pie, esa punta de velocidad no sufría demasiada merma, así que abatirlo era y es una tarea de violenta destreza, a la que los defensas se entregan con regular entusiasmo. Savio apenas se cubre con una pequeña protección el frontón de la tibia: “Ya puedo jugar con armadura, da igual; si el rival quiere, me hará daño”.
Mientras atraviesa defensas como una luz, puerilmente cree que podrá escapar a todos. Un sordo hachazo y el aroma próximo de la hierba lo devuelven a la realidad.
Mediapunta, 3 de octubre de 2005
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El Mariscal de hierro

AS, Octubre de 2005
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Para Gaby el centenario supone una sorpresa: “¡Qué rápido pasó todo!”. Le pareció corto porque se lo pasó jugando, como los chicos: sólo se ha perdido siete encuentros a lo largo de estos dos años y pico: cinco por sanción. El peor fue el del jueves último: “No pude aguantar la tanda de penales, apagué la radio. Cinco minutos después la prendí de nuevo y oí que había errado Diego... ¡Me quería matar!”. Entonces voló César como un ángel.
Los otros dos estuvo lesionado: “Dos me parece poquísimo, siempre hay percances, recaídas”. Pero esa rodilla es de fierro, le falta agregar. Prefiere: “Creo que en general el registro no está nada mal”. Además, Milito no se lesionó solo ni lo lesionó contrario alguno. Las dos veces lo mandaron a la enfermería compañeros suyos: el primero Yordi, de un plantillazo que le volvió el tobillo del revés y lo dejó sin jugar en Valladolid. En una recuperación obsesiva, llegó a tiempo para detener a Ronaldo y al Madrid, tres días después. El año pasado, Luis García le dislocó un hombro en Olomouc y el Mariscal quedó con el orgullo en cabestrillo. Eso fue todo.
Cien partidos. ¿Quiere ya al Zaragoza como a Independiente? “Son amores distintos”. Tiene hasta 2010 para hacerlo. “El Zaragoza ya forma parte de mi vida, quiero seguir muchos años”. Ah, los quiere a los dos, entonces. Son como mamá y papá.
Un golazo y 31 velitas
AS, 9 de enero de 2005
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Real Zaragoza, 1-Betis, 0
En el día de su onomástica, Savio largó un pelotazo memorable. El balón dio tal soplido que apagó las 31 velas de su cumpleaños y luego entró por el hoyo de las agujas, vulgo escuadra. Qué gol metió ese hombre, mamita. La jugada venía bajando de derecha a izquierda, con pases convenientes que le daban ventaja al contraataque del Zaragoza. El último trámite lo hizo Óscar para el brasileño, en diagonal. Savio pisó área acuciado por los defensas y no lo pensó dos veces; ni siquiera lo pensó una. Dijo: ésta es por mí y por mi papá. Y así el wing eléctrico sacudió al primer palo de Doblas, al ángulo del amor fou. El portero apenas la oyó pasar; la gente ni lo vio. La gente contará que lo vio, pero eso es porque hay televisión. En vivo, la velocidad de la bola fue de quemar retinas, una ilusión de zigzag entre el iris y la córnea. También la sepultura prefigurada del Betis...
Dijeron partido grande y dijeron bien. Un partido con dos direcciones, como la cornada de Paquirri. Con el Betis pasó algo raro: ninguno de sus futbolistas estuvo en su nivel (ni Assunçao, ni Edu u Oliveira, desde luego no Joaquín), y sin embargo tuvo compostura y llegada al frente. Le faltó ritmo. El Betis pasó media tarde en un tran-tran contemplativo, moroso. El Zaragoza tuvo una velocidad más, jugadores muy activos y la destreza particular de algunos días: casi todo lo interpretó bien y lo hizo correctamente. Y eso sin concentrarse ni cobrar primas, para que luego digan. El fútbol es una estupenda mentira.
Vaivén
Antes de que marcara Savio, Óscar tropezó dos balones de gol en la defensa y Movilla le pegó a puerta media docena de veces. Cuánto disparó ese muchacho; y qué mal lo hizo. Pero había un anuncio en la actitud, en la ligereza del juego; un anuncio incompleto porque a la tarde le correspondían más goles. El de Savio llegó en el momento preciso para el Zaragoza. Si tuvo cualquier virtud, también agregó esa, la oportunidad. Fue en el minuto 43 y quedó resonando en el descanso.
El Betis encontraría la convicción en los cambios. La convicción y un algo de fútbol, no mucho pero sí lo suficiente para avivar el instinto. Antes, Oliveira había escapado una vez y se fue hacia Luis, pero Luis hizo la de Dios y se la paró. La de Dios le decían a aquélla que hacía Gatti y que era salir medio arrodillándose y con los brazos estirados, como un Cristo rendido en oración. Luego Savio aplastó un cabezazo contra Doblas y finalmente se marchó, la grada rendida y el tobillo en carne viva.
El melón quedó oficialmente abierto. El Zaragoza se vio en el alero y adoptó la formación tortuga, con Soriano y Pirri en la noble misión de cerrar vías. Israel, un chiquillo de 17 años, entró al campo y se ciscó en las jerarquías. El niño es extremo derecho, así no más, de forma que a Joaquín lo largaron a la izquierda, que era como largarlo a Siberia en batín de guata. Entre Israel y Alfonso la liaron. El Betis tiró dos al palo (una de Israel) y no empató porque a Oliveira lo negó otra vez Luis en el alargue, que fue una angustia mortal para el Zaragoza.
Donde también llovieron hombres

Invierno de 2005
La niebla se posó sobre la ciudad durante días sin cuenta, y desaparecieron en la bruma las torres de las iglesias y las aguas del río, y se oían campanas invisibles en el cielo y un rumor de aguas abajo, donde una vez quizás estuvo la cuenca aunque los hombres ya no lo recuerdan porque la niebla emborronó sus memorias y los días se parecían tanto unos a otros que el tiempo perdió sentido y significado, y vino el nuevo Año pero no vino el sol, ni una luz mínima que diera algo de calor, y las rosas perdieron sus colores y los árboles extendían brazos fantasmagóricos en los paseos, y las farolas parecían altísimos hombres de luz débil en el cerebro, que se tragaba la niebla; y la niebla se hizo más y más intensa y se alimentó a sí misma y creció y se hizo más densa. Y los hombres caminaron por la ciudad sin rumbo y descubrieron nuevos senderos sin saberlo. Creyendo que caminaban los antiguos, algunos no volvieron jamás, otros se acomodaron en casas que no eran las suyas, pero quizás encontraron dentro a alguien solo o triste que bien hacía en recibir el regalo que era una persona perdida que había encontrado su casa. Y muchas familias quedaron mezcladas, ignorantes de ese ensueño, y muchos niños fueron huérfanos porque los padres cruzaban los puentes y no regresaban jamás, o lo hacían por un puente equivocado que desembocaba en otra avenida, y volvían a cruzar entrelazando caminos durante horas y horas, de orilla a orilla, hasta que su desorientación hacía ya imposible saber de qué lado del río habían quedado. Y algunos hombres y mujeres se entristecieron por no verse ya nunca, por no volver a escuchar esa voz que en la memoria ganaría matices falsos y perdería los verdaderos, aunque eso no importa porque sólo es verdad algo si lo recordamos y no importa de qué modo lo recordemos. Así, la ciudad se hizo presa de un pesimismo desconocido por no ver más el sol, y del cielo añorado, porque ya no había Cielo ni Tierra, llovieron cuerpos de hombres que surgían fugazmente de una nube y fugazmente se perdían otra vez en el vaho con un estruendo callado de huesos que se quiebran en sinfonía. Y la gente tropezaba con los cadáveres invisibles, porque invisible era el suelo y los hombres no veían el principio ni el final de sus propios cuerpos ni de sus propias existencias, sólo una mancha intermedia donde se aloja el estómago y cabe una oración que pida misericordia. Y conforme avanzaban los días y nadie acertaba ya a saber cuánto tiempo había pasado desde que esa niebla infame se posó sobre la Inmortal y antiquísima ciudad, conforme avanzaban los días la niebla se cerró aún más poderosamente alrededor de los cuerpos y los objetos, y la ciudad careció de límites porque toda ella era un espacio sin principio ni final, como el esqueleto de los humanos, y se perdían amigos y se desconocía a los enemigos. Ya nadie era nadie ni quería serlo, el pasado se había diluido, confundido con el futuro y con el ahora. Ya no importaban los nombres ni las identidades, sólo los olores, los aromas, y los hombres y las mujeres se husmeaban como bestias y por el olor decidían y hablaban, sí, se hablaban, pero de un modo que jamás conocieron antes porque las caras eran apenas una bruma cambiante y la honestidad podía ser o no ser, de forma que todo y todo hombre estaba autorizado por el silencio de los ojos a decir la verdad o una verdad conveniente. Y puede que así los hombres se hicieran mejores, o no, eso ya nunca se va a saber. Y se detuvo el tráfico cuando las autoridades prohibieron la exhalación de humos de los vehículos porque la polución, dijeron los políticos, empeoraba la niebla porque atrapaba los gases en la burbuja gris de los días, alimentando esa nube indecente que había tragado a la ciudad, y además hubo un día en que nadie veía lo suficiente para circular, aunque eso sólo se supo después de que los hombres constataran una gran cantidad de muertos por atropellos, y autobuses que habían desviado su línea para tropezar con puertas de piedra o caer al río y ser engullidos por un pozo antiguo e insaciable. Todo fue quedando poco a poco detenido y en la ciudad ganó un silencio hueco y una luz intermedia que no era día ni oscuridad, sino un duermevela de sol que no se acuesta ni se levanta, y así pasaron las noches y las mañanas y a cualquier hora las personas dormían o despertaban en perfecto desacuerdo, de forma que pronto caminaba con pasos silenciosos para no ser advertido, y apenas podía uno distinguir sollozos ocultos que venían del interior de algunas casas, y por las ventanas y las puertas abiertas saltaban al algodón ciego de la calle. Hubo robos, violaciones, latrocinios, coimas, asesinatos, saqueos, asaltos, pederastia y exhibicionismo, un festín de inmoralidad ingenua, salvada por la desgracia que todos habían padecido bajo esa niebla infame. Y sólo los amantes alcanzaron a tener un instante de felicidad quizás, si supieron buscarlo, y protegidos por la niebla opaca desnudaron sus cuerpos libremente e hicieron el amor silenciosos en el mismo lugar en el que un día, cuando la ciudad era limpieza y sol y cielo azul, se conocieron o rozaron por primera vez sus manos o sus labios quisieron encontrarse, y en ese lugar inconcreto que pudo ser un banco o una espalda contra la pared o el zaguán de una casa o la madera mellada de un banco, en ese lugar los amantes recogieron uno contra otro lo que restaba de sus cuerpos extraviados y se introdujeron uno en el otro con gozo sin igual, y quizás descubrieron que en el mismo banco y a la misma hora o en esa esquina exacta un roce de hombro desnudo contra hombro desnudo venía a significar que ese espacio no era sólo suyo, sino también de otros amantes que igualmente habían decidido recordarse en silencio mutuo y encontrar en el tacto lo que la vista ya no les diera. Y pasaron los días, y pasaron los meses, y pasó un tiempo indefinido y vinieron niños, hijos de la niebla, que apenas vieron los ojos grises de sus padres. Y crecieron y la niebla se retiró, y volvió la vida, y volvió el sol una mañana, sin que nadie supiera por qué entonces o por qué no antes o después. Y entonces todos quedaron ciegos a la vista de ese sol repentino disparado a raudales que negó sus retinas en una mañana despechada, pero a nadie le importó esa nube de leche que quedó bañándoles los ojos porque qué era si no niebla, como la misma niebla de todo ese tiempo que nadie supo o pudo o acertó o le importó contabilizar, y qué importaba si ellos ya se habían acostumbrado a aceptar esa nueva forma de existencia, y qué era esa ceguera sino la posibilidad interminable de seguir amándose y perdiéndose y encontrándose libremente como en esos días largos sin cuenta en los que la niebla retuvo la ciudad en suspenso. Un viento devorador había arrastrado la niebla y les había devuelto las esquinas, los límites, el contorno exacto y conocido de su ciudad, justo antes de enfurecerse inhumanamente y levantar esa misma ciudad por los aires, desgajando día a día las piedras, sacando las puertas de sus goznes, derribando piedras de la muralla como si fueran guijarros, revoleando las campanas de las torres que las guardaban. Finalmente, en un furor despiadado, vació la cuenca de los ríos que atraviesan la ciudad y se llevó en andas a los hombres que en vano se aferraban unos a otros y ascendían en abigarrados grupos chillones, hasta algún otro lugar de esta Tierra, donde también llovieron hombres cuando el viento se detuvo. Y regresó la niebla. Y volvió el ruido ahogado de huesos que en sinfonía se quiebran invisibles contra el suelo.
Arco iris
En cierto rincón exacto de mi casa he descubierto un arco iris, finísimo. Si siempre estuvo allí, yo nunca lo había visto hasta ayer, cuando se me hizo visible al cruzar de una esquina a la contraria la página del libro que me ocupa estos días. Y eso que yo tengo por costumbre sentarme precisamente en ese rincón todas las mañanas, a leer un ratito. Es extraño un arco iris sobre un libro; pero más extraño es un arco iris sobre un libro en esa habitación, que comunica a un patio interno enredado de tuberías, demasiado estrecho para que el sol se descuelgue por él. Apenas recibe luz natural, salvo la de las habitaciones contiguas. Si el arco iris original es el que cruza los campos en la indecisión entre el sol y la lluvia, y su infinita repetición en lugares y escenas, el arco iris de mi libro es pues enteramente artificial. Y por eso, aún más extraordinario. En cada ocasión que me siento ahí y me dispongo a la lectura, la palidez de la hoja se ilumina con un rayo delgado de siete colores. Vuelvo la página y el arco iris salta también a la siguiente. Seguro, luminoso, indudable, tiene el grosor preciso de una sílaba, y las alumbra todas de un lado a otro en una diagonal radiante. He intentado componer alguna palabra con las que se destacaban entre los colores, por si hubiera un signo oculto en esta pequeña magia, pero ninguna adquiría sentido. Mañana probaré con un libro de poesía lírica.
Villa se come a la Bestia
As, 1 de noviembre de 2004
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Zaragoza, 3-Sevilla, 0
Uno ve al Sevilla plantarse sobre el campo y ve a un equipo de hombres afirmados en su envegardura, en ese híbrido de talla alemana y barrio chico. Hay una discordia en la escena: David y Antonio López, que parecen dos muñequitos en la banda izquierda. Aquel balón que Toledo cruzó en el minuto 12 era un balón de rango aproximatorio, digamos. Tuvo la involuntaria virtud de sobrepasar a Pablo y de no alcanzar a David, que se lo quedó mirando. Galletti vio el desacuerdo de los defensas y entró a buscarlo. Y cómo cabeceó ese hombre. Dustin Hoffman no hubiera cabeceado mejor. Y dirán ustedes: pero si Dustin Hoffman... Lo mismo pensaron David y Pablo. En el mientras tanto, el graduado metió gol en casa de la señora Robinson.
El tanto de Galletti puso al Zaragoza en la pista del encuentro. El Sevilla se quedó en la escenografía. Alves le tiró un par de mordiscos en los tobillos a Savio, que montó un número de escapismo: lo encerraban Alves, Sergio Ramos y Martí. Pero el brasileño volador practica la magia: hizo dos trucos con el tacón, uno parecido a aquél de Redondo en Old Trafford, pero en los medios, que la gente aplaudió a rabiar. Para que no lo acusaran de esteticista disconforme, también hizo el penalti. El gol arrancó en Villa, el delantero-peonza. Villa va y viene girando desbocado y su agitación tiene el sentido constructivo de un huracán, valga la paradoja. Persigue al defensa, busca el balón, lo absorbe, se zafa de rivales y sombras. A veces se enreda con las sombras. Otras, con los rivales. Ayer levantó la cabeza y vio a Savio entrando al área. Se la puso al hueco. Sergio Ramos tiró a Houdini y el Guaje metió el penalti con una paradinha.
El 2-0 dejó al Sevilla desnudo, sin su traje de moda. Las modas son pasajeras en el fútbol, como la tristeza de la Copa. El Sevilla rampante se marchó de La Romareda goleado y en blanco, dejando una impresión hueca. No se le vieron defensas ni delanteros. Baptista fue una bestia sombría o una sombra bestial. Se la comió Milito como dulce de leche, Milito minucioso igual que un hijo a los ojos de papá Pekerman. Villa acabó de masticarlo.
El equipo de Caparrós sólo ganó batallitas en el medio, pero fue cuando el Zaragoza se dio a reposos para varar el juego y proteger su ventaja. Ni en esas concesiones pudo el Sevilla. Caparrós buscó en los diminutivos (Carlitos y Antoñito) lo que no hicieran los hombretones. Nada. Su defensa se comió un cabezazo inocuo de Álvaro hacia Villa, que venía girando y girando sin parar, arrasando las esquinas del campo. Twister le hizo un caño a Esteban y se metió en el gol con la pelota y los pantalones puestos. Después, Víctor le dio la llave del partido a Generelo y éste lo clausuró con la autoridad de un polizonte. A cada uno que quería pasar por el medio le pedía el DNI. Era una trampa, claro, porque nadie juega con el DNI. Así que no pasó nadie. El que quiso insistir llevó estacazo. Le enseñaron una tarjeta amarilla, sí, pero es tan aplicado ese rubiales...
Autorretrato

"Soy Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan,
tormentoso, carnal y sensitivo; como, bebo y engendro".
(Walt Whitman, poeta americano)
Siete más siete, 24
AS, 9 de enero de 2006
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Alavés, 0-Zaragoza, 2
En la celebración del segundo gol, Ewerthon invitó a bailar a Diego Milito. Le hizo esos pasitos recogidos en los que enreda sus felices pies, que huelen a gol, y Diego se lo quedó mirando como si dijera: “Mejor dame un abrazo, que lo mío no es bailar”. Y se abrazaron el chiquito y el grandote, que hacen una pareja exacta porque son los individuos disímiles los que le causan gracia a la gente. Fíjense en Laurel y Hardy, en los Tonetti, en Fred y Ginger. Sí, sí, Fred era un alfeñique y Ginger un mujerón... De todas formas el bailecito ya se lo habían dado en esa jugada en la que esta sociedad ilimitada, pareja de gol, armó el segundo tanto, el definitivo, para cerrar una victoria de gran importancia. El Alavés fue todo menos una ganga, señores. Al Alavés lo detuvo con sus propias manos César Sánchez, que abrió el armario y sacó el muestrario entero de paradas. Si no lo hace, cualquiera sabe cómo hubiera acabado la cosa. Cómo paró ese hombre ayer.
Fue una película de personajes. Un partido de nombres propios, y casi todos se han dicho ya. Al menos los del Zaragoza. El antagonista fundamental se llamó Nené, lo cual no constituye ninguna sorpresa. Ahora, hay datos que prefiguran las dificultades. El Alavés sólo ha metido cuatro goles en casa, y tres los hizo en el mismo partido. O sea... Que por más que Nené, Carpintero, Lacen, Aloisi y tal se empeñaran, el gol no llegó. En el fútbol el número de goles suele resumir casi todo lo que luego se explica por las circunstancias, por los jugadores, por el azar o por la variable que sea. Ayer, la variable César.
El Zaragoza se pasó la primera mitad en actitud contemplativa, mientras el Alavés se daba a un emotivo ejercicio de agonía. Si hubiera que personalizar ese espacio en dos nombres, serían Celades y Nené. El primero definió el paso del equipo aragonés con su juego silencioso, de quieta y calmosa transmisión. Lo de Nené tuvo más historia y un impacto superior. Apareció en las entretelas del juego para generarle todo tipo de problemas al Zaragoza, sobre todo cuando el ritmo se aceleraba y se hacía un claro a la espalda de los pivotes del Zaragoza. Además, se intercambió mucho con Jandro y fue a los lados a buscar su suerte. En el minuto 5 le hizo una a Álvaro —que con gripe incluida jugó un estupendo partido— y puso en el pie de Carpintero un balón que éste convirtió en estruendosa volea al palo.
El partido tenía ritmo, sí, pero poco contenido. Toda la primera parte fue un ida y vuelta bastante insustancial, lo que dice mucho acerca de la verdadera importancia de ciertos valores en el fútbol de hoy. Esto se dice desde el lado del Zaragoza, por supuesto. Hay que imaginar que al aficionado vitoriano el encuentro en esos momentos le debía parecer una promesa de algo mejor, porque el Alavés llegaba y llegaba, ponía lo que hay que poner, y en esas condiciones uno siempre piensa que el gol va a terminar por llegar.En ese rato, el que fuera zaragocista no vio gran cosa. Lo más notable, si usted lo siguió en casa, fue constatar cómo en el pagar por ver, los narradores desconocen a un buen número de jugadores del Zaragoza. Por momentos pareció que Cani jugaba en todos los lados; Cani era Generelo, Cani era Óscar, Cani llegó a ser Diego Milito y alguno más. Sobre todo Generelo, a pesar de las botas blancas. Luego hubo otros intercambios de personalidad. El más notable, éste: en cierta ocasión en que sí la agarró Diego, el confuso locutor apuntó: “Ahí va Ewerthon...”. Esto tiene poco o nada que ver con el partido, pero es que la tarde estaba así, la verdad.
El Zaragoza sólo asomó la cabeza de Óscar una vez, para rematar fuera un centro desde el lado derecho de Ewerthon. Al margen de eso hubo dos disparos, uno del mismo brasileño que se fue escorando él solo hasta no poder pegarle a la pelota. Y otro de Diego Milito. Si esos balones hubieran seguido volando, a estas horas habrían llegado ya a Connecticut o al desierto del Gobi, así de dirigidos iban. Además, el Zaragoza estaba impreciso y como indeciso, perdón por la repetición de sonidos. Diego Milito protestó una falta al borde del área como penalti, pero Lizondo (uno de esos árbitros) no vio ni una cosa ni la otra. Obligado, el equipo de Chuchi Cos puso algo más por el lado de Mehdi Lacen, interesante futbolista, y sobre todo lo que tuvo que ver con Carpintero y su infatigable juego, además de con Nené, que lo intentó en todas las posiciones. Pero en todas aparecía César. El empate fue cosa del portero: faltas, tiros cruzados, llegadas hasta su misma barba. Todo acabó en él. Una vez Nené le largó una falta en dirección a la escuadra y César la descolgó sin perder la vertical. Lo más tranquilo. Un duque.
Y entonces, de repente, llegó el gol de Diego Milito. Porque fue de repente. Fue volver del descanso, sacar de centro el Alavés, equivocar un pase Juanito y allí apareció Diego Milito para interrumpir la trayectoria diagonal del balón. Diego tomó como suya la pelota extraviada y con ese gesto convirtió en territorio comanche lo que parecía tierra de nadie. Mientras los demás miraban, avanzó cuatro pasos y en cuanto pudo golpeó con la cara interior del pie. El gesto pareció forzado, pero ese estilo robótico de Diego oculta algunas armonías desconocidas. La pelota partió del chanfle interno, que dirían en casa de los Milito, e imperceptiblemente se ahuecó en su vuelo hacia un lado. Costanzo se tiró contra el aire y con eso se quedó. Cuando la quiso ver entraba por el ángulo de los amores.
Con ese gol el Zaragoza tenía lo que quería. Le hemos visto hacerlo unas cuantas veces, romper un cascarón autoimpuesto y salir en la segunda parte como si no se acordara de sí mismo ni de un primer tiempo pacato o complaciente, como el de ayer. Y entonces ser letal. Algo así ocurrió en Mendizorroza. El tanto fue demasiado para el Alavés, al que la desventaja le suponía una muralla china. Víctor apuntaló el medio con Zapater por Óscar, desplazó a Generelo a la derecha y preparó a su equipo para lo que viniese. Al margen de consideraciones de estilo, la entrada de Zapater rindió. El chico le puso a la cosa su metálico pulmón, y el Zaragoza ejerció un control psicológico y efectivo. Luego Movilla ingresó por Celades. Si a usted ese cambio le pareció críptico, no hablemos del último de Cuartero por Toledo en el minuto 86. Ese fue para iniciados.
En fin, pero volvamos al partido por última vez. Lo que queda se explica rápido. El Alavés intentó no firmar la rendición. Nené y tal. César y cuál. Le sacó una divina a bocajarro, aunque Lizondo (uno de esos árbitros) había chiflado fuera de juego. Salió Bodipo a sumar remate, pero nada. Para despejar dudas, Diegol se inventó en el minuto 84 una pared prodigiosa con Ewerthon, que entró al área con los ojos saltones de gusto. Sintió el cosquilleo en los pies, rodeó el cuerpo desparramado de Costanzo e hizo el segundo tanto. Luego se dio al baile. Ewerthon es como Alí: baila como una mariposa, pica como una abeja.La noticia

"El periodismo consiste en decir ’Lord Jones ha muerto’ a un público que ni siquiera sabe que Lord Jones existía".
(G. K. Chesterton, escritor inglés)
Jonathan Edwards, por Dios y por Gran Bretaña

Steve Cram había ganado el Mundial de 1.500 y batido dos veces la marca universal de Sebastian Coe cuando reconoció: "Si no gano el oro en unos Juegos, seré considerado un fracasado". Entonces Cram tenía 25 años, pero nunca logró el oro olímpico, un metal de incalculable valor incluso para un hombre como Jonathan Edwards, creyente tan convencido como para reducir a la obviedad el significado de una victoria: "¿Qué tiene de especial? Se trata de saltar en un foso de arena...", dijo alguna vez para definir el triple salto, una de las disciplinas más complicadas y menos populares del atletismo. A los 34 años Jonathan Edwards es campeón olímpico: ha cruzado la frontera a la que aludió Cram y en la que él se había situado desde que en 1995 llevó el triple a una dimensión desconocida al saltar 18,29.
Cuento de fútbol
Este ’Cuento de fútbol’ fue publicado en Heraldo de Aragón como contracrónica de un partido Sevilla-Zaragoza (3-2), de ahí la inconcreción del título y algunas realidades demasiado obvias. Pero siempre lo preferí como una ficción intuida en las entretelas de una lluviosa tarde de fútbol. Y así lo recupero ahora, con muy leves correcciones respecto al original periodístico. Con el tiempo, me parece que ha tomado la forma que siempre debió tener o con la que se presentó ante mí: un inconsciente homenaje al inasible virtuosismo de Carlos Lapetra, el mejor futbolista que jamás ha vestido la camiseta del Real Zaragoza).
Heraldo de Aragón, 8 de diciembre de 2003
¿Podría ser esa paloma el espíritu de Carlos Lapetra?
Nos gustaría jugar a un pequeño milagro mientras el fútbol va y viene, mientras ocurre algo o no ocurre nada. Antes del partido la vimos volar en vertical como una bengala, para ocultarse bajo una de las vigas de hierro que soportan la cubierta del Sánchez Pizjuán. Le prestamos a la escena una atención difusa, como a cualquiera de los otros detalles casuales de la tarde. Pero después, cuando empezó el juego, la paloma apareció en todas las jugadas de ataque del Zaragoza... y tenía actitud de extremo derecho consumado. Ahí fue cuando empezamos a observarla. No... no es que nos despistáramos; en realidad, es que a la paloma había que mirarla por obligación, porque formaba parte del encuentro igual que cualquiera de los 22 jugadores o el bendito Megía Dávila, el árbitro. Y atraía la vista su comportamiento indolente, como de un Ronaldo. Al alejarse la pelota, tomaba la forma estricta de un ave y se ponía a picotear el suelo girando en redondo, desdeñosa, sin importarle el partido. Pero cada vez que el balón aparecía por su lado en los ataques del Zaragoza, levantaba el vuelo para enredarse entre las piernas de Galletti, abriéndose en zig zag frente a los defensas, aplacando el aleteo para una pausa, planeando para buscarles el hueco. Por ejemplo, a David lo mató en la jugada del gol de Galletti: el defensa vio el centro del argentino, interpretó la comba del pie... pero la paloma voló hacia fuera mientras el balón iba hacia dentro. Confundido, David dudó entre pluma y cuero, tocó mal y la metió en su portería. Galletti abrió los brazos y la paloma subió el cuerpo gris inflamado de alegría por el aire.Alguien dijo: “Tendrá forma de paloma, pero parece un futbolista”. Un siete rápido, ingenioso y genial. La culminación del modelo. De todos modos Garrincha fue un pájaro antes de ser uno de los jugadores más felices de Brasil. Ahora es primero el 7 y luego el ave. Así que intuimos que en este partido podríamos estar viendo otra cosa. Que esa escena contenía un cuento de fútbol o un guiño de eternidad. Apostado en la esquina del campo, el fotógrafo recibió una llamada: “¿Te has fijado en la paloma? -le dijeron-. Yo creo que podría ser el espíritu de Carlos Lapetra”. La contestación ratificó la posibilidad del imposible: “ Le vengo disparando hace un rato... pero no sé si la tengo”. Eran un par de dudas con sentido: ¿Pueden fotografiarse los espíritus? Y... ¿sería éste el de Carlos Lapetra?
Interrogamos a la memoria. ¿Por qué Sevilla? ¿Por qué ayer? ¿Había algún significado oculto en esa aparición, alguna señal? “¿Lapetra y Sevilla? Nada especial. En los 60, el Zaragoza acostumbraba a perder aquí”, apuntaron en la cabina de prensa. La paloma picaba distraída el verde, como si supiera que hablábamos de ella. Viéndola pensamos: ¿Y si no hay un motivo? Podestá había hecho el primero. Fastidiado, recordé que un amigo inglés me había hablado del fantasma familiar de un conocido suyo. Mi amigo es un tipo racional, ilustrado, nada sospechoso de alucinaciones. Y aseguró haber visto ese fantasma corporizado en la biblioteca, una noche en la que visitó la casa. “No parecía un fantasma, nada raro; era igual que una persona –contó-, tanto que estuve a punto de saludarlo. Acompañaba por las noches a la madre en algunas tareas comunes fuera de la finca, protegiéndola en la oscuridad”. Eso demostraría que los espíritus no requieren grandes motivos para manifestarse. Pueden aparecer por nada. Por espíritu protector. O por divertirse un rato en el fútbol.Pero saberlo era imposible. El partido avanzaba extraño. Al marcar Villa, el pájaro ni lo celebró, se quedó quieto. Era una contradicción notable. Pero luego vino otra, la principal, admitida a regañadientes: Lapetra fue extremo izquierdo. Así que esa paloma, que subía por la derecha, no podía ser él. ¿Sería Juanito Ruiz? ¿O Canario? No, Canario aún está con nosotros. La vimos elevarse en el diluvio sobrevenido, volar por el aire de la tribuna. Alguien intentó atraparla, pero se le esfumó en un giro y después... ya no estaba. No la vimos más. Podestá había empatado. Más tarde, al cerrarse la farragosa cortina de agua, pareció que volvíamos de un sueño: había caído la noche, el Zaragoza era uno menos. Y el Sevilla había ganado el partido.
Crochet mortal de Ewerthon

AS, 12 de enero de 2005
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Atlético, 0-Real Zaragoza, 1
El otro día nombramos al gran Muhammad Ali. Hoy hablaremos del guisante Pernell Whitaker. ¿Usted se acuerda de aquel pequeñarras que molió a palos a Poli Díaz en la pelea por el título del mundo? Todo fino, todo enano, todo pusilánime... y arreaba unos guantazos que dejó al potro de Vallecas en jamelgo de Orcasitas. Qué mano de tortas le dio. Bueno, pues así es Ewerthon: pequeño, veloz, ligero, casi imperceptible. Pero hijo, tiene la baba del gol (que buena frase, oída ayer en la radio). Le pesa la mano. Pega y mata. Corre y gol. Sale y gana. Apareció en el descanso y con un crochet de zurda mandó al Atlético a dormir.
Ahora, es raro que dos equipos quieran lo mismo en un partido, sobre todo si es el primer partido de una eliminatoria. Que el Zaragoza ramoneara en el Vicente Calderón estaba previsto. Pero que Bianchi se hiciera el loco y jugara también a no encajar, ya es otra cosa. Y sí, jugó a eso. Recordó a aquellos caricaturescos episodios de Bilardo, cuando Argentina perdía 1-0 y el profesor sostenía el impulso de los suyos hacia el empate, no fuera que les hicieran el 2-0. O cuando en un partido a la albiceleste le faltaban 15 minutos para establecer un dudoso récord histórico de minutos sin hacer un gol, y Bilardo ordenó en el vestuario: “No se les ocurra marcar antes del cuarto de hora que jodemos el récord”. Son lógicas enfermas. Avisado de que el gol fuera vale doble, Bianchi puso buen cuidado en no encajar uno. Casi más que en anotar.
Respecto al Zaragoza, el equipo se dispuso en el campo exactamente igual que cualquier otro día. Cuestión diferente es lo que cada cual pueda opinar sobre la suplencia de Ewerthon (el que avisa es un amigo, y AS avisó), y la comparación con Sergio García. Uno está casi seguro, modestamente, de que con Movilla hubiera aparecido el trivote, pero eso queda para la especulación. Lo de Ewerthon lo tenía Víctor entre ceja y ceja hace días: dejarlo fuera y darle entrada después del descanso por Diego Milito. Y eso exactamente hizo.
El fútbol es la materia opinable por antonomasia. Hay quien piensa que, precisamente, la mejor forma de ayudar a dos delanteros en racha es no separarlos ni aun en broma, entregarles a ellos toda la confianza y seguir hasta donde dure. Otros miran a la espalda de las cosas. Como Gila, que pensaba en la madre del portero al que le metían un penalti y se apiadaba de ella y del chico. Bueno, pues en el reverso de la hemorragia goleadora de Diego y Ewerthon, ese tipo de pío individuo ve el silencio de Sergio García, y cavila: algún día hay que darle una oportunidad. ¿Por qué no ayer? Son formas de verlo. Al final todo el mundo tiene razón alguna vez. Los que miramos el fútbol desde afuera somos pasionales y absolutos en nuestras hipotéticas decisiones. Que se sepa una cosa si es que importa algo: si yo fuera presidente también habría dejado a Ewerthon quietecito con Diego. Ahora, a Víctor le salió tan bien que cualquiera le dice nada.
El soliloquio viene a explicar las circunstancias. Porque la primera parte fue más de circunstancias que de hechos. La ficha dejó poco que contar, pero aquí quedará consignado, para que la crónica no salga demasiado discursiva. Lo mejor (en el Atlético, se quiere decir) fue una escapada de Petrov por la derecha que tuvo que conjurar César. El dominio de César en el achique es de escuela de porteros, la verdad: tiene la velocidad, la exactitud y el equilibrio precisos para reducir todos los ángulos a casi nada. Petrov debió rematar por obligación contra el guante del portero.
En realidad, como ocurrió en la Liga, el correo del zar fue Petrov y duró sólo un tiempo. Torres vagó en solitario, Ibagaza fue y vino como un topo en su agujero, intentando jugar. Kezman estaba en el banquillo. Así que todo quedó en manos del búlgaro y sus pies en polvorosa. Dejó esa carrera furibunda que Álvaro acompañó temiendo penalti o algo peor. Y luego le puso otra con lazo a Maxi en el corazón del área que el argentino, felizmente, voleó a la luna. Del Zaragoza se supo bien poco: un disparo de Sergio García que iba fuera y que Falcón, para darle contenido, sacó igualmente a córner. Diego no encontró conexiones. Cani y Óscar, apenas.
Lo mejor del Zaragoza tenía que ver con Gabriel Milito, rizo imperial, y sobre todo con Celades, el motor silencioso que buscan los ingenieros. Quizás el fútbol reserve a Celades una extraña incomprensión popular. Es uno de esos jugadores de esencia recogida, futbolista de detalle, futbolista para haber sido torero y que lo glosara el inolvidable Joaquín Vidal. Ese Celades paró el tiempo... diría el maestro. Ese Celades hace del fútbol un arte de simplicidades incomprensibles. Burdamente diremos que Celades se equivoca muy poco. Pierde un balón cada seis meses, pero la mayoría los juega bien o los mejora. Para el Zaragoza (milagro repetido) es un jugador perfecto; y tal vez el Zaragoza sea un equipo perfecto para él.
A Celades lo acusan de intrascendencia, pero habría que examinar bien lo que significa ese término en este juego. Mientras lo pensábamos, Celades hizo ese pase maravilloso a Ewerthon en el arranque del segundo tiempo. El brasileño había aparecido en el campo tras el descanso. Eso siempre reanima al Zaragoza, equipo que encuentra su felicidad pasado el intermedio. Parece un boxeador estratégico. No es que se cierre o eche la espalda a las cuerdas, pero se pone contemplativo. Da vueltas, va y viene, se la da a Celades, regresa. Y en la segunda entra a jugar. Y con Ewerthon se afila.
Óscar había llamado a la puerta del gol a los 55 minutos con un jugadón que nos recordó quién es Óscar. Otra vez le faltó el gol. Lo tiene en algún sitio, pero no da con él. Lo toca como el que toca una moneda perdida en el dobladillo de un abrigo: sabe que está ahí pero no acierta el modo de sacarlo a la luz. Ayer se lo quitó Pablo en el remate final. A continuación, Cani largó un zapallazo que rechazó como pudo Falcón. Era otra vez el Zaragoza de la Copa, ese que de pronto da un aldabonazo y dice: señores, aquí estamos.
Y sí, ahí estaba. Con Celades y súper ratón. El Atlético se disolvía cuando los dos hicieron chispa, y vino el gol. El pase con arco hacia el costado de la defensa, delineado como con un cordel por Celades, curva exacta de dibujo técnico; y la escapada de Ewerthon, que nunca olvida supervitaminarse ni mineralizarse. Por eso le sacó un cuerpo a Pablo. Fue suficiente. Al pisar el área se le encendieron los sensores, porque Ewerthon sabe que el gol es un teorema de equilibrios y geometrías que hay que resolver de noche y en un tren desbocado que entra a un túnel. Él despejó la incógnita sin pensar, por pura y demoledora intuición. A eso se le llama belleza. Arte. La tocó con suavidad al otro lado antes de que llegara el defensa y más allá del cuerpo del portero. Y la pelota, obediente, se fue pegadita al palo. Al gol. A la victoria.
Noqueado, el Atlético enloqueció. Bianchi movió la baraja y puso a un Kezman menor, tabernario e impulsivo. Tuvo una, sí, y se la sacó César, cómo no. Pero el partido había de quedarse suspendido en esos segundos que duró la jugada de Celades y Ewerthon. La esencia viene en frasco pequeño. En la ligereza creativa de Albert y en el vuelo mortal de súper ratón. Esos dos chicos pararon el tiempo, don Joaquín. Y esta Copa huele de maravilla.
El rey encuentra su corona

Heraldo de Aragón, verano de 2004
Final olímpica de 1.500 metros
En algo más de tres vueltas al estadio un hombre dilucidaba el final de su leyenda, la victoria sobre sus obsesiones y todas las derrotas anteriores. Hicham el Guerrouj cerró en Atenas el círculo de su extraordinaria carrera, con laurel en la cabeza, lágrimas y una medalla de oro que el mundo le atribuía ya en Atlanta, hace ocho años, y que el destino le arrebató insistentemente hasta ayer.El Guerrouj poseía todos los títulos posibles y todos los records humanos. Sólo le faltaba la gloria olímpica, que es la gloria del deporte por antonomasia, la que desean los atletas por encima de ningún registro y de cualquier título. El Guerrouj sufrió para lograr esa culminación que misteriosamente se le había negado. En el 96 sufrió una caída cuando ya era general la la la certeza de que el relevo generacional le correspondía: atrás quedaban Elliott, Coe, Cram, Aouita o Morceli. Hicham El Guerrouj sería el siguiente elegido. Su caída en aquella prueba lo marcó de forma brutal. Desde entonces llevó consigo la foto del instante fatídico, para conjurarla. Pasó cuatro años imponiéndose en todas y cada una de las carreras que disputó. Pero el oro también lo esquivó en Sydney. Ngeny, un prodigioso keniano, esculpió a su costa tres minutos y medio de eternidad.
El Guerrouj tenía ayer rivales. Lagat en primer término -y la posibilidad de una liebre keniana que le dispusiera la carrera a su gusto-, Kiptanui, compatriota del anterior, Reyes Estévez, Rui Silva... Si la carrera era lanzada a un ritmo mayor, el podio sería inevitablemente africano. Reyes y todos los demás precisaban un tiempo menos generoso. El español pronto se puso delante y precedió al trío keniano. El Guerrouj aguardaba por fuera, con una zancada serena, quizá ahuyentado los recuerdos, dominando su obsesión. Luego pasó al tajo.Sobre el 800 lanzó la carrera y prolongó su cambio durante media vuelta, en una aceleración formidable que desató el pánico por atrás. Reyes aguantó momentáneamente, pero el paso de los metros lo fue enguyendo. La última vuelta se convirtió para el catalán en una evidencia de que su apuesta por los Juegos no iba a terminar en medalla. En la contrameta Rui Silva se había convertido en una aspiradora de hombres y se le puso cara de podio. Lagat resistió, pero eso ya se sabía. El 1.500 debería decidirse en la salida de la curva y en la recta definitiva. Ahí donde a El Guerrouj lo aguardaba el fantasma de Ngeny, que había tomado la forma indudable de otro keniano, Lagat.
Rui Silva no llegaba. Lagat atacó con todo. Los 80 metros finales fueron un hombro a hombro dramático entre los dos. Un final que aún subrayó mejor la victoria más grande del gran Hicham.
La leyenda del rey temeroso

Heraldo de Aragón, abril de 2004
En el principio suele haber un episodio de apariencia anecdótica que pone los hechos en marcha. El nudo de la historia lo señala un instante crítico, en el que el protagonista se enfrenta a una bifurcación ante la que no le es dado, o no siempre, elegir un camino; digamos que puede haber sido señalado de antemano, quizás en su contra. Y que el hombre que surge al otro lado puede ser el mismo o ser definitivamente otro. Esa incertidumbre es la que, en la larga tercera secuencia, dirige su existencia hacia la búsqueda de un fin. En la vida de Hicham El Guerrouj (Marruecos, 1974) podemos entrever esos momentos y conjeturar a partir de ellos el perfil de esta figura mayúscula. El niño Hicham nació hace 29 años en Berkane, una ciudad al nivel del mar, cerca de la frontera con Argelia. Fue el cuarto de ocho hijos, un chico afilado y tímido. Con la misma ligereza con la que obedeció el instinto de diversión infantil y se hizo portero de fútbol, lo cambió a los 15 años por el atletismo. Nada dice el motivo de ese tránsito a favor de una vocación: El Guerrouj se quitó las rodilleras y la camiseta de guardameta de su equipo local sólo para satisfacer a su madre, quejosa porque el hijo ensuciaba la ropa cada día.Muy pronto, el destino de Hicham resolvería el peso de esas anécdotas. Ingresó en el Instituto Nacional de Atletismo de Rabat y conoció a su entrenador, Abdelkader Kada, esa clase de técnico veterano de distancias psicológicas como el 5.000 o el 10.000, capaz de modelar su vertiginoso talento y servirle de inspiración. Pasemos de largo su veloz evolución juvenil: enseguida El Gerrouj se elevó como ángulo de la revelación marroquí, atribuida a Mohamed Midouri, antiguo jefe de seguridad del rey Hasan.
En apenas cinco años iba a anticipar de modo dramático los plazos del relevo en el 1.500, prueba cardinal del atletismo. A su llegada, la distancia pertenecía al argelino Nourredine Morceli, quien pronto alcanzó la certeza de que había algo monstruoso, casi mágico, en la forma de correr del joven marroquí. Algo que lo alejaba peligrosamente de modelos y previsiones. Morceli había sucedido a Aouita y tenía sólo 27 años. Pero ese Hicham que ahora corría a su lado no le pidió permiso al tiempo ni a la historia: “Hubo una era Coe, una era Aouita y ésta es la era de El Guerrouj”, diría. Desde entonces, ha ganado cuatro veces el Mundial y batido los records de 1.500 y de su hermana, la milla, devastando la tradición. Pero fracasó en sus dos Juegos y eso lo separa de los popes de todos los tiempos:el australiano Herb Elliott, quien nunca fue derrotado en esas dos distancias; el inglés Sebastian Coe, la expresión más alta del 1.500; o Aouita, quien de forma brutal se atrevió en los 80 con todo el rango del medio fondo, del 800 al 5.000.El Guerrouj mide 1,78 y pesa 59 kilos. Tiene las piernas considerablemente largas y un liviano pecho elevado. Quienes lo han visto entrenar en el Atlas marroquí hablan de cargas asombrosas, series que completa a un ritmo propio de carreras de 400 o 500 metros. Eso explicaría la inalcanzable velocidad de crucero que lo define y que permite su arquitectura de carrera preferida: el ataque largo. Como si se protegiera de algo, del vértice helado de un temor, pudiera ser.
No sería difícil rastrear la huella de ese miedo. Nace en la noche olímpica de 1996 en la que quiso destronar en Atlanta a Morceli y acabó rodando por el piso, después de tropezar con el argelino. Culpó a su rival con ira e injusticia. Para expiar la lástima guardó una foto del incidente y la lleva a cada competición: “Me recuerda por qué y para qué sigo corriendo”. La fotografía oculta el estrépito íntimo de la caída y el apresurado tintineo de la campana, que le anunció la última vuelta antes de irse al suelo. En Sydney 2000, de nuevo lo rindió el temor:“Sentía a todo mi pueblo y a mi rey mirándome”, admitió tras perder en 1.500 y en 5.000.Cada una de sus formidables zancadas aleja de la memoria una campana obsesiva que lo hace caer. La última secuencia de esta historia comenzó en Atlanta y debe culminar en Atenas, este verano. El Guerrouj sabe que allí lo aguarda, monstruosamente, el incierto final de su propia leyenda.
El presidente de hierro

Nota: El tiempo y el fútbol, materias ingobernables, han hecho de este artículo un gracioso anacronismo. En los días en que fue publicado Florentino Pérez era generalmente tenido por el reinventor del fútbol. Iba, efectivamente, camino de convertir al Real Mad