contador de visitas
contador de visitas Febrero 2006 | Somniloquios

Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.

Dormir, tal vez soñar

20060203175214-betty-rita.jpgPocas películas me fascinan como Mulholland Drive. Me hipnotiza de forma similar a como lo hace 2001, por el onírico magnetismo de sus imágenes, por su aséptica o terrible capacidad de sugestión. Y me gusta más en la oscuridad de las interpretaciones (aunque fueran erróneas, qué importa eso) que en la luz de la razón. A Lynch jamás le ha interesado ese matiz.

 

La primera vez, la película se hace ciertamente incomprensible. Al menos para mí, que soy perezoso como ya ha quedado dicho. La volví a ver el jueves, repuesta por La 2, mucho tiempo después de haberla disfrutado en el cine, y reuní los cabos sueltos. En realidad, la historia es más sencilla de lo que parece: sólo tiene un pliegue que desdobla personajes, situaciones y caminos. A cada uno de los lados están Betty/Diane (maravillosa Naomi Watts), y Rita/Camilla (Laura Harring). Creo haber intuido después de la primera visión que no importaba el misterio, que era mejor no descubrir el truco: se trataba de dejarse llevar a una noción narrativa distinta y entregarse a la posibilidad de lo inasible, otras vidas propuestas por un sueño o un anhelo, las que quedaron en nada, las que interrumpió una elección propia o ajena, la suerte, el destino. En fin, no desechar los caminos extinguidos. Creer en la redención de un sueño frente a la pesadilla de una vida, como quiere creer Diane. Ahora que he descubierto el truco desaparece parte de la ilusión porque, racionalizada, la película queda desnuda de su sentido y de su formidable potencia evocadora. Cuando soñamos no sabemos cuánto dura ese sueño. Pero sabemos que, en el lapso de tiempo en el que duró, tenía perfecto y exacto sentido.

David Lynch utiliza un truco minúsculo (un sueño intrigante, un sueño relativamente dichoso, que se interpone a una realidad dramática) para construir una narración sin coordenadas, confusa en su esquizofrenia. Para Lynch la realidad no es más cierta que los sueños; de acuerdo a esa conjetura, ambos constituirían percepciones irrefutables, coherentes en sí mismas y acaso sólo relativamente independientes. ¿Por qué un sueño no concluye absolutamente al ser interrumpido por la vigilia? ¿Por qué arrastra un residuo de amargura, de felicidad, quizás una manifestación física? ¿Por qué un hombre despierta llorando a la vuelta de una pesadilla que no puede recordar? En Mulholland Drive, Lynch resuelve abrir las puertas que comunican un lado y otro y permitir que ambos se confundan. Porque ciertamente se confunden. Porque la vida no es sólo la vida concreta que sucede, nos sucede, cada día, sino también un sinfín de discordias que resolvemos en nuestro interior, en un oscuro escenario de soledades a veces más contundentes que el sol.

 

Esa puerta es una minúscula cajita azul que se abre con una minúscula llave azul. Es el interior de la oreja seccionada y recorrida de hormigas de Blue Velvet; es la desierta carretera oscura y la repetición de una línea discontinua blanca sobre el piso de asfalto en Carretera Perdida; es el fuego incesante de Corazón Salvaje. A Lynch le fascinan los símbolos y los recrea como nadie. El sueño es un teatro de silencios, en el que uno es al mismo tiempo actor y público; una pompa frágil cuyas fronteras pueden reventar en cualquier instante, como liberación o condena, para autorizar: la extraña certeza de, mientras uno aún duerme, saber que está soñando. A partir de esa conciencia, la vigilia aguarda sólo un instante más allá. Betty se aproxima a ese camino en el sugerente club del silencio. En el club del silencio (un hallazgo de guión, de escritura y puesta en escena de David Lynch), Betty experimenta la conmoción física y llora ante una imagen que se desvanece frente a ella, revelando su imposibilidad, y de la que perdura el sonido como representación de aquello que ha de traspasar la conciencia. El llanto, un despertar de amargura, una excitación carnal, un sombrío temor. En el club del silencio no hay orquesta, no hay banda, no hay actores, no hay nada. Todo es una grabación. Todo es una memoria sin orden en el subconsciente. Todo es silencio. Sueño.

 


(*) Naomi Watts y Laura Harring, en un cartel promocional de Mulholland Drive, de David Lynch (2001).
 

 

03/02/2006 17:42 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine No hay comentarios. Comentar.

Ser piedra

20080205153801-akis-xray.jpg

Hoy comienza el torneo de las Seis Naciones de rugby. Al rugby le debo un tanto por ciento muy elevado de mi quebradiza felicidad en la edad adulta. Hay algo en el rugby que no está en ningún otro deporte que yo haya conocido, algo que tiene que ver con el temor y la supresión de los límites, con el sufrimiento compartido. Cuando comencé a jugar, solía mirar a los rivales durante los minutos previos al partido, mientras llegaban al vestuario. Calculaba su tamaño y el peso, la potencia que desarrollarían en un choque, la posibilidad de hacerme daño contra alguno de ellos. Los había pequeños, sí, construidos de nervios, pero con esos no me toparía demasiado a menudo en el campo. Esos siempre se escapan. A mí me tocaban los pesados, los de las espaldas anchas, los altos, los grandes, los fuertes, los de la cara desagradable, los de las orejas sujetas con cinta aislante, los del cuello rugoso. Los delanteros. Yo era uno de ellos, y aún lo soy, pero estaba al otro lado. Los miraba y sentía temor. Dudaba que yo inspirase esa impresión en ellos.
 
El tiempo ha borrado del todo ese miedo, que se desvanecía en la protección amiga del vestuario, y en las risotadas que precedían al partido. Lo que no desaparece y nunca lo hará es el cosquilleo que me recorre en las horas previas y que anula cualquier otro pensamiento. Esa loca anticipación me fascina: me ha llegado a ocurrir mientras conducía y he temido un accidente. En esos instantes mi cabeza es tan ajena a la realidad que no proceso ninguna otra información. Juego el partido al menos dos veces: una en mi cabeza, horas antes; otra ya en el campo.
 
En el rugby hay dos momentos y dos lugares incomparables. El primero tiene lugar en el vestuario, justo antes de que comience la acción. Digo acción porque decir jugar sería no decirlo todo: eso no es jugar, es algo más o yo lo siento así. Lo comprendes por el espeso silencio en que se viste el equipo, por el ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, miradas contra el espejo descifrando letanías de embrutecimiento. Lo sabes cuando, por fin, la camiseta baja sobre el cuerpo. Una vez que la camiseta está sobre el cuerpo, ya no hay nada más. Nada que pensar, nada que decir, nada que temer. Sólo una coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso. Entonces es cuando deseas ser piedra.

El segundo instante es algo posterior y mucho más efímero. Dura apenas unos segundos y lo contiene el momento en que la pelota va a ponerse en juego, va a planear levemente como una bomba fatal hasta caer al otro lado de la muralla. Y hay que ir a buscarla. Hay que ir por cojones, como uno va a al frente, fastidiado (puede), pero queriendo esa obligación, amándola, porque uno sabe lo que va a encontrar allá enfrente: un muro de cuerpos que aguarda la colisión frente a otro muro de cuerpos. En ese instante, uno no piensa, pero siente que está rezando para que los pulmones se abran y no se interpongan en lo que ha de ocurrir durante 90 minutos, para que no te detenga un solo dolor ni un solo golpe. Para ser piedra, otra vez, todas las veces. La razón está suprimida y sólo se autoriza el funcionamiento de lo indispensable. Todo lo que tiene que ver con la pelota, el espacio, el contrario, la demolición, el ensayo. Es curioso porque, después de ese primer choque contra la pared, hay que ponerse a pensar y no dejar de hacerlo. Pensar y sufrir, empujar y pensar, pasar y pensar, correr hasta allá y pensar, placar y pensar, empujar y empujar, pensar y empujar. Ser piedra. En ese silencio de tonelada en el que se oye el viento, revientan las voces cuando un pelotazo se levanta en el aire. Hay que ir. Ahí donde caiga... ahí comienza la historia.
04/02/2006 13:24 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 10 comentarios.

Papá, esta noche hay partido...

20060208134144-ali-y-yo.jpg

Cada tanto regresa esta agitación, este anticipo de gloria conocida, la extraña felicidad de que el Zaragoza juegue y pueda ganar, otra vez. El día está vacío. El día sólo es una suspensión de horas innecesarias que el pensamiento aprisiona y empuja adelante como un émbolo, hacia la hora exacta: las nueve, La Romareda, y esa luz salvaje de las noches de partido en el estadio, donde el aire es otro, el añil del cielo dormido es otro, las voces son otras, y la ciudad. Juega el Zaragoza. Hay tres cosas intocables en esta ciudad: la Virgen, el río... y el Zaragoza campeón. Lo dijo siempre de otro modo mi amigo Ricardo: “En Aragón se han producido a lo largo de la historia tres milagros: Goya, Buñuel y la Recopa del Zaragoza”.

Esta noche juega el Zaragoza por la Copa, y frente al Real Madrid. Así que habrá que caminar deprisa hasta el estadio (el templo, le dice Pedro Luis) y admirar de nuevo el borboteante espectáculo de la hinchada recorriendo los mismos caminos de siempre para otra vez llegar al mismo lugar. Esos minutos que preceden al fútbol, los de la gente caminando hacia el campo movida por una fuerza centrífuga, son los minutos que más me gustan. De muy niño mi padre me llevaba a La Romareda muchos domingos y algún miércoles de Copa, y para mí ir al campo era una aventura maravillosa de la que recuerdo esos momentos antes de entrar, una fila de inquietud, el paso adentro y el primer instante en el que, asomado a la boca del graderío mientras él compraba las almohadillas para el asiento, yo veía el césped. Ver el césped me producía una fascinación ilimitada. Relucía como un rectángulo esmeralda bajo los focos y era luminoso igual que un escenario. Nada brillaba más que la camiseta blanca y el pantalón azul.

Muy al principio recuerdo, claro, al Nino Arrúa y a Diarte; a Víctor Muñoz; a Radomir Antic hecho un emperador al fondo, repartiendo balones como globos dirigidos; a Pichi Alonso (al que vi desde el fondo norte hacerle cinco al Español), Amarilla y a Valdano. Una vez encontré a Valdano a la puerta del estadio y se me hizo un gigante. A Juan Señor, un motorcito de fútbol incesante. El pecho abombado de Paco Güerri, la promesa de triunfo de Rubén Sosa, la electricidad de la carrera de Pardeza y ese pie recogido en la forma de un yunque con el que le pegaba y aún le pega... Seguiría interminablemente, porque los personajes se multiplican. Ese río llega hasta hoy y esta noche. Mi profesión me ha aproximado a ellos y los he ido conociendo con retrospectiva admiración. Ocurre siempre: anoche estuve con Xavi Aguado y no pude evitar verlo cabeceando admirado en La Cartuja.

A veces pienso que mi educación sentimental le debe casi todo al fútbol. En el fútbol comprendí que sólo se puede amar verdaderamente lo propio, la tierra que pisas. Que Cruyff o Maradona, mis grandes ídolos, eran como las estrellas de cine, lejanas e imposibles, fuentes de alegría diferida u ocasional. Que la verdadera felicidad la iba a descubrir, de forma confusa, en las gradas del Calderón, una noche de abril de 1986, cuando aquel pelotazo raso de Rubén Sosa tocó en Pichi Alonso (que ya era del Barça) y entró a gol, en una metáfora acabadísima. En París –cuando yo vivía lejos de esta tierra, precisamente en Londres, precisamente el Arsenal- sentí que el mundo era nuestro, de los zaragocistas, de los aragoneses, en los puentes de la ciudad, en el viejo metro que es como una película. En los campos de Marte.Como en París, como en el Calderón otra vez, como en La Cartuja y en Montjuïc. Esta noche. El Real Madrid. Y bajo el abrigo de periodista nervioso que ha de desechar lo íntimo y registrar lo externo, bajo ese abrigo irá otra vez la bufanda azul y blanca de todas las grandes noches, colgando en el cuello del chico que admira aún el brillo del césped al asomarse a la boca del graderío. Papá, llévame... esta noche hay partido en La Romareda.

(*) Foto: Alicia en una de sus primeras visitas a La Romareda. Esa tarde el Zaragoza ofrecía al estadio su última Copa del Rey, ganada al Madrid, y Alicia se fotografió con ella sobre mi césped querido. Era su segundo trofeo: en junio de 2001, aún bebé, ya había tocado la que el Zaragoza le ganó al Celta en Sevilla

 

 

 

08/02/2006 13:42 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 5 comentarios.

El cielo es azul y blanco

20060209031941-diegol.jpgLes hicimos seis. 6-1. Yo ya no puedo decir nada.

 

En el cuarto le dije a mi hermano que pensara esto: que la historia había venido a buscarnos para que nosotros la contáramos. Era tonto, pero era cierto. Era emotivo y era verdad. En el quinto rompí a llorar porque supe que volvería con Pedro Luis a una final, porque nos perdimos la de Montjuïc (él se la perdió y yo me sentí más solo que nunca en la gloria). Pedí el sexto para que fuera igual que en 1975 con García Castany, Arrúa y los zaraguayos, un partido que guardo en dvd en casa. Luego hablé con Lorena y no sé ni qué nos dijimos, todo tipo de barbaridades entre risas preciosas. Después llamé a mi querida Cristina y me reí y lloré otra vez porque ella sabe cuánto me alegra todo esto y lo que significa para mí. Crucé decenas de mensajes. "A tus pies, Príncipe", ese fue para Diegol. Escribí para el AS, pero no sé cómo porque todo había sido demasiado intenso, demasiado grande.

 

En la última hora le mandé un mensaje a Pablo, mi amigo, que vive en Australia pero que vio la final en Montjuïc y celebró nuestra memorable victoria, él que siempre fue medio blanco. Le escribí y le dije sólo esto: "Semifinal de Copa, Zaragoza, 6-Real Madrid, 1. No sé qué hora es allá, pero aquí es la hora de los campeones".

 

Papá, les metimos seis y yo estaba allí.

09/02/2006 00:53 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

El circo de Alicia

20060211012543-morico.jpgAlicia no ha ido hoy al colegio. Está “un poco malita”. Describe los síntomas: “Un poco afónica y también mocos”. A Alicia le gusta lavarse los dientes y mientras hablo con su padre la oigo que le pide que cuelgue pronto para ir los dos a lavarse los dientes juntos. Su padre le promete que lo harán en cuanto termine de hablar conmigo. Se pone Alicia. Me cuenta que no ha ido al colegio y por qué. Un poco malita. Tiene cuatro años, casi cinco, porque los cumplirá en junio. Mamá la llevará luego al médico. Hace pocos días estuvo en el circo (ella ya ha estado otras veces en el circo, y del circo le gustan sobre todo los animales) y le pido que me cuente qué vio en el circo. “Sólo había focas”. ¿Sólo focas? Y por qué... “Porque era un circo pequeñito y sólo tenían focas”. Entonces agrega: “El mío tendrá caballos”. Alicia va a trabajar en el circo y será domadora de caballos, ella ya lo sabe y me lo cuenta para que yo también lo sepa. ¿Cuántos caballos habrá en tu circo, Alicia? “Diez”, responde sin dudarlo. ¿De qué colores? Enumera: “Uno negro, otro blanco, otro gris, otro marrón, otro con manchas...”. ¿No te gustaría uno color canela, con la melena más oscura? A mí me gustan esos mucho: “Vale, uno canela también”. La sugerencia le parece aceptable, así que en el circo de Alicia también habrá un caballo color canela con la melena más oscura. “La melena marrón”. Eso es. Y  dime... ¿en cuál montarás tú, Alicia? “En el negro”. ¿Y cómo se llamará? “Philip”. ¿Y yo podré montarme en alguno? “Claro”. ¿En cual? “En el blanco”. Ah, qué bien, el blanco me gusta mucho. Pero a mí me gustaría también montarme en el negro, todo brillante. ¿Me lo dejarás? “Sí, te dejaré que montes”. ¿Y si montamos los dos? “Sí, sí. Los dos mejor, porque es un caballo fuerte”. De acuerdo entonces. Los dos en un caballo negro. Oye, le digo, ¿iremos un día al fútbol? “Sí, cuando no esté malita”. Vale. Un día iremos al fútbol. Alicia me ha prometido que me llevará al fútbol. Sé que ella me lleva a mí, no yo a ella. La diferencia es obvia. Adiós, Alicia. “Adiós, te dejo con papá”.

 

10/02/2006 13:33 Autor: Mario. #. Tema: Conversaciones con Alicia Hay 6 comentarios.

Glorioso 4-0

AS, 15 de febrero de 2006

www.as.com 

Desmemoria. Ninguna previsión, por salvaje e interesada que fuera, habría ido tan lejos como lo hizo el Real Madrid. 3-0 en apenas un ratito, en un instante, en el tiempo en el que en cualquier otro partido o lugar los equipos se están aún acomodando o cruzando las miradas. Fue salir y pim pam pum, una realidad muchísimo más desaforada que cualquier ficción o cálculo apasionado. El Zaragoza estuvo clínicamente muerto a partir del 3-0, confundido por la impresión que le produjo estar acorralado tan, pero tan pronto. La mente se le quedó en blanco, y no es una graciosa metáfora, porque maldita la gracia. Se olvidó de ser agresivo, se olvidó de juntarse atrás, se olvidó de tocar la pelota cuando la tuvo, se olvidó de defender los balones cruzados, de recoger los espacios, de cabecear, de salir adelante. Era un completo desmemoriado, sin conciencia de sí mismo. Sólo veía ante sí un agujero inacabable y un resultado que lo mataba.
 
Refutación del tiempo. La noche incendiada del Bernabéu se convirtió pronto en un cuento de Poe: terroríficamente lento, premeditado en su horror. Esa extraña dimensión llamada tiempo se hizo aún más rara de lo que ya es. Mirábamos al reloj cada diez minutos, pero diez minutos, y en el Bernabéu sólo habían pasado dos o tres. Juraríamos que a la hora del cuarto gol eran ya las dos o las tres de la mañana, pero no, apenas pasaban de las diez y cuarto y en el marcador decía sólo una hora de partido. Con la ventaja que tomó en el primer arreón, al Madrid no le hacía ya ni falta quemarse en su frenesí. Ya no le hacía falta ni frenesí. Frente a un rival demudado, podía tomarse algún descansito y luego volver a lo suyo. Esa tarea, para un equipo de sus recursos, no resulta muy pesada.  
 
En la cornisa. Con el 4-0, la cosa se convirtió ya en una pelea en toda regla. El Zaragoza estaba sobre el alero, y entonces se fue a por el gol que en realidad había necesitado, sin saberlo bien, desde el principio de la acción. Todo el mundo salió de las trincheras, pero el equipo de Víctor no llegaba a terminar las jugadas, se dejaba la pelota, no encontraba el pase, no precisaba el remate. El 6-1 ya no existía, o existía sólo como lo que al fin será, lo que sería de un modo u otro: un recuerdo apasionante, un pasaje magnífico. O mejor, Magnífico.
 
Talismanes. Al descanso todo el mundo en las tribunas de Chamartín estaba seguro de que el Madrid acabaría el trabajo. Sonreía la prensa porque su soflama de una semana había dado resultado, al punto de convencer a un equipo de multimillonarios de una identidad que nadie les hubiera adivinado. Tan seguros como estaban por la mañana Víctor Fernández y Santi Aragón de que el Zaragoza no iba a sufrir. Se encontraron en el AVE y esa reunión prodigiosa casi parecía una magia, un talismán irrefutable. Lo era.
 
Gol legal. Fue en ese momento en el que el partido era más brutalmente apasionado en el que Ewerthon hizo un gol que el árbitro desautorizó. Ese gol era la eliminatoria. Se quiera o no. Se le den al Madrid los méritos que se quieran, o se diga lo que se diga del Zaragoza. De todos modos, cada uno saluda los méritos de los suyos, como sabemos bien desde el 6-1. Ese gol era la eliminatoria. Era la final. Era gol legal. Pero en el marcador sólo cabían los del Madrid. ¿Y qué? Los que importaban aún relucen en La Romareda. Por eso al final, sobre el alero, cabalgaban los seiscientos en el valle de la muerte. Los seiscientos zaragocistas en el Bernabéu. Y cantaban.
 

 

15/02/2006 19:01 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 4 comentarios.

El blues de Riazor

20060220165923-diego.jpg

AS, 20 de febrero de 2006

www.as.com 

Deportivo, 1-Zaragoza, 1 

El Deportivo no se acuerda de ganar en su campo y el Zaragoza no pierde fuera. Esa combinación de acordes y desacuerdos dejó un partido gris y lento, de detalles. Diego y Munitis pusieron los goles y Molina, un paradón de antología.

A medias. Otra vez 1-1 y otra vez la impresión repetida del trabajo incompleto, como frente a Osasuna. El Deportivo estaba para el amor. Riazor se le ha hecho un territorio extraño. Hay tardes en las que este Deportivo se parece mucho a lo que entendemos como un equipo de Caparrós, y otras en las que pierde la memoria y queda en un híbrido indeciso entre lo que fue durante años, al mando de Irureta, y una personalidad aún no asimilada. El Zaragoza fue notablemente mejor en algún pasaje, pero le faltó algo de energía, sobre todo en los lados, donde mandan Óscar y Cani. También algo más de salida en velocidad, de pase largo y llegada de Ewerthon. Con un puntito de pujanza, habría ganado. No la tenía y se vio contra diez. Aún arrastra un residuo de la fatiga que ha debido dejar la despendolada campaña de Copa.

 

El verdugo. La indecisión (digamos metafísica) del Deportivo la redimió Munitis con un zapatazo que dejó la impresión intermedia de un golazo o un fallo de cálculo de César. Uno no sabría por qué decidirse, pero casi está por gritar chicharro: vuelo rápido, mucha curva, solución inesperada. En cualquier caso, al Zaragoza no le cae bien este futbolista concienzudo, que en la celebración se sacó la camiseta para taparse la cabeza al modo de un verdugo, y mostró un inesperado torso subrayado de músculos. Recordó a Ned Flanders, el pío vecino de los Simpson: también el ‘lituano’ Munitis ha convertido su cuerpo en un monasterio; y el fútbol, en mayúsculo acto de fe.

 

Gol de autor. En un partido del lejano Mundial del 94, Argentina anotó un gol en una falta al borde del área, un gol concebido en la pizarra exhaustiva de Passarella: se pegó Zanetti a la barrera, luego hizo su cuerpo a un lado para descolgarse y el que sacaba la puso a sus pies, a la espalda del sorprendido muro, y dentro del área. Nadie vigilaba y el balón terminó en gol. Passarella enloqueció de júbilo y hasta entró al campo a festejarlo, porque ese gol era hijo suyo. Ayer el Zaragoza metió el 0-1 con una faltita ensayada, simple como un sidral. Ponzio la mandó muy tocada al segundo palo, con ese efecto contrario que en el golf llaman ‘backspin’, que hace planear la pelota y le recorta el vuelo. Palmeó Álvaro allá, en la puerta trasera del área pequeña, como un colocador de voley, y Diego la terminó. Al verlo, Víctor se fue a por agua en el banquillo con una sonrisa enorme en la cara. A continuación llovieron piedras de hielo y del Atlántico subió un viento enloquecido. Una sombra veló la tarde y el partido en Riazor se hizo moroso como un blues. Hay domingos así de domingos. Sólo faltaba por los altavoces el ‘Sunday Morning’ de la Velvet.

 

Retablo de maravillas. Diego es un futbolista para apreciarlo despacio, a veces con lupa o microscopio electrónico, porque está hecho de minúsculos detalles que se suman como paneles celulares. La imagen final es el rostro y la forma de este feliz delantero de repertorio muy, pero muy diverso. Si miramos los goles que ha marcado (18) vemos un retablo de soluciones. Los ha hecho de todos los colores: de cabeza, de oportunista, de combinación, de disparo, de listeza... Bajo la apariencia rutinaria de cada uno suele haber una pequeña perla. La de ayer fue un giro del cuello fabuloso, para cabecear al otro lado, para darle a la pelota un cambio de dirección de 90 grados. Bajo la figura cargada y el porte desigual de Diego hay un jugador con excelentes fundamentos técnicos. Todos confluyen en una idea única: el gol.

20/02/2006 16:59 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Anotaciones de Carver

20060220224743-carver.jpg

Cada tanto debo regresar a Ray Carver como regreso a otro Ray, Chandler, o a Capote, o a Faulkner, o a Hammett o a Hunter S. Thompson. No los igualo, pero de algún modo unos me llevan a otros y mi gusto por una escritura descarnada, hecha de palabras como disparos, los agrupa en cierta forma en la memoria, quizás sin demasiado motivo. He añadido al grupo a Richard Ford, otro americano que escribe bajo la luz mortecina de las ciudades. Y desde luego a Pete Dexter, autor cuyo estilo actúa también como tragaluz para una realidad sombría. Me fascina el modo americano, que para mí es casi un canon o el canon deseado.  Estos días, a Carver le he leído esta frase en el medio de un breve relato titulado, escuetamente, Leña:

"El vacío es el principio de todas las cosas”.

La pronuncia Myers, un escritor en la frontera entre dos pasajes contradictorios de su vida. Lo acaba de abandonar su mujer para largarse con su amigo, un tipo de proyectos tan o más indecisos que los suyos. La persona a la que amas no te abandona por un ideal, te abandona por cualquier motivo, por nimio que parezca. Para Myers, para cualquiera, la ruptura significa un trauma silencioso que hay que combatir minuto a minuto. Reinventar las horas y los pensamientos. Los actos. Myers abandona la ciudad para perderse en otro lugar y quizás ser otro o desearlo. En la primera noche de su recién nacida existencia, anota: “El vacío es el principio de todas las cosas”. La escritura no le salva, al menos no por el momento. Antes habrá de salvarse él a sí mismo. En otra tarde limpia de memoria o anhelo, agrega en su cuaderno una sola palabra: “Nada”.

Resulta quizás aclaratoria esta anotación de Carver:

"Casi todos los personajes de mis historias llegan al punto en que se dan cuenta de que el compromiso que les dieron juega un rol muy importante en sus vidas. Entonces, en un único momento de revelación, cambian la rutina de sus días. Es un fugaz momento en el que no quieren más el compromiso. Y después de todo, ellos comprenden que nada cambió realmente".

Carver escribe sobre los instantes falsamente vacíos. Escribe desde o sobre esos momentos que son zanjas, fundidos en negro, hojas en blanco que separan capítulos, canales de agua helada en el ártico indeciso. Con su deslumbrante laconismo alumbra lo que siempre supimos pero nunca alcanzamos.

 

 

 

 

20/02/2006 22:47 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 1 comentario.

Recuerdos de Bahía Onelli

20060223185245-bahia-onelli.jpgAl despertar esta mañana venía de un tristísimo sueño que no recuerdo, con las mejillas húmedas y en el pecho una opresión de abandono, demasiado familiar como para ignorarla. En mis pesadillas suelo llorar: si veo a mi abuelo, al que tanto extraño, o cuando algo le ocurre a Alicia. He de zambullirme en el día a toda prisa para abandonar la tristeza, pero a veces me cuesta y paso las primeras horas en un temblor íntimo. He leído el artículo de Sebastián Álvaro, el envidiado director de Al filo de lo imposible, sobre su largo viaje por la Antártida: hablaba de buceo bajo el hielo, de las peligrosas focas tigre, de las orcas, de pingüinos, de la oscuridad del mar, de lo posible y lo imposible. He pensado en Bahía Onelli.

 

Estuve en Bahía Onelli, en un extremo del Lago Argentino, al suroeste de Patagonia, hace tres veranos. Es una de las paradas rutinarias en el crucero por los glaciares; y de todos los lugares, el que me dejó más fascinado. Y esa zona (y ese viaje) constituyeron una fascinación permanente. Bahía Onelli es apenas un golfito de tierra entre escarpados picos, un brazo recóndito del Lago Argentino sobre el que confluyen cinco glaciares que se pierden laderas arriba como una lengua recogida. Un lugar extrañísimo en el que una capa de cristal helado recubre el agua, y los témpanos quedan detenidos como visitantes. A veces cae de arriba la niebla deshilachada. A veces, como cuando yo estuve, los cóndores planean altísimos, en círculos tangentes con las cumbres. Había llevado unos prismáticos y emocionado miré el vuelo del cóndor. Y luego el raro y silencioso teatro helado de Bahía Onelli frente a mí. Sabía que jamás me iba a ir de ese lugar.

 

El barco había atracado en un apeadero sobre la costa del lago argentino y atravesamos un bosque formidable. Un bosque encantado, de sauces patagónicos ganados por lo que allí llaman barbas de viejo: un musgo que se descuelga de los árboles y les proporciona un aspecto de magia deslizante, irreal. Había charcas inmutables, barro de hojarasca, troncos retorcidos, caminos que interrumpían plantas de nombres que no recuerdo, pero que anoté en una libretita que les había comprado en el subte de Buenos Aires a unos orgullosos y desesperados veteranos de Malvinas. No la tengo a mano pero esos días están ahí, dibujados en letra indecisa, en hojitas mínimas. Atravesamos ese bosquecillo y al otro lado se abrió Bahía Onelli. No sé si pude filmarlo. Reuní cuatro o cinco, o seis horas de cintas grabadas en Argentina, pero creo recordar que en Bahía Onelli se me habían terminado las dos baterías llevadas para el día, agotadas en los témpanos que se disgregan de los glaciares y descienden el Lago Argentino con eterna parsimonia. Así que Bahía Onelli tiene la forma de un sueño. La tendría de cualquier modo.

 

Pasamos tres días en los glaciares. Supe enseguida que el hielo azulado tenía la silueta del recuerdo más duradero. En cualquiera de esos momentos decidí volver e ir más allá. A Ushuaia, a Tierra del Fuego, al fin del mundo. Y más allá. Sé que no tengo huevos para quebrantar los límites, para levantarme y mirar al fondo de un acantilado, para jugarme un paso en un lugar desconocido. A veces ni me atrevo a caminar por la ciudad de noche. Soy un jodido cobarde y eso me fastidia casi existencialmente. Miro ensimismado los documentales sobre el Everest, los de selvas centroamericanas, los de lagos enmarañados de medusas inofensivas en el sureste asiático, los de jaulas en el Pacífico Sur (en el que he nadado) frente al tiburón blanco; he oído los relatos de viajes al Polo Norte, que flota en un mar a la deriva; he leído los recuerdos de descensos cruzados por alucinaciones que trae la falta de oxígeno.

 

En Bahía Onelli me sentí vivo aunque no había ningún mérito aventurero. A la mañana siguiente el avión se levantó desde el aeródromo de El Calafate y mientras virábamos hacia el norte adiviné que iba a llorar, como si regresara de un sueño: "¿Sabes dónde me gustaría ir?", le dije. Ella contestó: "Yo querría ir a la Antártida". Me sorprendió que dijera lo que yo iba a decir.

 

*Foto: Bahía Onelli, un rincón detenido del Lago Argentino, en la Patagonia. El día está nublado y cae un velo sobre los témpanos.

 

 

 

23/02/2006 13:39 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 4 comentarios.

La Copa Calcuta

20060225153231-calcuttacup.jpg

El día de Navidad de 1872 se jugó en Calcuta, India, un partido de rugby entre dos equipos de soldados del ejército de Su Majestad: a un lado, 20 ingleses; y al otro, un combinado con el mismo número de escoceses, galeses e irlandeses. El partido contagió tanto entusiasmo a sus participantes que, sin pensárselo, lo repitieron una semana más tarde. Imprevisiblemente, ese melancólico impulso constituyó el origen de tres acontecimientos de singular importancia: la entrada efectiva del rugby en la India, el nacimiento del Calcutta Football Club en enero de 1873 y, posteriormente, la instauración de la célebre Copa Calcuta.

 

La historia parece en verdad una leyenda. En los meses y años siguientes el Calcutta FC jugaría partidos de rugby con cierta regularidad, animando además la formación de otros clubes y equipos entre los diferentes regimientos y rangos. La nomenclatura de los contendientes en aquellos choques lo dice todo: el Calcutta FC contra los Voluntarios de Calcuta; Ingleses y Escoceses frente a Galeses e Irlandeses; Comerciantes y Agentes de Negocios vs. El Resto... Y así durante varios años, hasta que la paulatina retirada británica del subcontinente impidió reunir hombres suficientes para jugar. El clima indio, además, no era muy adecuado para el rugby. Entonces, los modestos dirigentes del Calcutta FC se plantearon la triste disolución. Se habían unido a la Rugby Union (la federación) con sede en Londres en 1874, pero su continuidad no tenía sentido. Al plantearse qué hacer con los fondos del club quisieron que sirvieran para, de algún modo, recordar que en Calcuta, una vez, algunos hombres extraordinarios habían reinventado el rugby al otro lado del mundo... Pensaron en una cena, en una fiesta anual. Pero así, advirtió James Rothney, pronto se extraviaría la tradición. Fue entonces cuando Rothney (capitán, secretario honorario y tesorero del club) propuso crear un trofeo y entregárselo -para el uso que considerara más adecuado- a la Rugby Union de Londres.

Así que Rothney y sus visionarios se presentaron en el banco y vaciaron la cuenta del club, reuniendo varios miles de rupias de plata que llevaron a un artesano indio. Y éste las fundió para modelar el trofeo deseado: una tetera alta, con tres asas en forma de cobras, y el perfil de un elefante indio coronando la tapa. Así murió el Calcutta FC... y así nació la Copa Calcuta. La Rugby Union la adoptó en propiedad y decidió que Escocia e Inglaterra se la jugaran anualmente en un partido. El primero, un empate a 3, tuvo lugar en 1879. El último de esa serie interminable tiene lugar esta tarde en Edimburgo: será el número 123 y los seis últimos los ha ganado Inglaterra. Pero Escocia está renaciendo, a la espalda de un periodo oscuro, bajo el mandato del entrenador Frank Hadden. Le ganó a Francia en Murrayfield y se siente capaz de hacerlo otra vez hoy con Inglaterra, equipo de rango superior, el único aspirante al Grand Slam este año en el Seis Naciones.

El partido de rugby más antiguo del mundo. La Copa Calcuta. Escocia frente a Inglaterra. La vieja historia, otra vez.

 

 

 

25/02/2006 15:32 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby No hay comentarios. Comentar.

Lluvia

20060226160636-lluvia2.jpg
Ha llovido y en el final de la tarde el suelo reluce de agua, y el día se va con un fulgor gris de irrealidad. Aún no es de noche, aún es sólo un día desfallecido de lluvia y pena. En el paseo alguien canta con voz de violín y ese compás entristecido le da a la escena la lentitud devoradora de un sueño.

 

26/02/2006 16:03 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 3 comentarios.


Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]