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Buenas noches y buena suerte, señor Clooney
A George Clooney le importa el cine. De otro modo jamás habría rodado una historia como la de ‘Buenas Noches y Buena Suerte’, y desde luego no la habría rodado como lo ha hecho. Con tal austeridad, de un modo tan seco, con ese minimalismo narrativo y emocional, poblándola de un voluntario énfasis a la inversa, de héroes hieráticos. La película es de una intensidad entre adusta y nula, lo que a mí me la rebaja considerablemente. Mira que me gusta George Clooney, al que considero un actor magnífico (lo cual no tiene mérito por mi parte) y sugerente, lo suficientemente apuesto para ser un galán, lo suficientemente versátil para ser un cómico, lo suficientemente sólido para hacer casi cualquier tipo de protagonista. Mira que le tengo afecto a Robert Downey Jr., ese calavera adorable, sobre todo desde una entrevista en un talk-show inglés en la que entre risas suyas y de los demás lo confesó todo: lo que se metía, lo que se bebía, lo que se tiraba... Yo a los tipos imperfectos, a los que no se gustan frente al espejo, a los que recuerdan con su presencia excesiva que la corrección política es una mierda de hipocresía, yo a esos los quiero más que a mi vida. Y bueno, mira que me gusta Jeff Daniels...También me gusta David Strathairn, desde luego, en esta película. Él, en el papel de E. R. Murrow, legendario presentador televisivo (en los Estados Unidos, claro), y el senador Joseph McCarthy son la película. Dos antagonistas en un memorable debate sobre las libertades, sobre qué era ’un buen americano’, sobre la libertad de pensamiento, sobre los derechos civiles, sobre los recortes legales en tiempos de miedo, de guerras frías, sobre el poder y los recursos para controlarlo, sobre la entereza de un país y sus ciudadanos, sobre el papel de la televisión, sobre la dignidad de las empresas informativas... Mira que me gustan todas esas cosas, y el blanco y negro, y la inserción de algunas sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas, y el humo que enmarca a los personajes (Murrow fumaba siempre en sus emisiones y fallecería por un cáncer de pulmón), y la mirada de acero Strathairn, y el modo en que Clooney filma los interiores, porque en la película todo son interiores.
Mira que me gustan esos hombres y sus convicciones (pero no se les juzga a ellos, sino a la película). Y me gusta la cantante negra que subraya cada transición interpretando piezas formidables, canciones de esos años sombríos y luminosos. Me gusta hasta el metraje, 90 minutos escasos, como las grandes de Woody Allen. Admito películas más largas, pero cuando me enfrento a una no puedo evitar acordarme de aquella frase de George Roy Hill, el director de ‘El Golpe’: “Si tu película va a durar más de dos horas, más te vale ser David Lean”. Bueno, pues a pesar de lo que me gustan todas esas cosas, a pesar de que estoy dispuesto a admitirle a George Clooney un buen número de méritos, a pesar de las nominaciones y el academicista aplauso de la crítica, yo me pongo en plan Robert Downey Jr., igual de calavera, y proclamo que mi recuerdo de ‘Buenas Noches y Buena Suerte’ va a ser mejor que la impresión que tuve mientras la veía y al terminar. Que estuvo cerca del aburrimiento.
Es una película poco convencional. Entendamos por 'poco convencional' un adjetivo favorable, salvo cuando se aplica a Almodóvar. Es casi un documental dramatizado. Yo le echo en falta emoción y emotividad. Le echo en falta intensidad en la narración: hay dos pasajes dramáticos (sobre el fondo de un argumento intenso pero no tenso) que uno ve como vería llover. También los personajes lo hacen. Hay momentos en que esos personajes parecen un decorado y nada más, la periferia descuidada de un guión. Sé que Robert Downey Jr. y Jeff Daniels están en la película, sí, aparecen ahí de cuando en cuando; los veo a ellos, pero no a sus personajes. Y echo de menos algo más de contexto en el episodio: “Está hecha para los americanos que se saben la historia de aquellos días al detalle”, dijo ella mientras caminábamos hacia el coche en medio de una noche helada. Tenía razón. Esto es como los titulares en prensa, que han de explicar todo porque no se puede dar por supuesto que el lector ya conoce el asunto. Puede haber llegado de otra ciudad u otro país, regresar de una amnesia de 15 años, haber caído esa mañana desde Marte... ¿Quién es ese señor que le enmienda la plana al canino McCarthy en el Comité de Actividades Antiamericanas? ¿Vencieron solos los periodistas de la CBS al senador de Wisconsin? Tenía más dudas pero ya no me acuerdo.
Le admito a Clooney la contención, si esa fue su voluntad, y le admito esta tesis: que los momentos históricos carecen de énfasis; que no están señalados por una partitura musical que los engrandezca; que a los grandes hombres no se les pone cara de grandes hombres cuando se convierten en uno de ellos por una palabra, por un acto, por un pensamiento. Siguen siendo normales, lo mismo que antes de ese cambio decisivo. Que mientras Joseph Kafka escribía sobre unas cuartillas las frases que confluyeron en la obra llamada ‘La metamorfosis’, nadie se detuvo en las calles de Praga a pensarlo, nadie lo supo, ni siquiera K., y probablemente alguien en su casa apartó con fastidio esas hojas desordenadas para limpiar el polvo de la habitación del genio cuando éste salió a merendar.
Sí, quizás la realidad fuera así, como la quiere Clooney. Yo prefiero un poco de artificio, y que me aspen por pedir algo así a una película como ésta o a cualquier película. Es que nunca me ha acabado de gustar que el cine sea como la realidad.
pd.: La película está nominada a Mejor Director y Mejor Película, entre otras categorías que ni recuerdo ni voy a mirar en internet. No querría que se llevara el segundo pero, como yo soy un aficionado antojadizo, ojalá le den el de Mejor Director. Total, Clint Eastwood ya lo tiene, Billy Wilder está muerto y a Woody le toca sesión de clarinete. Cualquiera menos Wayne Wang. Lo siento pero no le disculpo ’Tigre y Dragón’. Así que... buenas noches y buena suerte, señor Clooney.
(*) Foto: El señor David Strathairn, en su humeante papel de E. R. Murrow, el azote televisivo de Joe McCarthy desde su programa de la CBS ’Véalo Ahora’. La película es tan adusta como el actor.
Palabras al viento

"El prostíbulo, como a veces el fútbol, es un reducto de machismo".
(Iñaki López Insausti y David Baringo, autores de un estudio sobre la prostitución en Zaragoza, en una entrevista concedida a Heraldo de Aragón).
Comentario: Parece difícil decir más tonterías en una sola frase.
Palabras al viento

“Todas las historias son iguales. Hay hombres y mujeres y también hay plantas. Hay hombres con mujeres, hombres con hombres y mujeres con mujeres. Y también hay mujeres con un hombre y con otra mujer. Y éstas son las que más me gustan".
(Robert Altman, director de cine, preguntado sobre la película ’Brokeback Mountain’)
STOP!
Me pregunto si no podría alguien, aunque fuera un ratito por favor, retirarle el micrófono de la boca al inevitable Pere Navarro (si habrá nombres feos... pero Pere y Didac están entre los peores). Que alguien me diga cuándo se celebró la votación que permite a este hombre tratarnos como lerdos irresponsables un día sí y otro también, cuándo se decidió (y quien lo hizo, y a quién le preguntaron) que la DGT iba a ser una especie de paternalista asociación de bienhechores inmaculados, cuyo único error es no poder conducir por nosotros, todos, en lugar de que nosotros ciudadanos, beodos, drogadictos, irresponsables, temerarios, peligrosos y, en un ratito, delicuentes, nos pongamos al volante con ese afán homicido-suicida con el que lo hacemos. Por favor que alguien me recuerde por capítulos desglosados de qué forma tan inapreciable pero cierta los estudios estadísticos de la DGT se han convertido en el álgebra de nuestra estupidez, de forma que andamos categorizados en un porcentaje que supera el cien por cien si se suman las soluciones que en forma de campañas lanza, semana sí y semana también, esta DGT que parece algún cuerpo de policía política del automóvil. Una campaña detrás de otra, una semana detrás de otra: primero el cinturón, después la sillita del niño, luego el exceso de velocidad, más tarde los móviles, en algún momento la ITV, ahora la velocidad en las ciudades, la del puto carnet por puntos, la siguiente la del casco, otra con el limitador de velocidad, luego el alcohol, por fin la de penalizar los excesos para llevar a la gente a la cárcel... Cada semana una. De forma inagotable. Y de forma inagotable avisan que se realizarán 200.000 controles (siempre son 200.000, vaya usted a saber por qué), y que, si todos fuéramos buenos y no los hijos de puta potenciales que somos, a estas horas habríamos reducido en un nosecuántosporciento las muertes en la carretera. Alguna vez me voy a poner a sumar los porcentajes que dan y entonces veremos, porque no hay accidentes para tantos porcentajes, sobre todo teniendo en cuenta que las únicas campañas (y causas) son las de culpabilidad exclusiva del conductor. Si añadiéramos algún factor extraordinario, el estado de muchas carreteras, las deficientes señalizaciones, los errores humanos, los inhumanos, las casualidades... entonces ya no sé. Según la máquina de porcentajes de Pere, no sólo no habría accidentes, sino que por fuerza resucitarían algunos de los muchos que se matan o vaya usted a saber. Uno quiere seguridad vial y educación, sí. Pero no que lo hagan sentir cada día (con la alegre y entusiasta anuencia de todos los medios de comunicación) un desalmado que carga sobre sí los cientos de muertes (¿o eran miles?) de todos los años. Tantas prohibiciones y controles me ponen enfermo. Yo ya tengo a mi padre y a mi madre. O progenitor A y B, como coño se diga ahora. No necesito que este señor con verbo untuoso de docente de vuelta de la vida me explique con chascarrillos lo que cualquiera sabe. No necesito que Pere Navarro me dé el potito de frutas todas las noches con el telediario y me ponga a hacer pipi antes de ir a la cama ni me palmee la espalda para que suelte los airecitos. Ni él ni esta pandilla de pesados que se pasan el día diciéndole al ciudadano lo que tienen que hacer para ser recto, honesto, moral, bueno y socialista. Que usted no es mi padre, hostia, a ver si se entera... Ni usted tampoco.
(*) Foto: Frena o la palmas... Se vienen las señales agresivas de Pere Navarro. Si es por ideas, las hace todas suyas.
Un poco de House, un buen día
He pensado en el sol de marzo, un sol joven que me encanta y al que hay que ir a buscar no de frente, sino pegándose a las paredes, palpando las tapias a sotavento, espacios donde este cierzo nuestro no se enseñorea, queda tras las puertas y permite que el sol sea rey. Hay que ir a buscarlo ahí, entre la ciudad y los muros de adobe, en esquinas resguardadas. Quizás hay que acechar sigilosamente a un gato a media mañana entre los jardines, vigilarlo como si él fuera el hombre y nosotros el animal, descubrirle el cado de la siesta, generalmente sobre un poyete o contra una pared. Y ahí solazarse en este marzo que mayea, como anuncia el refrán. Pensaba en eso, en tomar la bicicleta que no tengo y pedalear hasta la ribera del río. Bajar al río un poco filosóficamente, claro, pedalear con la estupenda biografía de Capote que ella me regaló en un silbido de amor, y entre el río, el sol de marzo, la tarde y Capote (le debo un texto o miles, le debo tantas cosas...), suplantar la tristeza de esta semana por un gran día. Un buen día, como la canción de Los Planetas. Esa canción de (des)amor que dice: "Me he despertado, casi a las diez / y me he quedado en la cama / más de tres cuartos de hora... / Y ha merecido la pena. / Ha entrado el sol por la ventana / y han brillado en el aire / algunas motas de polvo; / He salido a la ventana... / y hacía una estupenda mañana". Hay que oírla de vez en cuando para saber que seguimos vivos y que salimos vencedores, como no podía ser de otro modo, de aquellos días de tristeza y abandono, de soledad, de desamor. Vivos por pequeñas cosas como este buen día, por alegrías minúsculas como el sol en la ventana, y las motas de aire, que son respiradores artificiales en la sinrazón.
Pensaba en eso y en escribir de amor en el cine. No de películas de amor, sino de escenas o pasajes de amor propios en un cine. Las películas, los instantes, ellas. Entonces, cuando ya tenía todo decidido, ha aparecido ’House’, la serie de la Fox, a la imprevista hora de las cuatro de la tarde. Porque yo la veo siempre en el horario nocturno, pero encontrármela en un momento inesperado casi me ha hecho dar un respingo de alegría. Es como terminar de comer, recostarse en el sofá sin nada que hacer y, pasando canales, encontrar un viejo partido de Maradona, la final de la Recopa o ’El hombre que mató a Liberty Valance’. O ’Beatiful Girls’... y la princesa Amidala en un pueblecito, en la casa de al lado, patinando en el lago helado con chaqueta de cuadros. En cuanto he visto a House he adivinado que éste sería un buen día.
No me equivocaba. He visto el mejor episodio de ’House’ que conozco. La serie va creciendo muy leve e imperceptiblemente, como uno de esos bultitos que matan y de los que tanto se habla en sus episodios. Pedrito me dice que le gusta aunque a ratos le parece algo lineal, esquemática, y es verdad porque yo también lo pensé al principio. Pero va destilando una finísima línea de rigor en el guión, que cada día agrega más viveza a los personajes, ahora rugosos, enteros, reconocibles. La serie va más allá de la escenografía médica, de la singularidad de los casos, de la tensión sexual entre el doctor House y su ayudante, la adorable Alisson Cameron (un truco poco original pero bien llevado, resuelto con mucho gusto y más sutileza) y de las ingeniosas frases y tramas del doctor. En una escena de este magnífico capítulo, titulado ’Luna de miel’, House conjetura un primer diagnóstico para el marido de su ex mujer (!) a partir de una imagen en la que aparentemente no se ve nada anormal. Es madrugada pero, orgulloso del descubrimiento, el doctor saca de la cama a sus tres ayudantes: el listillo australiano, la niña y el negrazo... según su propia categorización. Desganados, los tres se enfrentan a un típico examen de House. El diálogo es éste:
-Observad esto.
-Ahí no hay nada -dice Cameron, la chica. Y ladea un tanto la cabeza para auscultar con gesto de desaprobación una botella de bourbon que descansa, después de un buen tute, junto a la pantalla.
-Deja de mirar la sospechosa botella medio vacía de whisky y fíjate en esto -le dice House. Y tras una de sus maravillosas pausas, agrega-. Vosotros también, chicos: vais a ver por qué me pagan tanta pasta...
Y les revela el mal del paciente. Como me dice Pedro Luis a mí cuando se me ocurre un tema con el que solucionar un día difícil: no te tendrías que morir nunca. Pues ese guionista, igual. Que se haga un seguro de crionización, ya.
Descubrí a Hugh Laurie, el actor que interpreta a House como si fuera el mismo House, en un clásico programa de la BBC inglesa, el año que viví en Londres. Se llamaba ’A bit of Fry and Laurie’. Fry era Stephen Fry, actor, escritor, humorista, guionista, qué sé yo qué más. Hugh Laurie era su pareja cómica, currículum similar, de Renaissance Man, como dicen allí: hombres diversos del Renacimiento. Diletantes aventajados, tal vez. Se conocieron en la Universidad de Cambridge a través de Emma Thompson, la actriz (todos son los amigos de Peter, y tal), cuando Fry buscaba partenaire para un espectáculo de pantomima que se traía entre manos. Su colaboración se prolongó durante años y ’A bit of Fry and Laurie’ (lo que significaría ’Un poco de Fry y Laurie’, como los ingredientes de una receta culinaria) se tornó un clásico perdurable.
Era un programa difícil, sobre todo si uno no hablaba (y entendía) MUY BIEN el inglés. Alejados del estilo de los Monty Python, que habían marcado el humor británico moderno con la absurda inteligencia de su programa ’Monty Python Flying Circus’ y las famosas películas del grupo, Fry y Laurie hacían humor verbal. Le descubrían al idioma inglés, a cada palabra, a las frases, decenas de significados que uno ni siquiera podía intuir. Jugaban con los fonemas para convertirlos en otra realidad contradictoria y divertida. El suyo, desde luego, era un juego de alta alcurnia, el tipo de humor que uno esperaría de dos brillantes alumnos de Cambridge. Eso que yo llamo ’la mirada oblicua’.
Hugh Laurie nunca fue un tipo común. House no lo es. Hay algo del viejo programa en el modo en que House practica el sarcasmo:
-¿Por qué te metes conmigo todo el tiempo? -le pregunta Eric Foreman, otro de sus ayudantes.
-¿Lo hago?
-Hoy sí.
-Bueno... eso descarta el racismo: ayer también eras negro.
Me sorprendió ver aparecer a este actor fuera del ámbito británico (algo endogámico) y en una serie de tanto éxito en tantas partes. Seguramente la explicación es sencilla y yo la desconozco. De cualquier modo estoy dispuesto a considerarlo el mayor acierto de casting en una serie de televisión desde que Edward Asner hizo de Lou Grant.
La tarde ha palidecido un tanto, borrada de nubes. Pero aún es un buen día. Voy a comprarme una bicicleta.
* Foto: Hugh Laurie y Stephen Fry, jóvenes funambulistas del idioma, en su célebre programa ’A bit of Fry and Laurie’.
Gavilán y paloma
Real Zaragoza, 1-Getafe, 2
Diario As, 13 de marzo de 2006
El zurdo del Getafe se comió a un rival decaído - Álvaro vio la roja y su equipo perdió el norte - Tarde de gloria para Paunovic y... Luis GarcíaSchuster es de esos ex futbolistas que pueden mirar al fútbol de hoy por encima del hombro, porque el fútbol del salto de siglo ha privilegiado el físico de musculosos impostores que no le podrían ni limpiar los zapatos. Schuster nunca fue de esos tipos que se quedan mirando al dedo cuando el dedo señala a un punto. Por eso primero dijo que le gustaba Ewerthon y luego lo que hizo fue jugar el partido en el medio campo, rellenarlo de chicos con oficio, muchachos como Vivar Dorado o Celestini o Alberto, e interrumpir y meter al Zaragoza en un callejón. Fue como declarar que Ewerthon o Diego Milito no serían nada sin Cani, Óscar y Celades... El resto lo hizo Álvaro, que a todas las imperfecciones del Zaragoza le agregó la definitiva, al dejarlo con diez. El colmo para un equipo al que, paradójicamente, se le veía más fresco en la acumulación de partidos de la Copa que ahora que entrena y descansa toda la semana.
El fútbol tiene a veces esas cosas misteriosas, inercias difíciles de explicar e interrupciones a las que nadie les encuentra demasiado sentido. Algo de eso ocurre también con Álvaro, un chico estupendo que unas veces modela la realidad como si pudiera tocarle los lados con su explosivo vigor, y otras se desconecta inesperadamente del mundo y hace cosas como la de ayer. La que lió Álvaro. Se fue expulsado tras un pleito que no era suyo. En realidad, él ni estaba, porque toda la secuencia arrancó con una porfía, una de esas, entre Cani y Gavilán, sobre el flanco. Álvaro llegó como improbable juez de paz y por detrás apareció también Paunovic, resuelto a decir lo suyo. Se engancharon. El árbitro resolvió la gresca con diálogo, que para eso era el Día del Árbitro y había que sacar el talante y jugar a las máscaras. Hacerle pasillo a un árbitro supone el colmo de la memez. La corrección política y esas bobadas. La anestesia general.
En la siguiente jugada se impuso la verdad. La vena hinchada. Álvaro tuvo un balón y Paunovic llegó por su espalda, bufando, dispuesto a dejarle un recado. Álvaro sintió la amenaza y sacó el brazo para darle la bienvenida con un guantazo, como Terence Hill. Paunovic cayó igual que un fardo. Rodríguez Santiago mandó a la ducha a Álvaro, que aún le pedía explicaciones a Paunovic mientras el serbio se buscaba la nariz. El delantero se repuso. El Zaragoza ya no lo haría. Algún pasaje, pero en general no.
En realidad, el Zaragoza estuvo toda la tarde medio desenchufado, o al menos incapaz de encontrarse a sí mismo en un perfil sólido. Schuster puso a los suyos en un 4-1-4-1. Eso le servía no tanto para disimular la ausencia de Güiza como para negarle al Zaragoza su alegre naturalidad. La medida le planteó muchas dudas al equipo de Víctor. Ese medio campo del Getafe parecía un rallador de queso, una licuadora. Durante media hora, al sabroso Zaragoza de los últimos tiempos apenas le fluyó un hilillo de zumo o de fútbol, un hilillo que diría Rajoy. Poca cosa. De hecho, Gavilán le entregó un gol cantado a Alberto que éste tiró a la grada (17’) y Cotelo golpeó raso y fuera otro balón que quiso ser el 0-1.
Una de Cani
Rarísimo que anotase primero el Zaragoza, pero el gol le da la razón a Schuster. Cani y Óscar, inéditos, se cambiaron los lados a ver si así encontraban alguna pelota o algún camino. Y una vez, una sola, Cani le hizo la rata a Pernía sobre la raya. Avanzó en diagonal y vio a los dos tiburones coletear febriles a la espalda de la defensa, en un desmarque idéntico. Los vio invadir el área y puso ahí la pelota. Podría haber elegido a cualquiera pero eligió a Ewerthon, y eligió bien porque la ruta del brasileño era exterior. Ewerthon tuvo apenas que aguardar la salida de Luis y tocarla dentro a Diego. Diego la empujó y gol.
Esa ventaja le duró al Zaragoza apenas cinco minutos. Y pudo ser menos porque, a la vuelta de un córner, Gavilán quedó habilitado por la demora de Celades. Cabeceó para Vivar Dorado y éste a gol, pero Rafa Guerrero (Rafa Guerrero y el Día del Árbitro son conceptos que se anulan entre sí, como una piraña en el Acqua Park) levantó la bandera y acertó el orsay de Vivar Dorado. Visto ahora, fue una premonición: en el 38’, César se tragó un centro de Gavilán y Paunovic le puso la cabeza y el nombre al 1-1.
Otra vez Gavilán. Gavilán y no paloma. Ahora... ¿no habíamos quedado en que el ‘cantaruti’ era Luis García? Pues no, cantó fue César, que salió al balcón y no había balcón. Estos desórdenes subrayan el diverso infortunio del partido. Luis no puede quejarse de su regreso. Para empezar, salió con una camiseta que sí le llega para metérsela por el pantalón, no como la del año pasado, que le colgaba en la cintura. Parece un detalle menor, pero la presencia importa, como veremos a continuación. La grada le pitó, sí, pero menos de lo que le pitaba el año pasado, lo que explica muchas cosas. Y luego... en fin, resulta que Luis le sacó tres goles al Zaragoza. Pero tres. Es verdad que le vimos algunos errores, su clásica parada en tres tiempos y medio, o esas indecisiones que convierten el área pequeña en Campicha. Pero hizo un partidazo, porque hizo lo decisivo.
Sacó tres goles cuando había que sacarlos, cuando su equipo ya se había puesto en ventaja con el segundo de Paunovic. Lo ideó Gavilán, claro, animado por la anuencia de Ponzio y un resbalón inoportuno de Gabi Milito. Víctor se hizo un lío para recomponer al equipo tras la expulsión de Álvaro. Primero puso a Zapater de central y, cuando el Zaragoza volvía a carburar, lo cambió para meter a Toledo en la izquierda y a Cuartero en el centro de la zaga. Finalmente sacó a Cuartero del campo e introdujo a Savio. Todo ese galimatías ocurrió con el mismo resultado, el 1-2. Óscar se fue para meter un defensa justo cuando había despertado y casi hace un gol. ¿No había una forma más sencilla o más directa?
En fin, el último acto fue Diego contra Luis. Luis y sus tres intervenciones. Primera, cuando se escapó Ewerthon en una carrera portentosa en la que el defensa, Tena, parecía correr hacia atrás. Por si alguien halla una fórmula matemática que lo explique, la escena fue así: Tena partió con dos metros de ventaja en busca de un pase a su espalda; Ewerthon abrió gas, y en un sprint de diez yardas recuperó esos dos metros y le sacó otros tres a Tena, que rezó todo lo que sabía. El brasileño alcanzó la pelota y golpeó, pero su remate encontró el cuerpo del señor García. Luego rechazó un disparo magnífico de Óscar, justo para que pegara en el palo. Y finalmente, un cabezazo de Diego Milito, que a esas horas ya jugaba solo contra el mundo. Luis rozó con la yema de los dedos y la pelota, graciosa, fue otra vez al travesaño. Se murió ahí.
Así quedó la cosa. Luis García, héroe en La Romareda. No escuche usted a su conciencia, olvídese de esto, si puede. Olvídese también de Europa, salvo por la Copa, claro. Será la Copa de Europa. ¿La revancha del 5-2? Otro año será. La única venganza fue la de Luis. Y encima la camiseta le quedaba bien. Esto pasa por hacerle pasillo al árbitro.
Consejos para el vuelo de los hombres
Yo soy el hombre que aprendió a volar. Volar es sencillo. Igual que amar, comer o dormir, tiene que ver con nuestra voluntad. No son necesarias especiales condiciones físicas ni morales. Únicamente se precisa el deseo de hacerlo, y respetar algunas normas básicas. Dando por hecho que usted siente la irreprimible necesidad metafísica de volar y sin que importen los motivos para ello, le diré cómo hacerlo: junte los dos pies por los talones, de modo que dibujen entre sí un ángulo de unos 45 grados. Mantenga el cuerpo erguido y los hombros relajados pero firmes, las manos abiertas con los dedos separados y las palmas mirando al suelo. Después, comience a batir, al principio de forma muy leve, sólo las manos, aprovechando las articulaciones de la muñeca. Este movimiento es el más importante y debe realizarse de forma veloz, constante y acompasada, para que el cuerpo se eleve poco a poco y sin perder el equilibrio. Cuando eso ocurra, extienda los brazos muy poco a poco, con cuidado de no perder el equilibrio, y siga batiéndolos, cada vez con más fuerza, concentrándose en el rigor de ese aleteo. Es importante. Tal y como advierten los cuadernos de aeronáutica, si se disminuye la velocidad de una de las extremidades o se eleva la de la otra, si el movimiento no es perfectamente simétrico, se corre el peligro de una elevación desigual e incontrolada, y ahí el hombre que aspira a volar se arriesga a un accidente fatal. En cualquier caso, a mí nunca me ha ocurrido. Después de volar durante años puedo asegurar que el hombre está natural y genéticamente dotado para esta actividad, que pertenece a su singular naturaleza. Una vez que se alcance una altitud de dos a tres metros del suelo, lo suficiente para perderse del alcance del resto de los hombres, tiéndase el cuerpo en posición decúbito supino, adelantando la barbilla para favorecer la aerodinámica, sin perder el control de los movimientos. Para iniciar el vuelo propiamente dicho se deberán extender los brazos alejándolos por completo del tronco y batirlos de acuerdo a la velocidad deseada, al mismo tiempo que se separan las piernas ligeramente, a modo de timón. De ese modo se ganará destreza en el vuelo, y hasta podrá usted, vencidas las primeras y lógicas inseguridades, planear elegantemente sobre los edificios.Yo vuelo desde hace años. Descubrí esta facultad maravillosa por puro azar o por necesidad, una tarde en la que me perseguían por las calles varios desconocidos que querían darme muerte por causas que ignoro. Para defenderme intenté primero golpearlos, pero sin éxito porque las fuerzas me abandonaban en el instante del contacto y mi puño se ablandaba y hundía en el estómago de mis rivales. Se rieron con bocas enormes y aprovechando ese momento decidí escapar... Doblé trabajosamente la primera esquina en la huida. Para avivar mi avance me acostumbré a tomar impulso en los muros o las personas, usándolos a modo de convenientes pértigas. Aún así mi velocidad resultaba insuficiente y mis agresores seguían ganando terreno, aunque incomprensiblemente sin alcanzarme del todo.Fue entonces, apurado por la necesidad de una locomoción más efectiva, cuando inconscientemente me lancé sobre el suelo con el cuerpo recto y paralelo a las baldosas y, apoyando con vigor y de forma alterna las dos palmas sobre el piso, avancé como lo hacen los niños cuando juegan a la carretilla con un amigo que los toma por las piernas... La diferencia era que las mías no las sujetaba nadie, y sin embargo yo no apoyaba los pies en el suelo. Por algún motivo, mis extremidades inferiores se habían vuelto ingrávidas y descansaban cómodamente a media altura, como sostenidas por un hilo invisible. Gané velocidad mientras intentaba comprender este fenómeno, hasta que el ritmo de palmetazos sobre el suelo se hizo tan exigente que me fue imposible mantenerlo. Apenas me acordaba ya del peligro que me acechaba y que parecía definitivamente alejado, y como el cuerpo no me pesaba sentí que podría avanzar batiendo simplemente contra el aire. Retiré las palmas del piso y así, ajeno a todas las leyes de la física, quedé suspendido a dos palmos de la tierra y comencé a dar brazadas como si nadara. Ligero, me alejé de mis perseguidores. Estaba salvado. Fue una sensación extraordinaria de plenitud.
De ahí en adelante repetí el método cada vez que me vi en peligro, y cada vez pude salvarme sin dificultad y ahorrarme la angustia inicial de la lucha y la penosa huida. Lo sigo haciendo. Tan pronto como advierto la posibilidad de una amenaza salto sobre el torso, me acolcha el aire, y yo nado y nado hasta la salvación y ante el asombro de los transeúntes. Después de acumular varias de esas experiencias y perfeccionar el método reparé en que lo que en verdad hacía no era nadar, porque tal actividad exigía el agua y el torpe comportamiento del cuerpo en ese medio ajeno. Lo que yo hacía iba más allá, constituía en verdad la primaria realización de un viejo anhelo: estaba volando. A ras de suelo y de modo heterodoxo, tal vez de una forma menor, aún demasiado humana o temerosa, sin elevarme excesivamente para rebajar los peligros. Pero era volar, innegablemente, y el logro exigía un paso adelante.
Fue así como aspiré fugaz y convencidamente a lo que ahora hago: volar con gran regularidad, casi a diario, como las mismas aves, superando la torpeza y el miedo iniciales hasta conseguir un absoluto control de mis movimientos: vuelvo ligeramente el cuerpo en los virajes, detengo el movimiento de los brazos para planear, los agito si quiero remontar una corriente de aire, y reproduzco el majestuoso y pausado aleteo de los grandes pájaros al cruzar los valles y surcar de curvas su cielo. Generalmente son vuelos cortos, o al menos yo tengo esa impresión, aunque me resulta imposible decir por cuánto tiempo se prolongan y me parece que esa puede ser una pista de la irrealidad, de la sensación de éxtasis en la que me sumerjo al volar. Hacerlo ya supone para el hombre una experiencia de intensidad extraordinaria, por la propia dinámica de esa actividad y por las implicaciones filosóficas que tiene el cumplimiento pleno, consciente y definitivo de una aspiración antiquísima que yo he superado. Además, volando he conocido lugares ignorados y he disfrutado de una libertad inimaginable: he rodeado con mi cuerpo las agujas de las catedrales y los estrechos andadores que comunican sus torres sobre las cúpulas; he atravesado nubes en un picado invertido para ver el sol a su misma altura, de frente como a cualquier otro rostro del mundo; y he sobrevolado los mares variando los ángulos hasta lograr que el agua fuera mi cielo, o un muro gris que se levanta vertical y oblicuo sobre mí, amenazante, poderoso y tímido.
No sé si yo soy el único hombre que vuela o si alguien me ha visto hacerlo alguna vez. Jamás me he cruzado en el aire con un congénere y, aunque estoy convencido de que volar es un sueño al alcance de cualquiera, intuyo por mi experiencia que se trata de una actividad íntima. Sé que algunos dirán que miento o me llamarán loco, pero yo sé que he volado y que esta noche volveré a hacerlo. No hay forma de negar mi memoria y la conciencia pleno de lo percibido: en mi cerebro están grabados el terror inicial de la altura y el miedo posterior a ser abatido. Cuando vuelo me siento feliz, y cuando revivo la experiencia mi cuerpo y mi cabeza se llenan de ese mismo gozo. Cierro los ojos y veo con claridad los lugares que sobrevolé anoche. Al dejar el apoyo siempre hay unos metros iniciales de caída libre y después comienza el planeo, y el cuerpo remonta sobre ese extraño algodón de aire hasta pasar por encima de la siguiente azotea, sobre los campanarios, siempre hacia arriba.
Esa superación del miedo, y el mismo miedo, son tan nítidos ahora mismo, cuando en la vigilia anoto estas impresiones en mi diario, tan precisos y tan informes como el terror que sentí en los bordes espumosos de un acantilado, frente al viento atlántico y el confín de la isla. Podrán negarme los hombres, pero yo soy capaz de evocar sin dudas el ladrillo rojo que dibuja formas geométricas en las balconadas, y la celosía en las ventanas con arcos que sobrevolé otras noches. Veo las luces que recortan las almenas del castillo hasta el que volé, cruzando una noche de ceniza y edificios del color de la arena. En estos días la temperatura desciende al caer el sol, y cuando vuelo el viento me abre los ojos como si quisiera desgarrarlos, y las lágrimas resbalan por mi rostro, veloces como el agua sobre los ventanales de aquella tarde de plata y amor tras la lluvia, en una tierra de montañas y verdes hondonadas. Todo eso lo reconozco con tanta viveza y seguridad como reconocen los cachorros el aliento exacto de su madre, que les impide extraviarse. Como recuerdo yo el gesto detenido y marrón, como estatua de barro, de aquel ahogado que arrancaron al lecho del río.
Si así lo desean, sigan pensando que un hombre no puede volar. Yo les replico con un vertiginoso picado: algo así sólo lo dirán quienes aún no lo lograron.
Post Scriptum: He anotado arriba que en el despegue vertical debe tomarse una altura suficiente para evitar ser alcanzado por los hombres que observan la acción, si los hubiera. Téngase en cuenta que, por motivos diversos, si usted intenta volar se verá inmediatamente asediado por gentes de toda condición que desaconsejarán que lo haga y que tratarán de retenerlo en el suelo. Puede que usted no quiera escucharlos y que su convicción reúna mayores fuerzas que las razones de ellos. Pero sepa que aun así estará en peligro: mientras puedan tocarlo serán capaces de interrumpir su despegue; un mero contacto es suficiente, y sólo con el roce de un hombre caerá usted al suelo y se verá obligado a regresar a la posición inicial. No es sólo la derrota moral lo que le dolerá entonces. También resulta costoso recuperar después el impulso conseguido en el primer intento. Es aconsejable, así, que usted intente echar a volar siempre en soledad, cuando nadie pueda verle.
Te olvidaré siempre
He recordado la historia de cierto luchador de esgrima al que un florete le atravesó un ojo y le arrebató la memoria. El espadín cruzó sin ruido la malla protectora del casco y entró en el cerebro del hombre como en un melocotón. Al tocar el hueso agujereado del cráneo se arqueó levemente y luego salió hacia atrás, llevando consigo una baba sanguinolenta que debía ser la sustancia fisiológica de los recuerdos. El hombre no murió, volvió a nacer en más de un sentido. Tras varios meses en coma despertó sin recordar nada, ni su propia identidad. Su mujer lo había velado todo ese tiempo pero él la desconoció. Los médicos avisaron que algo así podía ocurrir, pero la esposa quedó destrozada. Cuando se rehízo, inició un juego de cariño para aquel hombre sin sensaciones que aún era su esposo, porque la memoria del amor es mutua o no es nada: si tú no me reconoces yo jamás podré reconocerte a ti. De cualquier modo la mujer venció sus dudas y en largos monólogos frente a su cama, tomándole de la mano, acariciándole la frente mientras él dormía, le habló sin descanso, en el intento de que vibrase algún tejido remoto de recuerdo, pasajes, espacios comunes en los que pudiera darse una correspondencia que desencadenase el complejo proceso. El hombre le devolvió las atenciones algo pesaroso. Agradecía, pero sin encontrarle significado al despliegue de ella. Hacia el final de los días la fatiga lo acosaba con violencia. La primera vez ella le pidió un beso porque pensó que tal vez las sensaciones de la piel pudieran obrar el milagro; quizá la mente no la recordara pero el cuerpo sí... Los doctores observaron conmiserativos y le pidieron que lo dejara reposar, que mañana estaría mejor. Él aceptó besarla. Al hacerlo no advirtió nada distinto pero no se lo dijo. Al día siguiente, sin embargo, el hombre había olvidado de nuevo todo, incluida la mujer, el lugar en el que estaba, su historia, por qué había llegado allí, las circunstancias del accidente, las palabras amables de quienes lo atendían. Su mismo nombre. Y todo lo que aprendió en las siguientes horas se desvaneció al despertar otra vez en otra jornada. Y así con todas. Cada mañana era una aparición en un perfecto vacío sin lados, sin referencias, que los médicos observaban con espanto y el hombre, con extrañada naturalidad, porque para él cada vez era la primera, sin antecedentes, sin conciencia de su propia inconsciencia. La mujer no cedió en el empeño y en cada nuevo día lo cubrió de atenciones crecientes. Prefería ignorar la evidencia del olvido y levantar ante ella un desesperado muro de confianza. Tras varias semanas de proceso repetido, de diálogos de un solo lado, de contenciones, el enfermo atisbó el cansancio definitivo, que le llegó espoleado por las migrañas. Miró a la mujer con desaprobación, sin decir nada, a través de ese sable que lo laceraba entre los ojos, la habitación envuelta en un filtro de luminoso veneno centelleante. De repente le molestó que ella le hablara como a un niño y le dijo que no la conocía, pero no sólo eso; le dijo que le resultaba imposible aceptar que alguna vez la hubiera amado, como ella insistía en repetir cada día. Que igualmente podría haber amado a cualquiera de las enfermeras que se asomaban cada tanto al borde de su cama. El reproche creció a un grito cuando ella trató de envolverle el rostro en una caricia. Desechó la mano con furia e hizo volar la bandeja de la cena. Después pugnó por arrancarse los goteros y casi la golpeó. Ella se retiró temblorosa, en un inicio de llanto que contuvo el puño cerrado sobre la boca. Dos enfermeras llegaron para inocular un sedante. Fueron insultos, fue desprecio, fue una crueldad acumulada a lo largo de las interminables horas de ese mismo día, fue la violencia de la que sólo un desconocido sería capaz. Pero a ella le dolía más que nada esa batalla sin fronteras. Se marchó a casa. Durmió apenas, ensimismada en la tristeza, en el abandono. A la mañana siguiente resolvió volver. Olvidar lo ocurrido y volver. Al llegar lo encontró sonriente, porque él tampoco recordaba nada.El mundo de Moz
(Dedicado a mi amigo Andy y a cualquiera de esas noches en las que, en desaforado dúo, juvenilmente hemos gritado estas líneas: "...To die by your side / is such a heavenly way to die").
Morrissey está en forma. Temíamos que no regresara ya de la pausada deriva en la que entró después de Viva Hate, su primer album en solitario. Peor aún, que el tiempo lo hubiera borrado como habría borrado a James Dean sin su trágico final. Moz es un héroe de la Juventud y no parece claro que esté autorizado a envejecer, dicho vulgarmente, y desgastar la memoria de una figura extrañamente frágil. Entonces llegó You Are The Quarry, su estupendo disco de 2004, y entendimos que Morrissey had proved us all wrong, once again. Otra vez nos confundíamos. No parece extraño porque estamos ante un consumado mago del escapismo, acerca del cual se sabe menos de lo que se intuye. Valga este ejemplo. En las webs de fans aún no se atreven a asegurar de forma irrefutable la homosexualidad que todos le atribuímos en virtud de la leyenda, el celibato, las canciones o las paradigmáticas cubiertas de los Smiths. Y recurren a una frase que, más que explicar su postura o pensamiento, siempre rebajado tras una leve cortina de equívocos, lo que vienen a explicar es al personaje: “Me niego a categorizar el sexo según los términos hetero, homo o bi. Todos tenemos las mismas necesidades sexuales. El prefijo es inmaterial”.
Si Steven Morrissey hubiera nacido en otro tiempo, en otra circunstancia, habría hecho de sí mismo un poeta maldito o un gran polemista, quizás un Chesterton, un Bosswell, quizás un Oscar Wilde, posibilidades que sin duda le fascinarían. Pero nació en la segunda mitad del siglo XX en Stretford, Manchester, y acabó por hacerse estrella del pop con los Smiths, poniendo letras de intrincado vigor lírico a las melodías de Johnny Marr, abruptas y delicadas como los músculos de un boxeador. Moz veía a los Smiths a través de un cierto velo mesiánico que les daría sentido. Su papel en el abarrotado escenario de los años ochenta en Inglaterra era nada menos que éste: decir lo que nadie había dicho, de un modo en el que nadie lo había hecho. ¿Era eso verdaderamente posible en medio del caleidoscópico abanico del post-punk, en ese mundo abigarrado que iba de camino a la invención del brit-pop, de camino a la electrónica y los clubes y el salvaje Madchester...?
Verdaderamente lo era. Morrissey y los Smiths lo hicieron, en apenas cinco años y en apenas cinco discos: instauraron una voz distinta y distante, hecha de palabras que no pertenecían al lenguaje del pop o del rock o de ningún tipo de música popular; ciertamente no pertenecían al lenguaje de nadie (ni de sus propios compañeros del grupo) salvo al del insondable Morrissey. En las letras de Moz nada se decía ni se dice de forma concluyente. Sólo hay una sombría envoltura de sugerencias que flotan en la música y cuyo significado, intuido, puede evaporarse de un momento a otro, como una voluta de humo, o desvanecerse en el transcurso de una noche igual que la fiebre.
Curioso que a un tipo como éste le caiga, desde los primeros días, la etiqueta de narcisista. El suyo, en todo caso, ha de ser un paradójico narcisismo a la inversa, porque no surge de la explotación de sus triunfos o potencias, sino de la reverencia cuidada y casi siempre irónica, desdeñosa, hacia sus debilidades. Es efectivamente un modo resuelto de situarse por encima de ellas, y mostrarlas a los demás como el que muestra orgulloso un suave lienzo de sí mismo. A los ocho años, Morrissey contemplaba el suicidio como posible suceso romántico. O eso ha contado. No porque tuviera ninguna razón concreta que lo empujase a su conclusión (ni siquiera la encontraría en la infancia de desafectos y soledad, que tanto ha despreciado) sino por puro ardor esteticista. Parecería uno de los miembros de la Sociedad Secreta Shandy, un Duchamp, un Scott Fitzgerald, un Robert Johnson, el joven diletante que, según cuenta Vila-Matas en su Historia Abreviada de la Literatura Portátil, ocultaba en su perenne maletín una vajilla completa y una tetera barroca de plata. Una noche, limó con paciencia el asidero de la última hasta darle la forma redondeada de un proyectil, y con él se reventó los sesos. Atormentado por ese suceso brutal, del que no se sentía completamente inocente, Jacques Rigaut, el poeta y surrealista teórico del suicidio, anotó: “No hay motivos para vivir, pero tampoco hay motivos para morir. (...) La única manera con que se nos permite demostrar nuestro desdén por la vida es aceptarla”.
Moz aceptó y desde 1982 lleva repartiendo canciones como flores. Puede que ninguno lo hayamos entendido todavía. Cuando, con Andy, pedimos en los bares que suene There’s a Light That Never Goes Out, siempre me pregunto qué tiene esa canción para que sea una posibilidad de alegría, si está compuesta de una mórbida sordidez, de esa idea de la muerte como culminación del amor, que es obviamente una idea atropellada por el tiempo. Pero el maravilloso mundo de Moz está hecho de oscuras magias incomprensibles. Cuando lo creíamos extraviado, Morrissey entregó You Are The Quarry. Hasta entonces había habido canciones, claro, pero no la estatura aguardada. Your Are The Quarry supuso mucho. Apenas un año más tarde fue publicado ese elepé de un directo grabado en Earl’s Court. Y en una semana apenas saldrá a la venta Ringleader of the tormentors (¿quién le entrega los títulos?), otra colección de rosas con espinas, de irónicas canciones en las que se muestra de nuevo, como hizo siempre, sin mostrarse del todo. Protegido en una confusa ambigüedad que continuamente se refuta a sí misma, como si se riera de su propio personaje y desde luego de nosotros. De nuevo hay en este disco un Morrissey violentamente intimista, otro que se decide al ensayo político-social, otro que vuelve la cabeza desde la cima del glamour a la desesperanza de las calles, para murmurar una disculpa... Al concluir Bigmouth Strikes Again, en la actuación que registra el directo en Earl’s Court, le dijo a la fascinada audiencia: “El pasado es un extraño lugar”.
Ahí sigue Moz, en su mundo inaccesible. Primero en Manchester, luego en Londres, más tarde en Los Angeles, ahora en Roma, su penúltima obsesión. Moz. Distante y fugitivo como sus palabras.
Mo cuishle

Sobre el fondo de uno de los veloces y simpáticos ko’s de Maggie Fitzgerald, el Hojalata Eddie Dupris reflexiona:
"El cuerpo sabe algo que los boxeadores desconocen: cómo protegerse. El cuello sólo gira hasta un punto determinado. Si lo llevas más allá, el cuerpo dice: ’Eh, ya me encargo yo, está claro que tú no sabes lo que haces. Ahora échate y descansa. Ya hablaremos cuando te recuperes".
En ese momento, Maggie derriba a otra contrincante poniéndole el cuello del revés. Y la voz concluye:
"Se llama mecanismo del ko".
(*) Foto: Maggie Fitzgerald, encarnada en la sombra de Hilary Swank, en ’Million Dollar Baby’. Un monumental clásico que va a perdurar."Mo cuishle significa mi amor, mi sangre". La he visto por tercera vez en pocos días y aún espero que el último combate termine de modo distinto.
El consejito de la semana... por Pere Navarro

En su rueda de prensa de cada semana (es como los entrenadores de fútbol), el incesante Pere Navarro ha presentado una nueva campaña de la DGT. Esta vez se trata del irreverente, insalubre y peligrosísimo hecho de fumar en los coches, mire usted, que ya se ha perdido a estas horas la cuenta de la mortandad que provoca este vicio solitario e insaciable, como el onanismo. Aunque lo que seguramente le apetecería es quitarles cuatro puntitos del nuevo carnet, que tan felices nos va a hacer, o 300 euracos a los “putos irresponsables de mierda que pipan mientras conducen” (las comillas representan el contenido pensamiento hipotético de Pere), esta vez el director general de Tráfico se ha presentado condescendiente. De acuerdo a la terminología habitual en la prensa hoy en día, ésta sería una campaña blanda, prohibicionismo de baja intensidad o bien voluntad de tolerancia no cero.
Vamos al caso. Con ese verbo untuoso que tanto le gusta, reloj de pulsera en la mano derecha, ha advertido que de momento no va a prohibir fumar en sus propios coches a los españoles. Aunque, eso sí, lo desaconseja. Porque si no puede prohibir, a Pere le gusta aconsejar y apelar al “sentido común” de los conductores, que como ya quedó establecido antes somos una recua de hijos de puta, bien asesinos o bien suicidas, que alegremente nos dedicamos a repasar diariamente el catálogo de imprudencias posibles para cometer cada uno la que más cachondo le ponga, y así hacerle los porcentajes a Pere.
Sin embargo, dice la información de El Mundo, la máquina de encuestas de Pere (que debe guardar en la cocina, en ese espacio ambiguo que queda entre la freidora y la cafetera) refleja que un 77% de los españoles estarían dispuestos a prohibir fumar en el coche. Lo de la máquina es cosa del autor del blog, no lo dice la información. Lo demás, sí. Aquí se mezcla opinión e información, que también lo hace Gabilondo en prime time y le dicen maestro de periodistas. Yo llegaré lejos, porque un director adjunto con gafas de periodista de raza ya me advirtió cierto día que estaba violentando los géneros periodísticos. Aquí viene la opinión: la gente es así. Está hasta los huevos de libertades y ahora quiere que le controlen hasta lo que come. Cada vez hay más adeptos a la sumisión... Pero no, a Pere todavía no le pasa por los cojones prohibir lo de fumar. Que no le apetece, oiga. El hombre tiene sus razones. Ha aportado ésta: “No nos gusta la imagen de la Guardia Civil persiguiendo a los fumadores”. Qué argumento. Esa imagen debió de ser un sueño húmedo que le ocurrió alguna noche.
Según la máquina de porcentajes que Pere guarda en la mesilla, le da que las distracciones tienen la culpa del 39% de los accidentes de circulación en este país de naciones. Es un porcentaje alto, si consideramos que hay que repartir el 61% restante entre el exceso de velocidad, la manía de no llevar el cinturón abrochado, las trompas que agarra el pueblo llano antes de ponerse al volante, el teléfono móvil y las sillas de los niños, sólo por hablar de las principales y más costosas. ¿Da para todo ese 61%? ¿No quedamos que esas nombradas eran las causas principales? Si una causa menor que no requiere prohibición ocupa el 39% del total, ¿cuánto ocupan las primeras? Pere sabrá. A nadie en ningún medio de comunicación se le ha ocurrido sumar porcentajes. Pero claro, ese tipo de cosas ya no se llevan en los medios. Pensar, digo. Se pone lo que ha dicho el tío y listo. Eso es menos grave que violentar los géneros. Estoy de acuerdo. Es incluso menos grave que no saber escribir, no distinguir las categorías gramaticales o no dar una noticia en la vida.
Para mí que el reparto no sale porque, sólo en el rubro ‘distracciones’, por ejemplo, a Pere Navarro le da una gráfica según la cual fumar mientras se conduce no es la más peligrosa de todas las distracciones posibles. O sea, que hay una subdivisión con su propia jerarquía. Por eso no la prohíbe y sólo “aconseja”. Hay otras peores, recuerda en tono admonitorio, y mucho más peligrosas. Da tres ejemplos así, como al aire, como el que silba. A saber: usar el teléfono móvil (que síiiiiiii, Pere, que síiiiiii), buscar una ruta en el navegador y... CAMBIAR LA MÚSICA. Así que ya lo sabe usted amigo conductor. El día que Pere se levante con el pie cambiado prohíbe los radiocd’s y los navegadores. Como se sabe, mucho mejor que los navegadores es no saber dónde va uno en una ciudad desconocida, pegar frenazos repentinos para tomar una calle sobrevenida, cambiar de carril violentamente al descubrir el lugar de destino, o pararse a preguntarle al peatón que pasa cerca, interrumpiendo la circulación. Hay que asumir que Pere sabe siempre a dónde va, por supuesto no pipa en el auto y desde luego no oye música. Y si la oye, es porque se la cambia un propio que lleva a la derecha. O se detiene unos minutos en el arcén y busca el número de la pista que le apetece. Luego sigue conduciendo. Después vuelve a pararse, y cambia de nuevo. Y así tantas veces como haga falta. Porque una cancioncita no puede ser tan importante como para sufrir un accidente. Desde luego, si es de La oreja de Van Gogh no merece la pena cambiar: son todas iguales.
En un futuro pluscuamperfecto, Pere podrá ir suprimiendo todas y cada una de las posibles distracciones que aquejan al conductor y que éste abraza con ese desahogo contra las leyes, el respeto a la vida, los valores morales y el sentido común que caracteriza a esta pandilla de hijos de puta que conducen y no sirven más que para abonar impuestos de circulación, multas, garajes, zonas azules, parquímetros y gasolinas. Entre esas distracciones que deben ser combatidas por Pere no habrá que olvidar algunas como el hecho de hablar mientras se conduce, desde luego el de canturrear (excesivamente feliz como para no despistarse), el hecho siquiera de pensar, que es adictivo y despista una barbaridad, el hecho de hablar con otros pasajeros, el hecho de mirar por el retrovisor para hablarle a los niños, el hecho simple de los niños (¿no sería posible esterilizar a los conductores, digo?), porque los niños suelen preguntar cosas y hay que responderles, desde luego el hecho de los propios pasajeros, que deberían estar prohibidos o bien habrá que convenir que van contra el sentido común, el hecho de comer caramelos, el hecho de mascar chicle porque hay que desempapelarlo, el hecho de beber agua de una botella porque beber despista, el hecho de mirar las señales de tráfico, que aunque poco también despistan porque hay que apartar los ojos de la carretera... poner las cortas o las largas, darle a los intermitentes, conectar el ESP y la seguridad pasiva del coche, activar los limpiaparabrisas...
Así hasta el infinito. Pero ya se sabe que este hombre y su máquina de porcentajes desconocen los límites numéricos. Temo que el generoso y atribulado Pere Navarro le dará un día la vuelta al marcador de su propia cabeza y concluirá que el único modo de alcanzar la verdad es prohibir los coches, que son el meollo de la cuestión porque son el cuerpo del delito y también el escenario. Y si no se pueden prohibir los coches porque, claro, las empresas automovilísticas se van a molestar, prohibirá a las personas que conducen los coches. Y no sólo habrá un carnet de conducir por puntos, sino también un carnet de identidad por puntos. Y si usted contraviene las normas, que irán siendo definidas sobre la marcha de acuerdo a las maquinitas de Pere, la autoridad competente le deducirá puntos irrecuperables. Así irá perdiendo usted poco a poco la identidad, hasta que no le quede nada y tenga que examinarse de nuevo y hacer la ELE con la conciencia. Entonces será usted un mierda, sí. Pero también un ciudadano cojonudo.
* Foto: Escáner (ojo, completado digitalmente con algunas licencias médicas) de un sueño húmedo de Pere Navarro. Parece raro que esa imagen coincida con el ideal de ordenación semafórica, de acuerdo a los sucesivos concejales de movilidad de la Inmortal Ciudad de Zaragoza.

