contador de visitas
contador de visitas Noviembre 2006 | Somniloquios

Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.

Peliculita

20061102124302-scoop.jpg

Me he pasado la mañana leyendo críticas americanas sobre Scoop, la última película de Woody Allen. ¿Y por qué ese ejercicio tan fútil? Creo que porque no deseaba decir yo mismo lo que hay que decir en estos casos. No lo voy a decir... aunque me doy cuenta de que no hace falta que lo diga. Todo es muy obvio a estas alturas. Pero rescato algunas frases que me han parecido inteligentes, y sobre todo justas, y con las que tal vez iluminemos una perspectiva válida acerca de esta peliculita (y el diminutivo no es casual):

"Puede que el destino sólo reserve un determinado número de buenos chistes para cada hombre; y Allen, de 70 años, agotó su lote hace tiempo. Sin embargo, sigue tirando de la fórmula mucho después de haber perdido la aptitud necesaria para ello".
(Richard Corliss, en Time).

"Si Woody Allen fuese un pintor, muchos de sus trabajos serían considerados estudios para posteriores obras. Scoop tiene el aspecto de ser un intento de borrador para Match Point, aunque al revés en el tiempo".
"Reírse a estas alturas con una frase como "yo fui educado en el Judaísmo, pero después me convertí al Narcisismo" parece, más que nada, un simple acto reflejo del cuerpo".

(Carina Chocano, Los Angeles Times... Y esa es la mejor, la única frase de la película).

"George Bush no se alía con los talibanes; Woody Allen no debería cruzar el East River".
(Bill Gallo, en The Village Voice... No puedo estar más de acuerdo, aunque el problema no es geográfico, como demuestran Hollywood Ending o Anything Else).

"Puede que simplemente fuera demasiado pronto. Después de regresar con tanta fuerza el año pasado con un thriller moral como Match Point, Woody Allen se debería haber tomado un par de años libres. Haberse dedicado a retomar sus lecturas, cuidar de su jardín... lo que fuera".
(Chris Barsanti, de Filmcritic.com).

"La peor película que ha hecho Woody Allen".
(El rotundo Stephen Hunter, en el rotundo Washington Post. Esto es muy discutible: Hollywood Ending y Anything Else, insisto, están ahí. Y ojo con Celebrity).

Pasado el rato, agrego algunas visiones españolas, para hacer patria.

"Un Woody Allen menor. (...) un entretenimiento para pasar agradable e inteligentemente un rato".
(M. Torreiro: Diario El País. Advierto en Torreiro la resignación del crítico sometido a las nimiedades cotidianas del cine español. Entre la Juani y esto, lo inteligente es ir a ver esto. Entre Los Infiltrados y esto... pues Los infiltrados).

"Un Allen menor. Se diría que Scoop presume de su falta de pretensión: es un divertimento, una intriga, un desahogo, incluso un gozo en el que el espectador no ha de hacer esfuerzo alguno."
(E. Rodríguez Marchante, en ABC. Bien por Oti. Yo agregaría que esas presunciones no pertenecen en concreto a Scoop, sino al actual Woody Allen).

02/11/2006 12:43 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine No hay comentarios. Comentar.

La democracia nacionalista

20061103105610-hitler-carod.jpg

 

"Un simpatizante de Ciudadanos de Cataluña ha recibido una paliza este jueves en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona, a manos de un grupo de estudiantes. Según el diario E-Noticies, la víctima también es estudiante y llevaba una camiseta del Partido de los Ciudadanos, que le han arrancado después de golpearle. La agresión se produce un día después de las Elecciones autonómicas, en las que la formación presidida por Albert Rivera ha entrado en el Parlamento de Cataluña con tres escaños. El Consejo de Gobierno de la UAB ha asumido la gravedad de la agresión, emitiendo un comunicado de condena. Las agresiones y el vacío mediático a candidatos, sedes y simpatizantes de PP y Ciudadanos de Cataluña han sido una constante durante la reciente campaña".

03/11/2006 10:46 Autor: Mario. #. Tema: Hay 2 comentarios.

Uno de los nuestros

20061106022336-recopa.jpg

 

La muerte quizás no sea más que la demostración final del paso del tiempo. Once años aún son pocos para tener ya un campeón muerto. Sergi López, vencedor de la Recopa en París, fallecido el sábado en la violentísima circunstancia de una decisión. Sergi tenía 39 años y tal vez nadie ganó la Recopa de París o la victoria del 94 sobre el Celta más de lo que lo hizo él. Porque Sergi nunca fue un futbolista al uso, siempre lo asistió una conciencia que los futbolistas sólo alcanzan en rarísimas ocasiones: el significado de su ejercicio cotidiano para los aficionados. Sergi no era exactamente un jugador de fútbol, o no era solamente eso. Más que nada, su naturaleza correspondía a la de un hincha en camiseta de jugar, un hincha de corto que durante la semana se entrenaba con el equipo y los domingos salía a la cancha, quizás lamentando la imposibilidad de ser al mismo tiempo uno de la grada y uno de los que aclama la grada. Cualquiera se ha soñado jugando con su equipo. Sergi alimentaba el anhelo inverso. Y así, en cada victoria encontraba dos victorias: la del futbolista y la del aficionado. Cuando los triunfos se hicieron enormes, él reunió sus dos condiciones íntimas en el balcón del ayuntamiento o en el autobús descapotado que recorría las calles.

"Se ha ido el alma de la Recopa", me resumió Xavi Aguado en un mensaje entristecido del móvil. Hace año y medio, el día en que se cumplían diez años de la noche de París, Nayim me relató quién era Sergi en aquel vestuario de amigos campeones. Recordó la larga madrugada del 10 de mayo del 95, que Sergi pasó cantando en el vestuario tras el partido, en la cena de campeones, en la fiesta por París, en los pasillos del hotel, en la terminal del aeropuerto a la mañana siguiente, en el avión, en el autobús sin techo, en la balconada frente a la gente. Cantaba a través de un megáfono e interminablemente repetía: "Fu, fu, fu, Cafú, Cafú, Cafú". Sus compañeros terminaron exhaustos del grave bufido gamberro del instrumento. Para Sergi, la alegría de la victoria tenía esa forma irreverente. Él era uno de los nuestros: "Somos los hinchas más radicales / somos los ultras más fieles y leales / el Zaragoza, hoy va a ganar / y el fondo norte no para de cantar...".

Demasiadas lesiones para un cuerpo frágil, para un cuerpo de estilista, para una mente insegura. Y muchas más cosas que desconocemos y no nos incumben ni solucionarían el enigma final de su partida. En el campo lo acechó la desgracia en formas muy concretas. Afuera lo aguardaba un rumor de oscuridad incomprensible, abstracta como la tristeza o la alegría. En los últimos años parecía fácil imaginarlo en Buenos Aires, donde residía, mezclado con los monos en las tribunas más bullangueras y crueles del planeta. Sergi en un cantito aprendido sin dificultad, Sergi agitando rítmicamente las manos entre la muchedumbre de manos repetidas, Sergi impostando el seseo para entonar las letras como todos esos muchachos, Sergi a pecho descubierto rompiéndose el cuello en cada grito. Sergi, por fin, en una avalancha de gol. Reventado de felicidad.

[Foto: el zaragocismo en París, en la noche de los campeones].

06/11/2006 02:23 Autor: Mario. #. Tema: Los días No hay comentarios. Comentar.

Hombres de negro

20061106030653-allblacks.jpg

 

Los All Blacks han puesto en marcha cinco semanas de gira por Inglaterra y Francia con una rotunda demolición de los ingleses en Twickenham (20-41), este domingo. Cuatro ensayos (Mauger, Hayman, Rokocoko y Carter, que añadió cinco golpes de castigo y tres transformaciones). La derrota más notoria de la historia del estadio londinense, lo que pone de relieve la elevación de los hombres de negro. Dos objeciones. Una de parte de los ingleses, que encuentran un caso para su defensa alegando que el juez de televisión les birló un ensayo válido en el minuto 5 de partido. El árbitro, el francés Joël Jutge, no vio la pelota en el instante en que Jamie Noon pugnaba por plantarla al otro lado de la frontera, sometido a medias por el placaje de dos neozelandeses. Recurrió al juez de vídeo y le preguntó: "¿Ves la pelota?". Y el otro respondió, convencido: "No la veo, por la gloria de mi madre". Y no dieron el try, con lo que los ingleses se enardecieron en los condicionales ("what if...?") y su entrenador, Andy Robinson, razonó de forma muy británica, ordenando los conceptos del revés como en una frase interrogativa: "Esa no era la pregunta que el árbitro debió hacerle al juez de tv. Debió preguntarle si en las imágenes veía alguna razón para no dar el ensayo". Robinson apelaba a una suerte de presunción de inocencia, que se formularía así: un jugador que traspasa la línea de marca y cae al otro lado con la pelota, ha ensayado... mientras no se demuestre lo contrario. Las imágenes que miró Berdos no demostraban nada. La otra objeción va para los All Blacks: chicos, no vale con vestirse de negro, bailar una haka amenazante, ganar el Tres Naciones en agosto y darles una paliza a los ingleses en Londres a principios de noviembre. Es hora de ganar una Copa del Mundo. Lo demás no pasa de escaramuza.

El sábado, en el mientras tanto, Gales empató con Australia en el Millennium Stadium (29-29) gracias a un golpe de castigo final de Hook, personaje que por lo visto no conoce el miedo. Las crónicas subrayan que fue un partidazo memorable y que en Cardiff lució el sol. Lo segundo resulta aún más increíble que lo primero. Hay que advertir que los australianos se han convertido en unos maestros del despiste: se pasan los meses previos a las grandes competiciones (hay Mundial en 2007) dando razones para pensar que su enésima renovación les ha rebajado el nivel. Y luego llegan a los días de la guerra y, mientras en su país se rompen la camisa deshechos en críticas, los Wallabies avanzan, de pronto un día se cargan a los All Blacks y luego juegan la final. A veces la ganan, y en cierta ocasión tropiezan con el pie incorrupto de Jonny Wilkinson. Pero esas cosas pasan una vez en la vida. Como el sol una tarde de noviembre en Cardiff...

06/11/2006 03:06 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 2 comentarios.

Células secundarias

"El periodismo deportivo, como confirmará cualquiera que lo haya practicado o consumido, ofrece el mejor modo inofensivo de quemar unas cuantas células cerebrales secundarias mientras se toman los cereales del desayuno, se espera nervioso en la consulta del médico los resultados de unos análisis o se pasan unos minutos solitarios en el retrete".

[Frank Bascombe, el personaje principal de El Día de la Independencia, de Richard Ford, piensa en voz alta. Primero escribió ficción, abandonó la literatura para ser periodista deportivo (léase El periodista deportivo, del mismo autor y personaje) y terminó como agente inmobiliario en el pintoresco Haddam. El orden de los episodios me desconcierta].

07/11/2006 12:11 Autor: Mario. #. Tema: Palabras al viento Hay 1 comentario.

Hoja de reclamaciones

20061107125345-avispas.jpg

 

Está bien... Si lo vísteis, si os lo han contado, si os apetece desahogaros, si despreciáis a algunos o a todos de los personajes aparecidos en el programa, y desde luego a mí mismo, si os gustó algo o todo o las azafatas o la señorita de los reportajes... adelante. Hablamos de Avispas y Tomates, el nuevo programa de Aragón TV (lunes, 21.45) en el que el hombre Somniloquio pone cara y cuerpo entre otros semejantes para solaz (?) del pueblo. En la crítica os advierto que sólo admito la sinceridad, del signo que sea. Nada de lo que digáis va a ir más lejos de lo que yo mismo me digo, así que no tengáis miedo... que yo estoy acojonado. Una cosa: para los demás (para mí no es necesario, que me defiendo solo) pido el mínimo respeto debido. Las cosas bien dichas, pero con orden.

Con el fin de abrir boca y de que agarréis velocidad, os dejo la primera crítica de mi propio padre. "No me gustó nada, hijo mío. No duré ni tres cuartos de hora antes de irme a la cama. Creo que a la gente le va a gustar más el de ZTV...".

Ser un Ornat nunca fue sencillo.

(Nota: El silencio siempre es el peor de los sonidos posibles).

07/11/2006 12:53 Autor: Mario. #. Tema: Hay 9 comentarios.

Díganme señor García

20061108104709-garcia.jpg

La Romareda aclamó al joven Sergio - El catalán inspiró una trabajosa victoria - El Getafe cayó con 10 y con honor - Goles de Diogo, Diego y Ewerthon

Sergio García se fue del campo elevado en el clamor de la gente, ganada para la admiración de este futbolista diverso y profuso, al que sólo le falta el gol si es que le falta algo. Sergio no había firmado ninguno de los dos que en ese instante determinaban la victoria del Zaragoza, pero a veces la esencia no está contenida en la ficha, que es fútbol liofilizado en números, para consumo de esa ciencia tan rara que es la estadística. Los números no son la verdad, pero no se lo diga usted a su hijo si le importa que apruebe las Matemáticas. Eso sí, compense con algo de ficción imaginativa, póngale vídeos de Curro Romero, señale para sus ojos los pequeños detalles que componen la verdad íntima de las cosas. Algo habrá de quedar. Si no responde, habrá tenido usted un pedazo de madera, pero igualmente los chicos son adorables. En La Romareda la gente tuvo ese algo romántico para apreciar que, aunque los goles no llevaran el apellido de Sergio, la victoria lo tenía por padre putativo: estuvo en todo lo sustancial, hasta hacerse él mismo la sustancia. Y la grada le gritó el nombre al despedirlo: Sergio, Sergio, Sergio. Su partido parecía proclamar: ya no soy Sergio, el chico del pelo pintado. Ahora, díganme señor García.

Cualquier otro futbolista se hubiera confundido con esa suplencia táctica del Calderón, pero el señor García regresó a la titularidad con el mismo ímpetu con el que sale disparada una bola de cañón. Las bolas de cañón no tienen memoria. Lo suyo es el futuro, en el que siempre cabe un petardazo mortal. Sergio salió al campo y se puso a tirar desmarques hacia los lados y entre las bambalinas de la defensa, subido en la línea del fuera de juego, suspenso en la cuerda invisible como un funambulista, con la pértiga cruzada sobre el regazo.  Cuando huele el área, García larga la pértiga y cruza el espacio. En el camino siempre se le ocurre algo diferencial, a veces decisivo.

En el minuto 11, Sergio Fernández lo alcanzó a ver al otro lado, bamboleándose entre las torres del Getafe, temerario en la cuerda como un Bordini colgando feliz de la torre de La Seo. Le mandó la pelota al abismo y García fue a por ella sin pensarlo, y le propuso una carrera a Pulido, como haría un niño. El defensa del Getafe tenía ventaja, pero vio de lejos al Pato Abbondanzieri y le pareció que estaba más cerca, como si la escena se produjera bajo el agua. Así que cuando tuvo que darle el pase, las distancias reales se le mezclaron con los deseos y el aliento desbocado de García. Pulido tocó atrás y se quedó corto. Luego vio a García adelantarlo por la derecha, en explosiones sucesivas,  y comprendió que tendría que tirarlo porque ese chico enloquecido iba a madrugar al portero. Ese chico se iba a meter entero en el gol, con la pelota en los pies. Así que Pulido, derrotado, lo tiró al suelo. Y vio la roja.

Orden y juego. La Romareda había vivido un inicio febril, con el Zaragoza cruzado por el entusiasmo. En esa efervescencia, 80 minutos contra diez suponían una promesa de victoria, y la gente quiere más victorias cuantas más victorias tiene. Pero la tarde se quedó parada de pronto. Al Zaragoza se le hizo más difícil jugar frente a diez que frente a once, porque el Getafe mezcla orden y fútbol con una naturalidad en absoluto afectada. Obligado a forzar una mueca defensiva, perdió  iniciativa y posesión, pero se compuso tan bien que por momentos pareció que podría aguantar siempre. Tal vez lo animase una rara convicción: que también podría ganar con diez. Y la sostuvo con esa cierta pasividad mentirosa de los que piensan en emboscarte. Durante media hora, el Zaragoza trató de vencerlo con paciencia, ganando pequeñas batallas. Se vio que está más maduro y asume mejor los distintos partidos que hay dentro cada partido.
Ese largo periodo lo reventó el gol de Diogo. Y van dos. Dos golazos. El uruguayo es el soldado universal, un recluta de élite que hace de todo. Lo mismo pilota un avión que dirige una carga de infantería. Se maneja con arma automática o a bayoneta calada. Desmonta un contraataque a pelotazos o hace el sombrerito de Anoeta. O la volea de interior con la que puso en ventaja al Zaragoza ayer, a la salida de un córner. Víctor se había pasado el primer tiempo sacando gente del área en los saques de esquina para arrastrar defensas y hacer algo de vacío. En ese espacio neutro encontró Diogo el gol.

Pero tampoco esa desventaja sacó de sitio al Getafe, un conjunto adusto al que resulta imposible adivinarle las emociones o las debilidades. Víctor ya había sacado a calentar hacía rato a Longás, porque veía que eso que llaman repentización podría ser un valor principal. Toño Longás apareció justo con el 1-1, un penalti señalado a Diego Milito por jugar al churrová en el área con Belenguer. El del Getafe subido a la grupa del argentino. Turienzo pudo pitar lo que quisiera: churro, media manga o manga entera. Dijo manga entera, para no quedarse corto, y Manu, un grandón engañoso, le metió la manga entera a César.

Entonces salió Longás, que vino a sumar juego y acabó por multiplicarlo con su gloriosa naturalidad, hecha de privilegios técnicos e inteligencia. Todo licuado, da un pase, un corte por anticipación (el que acabaría en el gol de Ewerthon), una descarga para el otro lado, un ritmo armonioso de fútbol. Movilla había agitado el árbol, Óscar fue aquí y allá, Zapater respiraba por siete en el medio campo, Longás lo derribó con pases finísimos como hojas de afeitar. ¿Se puede tirar un árbol con una cuchillita? Se puede, sí señor. No hace falta un hacha. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Dadme tres (Sergio, D’Alessandro y Longás) y habrá tres goles. Todo se ordenó veloz: Sergio le filtró una pelota a Diego y Diego escapó. Su finalización al palo largo sirve para explicar qué es un gran goleador. Lo dijimos una vez: un tipo capaz de guardar el equilibrio y enhebrar el hilo en un tren desbocado que entra a un túnel en la noche. Diego la bajó de pecho y, pese a estar fatalmente desprendido a la izquierda, la puso en la cruz opuesta.

Quedaba un cuarto de hora. Mucho tiempo para un chico como Longás. Demasiado para el Getafe. Se fue García sobre el final, subido en un viento de idolatría, y surgió Ewerthon de la sombra. Pero no hay sombra para alguien como él. Antes de decir buenas noches tenga usted, Ewerthon convirtió un robo de Longás en el zapallazo que fue el tercero. Por si alguien había tenido la tentación de olvidarlo. Sigue siendo el tipo más rápido de nuestras vidas. Su aparición define al Zaragoza: una reunión de felicidades en franca y provechosa competencia.

Diario AS, 6 de noviembre de 2006
www.as.com

08/11/2006 10:47 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

D'Alessandro paga esta ronda

20061110034525-andy.jpg

El Cabezón decidió igual que en la ida. Sólo Tote puso algo de inquietud en el Hércules. El Zaragoza creció tras el descanso. Y Ewerthon, otro golito

La trama de un partido como éste -la trama es la historia que corre oculta por debajo de la acción, digamos- tiene que ver con la consecución de un gol, y sobre todo con la forma en que cada equipo ejerce esa búsqueda. No hay más, y de ahí que los partidos tiendan a ponerse premiosos, porque los equipos saben que lo arbitrario acecha en la Copa. En la elección de si juego así o juego asá no interviene tanto el factor estético como otros valores algo más abstractos: la sinceridad, el cinismo, la necesidad, las percepciones del superior y el inferior, las singularidades matemáticas de una competición como ésta. Dicho en términos cotidianos: el Zaragoza tenía la obligación de manejar el partido y tal vez encontrar ese gol aludido en largas argumentaciones con la pelota. Enfrente, el Hércules aparecería dispuesto para una dialéctica de opuestos. Lo suyo sería encontrar una ocasión perdida en un partido al que antes obligaría hacia lo insustancial, jugándolo con un adormecedor rigor táctico y en la aplicación de todas esas virtudes con las que los equipos de menor tamaño tienden a compensar los desequilibrios. Así que, mientras el Zaragoza movía la pelota con un cierto ritmo que pronto entraría en decadencia, el Hércules aguardó a esa ocasión que todas las noches procuran.

Tuvo una. Tuvo dos. Las tuvo Tote, y se las fabricó él solito con destreza de artesano hippie, esa clase algo canalla que le ganó acusaciones de indolencia por tirar rabonas en el Bernabéu. Cosa para la que, según los delimitadores de las primaveras, no tenía edad. La fortuna o no de Tote como jugador, naturalmente, no tenía nada que ver con eso, sino con cuestiones algo más esenciales. En cualquier caso, Tote tuvo dos jugadas cuando más se aplanó el partido (una volea muy habilidosa y un cabezazo apenas peinado) que le debió sacar César en intervenciones estupendas. La del pelotazo picado a los pies, más que difícil. Y ahí se acabó la suerte o la esperanza del Hércules, que jugó un partido concienzudo pero no mucho más.


Lo mató la mano de piedra del Zaragoza, que consiguió en el descanso sacudirse el desmayo y vencer por nocáut. Apenas despierto por la serenísima agitación de Sergio García y un par de culebreos de Lafita, el Zaragoza empezó el encuentro animado, pero se almidonó sin remedio. Sólo Lafita y un zambombazo de Ponzio hicieron algo de ruido, pero en general el Hércules no padeció. Doblaba la vigilancia en los lados y sin la pelota practicaba un repliegue sin disimulos. El aburrimiento paulatino del Zaragoza le permitió ganar posiciones en el medio y avanzar un tanto, pero sin dispendios.

En realidad, el partido se acabó en un cuarto de hora de la segunda parte, cuando Víctor cambió de bandas a Lafita y D'Alessandro. Esa variación y una ligera subidita en los ritmos generaron una fila de desequilibrios que culminarían en el primer gol: un centro muy tocado, muy intencional, muy listo del creciente Lafita desde el flanco derecho, Agassa que se confundió en la salida y el rechace para D'Alessandro. Mandrake cazó la mosca al vuelo, la agitó en el aire y la disparó contra la red. Antes ya había pegado una volea inverosímil, hecha de efectos que Agassa conjuró como pudo.

Lo demás se jugó mirando al Camp Nou. Por ejemplo, el cambio de Diogo y Sergio García, que será titular en el Camp Nou a pesar de que Ewerthon hizo la suya cuando el Hércules se descosió. El brasileño interpretó otra vez su mejor papel, el del hombre invisible. Apareció en una indecisión de los centrales y clavó el segundo de disparo bamboleante. Otro golito. Otro argumento. Otra ronda de lo mismo. Paga D'Alessandro.

Diario AS, 9 de noviembre de 2006
www.as.com

10/11/2006 03:45 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Refutaciones del tiempo

20061110195433-llamazares1.jpg

 

"Todo empeño artístico del hombre es de perdurabilidad. Escribir es intentar parar el tiempo...".

Julio Llamazares, autor de La lluvia amarilla o El cielo de Madrid.
[Ayer conversaba en el Periódico de Aragón con Roberto Miranda, en una entrevista que Roberto comenzó con esta pregunta: "¿Ha visto la luz de esta tarde de jueves?". Cuando Llamazares, más adelante, dice que "el paso del tiempo es lo que mueve el mundo", RM le refuta levemente: "El pretérito imperfecto podría ser un intento de ralentizarlo"].

10/11/2006 19:54 Autor: Mario. #. Tema: Palabras al viento No hay comentarios. Comentar.

Jack Palance (1919-2006)

20061111095619-jack-palance.jpg

 

-Hey, Curly, ¿has matado ya a alguien?
-Aún queda día por delante.

11/11/2006 09:52 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine No hay comentarios. Comentar.

Los hijos de Huguito

20061114132527-huguito.jpg

Cualquier motivo valdría para recordar a Hugo Porta, el hombre que escribió una leyenda con los pies. Aprovecharemos que los Pumas acaban de ganar en Twickenham el sábado pasado (18-25) con la patada de Felipe Contepomi y Federico Todeschini (sobre todo Todeschini) como gran argumento. La escuela hace escuela. Hugo Porta no recuerda haber cobrado jamás un peso por jugar al rugby con los Pumas de Argentina. En cierta ocasión lo seleccionaron desde Australia para participar en un alegre partido de estrellas mundiales en la Polinesia. Cuando le pidieron precio, Hugo Porta se ruborizó ante la posibilidad de percibir un sueldo por jugar al rugby, y todo lo que solicitó fue un billete extra para que su mujer pudiera viajar con él a los Mares del Sur. Ahora Gonzalo Tiesa y Juan Manuel Leguizamon juegan en el London Irish; Marco Ayerza, en el Leicester; los hermanos Fernández Lobbe, en Sale; Felipe Contepomi, en Sale; Miguel Avramovic, en Leicester; Juan Martín Hernández, en el Stade Français, como el capitán Agustín Pichot; Gonzalo Longo y Mario Ledesma, en el Clermont... Por fin, Todeschini en el Montpellier. Profesionales bien pagados. Los tiempos cambian. Esa dramática variación del rugby está contenida en la elipsis temporal que va del prodigioso pie silvestre de Hugo Porta a la tecnificación milimétrica de la patada de Jonny Wilkinson.

De chico, Hugo Porta jugaba al tenis, hasta que una tarde descubrió que ese señorial juego con red aspiraba a una atroz forma de perfección obsesiva. Lo supo cuando durante un juego el papá de su rival se puso a corregirle los golpes. Ahí mismo decidió que no jugaría más. Probó el fútbol. Recuerda haber asistido a un par de sesiones de meritorios en River Plate, y recuerda que un par de tardes lluviosas lo sacaron de ese camino. Llovió y no fue más. A los 15 años comenzó a practicar el rugby, un poco por eliminación, como acostumbra a ocurrir. En el rugby nunca llueve ni nieva ni hace frío ni calor. Jamás se suspendió una guerra por motivos meteorológicos. Porta empezó jugando  como medio de melé. Pronto le pusieron el 10 del medio de apertura, una figura que reúne la prestancia del príncipe y el arrojo descarnado de un caballero de infantería. Hugo hacía todo lo necesario en ese puesto, y lo hizo durante 19 años de carrera con los Pumas. Fue reconocido como el mejor en una gira de los Barbarians por Suráfrica. Lo nombraron el más grande medio de apertura de la década de los 80 en el mundo entero. Y sí, Hugo también le ganó a Inglaterra, pero no con los Pumas. Fue con su club, en la cancha de Vélez Sarsfield, por 29 a 21 y con 22 tantos de Huguito. Hugo lo hizo a la vieja manera del rugby, con los muchachos con los que jugó al lado toda su vida. Recuerda que minutos antes del final del partido el Aguja Gómez rompió en un llanto incontenible de emoción por el triunfo y jugó los últimos minutos con el rostro bañado en lágrimas. Hugo terminó mordiéndose los labios, apenas. El fútbol es una competencia feroz entre pandillas, y en el interior de la propia partida se desarrolla la dialéctica de los líderes y la fuerza natural de las sucesiones y las vanidades, que envenena las tardes y la pared de los vestuarios. En el rugby sucede algo bien distinto, decisivo. El rugby supone una batalla librada entre amigos, y la posibilidad cierta de entregarle tu sangre a tus compañeros. El rugby es como ir al ejército cada semana con los chicos con los que creciste en el colegio. El sabor de una victoria no se parece a nada más. Ganar al rugby, al menos una vez, y el sabor de una cerveza después: eso es la vida.

Los Pumitas le ganaron a Inglaterra el sábado, en Twickenham, en memoria de Hugo Porta y los demás. Todeschini, que partió de suplente, hizo 19 puntos y 14 de ellos los metió con el pie. Hay una tradición. El seleccionador inglés, Andy Robinson, está en la picota y al fondo asoma el Mundial, que corrige todos los argumentos en este otoño de giras del gran rugby por el mundo. Inglaterra se ha pasado los cuatro años de reinado con un monarca en la cama (Wilkinson, que ya no ha vuelto a jugar jamás, de lesión en lesión) y confundido por los hechos. En realidad, y en mi modesta opinión, Inglaterra lleva 20 años sin encontrar un estilo. A principios de los 90 el estilo era el hombre, Jonathan Webb, un zaguero con aspecto de oficinista en el registro civil de una ciudad de la atardecida costar sur inglesa. Webb tenía el pelo enrulado y un pie aburrido como una calculadora. Desde entonces los ingleses han buscado algo definitivo en Rob Andrew, en Jerry Guscott (un centro de una extraña elegancia esencial, que no se manchaba nunca: parecía jugar con gabardina), en Jamie Noon, en el rolling maul, en su tercera línea. Creyeron haber dado con ello en Wilkinson, pero el sortilegio se ha esfumado tan violentamente como apareció. La derrota con Argentina los pone frente al espejo.

El fin de semana se completó con otra perversa exhibición de los All Blacks en Francia (3-47), la victoria de Australia en Roma (18-25) y la de la ciclotímica Irlanda sobre Suráfrica (32-15). Ojo a ese resultado porque los Boks andan también de lado a lado de la calle. El gallinero está revuelto, salvo por la autoridad de los neozelandeses, donde no se acaban nunca los kiwis ni los jugadores soberbios de rugby: es un mira quién baila interminable para conseguir un puesto en la danza de la haka.

Por cierto, la brava Escocia le ganó a Rumanía (48-6). Faltaría más. Por algún lado hay que comenzar la reconstrucción...

[Foto: Hugo Porta, la salvaje prestancia de un medio de apertura. Porta lo hacía todo: pateaba, jugaba, pasaba, era veloz y destalentado en las irrupciones. En 1982, jugando con los Jaguares de Suramérica (una selección continental) en Suráfrica, Hugo Porta anotó de todos los modos posibles en el juego: un drop, una conversión, un ensayo y cuatro golpes de castigo. El legendario Carwyn James dijo de él: "Verlo jugar permite reafirmar la superioridad intelectual, estética y artística en el juego de la línea". Subido en un pedestal, pienso que esa imagen de Hugo haría una estatua magnífica en el medio de Buenos Aires].

14/11/2006 13:25 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 3 comentarios.

Cine desadjetivado

20061117015737-lola.jpg

De los críticos de cine ya he hablado antes. No creo en su fiabilidad, pero eso no significa que no me fíe de ellos. ¿Que no lo entendéis? Yo tampoco. No leo a los críticos para decidir o para estar de acuerdo o no. Los leo estrictamente para leerlos. Me gustan Oti Rodríguez Marchante y Carlos Boyero. Me gusta cómo escriben. La inteligencia feroz de Boyero, esa brutalidad que puede expandirse en todas las direcciones (y principalmente contra sí mismo, como a mí me gusta hacer); y el cariño al cine que le intuyo a Oti, que ordena las palabras y las ideas con naturalidad, con frescura. Del cine habría que hablar así, sin artificio, y desde luego escribir, porque el fin del cine consiste precisamente en ocultar el artificio para que queden al frente la historia y los personajes, lo único que importa. Por eso los críticos que prefiero son directores de cine: Scorsese hablando de la historia del cine americano en esa maravillosa serie documental; Cameron Crowe entrevistándolo; Truffaut en conversación con Hitchcock; y desde luego Peter Bogdanovich en el despliegue de su lúcida mirada sobre la pantalla y sus alrededores. Ahora ha reunido pensamientos y conversaciones con las estrellas en un libro imperdible, que aún no he comprado porque este mes casi no he hecho más que comprar libros.

Lo que no soporto son las conversaciones de cine, ni desde luego las críticas, que incurren en el delirio conceptual. Como ésta con la que he tropezado hoy, y que parece una broma barroca, con su retorcimiento léxico y sintáctico a propósito de Lo que sé de Lola: una película que no debe ser la mitad de críptica de lo que parece en el texto que sigue. No lo sé. Después de leer esta revisión, continúo sin saber nada. Ignoro también quién les dijo que escribir así era escribir bien.

"Lo que sé de Lola' es una película de gestos con vocación minimalista e imagen industrial que evade sustancialmente la explicación discursiva. La historia se cuenta casi a través de una sucesión de planos fijos, con un acento puesto más en los objetos que en los personajes (más bien en el carácter emocional de los personajes), como pactando una especie de desadjetivación en la narración. Quizás esto haga que la película adopte un carácter anónimo o universal susceptible de darse en cualquier lugar del mundo donde haya soledades...".

Desadjetivación. Con dos cojones.

17/11/2006 01:57 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine Hay 7 comentarios.

Pequeño cuento de cumpleaños

20061117161521-nick.jpg

"No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado volar, y...".
Wendy se levantó y encendió la luz: él lanzó un grito de dolor... ».

[Peter Pan, de James Matthew Barrie]

Nicolás ha cumplido tres años. Soñaba con una guitarra y le contó su sueño a mamá convirtiéndolo a la realidad, con inmediatez y sin dudas. "Mamá, quiero una guitarra". Mamá lo llevó a ver una guitarra, porque los sueños se cumplen, porque todos los sueños los cumple mamá. Por ahora. Luego vendrá la vida. Ahora todo es verdad y es mentira y no es nada de eso, no importa, todo es igual. Nada. Niño de agua y sal. Niño de Aire. Nicolás cumple tres años y se quedó mirando fijamente la guitarra en la tienda, hace unos días, sin separarse de ella, mirándola despacio como para darle una forma propia y hacerla corresponder con la guitarra de sus sueños. Quizás jugaba a adivinar que la realidad siempre adquiere formas distintas a las de los sueños o no exactamente las de los sueños. ¿Sabrá reconocerla?

Mamá le regaló esta mañana la guitarra. Nicolás, al verla, quedó extrañado y preguntó: "¿Y esto qué es, mamá?". "Una guitarra", le dijo mamá. "Una guitarra como la que tú querías". Nicolás se quedó en silencio, interrogando al sueño, la guitarra y el deseo. Mamá lo sacó de ese atolladero como a un pequeño animalito y se colgó la guitarra para tocarla. Nicolás la miró divertido. Luego vino la yaya y Nicolás le pidió a la yaya que se colgara la guitarra y la tocara. Nicolás la miró divertido. Más tarde, Nicolás le pidió a papá que se colgara la guitarra y la tocara. Lo miró divertido. Por fin, vino la tata y Nicolás le pidió a la tata que se colgara la guitarra y la tocara. Luego Nicolás se fue al colegio y la guitarra se quedó en casa a esperar, con las notas colgando. Nicolás se llevó el sueño a la escuela. Sus tres años. Y el triángulo de felicidades inconexas para darle vueltas interminablemente. Cuando vuelva por la tarde, quizás los dos lados (su deseo y la guitarra en casa) se tocarán y harán una perfección infantil sin vacilaciones. Para asegurarse, Nicolás les pedirá a todos que se cuelguen la guitarra para él, y la toquen. Y así la guitarra le hará olvidar el deseo de una guitarra. Todos los niños saben completar este juego y así en ellos no cabe ninguna tristeza de otoño ni nada parecido. Basta ajustar un poco las cosas con ayuda de mamá y los demás y la guitarra que descansa en la habitación será el deseo soñado. Por la noche, cuando todos se hayan ido, Nicolás se quedará la guitarra en su cama, y la dormirá y volverá a soñarla y a desearla, y a cumplir tres años. Dormirá y despertará en los ojos de mamá, como si ella nunca se hubiera movido de ahí. Y al levantarse por la mañana, él solo se colgará la guitarra para tocarla. Luego echará a volar y nosotros lo miraremos absortos y encantados, con los pies bien pegados al suelo.

17/11/2006 16:15 Autor: Mario. #. Tema: Ficciones No hay comentarios. Comentar.

Ruge el león

20061119160027-vanmorrison.jpg

 

A mí el zarpazo de Van Morrison me ha durado diez años, desde que lo vi en el otoño del 96, creo que era otoño o en mi cabeza lo era, y Van Morrison ofreció en el Príncipe Felipe un recital que me pareció memorable. Recuerdo a Georgie Fame a un lado del escenario, un espacio cubierto por músicos apretados en una big band con todos los registros posibles. Los conciertos de este fin de semana han presentado a un Van Morrison de músicas más intimistas y energía contenida a veces, pero incontenible después. En ambos casos, en todos los tiempos, los espacios instrumentales me sonaron hermosísimos, muy nítidos, sugerentes y llenos de esa sensualidad tan propia de la música de este genial norirlandés. Música capaz de salvar un día algo gris. La voz de Van Morrison, tan blanca, tan negra. Había instantes, como me dijo Andy, para cerrar los ojos y escuchar esos instrumentos que parecen voces y esas voces que suenan como instrumentos. Cuando Van Morrison se pone estupendo, agita el brazo derecho, como si únicamente esa articulación tuviera vida. Y con ese brazo reparte juego, da entradas y salidas, marca los tiempos. Por lo demás, es un poste de luz sobre el escenario, pero tiene ese algo negro que tanto me gusta: el sombrero fedora, las gafas de transparencias irisadas, la palidez del rostro, el traje opaco... En ocasiones, o mirando a Van Morrison, uno quisiera tocarse con un sombrero fedora y no parecer un fantoche.

En diez años, desde la última visita de Van Morrison, han pasado muchas cosas. Van Morrison ha publicado una cantidad enorme de discos y los hemos ido escuchando y confundiendo, y las personas han ido y han venido a nuestro alrededor, como otoños. Lo pensé mientras el león rugía Brown Eyed Girl y marcaba el ritmo a los demás con golpes sincopados de su tronco a cada lado. Me veo bajando por Harrow Road con Hymns to the silence en el walkman, cuando el día aún no se había levantado del todo y el motocarro del repartidor de leche traqueteaba en el semáforo, camino de Portobello y el centro. Brown Eyed Girl sonaba alegremente en Ridgeley Road, al noroeste de Londres, con cierta frecuencia. Una canción de recuerdos lavados por el tiempo. "¿Te acuerdas de cuando cantábamos? Sha la la la lala lala". Por los viejos días y los buenos días, vuelvo a cantarla. Siempre que la oigo.

19/11/2006 16:00 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 2 comentarios.

El misterio Aimar: un caso para Philip Marlowe

20061121010201-aimar.jpg

[Este texto apareció publicado hace un par de semanas en la revista Mediapunta. Nació como un encargo algo abstracto y pronto derivó en un juego a medio camino entre el periodismo, la literatura y el fútbol. El cometido del periodista consistía en dar respuestas acerca de lo que llamaríamos el misterio Aimar: el presunto caso del futbolista diletante. Después de darle muchas vueltas, recurrí a esta fórmula algo arriesgada y aún más singular. No sé si los argumentos acaban por ser convincentes o si el texto enmascara esos defectos. A mí me pareció una honrosa rendición. Si no podemos dar respuestas, al menos podremos entretener. Quizás sólo me divirtiera yo mismo al escribirla. Se la dedico a Pablo Aimar, el genio de los domingos].

La otra tarde recibí una nota con un desafiante pedido del editor: “A ver si desenredas el misterio de Aimar”, decía. Pronto supe que éste sería un caso para Philip Marlowe, pero Marlowe no estaba en su oficina cuando lo telefoneé. Es sabido que atiende de 12.10 a 12.30 del mediodía, y que a esa hora casi siempre lo aguarda en la antesala del despacho una rubia liviana que viene a traerle problemas. Así que enfrenté el asunto de Pablito yo solo. El encargo asumía que hay de verdad un misterio Aimar, alguna clave enigmática que desentrañar en la figura del jugador número 8 del Zaragoza. Uno lo mira y observa a un jugador prolijo, casi transparente, en todos los aspectos. Su fútbol tiene una claridad cristalina, armónica, elevada en las formas pero despojada de artificios. El dorsal no ayuda: cualquier otro número permite una entrada y una salida, pero el 8 juega a hacer sobre sí mismo un bucle que, vuelto sobre un costado, dibuja el anagrama del infinito. Me quedé pensando y concluí que esos signos eran poco benevolentes. Anunciaban problemas.

Comencé por reunir algunos datos conocidos, los obvios. Marlowe lo hace. Sinteticé la ficha en unos pocos folios y, como suelo tener la nevera como una cueva, fui a comprar algo de comida china en el establecimiento de la esquina. Me recibió una muchacha de flequillo recto como una cortina, a la que no conocía. Los chinos siempre están cambiando de lugar. Mientras daba cuenta del cordero con salsa agria de soja en un recipiente de cartón plateado, leí que Pablo César Aimar había nacido en Riocuarto, en la provincia argentina de Córdoba, el 3 de noviembre de 1979. Su padre fue futbolista y él ha seguido esa pequeña tradición, primero en River Plate, luego en el Valencia, también con Argentina y ahora en el Zaragoza. Subrayé este mismo nombre a la izquierda de una gotita de salsa que había ahuecado el papel en fina transparencia, y le agregué una anotación en tinta roja: “¿Por qué el Zaragoza?”. Seguí leyendo...

Cuando desperté sobre el sofá tenía un regusto amargo en la boca, como de digestión inacabada. Los restos de la comida estaban aún en la mesa baja del centro del cuarto de estar y los papeles de Aimar habían resbalado sobre el piso, desordenados. La pieza olía como un recipiente de cartón plateado lleno de salsa. Debí de dormir al menos un par de horas. Me di una ducha y me aseé el rostro, mientras recordaba en el duermevela haber entrevisto a un Aimar campeón del mundo Sub-20, perseguido después, cuando se hacía algo más grande, por figuras informes que repetidamente le trituraban los tobillos o se reían de él con bocas muy grandes y con muchos dientes. De las gargantas surgían enjambres de moscas. La única imagen que reconozco como cierta es una tapa de El Gráfico en la que Aimar, luminoso con una sonrisa aniñada, posa vestido de River Plate junto a Javier Saviola. El título restalla como un neón intermitente y onírico: “La rompen, la rompen, la rompen, la rompen...”. En otra escena del sueño, Aimar permanece quieto en el centro de un escenario, bajo una luz demoledora. Frente a él está Maradona, que alternativamente lo abraza y luego, al separarse, alarga un amplio dedo y con él le apunta al pecho: después el Diez, con un movimiento mecánico, echa la cabeza atrás y se carcajea de Pablito. La escena tenía lugar frente a una muchedumbre en penumbra y Aimar trataba de escaparle al minucioso foco con un gesto de contrariedad no demasiado enfático. En mi cabeza el ruido crecía paulatinamente: unos gritaban que Aimar era una promesa mentirosa y otros lo idolatraban en voces conjugadas.

La estrella al revés
“Tienes que presentarme a Aimar”, me dijo una amiga con la que cené aquella noche. Y se mordió el labio inferior al repetir el nítido apellido. “Aimar... preséntamelo”. Había bebido demasiado, pero la petición me resultaba familiar. No era la primera vez. Pablito Aimar es atractivo para las rubias o las morenas. Durante las cuatro mañanas siguientes estacioné el coche bajo una sombra a la salida del entrenamiento del Zaragoza y lo observé. Un prodigio de discreción. Callado, taciturno a veces, su modo de vestir muestra a un chico medianamente joven, de esencial desenfado, sin molestos intereses estéticos. No se viste con ropas de la marca que lo patrocina, ni lleva camisetas de moda llamativas, ni se hace el extravagante. Unos vaqueros nada tendenciosos, una camiseta de algodón oscura, unas deportivas... así todo. Esos indicios me confirmaron que Pablo Aimar es la estrella sin énfasis, el ídolo invertido, libre de entusiasmos ni imposturas.

Lo había intuido el día de su presentación en Zaragoza, cuando ante miles de seguidores rebosantes de ilusión enseñó dos caras. Primero, la parquedad de un carácter tímido frente a un estadio que lo aclama. Segundo, la precisa inteligencia de un jugador de fútbol que escucha las preguntas y piensa bien (y rápido) antes de responder. Reflexioné sobre esto mientras tomaba un gimlet en el Gregory’s. Al segundo vaso anoté en mi libreta: “Si bien Aimar parece distante o bien desinteresado en las entretelas públicas del fútbol, no se permite la ligereza ni por un instante”.

Apoyé esta conclusión con una frase recogida en una entrevista reciente en la que le interrogaban acerca de la renuncia de Riquelme a la selección argentina: “Lo tratan como a un ladrón. Parece que en la Argentina es peor un futbolista que juega mal un Mundial que un político que roba. Para opinar sobre su decisión hay que estar en su piel. Gracias a Dios yo no vivo de opinar. Sólo lo echo de menos como persona”. Esas frases aproximan a Aimar, un muchacho honesto al que le duele el juego de Hollywood que es el fútbol. Bajo sus palabras asoma una educación de cierta estatura moral. Y hacia el final, se presenta indudable el Pablo Aimar sencillo, que preferiría escapar de algunas obligaciones y regresar al barrio con los amigos con los que jugaba al fútbol.

Bartleby, el centrocampista
Cualquier jugador que no se comporte de acuerdo a los cánones es acusado de nihilismo. El nihilista más adorable que conocí fue Marcos Vales, un futbolista de extrordinarios perfiles al que Aimar me recuerda un poco, aunque en otro nivel futbolístico. Marcos, un tipo fenomenal, parecía adoptar siempre de forma involuntaria la postura del Bartleby de Herman Melville: sí, podría ser un tipo que la rompiera, pero... parece que él preferiera no hacerlo. Ahora que se ha ido Riquelme, otro incomprendido, la Argentina vota por Aimar como su mejor sustituto. Pero el Payito desestima sin palabras cualquier misión de carácter mesiánico. No que prefiera no hacerlo, no; es que ese empeño en la heroicidad le parece innecesario.

Él sabe que no existe tal cosa en el fútbol. Aimar alcanzó su cima en los días del Mundial de Corea-Japón, cuando Argentina tenía su ritmo. Como todos los grandes jugadores argentinos del momento, su trayectoria describió un ascenso rapidísimo, jalonado por todo tipo de comparaciones maradonianas y exabruptos ditirámbicos bien raciales. Después llegó a España y comenzó el tobogán en Valencia. Entonces vinieron las preguntas. Las dudas. La esperanza incompleta. Ganó un par de ligas, una UEFA, una Supercopa... pero crecía la sombra sin remedio: lesiones, acusaciones de fragilidad, intermitencias con el banquillo. Claudio Ranieri lo dejó afuera más que nadie. Su idea se resume en este pensamiento atroz, que se atrevió a hacer declaración: “Aimar pesa 60 kilos. No puede jugar tres partidos seguidos”. Esa sentencia dejaba planteado el misterio Aimar, que se conformó hoja a hoja, con el paso de los días. Hasta hoy. Anoto: “Qué difícil es ser Maradona sin ser Maradona”.

Ahora Aimar se busca en Zaragoza. ¿Por qué Zaragoza? Digo: ¿Y por qué no? Un hombre suele querer una cierta paz interior y la felicidad no se alcanza sólo de un modo, o todos haríamos lo mismo. Vi a Aimar frente a España y me pareció raro que ahora, de repente, haya que llenar la imagen de Riquelme, un futbolista que en la albiceleste siempre pareció bajo sospecha. Ranieri no ponía a Aimar; Bielsa no ponía a Riquelme. Eso es todo. Todo el misterio. ¿O no?

Al llegar a casa encontré en el buzón un ejemplar gastado de un diario argentino, con una nota adherida en la portada: “Busca el reportaje a Aimar y entenderás...”. Pasé las hojas mientras aguardaba al ascensor. Subrayado con uno de esos rotuladores fosforescentes vi este diálogo entre el periodista y Pablito:

-En el barrio, de chico, ¿soñabas con jugar en River y con Argentina?

-Es que yo jamás soñé con jugar al fútbol. Hay gente que no me cree, pero es la pura verdad. Hoy vivo lo que me tocó vivir y no puedo decir que me haya desilusionado o sorprendido. Yo empecé a jugar en Río Cuarto porque lo hacían mis amigos y llegué a Buenos Aires porque vinieron algunos de ellos. Después, estando acá, me di cuenta de que podía jugar en un club grande y ganar plata.

Me pareció que esas frases resolvían el caso, si hubiera alguno. Al llegar arriba me tiré en el sofá. Examiné otra vez la nota de mi comunicador anónimo: no había ninguna firma en el post-it, pero me pareció que esa letra despareja era del bueno de Philip Marlowe. Con una media sonrisa, me serví un gimlet y prendí el televisor. Pasaban un partido de los Yankees. Aún no me puedo creer que el pitcher sea chino: eso sí que es un misterio.

octubre 2006
www.mediapunta.es

21/11/2006 01:02 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 16 comentarios.

Aimar canta como Gardel

20061122182353-aimar.jpg

Real Zaragoza, 3-Nàstic, 0

Golazo decisivo e inspirador del genio - Óscar sentenció en cinco minutos - Portillo y el Nàstic fallaron arriba - El Zaragoza sigue en Champions

Hubo un tiempo en que los grandes futbolistas eran grandes futbolistas, no sólo imágenes de marca, ensoñaciones mediáticas o comerciales. Un tiempo en que los jugones eran primos de los chupones, los embusteros y los mingafrías. Todo el mundo sabía distinguirlos de los jugadores formidables, los más grandes, esos que no se detenían en el ejercicio de estilo, que hacían lo accesorio y lo decisivo, lo bonito y lo determinante, lo intermedio y lo final. Aimar procede de ese tiempo aunque haya nacido en éste, aunque quizás nadie sepa dónde está su cielo y si alguna vez lo veremos alcanzarlo. O quizás lo hizo ya y no lo supimos.

Porque es un poco Bartleby, a veces, un jugador misterioso, al que no le va la rotundidad escénica. Discreto, atardecido en los gestos, pero tan bueno, pero tan tan bueno... A veces Aimar toca la pelota con esa insoportable levedad suya en zonas intermedias del campo, y parece que ese mínimo gesto no ha tenido mayor importancia, pero uno distingue en él un modo distinto de hacer las cosas, la naturalidad del fenómeno, que deja una solución que es al mismo tiempo una solución y un involuntario tratado de estética. A veces Aimar cruza un trecho del campo con la pelota hilvanada entre los pies y todo se hace silencio a su alrededor, incluso la alarma de los contrarios al verlo escapar. Una quietud de belleza. En otras ocasiones le sale un fogonazo, el balón hinchado de gol. Como dijo el relator acerca de Diego: todo roto, igual es Gardel.

Hacia el minuto 49, uno podría elevar cualquier hipótesis sobre lo que iba a pasar en este partido de necesidades contrarias. Algunas de esas hipótesis, desde luego, guardarían cierta esperanza para el Nàstic, que estaba haciendo muchas cosas para reventar su condición de equipo atrapado en una paradoja: juega bien y ordenado, planta cara, tiene estilo y carácter... pero no tiene gol. Aunque está Portillo, ese chico al que le decían Portigol (hablábamos de ensoñaciones mediáticas), al Nàstic le falta la suma final de todas las operaciones. Makukula en el banquillo, recuperándose de una lesión. Acaba de fichar a Rubén Castro, otro joven prodigio. Pero el Nàstic va a necesitar algo más que el reconocimiento de sus contrarios si quiere sobrevivir. Se trata de un equipo generoso pero vulnerable, el más goleado de la Liga. Y muy incierto cara al gol. Ayer contó hasta cuatro o cinco ocasiones bien nítidas en la segunda mitad. Mientras contaba, el Zaragoza decidió un partido que pudo ponerse incómodo y que acabó en rotunda goleada.

Lo resolvió Aimar, como cualquiera sabe, a los cuatro minutos del segundo tiempo, en una escena en la que el argentino pudo recordar a cualquiera de los grandes medios de todos los tiempos. Quizás a Schuster, a Breitner, a Alemao, a Maradona, a Arrúa, a Redondo, a Sócrates, a Señor. A todos o a cualquiera. A muchos más. Aimar robó con guante blanco y condujo en perpendicular. Siempre es igual: mientras lleva la pelota, su cuerpo anuncia posibilidades mentirosas y hace descartes a velocidad de crucero. Eso confunde a los defensas, que no saben si recular o bien entrarle a saco voltearlo. La vacilación de los chicos del Nàstic finalizó con un balonazo mortal desde el balconcillo del área, que Rubén vio pero no vio. Ni siquiera iba esquinado, pero tenía tanta mentira en el golpeo que el meta del Nàstic bizqueó. Sólo enfocó la pelota, con todos sus colores, cuando ya estaba dentro de la portería.

 

García por Ewerthon. Hasta entonces el fútbol del Zaragoza no había sido suficiente. Le faltaba algo en todas partes. Arriba, Diego vive ya sometido a unos rigores defensivos siberianos, vigilado por uno y por varios. El Nàstic tiró su defensa bien adelante, a 35 metros. Eso suponía un panal de miel para Ewerthon, pero el brasileño se lesionó en el minuto 36 y entró Sergio García, aclamado por la grada. Antes, todos incurrieron en un buen número de fueras de juego. El Nàstic tiene bien aprendidos algunos recursos. Lo favoreció el asistente de ese lado, que era de los de muelle flojo.

El Nàstic no jugó mal, sólo que jugó incompleto. En el primer tiempo César le negó abajo una a Pinilla; y en el segundo acumuló varias más. Sacó muchos córners, circunstancia que impulsó un argumento resignado de Luis César, su entrenador. Algo de razón no le faltaba, pero los saques de esquina sólo entusiasman en Inglaterra, donde la tradición ha convertido esos tiros en un anticipo de gol. Mientras el Nàstic se iba quedando en el molde generoso de sus buenas maneras, mientras acumulaba córners, Portillo o Gil cruzaban remates o Pinilla sacaba un gol (!), el Zaragoza hizo lo sustantivo: pegó y mató, en un juego de cuchillos voladores que también define a los conjuntos de Víctor Fernández. Uno empieza a creer que en estos años Víctor ha mejorado el tránsito que Cruyff le pedía a Laudrup hace años: de lo artístico a lo eficaz. Los equipos de Víctor juegan bien, sí, pero sobre todo juegan a ganar. Una diferencia vital o decisiva.

La resolución tuvo que ver con Aimar y con la aparición enérgica de Sergio García, que le pone a su juego una madurez de adolescente. Dicho burdamente, está que se sale y hay que darle carrete. Sobresalió incluso en un equipo creciente. Diego boqueaba en busca de aire en un partido sin oxígeno para él, pero atrás los zagueros rugían, Piqué y Sergio cabeceaban todo, Ponzio se dejaba la vida y ponía fútbol, Juanfran estaba agrandado, Movilla y Zapater crecían como una marea de tarde. Aimar ya era una maravilla constante. Todo eso quedó reunido cinco minutos, sólo cinco minutos después del golazo inspirador del Cai, cuando el Zaragoza subía ya como una pura oleada de espuma. Óscar acabó a placer en el segundo palo una jugada algo tumultuosa para firmar el segundo. Óscar suma tres goles, pero aún no sabe cómo celebrarlos. El pase lo cruzó de rastrón Movilla, desde el lado derecho del área. A esas horas había gente en todos los lados del campo. El tercero se demoraría un ratito, lo suficiente para perfeccionar la frustración del Nàstic. Lo trajo García subido en una bicicleta perversa, con la que retrató la ingenuidad del Nàstic. Luego la envió de fuera adentro y Piqué le puso la zurda con destreza rara para un defensa.

Y así se fue la tarde, otra tarde hacia la Champions. Así el otoño es menos. Caen las hojas y aguanta el Zaragoza. Aimar impregnó todo con su aroma de fútbol de siempre, de futbolista grande de toda la vida, y reunió en los titulares cada idiosincrasia argentina: Aimar fue Gardel, Aimar fue Maradona, Aimar fue Fangio, Vilas y Charly García. Aimar fue Carlitos Monzón con el puño de hierro. Aimar fue Evita y su rodete de cabello güero. Y su palabra: Pablo Aimar volvió y fue millones.

Diario As, 20 de noviembre de 2006
www.as.com

22/11/2006 18:23 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.

Sideways: de lado a lado

20061127132719-sideways.jpg

Si uno se pasa tres días caminando entre viñedos, tiende a pensar en Sideways (Entre copas), en el personaje de Paul Giamatti, en la mediana edad, en la naturaleza de las relaciones, en el significado de la amistad y sus formas. Son cosas que uno piensa o dice o no dice mientras pasea entre viñedos, y el cielo parece una suave manta de terciopelo gris, iluminada allá al fondo por el sol que quiere asomar y vigilada por una sierra de montañas oscuras. Esos detalles en el escenario pueden anular el patetismo de las confesiones, que jamás deberían ser expresadas o bien deberían ser expresadas solamente en la forma de una novela como El Día de la Independencia (Richard Ford) o en discos como The Healing Game o No Guru, No Method, No Teacher (Van Morrison los dos). Sin querer he descubierto, he creído descubrir, que el único modo de combatir el otoño consiste en el único modo de combatir el resto de las cosas de la vida: ir de cara contra él y sus circunstancias, aprovecharse de su lado vulnerable, dormirse en un lecho de hojas caídas o ver llover al otro lado de la ventana en la media tarde. Estas sensaciones resultan más desesperadas que poéticas, o sea que si a alguien le parece que hay algo de poesía no es mi culpa. O sí: será que no acierto a expresar la desesperación con un mínimo de eficacia.

Richard Ford sí lo hace. Lo hace cuando su ex mujer llama al protagonista de la novela, Frank Bascombe, para comunicarle que se va a casar de nuevo, esta vez con Charley O'Dell. Charley O'Dell... parecía tan inofensivo el hijo de puta. Esa noticia desmonta el desesperado equilibrio en el que Bascombe o cualquiera se apoya después de una ruptura; si alguien te ha querido siempre cabe la posibilidad de que esté dispuesto a cuidar de ti en los peores momentos, los más oscuros, un poco por piedad y un poco por sentido de culpa. La culpa es un invento muy poco generoso, lo dice la canción. Si esa otra persona se casa (equivale a comenzar otra relación, a lo que sea), se acabaron la piedad y el sentimiento de culpa, si alguna vez existieron. Como escribe Richard Ford, como piensa Frank Bascombe, lo siguiente es un largo vacío, hasta que un día Charley O'Dell te envía una nota en la que te comunica que tu ex mujer ha fallecido. Puede que hayan pasado 30 años, pero el vacío se mantiene. Y te da el pésame. El vacío. Ves a tus hijos hechos hombres y a ti mismo hecho un mierda, igual que te sentiste en ese momento en el que ella te dijo que se casaba o que estaba viendo a otro, y tu única respuesta fue pensar, de un modo estúpido, que si le decías que aún la querías y que se casase contigo, volvería a hacerlo. Se quedaría. No es así. Pero uno no puede evitar pensar tonterías.

Leí esos párrafos después de caminar entre viñedos, después de desayunar un par de tostadas de pan de pueblo, untadas con aceite de oliva, tomate y un poquito de sal. Mientras me vestía oí The Healing Game y escapé del otoño de afuera, que me pareció magnífico, en un automóvil gris hacia el otoño de adentro, bastante más oscuro, sin esas hojas de un rojo ocre y esas otras amarillentas, y esas uvas arrugadas y ese vino que te llena la boca de vino. No me he recuperado, pero sigo leyendo. Es como decir: no me he recuperado, pero sigo viviendo.

27/11/2006 13:27 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 5 comentarios.

Perla

20061128182305-perla.jpg

Yo creo que al final siempre volvemos al principio. Me obligué a marcharme porque no podía renunciar a ella. Perla, una tarde, me contó que estaba viendo a alguien, a otro, y que quizás esa era la persona que ella había esperado. “No lo sé, quizás es la persona, no lo sé”. Me habló cuando la tarde ya se plegaba en noche y los contornos de la cama se perdían como en el fondo de un armario. Desnuda y boca arriba, hecha de bronce y almíbar. La mirada fija en el techo y yo, a su costado, trazando espirales con el índice en la aureola de su seno, visitando la ladera para regresar. La vi desdoblada. La Perla que yo había tenido tantos meses era ese pecho al que se le despertaba la piel en una levísima erupción, y el pezón erguido renacía constante en mi caricia; la Perla que me estaba diciendo adiós miraba arriba, movía una mano para envolver en ella las palabras y era ajena. “Quizás esa persona que aguardo ya está, ya está aquí para quedarse...”. “Quizás esa persona soy yo”, le contesté, y aproximé los labios a ese lado de Perla que aún quería estar conmigo, el que había señalado mi índice, y el índice lo bajé a su vientre y más allá. Perla, esa noche, estaba conmigo... pero no. Porque sí, fue después la pasión de siempre, el balancín en mi mano, pero todo el tiempo siguió hablando y diciéndome que se había terminado, la mirada en un punto perdido entre ella y lo demás mientras yo, ignorante, le extraía del cuerpo el último amor. Y el gemido último, que se confundió con las palabras –“esa persona quizás ya está, y es la que yo aguardaba”-, ese gemido y el aliento entrecortado de placer torrencial ya no me pertenecían. Quizás eran ya de esa otra persona, que ya estaba.

Perla me dijo adiós adelantando apenas la barbilla, tras haberse vestido en un silencio que era elipsis de tiempo, vacío que yo, ahora lo sé, he rellenado con estas páginas inútiles. Se vistió y esa rutina de ponerse la ropa y salir de la habitación y luego de mi piso y después entrar al suyo, cayó como un portón sobre todo lo que había pasado hasta entonces. Estaba ahí, pero ya se había alejado. En los días sucesivos la oí, creí adivinarla. Entonces decidí marcharme porque, como dije, era incapaz de renunciar a ella. Ella se había marchado antes. A veces fuerzo la memoria de esos días finales si quiero volver a estar con Perla, inútil tentativa. Pero siempre regreso al principio, a la primera vez que la vi y mi mujer me dijo quién era ella: “Se llama Perla y vive arriba”.

28/11/2006 18:23 Autor: Mario. #. Tema: Perla Hay 1 comentario.

Papá Jarvis

20061129182932-jarvis.jpg

Mucho antes de tener una banda de rock, Jarvis Cocker fantaseaba con ese anhelo tan propio de la adolescencia y simulaba tener una banda de rock. ¿Quién no ha querido formar una banda de rock? ¿Quién no ha querido ser músico, quién no ha querido cantar con vaqueros y zapatillas rotas frente a gente que te recita como si fueras el oráculo? ¿Quién no ha querido, aunque fuera un ratito, ser el vocalista, el que escribe las letras entre jarras de cerveza oscurecidas por submarinos de bourbon en vasos de chupito? ¿Quién no ha querido hacerse sangre en los dedos en largos riff de guitarra, follarse a las nenas en el backstage, tocar versiones de los Clash y de Joy Division, llevar un sombrero cuando nadie lleva sombrero, una americana oscura con chapitas en la solapa, una corbata sobre el fondo de una camiseta de fútbol, unas gafas de sol gigantes en el escenario, una lata de John Smiths' Extra Smooth en una mano mientras con la otra agarras el micrófono? Jarvis Cocker quiso todo eso durante la infancia y la juventud, hizo Pulp, tuvo algunas cosas de las nombradas (algunas no le pegan con ese aire de estudiante de arte trascendental que le dan los enormes anteojos sobre su extrema delgadez). Si las tuvo, ahora ya no las quiere. Quiere otra cosa que rime mejor con el verso "mediana edad": "Tener un grupo era mi versión del peluche que cualquier niño lleva consigo a todas las partes. Pero andar con un peluche protector a cierta edad es un poco triste, así que tenía que deshacerme de él en algún momento".

A cierta edad, todo es un poco triste o está a punto de tener un aspecto patético si uno no cuida las formas. Hay que tener cuidado con la ropa que vistes, la música que oyes, la actitud que tomas en los conciertos, el modo en el que le hablas a las chicas de menor edad o incluso a las de mayor edad. Desde luego hay que tener cuidado con lo que comes, con lo que bebes y sobre todo con lo que decides. Jarvis tiene 43 años, se ha casado con una estilista francesa, ha tenido un hijo y se ha ido a vivir a París, él que siempre fue de Sheffield cuando vivía en Londres y de Londres mientras crecía en Sheffield. Como todos. No es seguro que los hechos hayan ocurrido exactamente en ese orden o en otro; en todo caso la secuencia no implica un juicio. Ahora que Papá Jarvis está asentado en su serena mediana edad, ha editado su primer disco en solitario. Naturalmente, algunos hemos corrido a escucharlo, esperando que ocurriera con él lo que ocurrió con Ian Brown o John Squire, digamos: que con los Seahorses o en solitario, rodearon las cumbres de Stone Roses y modelaron otras. Brett Anderson (Suede) no lo ha logrado aún. Morrissey, sólo a veces. Richard Ashcroft (The Verve) o Thom Yorke (Radiohead), tampoco. Jarvis Cocker ha hecho un disco intimista, consciente, preocupado y amoroso como un papá recién estrenado. Disco más de letras que de canciones, me parece, aunque hay unas cuantas canciones apreciables y alguna luminosa. Aparecen tipos ambivalentes y un cierto pesimismo hecho de sonrisas. Dice Jarvis: "Espero que al mirar a este disco dentro de diez años, piense: '¿Por qué estaba tan preocupado por aquellas cosas?". Para quienes tenemos Disco 2000 como una de las cumbres sentimentales de nuestra música, un artilugio con el que combatir el efecto corrosivo del tiempo, Jarvis Cocker the album deja la sensación de que, sin grandes dramas, en el cambio de Pulp a monsieur Jarvis hemos salido perdiendo un poco. Pero como queremos a papá, lo aceptamos deportivamente.

29/11/2006 18:29 Autor: Mario. #. Tema: Minutos musicales No hay comentarios. Comentar.

Diego contra el mundo

20061130170441-baiano.jpg

[Nota: El Zaragoza sigue adelante y mis crónicas hacia atrás. Abandonado por mi amigo el velocista, un tipo vital y desenfadado al que no veo hace rato, este ejercicio dominical se sostiene apenas con métodos penosamente artesanales].

 

Rubinos se cargó la tarde con la roja a Zapater - El Príncipe marcó y pudo decidir en inferioridad - Con diez el Zaragoza bajó - Y César regaló el empate

Celta, 1-Real Zaragoza, 1 

Alguien debería inventar un sistema variable para cobrar los precios del fútbol por televisión: un cargo progresivo, por tramos o algo así, dependiendo de lo que pase por la pantalla. Si sale partidazo, se cobra más. Si Ronaldinho larga una chilena desde su planeta dentudo, sube el precio. Si los entrenadores ramonean, baja. Si hay fútbol, bronca fiera, goles o emoción, a pagar. Si Capello deja a Ronaldo en el banquillo y luego sale y hace un gol a pase de su sobrino, Robinho... sablazo. ¿Aimar? A pagar. Bueno, según. Y así todo. Claro, igual habría que aplicarlo al cine. O a los restaurantes: “El segundo plato estaba para echárselo a los perros, oiga usted. Me lo quita de la cuenta o la liamos”. Qué utopía tan tonta, pero uno piensa: pagar 12 doblones por pinchar con Balaídos y que después el árbitro se cargue el programa en un cuarto de hora... Algo no funciona bien. Habría que depurar responsabilidades. Depurar. Bonita y pérfida palabra: depurar al enemigo, al disidente. Honesta: depurar el idioma, depurar las aguas. Necesaria: depurar el arbitraje.

 

De verdad uno ya no sabe qué escribir acerca de la inepcia de los árbitros. Las palabras no alcanzan para la conjunción de problemas que hacen el problema. Habrá que concluir que los árbitros viven murallas adentro de la Federación, que es una ciudad —como la Orán de Camus— tomada por la peste bubónica del error, la corrupción de intereses, las ventajas bastardas y las listas negras. A menudo se alude al fallo humano, pero la cuestión no es esa. Hay un gravísimo problema de interpretación del juego, una falta de entendimiento infantil, un criterio volátil, un desconocimiento exhaustivo del fútbol y ningún discernimiento de lo sustancial. Eso sin entrar en detalles. Pero podemos entrar: la expulsión de Zapater en dos patadas inocuas, las que cobró Aimar sin que nadie dijera palabra, la primera tarjeta a Gabi Milito y el modo en que luego tuvo que indultarlo para ocultar su error. Rubinos Pérez y su relevo, Granda Barros: fueron lo mismo.

 

Uno ya no sabe si viven muy confundidos, muy mediatizados, muy utilizados, muy mal preparados o todo a la vez. La torpeza congénita tampoco se puede descartar. Entiéndase: el individuo progresa a través de la supervivencia de los mejores y, lógicamente, si los que medran en el escalafón lo hacen a través de méritos espurios y aptitud escasa, el modelo camina hacia la quiebra. Lo supo Darwin, y eso que el Beagle no llevaba televisor en las bodegas. Con eso, cuatro tortugas y un par de lagartos, Darwin desarrolló la teoría de la evolución. A Gustavo López lo echó más tarde el línea, figura de influencia creciente. Peligros de la evolución mal entendida. Lo echó por piarla. No se puede insultar, cierto, pero es que casi no se puede hablar. Los árbitros actúan a menudo como si los acechara un trauma infantil del que todos fuéramos responsables.

Empate amargo. A lo que vamos: Rubinos le quitó su valor al partido con la expulsión de Zapater. El partido verdadero duró eso, 13 minutos. Lo demás fue una larga mentira porque el Celta jamás le hubiera aguantado hora y media al Zaragoza si el Zaragoza está con once señores en el campo. En  seis minutos le metió uno, o sea que en 90 le hubieran caído 15. La regla de tres. Un decir. La mentira acabó 1-1. El punto dejó un regusto agrio, por ese letargo del Zaragoza a partir de la roja al jefecito. Jugar con diez implica una desventaja, también anímica, pero el equipo de Víctor alimentó los medianos argumentos del Celta al abandonar el territorio y, sobre todo, la pelota.

 

Habrá quien culpe al cambio de Sergio García, y lo cierto es que ese relevo mezcló la lógica estratégica con un mensaje cifrado de prudencia. Se puede interpretar, pero el cambio parece inevitable: con Aimar y D’Alessandro de volantes, el medio campo pesa poco. Víctor retiró a García para apuntalar con Movilla. No había otra. Por cierto que Movilla y Ponzio fueron de lo mejor del partido, salvo por Diego Milito. El problema del Zaragoza tuvo que ver con esa cierta flaccidez, un desmayo de agravio, de injusticia.

 

Menos mal que había desnudado al Celta en seis minutos con tres oportunidades y un gol. Aún antes de que Diego anotara el noveno, Pinto desvió arriba un tiro de García en diagonal, después de que D’Alessandro dejara sentados a dos defensas subido en la cornisa de la línea de fondo. Una de esas maniobras de goma del chico, que hizo por aquí para luego hacer por allá. El perrito y el columpio con el yoyo del balón, y salida por la puerta lateral dejando chuecos a los que vigilaban.  También pudo marcar el Cabezón y finalmente lo hizo Diego, para reunir toda la lógica de esos pocos minutos en un frentazo ventajoso en el área pequeña. La puso Pablito Aimar, que hizo sólo esa y luego una escapadita de fin de semana por el medio. Acabó derribado. Después alguien le tocó la rodilla y a Aimar se le dibujó el gesto melancólico, indefinible, del que tanto provecho han sacado sus críticos. El Payaso pasó por la tarde sin acabar de pisarla del todo. Si lo hizo, acabó mal: lo agarraron, lo manotearon, lo bajaron al piso, pero ni Rubinos ni Granda le hicieron justicia. A él y a Zapater. El Cai dejó el campo en el 54, sólo dos minutos después de que empatase el Celta. Entró Lafita y la verdad es que Lafita le puso algo más de carne al equipo.

 

La verdad es que el Celta debió empatar antes del descanso (dos ocasiones clamorosas de Placente y Baiano), pero lo hizo después, cuando César soltó en el suelo una pelota que era suya y Baiano palmeó el rebote como Luc Longley. También Longley hubiera hecho ese gol tan bobo. En realidad, el empate se construyó en pequeñas conquistas y batallas intermedias, con las que el Celta hizo una aproximación paulatina al área de César. El portero tenía una de esas tardes de mantequilla que le dan ahora con cierta frecuencia. Y acabó por resbalar.

 

Acuciado de nuevo, el Zaragoza se sacó la máscara como el caballero Enrique de Lagardère, de Paul Feval. Careta afuera y el acero al frente. Se acabó la pantomima. Quizás había olvidado que Diego Milito es uno pero vale por dos, lo que equilibraba la contienda. En realidad olvidó jugarle por abajo, combinando, y le tiró pelotazos. Así y todo, Diego fabricó él solito tres jugadas de gol, lo único memorable de un partido falso. Las negó Pinto. Luego ya el tiempo corrió veloz y las convicciones flaquearon. El Zaragoza iba pero sin empeño, salvo por ese arreón emotivo de Diego en su batalla frente al mundo: contra el empate, los árbitros, el Celta, Pinto y la cantada de César. Kafka anotó: “En la lucha de uno contra el mundo, hay que estar de parte del mundo”. Nadie sabe bien qué quiso decir, pero debía tener razón.

Diario AS, 27 de noviembre de 2006
www.as.com

30/11/2006 17:04 Autor: Mario. #. Tema: El deporte No hay comentarios. Comentar.


Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]