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02/01/2007
Fin de año, Wilco

No me gustan ni el fin de año ni el principio de año. Demasiado concretos. Demasiado exactos. No me gustan el fin de año ni el tráfago de las uvas en el gaznate. Yo necesito los difusos días intermedios, los que no tienen significados generales que todo el mundo conozca de antemano. Ah, los días. Los días. La sucesión de los días con sus fragorosas noches, lo que a mí más me gusta. Leves conexiones con la realidad. Me acosté pronto. Y a falta de somníferos somniloquios -mi modo de habitación oscura, aislada de la luz y de los contactos con la realidad- embutido en sábanas blancas hice oscuridad alrededor y me entregué a una película documental: I Am Trying To Break Your Heart (Intento Romperte El Corazón). Registro de la vida de Wilco, mi banda de rock preferida aquí y ahora, mientras graban o paren o vomitan o escupen o lo que sea, pero doloroso, jodidamente doloroso... mientras se arrancan de dentro su album de 2003, Yankee Hotel Foxtrot. Aunque en La Sexta ponían un concierto de U2 en el Giuseppe Meazza, preferí la noche de Wilco. Sé que ha de ser así: los vi en la Oasis en una noche de marzo de 2005; los vi por televisión, en una cabaña a las orillas del Gran Cañón, en una noche de septiembre. Fin de año era Wilco. Me acosté antes que nunca, me dormí tan tarde como siempre.
Entremedias vi un Chicago pálido, hostil, de luz grumosa, nevado y ausente. Sam Jones filma en blanco y negro. Wilco está en medio, en el terrible proceso de creación. Entre las migrañas de Tweedy, sus vómitos, la música camino de la deconstrucción sonora (o sónica, buen término), la tensión en el estudio. Tweedy en la luna de las canciones, ajeno, a veces atormentado, próximo a un silencioso delirio interior. Incapaz de reunir un discurso comprensible para la prensa que, tras uno de sus conciertos en solitario, le pregunta por el disco que están construyendo. Tweedy habla en frases hechas de agujeros. "Estoy ido", termina por disculparse... y se marcha. Las tenues conexiones con la realidad. Wilco escribe su música así, con sonidos matizados pero demoledores, de potencia atroz, letras deshilachadas, una poética maldita, delicada y brutal. Hay otros elementos de drama documental: la presión creciente desde su discográfica para que den el salto, para que pasen a ser un grupo rentable, para que abandonen esa condición de artistas obsesivos de dos cabezas, Tweedy y el multiinstrumentista Jay Bennett. La gélida expulsión del grupo de Jay Bennett, a cargo de Tweedy. Con el tiempo y A Ghost Is Born vendría el guitarrista Nels Cline, que no es sólo un guitarrista, sino también un salvaje. En esa dirección va Wilco, cada día mejor, cada día más sucio y más brillante. Bajo la amable fachada de los días corre un río de mierda que se consume a sí misma en música desatada, ruido armónico, feroz. Escuchad At Least That's What You Said en directo. Eso es Wilco.
PD: Su compañía, Reprise Records, terminaría por rescindirles el contrato, porque pensaron que Yankee Hotel Foxtrot no merecía ser editado. Lo publicó tiempo después su nueva firma, Nonesuch Records. Ahora está considerado un album clásico, el mejor de su carrera.
03/01/2007
Crispin Klander
04/01/2007
Cumpleloquios

Prefacio: La paradoja del cumpleaños establece que si hay 23 personas reunidas hay una probablidad del 50,7% de que al menos dos personas de ellas cumplan años elmismo día. Para 60 o más personas la probabilidad es mayor del 99%. Obviamente, el 100% para 367 personas (teniendo en cuenta los años bisiestos). En sentido estricto esto no es una paradoja, ya que no es una contradicción lógica. Es una paradoja en el sentido de que es una verdad matemática que contradice la común intuición. Mucha gente piensa que la probabilidad es mucho más baja, y que hacen falta muchas más personas para que se alcance la probabilidad del 50%.
Amigos (espero que se os pueda llamar así...) Somniloquios cumple hoy un año. La paradoja de este cumpleaños es que el blog nació en realidad hace casi dos, pero fue un 4 de enero cuando tomó vida real, tal y como ahora la conocemos. En ese tiempo intermedio se mantuvo en letargo, esperando a mi convicción o a tomar por sí mismo una forma convincente. Ni siquiera tuvo nombre desde el principio: el nombre lo encontré durante un periodo en el que hablaba continuamente en sueños. Hablar en sueños es lo que llaman un somniloquio. La palabra me pareció atractiva. Pensé en modificarla para convertirla en somnilocos, pero no... Ahora está a punto de cambiar o de reproducirse, si se puede decir así: estoy considerando dedicar otro blog paralelo sólo al deporte y a mi producción periodística, que asoma por aquí de cuando en cuando. No sé si lo haré, veremos... Somniloquios ha terminado por demandarme una feliz dedicación que me hace planteármelo, pero los comentarios deportivos suelen ser los que mayor respuesta merecen desde el otro lado. Opinad si queréis.
No sé si en esta reunión de aire e impulsos eléctricos somos 23, 60 o 367. No sé si habrá coincidencias que apoyen la divertida teoría de arriba. No me preocupa, aunque prefiero sentirme acompañado que solo. Si nadie comenta nada, tiendo a pensar que lo escrito ha fracasado, en cierto modo, aunque eso parece erróneo o injusto. Sé de algunas personas que nunca comentan nada pero siempre leen. A diario, dicen: no saben cuánto emociona oír eso. Además, a veces no hay nada que comentar. Escribo para mí mismo y para los que miren, sean los que sean, cuatro amigos o un estadio entero. Supongo que escribo para sentirme libre y explicarme ante el espejo. De cualquier modo, los del otro lado sois quienes le dáis sentido a esto. Escribía antes y guardaba lo escrito: como me dijo Marlo en cierta ocasión, si escribes y nadie te lee acabas por convertirte en un loco, con el cajón repleto de fantasmas. Escribo para huir y para quedarme. Para iluminar mínimos placeres cotidianos. Sobre todo escribo, como le oí decir una vez a Bioy, para no aburrir: ese sí es un reto mayúsculo. No aburriros. No aburrirme.
Abrazos.
pd: la foto es nostálgica y no sé qué significa. Me gusta, sin más.
08/01/2007
La Navidad

De la Navidad hay que hablar a toro pasado siempre, como del fútbol. Si no, corres el peligro de pasarte de listo y quedar expuesto. La Navidad puede ser muy traicionera, no hay que tocarle las bolas del árbol. A mi entender, la Navidad contiene en su inevitable simbolismo el simbolismo más feroz: el paso del inconcreto tiempo, extraña materia, y sus bien concretas consecuencias sobre nuestras vidas. La Navidad ayuda a pensar qué narices hacemos por aquí todos, ayuda a comprender los sufrimientos, a fortalecerte en las pérdidas... Ese tipo de cosas tan divertidas. Su juego consiste en, cuando eres niño, armarte alrededor un fantástico Belén en el que participa todo el mundo al que quieres; después, conforme vas creciendo y aun antes, van desapareciendo todas y cada una de las figuritas de ese precioso Belén... y te quedas tú solo poco a poco. Si tienes los huevos suficientes, entonces el Belén lo armas tú para los que vienen por detrás, regateando la conciencia de lo que habrán de extrañar en el futuro. En eso consiste crecer y hacerse adulto. Las demás zarandajas (la barriga, la caída del pelo, las arrugas, el trabajo y tal) quedan en cuestiones menores. Por si fuera poco con lo propio, a veces te crece también la conciencia de las desesperanzas variadas del mundo. Si sucumbes a eso, como dicen los argentinos, cagaste hermano. Ya no levantas la Navidad.
Esta Navidad, ahora hablando ya en serio, contiene dos pérdidas irreparables: la de los Reyes Magos, que vamos superando como podemos, y la de Stella Warren, la nena que hacía de Caperucita en el anuncio de los lobos de Channel nº5. Ahí sí que se viene uno de esos traumas bien jodidos. No creo tanto en los traumas infantiles como en los de adulto. Cuando uno es niño tiene el cerebro de chicle, y la memoria fofa. Lo que sobra se almacena en el insconsciente, que es un trastero a conveniencia, menos jodido que el consciente y los recuerdos, tan constantes para un adulto. Yo siempre llego a la Navidad con zozobra, pero cuando reparé en que Channel había jubilado el anuncio de Caperucita y el Lobo para clavar en su lugar a Nicole Kidman en su empalagoso mundo Moulin Rouge, me derrumbé.
Paso a detallar el ranking de las DIEZ cosas que no me han gustado de esta Navidad.
- La Navidad.
- El anuncio de Channel: Nicole me parece tan exacta, tan fría, tan lejana, tan porcelanosa, tan perfecta actriz, tan amenábar y tan von trier, que me resulta indiferente.
- El mensaje del Rey, las fotos de sus niños y la escapadita de esa familia de alegres desahogados a esquiar (actividad que este garante de la democracia parlamentaria no interrumpe ni aunque se derrumbe la T-4 sobre un par de ecuatorianos trágicamente amodorrados).
- Los especiales navideños de Little Britain: flojitos. Como era de esperar, se resquebraja mi entusiasmo.
- El partido de Aragón: mimetismo provinciano.
- La vaciedad de la prensa deportiva, la televisión deportiva y la radio deportiva en estos días, aún superiores a la habitual vaciedad de la prensa deportiva, la televisión deportiva y la radio deportiva el resto del año. ¿Por qué no cierran todos una semana?
- Los mensajes de los móviles, soy así de amargo. El del cepillo de dientes, el del simulacro de amor y paz, el de los 365 días de sexo y no sé qué, el de su puta madre... Al final se acaba por agradecer la sinceridad de un simple "Feliz Año, cariño", "Feliz Año, amigo mío", "Feliz Año, os quiero".
- El final de 2006 y el inicio de 2007. Los años enteros. El concepto del paso de los años. Los años en sí. Todo.
- La explicación de cuándo empiezan los cuartos y cuándo empiezan las campanadas. ¿Hay esperanza para un país que precisa detallado esclarecimiento anual de un proceso tan simple?
- El regreso de Sorpresa, Sorpresa y su asqueroso lagrimeo televisado. Llorar es un proceso tan íntimo que jamás debería ser mostrado, salvo a quienes están dispuestos a llorar por ti o contigo.
09/01/2007
Nuevos radares fijos

Olvidaros de las ingenuas cajitas. El ordenancista Pere Navarro (el plasta de la DGT) sigue sin poder conducir por nosotros, el pobre, así que ahora ha conseguido estas nuevas maquinitas para extender su insaciable brazo sancionador hasta nuestros bolsillos. Si seguimos así, al final logrará que los automóviles traigan un radar fijo de serie sobre el salpicadero, directamente conectado a la DGT. No hay que tomárselo a broma porque, si le siguen dando cuartelillo, a Pere Navarro lo que de verdad le gustaría es controlar el mercado. Se le ve el plumero: "En el entorno en el que nos movemos, AUNQUE EL MERCADO ES LIBRE, comprarse coches de 200 caballos parece absurdo".
Dice Pere Navarro: "Vamos a tener que suspender o retirar miles y miles de permisos de conducir; por eso pedimos ayuda a los ciudadanos, para no tenerlo que hacer". Ese tono paternalista de moral intachable me pone enfermo. Casi tanto como el anuncio de los payasos de Iberia, que me parece una desfachatez. El problema radica en que este señor habla del resto de los conductores como si viviera investido de una inmutable superioridad ética, mientras él elude algún juicio que otro.
Líbranos de este santurrón sheriff de Nottingham, oh Lord!
Doctor Diogo y Mr. Hyde

Real Zaragoza, 2-Sevilla, 1
Formidable partido del uruguayo: gol y asistencia - Su pelea final con Luis Fabiano afeó una noche grande - El Zaragoza regresa a la Champions
De este partido quizá quede como imagen la pelea de barrio bajo entre Diogo y Luis Fabiano, que sirvió de exagerado desenlace para un partido grande en las formas, jugado con poderes cruzados, con un ejercicio riguroso del Zaragoza en la primera parte y la fantástica recuperación del Sevilla después, cuando ya con 2-0 atropelló al Zaragoza por el carril de Alves y tuvo un par de ocasiones bien claras para poner el empate. Cuando ya la victoria tenía dueño, Diogo y Luis Fabiano se engancharon en la última jugada. Un pisotón involuntario del zaragocista, la sangre que sube a la cabeza, frente con frente como berracos, cabezazo de Luis Fabiano, gancho de derecha de Diogo al mentón y después una pelea de recreo, manotazos en aspas.Un telón amargo de dos rojas.
Una pena en medio de un partido que fue verdaderamente alegre para el Zaragoza, que como regalo de Reyes vuelve a la Champions. Lo hizo desnudando primero al Sevilla, y después sufriendo frente a un equipo orgulloso y capaz de envalentonarse hasta amenazar cualquier ventaja. Era algo sabido. Con el Sevilla los partidos se hacen largos. Para jugar de igual a igual con el Sevilla hace falta comprender ese fútbol, que es un idioma hecho de diferentes lenguajes, tomarle el ritmo y tratarle con agresividad, anticipación, solidaridad, organización, equilibrio. No sólo eso. Después, hay que jugar bien al fútbol. La derrota con el Valencia había establecido una cierta duda alrededor del Zaragoza. Si verdaderamente quiere ser algo, no puede limitarse a la condición de equipo bonito, resultón o estéticamente generoso. Además ha de manejar los partidos alternativos, los feos, los incómodos, los graves. O sea, sufrir en silencio las hemorroides.
En el primer tiempo lo hizo, aunque para poner en funcionamiento sus virtudes necesitó el gol madrugador de Carlos Diogo, a la salida de un córner. Lo tiró D'Alessandro con pie chiquito y el uruguayo peinó la pelota con el hemisferio izquierdo, que es el que se encarga del lenguaje, el habla, la memoria, la lógica, la planificación: esas pequeñas cosas de cada día. Diogo tocó apenas para modificarle la dirección, y la pelota le pasó rozando el flequillo a Palop, justo por encima de la frente. Palop manoteó como si tratara de sacudirse un abejorro, pero ya estaba vencido. Ese tanto reordenó el partido.
El Sevilla lo había iniciado con una impresión de mayor cuajo. No autoritario, pero sí con Renato en la dirección del tráfico y mayor velocidad. Al Zaragoza le faltaba algo de ritmo, y se necesita ritmo para descompensar al Sevilla, cuyos futbolistas entran y salen de sus posiciones con frecuencia. El Zaragoza estaba obligado al celo en las marcas, lo supieron pronto Kanouté y Luis Fabiano, contenidos por la defensa aragonesa. Zapater puso el pie fuerte y Piqué le agregó al medio campo la pizca de clase que lleva dentro, con la naturalidad de los futbolistas de sangre azul: a Piqué le dirán el nuevo Fernando Hierro si hay que buscarle etiquetas, pero también un Edmilson, digamos. Ese futbolista de apariencia excesiva, bien coordinado, que mezcla el juego corto y el pase largo. Con ese tipo de jugadores en el puente de mando, la masa del fútbol siempre queda en su punto y sabe bien. Así como diferente, pero bien.
Marea roja. Mientras el Zaragoza crecía con el alimento de su gol, el Sevilla atravesó el primer tiempo instalado en las dudas. No le encontraba debilidades al Zaragoza, donde hasta gente como Aimar o D'Alessandro se entregaba a la solidaridad de las coberturas y el trabajo en dirección contraria a la portería. Eso le permitió al equipo de Víctor Fernández limitar poco a poco cada una de las virtudes conocidas del Sevilla: la longitud de sus bandas, de Navas y Alves, de Adriano; el gobierno físico de Renato y Poulsen, las conexiones con los de arriba. Kanouté y Luis Fabiano no tenían tiempo ni permiso para recibir. Eso termina por hacer mella en las convicciones y luego, cuando llega la hora de decidir, una ocasión suelta, pasa lo que pasa: quizás por eso Kanouté no llegó por tres pelos o no definió un par de cabezazos.
El Sevilla trató de recuperar el paso tras el intermedio y se encontró a un Zaragoza cínico, que lo desangró al contraataque, en una feroz salida del formidable Diogo. Su centro lo ganó Diego Milito, medio con la mano. Remató, cortó Palop y Diego fue para empujarla al 2-0. Ahí se acabó el Zaragoza y empezó el resto del partido, porque Juande quitó al volátil Navas y a David, adelgazó la defensa, sumó a Maresca en el medio y a Chevantón más arriba, y el Sevilla pasó a ser ese viento de tormenta que conocemos en estos últimos tiempos. Entonces todo el mundo se soltó, o casi todos. Más que nadie, Dani Alves, que abrió su banda a sangre y fuego, destruyendo todas las barreras con su mezcla de cuchillo en la boca y sutilezas en los pies. Tiró una pared con Maresca portentosa y llegó a la línea de fondo para poner a Luis Fabiano el 2-1.
Era el minuto 70. Lo que quedó hasta el final fue un sinvivir para el Zaragoza, amenazado por completo. Se aferró a la Champions y al 2-1. Sujetó lo que pudo sujetar, que no era mucho porque el Sevilla se hizo marea roja. Al final apareció la bestia de dos jugadores calientes, competitivos. Mejor recordar un partido precioso que ese tabernario final indigno.
Diario AS, 7 de enero de 2007
www.as.com
10/01/2007
Tránsitos: de peluquera a presa, de presa a portada

"Fame, fame, fatal fame /
It can play hideous tricks on your brain /
But still I'd rather be famous /
Than righteous or holy /
Any day, any day, any day..."
(Frankly Mr. Shankly, de The Smiths)
A Ana María Ríos la tuvieron detenida una semana (o dos, no sé, no atiendo nunca a estas cosas...) cuando iba a salir de Cancún a la vuelta de su luna de miel, porque le encontraron en la maleta balas y un detonador. A la vuelta la entrevistó Ana Rosa Quintana, siempre atenta (como una buena parte de la generación actual de periodistas) a esa entrevista de tipo humano que tanto se lleva ahora. Y esta semana, Ana María Ríos aparece en despreocupada pelota sobre la portada de Interviú, con las medias de fútbol blancas que usaba Arconada. A mí la concatenación de los hechos me fascina. Veo a la peluquera de Arcade despreocupada, sí, porque ella ahora vive "para las próximas 24 horas", como le dijo a AR con sobrevenido sentido filosófico de la vida. Es una preocupación a tiempo límite, muy conveniente, porque en 24 horas no caben ni una mínima parte de las preocupaciones que caben en toda una vida. Mejor la mirada corta. Ana María Ríos vive despreocupada como sus pechos, que se ven así un poco lánguidos, como si hubieran somatizado la mirada lánguida de su dueña, como ese huevo frito que no acaba de ser el huevo frito que queremos, no tiene las puntillas ni la lozanía de los grandes huevos fritos. La peluquera en luna de miel emergió del infierno con una humilde coletita y los ojos hundidos como avellanas en un fondo de arena. Una sombra de brillante maquillaje le perfila ahora la cara porcelanosa, para borrar del rostro la ceniza de la celda mexicana.
A veces pienso que las cosas les ocurren a las personas adecuadas. Salir de la cárcel y posar en Interviú a cambio de 90.000 euros suponen ahora hechos correspondientes en la vida de Ana María Ríos. Una cosa lleva a la otra. Esto no pretende ser una reflexión moralizante, claro, lo que me sorprende es la tramoya que mueve este país, en el que uno va a la cárcel en Cancún por un delito ajeno (presupongo) y luego sale y luego las revistas le ofrecen posar, y después ella acepta y en las líneas que acompañan a esas fotos del cuerpo derramado dice, o le hacen decir: "Me dio más vergüenza que me vieran detenida que posar desnuda". Buen razonamiento. Pero no se trata de la vergüenza, ni de la moral, ni siquiera del desnudo. Me extraña la valentía que reúne la gente para venderse. Yo no tengo sentido del negocio, ni valentía. No sé si esta chica piensa que su vida volverá a ser la misma después de esto; no sé si lo pretende siquiera. Supongo que no. Tal vez su vida cambió tanto con la experiencia en Cancún que ha logrado relativizar cualquier decisión, cualquier acto, y desde luego todas y cada una de sus consecuencias. Yo no quiero juzgarla, lo que querría es comprender cómo funciona la cosa humana en este país, porque cada vez entiendo menos, y mira que no me entiendo ni conmigo mismo. A mí vino a buscarme una vez la revista Interviú y me deshice de ellos a toda velocidad, porque entreví que esa visita incluía un peligro que no estaba dispuesto a correr, ni yo ni nadie cercano. El chivatazo lo dio una elementa que trabajaba en el mismo sitio que yo, una señorona a la que en cierta ocasión pillé haciendo de voyeur en su balcón de forja, mientras yo me sentaba abajo, en unos bancos próximos, a tomar un helado con una chica a la que quería. Los hechos se corresponden, el voyeurismo y el soplo, digo. Vinieron los de Interviú y no me buscaban a mí, en realidad buscaban a una persona próxima en cuya vida pretendían hurgar. Mi hermano y yo le dijimos al periodista lo que había. O sea, que no había nada. Que volviera por donde había venido. A veces uno se alegra de tener una figura relativamente disuasoria.
De aquel episodio permanece la deuda con un desgraciado que -a lo mejor como Ana María Ríos- se hizo más notorio que famoso. En privado ya resultaba notorio por su cretinismo. Formó parte de este cuadro de patéticas vanidades que han pintado las televisiones, como ahora forma parte la cara de loza morena de Ana María Ríos. La peluquera de Arcade. La casada en luna de miel. La presa de Cancún. La chica en Interviú.
11/01/2007
Yvonne de Carlo (1922-2007)

Marilyn: "Díme, ¿cómo es Ramone?".
Lily: (Con gesto de disgusto) "Uhmm, se parece un poco a Cary Grant... el pobre".
12/01/2007
La jota del día
Si no te gusta la jota
ni esta en el Pilar tu fe
aunque en Aragón nacieras
tú no eres aragonés.
Perla

Perla se ha ido de viaje. No la veré en una semana y no me aventuro a llamarla. Se ha marchado al extranjero, a unas cortas vacaciones, con una amiga. Prefiero que nadie sospeche que mantengo un contacto secreto con ella. Perla sabe guardar discreción, sabe guardar nuestro secreto que consiste en esto, en nada, en estas palabras y apenas mi pensamiento. Aun así la extraño, extraño verla. No sé por qué habría de desearla, pero lo hago de una forma muy nítida. Es puro deseo: hay algo en ella que no me gusta, quizá el labio superior demasiado alto, quizá esa forma perezosa de ignorarme o de no hacerlo, un cierto pálido desinterés. Pero imaginarme que la tengo me enerva. He pensado largamente, en las horas en que Carla duerme o no está en casa o miramos juntos el televisor en silencio, qué busco exactamente en Perla. Porque en la sola hipótesis oculta de una relación con ella ya agrego algunas objeciones, lo que en teoría invalida mi interés. Pero hay algo en esa mujer que me empuja hacia ella, o hay algo en mí que quiere poseerla. Su juego es circular e indescifrable. No cede y sin embargo retiene despierta la cuerda al otro lado; llama, escribe, no la veo fuera de su balcón o de la escalera, ella guarda la distancia, pero al mismo tiempo nunca revela o traiciona mi posición. De algún modo, me protege y no sé por qué lo hace. Quiero suponer que algo le intereso, y que otro algo más intenso o más verdadero la retiene. No sé si ese algo tiene el nombre de una persona.
15/01/2007
Bandera blanca

El partido del Bernabéu me resultó uno de los más decepcionantes en mucho tiempo. Creo que ni siquiera el 4-1 de la última final de Copa me dejó una impresión de vacío tan profunda, y mira que aquella noche nos hicieron un socavón bien doloroso en salva sea la parte: es decir, en el alma. Jorge Solans deja un titular hoy en su comentario en AS que me parece bonito y acertado, porque alcanza a definir la verdad con serena tristeza, también con un aire lírico de nostalgia: "Nadie siguió la música de Aimar". A Juanma Trueba, el alegre cronista del Madrid, le parece que el equipo blanco se ha reinventado. Se refiere al esfuerzo. A mí me parece (con todo el respeto) que esa apreciación supone un esfuerzo voluntarista de levantar el ánimo, tan voluntarista como el partido que jugó el equipo blanco. Habla muy bien de Higuaín y de Gago. A mí Higuaín me gustó; Gago no me dijo tanto. Pero el fútbol tiene puntos de vista y estados de ánimo. Seguramente Trueba los miró con una mirada más certera que la mía. Yo me fijé en la inanidad del Zaragoza. El centro del campo del Zaragoza no llegó ni a la goma espuma. El Madrid le puso apenas rasmia a la cosa, de tal modo que encumbró a gente como Van Nistelrooy: con esa boca de huracán que abre en la foto, la farola holandesa se merendó lo poquito que era el Zaragoza.
Capello está desnudo y en manos del esfuerzo de sus futbolistas. Por lo demás, se diría que ya no tiene el mando de ese cuerpo que es el Madrid. Porque tácticamente, el Madrid tuvo momentos de ausencia total, que denuncian a un equipo que no cree en lo que le dice ese señor que jubila futbolistas de su equipo en enero. La energía blanca que glosaron al final los cronistas como razón de su esperanza le sobrevino al Madrid después del gol. Porque, antes, uno podía verlos caminar por el campo, sin siquiera presionar a los medios opuestos. Otra cosa fue que el Zaragoza no llegara ni al área. En ese sentido, y en todos, el partido resultó una castaña. "Uno muy malo le gana a otro peor", trató de titular Pedro Bellido, de Equipo. Creo que al final la cosa terminó en "Planchazo", que viene a resumir el caso con contundencia, como quieren los titulares. No sé si el otro pasó el corte. Los titulares de Pedrito suelen comprometer el manual de este oficio, porque sitúan a las reglas de la profesión frente a perspectivas para las que no está preparado. Los titulares de Bellido son como esos casos excepcionales de las leyes que vuelven locos a los juristas. No parecen académicos pero, claro... suelen resultar divertidos y el que tiene que admitirlos se queda así dudando y diciendo: "Joder, yo no lo pondría pero... es que es franco, está bien, es divertido, cuenta la verdad e invita a seguir leyendo". ¿No quedamos en la Universidad que eso era un buen titular?
Fue una noche de flojera. Nos fuimos del Bernabéu sin los tres puntos, sin De la Red y sin ver estrictamente nada. Nada por aquí, nada por allá: en eso se resume la presunta magia blanca y el sortilegio de este Zaragoza. Puro truco de humo. Como el velocista anda en paradero desconocido, hasta esta mañana no se me ha ocurrido el titular. Lo pongo en Somniloquios: Bandera Blanca. Ese era. Rendición sin condiciones ni rehenes. Sin el velocista, que es el de la repentización, yo también me quedo en nada.
17/01/2007
Fa(r)go

"Ha corrido la sangre, Jerry".
(Carl Showalter, interpretado por Steve Buscemi, en Fargo)
Yo mismo, que por desgracia no soy un gran viajero de lo aragonés, he estado varias veces en Fago, porque Fago está al ladito de Ansó. Mi familia y mi apellido proceden de Ansó. Yo apenas he ido de visita a Ansó, pero el nombre y el lugar poseen para mí una fuerza casi mítica, adquirida en las historias que he oído en casa desde siempre; así que lo siento como un mínimo paraíso al que referir mi raigambre, yo que nunca he tenido pueblo (ni lo he echado de menos) como lo tienen la mayoría de las familias en Zaragoza. Cerca de ese lugar adánico, en alguna de esas carreteras de Aragón olvidado en las que yo me he detenido para deleitarme con la belleza del lugar, en una de esas carreteras que lleva a Fago mataron hace unos pocos días a Miguel Grima. A estas horas la historia la conoce todo el mundo y Fago se ha convertido en el silencioso epicentro de una historia negra. La otra noche, noche de este invierno que no alcanza a invierno, el alcalde de Fago volvía en su automóvil de una reunión con alcaldes de la comarca. En medio del camino se encontró con unas piedras sobre el piso y salió a apartarlas para continuar la ruta. Al poner pie en tierra, le dispararon sobre el pecho con una escopeta de postas. Después de la emboscada, el asesino (o los asesinos) arrastró el cuerpo al lado derecho de la carretera y lo arrojó por una ladera. Sobre la cuneta quedaron un par de anteojos que debieron ser testigos de los sinceros detalles de la muerte, como en Extraños en un tren. Una pareja pasó por el lugar cuando en la escena el crimen aún no estaba concluido, y vio el coche y a una persona con un casco de espeleólogo, cuenta hoy el Periódico de Aragón, que los invitó a seguir adelante sin parar. Habían reconocido el coche del alcalde, pero siguieron porque, como los personajes de las películas que van a morir, uno no se detiene ante las extrañezas, no acierta a interpretar esos pliegues raros de la realidad, que son como una frase que no corresponde en el guión. Luego, el asesino escondió el automóvil en un encinar de Berdún, bajo una carrasca y envuelto en altos matorrales de boj. Unos días después, encontraron el cadáver y más tarde el vehículo. Sobre el asiento delantero del Mercedes, dos barras de pan que Miguel Grima había comprado de vuelta a casa, y su teléfono móvil.
Las crónicas, el despecho con el que los vecinos hablan de Grima, las referencias a su modo despótico de regir el pueblo, la negativa a hacer un padrón y a la llegada de forasteros, o los cobros abusivos (400 euros por instalar una terraza en el Bar Marieta: "Fago no es New York", decía un cartelón colgado por los dueños del establecimiento como queja pública); algunos anónimos, el relato del propio muerto (ahora desvelado por un amigo de partido) de que los frenos de su coche fueron manipulados hace un par de años... Todo eso alimenta las hipótesis de una venganza comunitaria que parece increíble. Un brutal Fuenteovejuna que nadie concibe. La Guardia Civil ha requisado todas las armas de los cazadores de la zona para investigarlas, y está tomando declaración a cada uno de los 29 vecinos de Fago. En uno de esos lugares donde nunca ocurre nada... Cámaras, micrófonos, detectives, policías, noticiarios y chismes. En Fago, el rumor de una muerte violenta quiebra el silencio de este invierno que no llega o que tal vez ya haya pasado, sin que nadie advirtiese lo que estaba viendo en realidad. Como un asesino en la noche. Como una frase que no corresponde.
18/01/2007
Háblame, cielo

Brad Pitt me parece uno de los grandes. Y ojo... que digo UNO DE LOS GRANDES. Pero de Babel siempre me voy a quedar con Rinko Kikuchi, actriz de gestos maravillosos en un maravilloso papel: el de joven adolescente sordomuda, ansiosa por amar y ser amada. Un prodigio de silenciosa expresividad. Uno de esos personajes de los que te puedes enamorar con secreta pasión: como la Natalie Portman de Beautiful Girls; como la Scarlett Johanson de Lost In Traslation, o la Rachel Weisz de El Jardinero Fiel, o Naomi Watts en Mulholland Drive... por citar algunos incendios recientes. Te enamoras y alegre decides rebañarte como un cerdo en la lástima, la pena, la compasión, el puro y desdichado amor de lo inalcanzable, el que precisan las almas perdidas, a las que sabes que resulta inútil intentar salvar porque no se dejan, no pueden dejarse, no saben y no quieren. La derrota también es costumbre. Adoro la precisa soledad de esa mirada, y los labios entreabiertos en una espera interrogativa. Esa imagen bastaría para presidir muchos días y defenderlos a capa y espada, contra cualquier amenaza de una felicidad despreocupada. Sería un precioso estandarte al que rendir todas las armas. Adoro la perdición del deseo que no satisface, la indefensión de sentirse ajena e impropia. La honestidad del llanto liberador, casi informe pero bellísimo, el más desgarrado que he visto en una pantalla en mucho tiempo. He temido por ella hasta el segundo final. Y cada vez que salía de la pantalla deseaba que regresase y me hablara a mí... con esos ojos.
Babel me ha ganado muy despacio, muy poco a poco. Desconfío de las películas que reiteran estructuras narrativas pretendidamente singulares, como las de González-Iñárritu, pero ese truco no se le acaba todavía a este director. Es como los regates preferidos de algunos futbolistas, que siempre funcionan pese a que los defensas se los sepan de memoria. Más aún, diría que pierde importancia en cada película y que acabará por desprenderse de esa obligación para ir aproximándose a un relato más lineal, aun sin saberlo ni quererlo. En Babel las transiciones carecen de importancia. No hay nada decisivo en los nexos de las historias; por sí mismas y de forma independiente, tendrían idéntico valor. Quizás esta película quiera hablar de la incomunicación, pero uno puede hacerla hablar de muchas cosas, todas las que desee. Hay películas que proponen una historia y la terminan con el encendido de las luces; hay otras que te cambian, que son las jodidas, las imposibles de olvidar porque se convierten en una cosa rarísima: algo así como una experiencia vital, un suceso de tu existencia. Se te pegan al cuerpo y se meten adentro con su explosiva carga de ambivalencias terribles, de triunfo y pérdida, de dicha y horror, de puro deseo implacable de volver a ella y un miedo atroz de pasar otra vez por lo mismo.
19/01/2007
Silbidos en la niebla
Noche fría, sin fútbol ni temperatura. La grada protestó. Ristic le dio la victoria al Málaga. El Zaragoza administró y nunca se vio en serio peligro
Real Zaragoza, 0-Málaga, 1
Octavos de final, Copa del Rey
La noche tenía un aspecto apacible, con esos tres goles de ventaja. Una noche para los actores secundarios -sin que el término quiera ser peyorativo- y los aficionados conspicuos. Porque cayó el frío como una manta de latón sobre el estadio y la escena, diseñada para la recolección de méritos, se puso hostil. Más aún con el fresco empeño del Málaga, que se adelantó antes de un cuarto de hora y produjo en el Zaragoza una cierta ansiedad de advenedizo, de equipo que no está pegado porque muchos no suelen jugar. La grada quería superioridad, tenía razón Víctor y no valía con pasar. Pero tuvo que valer porque no había más. Así que en la niebla se oyeron silbidos. De esos que se olvidan pronto, pero silbidos.
El Zaragoza pasó, pero de algún modo insistiendo en esa versión pálida que le vimos en el Bernabéu. Dadas las circunstancias, no se puede elevar un juicio demasiado severo, pero hay que anotar algunos aspectos. Por ejemplo, la constatación de que Ewerthon no se acaba de encontrar. Pasó otra vez desapercibido, sin generar peligro ni combinaciones que subrayasen su presencia. Sergio García tampoco anduvo demasiado certero, pero al poco de empezar ya se había plantado en las barbas de Goitia y luego pasó la noche en un cimbreo constante y ágil, de aviso de gol. Por lo demás, todos sabemos lo que da Miguel, lo que da Chus Herrero, lo que da Aranzábal... Por muchos motivos, uno quería ver sobre todo a Longás, un futbolista de los que le ceden su personalidad al juego. La temporada no ha sido justa hasta ahora con Longás, pero él está sabiendo poner los acontecimientos en perspectiva y ordenar sus prioridades. Hace poco lo explicó en una entrevista. La cita no es textual, pero venía a decir: "Este año estoy aprendiendo, mi año tiene que ser el próximo". Ni siquiera el asunto De la Red lo ha perturbado; Longás antepone la paciencia a la vanidad, y no le hace falta que pensemos por él. La paciencia no es sólo una virtud moral; también supone un rasgo de inteligencia. Son dos ingredientes de su juego. El primer tiempo lo tuvo por protagonista, en ese dámela que la juego, vamos por aquí, salimos por allá que le surge con total naturalidad. Luego perdió fuelle. Normal en alguien con escaso ritmo de partidos. Longás acabó sin energía, desplazado a la izquierda y sustituido por Eneko. La grada le aplaudió: sabe que este chico siempre tiene algo que decir con la pelota
¿Y el Málaga? Bueno, el Málaga supo cómo componer una amenaza, lo que no era poco en su papel: muchos jóvenes para la jornada de campo y playa, viaje en el día, tres goles en contra. Pero con la boira nocturna que estos días tiene tomada Zaragoza, uno se despierta rápido, y el partido tuvo desde el comienzo un ritmo vivo, como si los futbolistas quisieran desmentir el prejuicio que acompañaba a la noche. La actividad no significa calidad, ni profundidad, ni precisión, ni combinación. El Zaragoza no tuvo nada de eso. Después . Por afuera no había mucho que rascar, los esfuerzos de García tuvieron un algo de agonía individual. Así que las advertencias del Zaragoza fueron pequeñas o no fueron.
El Málaga, sin embargo, se puso mucho más concreto por el lado de Ernesto. Tanto que en el minuto 14 hizo una estupenda jugada sobre el flanco izquierdo y largó una pelota al jardincito del segundo palo. Aranzábal cerró más tarde que temprano ese balón y Ristic le dio al Málaga un gol con el que incordiar. Algo así no estaba previsto, pero de alguna forma era previsible. El Zaragoza cayó en esa imagen propia de los equipos hechos de jugadores no habituales, y le crecieron el desánimo y la imprecisión, mientras la grada se impacientaba. Trató siempre de recomponerse, pero sin tino, y Ernesto pudo encajarle el 0-2 en otra pelota en el segundo palo. Si no lo hizo fue porque la quitó de la raya Aranzábal, sí, pero sobre todo no lo hizo porque Dios no quiso.
Luego el partido se fue vaciando, mientras caía una niebla que ayudaba a recordar aquel gol de Violeta a Las Palmas en una noche gris como ceniza. Piqué intentó un par de cabezazos incompletos y Molinero luego lo revoleó con una patada algo lasciva. Y que siga la Copa que aquí, en el fondo, no ha pasado nada.
Diario AS, 18 de enero de 2007
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22/01/2007
Los sitios de Zaragoza

Campeonato de Liga, 19ª Jornada
Zaragoza, 0-Recreativo, 0
El Recre sobrevive a un largo asedio - Aimar y todos chocaron con López Vallejo, enorme - Uche, Guerrero y Sinama pudieron matar - El equipo sigue sexto
Durante 20 minutos desesperados, emotivos por la belleza que adorna a la voluntad, Pablo Aimar se echó a su equipo a la espalda y lo llevó hasta donde pudo, jaleado por una grada febril. El partido no se había parecido a lo esperado. En su avance hacia Europa, los dos equipos eligieron caminos alternativos. El Zaragoza (mermado y sin Celades a última hora) tuvo que reinventarse con un medio campo bajo en calorías, bien ligerito: Movilla de único pivote; Longás y Aimar como livianos escuderos; García y D’Alessandro por afuera; Diego en la punta. Sin Viqueira en la creación, el Recreativo le opuso orden, posición, una defensa adelantada, el medio campo tirado atrás, poco espacio y un apunte de falsa resistencia pasiva, afilada con esa capacidad suya para la réplica fulminante.
En ese rato final en el que Zaragoza y Recre se jugaron de verdad el partido, Aimar se hizo grande, cubrió un espacio amplísimo con la pelota, saltó todas las trincheras sin temor al fuego ni la metralla, repartió balón por dentro y por fuera mientras el Recreativo multiplicaba hombres, brazos y piernas en la defensa, acudió como un salvaje a cabecear un par de centros del estupendo Lafita, dejó un par de pelotas colgadas del alero del gol y, por último, largó una falta a la escuadra. El encuentro había llegado ya al alargue, ese purgatorio del fútbol, ese tiempo que no existe en los relojes. Mientras las manecillas se derretían como en las pinturas de Dalí, Aimar dibujó con tinta china una falta que no era (a esas horas Pérez Lasa se comportaba con la fiabilidad de un sonajero) y López Vallejo la bajó de la escuadra con la levedad de un ángel.
El héroe y su antagonista. El portero del Recre ya le había sacado una chilena portentosa al argentino, cuando más viveza tenía el Zaragoza. Unos primeros 25 minutos de monólogo diverso, juego elaborado, muy bien Chus Herrero por su banda, profundo y combinativo; aseado y con participación Longás por adentro, aunque otra vez el partido le quedó muy largo; vitalista e incisivo Sergio García. Pero faltaban D’Alessandro y Diego. Andrés apareció por todas las esquinas, pero sin darle sentido a su profusión. Una pena porque quiere la pelota, vadea ríos y corona montañas para buscarla... pero luego se le quedan las ideas pegadas al pie y el pie al balón. Le gusta jugar al escapismo, compromete a los defensas con pies de goma, juega con la pelota como si fuera chicle en la lengua. El problema viene cuando quiere engañar y a su alrededor no hay nadie al que engañar. Entonces Andrés resuelve engañarse a sí mismo. Y lo consigue.
De cualquier modo el problema está en que el huracán Diegol ha perdido fuerza. Era fácil dejarse llevar en el viento favorable de un delantero como él. Ahora el equipo lleva cuatro de los últimos cinco partidos sin gol. Ayer se comportó como en una rueda de peones, dándole vueltas a un enemigo aculado sobre su área, sin apuntillarlo. Un sitio bien elaborado salvo por la ausencia del arma definitiva: era como intentar convencer a los resistentes por medio de la palabra. No hubo forma de hacerlo, claro. Nadie se rinde con argumentos, se diga lo que se diga. El Recreativo se asentó primero, riguroso en las ideas y su ejecución, y luego apuntaló el medio con Arzo e igualó el choque. Entonces la moneda pudo caer de cualquier lado: Javi Guerrero cabeceó en parábola al palo; y César le negó un par de sustos a Uche y a Sinama-Pongolle, que tuvo la última en una contra feroz a cinco minutos del final.
La bendita aparición de Lafita recuperó valores: arrojo, juventud y fútbol por las bandas. Puso tres centros con lazo de gol. Celades agregó cordura a ese tráfago desesperado que es la guerra, y proclamó que el partido hubiera sido otro con él. Aimar había jugado un partido contradictorio, con un algo de intermitencia, pero punteada con maravillosos detalles. Se redimió cuando quiso ganar el partido por encima de cualquier cosa, con pura voluntad de crack. Lo impidió López Vallejo: quitó un gol que venía de la cabeza de Sergio García y, al final, liberó de la escuadra el que había soñado Aimar.
Lunes, 22 de enero de 2006
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23/01/2007
Fago: nieve y silencio

Un buen amigo me pide que reconsidere el somniloquio que le dediqué a la muerte en Fago, un poco más abajo. Como a él, a mí también me parece que el ruido mediático ha prejuzgado a los vecinos del lugar, y lo ha hecho además de un modo generalizador y casuístico, sin señalar a nadie pero extendiendo una sospecha apoyada en cuitas más o menos llamativas. Es el modo de los medios de comunicación, el único modo posible. A mí siempre me ha sorprendido que el periodismo se tenga tanta confianza y se observe a sí mismo como fiscal reputado de la realidad, infalible en muchos casos. Porque me parece que cuando uno maneja verdades parciales (y las del periodismo a menudo son verdades parciales, contadas por terceras personas, a veces teñidas de interés, o de partidismo, o de mala baba), digo que cuando uno maneja verdades parciales al menos hay que observar la posibilidad del error como posibilidad cierta. Y no digo que el periodismo deba renunciar a su función, no sagrada pero sí fundamental; lo que digo es lo que me digo yo mismo cada día: debemos hacerlo con un compromiso individual y colectivo de rigor máximo, todo el rigor que sea posible. Y con una humildad mayor, mucho mayor de lo habitual. El periodismo acostumbra a ser demasiado vanidoso. Cualquiera suscribirá este ingenuo desiderátum: todos sabemos que la premura informativa de cada día es un monstruo que hay que alimentar como sea. A veces, a costa de muchos principios. No nos hagamos los vivos.
En la última semana he seguido leyendo las noticias que llegan desde Fago. Cada vez más silenciosa, como si las cubriera la nieve que ya cae con un algo de pereza otoñal sobre las montañas de Aragón. Se van retirando los periodistas de las calles porque los detalles escasean. Leo en Heraldo sobre el efecto que la presión mediática está teniendo en el pueblo; se mantienen apenas una veintena de informadores en Fago y en Ansó. Posada Magoría, imagino, regida por Enrique Ipas Ornat... alcalde de Ansó y uno de los varios Ornat que permanecen allí. Debemos ser familia lejana, concluimos en cierta visita, pero cualquiera sabe dónde se reúnen las ramas de un árbol tan frondoso. Ese es otro tema. Posada Magoría o en casa de la Mari, el Hostal Kimboa, donde solemos comer cuando vamos allá. Ensalada y carne asada, claro. En esos lugares paran los periodistas que vigilan Fago desde Ansó. Creo que es María José Cabrera quien ha opinado estos días en alguna columna que el foco sobre Fago tiene que ver con el clima de enfrentamiento político entre el Partido Popular y el PSOE. Yo creo que el asunto se debe más al gusto por la víscera (extendido a los telediarios), a la conversión de los sucesos, de las noticias policiales, en tema principal informativo. Y desde luego, al morbo que tiene Fuenteovejuna como posibilidad. "En esta muerte en Fago hay más sospechosos que en una novela de Agatha Christie", escribió alguien. Y aunque suene frívolo, esa es la historia que se ha contado. Yo le veo ahí la lógica periodística, nada más.
Pero está claro que la información remite porque los investigadores se cierran sobre sí mismos, protegidos por el sumario del caso. Cae la nieve sobre el valle (pienso en El Perjurio de la Nieve, el cuento de Bioy Casares) y se va depositando un silencio creciente en los medios, que hablan apenas del proceso de elección de un nuevo alcalde o de que ahora la investigación apunta al entorno inmediato del asesinado, Miguel Grima. Las últimas tiras de una información que se apaga. Y de si la pareja que se cruzó por la escena del crimen vio a una o a dos personas. En realidad, ese fortuito encuentro fue lo que me impulsó a escribir sobre Fago. Ese pliegue de la realidad que no casa con la realidad. Esa impresión que tenemos de que hay algo que no cuadra en lo que vemos, o en lo que oímos. Un engaño, una impostura de la verdad. Todo eso y la similitud cinematográfica del nombre con la película de los hermanos Cohen. Ya dije en ese somniloquio, como le expliqué a mi amigo, que no creía en la versión de Fuenteovejuna y que traté de explicar ese escepticismo al decir que me resultaba una hipótesis inconcebible. En los últimos días he oído, sotto voce, al menos tres hipótesis paralelas que explicarían el crimen. Ninguna ha aparecido aún en los medios. Y no las voy a contar ahora porque son eso, hipótesis, y aquí importa la verdad, no las presunciones periodísticas o somnilocas.
Escribí sobre Fago y mientras lo hacía me rodeó una cierta tristeza atávica, de alguien que quiere el valle de modo lejano; también con algo de rencor contra mí mismo, por rodear una muerte (hecho tan concreto) con la abstracta transparencia de las palabras ajenas.
25/01/2007
Somniloquio universitario

Este año he ido un par de veces a la universidad, de donde salí en 1992 o1995. La duda en la fecha se explica fácilmente: debería haber terminado la carrera en el 92, año mágico, de acuerdo a mi promoción; pero me colgaron materias de los bolsillos hasta tres años más tarde, porque desde septiembre de 1990 me entregué a la licenciosa vida del periodista profesional y acabar la carrera a distancia, en un lugar como la Universidad de Navarra, requiere un esfuerzo adicional y el sorteo de murallas bien construidas. En general, a la Universidad no le gustaba que la gente comenzara a trabajar antes de acabar la carrera, y a mí no me gustaba la Universidad. Ellos pretendían que fuéramos estudiantes profesionales (pagando, claro) y ahora los periódicos le dan la vuelta a esa perversión y llenan sus redacciones de becarios profesionales. Es lo que hay. Así que agarré por la calle del medio, regresé a Zaragoza después de tres años full time en Pompaelus... y así me fue. Suspendí incluso Teología (sí, estudiábamos Teología, amigos), arrastré Economía hasta donde fui capaz, con la Empresa Informativa y el Derecho de la Información me metí en un atasco tremendo, no sé cómo conseguí sacar adelante Epistemología (sigo teniendo que mirar al diccionario para recordar de qué iba aquello) y apenas recuerdo qué hice en el proyecto de fin de carrera. Me rescató un buenísimo chaval de Lérida que estaba en el mismo caso que yo, trabajaba en La Mañana, íbamos y veníamos juntos a Pamplona y me llevó como de la mano a los despachos de los profesores para ir sacando adelante el asunto. Porque yo no pisaba el despacho de un profesor ni a tiros. En esa actitud tan poco universitaria había una mezcla de timidez y orgullo. Mi razonamiento siempre fue el mismo: si no apruebo, ya aprobaré; no hay nadie con 90 años tratando de sacar todavía la carrera, así que... algún día aprobaré. Era un silogismo de lo más burdo, pero a mí me tranquilizaba. Y no iba a rogar ni un 0,25 a un despacho. A pesar de que soy sospechoso habitual de tristeza y pesimismo, en realidad yo me tengo por un optimista emboscado, porque aun en las peores circunstancias tiendo a pensar que no me va a pasar nada malo. Acabé aprobando cuando ya había ejercido el periodismo durante cuatro años, incluidas dos paradas en el paro y un trabajo en el que repartía bandejas de desayunos por las habitaciones de un hotel de Londres. Afortunadamente, esa sucesión de acontecimientos me permitió ver la final de París en la grada, sin obligaciones periodísticas. Sí, me perdí la celebración en la plaza del Pilar al día siguiente, pero me asistió otro privilegio notable: volar el 11 de mayo del 95 de vuelta a Londres en un avión con muchos seguidores del Arsenal. La belleza, ay, la belleza de los momentos.
Así que el hombre somniloquio regresó a la universidad ayer, a la Universidad San Jorge para más señas, donde participamos en una charla-coloquio sobre Periodismo Deportivo con la que el centro celebraba el patrón de los periodistas: San Francisco de Sales. Un santo periodista se me hace raro, pero sí. Estaban también Chema González (de Radio Zaragoza), Sergio Melendo (Aragón TV), Miguel Mur (de márketing del CAI) y Andoni Cedrún, reputado (re)portero y showman de registros variados. Antes de cinco minutos ya le habíamos recordado su célebre cantada en aquel gol de Albacete, algo obligado siempre que uno se cruza con el gran Ando. Me extrañó que me invitaran a mí, sobre todo después de que una noche dijera en Avispas&Tomates que no ir a clase en la universidad me parece uno de los comportamientos más nobles que existen. Naturalmente, aquello consistía en una broma sobre mí mismo, quizás demasiado privada como para que los demás la tomaran por el lado correcto, así que hay gente que se pasa el tiempo recordándomela. Para mi presencia en la Facultad ayer me impongo una explicación poco vanidosa: tengo varios buenos amigos, alguno principal, trabajando en la USJ.
El caso es que me encantó ir a la facultad a hablar de Periodismo, porque en el Periodismo pocas veces se reflexiona sobre el Periodismo; se habla mucho y casi siempre mal, con despojo o desprecio sobre las noticias ajenas y las propias, sobre los periódicos, el poder, las filtraciones. Las filtraciones son las noticias que dan los demás; las propias no son filtraciones, son exclusivas. Hay que manejar la nomenclatura. La charla estuvo bien, bueno, guitarreamos ahí lo mejor que pudimos y hasta hubo algún momento divertido. Yo lo pasé de maravilla, y me encantó el nivel de las preguntas (y el modo de articularlas) que hicieron los alumnos. Vi a uno con el AS al fondo, sobre el pasillo central, y otro me interrogó directamente sobre una información que habíamos publicado el día anterior. Pequeñas felicidades de la guerra de guerrillas. En los chicos advertí, de verdad, materia prima y buena preparación, lo cual me reconforta porque en estos últimos años iba perdiendo un poco la esperanza sobre los valores que deben construir este oficio, que parecen extraviarse un tanto en la masificación del periodismo como opción universitaria. Me hace moderadamente feliz también que la gente de Aragón pueda estudiar esta carrera en su propia casa, aunque admito que estudiar fuera (incluso en Pamplona) supone una de las mejores experiencias que he tenido. Hay que empujar adelante a aragoneses que conozcan, vivan, sientan, se identifiquen con lo aragonés en los medios de aquí. No se trata de ser fundamentalistas, pero la identidad hay que defenderla; o mejor que defenderla, cuidarla. Pululan por ahí mercenarios de la palabra escrita cuya única sensibilidad consiste en la defensa de su estulticia.
[Foto: aquel discurso de Maradona en Oxford fue la demostración de que la universidad es una institución generosa. ¡Viva el Diego!... con perdón].
26/01/2007
Paloma

Mi vida fuimos a volar
con un solo paracaídas
uno sólo va aquedar
volando a la deriva
Vivir así no es vivír
esperando y esperando
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando
Le dije a mi corazón,
sin gloria pero sin pena,
no cometas el crimen, varón,
si no vas a cumplir la condena
Quiero vivir dos veces
para poder olvidarte
quiero llevarte conmigo
y no voy a ninguna parte
No te preocupes, Paloma
hoy no estoy adentro mío
tu amor es mi enfermedad
soy un envase vacío
No te preocupes Paloma
no hay pájaros en el nido
dos ilusiones se irán a volar
pero otras dos han venido
Si me olvido de vivir
colgado de sentimientos
voy a vivir para repetir
otra vez este momento
Te bajaría del cielo, mujer
la luna hasta tu cama
porque es muy poco de amor
sólo una vez por semana
Puse precio a mi libertad
y nadie quiso pagarlo
te cambio tu corazón por el mío
para mirarla y mirarla
De gloria, mujer
quiero un pedazo de cielo,
para invitarte a dormir
en la cama o en el suelo
Un sacrificio ritual, bien o mal,
yo quiero hacerle a mi estrella
sin principio ni final
no quiero vivir sin ella
('Paloma', de Andrés Calamaro)
27/01/2007
Tarde de invierno
Tomo un café en Babel. En la contra del diario veo una entrevista al filósofo y escritor Fernando Savater. La primera pregunta dice:
"Sus padres han tenido una gran influencia en usted. Su padre despertó su pasión por las carreras de caballos y a su madre la considera su primera maestra".
Sobre el delgado margen, con un lapicero de punta muy leve, alguien ha dibujado una flecha que señala esta anotación:
"Yo nunca tuve esa suerte".
Afuera, en la calle, aguarda un débil sol de invierno.
La mujer pantera

"Soy insaciable".
Serena Williams, después de ganar el Open de Australia a Sharapova (6-1, 6-2).
31/01/2007
Perla

Linda me dice en su última carta: "Te quiero, por favor no sufras". Ha muerto una persona cercana y Carla reflexiona, mientras miramos un programa de televisión cualquiera: "Trabajas y luchas todos los días para que una mañana cualquiera, a los 60 años, todo se termine. ¿Qué vida es ésta?". Pienso en Alicia. De cuando en cuando la oigo hablar por el teléfono y solloza escondida detrás de su mesa de trabajo: "Me siento desconsolada, triste y sin esperanza. Ahora mismo no tengo nada, nada en la vida a lo que aferrarme", me confiesa. Se da lástima a sí misma y lagrimea. Quisiera tomarlas a todas bajo mi ala y curarlas. Vienen a mí porque creen que yo tengo respuestas para la tristeza. Miro al televisor pero no veo nada. ¿Qué le digo ahora a Carla? Soy yo el que hace las preguntas, no ella. Se supone que en ella no hay desorden ni aproximación al desorden, solamente deseos que va construyendo y rellenando con días de esfuerzo. Si el conjunto de sus deseos tiene, digamos, mil casillas, o quinientas casillas, ella está resuelta a rellenar pacientemente cada una con un pedacito de vida. Es probable que no logre completar el cuadro, porque en ese caso estaríamos ante una vida objetivamente perfecta -proporcionalmente perfecta a sus sueños- y no tenemos noticia de que algo así haya ocurrido alguna vez. Sus casillas se llaman ilusiones y teme que un accidente las deje huérfanas.
Yo no tengo ilusiones. Ni una casilla que llenar, ni con material ni con lapiceros de colores. A mí la vida me parece un artificio fugaz en el que nada importa demasiado. Si no puedo tener a Perla es como si no puedo ser yo mismo. No soy más que un cuerpo prestado a un individuo que se deja llevar. No hace falta ponerse tan serio y riguroso. ¿Por qué un solo amor? ¿por qué tantas obligaciones? ¿para qué tomarnos a pecho los lugares, las personas, los trabajos? Sí, hay que hacerlo, pero sólo hasta cierto punto, te dirán. ¿Cuál es ese punto? El problema se da cuando uno rebasa el equilibrio y entra a desconfiar de la vida, a no encontrarle sentido a este pasar de los días. Le digo a Alicia: "Puedo vivir con lo que tengo o tener menos". Es cierto, pero ella cree que yo poseo todo lo que una persona podría desear para ser feliz. Cree que he rellenado la mayoría de mis casillas, cuando en realidad yo ni siquiera pienso en casillas ni voy modelando el día a día para tenerlas o llenarlas. Desde luego, si no tuviera absolutamente nada, ni una sola moneda, mi vida sería un infierno por cuestiones meramente prácticas, básicas: comer, dormir, soportar el frío... Pero nunca me han consolado las proporciones: eso de que siempre hay muchos que están peor. La mente no objetiva el universo entero, no contempla las infinitas variables de vida de las personas y luego decide cómo sentirse, de acuerdo a la posición de cada uno en esa lista. Muchas penalidades, bastantes penalidades, pocas penalidades, las mismas penalidades que alegrías, pocas alegrías, bastantes alegrías, muchas alegrías... Así sería, más o menos, la clasificación. En ese caso, yo estaría mucho mejor que un grupo enorme de personas; pero también mucho peor que otros tantos. Justo en la clase media de la felicidad, que es la que paga los impuestos: los dispendios entusiastas de unos y la pobreza de los contrarios ¿Y si yo perteneciera a la clase media, mi mente qué decidiría? ¿Debo ser feliz o debo ser triste?
Soy triste aun a pesar de mí mismo. De la misma manera que podría ser un genio aun a pesar de mí mismo. De ninguna de las dos cosas me consideraría enteramente responsable. Me ha sido dado un nivel de inteligencia razonable, con el que debo vivir y que intento aplicar y ensanchar en lo posible. Si me hubiera sido entregada una inteligencia genial que me permitiera, por ejemplo, escribir libros extraordinarios, hacer un descubrimiento científico de proporciones universales... entonces me vería obligado a vivir con ella lo quisiera o no. Sospecho que la perspectiva no cambiaría demasiado. También le iba a descubrir lagunas y viviría con la impresión permanente de que debo ensancharla. Esos libros tampoco me dejarían muy satisfecho, como no lo hacen estas líneas.
Un día cualquiera

Sé que a estas horas ya debería dormir, pero no puedo. Hace tiempo que decidí agotar los días hasta que ellos me agotasen a mí. Ésta es una lucha desigual, pero debo decir sin vanidad que voy ganando.
Un día cualquiera. Un día cualquiera ganas o pierdes. La derrota es este silencio final de la noche, que puede vencerte o no, porque ya no hay palabras a las que aferrarte. Estos días no hay palabras. Yo he estado a punto de perder, de ceder a las pequeñas locuras, a las debilidades que acechan a quienes a estas horas no se han abandonado al sueño. A ellos no les importa la victoria o la derrota, quiero pensar, o tal vez ya tienen la victoria asegurada a la hora de dormir. Yo sigo aquí, peleando. Iba perdiendo. Luego, una palabra muy lejana, silenciosa, pero segura, me ha rescatado. Sólo una: "Precioso". Lejana pero tan próxima. Ahí estaba.
A veces el silencio me acoge y me protege. Otras veces el silencio me estrangula, como está a punto de hacer esta noche. Me aprisiona, me condena. Recuerdo largos días de silencio en horas oscuras, en los que la salvación era apenas una palabra lejana, como esta noche, o una llamada de teléfono que nunca acababa de llegar a tiempo, o me sobrepasaba. No llegaba ella o no llegaba yo. Era difícil encontrarse. Los pequeños silencios son apenas insectos en la pared, puedes aplastarlos con un dedo o meterles una fregona en la cabeza para que ya ni alienten. Si los silencios llegan a crecer, dan unos gritos horribles y pueden volverte loco. Hay demasiados silencios que ya no rellenan una sonrisa, una palabra, una brizna de luz, una caricia. El silencio nos está venciendo. Hemos confiado en él y nos puede matar. El silencio está sólo adentro. Fuera no existe. Fuera adquiere la forma de una tela transparente que te envuelve, un plastico flexible que no ves. La soledad es silenciosa como un huevo vacío.
He salido cuando la mañana estaba cediendo al mediodía, mi hora preferida. He caminado bajo la lluvia perezosa, una lluvia que bajaba arrastrándose por el aire, pegándose a las paredes. De camino he leído a Mark Twain y sus Viajes Siguiendo la Línea del Ecuador. Podría haber salido con música, como suelo hacer, pero este silencio se me ha metido ya en los huesos y apenas lo rellenan las músicas de cada día, no alcanzan a combatirlo. Son agua y aceite. Estamos callados hace días. Ya no sé cuántos. Ya no recuerdo mi propia voz. "Díme, ¿quién cojones soy?". "Otis". Tal vez tenga razón. Yo era Otis entonces, hace años. Era fácil ser Otis como era fácil todo lo demás. Meterla para abajo con las ruedas de las canastas en el canalillo de los desagües, por ejemplo. Eso era fácil. Tenemos una conversación transoceánica de silencios, a estas horas de la madrugada, y se está colando mientras escribo. Vuelvo a este día cualquiera. Estoy leyendo tres libros de forma simultánea: El Día de la Independencia, de Richard Ford; Luna de Lobos, de Julio Llamazares; y los viajes de Mark Twain. No tiene ningún merito, se trata de pura dispersión, ansiedad, indecisiones, huidas. Con Twain he hecho las transiciones de este día, me ha llevado de un episodio a otro sin que yo lo advirtiese.
He visitado a la doctora pero la doctora no estaba. Su consulta tenía la luz encendida pero nada más, no había nadie. Vacío. Vacía. Había una disensión en ese fluorescente que no iluminaba a nadie, como había una discordancia en la nota: Miércoles 30, 13 horas. No había miércoles 30, 13 horas. Había martes 30, 13 horas, y espero que haya miércoles 31, 13 horas. Tal vez yo estuviese en ese momento en un pliegue distinto de la realidad en el que era miércoles 30, 13 horas. Si ha sido así, dos niños chillones me han descubierto. Uno de ellos era rubio, otro moreno. El rubio gritaba congestionado y sudoroso para combatir la disciplina de su madre. Sus gritos tenían el perfil de los gritos del finado James Brown: cortos, estridentes, repetidos, como los de una comadreja encerrada en un armario. Un animal terrorífico. He escapado a la calle y seguía lloviendo. Hemos caminado, hemos comido, hemos tomado un café. He regresado a casa a primera hora de la tarde. Todo ese tiempo llovía la misma lluvia. Llovía el mismo silencio.
Me hubiera gustado dejar pasar la tarde mirando llover sobre el parque, desde el amplio ventanal de mi salón, con una taza de té en la mano. Pero mi ventanal mira sobre un amplio patio interior de muros encalados y ventanas que se repiten. Un gato inmóvil tras el cristal, una japonesa inmóvil tras el cristal, un hombre que escribe inmóvil tras el cristal, iluminado por la pantalla de un ordenador, un cristal que me refleja inmóvil tras el cristal. He pegado los dedos al cristal, llamando a alguien. A veces ella me pregunta: "¿Qué has hecho?". Y respondo: "Nada". Sabe que en ese paréntesis de nada hay en realidad muchas cosas, pero ninguna explicable, como este mismo texto. Esta tarde la he pasado viendo vídeos de Morrissey y los Smiths, una entrevista en la CBS americana a Morrissey, una vieja entrevista de 1985, hecha por Tony Wilson a los Smiths. He oído, he visto There's A Light That Never Goes Out, he visto This Charming Man, Suedehead (me encanta el vídeo de Suedehead), First of The Gang To Die, Girlfriend in a Coma, How Soon Is Now, uno increíble de Rusholme Ruffians, Headmaster Ritual, Hand In Glove y That Joke Isn't Funny Anymore, todas en un concierto en directo en Madrid. Definitivamente, internet va ya muy por delante de la televisión porque ofrece lo que parecía imposible: yo decido qué veo, nadie programa mi día por mí.
He hecho eso y he pensado en una historia que he de escribir para MediaPunta, sobre regates clásicos del fútbol y sus inventores. A última hora, muy tarde, he salido a correr por la ciudad, que ya había desfallecido. A la vuelta me he quedado mirando la noche en el parque, donde todo ocurre. Los árboles desnudos parecían escobones invertidos, que barrían una luz muy triste. Eran más de las once de la noche y aún estaba lejos de la frontera. El día había sido un día cualquiera. Todavía lo es. Hecho de silencio y lluvia que va pegándose a las paredes.
Un día cualquiera, ganas o pierdes, pero no lo sabes hasta el final.


