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01/02/2007
Yo soy el Diogo

El otro día le oí a alguien preguntarse para qué iba a pagar tres millones de euros el Zaragoza por Diogo, si tenía a Chus Herrero. A veces los periodistas decimos cosas increíbles. Desde luego que debe haber una cierta discriminación positiva con los futbolistas de casa. Es justo que sea así. No sólo eso: además se hace necesario por motivos de identidad y de estrategia financiera del propio club. Durante años una buena parte del problema consistió en la discriminación positiva centrífuga, reservada para mediocres jugadores que venían de fuera. Hay que querer y cuidar a los chicos de casa, pero juzgar el conjunto con severidad. Hace años se decía: "¿Para qué quiere el Zaragoza a Fernando Cáceres si tenemos en casa a Pedro Fuertes?". Para nada. A Cáceres no lo queríamos para nada...
Ha vuelto Diogo y ha vuelto para ganarle al Barcelona, victoria que de un tiempo a esta parte me produce un gusto especialísimo. Soy un converso. Debe haber algo patológico en todo esto, porque a mí siempre me ha gustado (en algunos momentos, mucho) el Barcelona. Esa pasión adolescente cedió después bastante, y desde hace tiempo cada vez disfruto más cuando le gana el Zaragoza. Debe de ser una censura de mí mismo, una penitencia por pecaminoso. Me da más gusto derrotar al Barça que al Madrid, y mira que me gusta que al Madrid le gane cualquiera... Parece que el Barcelona anda algo extraviado últimamente, con un cierto agotamiento que se manifiesta con claridad en los partidos decisorios. Pero yo no enterraría el modelo todavía. Eso sí, el Barcelona no puede pretender sostener su dominio en el favor arbitral (que le ayuda mucho, a veces no tanto como se dice y otras bastante más de lo que se dice...) y en fichajes como Ezquerro o Gudjohnssen. El Madrid se está deshaciendo sí, y no puede llegar muy lejos: ayer hubo un "va fan culo" de Guti a Capello que explica casi todo. Pero controlar a la España de las autonosuyas requiere mucho más, que aquí nadie se chupa el dedo. El duelo ya no es sólo contra el Madrid. Para ganar en Europa, no hay ni que hablarlo. En Rijkaard, el hombre es el estilo, pero un estilo no hace a un entrenador. Está lejos de ser un técnico preclaro o infalible. Convengamos en que uno no se puede equivocar demasiado con plantillas como éstas, pero hay pequeños errores más o menos decisivos. El largo empeño de Rijkaard contra Saviola lo deja claro. Ahora me resulta rara esa tendencia a utilizar a Iniesta de falso extremo derecho, en lugar de Giuly, un futbolista que entiende el juego de forma estupenda sin la pelota y que es directo como un rayo de luz con ella. Una cosa es la bomba adolescente de Messi y otra el niño de Los Otros. Su inteligencia está para otra cosa: ahora que había cruzado el Rubicón de todos los centrocampistas modernos y estaba metiendo goles, lo envían a la Siberia de cal. Esa decisión la tengo por una concesión excesiva.
El Zaragoza está mejor de lo que nosotros mismos nos pensamos o queremos admitir. Se le juzga con un celo excesivo, cosa que no es nueva por aquí. Creo que, a falta de otras virtudes y de la claridad del gol, pone en el campo dos méritos básicos: una seguridad defensiva que no conocíamos en los últimos años (y dos laterales formidables en su incorporación al ataque), más el esfuerzo generoso y solidario de todos los jugadores de arriba. De D'Alessandro, de Sergio García y Diego Milito, de Óscar ayer y Lafita otros días... Tenemos al Zaragoza por un equipo bonito y olvidamos estas otras virtudes, que tienen bastante más importancia que la pura estética. Al Zaragoza le falta ahora mismo juego en el medio. Zapater, sobre todo sin Celades, debería querer más la pelota y jugarla con mayor sentido táctico: tenerla, conducirla, sobarla, darla o guardar... Ha de dar ese paso, controlar más el tiempo, manejar el partido. Zapater no puede ser un jugador de paso, más aún si no está Celades. Al equipo le falta un gran centrocampista, porque Celades anda en la temporada de que no. Y Piqué hace lo que puede en esa zona: el domingo pasado, con el Deportivo, en algunos momentos se sintió tan incómodo como un flamenco en un campo de minas.
El fichaje de Gustavo Nery no va a añadir a un futbolista espectacular o decisivo, pero sí agregará al Zaragoza alguna posibilidades muy importantes. Primero, un recambio para Juanfran, que por cierto lleva aguantando con cuatro tarjetas desde la visita a San Mamés, a finales del año 2006. Segundo y sobre todo, la posibilidad de que Víctor lo use como volante por la izquierda y eso libere a Aimar hacia el medio. Aimar tiene problemas para interpretar la transición que tan bien hace y tanto le gusta. Si parte desde la banda en el medio campo, se ve obligado a conducir en exceso para tomar el carril central, donde él verdaderamente se pone peligroso, compromete a los defensas y activa esa capacidad de repentización para el pase o el disparo. Lo mejor de Aimar este año lo hemos visto en sus visitas a ese carril. Han terminado con pases de gol o con disparos propios de media distancia. No sería raro que con Nery el Zaragoza revisara su dibujo. Habrá que verlo. Mientras, hay tiempo para rumiar la victoria de ayer, siempre gustosa, y prepararse para la vuelta, que no será moco de pavo. Y enderezar el camino en Montjuïc, si puede ser. El Espanyol sin De la Peña, sancionado, no tiene el mismo vuelo. Y no creo que esta defensa le vaya a permitir a Tamudo el despliegue de la final de Copa.
Y sí. La victoria de ayer hizo un magnífico día, para qué engañarnos. De las cosas menos importantes de la vida, el fútbol quizás sea la más importante de todas.
17/02/2007
Escribir para el olvido

"Yo no he leído un periódico en toda mi vida -decía Borges-. En un diario, por lo general, se escriben noticias, desde luego tontas. ¿Qué importa que un ministro viaje o no? De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo. Yo creo que los periódicos se hacen para el olvido, mientras que los libros son para la memoria". Eso pensó Borges. No quiero imaginarme lo que opinaría de los blogs si hubiera llegado a conocerlos. Somniloquios regresa después de una semana perdido: un fallo en el Hal-9000 de blogia nos dejó sin él y a mí casi me deja sin vida. No era sólo la imposibilidad de escribir (aquí, claro), sino sobre todo la posibilidad de extraviar toda la producción de este tiempo. De pronto me sentí desnudo y solo y me acordé de las frases de Borges sobre el periodismo. Afortunadamente, los humanos de blogia han recuperado un 98% de mis somniloquios (el porcentaje no es exacto, sino simbólico), porque hacen lo que yo mismo no he hecho hasta ahora: conservar copias de seguridad. El método, amigos, el método. En la implosión del servidor se han perdido los textos de los últimos 15 días. Entre ellos, y lo siento de veras, Los Días de la Metralleta. Ahora sé que estaba destinado al olvido, a pesar de que a mí me gustara tanto y del homenaje a Plf, muy justo: se perdió la primera versión y se ha volatilizado la segunda en la nada digital. Ya no puedo escribir una tercera. Sería como intentar detener el tiempo. Escribimos para el olvido... Yo mismo no recuerdo si se ha extraviado algún texto más.
Para celebrar el regreso de estas líneas, transcribo un pasaje de la conversación entre los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en 1975, en un encuentro literario propiciado por el periodista Orlando Barone.
Borges: Quiero decir, Sábato, que no se hacía ninguna referencia a las noticias cotidianas, fugaces.
Sábato: Sí, eso es verdad. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo... al día siguiente.
Borges: Claro. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.
Sábato: Sería mejor publicar un periódico cada año, o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante: "El señor Cristóbal Colón acaba de descubrir América". Título a ocho columnas.
Borges: (sonriendo) Sí... creo que sí.
Sábato: ¿Cómo puede haber hechos trascendentes cada día?
Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson.
Sábato: ¿Quién?
Borges: Emerson, que recomendaba leer libros, no diarios.
[Foto: Jorge Luis Borges, contra un cielo agitado de negruras y símbolos. Siempre me ha gustado esta imagen, tal vez porque interpreto en ese cielo veloz el inaprensible tiempo que lo rebasa a Borges. Borges pensó y escribió con frecuencia acerca de esa materia tan extraña que es el tiempo, dominador silencioso de nuestras vidas].
18/02/2007
El Príncipe hace justicia

Real Zaragoza, 1-Villarreal, 0
23ª jornada de Liga
Hay partidos que nacen muertos y uno no los arrancaría ni con aquellas palancas de los Ford descapotados de 1903. Hay otros que parten bufando nada más comenzar, echa a rodar la pelota y se esparce por el campo una alegría juvenil, un desenfado sesentero, un verano del amor que florece incluso bajo la fina lluvia que dejó la tarde. El de ayer fue de esos. El día había sido tan bonito en Zaragoza, tan primaveral y desustanciado para el mes de febrero, que conforme cayó la tarde se vino abajo y de puro hermoso resolvió diluirse en agua y viento. Sin embargo, el Zaragoza se había empapado del día y jugó un encuentro de pura delicia, hecho de detalles como puntillas y de un fragor creativo que repartió en dosis casi exactas durante casi todo el choque. Diríamos que uno de los mejores del año, aunque el resultado se le quedase apretado por culpa de la portentosa actuación de Barbosa. Otro portero que sale consagrado de La Romareda.
El sufrimiento final no tenía sentido, no contaba la verdad. El Zaragoza se hartó de jugar con generosidad y alegría, pero el marcador no le correspondió. El marcador estaba dormido o lo anestesió Barbosa con ese recital en el que puso un repertorio más largo que el de los Rolling. Barbosa, con la sombra de Viera al fondo, se hizo un partidazo para el recuerdo, para ponerlo en un marco sobre la televisión de sus papás, allá en Avellaneda. Le robó el protagonismo a Cani y a los demás, y eso que a Cani cada cual le dijo lo que le vino en gana. El Niño tuvo un regreso algo ensombrecido. Lo mejor del Villarreal fue Pellegrini, que vestía abrigo largo azul marino con el porte que los hombres de cana prematura le otorgan a cualquier prenda. Parecía que se hubiera salido de una boda para ir al partido, como en Días de fútbol... aquella película tan triste. Se despidió de los novios y puso a Tomasson arriba con José Mari, que se había estirado el pelo en el vestuario con alquitrán y una coleta. Tenía el aspecto hombruno de un bailaor, pero Sergio y, sobre todo, Milito, no le permitieron ni medio taconeo. En la primera parte largó un par de tiros desde fuera del área que le dibujaron un paréntesis a la portería de César. Primero comba a la derecha; luego, comba a la izquierda. Y en eso se quedó, aunque daban ganas de jalearlo a olés.
El fútbol arrancó pronto. Caía la lluvia de medio lado y caía García hacia los lados. Sergio es la palanca en cualquiera de sus acepciones: levanta a los defensas rivales y pone en marcha el motor del equipo. Salió un par de veces por cada flanco y en siete minutos ya le había forzado una amarilla a Quique Álvarez, que se comió la media vuelta de trilero de García al borde del área y se pasó el partido girando para cualquier lado. Tuvo la misma precisión y autoridad en sus decisiones que una peonza. El Zaragoza, animado por el entusiasmo del muchacho, entró a jugar como una máquina encelada. Agarró la pelota y la hizo suya para repartir fútbol por todos los lados con brocha cuidadosa. El medio campo era lugar de paso, frontera veloz al ataque, y Sergio se empeñó pronto en el gol. Barbosa se lo impidió dos veces y anunció lo que sería. Una de cabeza y otra por abajo. También a Gabi, que entró a cabecearle una vez como si midiera dos metros y medio. La picó abajo y Barbosa la manoteó. El Villarreal no llegaba. Forlán comía chupa-chups en el banco. La única parada de César fue a Tomasson en el minuto 9. El danés anduvo somnoliento. César le interpretó el tiro mucho antes, como si se lo hubieran pasado por televisión la noche anterior.
Barbosa, sin embargo, se robó el partido, como ha ocurrido ya con varios porteros en La Romareda. En algún punto se puso palomitero, pero por lo demás hizo un partidazo memorable. Las sacó a todas las horas, en la primera y en la segunda mitad. Lo batió apenas un tirito de Zapater al palo. Últimamente Zapater se descuelga hacia arriba con alegre frecuencia. Ayer lo hizo él y también Movilla, que visitó la frontal del área con un vigor emotivo. A la media hora de juego, Zapater apareció en el lado derecho y se escapó de dos rivales con el timo de la estampita. Enganchó con D'Alessandro y pisó el área buscando la devolución, llevado por una inercia ventajosa. Se encontró a Senna y le recortó hacia fuera, para quedar en un difícil equilibrio desde el cual se las arregló y remató blando con la zurda. La pelota tocó a un defensa y salió rasa, abriéndose lejos de la estirada por abajo de Barbosa. Tocó el palo y, cuando se iba , apareció Diego Milito con el aparejo de cazar mariposas. El Príncipe había seguido el vuelo bajo de la pelota y embolsó a la papallona en la redecilla. Van quince. Los mismos del año pasado en toda la Liga. Y quedan quince partidos. O sea.
La verdad es que el partido no cambió nunca. Fue raro porque fue un partidazo resuelto con un gol de oportunista. Lo tuvo siempre el Zaragoza en los pies, por más que Pellegrini buscó soluciones en el Loden marino. Quiso agitar el choque con Marcos primero y después con la reunión de Forlán, Guille Franco y José Mari, pero el Villarreal no varió sus constantes lo suficiente para comprometer el dominio del Zaragoza. Por más que en el último tramo la inquietud fuera inevitable, la diferencia gigante que estableció el juego resultó evidente en cada minuto: el Zaragoza jugaba a chorros, con una fluidez y un impulso irrefrenable. Nery le ayudó mucho en el último tramo. Al Villarreal le costaba un mundo armar algo de juego que culminase en peligro. Se pasó la noche dándole a la palanca del Ford de 1903. Otra cosa es que, con un exiguo 1-0, un gol viene de cualquier lado y todo huele a desastre. Diego había podido cerrar el partido pero Barbosa le hizo una parada de otro tiempo, de otro lugar, de otro planeta. Él había sido el único obstáculo entre la gloria del juego y la del resultado. Guille Franco tuvo el empate en el alargue, pero remató fuera con ímpetu. Se ve que es un chico con sentido de la justicia.
Diario AS, 18 de febrero de 2007
www.as.com
21/02/2007
Corazones en penumbra

Jack: You know, I don't want to be somewhere else anymore. I'm not waiting for anything new to happen... not looking around the next corner, no the next hill. Here now. That's enough.
Sabes… ya no quiero estar en ningún otro lugar. No espero que ocurra nada nuevo... no miro lo que hay a la vuelta de la esquina, o detrás de esa colina. Aquí, ahora. Eso me basta.
Joy: That's your kind of happy, isn't it?
Eso es la felicidad para ti, ¿no?
Jack: Yes. Yes, it is.
Sí. Eso es.
Joy: It's not going to last, Jack.
No va a durar, Jack.
Jack: We shouldn't think about that now. Let's not spoil the time we have.
No deberíamos pensar en eso ahora. No estropeemos el tiempo que nos queda.
Joy: It doesn't spoil it. It makes it real… Let me just say it before this rain stops and we go back.
No lo estropea. Lo hace real... Déjame decirlo antes de que deje de llover y regresemos.
Jack: What is there to say?
¿Qué hay que decir?
Joy: That I'm going to die. And I want to be with you then too. The only way I can do that is if I'mable to talk to you about it now.
Que voy a morir. Y que quiero seguir contigo cuando eso ocurra. El único modo que tengo de hacerlo es hablarte de ello ahora.
Jack: I'll manage somehow. Don't worry about me.
Saldré adelante, como sea. No te preocupes por mí.
Joy: No… I think it can be better than that. I think it can be better than just managing. What l’m... What I'm trying to say is... the pain then is part of the happiness now. That's the deal.
No… creo que puede ser mejor que eso. Mejor que salir adelante. Lo que... lo que intento decir es... que la felicidad de ahora será el dolor de entonces. Es así.
Jack: Yes. That's good.
Sí. Está bien.
Shadowlands (1993), de sir Richard Attenborough. La escena en el campo, bajo la lluvia. Debra Winger y Anthony Hopkins. Uno de los momentos más bellos y dolorosos del cine en los últimos tiempos. Tierras de penumbra, una pena en observación. La naturaleza del amor, la pérdida, la muerte, la añoranza. La recuerdo unida a Los Amigos de Peter y Go Now. No tienen nada que ver entre sí, salvo en mi memoria. Recuerdo las películas, los lugares, las personas y los momentos. Vi Los Amigos de Peter con ella y aún no estábamos juntos, pero casi. Le mostré un reloj que me había comprado. En Tierras de Penumbra ya éramos pareja y pudimos lamentar a gusto la terrible historia de C. S. Lewis, el escritor irlandés al que interpreta Anthony Hopkins con su distante maestría. Para cuando vimos Go Now en los Renoir ya nos habíamos separado y salimos del cine envueltos en una discusión rabiosa. La vida son tres películas o una tarde bajo la lluvia, junto a un río, hablando de lo que pasará o no. La felicidad de hoy es el dolor de mañana. Y viceversa. Es así, es el trato.
22/02/2007
Gerrard and the Pacemakers

No hay casualidad en las casualidades. En los años sesenta, Gerrard Marsden tenía un grupo en Liverpool llamado Gerry and the Pacemakers e hicieron famosa la versión de un tema del musical Carousel, titulado You'll Never Walk Alone, compuesta por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, e interpretada por Christine Johnson. Cuando Gerry la asoció al Mersey Beat y la grabó -¿quién no tenía un grupo en los años sesenta en Liverpool o en los ochenta en Manchester?-, los aficionados del fondo Spion Kop del estadio de Anfield (nombre en homenaje a una colina conquistada por soldados británicos en la guerra de los bóer en Suráfrica), la adoptaron para ellos. No era raro. De Liverpool salía en esos días la música hacia el mundo. Hay un emocionante documental del programa Panorama, de la BBC, en los años sesenta en el que los seguidores del Liverpool se aprietan en las gradas del Kop cantando a coro en multitud She Loves You, de los Beatles. En esos días se metían 28.000 personas sólo en ese fondo y eran estrictamente un solo cuerpo, de tan apretados que estaban: se movían juntos, en un oleaje de carne que amenazaba la tragedia. Aquel partido del documental fue un 5-0 al Arsenal con el cual el Liverpool dirigido por Bill Shankly ganó la Liga inglesa. Cuando ganaba un título, Shankly siempre vestía una camisa roja bajo el traje; y al caminar hacia el centro del campo para saludar, rodeado de fotógrafos, con deleite se sacaba la americana, la ponía en su antebrazo y la multitud enloquecía al verle la camisa roja. En 1994, cuando el Kop fue demolido para construir una grada de asientos, hubo un homenaje a todos los grandes de la historia del club. Joe Fagan, el último entrenador antes de Rafa Benítez en darle una Copa de Europa al Liverpool, salió al césped del brazo de las viudas de Bill Shankly y Bob Paisley, los iniciadores de la saga. El Kop estalló en su grito preferido: "Shankly, Shankly, Shankly, Shankly, Shankly...!". Hey, hey hey... Caaaalm down, lads! (clásica broma con acento scouser).
No hay casualidad en las casualidades. Gerrard Marsden y Steve Gerrard. Gerrard and The Pacemakers incendiaron el Camp Nou anoche. Tomás Guasch me decía la otra tarde que él veía venir el hundimiento frente a los reds, la derrota posterior en la Copa y el derrumbe absoluto, general e indetenible del Barcelona de Rijkaard. El final de un ciclo. Todo lo que acaba, acaba mal, canta Calamaro con su coherente simplicidad. Gerry y sus Pacemakers (Bellamy, Kuyt, Riise, Xabi Alonso, Reina) tienen al Barça en el cadalso. Vamos a ver cuánto aguanta un equipo en el que todo el mundo habla de los que no están más que de los que están. En el que Rijkaard deja con el culo al aire a Etoo, Etoo insulta a Rijkaard y Ronaldinho, luego viene el beso de Judas, más tarde Deco deja claro en qué bando está al darle la bienvenida a Messi, Rijkaard niega que se vaya a marchar al final de la temporada... Y mientras Silva, Villa y los Pacemakers van poniendo bombas. Todo el mundo sabe que habrá salidas, que ya no pueden seguir juntos. Etoo, Rijkaard o Ronaldinho. Alguno se irá. Los que están cerca dicen que será Etoo y, es más, sospechan que se irá al Real Madrid. Lo pueden decir con la boca pequeña, pero esa posibilidad es la más coherente con un tipo como Etoo. El Madrid o la Liga inglesa, creo yo. Tomás siempre tiene razón.
Vi al Liverpool cargarse al Barcelona. Aún a medias, pero suficiente para un equipo que arde en lenta combustión hace tiempo. No supe qué sentir, porque el Liverpool y el Barcelona son los otros equipos de mi infancia y primera adolescencia. Les tengo una consideración especial: para Andy, soy un bloody scouser, un maldito Liv'pool fan. Entre el Madrid, el Bayern Munich y el Liverpool, que en los años setenta marcaban el canon, yo preferí el Liverpool. Luego vendrían los Beatles y todo lo demás (siempre gracias a Gonzalo), la anglofilia y la visita a Anfield y todo eso. En el 95, cuando vivía en Londres, vi a John Barnes pegarle un balonazo de horror a mi chica en la espalda en un partido en el campo del Chelsea. Para un día que la llevo al fútbol... Yo consideraba que un balonazo de John Barnes podía ser algo honorable, pero a la pobre la mató. Llovió toda la tarde y el Liverpool perdió. Más adelante, en Highbury, lo vi ganar 0-1 y cantamos el YNWA en las gradas del Arsenal. Mimetismo divertido. En la televisión, al principio, eran siempre Rexach y Terry McDermott. Urruti y Ray Clemence. Maradona y Steve Heighway. Asensi y Emlyn Hughes. Víctor Muñoz y John Barnes. Krankl e Ian Rush. Cruyff y Kenny Dalglish. Sobre todo Cruyff y Dalglish.
Villa los preparó para lo que viene. Gerrard and the Pacemakers les dieron anoche la segunda tunda. La tercera se la preparamos nosotros para el miércoles. Voy a ponerme para ese partido la camiseta ceñidita de César Láinez y encima una del Liverpool de los sesenta. Y si con eso no basta para mandarlos a la cuneta... ¡que vuelva Yordi!
24/02/2007
Las cosas que escribían los hombres que lucharon

Hay un par de cosas que nunca he hecho y cuya generalizada práctica me produce una gran extrañeza: ver la gala de los Goya por televisión y hacer quinielas de los Oscar. Ah, no, eran tres: la otra es esquiar, pero de esa ya no debo preocuparme porque la nieve sólo existe en los telediarios, ha desaparecido como hecho social y aun meteorológico. He razonado que el motivo de mi desafecto con goyas y oscars resulta común. No me interesan los premios ni los méritos desgranados de las películas, sino el necesario acto de justicia poética de la industria con los hombres que han hecho del cine una de las posibilidades de felicidad -y digo felicidad, no entretenimiento- más sencillas del mundo. En el cine yo no busco pasar una tarde, gastar un rato, ver a una tía buena o encontrar un par de argumentos para la próxima cena. Yo busco directamente la felicidad. Dado que esa es mi forma de ver los Oscar, los Goya no me interesan para nada. Ni como premios, ni como actos de justicia poética. Salvo que Berlanga, Luis Ciges, José Luis López Vázquez, Manolo Gómez Bur, Manuel Alexandre, Lola Gaos, Florinda Chico y Paco Martínez Soria se presentaran todos los años. ¿Paco Martínez Soria? Sí. Un grande y se lo rebato al que haga falta. Me he dejado a Fernando Esteso: por Esteso cruzo yo acero con quien tenga huevos en la arboleda de Macanaz (como ocurría cuando esta ciudad era noble; o sea, antes de que Belloch y la pianista hicieran de alcalde).
Así que no voy a hacer una quiniela de los Oscar. Entre otras cosas porque no he visto todas las películas y ya no me interesa verlas. Lo voy a decir claro y rápido para que no haya dudas: yo quiero que gane Martin Scorsese. Y quiero que gane Martin Scorsese, Infiltrados, por justicia poética y también cinematográfica. Porque me parecen la mejor película (potente, trepidante, emotiva, oscura, jodida, violenta, interpretada con grandeza, real y si no es real es una estupenda mentira mejor aún que la realidad, devoradora, malditamente poética) y el mejor director. Por razón de simpatía y de verdad. Y sobre todo porque de las otras sólo he visto Babel y Cartas desde Iwo Jima. Sólo hay otra película de este año que me haya puesto al borde del asiento, y fue United 93. Y la historia de la chica japonesa en Babel. Si Babel fuera sólo la historia de la japonesa sordomuda, se lo daba. Pero no, hay más. Así que Infiltrados (The Departed, título mucho mejor) y Scorsese. Y si acaso, que el de mejor director se lo den a Paul Greengrass, de United 93. Porque ese hijo de puta me proporcionó la experiencia de cine más intensa de los últimos años. Ves la película y no estás viendo la película, una recreación de una de las tragedias del 11-S. Estás viendo la verdad. Y ver la verdad es horrible pero, como cine, resulta maravilloso. Porque cuando sientes que has de llamar hijo de puta a alguien con plena admiración, es que te ha arrebatado. (Inciso: cuando volví la última página de El amor en los tiempos del cólera, cerré el libro y le dediqué tres "¡hijo de puta!" exclamatorios a Gabriel García Márquez).
Antes veía siempre los Oscar. Ahora ya no los veo porque ya no creo. Porque no puedo soportar la cantidad de películas olvidables que han ganado. Y no es que hayan ganado, es que se han pasado la justicia poética por la entrepierna. Se han descojonado de mi felicidad. Y yo eso no lo admito. No puedo aguantar que Shakespeare Enamorado, inane globo de celofán, le ganara a La Delgada Línea Roja, uno de los versos más hermosos, profundos, extensos y largos (sobre todo largos, y ojalá durase 16 horas) que se hayan filmado sobre la guerra. Nadie recuerda Shakespeare Enamorado. Nadie recuerda Chicago. Y no puedo soportar que Chicago venciera a Gangs of New York. Nadie recordará Chicago, pero Gangs of New York formará parte de la historia del cine aunque tenga que lograrlo yo solo, y eso que a Scorsese se le fue de las manos y le quedó contrahecha. Pero hay más cine y más grandeza y más felicidad en un solo minuto de Gangs of New York que en todo el metraje de Chicago. Un musical entretenido derrotando a una epopeya de mirada excelsa, dónde se ha visto eso. Lo raro es hacer un musical coñazo, claro. Si el año pasado llega a ganar la acaramelada Brokeback Mountain me da algo. Menos mal que salió Crash. La historia de los Oscar está llena de injusticias y películas olvidables. Gandhi, Carros de Fuego, Amadeus... Todas excelentes sí pero... ¿las verías un par de veces por semana? Yo vería un par de veces por semana Infiltrados y United 93. Million Dollar Baby, Mistyc River, Annie Hall y Centauros del desierto. Casablanca la vería hasta tres o cuatro veces por semana, según como cayeran los días libres... Después de mucho pensar sobre el cine, he llegado a la simplificación total: las mejores películas son las que vería tres veces por semana sin inmutarme. Y no me hablen de nada más. A la mierda la cinefilia. El apartamento. El graduado. Vería ese tipo de cosas. Cuatro, cinco veces por semana. El hombre tranquilo, casi todos los días. El tercer hombre... las que hiciera falta. ¿Cartas desde Iwo Jima? No, mire... déjeme descansar unos días. ¿Brokeback Mountain? Estoooo... me he dejado un grifo abierto. Más injusticias: Charlie Chaplin, Orson Welles, Stanley Kubrick o Alfred Hichtcock nunca ganaron el Oscar. Paso de consultar mi enciclopedia para ver quién se llevó los premios en los años en que estuvieron nominados. No es necesario. Sé de sobra que un segundo de Orson Welles en Sed de Mal basta para derrotar al 80% de la historia del cine, pero... Sólo por eso, le deberían haber entregado un Oscar con cualquier excusa. No uno de esos honoríficos, no. Uno a cualquier basura de película que hiciese. Si es que la hay, que no la encuentro.
Anexo: Respecto a Clint Eastwood y sus iwojimas, las he visto las dos. Desde luego le sale mucho mejor la japonesa, pero no sé si es que yo estoy algo reseco por dentro últimamente o qué pasa. Ninguna de las dos me ha convencido plenamente, aunque a su manera las dos son muy grandes porque explican lo que siempre me pareció más terrible de las guerras: que no hay razones íntimas para ir a la guerra. Que no hay héroes. Que no hay gloria. Esa simpleza supone la gran tragedia del hecho bélico, bien rescatada por el cine en los últimos 30 o 40 años, con ejemplos que menudean. Recomiendo leer Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama, 1993), una extraordinaria historia del soldado Tim O'Brien sobre la valentía y la cobardía, la equivocación de esos dos términos y las tragedias íntimas de los hombres que van a la batalla. Para mí, Cartas desde Iwo Jima se podría llamar Las cosas que escribieron los hombres que lucharon. Le recortaría el prólogo y parte del nudo, que se me empastan un poco, y mira que a mí es difícil que se me haga larga una película. Lo haría bajo la conciencia de esta contradicción que tal vez anula mi juicio: todas las escenas parecen necesarias, todas dan la impresión de contar una verdad ineludible. El guión defiende el lado más débil, menos fuerte, de una película grande como ésta. El tramo final me parece absolutamente formidable. Los dos protagonistas, el general Kuribayashi y Saigo, el recluta patoso, están magníficos.
Clint Eastwood tiene una mirada soberbia, distinta. Ya lo he dicho antes. El más grande de la actualidad en todos los órdenes. Pero por favor, que gane Scorsese. Por mi pequeña felicidad...
25/02/2007
Croke Park... y el mejor deporte del mundo

Irlanda le ganó 49-13 ayer a Inglaterra en Croke Park. O'Gara dejó sentado que, libra por libra, es mejor medio de apertura que Jonny Wilkinson; O'Connell no tuvo rival en la segunda línea y la tercera irlandesa estuvo para subirla a un pedestal. Pero lo más importante fue la demostración de que el rugby es el mejor deporte del mundo, el que a pesar de todas sus evoluciones conserva un espíritu original que está por encima del comercio y la competencia, que remite a los valores esenciales de cualquier juego. La historia de Croke Park es terrible y está hecha de sangre y batalla callejera. Ahora, gracias a la gente del rugby, la cubre un silencio de paz y respeto. Una vez escribí que jugar un partido de rugby es como ir al ejército con tus amigos de la infancia, con la conciencia plena de que puedes entregar tu sangre por ellos y que ellos la entregarán por ti. Es verdad, a veces hay sangre y hay peleas, pero nadie pierde de vista lo fundamental: el respeto por quienes están enfrente, y la observación de los valores contenidos en el juego desde su nacimiento, valores que trascienden la camiseta, el balón, el resultado y ese partido concreto. Dejo que otros periodistas cuenten la historia de Croke Park. Yo me emocioné de nuevo ayer con el rugby, y me ha ocurrido con frecuencia desde que empecé a verlo y jugarlo. Me emocioné porque supe sin dudas que, como sospechaba tantas veces en los vestuarios, he vivido y he jugado el mejor deporte posible.
"Irlanda recibió con un cerrado aplauso a los rivales y escuchó con respeto su himno. Fue un gesto de reconciliación que jamás se habría logrado en un despacho".
Fernando Ornat, en Equipo.
"Irlanda enterró sus viejos fantasmas... y a Inglaterra".
Fermín de la Calle, en AS.
"En Dublín no habló ningún político. Habló la gente con su silencio y nos dieron una lección de cómo debería ser una sociedad que aspira a conseguir la paz".
Juanjo Vispe, en AS
26/02/2007
¡Yes!

Sí. Marty. Infiltrados. Sí. Por fin. ¡¡¡¡Grandísimo!!!!!
En tiempo real voy a ir agregando a este somniloquio algunas apreciaciones posteriores que se me ocurren conformo leo y oigo reacciones en torno a los Oscar.
- Hablar de cine, saber de cine... ¿En qué consiste exactamente eso? El cine, y los Oscar en concreto, constituyen el caso más similar que conozco del célebre fenómeno de "todos somos entrenadores y tenemos nuestro propio equipo", tan clásico en el fútbol. Me fascina la cantidad de opiniones diferentes que genera un jugador y la cantidad de sensaciones distintas que deja una película. Ya no voy a decir entre nosotros, los movie-goers de la calle. No, también entre los críticos... Carlos Boyero dice sobre Infiltrados: "Yo no dormía pensando en verla. Durante los 15 primeros minutos creí con inmenso placer que Uno de los nuestros y Casino iban a tener una continuación a su altura. Mi desencanto fue grande. Me parece liosa, fría, ninguno de sus personajes consigue hipnotizarme, no aguanto a Nicholson. Pero es probable que yo tuviera un mal día o que no me enterara de nada. A los amigos que la han visto les fascina. Y le juro que tenía más ganas que nadie de enamorarme de Infiltrados". Oti la considera "la mejor película de Scorsese desde Casino, y tal vez desde alguna antes". Jordi Costa, en El País, la contraponía con interés peyorativo al original de Hong-Kong, Infernal Affairs, y acusaba a Scorsese de ocultar con cierta deliberación esa referencia. El demoledor último párrafo de su ensayo-reportaje, dice así: "Infiltrados marca las distancias con el original desde su hipertrófico metraje: 151 minutos ante los concisos 97 del original. Los primeros 10 minutos de la película -con Jack Nicholson desgranando el credo mafioso de Frank Costello- anuncian un resultado capaz de medirse con Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995), pero la promesa se incumple pronto. Infiltrados acaba siendo una versión hinchada de Infernal affairs, en la que Nicholson se desmanda, los dos personajes femeninos se funden en la figura de la psiquiatra y el desenlace esquiva la perturbadora amoralidad del original. Quizá porque, en la figura de ese mafioso infiltrado que decide ser policía, el cineasta intuyó una premonición de sí mismo: alguien que iba a triunfar guardando unos cuantos esqueletos (cinéfilos) en el armario". Se podría pensar que es animadversión, pero generosamente yo me inclino por la honestidad. En cualquier caso... generoso hostión, vive Dios.
- Sobre Marty. Yo ya había proclamado mi deseo de que Scorsese ganara. Pero ahora lo pienso dos veces y me duele que haya ganado con una película que me gusta, y mucho, pero que no alcanza ni de cerca a mis dos favoritas de este director: Taxi Driver y Goodfellas (Uno de los nuestros), que en mi opinión constituyen sus cumbres, seguidas muy de cerca por Casino y Toro Salvaje y algo más allá por El Color del Dinero. Acabo de leer en La Vanguardia (estupendo suplemento de 16 páginas sobre los Oscar) que se pasó el obsesivo y accidentado rodaje de Toro Salvaje escuchando a The Clash encerrado en su caravana... Formidable. Ya he dicho también que considero Gangs of New York y El Aviador dos películas soberbias, un tanto incomprendidas y un tanto contrahechas. Fallidas, pero grandes. Para quien quiera considerarlas obras menores en la filmografía de Scorsese, que recuerde Al límite (que aún estoy intentando comprender) y Kundun. Y no me bajo de la burra: No direction home, su documental sobre los primeros años de la carrera de Bob Dylan, está entre lo más grande que ha hecho.
- La clase del 70. Coppola, Spielberg y Lucas le entregaron el Oscar a Scorsese. Foto gloriosa de cuatro hombres que han hecho, con Clint Eastwood y seguramente Woody Allen, lo mejor del cine en los últimos 35 años.
- Iñárritu y Arriaga, en la Torre de Babel. Leo que el director y el guionista han partido peras, animosos por educadas rencillas artístico-autorales. El maldito parné o su alter ego, la pérfida fama. Dejan tras de sí una trilogía (Amores Perros, 21 gramos y Babel) que agita corazón y conciencia en el mismo puchero. A medio camino entre el artificio narrativo y la verdad argumental, las películas de esta pareja han redefinido la posición del cine hispano (generalización ventajosa en el mejor de los casos, y magnánima en el mejor) y el modo de relatar las minuciosas derrotas morales del hombre moderno. La frase ha quedado ampulosa, pero ciertas cosas no se pueden decir con sencillez sin caer en lo burdo. Para el futuro le deseo a Iñárritu una narración lineal, a ver qué tal le sale...
- El papanatismo. La imagen de Penélope Cruz casi gritándoles a los periodistas en una rueda de prensa "¡Que no os empeñéis, que no me lo van a dar!" define el estado de papanatismo de los medios en los últimos días. ¿Los abduce a todos Almodóvar o qué les pasa? Eduardo Mendicutti proclamaba ayer en una febril Carta a Penélope (con copia a Pedro Almodóvar): "Luego, nuestro Oscar se lo llevó la señora Mirren. Bueno, no es que la señora Mirren se colase contigo en la toilette y, en un descuido tuyo, te birlase la estatuilla, como una choriza cualquiera. Pero sí que ha tenido algo de azarosa cleptomanía el hecho de que tu Oscar, nuestro Oscar, lo haya ganado otra". Me pregunto a quién convoca el "nuestro". ¿A Penélope y Mendicutti? ¿A los dós más Almodóvar? ¿A la España toda?
- El papanatismo II. Como los españoles (los pocos que quedamos) siempre tenemos que ganar aunque no ganemos, nos apuntamos sin lugar a dudas la victoria de la elegancia: Penélope fue la mejor vestida. Faltaría más. Y eso que sacó el Versace suplente por una cuestión de cremalleras del titular (cuenta Mendicutti, siempre atento al detalle), que si saca el titular, las demás ni van. A mí esta parte de las crónicas de los Oscar me pone enfermo, pero vamos... yo soy un inadaptado. El Oscar de la alfombra roja, he llegado a leer. Si fuera andrajosa diríamos que ole ahí la espontaneidad de Raimunda. Somos los grandes campeones de la victoria moral.
- El papanatismo III. A todo el mundo le encantó la transmisión de los Oscar de Angels Barceló, Jaume Figueras y un afectado colaborador cuyo nombre no recuerdo. En el instante en el que Angels pronunció Ariadna Llill el nombre de la risueña Ariadna Gil, busqué si Canal+ daba la opción de escuchar la transmisión original de la ABC americana. Pero no. Me pasé a la radio corriendo y los chicos de Lo Que Yo Te Diga me calmaron como un valium. Yo soy primario, oiga usted. Las relaciones bilaterales (que pronto serán unilaterales, en cuanto les den cinco minutos) no las llevo bien.
- Hijos de la Logse. Me sorprendió que El Mundo abriese su información sobre los Oscar con los premios a la dirección artística y el maquillaje. El motivo, que eran españoles. No y no. Sólo veo un enfoque posible (el doble triunfo de Scorsese) y dos probables (las derrotas de Penélope y Babel). Lo otro recae en el vicio Logse, a saber: que en Cataluña se estudie un descubrimiento de América en el que el protagonista ya no es Cristóbal Colón, sino un marinero de Mollerusa y otro de Villafranca del Penedés que se enrolaron en la tripulación de La Niña. Ejemplo tan figurado como real.
- Los actores. Billy Wilder decía que los actores que aspiran a un Oscar "deberían cojear o bien hacer de retrasados porque los académicos nunca ven al actor que se esfuerza al máximo y hace que parezca fácil". Forest Whitaker (actor formidable, por otro lado) y Helen Mirren prolongan la leyenda. Los personajes excesivos o históricos son los que triunfan. Nada es rotundamente cierto ni falso. Alfred Hitchcock consideraba a Gary Cooper el mejor actor posible porque era capaz de transmitir todas las emociones sin variar de forma sustancial la expresión de su rostro. Un mínimo ademán de la mirada le era suficiente. Ganó dos Oscar por El sargento York y Solo ante el peligro... Cary Grant, otro ejemplo palmario de la sencillez (más matizada, porque la comedia casi exige gestualidad, Buster Keaton aparte), está considerado por muchos como el mejor actor de la historia en cualquier orden. Lo nominaron por un par de papeles serios y, claro... no ganó.
- Maribel. Este año llegué muy poco preparado a los Oscar, de ahí que las reflexiones se prolonguen más de la cuenta. Anteanoche vi El Laberinto del Fauno. Es bonita, pero ninguna de sus dos caras me fascina: ni la fantástica ni la realista. Lo más perdurable es la interpretación de Maribel Verdú, que levanta con un trazo finísimo un personaje que apenas constituye un boceto. Lo mejor es que lo hace sin grandes alardes compositivos. Viéndola he sufrido una epifanía casi violenta de tan rotunda: me he dado cuenta de que Maribel Verdú es la mejor actriz española de su generación y las siguientes, con varios cuerpos de ventaja. Y que con los años, cuando vaya redondeando su carrera y la atrape ese estado de gracia advertida por los demás (generalmente conocida por madurez) habremos de admitirla como una de las más importantes de todos los tiempos en este país. Y lo habrá hecho sin dar un ruido, sin un solo énfasis fuera de lugar, sin reclamar ningún tipo de notoriedad más allá de la pantalla. Puede que mi epifanía resulte exagerada, pero yo la veo clarísima.
- Rayito de sol. Little Miss Sunshine es esa película que nunca se olvida. Pequeña maravilla perfecta. Cuando uno quiere encontrarle debilidades, se da cuenta de que la propia búsqueda es una trampa. Claro que podría ser más grande y claro que a veces parece facilona, pero no sería mejor ni aumentando de tamaño sus miras ni metiéndole más complejidad. Entonces sería otra cosa. Así, tal y como es, está perfecta. Tiene el tamaño adecuado para formar parte de nuestras vidas.
(continuará... o no. Ya no lo sé)

