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01/07/2007
Desorden - Dsedoern

Sgeun un etsduio raeilazdo pro una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esetn ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee dseroedndas y la mnete hmauna aun srea cpaaz de lerelo sin pobrleams.
Etso se dbee a qeu nsuerto crebero no lee cada ltera por si msima, snio qeu lee lsa paalrbas cmoo un tdoo.
08/07/2007
Fin de la película

Los Multicines Buñuel cerraron el viernes para no abrir nunca más. Hace tiempo que dejaron de ser rentables, cuentan; hace tiempo que eran pequeños e incómodos, contamos. Nos pondremos románticos por la pérdida de otro cine, pero uno ha visto desaparecer ya tantas salas (y otras muchas cosas) en la ciudad que acepta este penúltimo extravío como parte del proceso de demolición silenciosa de la Zaragoza de los setenta, la de mi infancia o de la adolescencia que venía. Con permiso, a mí me gustaba más aquella Zaragoza, como los muchachos de ahora preferirán la que tienen a la futura, supongo. Y si no, serán unos desgraciados sin sentimientos, posibilidad cada vez más probable.
Los cines significaban sólo una parte más de ese paisaje perdido, pero una parte principal porque en un cine ocurre literalmente de todo. En la pantalla y en el patio de butacas. En ese tiempo todo me parecía posible. El pozo San Lázaro se tragaba autobuses enteros; contaban que comunicaba con Tortosa por un túnel largo y de aguas impenetrables; el oso giraba sobre sí mismo entre los barrotes en el parque Bruil; los Bordini descendían desde la torre de La Seo al centro de la plaza del Pilar, subidos en motos veloces, por un delgado cable de plata; en el edificio Trovador estaba Sementales y olíamos a los caballos desde lejos y mirábamos sus sombras moverse a través de los ventanucos cuadrados. Los sábados íbamos a patinar sobre hielo al Ibón, en Requeté Aragonés. Las ferias las ponían en Tenor Fleta, a la vuelta del colegio de los Agustinos. Y detrás sólo se veía ya la bendita huerta y el bendito tomate de Zaragoza. Lo diferencial de la Zaragoza de los setenta, como demuestran estas líneas, es que constituía un espacio privadamente ilusorio, innegable a pesar del tiempo, que juega a reforzar esa impresión en lugar de negarla con un barniz racional. Esa posibilidad mágica se manifestaba en los lugares más insospechados. Como en los los bancos: el Zaragozano, el Banco de España, el Central y el Hispano-Americano, todos en la plaza de España y sus alrededores. De muy niño, mi abuela Pilar me entraba a los bancos a primera hora de la mañana, antes de llevarme al colegio. Yo se lo pedía. Me gustaba la grandiosidad interior de los bancos y el trasiego de gente, las filas, el murmullo de las operaciones, el mármol de los suelos y las grandilocuentes fachadas. Esto me lo explico ahora, porque jamás he logrado entender esa fascinación irrecuperable. Ahora no entro en un banco ni a tiros. Me siento incómodo. No entiendo nada. Tengo miedo. Me animé un poco a mejorar la frecuencia tras coincidir con una cajera de prácticas que atendía con juvenil ternura en medio de un mundo como ese; pero un día la convirtieron en comercial, se recortó el flequillo recto y me empezó a insinuar operaciones con el dinero que tenía en las cuentas, cuyas cifras ponderó con mirada suculenta; después me dijo que su novio era Policía Local y, como yo tenía el coche mal aparcado, salí pitando...
Estaban los bancos pero también los coches en la calle Alfonso; aún no existía el afán peatonalizador y los ciudadanos del centro histórico todavía podíamos aparcar en algún lado. Funcionaban las churrerías, las papelerías especializadas, La Reina de las Tintas, los taxis negros con la banda amarilla, el 1.500 de mi padre, el apogeo feliz de Helios y Casa Blas en Ranillas, cuando Ranillas era Ranillas y detrás ya sólo estaban Kasan y la huerta. Ranillas era casi un barrio rural pegado a la ciudad, con casitas bajas, acequias y puertas de colores; nada que ver con esos edificios que levantan ahora, de a millón el metro cuadrado porque un poco más abajo, en el meandro, van a hacer una exhibición. Me gustaba la Zaragoza de la motonáutica en el río, los cabezudos corriendo de verdad, con trallas de verdad, no esa mariconada de ahora... Los días en que cada uno podía ir al colegio que le diera la gana a sus padres (y aun a él mismo); la de los carteles luminosos de Avecrem en la fachada del Tubo, la de Las Vegas 1 y 2, el Café Brasil, el chocolate con churros del Ceres, la caña con limón de Los Espumosos y el Casino Mercantil. Cuando el centro era el centro y se terminaba en la plaza de Aragón. Zaragoza era entonces una ciudad sencilla, cómoda en su provincianismo, imperfecta pero consciente de las obligaciones a las que forzaba esa imperfección: es decir, no estrangular a los ciudadanos, no cobrarles como cinco estrellas lo que todos sabíamos que era, y es, tres estrellas. No digo que fuera mejor. Pero sincera y románticamente digo que prefería aquello; que cada día aguanto peor esta mentira de grandeza expositiva y ventajista que nos atropella, que dispara los precios y las ínfulas y los beneficios y los billetes bajo mano a políticos de colegio privado y bicicleta ecológica. Ranillas siempre será Ranillas; a millón el metro cuadrado... pero Ranillas. Me pregunto cuándo empezó todo. Si fue cuando desaparecieron los jardines de la plaza del Pilar; en el momento en que alguien dibujó el ACTUR sobre un papel; cuando finalizó aquella guerra civil de cuatro días en la avenida de los Pirineos, una franja de Gaza por la que volaban el cierzo y las pelotas de goma, ardían contenedores, neumáticos, chabolas y armas de fuego. Decían que a los antidisturbios los reclutaban en Burgos, en Logroño y en Pamplona, y que salían de las camionetas drogados y en trance feroz, para reducir a cañonazos a aquella población embrutecida de alaridos y fuego.
Nuestro único centro comercial era el Caracol. Pero teníamos huerta, cines y tomate. Ahora han desaparecido los Buñuel como antes perdimos el Pax, el cine del arzobispado (donde veíamos de niños re estrenos de Disney, donde me enfurruñé porque me llevaron mis padres a ver Sonrisas y Lágrimas, cuando yo quería ir a Los Locos de Cannonball). O como perdimos el Cine Dorado (allí vi Sandokán, la película), el Cine Latino (Grease y, sobre todo, Rocky, dos películas que me marcaron y en las que repetí); el Cine Victoria, en el inicio de lo que entonces aún era la calle General Franco y ahora Conde de Aranda: una high-street de inmigración variada que deja caer las horas en las esquinas o recorre las aceras con paso insomne. Ese escenario me recuerda las ásperas avenidas centrales del barrio de Kilburn, en el norte de Londres. En el Cine Victoria mi hermano y yo veíamos todas las de kung-fu de la época, El Mono Borracho en el Ojo del Tigre, Operación Dragón, Karate a Muerte en Bangkok: Bruce-Lee, Jackie Chan, Chuck Norris... esas cosas que componían el cine de Hong-Kong, antes de que Zhang Yimou y Tarantino se lo tomaran en serio y en plan trascendental y tuviéramos que comernos Tigre y Dragón, o La Casa de las Dagas Voladoras. Desapareció también el Cine Palacio, donde estrenaron una película que nunca vi pero que siempre me obsesionó, Holocausto Caníbal, un mito-leyenda urbana-documental sobre un grupo de periodistas empalados y devorados por una tribu de caníbales en alguna selva perdida. Ahora la imagen del empalamiento culero, con algunas caras de periodistas bien concretas, me resulta dichosa. En el Cine Arlequín, que estaba a la vuelta de casa y antes se había llamado Cine Fuenclara, me colaba furtivamente en la adolescencia para ver películas 'S', como la imperdible Fanny Hill. Aunque también recuerdo allí El expreso de Chicago, con Gene Wilder y Richard Prior, una pareja de cárcel se mire por donde se mire. Perdimos el Cine Mola hace menos tiempo (tantas películas..., un patio de butacas largo, estrecho y de suelo convexo); nos quedamos sin el Quijote, que era un prodigio de modernidad en su tiempo, con su pantalla curvada y los asientos enormes y mullidos como butacas de avión de primera clase. Perdimos el Cine París (La Guerra de Papá, con aquel Lolo García); perdimos el Rex, el Cine Goya (vi Granujas a todo ritmo y luego, no sé por qué, recuerdo la dimisión de Adolfo Suárez, que ha sido el único presidente que me ha gustado, y mira que yo era un niño y no entendía nada, pero me fascinaba...); cerraron el Coliseo Equitativa (¿qué quería decir el Equitativa?), el trío Aragón-Iris-Actualidades, luego sólo Cines Aragón; hicieron del Roxy una Sala X y el Cine Norte murió bajo la piqueta después de haber muerto mucho antes. Perdimos el Fleta (que es un vacío negro y doloroso como una muela sin empaste), y el Argensola, del que casi ni me puedo acordar.
Nos quedan el Elíseos y el Cervantes. Y todo lo demás son multisalas de las que nunca sé bien qué pensar, porque se oye mejor, son más cómodas y a mí el cine me gusta en cualquier circunstancia y lugar. Lo que no soporto es tener que salir del centro para ir al centro comercial. Suelo recordar sin dificultad en qué cine y con quién vi una película cualquiera, si es que no fui solo. Y lo hago con bastante precisión. Durante estos últimos años yo también había dejado de visitar los Buñuel, donde precisamente conseguí al final ver Los Locos de Cannonball; la última película que presencié allí, hace unos pocos meses, fue Little Miss Sunshine. Feliz despedida. El viernes hubo quien confundió la nostalgia y acudió a los Buñuel a decir adiós en la última sesión. Las empleadas que se van al paro y no pierden sólo un cine, sino también un trabajo en un cine, comentaban con amargura: "Ya podían haber venido antes, y así no los cerrarían". O tal vez sí los cerrarían, porque debe regir en el paso del tiempo un imperativo que obliga a la ciudad a devorarse a sí misma por falta de clientela o desinterés o demasiados intereses. Me jode mucho que los hayan cerrado. Me repatea que Buñuel ya no tenga unos cines con su nombre en mi ciudad. Querría que siguieran abiertos aunque no fuese nadie, ni yo mismo. Tampoco voy a los bancos, y ahí siguen...
[Foto: el cartelón de los Cines Goya, ya cerrados también. Nunca hasta ahora había reparado en cuánto me gusta...].
10/07/2007
Sueños de fútbol

Llevo dos noches seguidas soñando que ficho por el Ajax de Amsterdam. Por extraño que os pueda parecer, la cosa va bien y es muy probable que los holandeses hagan una oferta en firme y se cierre en las próximas horas, como dirían en la prensa deportiva. Yo no sabía nada. La primera noticia que tuve, muy avanzada la madrugada del lunes, fue un llamado de cierto periodista de aquel país, con el que me entendí sorprendentemente bien teniendo en cuenta que yo jamás en mi vida he hablado neerlandés. Ya se sabe que el fútbol es un idioma universal. El tipo me preguntó si sabía algo del interés del Ajax por contratarme y, si bien me pilló por sorpresa (me extrañó que el hombre tuviera mi móvil, pero estos periodistas siempre consiguen el móvil de la gente), pronto me recompuse para decirle lo que se suele decir en estos casos:
-Mira, chato -me pareció que el tratamiento correspondía teniendo en cuenta lo altos y rubios que vienen siendo los holandeses-. Yo me debo al Zaragoza. Lo primero que tienen que hacer es hablar con mi club.
-¿Pero no te ha llamado nadie del Ajax?
-No, conmigo no ha hablado nadie. Yo sólo pienso en empezar la pretemporada con mi equipo y en clasificarnos el año que viene para la Champions... si hay pitera.
Quedamos en que me volvería a llamar. Mientras nos despedíamos, anoté mentalmente (de forma muy realista para un sueño) que he de buscarme representante, y qué mejor que el gran Petón, que hace unos contratos de ensueño. Si no, me fichará el Ajax por 2.000 euros mensuales en fijo discontinuo y no habremos mejorado casi nada. Y todos los veranos, al paro. Digo.
La segunda noche ya ha habido conversaciones más serias con el Ajax. El periodista me ha vuelto a llamar, y luego ya no les he cogido más el teléfono porque la cosa era de no parar y así no hay forma de dormir. Plf no me ha llamado y eso sí demuestra que todo era un sueño. La verdad es que al despertar esta mañana me acordaba de todos los detalles de la negociación, pero conforme la vigilia se ha impuesto, se me ha ido desvaneciendo la memoria y ahora no me acuerdo de nada. Pero sé que la cosa avanza. Advierto que vosotros y algún periodista borde os vais a preguntar cómo puede pretender el Ajax, un prodigio de trabajo con la cantera en todos los rincones del mundo, a un tipo (blanco) próximo a la crisis de la mediana edad (si no inmerso por completo en ella) y algo pasadito de peso. Os creéis muy listos. Llevo seis meses corriendo casi una hora por los alrededores de la Expo, he bajado 25 kilos en el último año y ahora hasta puedo montar en bicicleta sin que las rodillas me toquen las tetas. Además, si uno ha visto jugar a Jan Molby en sus últimos años en el Liverpool o a Esquerdinha a su paso por el Zaragoza, no sé por qué ha de dudarse que yo cumpla mi papel de volante tapón en ese equipo. Jaap Stam está más calvo que mi culo y ahí sigue, repartiendo leña.
Todo esto es verdad. Lo he soñado minuciosamente dos noches seguidas. Llevo mucho tiempo jugando partidos en sueños, de cuando en cuando, con el Real Zaragoza. Algunos días estoy lento de cojones y no llego a una sola de las pelotas que me da Zapater, pero no es la forma física, es el efecto desesperante de las pesadillas. En mis sueños Aimar juega igual que en la realidad, ingrávido y gentil, como si corriera sobre la punta de los pies.
Confieso que me da miedo dormirme esta noche: si firmo por el Ajax, voy a echar mucho de menos La Romareda. Pero Petón me ha razonado que éste puede ser el último gran contrato de mi vida deportivo-freudiana y que hay que aprovechar. Me diréis sibarita, pero el Ajax me da pereza. Si al menos me hubiera llamado el Manchester United, podría ir a Rusholme un par de veces por semana a apretarme un curry como manda Visnu. Pero es que pasé dos semanas en Holanda hace unos años en una concentración de nuestro R. Z. y aborrecí todas las formas del queso de bola, las ensaladas con dressing en sobre, los gin-tonics en vaso mini y el perfil llano del país. La adaptación no será sencilla, pero yo soy un profesional. En cuanto llegue les casco en la rueda de prensa que mi sueño (de verdad) siempre fue jugar en el Ajax. Lo dicen todos.
[Foto: idolatría juvenil en el día de mi presentación onírica con el Real Zaragoza. Las gafas de sol os llamarán la atención, pero era julio y no veas lo que pega Lorenzo sobre el césped de La Romareda. Yo tengo los ojos claros y me afecta mucho. Creeréis que se me ha ido la bola: esto se llama Síndrome Petón, o la patología del periodista de AS en época de fichajes. De acuerdo a la literatura médica cursa con llamadas obsesivas y diarias a los mismos números y las mismas personas, para hacer las mismas preguntas del día anterior y el siguiente sobre los mismos nombres de los mismos futbolistas que pretende el mismo equipo. Lo menos que puedo hacer es expulsar los demonios soñando que me voy al Ajax. Después de la negociación con los holandeses, he soñado que jugaba un partido de rugby -de suplente, ojo..., eso es lo que lo distingue de la realidad- con el Seminario de Tarazona. Aunque toda mi familia estaba viéndome y yo me sentía preparado para salir, Carmelo no me ha puesto. Luego me ha desaparecido el móvil, con el que andaba jugueteando en el banquillo de la suplencia, me he descentrado y ya no estaba yo para melés ni hostias. No sé ni cómo ha terminado el partido... si es que ha terminado].
12/07/2007
La profecía del taxista

En estos cuatro años he escrito mucho sobre Gabriel Milito, por el que sentí indisimulada predilección desde antes de su llegada al Zaragoza. En Milito se da todo lo necesario en un jugador para hacerlo irresistible a la vista y la escritura: la prestancia de las formas, el carácter, eso que un amigo llama el poder de la argentinidad (tan apreciable para las descripciones de quien observa), el talento para competir y sobreponerse. Hay jugadores que son blandos, precisos para la semblanza y el elogio medido; otros resultan tan excesivamente perfectos que uno no puede hablar de ellos sin incurrir en el ditirambo o la promiscua exageración de floripondios. Diríamos que son más grandes que las palabras: ¿Cómo expresar a Maradona o a Michael Jordan? ¿Cómo añadirles matices a sus hechos, a su estilo, a las maravillas que frecuentan? ¿Qué decir de Ronaldinho o de Messi que no se haya dicho o suene a frase poética común? Con Milito no es así: se deja contar. Me gusta releer las cosas que he escrito de él, y eso no sucede ni con todos los futbolistas ni desde luego con todos los textos. Ahora que ya no pertenece al Zaragoza, siento por su marcha la misma nostalgia que he descubierto otras veces cuando se llevan a algunos futbolistas. No a todos. La primera vez me ocurrió con el Lobo Diarte, al que de niño nunca me gustó ver con las camisetas del Valencia o el Betis.
En estos cuatro años he conocido parcialmente a Gabriel Milito, con el que tuve una buena relación personal desde su llegada: siempre se portó de forma generosa conmigo en el día a día y cuando le pedí entrevistas que quería media España (literalmente), y él me las concedió. Más importante que eso es que ha jugado muy bien para el Zaragoza. Cuando uno trabaja tan cerca de los futbolistas, la relación se convierte en un extraño híbrido cambiante e imposible de descifrar. A Gabi yo lo he admirado como lo pueda admirar cualquier muchacho, con la misma ingenuidad, idéntico arrobo. Como despedida, voy a dejar consecutivamente un par de artículos de mi fondo de armario, los dos publicados en Heraldo. Este primero hace referencia a un pasaje personal: en el verano de 2003, mientras Gabi Milito era rechazado por el Madrid y luego venía al Zaragoza, estábamos en Buenos Aires. Bastaba nombrar Zaragoza para que todo el mundo nos hablase de Gabi Milito. Quizás este comienzo de su paso por el Zaragoza explique esa transferencia de afectos a la que me referí antes. Esta profecía de un taxista porteño quedó completa el día que el Zaragoza se enfrentó al Madrid galáctico en La Romareda y le empató en un choque vibrante en el que Milito estuvo formidable. Se cumplió a rajatabla y yo, rebasando los géneros, no me resistí a contarla.
La profecía del taxistaEl taxista de Buenos Aires era un visionario. Ni bien supo que veníamos de Zaragoza abrió fuego: "Aaaaah, Miliiiito... ¿Lo vieron jugar? ¡Pero es un jugadoraso!". Y ahí sin más, mientras le daba a la teclita del reloj -ese artilugio que en España, con afán anglosajón, llamamos taxímetro-, tomó por Alvear y anunció, como si no dijera nada: "El día que juegue contra Ronaldo le va a sacar todas. ¡Y guarda que no lo suba a un muro de alguna trompada...!". Era el pasado verano. Acabábamos de ver a Les Luthiers en el Teatro Coliseo de la capital argentina, o sea que traíamos la caja partida por el medio de tanto reír. Pero el tipo era un visionario, un sabio: aquel tachero era de no creer. En el largo camino hasta el 1.300 de Avenida Santa Fe comprendimos que su cabeza estaba vacía de fronteras, literalmente. Para empezar, él venía de padres italianos y su esposa, declaró, confesaba ascendencia polaca. Que un tipo así hubiera acabado conduciendo un taxi parecía una obligatoriedad del destino.
Esa misma convicción en el juego del Mariscal y en la atrocidad cometida por el Real Madrid al despacharlo la mostraron varios dependientes de tiendas de ropa deportiva, tres hippies que exponían cuadros en las mañanas de los sábados en Plaza Francia, el guardia jurado de la Recoleta que nos indicó cómo llegar a la tumba de Evita, un joven que oficiaba de mozo tras la barra de una despendolada fiesta de estudiantes -en una casa abandonada en la que un par de morochas bailaron la danza del vientre-, el del kiosko de los diarios, varios camareros en distintos establecimientos, un botones en el hotel de Península Valdés y el guía naturalista que nos explicó por qué las ballenas francas se reúnen en la playa del Doradillo. Y desde luego, todos los taxistas. (Todos no. Hubo uno -un tipo de 150 kilos que manejaba encajado entre el volante y el asiento- también italiano, loco por el automovilismo y que hinchaba por Ferrari. Podría haber sido el amigo grandote de Joe Pesci en Goodfellas. Otro, aún más increíble, confesó que no le gustaba el fútbol. Se confirma, así, que hay al menos una persona en toda la Argentina a la que no le importa la pelota...).
Pero al que nos ocupaba más arriba, sí. A pesar de su admiración por Milito, el tipo no era hincha de Independiente, no. Eso no es extraño. Para empezar, los taxistas argentinos nunca declaran de primeras su devoción. Es una táctica acabadísima. Usted les pregunta de qué equipo son e, invariablemente, la respuesta es ésta: "Del mejor equipo del mundo". Y se callan sin decir el nombre. De esa forma manifiestan de primeras su orgullo y, de paso, lo comprometen al cliente para dictaminar si sabe de fútbol o no sabe de fútbol. No hace falta decir que el juicio es subjetivo por demás: el tipo puede morir por Boca, River, San Lorenzo, Newell's (pronúnciese Ñuls), Olimpo, Temperley o Barda del Medio, digamos... pero si usted no acierta a-la-pri-me-ra, su credibilidad habrá quedado muy disminuida.
Me parece recordar que aquél apoyaba a Estudiantes. Podría ser, porque estaba tan loco como Bilardo y Verón juntos... Cuando enfilaba las últimas rectas de la avenida, esquivando autos de carril a carril como en un vídeojuego, nos contó su gran ocurrencia: construir un subterráneo desde Buenos Aires hasta Bariloche, el centro invernal de vacaciones por excelencia de Argentina, la Suiza de los Andes. Le hicimos notar algo que sin duda no ignoraba: la distancia entre un lugar y otro es como de 2.000 kilómetros. Su contestación aún me da vueltas en la cabeza: "¿Y? Piensen en el metro... Seguro que al tipo al que hace 150 años se le ocurrió que los trenes corrieran por debajo de las ciudades le dirían loco. Y ahora ya ve... un éxito. Además -apuntó-, cada 100 kilómetros podríamos montar centros comerciales donde se vendiera nafta y hubiese columpios para que jugaran los pibes". Ahí paró el reloj. Habíamos llegado.
Si la realidad tiene forma de espejo, como nos gustaría pensar, ese taxista le contará hoy a un cliente que Milito cumplió anteayer la profecía que él le hizo a un grupo de españoles. Le confirmo desde acá: "Maestro, el Gaby se las sacó todas a Ronaldo. Cuando lo vi arrojarse al suelo para impedirle un gol, pensé que lo subiría al alero de una trompada".
13/07/2007
Nota de prensa

Oficialmente os puedo confirmar que el Ajax no se ha puesto directamente en contacto conmigo en ninguna de las tres últimas noches, ni me ha llamado el periodista que tan insistentemente se interesó por el asunto las dos primeras noches. Se ve que todo era un sueño. De forma borgiana me pregunto si soy yo quien soñó que un periodista me llamaba para preguntarme si iba a fichar por el Ajax, o si en realidad fue ese periodista el que me soñó a mí, de forma minuciosa, con todos los detalles, mi confusa vida, los deseos y anhelos incluidos. Cabe inferir si todos, y el propio mundo, no seremos sino un sueño que sueñan los dioses, como propuso alguien...
En la tercera noche no ocurrió nada. En la cuarta noche soñé que jugaba el Mundial de la inmigración (yo, inmigrante de mí mismo, supongo) entre escombros y bajo un puente. Debe haber sido bajo el puente de Hierro. La pelota estaba deshilachada por las costuras y nosotros éramos alternativamente viejos y niños. En todas las imágenes teníamos la cara sucia.
14/07/2007
En defensa de la (mal llamada) pereza

Boswell: "Nos cansamos cuando no hacemos nada".
Johnson: "Eso sucede, señor, porque, como los demás están atareados, queremos compañía; pero si no hiciéramos nada, nadie se cansaría: nos entretendríamos los unos a los otros".
('La vida del doctor Samuel Johnson', de James Boswell).
"La mal llamada pereza, que no consiste en hacer nada, sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los formularios dogmáticos de la clase dirigente, tiene tanto derecho a hacerse valer como la laboriosidad".
('Apología de la pereza', de Robert Louis Stevenson).
[Imagen: Un grabado de la época retrata a James Boswell y el doctor Samuel Johnson, alegres y sentenciosos genios, paseando por la High Street de Edimburgo].
Aga...pitera

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Ayala por Milito. La bomba del verano. El Real Zaragoza pagará mañana la cláusula de rescisión del capitán de Argentina -ya se lo ha comunicado al Villarreal-, y quiere presentarlo el martes o el miércoles en La Romareda. El Zaragoza tiene ya un acuerdo cerrado con Roberto Fabián Ayala para las tres próximas temporadas, a razón de 1,5 millones de euros netos de salario, y en las próximas horas depositará los seis millones de euros de su blindaje en la Liga de Fútbol Profesional, de forma que el jugador argentino rescindirá su contrato con el Villarreal.
El Zaragoza lo anunció en su página web a primera hora de la tarde de ayer. Era un bombazo que tenía guardado en la manga desde hace unos días. El Villarreal ha intentado hasta el final frenar la marcha de Ayala, pero los deseos del jugador argentino han resultado decisivos.
El tapado
El Zaragoza ya negoció con él en enero, al saber que no seguiría en el Valencia. Pero se lo llevó el Villarreal. Ahora, el Zaragoza le devuelve al Submarino el golpe que supuso el traspaso de Cani hace un año. Una vez que el club aragonés tanteó a su agente, Gustavo Mascardi, y que Ayala dio su OK desde Venezuela, Agapito Iglesias, propietario del Zaragoza, cerró un rápido acuerdo salarial con el jugador y se dispone a pagar la cláusula en la Liga.
Oliveira llega por fin cedido a La Romareda
Además del fichaje bomba de Ayala, el Zaragoza anunció ayer al mediodía también la incorporación de Ricardo Oliveira, el delantero brasileño del Milán, con el que en la noche del viernes había roto las conversaciones por sus exageradas peticiones salariales. Finamente, Oliveira dio marcha atrás de madrugada y aceptó las condiciones que previamente había pactado, y luego rechazado, para su llegada a préstamo a La Romareda. El Zaragoza paga ahora al equipo italiano 2 millones por el préstamo de un año y tendrá una opción de compra de 8,5 en junio de 2008. Si la ejerce, activará el contrato por cuatro temporadas (a razón de 1,5 millones anuales) acordado también ya con el jugador.
17/07/2007
¿Cuándo bautizan al panda?

La lectora de noticias del Telediario veraniego lo anunció con tono neutro, que apenas disimulaba el orgullo corporativo con que el redactor de turno había entregado estas líneas al prompter: "Como siempre que sucede algo importante, la mayoría de la audiencia eligió TVE-1 para ver el bautizo de la infanta Sofía". A continuación recitó los ratings, shares y cifras, y en todos quedaba sentado desde distintos puntos de vista que el pueblo ruso había elegido TVE-1 con mayor convicción que cuando sólo tenía la UHF como alternativa. Observo que la familia (i)rreal atraviesa su punto de popularidad más alto, y que ha logrado convocar el contento de esa heterodoxa reunión de chorizos, sectarios, becados, maricones y verduleras que uniremos bajo este único epígrafe: periodistas. Completan el panorama de la profesión un indeterminado número de probos profesionales honrados y otro amplísimo de deshonrosos iletrados. O sea, que todo marcha de puta madre.
Con el escaso ánimo para anotar la actualidad que me caracteriza, paso a detallar lo que me ha parecido más destacado del bautizo de la infanta Sofía, último acontecimiento generado por la muy responsable incontinencia procreadora de la familia Borbón-Rocasolano de Urdangarín y Menchu.
- "Fijáos qué ojos" (Letizia Ortiz, al periodismo especializado -en ojos-, sobre su niña Sofía).
- "Estoy encantado, es monísimo, parece un peluche" (Sofía, la doña, sobre el oso panda Binxing Froilán de Todos los Santos. ¿Cuándo bautizan al panda?, me pregunto yo. Si se han integrado tan bien una periodista, un marichalar, el balonmanista y el español más importante de la historia según los espectadores de Antena 3 TV, ¿qué desajuste constitucional iba a provocar un panda en la familia? En lo que Binxing Froilán se trapiña un bambú, reforma Zapatero la Constitución y acaba con la Ley Sálica anti panda y su puta madre de un golpe).
- "Leonor la trata con mucho cariño" (una de las tías de las niñas, sobre la entereza con la que se quieren y se respetan en su justa medida esas dos niñas entre sí. Parecerá tontería, pero no, que en palacios y cortes estos detalles no deben pasar desapercibidos y hay que celebrarlos: si no, pasa lo de Estoril entre los niños hermanos, el revólver regalo de Franco -ese Franco era un hijoputa, oyes- y la gente que luego habla mucho, que si se disparó solo, que si le acertó entre ceja y ceja, que si la abuela fuma, que si mire usted que don Juan le hizo prometer sobre la bandera de España que había sido un accidente. Lo que le gusta hablar a la gente, chico).
- "Es muy buena y muy despierta". (¿Leonor? No, Sofía. ¿La niña? No, su abuela).
- El padrino de la nena fue Konstantin de Bulgaria. Que yo sepa en Bulgaria, país de seriedad indudable como demuestra Hristo Stoichkov, hace rato que mandaron bien lejos al primero de los búlgaros. Me hace gracia que se le siga diciendo Konstantin de Bulgaria, como si Bulgaria fuera de Konstantin. Yo me lo tomo por una mera expresión de procedencia, a modo informativo: "Y éste, yaya Menchu, es Konstantin, de Bulgaria, un amigo de Pipe. No le preguntes por Bulgaria, que no ha estado en su vida...".
- Redundando: en el bautizo de Alicia, por ejemplo, su padrino fui yo, Mario de Zaragoza. Mi padre es Fernando de Lavapiés.
- El esfuerzo informativo de los medios ha sido de nuevo enternecedor. Otra vez el equipo de fin de semana (con los de Deportes mirando el Tour y relojeando a las becarias) y la tormenta de ideas consiguiente. Vuelvo a fijarme en 20 Minutos, diario en el que no hay una línea gratuita. Sara Olivo, cronista real (no imaginaria), se sacó un reportaje bien meritorio de la faltriquera. Su título: "Del bautizo de Leonor al de Sofía: semejanzas y diferencias". Se podrá decir que el titular no respeta la heterodoxia y que más bien funcionaría para un volumen de historia de la filosofía en la antigüedad: "Del Mito al Logos: la racionalización del pensamiento en la Grecia clásica", por ejemplo. Pero, por lo demás, el texto contribuye a adecentar las polvorientas crónicas rosas. Dejo el reportaje en cuestión hincado, que diría el Sixto: un casero primate que tuve hace años, y que decía hincar en la pared a eso que todos desde la aparición del homo sapiens llamamos clavar en la pared. El texo arrancaba así:
"Los dos (bautizos) fueron a mediados de mes, en enero y Julio, respectivamente. Si el de Leonor fue en el interior del Palacio de la Zarzuela, el de Sofía ha sido en los Jardines . Monseñor Rouco Varela cambió la casulla dorada que se puso para el bautizo de la que algún día será princesa de Asturias por el blanco inmaculado. La liturgia y el protocolo han sido similares, pero ha habido diferencias". (Para los no periodistas, os digo que un arranque como éste oculta un momento clásico de la profesión. Ese instante en que un periodista exclama en medio del silencio sabatino de la redacción: "¡Joder, qué pedazo de reportaje se me ha ocurrido para esta página que no había qué meter, tú!". Y los directores adjuntos, casi siempre héroes de Mayo del 68, asienten: "¡Dale bola, dale bola...!". - Otro clip de Sara Olivo: "Si en el bautizo de Leonor, Sonsoles Espinosa causó sensación con un conjunto a lo Jackie Kennedy y casquete (sic) de Elena Benarroch, este año ha sido la vicepresidenta de gobierno, con un impecable traje chaqueta rosa y un bolso malva la invitada más elegante. No realizó ningún tipo de reverencia. A pesar de su edad, parecía una top model en una fiesta de Armani" (!!!).
- Comento, para terminar, esta consideración de la crónica: "Resultaba conmovedora la expresión de aburrimiento de los pequeños jugando con unos abanicos, especialmente la de Froilán, el más "trasto de la familia". (Ignoro a quién refiere el entrecomillado "trasto de la familia". Pero para ser el más trasto de esa familia hay que comer muchos huevos fritos, oiga usted. ¿Ha salido ese niño en pelotas fotografiado en un barco pasada la mediana edad? No. Pues eso... Por darle un puntapié a una prima no se merece la criatura semejante sambenito. Anda que no habrá dado samugazos por ahí el primero de los españoles: para eso no hay nada como un miembro de la realeza).
[Foto: Binxing, con la abuela Sofía. Dios tenga en su gloria a esta santa familia: les falta comer bambú].
18/07/2007
El periodista multimedia

"Nada tiene que ver un periodista de hace diez años con el periodista actual. El periodista de ahora debe ser un periodista multimedia, que sepa desenvolverse por Internet y con las últimas herramientas tecnológicas existentes. El periodista, como los medios digitales, tiene que estar actualizado en un tiempo mínimo".
(Un entusiasta de la información postmoderna, en su blog).
Conversación de ayer mismo entre dos periodistas jóvenes, modernos y bien informados. Escenario, la redacción de AS en Aragón. Interior, tarde.
M.O.: "Mándales el DNI de Ayala a éstos de Madrid para que lo metan en la 3". (En el argot del AS, el DNI es la ficha del jugador en cuestión, con pormenor de trayectoria deportiva, datos personales, número de partidos jugados, internacionalidades y títulos).
PLF: "Mándala tú, joder, que yo no sé cómo se hace...".
M.O.: "Joder, la metes en TEXTOS y ya está". (En el argot de AS, la carpeta de TEXTOS es una carpeta común para toda la red de AS en España, a cuyos documentos se puede acceder en cualquiera de las redacciones del diario. Una carpeta en red, vamos...).
P.L.F.: "No me jodas... ¿y cómo la meto?"
M.O.: "Pues arrastras el documento que tienes en el Escritorio que se llama DNIAyala a la carpeta TEXTOS y ya está...".
P.L.F.: "Que no sé hacerlo, joder, hazlo tú".
M.O.: "Pero cómo no vas a saber, si llevas diez años trabajando con ordenadores: es como si te digo que pongas ese periódico en la estantería y me dices que no sabes hacerlo. No me jodas..."
P.L.F.: "Oye, que no sé hacerlo. Si quieres la metes tú y si no que le den por el culo al DNI de Ayala".
Naturalmente, el DNI de Ayala no salió.
Consejo para periodistas: aprended a utilizar el ordenador, sí, pero que no os engañen con bobadas de charla universitaria: aquí lo que importa es aprender a relacionarse y manejar a los que te tienen que contar las informaciones. PLF no sabe arrastrar un documento a una carpeta, y nos podemos descojonar todos si queremos. Pero el que más se descojona es él cuando publica lo que los demás no saben. Que no os cuenten mandangas: el periodismo es, en esencia, lo mismo de siempre: saber más que los demás, escribirlo bien (muy bien, si es posible) y publicarlo antes que el resto. Como dice PLF: "O te enteras de todo o eres el que mejor escribe: si no, te vas a hacer Literatura a otra parte".
[Foto: Exhausto por el flujo de información que inunda su cerebro, ávido de datos y transferencias multisensoriales de conocimiento, atento y "actualizado en un tiempo mínimo", en camiseta, bañador de Quicksilver y móvil en modo Silencio para que nadie lo joda con alguna noticia de última hora... Ahí lo tenéis, jóvenes estudiantes de Periodismo, cerebros en formación, mentes ávidas de saberes y titulares: vivo y babeando, en persona y hueso, Mornat: el periodista multimedia].
20/07/2007
Chau, Negro

Roberto Fontanarrosa ya descansa en La Eternidad, el camposanto de Rosario. Una ciudad donde, dicen, están las mujeres más hermosas de toda la Argentina, fuera de Buenos Aires. Se ha ido el hincha de Central, el genio de la viñeta, el padre de Inodoro Pereyra o Boogie el Aceitoso, el viejo guionista de Les Luthiers, el autor de El mundo ha vivido equivocado, un cuento que es la pura felicidad, la de escribirlo y la de leerlo; o de No te vayas, campeón, uno de los libros de fútbol mejor escritos que se puedan recordar. Se va el formidable conversador de las tardes y los días en El Cairo, el bar en el que reunía y se reunía y lo reunían sus amigos para hablar, tomar café, relojear a las minas, inundar la cabeza de cuentos e historias; se va el relator sublime, el que levantaba el lenguaje de la calle a la categoría de sencilla literatura perfecta. Se va el fútbol tan, pero tan bien contado. Se lo lleva a los 62 años una silenciosa enfermedad que en los últimos años le fue devorando los músculos y la motricidad, una esclerosis que lo sometió a un silencio que ahora ya es final.
Hemos hablado tanto de Fontanarrosa, hemos leído tanto a Fontanarrosa... Hoy el mundo está un poco más equivocado. Definitivamente, está mucho más vacío.
Chau, Negro.
[Apéndice: para quien no los haya leído, dejo 19 de diciembre de 1971, el mejor cuento de fútbol posible; y también El mundo ha vivido equivocado: la maestría del diálogo entre dos amigos].
25/07/2007
Bush pierde el invicto

La noticia venía casi en los márgenes del diario, pero a mí me pareció la mejor historia del fin de semana: el pasado sábado, Dick Cheney fue oficialmente presidente de los Estados Unidos por espacio de dos horas y cinco minutos. ¿Por qué? Porque a George W. Bush le reventaron el invicto. ¿Y eso, diréis? Lo explico: en esas dos horas y cinco minutos, Bush fue sometido a una colonoscopia. Le subieron río arriba una camarita por ese orificio por el que el hombre entrega su condición. Éste no fue el caso: a Bush lo obligaron. Cautivo y desarmado, ofreció sus nalgas al equipo médico y éste encontró y liberó cinco pólipos, tamaño un centímetro, que Mr. President tenía alojados allá donde la luz eléctrica no llega. Además benignos, los muy cabrones: "Esperábamos encontrarlos ahí", señaló uno de los médicos, con ese sobrador optimismo a posteriori con el que suelen expresarse los yankees. Pese a la humillación que conlleva tumbarse boca abajo frente a la severa mirada facultativa (lo dice quien lo ha vivido), Doble Uve Bush salió la mar de animado. Roto el invicto, pero aún presidente y con dos cojones. Mientras el hombre de América superaba el trance, su esposa, Laura, celebraba el cumpleaños de su señora madre en la localidad tejana de Midland. Es lo que tiene el matrimonio...
¿Y si algo hubiera sucedido en esas dos horas y cinco minutos? Algo trascendente para los Estados Unidos: Un 11-S, la caída del Muro de Berlín, la invasión de Bahía Cochinos, la victoria de los Yankees en las World Series, el primer partido de Beckham en Los Angeles Galaxy... ¿Estaría Cheney preparado para asumir el mando de la primera potencia del mundo? Puedo tranquilizaros: Cheney ya lo ha hecho antes. En 2002, George W. Bush ya le transfirió el poder por espacio de dos horas y cuarto. ¿El motivo? En esas fechas perdió por primera vez el invicto. Dígase, se sometió a su primera colonoscopia. Hay algo en ese intestino que no y no... ¿Le acompañó su señora esposa en aquella ocasión? Puede ser. La crónica no lo aclara. Queremos concluir de modo generoso que, vista una cámara que le entra por la puerta del jardín a tu esposo, vistas todas las cámaras que hubieran de entrarle por la puerta del jardín a tu esposo. Vale más mirar la tele con la abuela o soplar las velas que hacer espeleología en un monitor médico.
Lo que más me gustó de la noticia fue el proceso de cesión del poder (dado que no explicaban en detalle el de cesión del invicto, que llamaba al reportaje humano y el testimonio). Copio directamente de la crónica de ABC: "Como manda la Constitución de los Estados Unidos, si el gobernante es anestesiado para una intervención médica, el vicepresidente asume el poder presidencial hasta la recuperación del presidente. La enmienda constitucional, aprobada en 1967, ordena que el presidente traspase sus poderes al vicepresidente mientras está en situación de incapacidad transitoria". Y así lo hizo Doble Uve Bush. Entre el enema y la anestesia reunió fuerzas, respiró hondo, y con toda la prosopopeya y claridad de ideas que fue capaz de convocar en su mente de estadista (!) firmó sendas cartas dirigidas al presidente provisional del Senado, Robert Byrd, y a la líder de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, en las que indicaba la transferencia de poder. Si hubiera tenido los huevos de Paquirri, hubiera dicho: "Doctor, la corná tiene dos trayectorias, una pa'dentro y otra pa'fuera. Todos tranquilos. Meta el bicho hasta donde le dé el cable y lo demás está en sus manos". En lugar de eso, y mientras los doctores le relajaban artificialmente el territorio esfínter, Bush apretó los labios como se ve en la foto y un propio llamado Scott Stanzel anunció con seriedad a la prensa: "La colonoscopia rutinaria ha comenzado". Ah, la dulce rutina... Si los periodistas americanos no se descojonaron, es que no tienen sangre o son muy tristes.
Cheney asumió el poder desde su residencia en la Bahía de Chesapeake, en las cercanías de la capital estadounidense. Volvemos a la crónica, que es imperdible: "El poder estuvo en manos de Cheney dos horas y cinco minutos, explicó posteriormente Stanzel, quien agregó que la operación duró sólo media hora, y que el presidente recuperó el poder a las 09.21 hora local (13.21 GMT). El final de la transferencia de poder provisional a Cheney se produjo con el envío de otras cartas a Byrd y Pelosi, en las que les explicó que volvía a asumir el poder". Magnífico.
Por arcano y costumbre, concluimos que Dick Cheney llegará a presidente de los Estados Unidos, tarde o temprano. La noticia agregaba que el padre de Doble Uve, el señor George Bush Sr., también en su momento había asumido el poder como el que toma un supositorio, por vía rectal: se lo cedió el inefable Ronald Reagan, ultrajado en su día en el quirófano por causa idéntica a la de Doble Uve. Como es sabido, Reagan no necesitaba colonoscopias para pasar la vara de mando: acostumbraba a delegar el gobierno efectivo del país en su esposa Nancy, con la misma alegría y desenfado con la que lo hubiera hecho un babuino de culo rojo. Precisamente.
26/07/2007
La música, el tiempo

Jesús Ordovás, el hombre de Diario Pop durante los últimos 25 años, es otro de los que toma la perversa vía Cafarell: jubilado a los 60, como otros cuatro mil empleados más de RTVE. La mujer que iba a regenerar la televisión pública, a darle el sentido verdadero y propio de su naturaleza, a convocar a un comité de sabios, será recordada apenas como la mujer que abrasó la memoria de espectadores y oyentes con un dictado masivo de prejubilaciones. Eso sí, hecha la operación, ya ejerce al frente del Instituto Cervantes. Su tránsito constituye un paradigma de lo que la propaganda y los méritos atribuidos por otros pueden hacer con una persona de exhaustiva incompetencia.
El caso, ahora que he soltado lastre, es que Jesús Ordovás fue homenajeado ayer en Discópolis por otro histórico de Radio 3, José Miguel López. Y yo pasaba por allí y me quedé a oír cómo Ordovás recordaba sus comienzos en la emisora, el nacimiento del legendario programa en el otoño de 1982, y la dirección y los micrófonos compartidos con otros nombres a los que reconozco como mis mejores (si bien no los únicos) educadores en el amor de la música: nombres como José María Rey, locutor adorablemente despiadado; Tomás Fernando Flores, faro de la modernidad desde Siglo XXI; Diego Manrique y ese crisol de sonidos llamado El Ambigú; Julio Ruiz, del sedoso y popero Disco Grande... y otros que no recuerdo ahora mismo pero a los que profeso la fe del discípulo. Para quienes preferimos la música radiofónica desprovista de jingles, locutores de artificio, efectos sonoros y listas, Radio 3 y todos estos muchachos han sido y son la compañía exacta durante muchos años.
Me gustó especialmente el recuerdo que Jesús Ordovás hizo de su descubrimiento de la música en una España de costuras apretadas. Sus temporales exilios juveniles a París, a Londres, a Rotterdam... Eran exilios interiores o búsquedas. Por eso, el joven melómano concluyó que ninguno de esos lugares había de ser el lugar. Y que el lugar estaba en California, donde había ocurrido todo. El vórtice del cambio si es que hubo algún cambio. Así que viajó a San Francisco, la ciudad por antonomasia en los finales sesenta, y allí conoció el desencanto. Ordovás se paseó por el cruce de Haight y Ashbury y sus alrededores, allá donde se produjo la primera sentada hippie en el verano del amor, en busca de una directriz o de una revelación o de un espíritu desde el que encontrarle sentido a todo lo demás. Fatigó las calles, las esquinas, los cafés, las tiendas de música. Enseguida descubrió que había llegado tarde. Ya habían muerto las tres jotas: Jimmie Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin, todos ahogados por su propio exceso de grandeza y droga. De la utopía apenas quedaban los nombres de las calles, el cartel en el cruce legendario y un buen número de jóvenes que serían mendigos, arrastrando los pies o desperdigados con sus guitarras por el parque.
Esos todavía estaban cuando llegué yo, casi cuarenta años más tarde que Jesús Ordovás. Cuatro décadas después y de modos muy distintos; pero al oírle ayer yo sentí que habíamos ido buscando en el fondo lo mismo, y que veníamos de un lugar, aunque con perspectivas y circunstancias bien diferentes. Diríamos que casi contrarias. Ya no estaba el ideario hippie y yo nunca tuve nada que ver con eso. Pero hay algo más, algo más al fondo de esos viajes y esos lugares. Están ellos, los hombres que salen de un tiempo inexistente como reclamando que ellos son el tiempo; están las tiendas de cachivaches, de propuestas esotéricas, de ropas alternativas, y sus colores estridentes en los muros. Pura psicodelia en la lata del tiempo. Eso que tan bien cuenta Chema Rey en sus especiales de la historia del movimiento psicodélico, Sunset Boulevard. Sobre todo está Amoeba, la bolera reconvertida en una gigantesca y hermosísima tienda de discos, como un supermercado de las canciones, las músicas, los sonidos y los ambientes. Un lugar sin tiempo. Y a eso voy. Están los murales de Hendrix, los Cadillacs en los aparcamientos, las librerías que todavía son librerías, las ardillas que abren nueces en el parque, los hombres que empujan carros de la compra repletos de ropas usadas y objetos sin uso. Sus gritos, las risas desaforadas, las melenas deshechas de suciedad, la mugre en los baños públicos... Cuando nos sentamos en aquel parque inmenso, nos rodeaban. Uno de ellos jugaba a mirar la hierba con una lupa que habría encontrado en algún cubo de basura de la ciudad. Otro hizo ademán de abrirse la bragueta, invitando al de la lupa con una voz áspera: "¡¡¡Mira a ver qué tal se ve esto que tengo aquí!!!". Todos se reían. Otros se reunían en grupos, diseminados por los bancos, formando círculos en la hierba alrededor del muchacho de ojos claros que tocaba la guitarra. Muchos pedían limosna con un comportamiento que uno consideraría decididamente digno. Sobre todo me impresionaban los ojos, relucientes en las caras renegridas, engastados como joyas al fondo de un rostro que rejuvenece en la proximidad. Esa es la América silenciosa, que como siempre digo canta a George Harrison, a Dylan, a Lennon, a Janis Joplin y lo que pueden de Hendrix...
La zona es tranquila, poco amenazante. Uno puede pasear arriba y abajo, detenerse bajo el cartel de Haight y Ashbury y recordar. Imaginar. Eso es todo, no hay más. La niebla que sube desde el océano y los cafés. Los despojos en el parque. Y sin embargo, en el cruce de las calles Haight y Ashbury hay algo suspendido en el aire, que no se puede definir pero que siempre está ahí. Mucho tiempo después de estar yo mismo, al escuchar el relato de Jesús Ordovás he advertido que ese algo es la música. La posibilidad de combatir todos los tiempos y las circunstancias con música, a la que considero algo parecido a una sustancia casi material del tiempo; un pensamiento sin soporte racional ni científico, sólo la impresión común de que una canción te lleva y te trae a escenarios que ya no son de hoy. Aunque llegues tarde. La música sería el tiempo sin tiempo. Sólo por eso, hay que pararse en la esquina entre Haight y Ashbury, como en tantos otros lugares del mundo... y escuchar. Y después cruzar a Amoeba, un poco más allá en dirección al Golden Gate Park. Agarrar una cesta metálica como aquéllas del viejo Spar y llenarla de esos pedacitos cuadrados de tiempo que llamamos discos. O música.
[Nota: la foto que ilustra el perfil del hombre somniloquio, en el margen derecho, fue tomada ante uno de los muros decorados de Amoeba, en San Francisco].
Fontanarrosa: un cuento y unas (buenas) palabras

El argentino Marlo fue comisionado por Somniloquios para la búsqueda de aquella conferencia sobre las malas palabras que el Negro Fontanarrosa improvisó en el Congreso de la Lengua, que se celebró años pasados en Rosario. Sin perjuicio de la holganza connatural a esta época del año (y aun a su propia condición), en este caso Marlo se ha mostrado obsesivo, ligero y minucioso en la búsqueda como un hurón, y raudo nos entrega un buen extracto de lo que fue la intervención del añorado escritor rosarino. El virrey Hernán apunta que él guarda la versión completa en papel, reproducida en el suplemento que Clarín publicó la pasada semana, tras el fallecimiento del Negro. Mientras, Marlo nos procura un encantador cuentito para pasar los días. Copio y pego.
Viejo con árbol
A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo. Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos. Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
—Ojo con la vía —alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
—No pasan trenes —casi tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
—¿No vino la hinchada? —ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo—. ¿No vino la barra brava? —Y se reían.
Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
—La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá —bromeó alguno.
—Por ahí es amigo del referí —dijo otro.
Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors. Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo. El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
—¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso.
El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
—No —sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado—. Música —dijo después, mirándolo de nuevo.
—¿Algún tanguito? —probó el Soda.
—Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
—Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
—Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
—Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura...
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
—Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...
El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
—Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.
El Soda se tomó la cabeza.
—¿Qué cobró? —balbuceó indignado.
—¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
—...¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
—Eso... —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—... eso es el fútbol.
Congreso de Lengua en Rosario
Tema de la mesa redonda: La internacionalización del lenguaje
"No sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte, ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo —porque es como un test que han hecho. Algo tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por ejemplo, con éste, como el que decía el amigo Escribano (José Claudio Escribano). Se nota que es tan polémica esta mesa que es la única a la que le han asignado "escribano" para que se controle todo lo que se dice en ella. Es un aporte real en cuanto al intercambio. Me ha tocado vivir, cuando he tenido que acompañar a la Selección Argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían "come gatos" que es, estrictamente para los rosarinos, "un rosarinismo".
Un Congreso de la Lengua es, más que todo, para plantearse preguntas. Yo, como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué? ¿Quién dice qué tienen las malas palabras? ¿O es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿O sea que cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿O, cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral? Obviamente, no se quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos villanos de viejas películas —como las que nosotros veíamos—, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos. Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas.
Lo que yo pienso es que brindan otros matices, muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo; entonces: hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo. El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si está en el diccionario de dudas—, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas, que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza, está en la letra t.
Analicémoslo —anoten las maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir peloTudo. Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa —esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere; entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba. Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me explicaban que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Indico.
En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos, se decía caracho; es de una debilidad absoluta y de una hipocresía... ¿no? A veces hay periódicos que ponen: "El senador Fulano de Tal envío a la m... a su par". La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua. Voy a ir cerrando. Hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra "mierda", que también es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la r —anoten las docentes—, porque es mucho más débil como la dicen los cubanos: mieLda, que suena a chino, y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana— le quita posibilidades de expresividad.
Voy cerrando, después de este aporte “medular” que he hecho al lenguaje y al Congreso. Lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar".
Roberto Fontanarrosa
30/07/2007
Ingmar Bergman (1918-2007)

Antonius Block: ¿Quién eres?
Muerte: Soy la Muerte.
Antonius Block: ¿Has venido a buscarme?
Muerte: Hace tiempo que camino a tu lado.
Antonius Block: Ya lo había advertido.
Muerte: ¿Estás preparado?
Antonius Block: Mi cuerpo lo está... pero yo no.
(Diálogo de El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman, fallecido ayer en Faro).

