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contador de visitas Octubre 2007 | Somniloquios

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01/10/2007

El amor...

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...según André y Dorine Gorz

El filósofo vienés Andre Gorz y su esposa Dorine se conocieron hace casi sesenta años, en un baile en Saint Sulpice, en París. Nacido en Viena en el seno de una familia judía, Gorz conoció el rechazo, el desarraigo, el destierro. Conoció también a Sartre y el existencialismo. Conoció a Dorine y durante 58 años vivió pensando, escribiendo y amándola, protegido por la indudable consideración de un amor que ambos mantuvieron intacto a través de seis décadas. En 2006, ya ambos ancianos octogenarios, Gorz escribió Carta a D. Historia de un amor. La iniciaba con estas palabras dedicadas a Dorine:

"Tú vas a cumplir 82 años. Has menguado seis centímetros, no pesas más de 45 kilos y aún eres bella, graciosa y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Siento de nuevo en lo más profundo de mi pecho un vacío devorador que sólo puede calmar el calor de tu cuerpo contra el mío...". Años antes, le había dicho: "Si tú mueres, estoy muerto". Y ambos firmaron, quizás con una mirada, tal vez con un beso, o dejando las palabras flotar en el aire, un pacto también formulado en Carta a D. Historia de un amor: "Nos gustaría no sobrevivir a la muerte del otro. Nos hemos dicho muchas veces que, si tuviésemos que vivir otra vida, querríamos vivirla juntos, siempre juntos".

El pasado lunes, en el otoño inmediato de París, André y Dorine aparecieron muertos, sus cuerpos tendidos uno junto al otro. En alguna ocasión, Gorz anotó: "Para vivir hace falta tener ganas; para morir es necesario tener valor". Al pie de los cadáveres alguien recogió una nota con esta última sugerencia: "Avisen a la Gendarmería".

...según Bienvenida Pérez

Bienvenida Pérez nació en Valencia hace casi medio siglo. Conoció el desarraigo ("una niñez inestable y sin el apoyo de unos padres", dicen las crónicas) y vivió durante dos décadas en Londres. Después de trabajar en el Colegio de Médicos, en la Mercedes Benz, en una empresa de arquitectura, en la Liga de Países Árabes y en Scotland Yard (según su propia versión), Bienvenida se casó tres veces entre los 33 y los 42 años. La primera, con el diputado conservador Sir Anthony Buck. La prensa descubrió que, al mismo tiempo, sostenía una aventura con el jefe del Estado Mayor de la Defensa, Sir Peter Harding, que se vio obligado a dimitir a causa del escándalo. Ahora está casada pero "sólo porque él prefiere que sea así". Hace tiempo que no vive con su marido y comparte su casa en Londres con dos perros.  Bienvenida Pérez publica en un par de semanas su segundo libro, titulado Hazte Valer, que nace bajo este deseo: "Yo no voy a estar aquí toda la vida, por eso quiero transmitir mis experiencias y conocimientos a las mujeres, creo que puedo serles de gran ayuda". Estos días hablaba así en una entrevista previa a la edición con El Mundo:

-"Me han regalado muchísimas cosas, aunque a largo plazo. Siempre que un hombre te hace un gran regalo o te da dinero, hay que cogerlo. No hay nada malo en que quiera agradecerte tu compañía. Si lo rechazas, pensará que lo que buscas es el matrimonio y saldrá corriendo.
-¿Cómo se reconoce si un hombre es el adecuado?
-Tres meses es tiempo más que suficiente para saberlo. Siempre me he considerado una empresa: lo menos que puede hacer un marido es abrir una cuenta conjunta; cartas de amor y flores no son regalos suficientes".
-¿Se ha casado alguna vez por amor?
-Nunca. El amor es una enfermedad. Hay que pensar con la cabeza; casarse es algo muy serio y que puede traer consecuencias muy graves, especialmente cuando hay hijos. Por eso nunca tuve hijos.

-Siempre ha elegido hombres ricos pero mucho mayores que usted...
-Requieren menos mantenimiento.
-¿Cómo?
-Está claro: necesitan menos atenciones sexuales, así que es un trabajo que te ahorras. En realidad, el sexo nunca ha tenido un papel importante en mi vida.
-¿Qué ha sido para usted el sexo?
-Algo que hay que hacer para contribuir a una relación, porque para los hombres es fundamental, lo necesitan.
-¿Qué opina de la infidelidad?
-No me importa. Lo que le hagan otras a tu pareja es un trabajo que te ahorras.
-¿Cuánto dura el amor?
-Máximo, seis meses.
-¿Y una relación apasionada?
-Lo que tardes en ir a por un traje Chanel o a por una joya a Cartier. Como mucho, año y medio, después todo declina.

[Foto: André Gorz y su esposa Dorine, en una imagen de hace varias décadas: enamorados y muertos en París].

01/10/2007 11:08 Autor: Mario. #. Tema: De jardines ajenos Hay 12 comentarios.

02/10/2007

D'Alessandro y su bala de plata

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Real Zaragoza, 2-Sevilla, 0
6ª Jornada de Liga

 

El argentino apareció para matar al Sevilla l Los andaluces fallaron todo l Sergio hizo un 2-0 de lujo

En el estado en que llegó el Zaragoza a este partido, ganarlo jugando mal era mucho más importante que perderlo jugando bien. Y eso hizo. Entró por la puerta que le abrió el Sevilla, empeñado en el error hasta la derrota. El equipo aragonés alcanzó la victoria con más desconcierto que fútbol, gracias a un prolongado arrebato de fortuna coronado por dos golazos. Ya querrían una noche así, con todas sus imperfecciones, los equipos que se asoman a una crisis. El Sevilla, que desechó todos los goles que fue capaz de concebir, no menos de cinco o seis. Salió del banquillo D'Alessandro con una bala y pasaportó al equipo de Juande. Sergio García lo acabó de vaselina. El Sevilla cayó frente a un rival desconcertante y de efectividad fatal.

A la media hora el Zaragoza se encontró jugando frente a tres rivales: el Sevilla, su propio público y el espejo, que le devolvía una imagen distorsionada y sin embargo, muy reconocible. Para un equipo en el estado de imprecisión ideológica en el que anda metido el Zaragoza (al que lo que le vale un día no le sirve al siguiente, ya sean el dibujo táctico o los jugadores), jugar contra un rival como el Sevilla ya era suficiente problema. Jugar contra tres suponía una dramática esquizofrenia.

El Sevilla tuvo menos pelota pero más idea. Hizo un primer tiempo sin grandes virtudes (en proporción a lo que le hemos visto en estos últimos años) pero con una ligereza envidiable para llegar arriba. Hay tres o cuatro en este equipo que juegan subidos en el viento. El primero en asomarse fue Koné, que ha abierto ya de par en par la ventana de casa para que el fútbol español lo mire bien. Es un jugador de fantástico exhibicionismo. No corre, revienta. En el minuto 3 largó una cabalgada desde el medio campo hasta la entrada del área y luego le filtró a Luis Fabiano, otro jinete del aire, un pasecito en ventaja. El brasileño escapó de César por afuera, pero la salida del portero salvó indirectamente al Zaragoza porque Luis Fabiano se quedó sin ángulo en su maniobra y tiró la pelota contra la red exterior.

El Sevilla esparció su peligro por todo el primer periodo y parte del segundo, hasta que Juande decidió quitar a Navas y Koné y buscar la vía directa, con Poulsen y Kanouté. Sólo en el primer tiempo, Navas voleó una pelota cruzada por Alves a media altura, de lado a lado del área. Y Adriano apareció una vez por el carril opuesto al esperado y sacó un pelotazo que César manoteó a córner, mientras se acordaba de su defensa a voces. Navas también probó puntería y se le fue arriba y Koné cabeceó con más hueso que carne. Fuera.  Esas demostraciones incompletas del Sevilla soliviantaron al público zaragocista. Víctor Fernández había retocado el medio, en forma y fondo: dos pivotes (Luccin y Zapater) y dos por afuera (Gabi y Aimar). El hilo de juego se le partió muchas veces antes de empezar a hablar. Le caía la pelota a Pavón en el fondo con demasiada frecuencia. Una vez quiso tocar en largo y casi la lía. Como enseguida la gente empezó a murmurar y a 30.000 que murmuran se les oye muy bien, Pavón decidió que tocaría todos los balones atrás. Así que el organizador de juego del Zaragoza ese rato terminó por ser, Dios lo bendiga, el portero César.

Pavón se centró en la segunda parte. Y Víctor encontró que la respuesta no estaba en el doble pivote ni en el rombo, sino en quitar a uno de sus dos flamantes puntas. El mundo al revés. Entró D'Alessandro y el Zaragoza formó en 4-2-3-1. De forma inopinada, llegó mejor y se protegió más. El Sevilla siguió fallando goles. El de Koné fue el gol de Abreu en versión Maradona, combinación muy vendible. Una diagonal a la vuelta del descanso que abrió a fuego la defensa del Zaragoza y volcó los bocadillos que ya mecía el pueblo en sus barrigas. Contra cualquier lógica, después de limpiar el camino de rivales Koné la cruzó fuera. ¿Por qué la mató? Porque era suya. Si uno hace semejante jugadón tiene derecho a tirar la pelota donde le dé la gana.

Entró Kanouté y nada más salir agarró una pelota cocinada por la indecisión zaragocista y en ventaja la largó fuera. Juande miró al cielo y le preguntó al cielo si se iba o se quedaba. Se quedó. Vio la falta maravillosa de D'Alessandro, el pasecito mortal de Óscar y la vaselina de García. Tres sospechosos habituales ganaron el partido. Sospechosos de virguería, vacuidad o desapego. El fútbol que hicieron los tres subrayó sus nombres, como quiso D'Alessandro al celebrar su gol. Que diga la ciencia lo que quiera: hay vida en otros planetas.

02/10/2007 22:27 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 3 comentarios.

04/10/2007

Descubrimiento

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En el fondo no hay nada.

04/10/2007 13:11 Autor: Mario. #. Tema: Palabras al viento Hay 5 comentarios.

05/10/2007

Leonor cumple cien años

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Al cabo de un internamiento de un mes, a finales del pasado octubre, mi abuela Leonor recibió el alta médica y con silencioso escepticismo, tal vez extrañado escepticismo, se dejó llevar de vuelta a la residencia. La acompañaban su hijo, que le había guardado el sueño recurrente, desordenado, apático de esos 30 días, ese sueño desconcertante de la vejez, y un informe médico de cinco folios, preciso en las consignas del tratamiento como en los acuerdos de una capitulación. Yo, tal vez todos los que habíamos ingresado en ese trance con la convicción de que había de ser el último, sentí al verla recuperarse que mi abuela cumpliría cien años. Le interpuse al sentimiento casi una orden de deseo: tenía que cumplirlos. Mi abuela quizás pensó, temió, que si no se había muerto después de ese mes, podría ser que ya no se muriera nunca.

Nadie hubiera dicho que esa posibilidad le interesara. Bien al contrario, desde hace años (¿cuántos años ya?) Leonor confiesa un profundo abatimiento cada día más señalado, el cansancio obstinado pero incompleto de quien no se puede dormir. Desde aquellos días de mascarillas de oxígeno (que pugnaba desmayadamente por quitarse, como un gesto de rebeldía que olvidaba que la rebeldía es para la juventud y para cuando uno aún vive su propia vida y no los restos de su vida); aquellos días de vapores y revisiones, aquellos días de insuficiencia respiratoria, doble neumonía bronquial, pulmones encharcados, desde aquellos días de piel relegada contra los huesos y de los huesos contra la cama del hospital, mi abuela ha cumplido otro año. El 5 de octubre que pasó en la cama le dije: "Más vale que te pongas bien porque tienes que cumplir cien años". La abuela, presa todavía de una relativa lucidez (digo presa porque hay una indudable condena en conciencia tan exacta), desde ese territorio en el que se van imponiendo los olvidos y te abandonan hasta las palabras, me tomó la mano (ese nunca fue para ella un gesto dramático, sino el resumen de la proximidad extraviada) y con toda sinceridad me preguntó: "¿Y para qué?".

Hoy, 5 de octubre de 2007, mi abuela Leonor cumple 100 años. Yo quería que los cumpliera porque me parece que alguien que cumple 100 años alcanza una dimensión mítica para quienes la hemos tenido y aún la tenemos (¿nos tiene ella a nosotros?), también para quienes la miran; un poder legendario de personaje de García Márquez, una presencia imborrable y merecida, una victoria definitiva sobre la existencia. La vida parece en ocasiones la acumulación de recuerdos que después habremos de perder o bien desechar; la reunión modesta de algunas felicidades que primero de todo hay que saber comprender. Cien años son un siglo, una medida sobrehumana, una irreparable suma de pérdidas menos ganancias. Cien años pueden ser a veces un epílogo demasiado largo e incomprensible, una sucesión de imágenes que se repiten enmarcadas en la ventana que da a un jardín, una montaña de horas muertas, un océano de días que vienen y van sin otros rigores que la espera. Siempre que la veo le pregunto lo mismo: "¿Qué tal estás, yaya?". "Aquí, esperando...". Antes terminaba la frase ("esperando que el Señor decida llevarme con él"); desde hace mucho (todo hace ya mucho) ni siquiera la acaba. Suspende la espera en los puntos suspensivos y los puntos suspensivos en su mirada, y su mirada en la mía y la mía en este tiempo lleno de asuntos tan incomprensibles.

Al marcharme de las visitas siempre me parece poco tiempo contra el tiempo que pasa sola, sola en la compañía de algunas "vulgares", como ella piensa y dice a veces. No hay tregua en los salones de la vejez. Se vigilan entre sí con los ojos entrecerrados. Unas lloran, otras cantan con desorden, otras murmuran. Me pregunto qué pensará mi abuela todo ese tiempo. En qué ocupará la memoria. Si hará desordenados recuentos de sus cien años o soportará con estoicismo las inversiones fantásticas del tiempo. Que esta edad final se parezca a la primera, y no sólo en la inocencia, también en el escenario. Leonor quedó huérfana de su padre militar (y músico) a los ocho años, en Granada. Eran cinco hermanos y todos fueron trasladados a la Escuela Militar de Toledo, los varones, y a un internado religioso de Aranjuez las tres hermanas. Allí permaneció mi abuela hasta los 20 años, y allí estudió la carrera de piano y el oficio de bordadora a máquina. La educaron en una religiosidad antigua, impermeable, constructiva, mientras ella domesticaba el espíritu en la diligencia para la música de sus manos delgadas y largas, fundición de porcelana y seda y venas como ríos desbordantes. Las manos nunca se olvidan. Parecen las de una figura de loza. Manos de pianista delicadas dedicadas a bordar. Y tal vez en esas horas pensativas que ahora transcurren frente a ella, mi abuela habrá de recordar los minuciosos detalles de esa larguísima infancia de tocas y hábitos, que se le mezclará con la informe argamasa de larguísima ancianidad de tocas y hábitos. Cierto día las monjas la animaron y ella interpretó al piano la Marcha Real, después de tantísimos años de comprometer en las obligaciones de la vida el talento ponderado por algunos de sus maestros de entonces. Renuncias.

Entre medias, una vida en la calle Lavapiés, en Madrid. La muerte de un hijo; la lejanía del otro; la muerte de un nieto; la lejanía de los otros. Los abuelos de Madrid. Esa realidad tan cotidiana de la infancia que he tratado de conciliar después, en la edad adulta. La extensa ausencia de Valeriano, al que sobrevive desde hace ya más de 27 años. El tiempo le ha ido quitando las cosas que quita el tiempo, la trama perfecta de la vida entre los tuyos y con los tuyos. En cierto modo, siento que su longevidad ha servido para devolverle algo de todo lo que las circunstancias se habían ocupado de negar. También le ha restado aquella presencia imperativa; nada de su dulzura se ha perdido por el camino. El oído está ya casi clausurado, se ha cerrado de forma veloz en los últimos meses, agotado. La memoria resiste. La ironía también. La inteligencia y la formación permanecen prendidas en una llama que aún sorprende. Lo comprobé cierto día, no hace mucho, con una prueba íntima y de significado inagotable  para nosotros. Sin aviso previo me la quedé mirando y de pronto le dije: "De la noche en los crespones se ven entre oscuros reflejos el estrecho, allá a lo lejos, y enfrente Sierra Bullones...". Ahí me quedé callado. Ella me miró y le fue naciendo una sonrisa que no era otra cosa que la divertida aceptación del juego, y quizás la misma vieja alegría que sentí yo. Sin asomo de temblor o duda, recitó las frases siguientes: "Al tronar de los cañones y entre el humo de la gloria, aún recuerda mi memoria como una algazara extraña: son los soldados de España, que van cantando victoria". Seguimos recitando juntos, hasta el final. Mi abuela me repetía cien mil veces esos versos cuando yo era niño, y nunca he sabido de dónde vienen ni qué cuentan: la historia de un soldado herido que muere llamando a su madre. Ella, con cien años casi, los recordaba igual que yo.

Le han regalado una misa al punto de la mañana. Ha hecho las ofrendas. Le han regalado unos hermososos pendientes, un centro de flores, fresca colonia para su piel de papel y un collar con un colgante que mostraba cada pocos minutos ("¡las monjas se han destapado!", me decía, no sin algo de sorna); ha soplado dos veces las velas, ayudada por sus bisnietos, y ha comido un poquito de tarta de frutas y un par de bombones sin azúcar, para prevenir su diabetes. Como si hubiera ya algo que prevenir. Por la tarde la hemos rodeado su hijo, nuera, nietos y bisnietos. Espectadores de un tiempo inverso que nos mira a nosotros. El orgullo de saber que los Ornat Ornat Morcillo Lerín Jarne Vela Fontenla Torralba y Rodrigo hemos vencido a la vida ya para siempre, porque tenemos a una abuela de 100 años; que hemos sido capaces de sobrevivir en toda nuestra imperfección y de reunir a cuatro generaciones en el 5 de octubre de 2007. Mira Ali, la yaya viequica cumple 100 años. Y Eduardito y Cayetana apenas pasan de uno.

Yaya, ¿ves cómo no éramos tan delicaditos?

05/10/2007 14:06 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 8 comentarios.

08/10/2007

Alegrías y miserias: dos crónicas

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Para los seguidores del velocista, si los tuviera, dejo las crónicas de los dos últimos partidos. Lo hago con cierta aprensión, por lo que cuentan y por otros motivos. La búsqueda de Archimboldi seguirá en terrenos domésticos, nada de viajes por Europa. He perdido dos ilusiones paralelas: la de ser campeón europeo y la de visitar lugares. Lo mejor de los dramas y las alegrías del fútbol es que son relativos y pasajeros. Algunos traumáticos, sí, para qué lo vamos a negar, pero muchas veces he pensado, he sentido la tentación de pensar, que del fútbol hay que hablar un poco en broma siempre, porque si no puedes ingresar en territorios patéticos. No podemos evitar que nos importe, aunque sabemos que no es especialmente importante, comparado con las cosas importantes de la vida. En ese sentido hay que considerarlo como el trabajo, cosa que me llama mucho la atención: el trabajo no es lo más importante de la vida, desde luego, pero ocupa tanto tiempo e impide tantas cosas que hay que considerarlo por fuerza como la cosa más molesta de la vida, y una cosa muy molesta termina por ser importante de cualquier modo. Lo que ocurre en mi caso es que el fútbol es al mismo tiempo para mí el fútbol y el trabajo, la misma cosa o una sola cosa, de forma que las consideraciones al respecto se enredan y me paso noches pensando o noches mirando partidos. Vengo a decir con toda esta desordenada digresión que últimamente miro los partidos con una cierta distancia, que no es desprecio sino lejanía interior. Del fútbol, de muchas cosas. El velocista es un tío íntegro y resistente, pero aun así nos profesamos mutuo afecto y él también está afectado. Se le nota. Sobre todo en la última, la del Levante. Nunca van a faltar partidos que ver, ganar, perder y escribir. Leed y olvidad.

Real Zaragoza, 3-Levante, 0
7ª jornada de Liga
 

Aspirina efervescente 

El Zaragoza olvida la UEFA con fútbol animado y tres goles l Sergio García, titular, y Oliveira terminaron a un Levante inofensivo l Abel se queda en el alero

La depresión es una gripe del alma. Las hay ocasionales como la del Zaragoza, que sufre la enfermedad del primer mundo, la de los ricos, la del eliminado de UEFA; y las hay crónicas, como la que amenaza a este Levante de Abel, equipo menesteroso abandonado ya por la Liga. El partido sólo presentaba una igualdad por ese lado: la circunstancia de la necesidad, el acecho de las impaciencias, que acostumbran a hacer estragos. Aunque moralmente no haya forma de defenderla, la arbitrariedad va en el sueldo. Por lo demás, el Zaragoza está tres cuerpos o diez puntos por encima del Levante. Más allá de los detalles que fueron tejiendo el partido, sobre el fondo de la tarde prevaleció la sensación de que el Zaragoza ganaría por recursos, contundencia, acumulación de juego y oportunidades. Y así fue.

Necesitaba un bálsamo y cierta efervescencia para reconciliarse consigo mismo y el entorno.Y logró las dos cosas en un encuentro de fútbol generoso para la vista, desmedido de oportunidades pero incompleto hasta que en el minuto 62 García abrió la cuenta. Luego todo fluyó. Víctor gestionó así el espinoso asunto de los puntas. Primero relevó a Oliveira de la alineación. Podemos interpretar que Diego tiene los galones merecidos por sus 23 goles del año pasado. Metió a Sergio, necesario por justicia y fútbol; y luego quitó a Diego para que entrase el brasileño. La jugada era tan diplomática como justa. Y funcionó al milímetro: Diego dio un pase y jugó un partidazo, aun sin el gol; Sergio anotó el tercero en tres partidos; y Oliveira dejó doble impacto de matador. Uno con un desmarque inesperado entre los dos centrales del Levante, Álvaro y Cirillo, que Óscar interpretó de vicio. Un baloncito perfectamente redondo, exacto de velocidad y con el espacio medido con precisión de cuento. Esos balones que le salen del pie a Óscar como la seda a los gusanos. Luego, Oliveira puso el tercero en un cuadro. La naturaleza imperfecta también fabrica arte. Tuvo esa arrancada que lo define, el egoísmo para saltarse un pase cantado a García y la clase para el remate colosal al ángulo.

Entregado. En realidad, el Levante falleció al primer disparo. Encontró pocos argumentos a los que agarrarse durante todo el partido, así que cuando encajó el 1-0 se desvaneció. Los equipos que quedan expuestos tan pronto comunican una lástima indudable. Aún más el Levante, porque no hay nada deshonesto en su actitud. El Levante muere con generosidad muy taurina, pero nada pragmática. No se comporta como un equipo desesperado, se comporta como un equipo retratado por todos los parámetros: es el equipo con menos goles de la Liga, el más goleado, el peor colista de las principales ligas europeas. Abel está en el alero y puede ser destituido hoy, pero el Levante necesita mucho más que un entrenador. Por ejemplo, gol. Por ejemplo, solvencia en sus dos centrales, que ayer bordearon la calamidad. Por ejemplo, un Savio que se parezca a Savio.  Las circunstancias no son nada generosas con un equipo así. Rigano cabeceó antes del primer minuto un balón de Juanma, lo más operativo del equipo azulgrana, y no entró por pulgadas. Tuvo otras opciones, sobre todo dos de Riga. ¿Qué hubiera sido el Levante con ese tanto del italiano? Cabe preguntárselo, pero no sirve de nada.

El Zaragoza lo arrolló con una energía de juego que no había mostrado, al menos no con esa constancia y variedad, en todo el campeonato. Reacciones como la del equipo aragonés cuestionan todas las sospechas extendidas entre la crítica: el sistema, los hombres, la preparación física, los estados de forma...  Después de tocar fondo el jueves, ayer jugó muy bien, aun con las rebajas que se le quieran poner por el estado del Levante. Jugaron muy bien casi todos, los sospechosos y los que no lo eran. Aimar y D'Alessandro por afuera, Sergio y Diego arriba, los centrales atrás, los medios en el medio... Sus goles pudieron llegar de mil maneras y por cien caminos. Con goles uno olvida todo, pero hay que conservar la memoria. La memoria siempre sirve para algo.

Diario AS, 8 de octubre de 2007
www.as.com
 

 

 

Real Zaragoza, 2-Aris, 1
1ª Ronda de la Copa UEFA, vuelta
 

Tragedia griega 

El Zaragoza fracasa y se va de Europa a la primera l El equipo estuvo mediocre, sin fútbol ni llegada l Javito anuló los goles de Oliveira y Sergio García

Las aficiones ayudan mucho, pero nadie ha visto jamás al público meter un gol. Hoy por hoy, la hinchada del Zaragoza está por encima de su equipo y eso no es motivo de orgullo ni felicitación. No bastaba con el ánimo y el entusiasmo. Al fútbol ganan los futbolistas. La eliminación de ayer supone el carpetazo a este tramo tan indeciso del Zaragoza, que anda jugando con fuego porque no le alcanza para jugar con el balón. El Aris, un rival escaso, bastó para eliminarlo. Esta eliminatoria no era cuestión del contrario, era cuestión de la altura que fuese capaz de alcanzar el Zaragoza, que ahora mismo está para vuelos cortitos y sencillos. Para poco más. No hay fútbol ni fuerzas. Europa, aún en las versiones más modestas como las del Aris, no perdona la mediocridad.

Como suele ocurrirle últimamente con frecuencia, el Zaragoza llegó antes al gol que al fútbol. No es un mal asunto cuando uno juega por eliminatorias o tiene que remontar el marcador. No es un mal asunto en ningún caso. El gol posee una utilidad obvia; el marcador tiene la potestad de suprimir o aplazar los juicios sobre las cuestiones de fondo, pero hay que ir a ellas: el Zaragoza no tiene ritmo en las piernas ni en la pelota como para jugar a lo que le gustaría jugar. Ni en rombo ni en triángulo escaleno. Un resumen transversal sería éste: el Aris entregó en poco rato la pelota, el campo y un gol; y el Zaragoza se encontró que tenía demasiados balones para sus pocas ideas. Los griegos sabían que un tanto podía bastar frente a un enemigo tan confuso y pesado de movimientos. Y bastó.

El equipo de Víctor ganó la pelota con velocidad y la usó con lentitud y reiteración de recursos. En el apartado estadístico de la posesión, eso que tanto se lleva ahora, cabrían tres conceptos: tanto por ciento de posesión del Aris, tanto por ciento de posesión del Zaragoza y... tanto por ciento de posesión de D'Alessandro. El argentino la buscó y la tuvo mucho rato. Una vez que agotó sus comunicativos artificios, el equipo entró en el tranco de todos los días. Sobre el fútbol de Mandrake y la capacidad goleadora de García podríamos discutir un mes, pero ahora mismo ellos reparan apenas la media catatonia del Zaragoza. El otro ariete ese rato fue Juanfran, que recorrió su banda hasta el fondo contrario un millón de veces. Por desgracia, no acabó ninguna con una pelota comprometedora. El valenciano estuvo y está tan generoso como impreciso.

Aun así, y volvemos al argumento de arranque, bastó una combinación entre Diego Milito y Oliveira para que el Zaragoza aspirase de un golpe la ventaja del Aris. Oliveira acabó la fugaz jugada con un pelotazo raso al palo del portero. Chalkias tal vez esperaba lo que todos, mayor contundencia. O un disparo cruzado al uso. Ya lo decía Shankly: "Si estás en el área, primero mete el gol y luego ya discutiremos las alternativas". Es lo que hizo Oliveira. Dio la impresión de que Chalkias cubría el espacio con provechosa negligencia. Eso o que el brasileño le pegó justo al agujero de los ratones...

El drama. La segunda parte fue un giradiscos enloquecido. El gol de Javito, bastante increíble en su forma, dejó a Juanfran en muy mal lugar. Y al Zaragoza, jugando al poker sobre el precipicio, como esos australianos que salieron ayer en todos los telediarios. Víctor acababa de poner a Sergio García por Oliveira, y ese cambio supuso un acierto tardío o prematuro, según se mire. García tenía que jugar y lo demostró rápido, cuando cazó de cabeza un balón que D'Alessandro le envolvió en celofán con un centro insultante por preciso. Iba donde fue. Al coco de García y al gol.

Durante los últimos 18 minutos, Luccin (oceánico en su esfuerzo todo el partido) obligó a Chalkias a salvar a su equipo. Lo demás fue la frustración. El drama creciente. El Aris era un enemigo menor, pero suficiente ahora mismo para echar al Zaragoza de Europa. Así estamos.

Diario AS, 4 de octubre de 2007
www.as.com

08/10/2007 19:35 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 6 comentarios.

10/10/2007

La jota del día

Al zapatero no vayas
a dale ningún mal rato
que yo sé mejor que nadie
ande te aprieta el zapato.

10/10/2007 12:07 Autor: Mario. #. Tema: La jota del día No hay comentarios. Comentar.

11/10/2007

La leyenda de los Héroes

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Anoche, subida en el viento, la voz de Enrique Bunbury bajaba inflamada por las calles de la ciudad y llegaba nítida hasta la Avenida Goya, sobrevolándola, planeando más allá, camino de la Puerta del Carmen. No es una metáfora. Era cierto. Era el cierzo, que la traía de sur a norte, de La Romareda hacia el centro, apoderándose de la ciudad de un modo, repito, metafórico. Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes del Silencio; yo fui un coetáneo que en aquellos días igual se encontraba por los bares de la zona -en algunas tardes muy largas- a Enrique Bunbury o al Príncipe Felipe. Recuerdo a Bunbury en un bar del que no recuerdo ni el nombre. Subida en el viento, anoche su voz se imponía en oleadas. Sólo vi a los Héroes una vez en concierto, y aún no eran los Héroes tal y como los conocimos después. Eran un grupo emergente, sí, pero no los Héroes de la leyenda que ahora todo el mundo da por hecha, sabida y vivida. Y si recuerdo aquella noche, que era también una noche del Pilar de mediados de los años ochenta, es por la imagen y no por la música. La imagen no se me ha borrado nunca y nunca he sabido por qué: Bunbury muy joven, en un escenario en Independencia, con su melena entre rubia y caoba. acumulada sobre un lado de la cabeza muy al modo de los ochenta, pero suspendida en el azote del viento; y él cruzando la marea del cierzo con una voz grave que aún no tenía esa grandilocuencia en la dicción que tanto me molestaría después, que penetraba la noche sin ninguna dificultad, y ahí quedaba suspendida. Tampoco estaba el exceso escenográfico que es la marca del personaje, no sé si de la persona y no me importa. La exactitud teatral de los movimientos, las poses, el engolamiento muy singular y muy estudiado. Ignoro por qué nada de esto me gustaba y ahora me gusta.

Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes. Prefiero decirlo porque es la verdad. Me gustó su primer disco (que compré y aún tengo amontonado, supongo, en algún sitio) y luego empecé a desechar su evolución. Cuanto más famosos les hacía su lado oscuro, cuanto más se ensuciaban las guitarras, menos me interesaban a mí. Hasta que dejaron de hacerlo por completo. Yo quería entonces más pop y mi lado oscuro tenía otras formas, expresas en fondos igual de negros pero de lados más nítidos. A la vuelta de mi año en Engerland (por cierto que los Héroes tocaron ese verano en Londres y yo no los vi...) fui a admirar y escuchar a Gene en la sala En Bruto. Entonces Gene (¿alguien recuerda a Gene?... supongo que sí) acababan de aparecer y, aunque serían efímeros, eran fantásticos y se nos parecían algo a los Smiths, y puede que eso fuera suficiente; pero además hicieron un par de discos estupendos y soñadores y nostálgicos, llenos de ese pop íntimo y universal de los oscuros lúcidos. Luego se desvanecieron lentamente, como una canción o un viaje. Mientras aguardábamos su salida al escenario, pusieron Avalancha en los altavoces, un rato largo, Iberia Sumergida y todo eso. Rick se acordará bien, que estaba a mi lado. Con sinceridad, los Héroes en esos días me resultaban cargantes o aburridos. El modo de cantar de Bunbury me agotaba. Y sin embargo...

...sin embargo mañana estaré en el concierto. Creo que se debe, más que nada, a Bunbury. A sus discos en solitario, que me fueron ganando de unos años a esta parte, muy poco a poco y de modo por completo inesperado para mí. No está mal redimirse (si queremos interpretarlo así) en la comprensión o el aprendizaje de otras formas. Ensanchar los límites por dentro. Los discos de Bunbury (sobre todo Flamingos y aún más El viaje a ninguna parte) obraron un efecto inverso: aproximarme primero a él y luego otra vez a los Héroes. En estos tiempos en que tener un disco no cuesta nada, sólo el sosegante trabajo de escucharlo, he ido acumulando algunos álbumes de entonces de los Héroes, que no oigo demasiado pero oigo a veces, cuando siento que necesito agitar o combatir algunas nostalgias de entonces o de ahora. Sigo prefiriendo los primeros años, de canciones y acordes más planos, y aquella imagen del cantante joven subido en el viento a mediados de los ochenta. Eso sí me gusta y me gusta recordarlo. Puede que lo que busque sea la imagen ideal de aquellos días en que ellos y nosotros éramos casi igual de adolescentes. O puede que yo me haya puesto oscuro hasta encontrarme con sonidos que entonces no me interesaron. Ha ocurrido con otros grupos y otras músicas. Yo nunca fui un gran seguidor de los Héroes, voy a decirlo por última vez, pero ahora pienso que tal vez sólo nos cruzamos en un tiempo equivocado que hoy admite matices. Eso pasa. Con hechos y con personas. También con la música. Me alegro de que hayan vuelto. Por toda la gente que sí los quiso en su momento. Especialmente por César Láinez, que fue y es uno de ellos. Y porque en el fondo siento que todo debería volver, un poco.

11/10/2007 11:58 Autor: Mario. #. Tema: Minutos musicales Hay 8 comentarios.

12/10/2007

Oración

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Be Not So Fearful
 

Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil
Someone watches you
Alguien te cuida
You won't fail
No vas a fallar

Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil
Be not so nervous
No estés tan nervioso
Be not so frail
No seas tan frágil

Be not so sorry
No te lamentes así
For what you have done
Por lo que has hecho
You must forget them now
Debes olvidarlo ahora
It's done
que ya está hecho

And when you wake up
Y cuando despiertes
You will find that you can run
Verás que puedes correr
Be not so sorry
No te lamentes así
For what you have done
Por lo que has hecho

Be not so fearful
No tengas tanto miedo
Be not so pale
No te pongas así de pálido
Someone watches you
Alguien te cuida
You won't leave the rails
No te vas a perder

Be not so fearful
No tengas tanto temor
Be not so pale
No te pongas así de pálido
Be not so fearful
No tengas tanto miedo
Be not so pale
No estés así de pálido

You must forget them now
Debes olvidarlo
It's done
Ahora que ya está hecho
And when you wake up
Y cuando despiertes
You will find that you can run
Te darás cuenta de que puedes correr
Be not so sorry
No te lamentes tanto
For what you have done
Por lo que has hecho

Be not so sorry
No te sientas tan mal
For what you have done
Por lo que has hecho

[La descubrí hace poco, y eso que siempre estuvo delante de mis narices: en un pliegue del documental I Am Trying To Break Your Heart. No la encuentro en YouTube cantada por Jeff Tweedy en solitario o Wilco en conjunto; tampoco la original, la que creó ese casi intangible autor de los setenta llamado Bill Fay, del que apenas sé que sobre la solapa de un disco una revista lo proclama "el eslabón perdido entre Nick Drake, Ray Davies y Bob Dylan" (!). Así que dejo dos versiones anónimas, modestas y sentidas: una a la guitarra, otra con un teclado. Cualquiera puede murmurar la letra: sirve para rellenar los agujeros negros del estómago y los agujeros blancos de algunas noches].

12/10/2007 12:50 Autor: Mario. #. Tema: Minutos musicales No hay comentarios. Comentar.

16/10/2007

El hombre que no cerró a tiempo las piernas

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Juan Domingo Cabrera falleció el 3 de septiembre pasado, a los 55 años. Fue un 8 de toque en Talleres de Córdoba, en los años setenta. Un futbolista modesto que apenas atisbó una gloria liviana y cuya vida compuso un largo epílogo de privaciones, combatidas en un taxi y en la memoria de un hecho legendario: Cabrera fue el hombre al que Maradona le hizo un caño en su debut en la Primera de Argentinos, el 20 de octubre de 1976.

“¿Y este pendejo quién se cree que es para tirarme un caño?”, se preguntó enseguida Juan Domingo Cabrera. Cabrera contaba que recogió en un hervor el orgullo de sus piernas chuecas y le gritó al Maradona de 15 años que acababa de mancillarlo: “Nene, una y no más. Ni se te ocurra porque no vas a pasar”. Pero en las fotos, alineado con la camiseta rayada de Talleres de Córdoba, sus rasgos anticipan a alguien más bondadoso que autoritario. El paso del tiempo y las apreturas de la vida aún suavizaron más ese perfil. Si aquella jugada del genio lo incomodó, Cabrera acabaría participando de la fantasía colectiva que representó Maradona. Puede que hasta agregase algún matiz que hiciera aún mejor la leyenda, a su costa. Como esta declaración en un libro conmemorativo de Clarín: “Hoy abriría las piernas, ni lo pensaría. De modo retrospectivo, celebraba no haberlas cerrado a tiempo: “No te está haciendo un caño un Ruggeri o un Giunta. Es un caño de Maradona, del mejor”.

Dicen que por lo menos una vez en la vida todos los hombres asisten a un milagro, pero que la mayoría no se da cuenta. Cabrera vio a Maradona pero no lo vio, en todos los sentidos. Ni anticipó el caño ni anticipó nada trascendental en esa figura morena y enrulada: “Yo ni sabía quién era. Se la dio al 3 y el 3 se la devolvió. Maradona recibió de espaldas y cuando se dio vuelta, como soy medio chueco, me tiró el caño. No sentí bronca porque íbamos ganando; si vamos perdiendo seguro que lo corría y lo bajaba de un patadón”.

Desde ese día y hasta su fallecimiento, el 3 de septiembre pasado, el Chacho sólo fue el objeto indirecto de un episodio mutado en frase, lugar común y mito perdurable: el caño de Maradona a Cabrera. La leyenda gira como una peonza sobre aquel 20 de octubre de 1976, tarde de primavera en La Paternal, la cancha de Argentinos Juniors. Y en cada elipse de esa órbita repetida alguien agrega un detalle incierto, no probado. Como la frase de Cabrera o ésta otra atribuida a Maradona: “Negro, no seas mala leche”, le habría dicho el pibe al ocho de Talleres. Hay más espacios vacíos que nadie ha conseguido llenar o llenar del todo. Por ejemplo, los dos futbolistas jamás hablaron de la jugada, ni siquiera cuando Menotti los reunió en la selección después del Mundial de 1978. Más aún… no hay imágenes televisivas ni fotos del caño. Y nadie se pone de acuerdo en si el truco se dio o no en la primera pelota que tocó Diego. “Dar con una versión fidedigna de la jugada es como escarbar en la mitología del fútbol argentino”, anotó un observador diferido. Recuperar el perfil de Cabrera, la cara oculta de la luna, aún resulta más difícil.

Algunas cosas se saben. Otras se cuentan. César Luis Menotti estaba esa tarde en la tribuna de La Paternal. También Miguel Bertolotto, un joven periodista de Clarín enviado para cubrir el partido con este único encargo: contar el debut del joven Maradona, si se llegaba a producir. Maradona supo unos días antes que iba a ir al banco con la primera de Argentinos y que podría salir. Le faltaban 10 días para cumplir 16 años. Se lo anunció el técnico Juan Carlos Montes. Camino del intermedio, con el 1-0 para Talleres, Montes enfrentó al Pelusa de un lado a otro del foso: “Diego, ¿se anima?”. Por toda respuesta, el 10 le aguantó la mirada. En el camarín, el DT le anunció a Rubén Giacobetti: “Usted se queda, Giacobetti, va a jugar el pibe”. Y luego se dirigió a Maradona: “Salga y haga lo que sabe. Y si puede, tire un caño”.

El sueño colectivo
En aquellos días, la Argentina contenía un horror latente, el de la sangrienta represión que traería el golpe militar de marzo del 76. La dictadura ya hacía su feroz trabajo de liquidación embozado en ese silencio del que hablaba Kapuscinski: “A menudo los historiadores se fijan en los periodos de mucho ruido; pero los sucesos más importantes y los más atroces suelen desarrollarse en un profundo silencio”. El país vivía en uno y varios planos, como suele ocurrir. Había varias argentinas dentro de la misma Argentina y alguna argentina fuera de Argentina. Esa paranoia resulta muy reconocible, pero no alcanza a explicar las fascinaciones religiosas del criollo con algunos de sus próceres. El 8 de octubre, unos días antes del debut de Maradona, la Justicia había entrado a inspeccionar la quinta 17 de octubre en Madrid, donde víva exiliado José López Rega, el secretario del finado Perón. Con Isabelita presa en Argentina, López Rega –aficionado a la brujería y al gobierno en la sombra, al manejo sibilino del país- tuvo que huir a Suiza. Era el último bastión del peronismo.
 

El país dormía un sueño tenso y largo. Y al fondo aparecía el pórtico del Mundial 78. Diego Armando Maradona pronto se integró en el espejismo nacional. Hacía de alcanzapelotas en los partidos de la Primera. Divertía a la platea con sus prodigiosos jueguitos en los descansos de los partidos y alcanzó la fama en el programa televisivo Sábados Circulares. Cabrera jugaba de ocho para Talleres de Córdoba. Si algo lo unía a Maradona era la pobreza: Diego nació en Villa Fiorito; Cabrera, en Villa Soledad. En el fondo, eran dos negritos que crecieron jugando con pelotas de trapo en los potreros.

La vida futbolística y privada de Juan Domingo Patricio Cabrera fue sencillamente eso: una vida futbolística y privada, exclusiva de quienes lo conocieron de cerca. Nació en San Miguel de Tucumán, en una familia modesta de siete hermanos, y lo bautizaron Juan Domingo como a Perón, campeón del justicialismo y la patria obrera. Siempre quisieron considerarlo salteño y él aceptó la adopción hasta subrayarla con su muerte en esa ciudad, al extremo noroeste de la Argentina. Esos detalles insisten en la periférica modestia de su existencia, como futbolista y como hombre.
Desde Belgrano Sur, Cabrera saltó de equipo a equipo con la cautela de un gorrión. Se formó en Joaquín Castellanos y pasó por los tres grandes de Salta: Gimnasia y Tiro, Central Norte y Juventud Antoniana. Antes estuvo en el Atlético Mitre. Luego salió del interior hacia la capital federal (Talleres, después Vélez Sarsfield, más tarde San Lorenzo) y a Europa. En el Burdeos jugó 16 partidos y pronto regresó a su país. Hasta los hagiógrafos tendieron al olvido. Jimmy Burns escribió una célebre biografía de Maradona (‘La Mano de Dios’) en la que ni siquiera menciona el nombre de Cabrera al contar la jugada. En Francia los aficionados del Burdeos guardan una memoria difusa del salteño. En un foro ironizaban: “En Argentina era bueno, pero yo creo que, por lo que mostró aquí, el que vino no debía ser él, sino algún primo”.

Su mejor vida transcurrió en la T. En 1974 el presidente Amadeo Nuccetelli le había arrebatado a River el fichaje del técnico Angelito Labruna, que le inoculó al equipo albiazul un fútbol de gusto y gambeta. Cabrera llegó entonces al club y se fabricó un espacio a medida de su fútbol vistoso en el callejón del ocho, donde gobiernan el toque, la combinación y la llegada por afuera. Participó de una semifinal perdida contra River en La Bombonera de Boca; y de la final que Independiente le ganó a Talleres en 1978, con sólo ocho jugadores en el campo, mucho oficio de equipo mayúsculo y el concurso decisorio de la bota gentil de Bochini.

Eso fue lo más cerca que estuvo Cabrera de la luz. Más allá, su figura se desvanece en la memoria privada de los próximos y en la sombra de Maradona. Agotó su fútbol en el Racing de Córdoba. Con los años compró un remís (así llaman en Argentina a los taxis privados) y durante años corrió las calles de Salta en una rutina de economía pantanosa, sin definitivas privaciones pero muy ajustada. Si salió de ese pasillo opaco fue para participar en un juego periodístico que siempre lo conducía al mismo destino: el recuerdo de la jugada con Maradona. En una llegó a pedirle dinero a Diego para comprar el taxi: “Se lo voy a devolver con trabajo”. Nadie sabe en qué terminó aquello.

Si la vida de Cabrera tuvo algún énfasis fue el énfasis invertido de una sombra que se recorta contra el piso. Durante 20 años, Maradona sería la imagen positivada del imaginario comunal argentino; Cabrera compuso el inevitable negativo de esa fotografía. Aceptó su papel en la leyenda con mucha generosidad y, en el fondo, con enorme amor por el fútbol y admiración a Maradona. Ambas cosas serían la misma. La vida se le agotó pronto, como si de repente una existencia tan humilde se hubiera quedado sin episodios. Aguardaba a ser operado de un tumor cerebral cuando lo venció una neumonía. Falleció en la mañana del 3 de septiembre pasado.

Para el mundo, Juan Domingo Cabrera sólo fue el primer hombre que quiso quitarle la pelota al genio.

MediaPunta, Septiembre de 2007
www.mediapunta.es

[Este artículo -qué poco me gusta la palabra artículo y cuánto más me gusta la palabra nota, usada en Argentina-, esta nota sobre el antihéroe Juan Domingo Cabrera, la publicó el pasado mes MediaPunta, revista en la que escribo, cada vez más, desde su aparición. MediaPunta (que se reparte gratuitamente en los principales campos de fútbol de España cada domingo o día de partido) merecería por sí misma un somniloquio completo, que tal vez escriba uno de estos días. Está concebida y hecha con tan inteligente valentía y tantisimo gusto gráfico, con una habilidad de gestión tan fascinante, es tan distinta y tan libre a su manera, sin artificios, con un equilibrado desequilibrio en los enfoques y en las historias, que la tengo por una de esas utopías del periodismo que uno ha imaginado cien o mil veces a lo largo de los años de ejercicio. Naturalmente yo debí imaginar MediaPunta de forma imprecisa en muchas ocasiones, pero jamás hubiera podido darle forma, ni planteármelo. Los hermanos Pablo y Alberto Fernández-Salido lo han hecho. El caso es que MediaPunta parece un espacio concebido a la medida de un diletante grafómano y de impulsos ciclotímicos como yo. Llevo ya más de 17 años escribiendo a diario por profesión, y cada día de esos 17 años ha sido una pelea sorda por ensanchar los límites de los sucesivos periódicos para los que he trabajado. Siempre me gustó escribir de Deporte, jamás me ha pesado esa obligación; pero siempre deseé escribir de otras muchas cosas. En realidad, de lo que me diera la gana cada día. Con extensión libre, sin hora de cierre ni opinadores sobre los titulares, y tema a mi elección. Cuando más se estrechaba el cerco a mi alrededor, apareció el binomio Somniloquios-MediaPunta, que me ha permitido ejercer de forma pública ese anhelo tan privado]. 

16/10/2007 07:37 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 7 comentarios.

19/10/2007

Hitch

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Hace años tuve lo que llamaríamos un periodo Hitchcock, que empecé leyéndome el libro de entrevistas de Truffaut a Hitchcock (probablemente, el mejor libro jamás escrito sobre cine, y eso que debe haber varios cientos de miles que ignoro) y terminé comprando todo lo que pude encontrar sobre el director inglés en un par de librerías digitales de Inglaterra y Estados Unidos. Naturalmente, he olvidado casi todo lo que leí entonces. Tengo muy buena memoria pero soy poco memorioso. Es decir, tengo una memoria antojadiza. En ese tiempo también vi cuantas películas de Hitchcock alcancé, primerizas y últimas, y desde entonces cada cierto tiempo me paro a pensar cuál es la mejor. Porque a veces uno precisa este tipo de pensamientos clasificatorios e inútiles, que lo disponen para momentos estelares entre amigos y conocidos. La gente es exigente. Hoy, por ejemplo, caminaba yo por la calle con una chaqueta de punto de color verde y me he cruzado con un completo desconocido, un hombre ya mayor que al pasar por mi lado, sin levantar la cabeza ni mirarme siquiera, como un loco que hablara para sí, me ha dicho: "De verde no; de blanco y azul...". Primero he pensado que no me decía a mí. Luego he comprendido y me he vuelto a mirarlo. Seguía caminando sin levantar la cabeza.

Así que nunca se sabe cuándo alguien te puede preguntar esas cosas que pregunta la gente sin aviso previo, y con exigencia de respuesta inmediata. Por ejemplo: ¿Tan bueno es Chabal? O bien... ¿Qué pasará este año con el R. Z.? O, por ejemplo, ¿según tú cuál es la mejor película de Hitchcock? Ahí uno no se puede parar a pensar, no puede empezar a divagar y nombrar una, luego corregir, meter otra, incurrir en algún olvido espectacular... No. Hay que tener preparado un titular y al menos dos suplentes; y si la cosa se pone brava (cuando el oponente te intenta colar su preferida) tener argumentos para rebatirlo. Después de años de desajustada especulación, no he llegado a saber cuál me parece la mejor de Hitch. Debe de estar en algún punto intermedio entre Psicosis, Vértigo, La Ventana Indiscreta y Con la muerte en los talones. Y generalmente pienso que más cerca de ésta última que de ninguna otra. Otras veces pienso que se acerca más a La Ventana Indiscreta. Pero se admiten opiniones: quizás sólo son mis favoritas, concepto distinto pero aún más defendible. Finalicé mi periodo Hitchcock con la elaboración de un sentido artículo que nadie publicó jamás y que ni siquiera yo debo de guardar. No lo sé. Lo tendré que buscar por curiosidad, a ver qué decía. Como otro que escribí sobre Reyes (el ahora futbolista del Atlético) cuando se marchó del Sevilla al Arsenal, para el que no había razón ni encargo alguno: me apeteció escribirlo y para hacerlo aún más singular, lo escribí en inglés. ¿Para qué? Paraguayo.

Esta noche he visto Con la muerte en los talones, otra vez. Y me ha divertido como siempre. Ver Con la muerte en los talones constituye una de esas actividades que uno siempre disfruta como el primer día. Es lo mismo que oír In My Life, de los Beatles, un recuerdo sin desgaste. Los artificios visuales de Hitchcock me encantan; el uso estilizado de la cámara; esa forma de tratar a los actores "como ganado", dirigiéndoles cada gesto e insertando él los planos para que el conjunto adquiera sentido; el tipo de cosas que Cary Grant supo entender e interpretar como nadie. La recurrente escena de la avioneta fumigadora no se ha hecho clásica porque sí; en verdad resulta subyugante por más que vuelvas a verla mil veces. El plano desde la altísima grúa con el que se inicia la secuencia, con el autobús que deja a Cary Grant en medio de ninguna parte, resulta espectacular. El juego con las miradas del actor puntea todo la escena y la rellena de comicidad y una extrañada tensión. Los personajes principales de Hitchcock casi siempre fueron hombres comunes enredados en circunstancias que los rebasan o no comprenden o no pueden dominar, y los convierten en seres con una tenacidad de hierro para enderezar la realidad. Desde luego, James Stewart y Cary Grant daban el perfil exacto para esos papeles. Lo de las rubias lo sabe todo el mundo. Por encima de esa fijación, Hitchcock era un fenómeno construyendo en sus películas escenas superpuestas que terminaban por fundirse. Lo que al principio parece casual o un simple contexto, acaba por constituir el centro de la acción. Con la muerte en los talones está llena de esos juegos tan particulares. James Mason y Martin Landau (con unos ojos profundamente malvados) hacen unos villanos estupendos. La película viene a integrar un thriller semi cómico con plena conciencia y disfrute de esa paradójica condición. Tal vez los diálogos nunca fueron más chispeantes en Hitchcock como los que sostienen aquí Cary Grant y Eva Marie Saint. Así:

-"¿Qué le hace a una chica como tú ser una chica como tú?".
-"La suerte, supongo"
.

Por otro lado, titular Con la muerte en los talones una película llamada North by Northwest, me parece un indudable rasgo o rapto de genialidad, que merecía el Oscar para el tipo que parió el nombrecito en la distribuidora española.

[Pd.: Esto es lo que se llama escribir un somniloquio en vano].

19/10/2007 04:10 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine Hay 8 comentarios.

22/10/2007

Wild Man Blues

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A una hora oscura y apacible, estoy viendo Wild Man Blues, ese excelente documental en el que la directora Barbara Kopple retrata a Woody Allen de gira con su grupo de música dixie, el jazz primigenio de la querida, y aún desconocida, Nueva Orleans (lo que hace la música: sentí la tragedia de Nueva Orleans como si fuera un habitual visitante de Nueva Orleans... y aún no la he pisado en mi vida). Contra una opinión muy extendida, yo siempre he pensado que los personajes de Woody Allen sólo se parecen tangencialmente a Woody Allen, pese a la inevitable identificación entre unos y otros. Creo que en los caracteres que escribe no hay de él más que el pensamiento y la sensibilidad para trascender ese pensamiento y convertirlo en preocupaciones universales, desde una perspectiva tan irónica como brillante. En algún sentido todo arte se parece al artista, pero esa semejanza no implica una copia autobiográfica. Para mí, Allen es un mayúsculo autor, quizás uno de los tres mejores y más consistentes y variados de los últimos 30 años (Clint Eastwood, Woody Allen, Martin Scorsese). Puede dar la impresión de que todas sus películas hablen de lo mismo en formas parecidas, pero nunca se repiten los temas y si lo hacen es porque algunos temas tienden a repetirse en la propia vida. Son la sustancia de la vida. A la manera de los pintores, Allen crea series de pinturas con líneas de fuga o trazos o técnicas o personajes de fondos coincidentes, pero nada más. En ocasiones, esas pinturas quedan en meros bocetos y entonces uno advierte que hay un rasgo de genialidad latente, pero que la película ha quedado incompleta (Scoop compone un ejemplo perfecto para esta burda teoría mía). Decir que todas sus películas son iguales es como decir que toda la serie negra de Goya es igual. Wild Man Blues, absolutamente recomendable -si te gusta un poco el jazz, magnífica- abunda en la impresión de que Woody y sus personajes podrían ser la misma persona. Pero viéndola yo aún lo niego con mayor convicción. De la revisión de anoche me interesa una escena en la fiesta que sigue a un concierto de la banda en Venecia. En medio del desconcertante ambiente de una recepción en la que todos conocen a Allen y Allen no conoce a nadie, una entusiasta admiradora lo interpela. El diálogo siguiente opone la amable admiración por parte de ella y una considerada timidez del lado del director. 

Ella: Qué contenta estoy, tenía tantas ganas de conocerle...
Allen: Muchas gracias, muchas gracias...
Ella: Tiene usted tanto sentido del humor, es tan inteligente...
Allen: ¡Continúe, continúe!
Ella: De verdad, es usted muy inteligente, es un gran placer conocerle.
Allen: Dígame, ¿es usted de Venecia?
Ella: No, de Ancona.
(Woody Allen duda, como si no hubiera entendido el nombre o bien ignorase la situación de la ciudad o incluso su misma existencia).
Ella: Ancona... en el centro, junto al Mar Adriático.
Allen: Ajá... Ancona.
Ella: Pero usted sabe tanto de tantas cosas...
Allen: (Riéndose nervioso mientras busca apoyos) A veces la inteligencia es una carga, una gran responsabilidad.
Ella: ¡Debe usted ser tan feliz siendo tan inteligente...!
Allen: No crea, señora, en la cima hace mucho frío.

22/10/2007 04:25 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine Hay 4 comentarios.

24/10/2007

Radiografía del cáncer

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Juro que estoy absolutamente desconcertado con el Zaragoza. Una de las tareas más ingratas del periodismo, por ilógica, es la búsqueda de culpables y la inflación permanente de análisis. Cada lunes hay que contar y recontar un partido como si ese partido estableciese una línea absoluta de razones y argumentos; como si un partido diera todas las respuestas acerca de los problemas o las virtudes de un equipo, igual que si expusiera todos los síntomas y permitiera vislumbrar cada solución necesaria. Y no es así. La cuestión Real Zaragoza me parece intrincada. Uno puede apreciar los síntomas con cierta facilidad; lo verdaderamente difícil es diagnosticar la enfermedad subyacente. Cuando alguien me pregunta qué le pasa al Zaragoza, estos días contesto: qué es lo que no le pasa. Pero luego llego al AS y tengo que contestar a la pregunta en la forma de una página. Algo así traté de hacer ayer. No sé con qué resultado, porque yo soy escéptico. A lo mejor sirve al menos para debatir.

Demasiados problemas en muy poco tiempo

  • El equipo inexplicable El Zaragoza está en condiciones ahora mismo de enviarnos al diván a todos los que lo observamos. Se comporta de modo tan errático, comunica un grado de inconsistencia o de desorientación tan evidente, se parece tan poco a la idea que nos habíamos hecho de él, que cualquier juicio parte del desconcierto. No se trata de qué le pasa al Zaragoza; en realidad, la pregunta hay que reformularla desde el lado contrario: ¿Qué es lo que no le pasa?
  • Recuperar valores La temporada se ha torcido muy pronto. Hay problemas de rendimiento, de funcionamiento colectivo, de solidaridad, de actitud, de entendimiento entre futbolistas, problemas en la elección de los jugadores, problemas de disposición física, de ritmo de juego, de velocidad de la pelota, problemas de orden táctico, problemas de fragilidad mental y problemas de declaraciones altisonantes. En resumen: metástasis en toda regla, una proliferación de disfunciones que da para un catálogo. Demasiados problemas en tan poco tiempo, pero mucho margen para solventarlos. El equipo y su entrenador deben recuperar valores que están ahí, aunque parezcan olvidados: honestidad, autocrítica, amor al Zaragoza, serenidad, menos orgullo en los micrófonos y más vísceras en el campo. Unidad. Mucho análisis de puertas adentro. Disciplina en los modos y en la búsqueda de los objetivos. Lógica en las decisiones. Esas cosas no se logran con una valla contra la Prensa; lo que hace falta es un espejo en el vestuario.
  • El fútbol sin la pelota El Zaragoza siempre quiere la pelota, pero debe aprender a jugar sin ella. En realidad, ha de acordarse cómo hacerlo, porque el año pasado lo hacía. El principio de Víctor sigue siendo el mismo, pero el rigor en su aplicación ha decaído de modo fatal. Los puntas no molestan, los de afuera no ayudan a los mediocentros (ni hacen de interiores ni hacen de extremos), que reman en campo abierto; y los laterales se van mucho, pierden pelotas y regresan con escaso celo. En manos de un rival veloz, el Zaragoza es un muro de flan. El equipo tiene problemas de contención y balance defensivo graves. Aparece estirado, laxo y lento. Necesita juntarse más desde el fondo, y eso es cosa de los centrales. La escena de un balón ventajoso a la espalda de la zaga o la llegada en estampida del contrario son habituales. Lo retrataron el Barcelona, el Atlético y el Sevilla, aun a pesar de la victoria.
  • Cambios obligados El equipo precisa una catarsis animada por este principio: un problema intrincado también puede atacarse con soluciones de apariencia simple. Por ejemplo, no tocar lo que funciona (Sergio García y D'Alessandro) y revisar lo que no anda. Media alineación está en entredicho, y no sin motivos. Víctor debería pensar en el cambio de los laterales: Juanfran y Diogo fueron formidables el año pasado, cuando marcaban la diferencia en los rangos intermedios, ahí donde los buenos equipos se distancian de los apañados. Ahora su efervescencia la niegan la imprecisión y el desorden. Habría que preguntarse también por el perfil de los centrales: no es seguro que Ayala fuera a mejorar en el lado izquierdo, pero sí parece obvio que Sergio lo haría en el derecho, donde hizo un año pasado excepcional. Con Aimar todo es opinable. Uno cree que si no juega de media punta los argumentos para su titularidad adelgazan, pero Aimar siempre nos va a parecer más una solución que un problema. Arriba, por fin, hay que hacer algo y en serio. Hoy por hoy, lo más serio es que juegue Sergio García. Y de lo demás ya hablaremos.

23 de octubre de 2007
www.as.com

24/10/2007 00:31 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 18 comentarios.

26/10/2007

Deborah Kerr (1921-2007)

20071026094324-kerr-lancaster.jpg


Karen Holmes: Si va buscando al capitán... no está aquí.
Sargento Warden: (mirando a Karen con lascivia) ¿Y si no estoy buscando al capitán?
Karen Holmes: Entonces, el capitán sigue sin estar aquí.

[Deborah Kerr y Burt Lancaster, en De Aquí a la Eternidad, aprovechan la ausencia del capitán para darse un baño].

26/10/2007 09:43 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine Hay 3 comentarios.


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