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03/09/2007
El verano aún no ha acabado

Sólo hay algo más deprimente que el llamado síndrome post vacacional, y son los programas de radio y los psicólogos en televisión hablando del síndrome post vacacional. Somos estupidamente conspicuos en el empeño por crear y recrear y otorgarle complicadas naturalezas a fenómenos de lo más primario. Esto es simple: el que no aguante la depresión del regreso, el próximo año que no se vaya de vacaciones y listo. Verás cómo no era tan grave. Volver es una putada, nada más que eso; pero hay tantas a lo largo del año... Considerarlo un síndrome es tan grave como denominar curro al trabajo. ¿Quién inventaría la palabra curro y sus derivadas, currar, currelar, currelo? "¿Curras hoy?", me pregunta por ahí de vez en cuando algún/a indeseable. Yo no curro, perdone usted, yo trabajo. Y sí: desde el viernes empujo el molino del olvido, diríamos, imagen de esta semana en el sugerente (!) margen superior derecho de Somniloquios. El Zaragoza y yo estamos aún en el verano, de ahí el título de la primera crónica del año. La dejo a modo de saludo.
Real Zaragoza, 1-Racing, 1
2ª Jornada de Liga
Diario AS, 2 de septiembre de 2007
El Zaragoza sigue sin ponerse en marcha l Jugó a chispazos y reaccionó para empatar l Marcaron Serrano y Oliveira l Toño le sacó tres a Diego
El Racing dibujó un aviso frente al Barcelona y ayer lo corroboró en La Romareda, contra otro equipo de ritmo alto y variantes ofensivas alegres. A pesar de su debilidad en la delantera y de las ausencias, se las arregló para marcar el ritmo del partido y poner al Zaragoza contra las cuerdas con un ejercicio de repliegue y contraataque muy sutil. El Zaragoza se quedó a medio camino de todo. Aunque acumuló un buen número de claras oportunidades -que Toño desactivó con un catálogo espectacular de manotazos ingrávidos- y trató de elevar el ritmo de su juego, la verdad es que parece aún atrapado en una evolución corta, como si el verano se le hubiera quedado pequeño para reunir y engrasar las piezas o las ideas. El camino que le queda es largo y el descanso le va a venir bien. Mientras el Racing se fue silbando bajito, el Zaragoza se queda rumiando las relativas ansiedades de su entorno: un punto en dos partidos le sabe muy poco al sexto club que más ha gastado este verano.
Marcelino manejó el partido, aun con errores que pudieron comprometer la ventaja del Racing. Primero nos fijaremos en los detalles laterales: su vistosa corbata verde estaba rematada con un nudo que era como un cogollo de Tudela, una floración clorofílica que le subrayaba el mentón y le daba preeminencia en la noche. Iba a juego con el césped esmeralda. Marcelino se pasó el partido gesticulando mucho, como si con sus manos pudiera tocar los costados de los jugadores o ponerlos en el campo con la misma exactitud cuidada con la que levantaría un frágil castillo de naipes. El cogollo del cuello no se le movía un ápice. Tampoco sus futbolistas. El lenguaje corporal de Víctor Fernández, por su parte, era más contenido y de agitaciones interiores. Víctor es uno de esos entrenadores a los que la ropa deportiva le queda ajena. Los trajes, sin embargo, le encajan como un guante. Pero como septiembre aún es verano, no luce corbata. Ese aire desenfadado lo negaba anoche con su tendencia a apretar los brazos sobre la boca del estómago, como si le estuviera naciendo ahí un agujero negro o una preocupación diferida. Y era así. Durante algún tiempo mantuvo compuesto el rostro, pero enseguida se le deshicieron las facciones porque su Zaragoza no encontraba la fórmula.
Aunque el partido nació vigoréxico y agitado, repleto de actividad como un hormiguero, enseguida se remansó, que es lo que preferían el Racing y su entrenador. Los dos equipos se lanzaron a toque de corneta, una hiperventilación excesiva que le dio al inicio de la noche un aire de Premiership inglesa. En ese ambiente, Oliveira hizo una sola y rotunda muestra de su autosuficiencia: él solito armó una jugada por el costado izquierdo y la concluyó con un derechazo fulgurante al larguero de Toño, que se retorció en la nada como una gamba. Fuera de ese latigazo, al Zaragoza el partido se le hizo bola en el gaznate muy pronto, y ya no encontró forma de digerirlo. La marcha de Gabi Milito ha dejado una considerable debilidad en la salida de la pelota. Ni Ayala ni Sergio -que jugaron un buen partido, en otros órdenes- tienen el desplazamiento del Mariscal. Tampoco Zapater participa demasiado de esa obligación; y aunque Gabi recorrió todos los caminos y preguntó en cada puerta, al Zaragoza le faltó el compás de tinta china de Matuzalem. En esas condiciones, el equipo de Víctor jugó a chispazos y con frecuencia se deshizo contra el rompeolas de Marcelino.
Disparos
Entre la ineficiencia del Zaragoza y la cortedad del Racing arriba, el choque se quedó mucho tiempo en las cosas secundarias. Eso delató sobre todo al equipo local. El Racing fue jugando su partido y haciéndolo cada vez más suyo. Se armó muy bien hacia atrás (hasta los delanteros incordiaban a los medios del Zaragoza, ejemplo de solidaridad o disciplina) y buscó la espalda de la zaga aragonesa con pelotas a Munitis e Iván Bolado, ayer dos delanteros de actividad frenética pero contenido menor. Bolado corrió tanto que a los diez minutos del segundo tiempo se había bebido el oxígeno de su organismo. Aun con esas carencias, el Racing tuvo el mando estático del encuentro, la tecla del ritmo. Siempre se jugó en la velocidad que más le convenía a él, lo que le otorgó cierta superioridad psicológica sobre un Zaragoza al que la impaciencia le fue creciendo igual que musgo entre las ideas.
Ganado el espacio y las dinámicas internas de la noche, el Racing se atrevió a invadir terrenos ajenos a menudo, y para ello envió a la segunda línea adelante. Colsa y Duscher eran el fuelle de ese acordeón. En lo ofensivo, el partido cántabro constituyó un ejercicio de puntería bastante pobre, pero definitivo: Jorge López, Duscher u Óscar probaron a disparar desde fuera del área, todos sin peligro concreto. Al principio parecía nada, un argumento gaseoso, pero venía a ser una prefiguración, un anticipo. En ese sentido, sólo en ese, el Zaragoza pudo reclamar una cierta injusticia pasajera, porque Diego Milito apareció ligero y venenoso en los remates y no obtuvo ningún premio. Toño le sacó dos goles de la garganta con un par de vuelos cartilaginosos, enroscándose en el aire, que de inmediato señalaron al portero como figura principal de la noche. Más tarde, Diego cruzó un tiro mal tocado; y luego le puso el filo de la cabeza a una de esas combas de niño demoniaco de D'Alessandro. Apenas la peinó, pero el balón era un mísil que Toño manoteó en otro ejercicio asombroso de levedad física. Y entonces, justo cuando se estaba viniendo el Zaragoza, entonces Óscar Serrano hizo diana. Fue de un tiro, claro, a la vuelta del rechace de un córner.
Con esa ventaja, Marcelino jugó al ajedrez y se enrocó. Más de la cuenta. Repobló primero el medio campo con Jordi, mientras el Zaragoza hacía lo contrario para ganar ligereza arriba con Sergio García. Nada se movió demasiado, sin embargo. El Zaragoza puso arrojo, desde luego. Faltaría más... Se fue a por el partido con decisión, pero apenas hay mérito en esa mera necesidad. Acabó por empatar también en un córner, para que el encuentro no se saliera de su contenida naturaleza. Ayala pegó un cabezazo demoledor, tras un salto rotundamente increíble, y Oliveira cazó la mariposa en el rechace. Fue todo. Marcelino reunió tres centrales, Víctor dejó volar los faldones de su americana y el Zaragoza apretó sin terminar de ahogar. Exactamente igual que el nudo de la corbata de Marcelino.06/09/2007
Desaceleraciones

Mi profesión y yo hemos alcanzado lo que en el buceo se llama flotabilidad neutra: una suspensión total en la que no te vas ni para arriba ni para abajo, la sensación ingrávida del astronauta. Dicho en términos vulgares: nos despreciamos el uno al otro lo suficiente como para no molestarnos demasiado. A veces nos montamos escenitas, pero en general somos un matrimonio viejo, de modo que podemos dejarnos de imposturas. A ratos nos ponemos románticos y yo me emociono y me pongo a recordar cuándo se me ocurrió ser periodista por primera vez, a los 11 años. Ya lo he dicho en algún otro lado: fue culpa de Enrique Blount y Alcides Jolivet, los periodistas de Julio Verne en Miguel Strogoff, que atravesaban estepas siberianas en paralelo o en perpendicular con el correo del zar, y pasaban las crónicas en el telégrafo y dialogaban en los largos trayectos en tren. Una ficción muy conveniente para un muchacho de ojos vidriosos como yo. El caso es que todavía hoy pienso si no será posible darle una voltereta completa a las cosas y probar algo del lado romántico o legendario de este oficio. Me da por pensar que, si uno sabe escribir medianamente y le gusta viajar, debería dedicarse a escribir y viajar, o viajar y escribir. Pero, ¿quién paga por eso? Toda la vida buscando el sentido de la vida y, cuando uno cree dar con él, resulta que nadie lo paga. Debería haber un ministerio dedicado a este tipo de cosas: el cheque bebé y ahora el cheque metafísico. No lo hay ni con Zapatero, tan atento a los detalles. Lo más lejos que he llegado yo son estos Somniloquios, una puta ensoñación mentirosa que me retira de las verdades cada tanto. Y gracias.
En general, como decía, no espero ya casi nada de mi profesión. Es obvio que la profesión no espera ya gran cosa de mí, salvo los textos de cada día, con fecha y hora. Así ha de ser. No hay reproche. Por el camino de la desconfianza mutua he logrado deshacerme de los mayores pesos del periodismo en los últimos tiempos. Mi capacidad para escaparme de la profesión, eso que ahora se llama de forma tan fea desconectar, se me da de maravilla. Me sorprende porque antes me costaba desconectar; ahora lo que me cuesta es conectar, directamente. Digamos que pego chispazos de cuando en cuando, leves intromisiones de la realidad por las que me dejo llevar y a las que le pongo todo el interés profesional del que soy capaz. He de decir que es mucho. Si me pongo, me pongo. Ahora... como esté de no ponerme la tenemos jodida. Soy más difícil que sacar a un pulpo de su agujero. Por fortuna, los años acumulados me permiten una serie de evasivos métodos que llamaremos recursos o, por darle algo más de cuerpo, conocer el oficio. Sin gran implicación emocional, en ocasiones obtengo resultados que calificaré de sobresalientes por comparación con el esfuerzo. No es vanidad, es conformismo. Tengo para mí que 15 años en un diario (o varios diarios) equivalen a unos 30 en un puesto de trabajo normal, sin competencia ni finalización diaria ni hora de cierre ni presión por la excelencia o el vacío de errores. Acabo de cumplir 17. O sea que ya voy bien...
Este somniloquio quería hablar de la desaceleración y ha terminado en el confesionario. Ahora voy con la desaceleración. Al inicio de las vacaciones leí una entrevista a un psicólogo que alegremente afirmaba que el tiempo es relativo y de cada uno. Eso que todos intuimos pero no podemos demostrar. Los maestros del tiempo, decía, son los niños, capaces de desacelerar su transcurso por pura acumulación constante de experiencias. Todo es un descubrimiento para ellos, descubrimientos al segundo, experiencias nuevas por minutos, un bombardeo de ilusiones y emociones indetenible. Por eso los veranos, argumentaba, les parecen eternos y nos parecen a todos mientras los recordamos. Digo yo que también porque duraban tres meses, al menos el triple de lo que duran ahora. Encima eran veranos uniformes, recuerdo: calor mortal y, a partir de agosto, denodadas tormentas por la tarde. Ahora uno no sabe ni en qué mes vive. O el día: ayer felicité a mi hermana por su cumpleaños, que era y es estrictamente hoy. Siempre lo ha sido. Me he desacelerado tanto que tengo la cabeza confundida, porque en realidad esto era una aceleración anticipatoria: una parte de mí había alcanzado el día 6. El resto anda por el 11 de agosto todavía, más o menos.
La receta del psicólogo era el constante descubrimiento adulto. Hacer muchas cosas, todo lo nuevas posibles. Ir a sitios, supongo; visitar lugares; conocer personas. Muy bonito. Pero cada uno es cada cual. He comprobado, contra lo que el psicólogo advertía, que a mí lo que me desacelera el tiempo es la estricta inactividad. Ni descubrimientos ni mandangas. Tengo una organización desorganizada del ocio tan bien hecha que, en cuanto llevo dos días sin trabajar, me faltan horas para no hacer nada. Cuando no hago nada los días se me quedan cortos. He encontrado tantas formas de no hacer nada, que no me llega con 24 horas. Necesitaría días de al menos sus buenas 28-30 horas. Por eso he dado como costumbre en acostarme tarde y dormir poco. Hay que no hacer nada a conciencia. Es agotador.
De entre los no hacer nada que desaceleran están los días enteros en la playa, hablando poco y mirando mucho, oyendo música o leyendo; el fondo de las piscinas desacelera mucho, como bien sabía Dustin Hoffmann en El Graduado; desacelera y aleja, binomio fun-da-men-tal para la supervivencia. La gente se tira de punta cabeza en las piscinas, pero no se debe hacer. Para desacelerar bien, hay que entrar en las piscinas despacito, nada de espasmos musculares: por unos escalones es lo ideal; o bien tomarse del borde de la pileta e ir ingresando los lomos poquito a poco. Luego uno llena los pulmones de aire y se deja hundir; tras varios segundos, se va soltando el aire por la nariz y comprobaremos cómo el cuerpo cae inerte hacia el fondo, muy suavemente. Ese ejercicio, repetido unas cuantas veces (saliendo a la superficie a rellenar, claro) desacelera de cojones.
También desacelera escuchar a Chet Baker al sol en una hamaca, después de una comida frugal, cantando con esa voz asexuada que ocultaba tantos desmanes interiores. El saxofón de Ben Webster también desacelera una barbaridad, y además el soplido del genio provoca una vibración aireada en el timpano que viene a ser como un masajito en los lóbulos de las orejas. Un masajito en los lóbulos de las orejas desacelera como un avión en el aterrizaje, a todo trapo, hasta con un poco de inercia para adelante que se debe compensar de algún modo, o uno va al suelo. Hay que sujetarse bien de los brazos de la hamaca para no irse adelante; si la hamaca no tuviera brazos, agárrense con fuerza los huevos. Ese ejercicio no anula la inercia pero despista mucho y, por comparación, el dolor consiguiente deja en un juego de niños lo de la inercia. Leer a Pete Dexter desacelera mucho; leer periódicos, no. Son fugaces. Perry Mason también acelera un poco. Bucear desacelera que te pierdes, por el mismo principio de El Graduado pero multiplicado por cien o mil. Los crucigramas y los autodefinidos, aunque parezca lo contrario, aceleran. Lo sé. Una tarde frente al mar agitado en La Caracola desacelera que te mueres. Unos jugando a las cartas y otros leyendo, parecíamos personajes de Woody Allen en Septiembre o un cierto rollo James Ivory o Los Amigos de Peter. Muerte en Venecia, pienso ahora; Dirk Bogarde dejándose ir en la hamaca, rodeado de la peste juvenil del efebo rubio, tapadito con mantas.
Somniloquios debería desacelerar. Si no lo hace, presentad una reclamación.
[Foto: Chet Baker, soplando la trompeta. Si os gusta que os acaricien las orejas con las yemas de los dedos, escuchad The Best Of Chet Baker Sings... O haced lo que queráis, chicos. Ya llamaréis con lo que sea].
10/09/2007
Jenkins, Blanco, Corleto: ensayos contra la tradición

Hablemos del Mundial de rugby. En realidad, hablemos de Argentina, lo único que hasta ahora exige un comentario, porque lo demás han sido detalles más o menos previsibles: la excelencia de los All Blacks en las previas (esa superioridad incontestable ha de exponerse para ganar el Mundial de una vez), el aburrimiento mortal del juego inglés, la candidatura de Suráfrica, un pésimo cliente; y las dudas críticas de Gales y Escocia, que se han bajado del primer escalón hace rato y no regresan. Quiero ver a Irlanda, el mejor equipo europeo de los últimos años. La previsibilidad, decía, supone el gran problema del Mundial de rugby a estas alturas. El rugby no es el fútbol: no pasa cualquiera y les da un susto a los All Blacks. Con primitiva lógica, lo que suele pasar es que los All Blacks le dan una paliza al primero que pasa. Aunque sea Italia, equipo de larga emergencia. Demasiadas diferencias. Para quienes el rugby significa lo que sólo puede significar, algo inexplicable, este reproche no supone un gran problema. Hay diversión de una u otra forma. Pero hay que esperar a los cruces de los grandes, a las siguientes fases, para ver lo que en el Seis Naciones y, sobre todo, en el Tres Naciones del hemisferio sur, vemos cada día. Verdaderos partidos de rugby. El de Argentina y Francia lo fue. Volvamos a él. El ensayo de Corleto en el primer tiempo, en perspectiva, resolvió un choque que sólo tuvo un ganador y un merecedor. Al verlo me cruzó la cabeza esta línea supra temporal: Jenkins, Blanco, Corleto.
El ensayo de Corleto es delirante, en todos los aspectos. Es delirante el regalo de Remy Martin y, sobre todo, la ausencia de un francés (por encima de todas la del zaguero, desde luego) que interrumpa la huida de Corleto o si acaso la comprometa. Hay que notar también, y en el vídeo se observa de maravilla, la diferencia de la carrera de Corleto y la del resto. No la de finalización de la jugada (el Puma corre como un duque, las rodillas arriba, la pelota recogida sobre el costado externo, el más alejado de la defensa, para un hand off protector si hubiera hecho falta, y una agilidad de zancada inabordable para los franceses): una prestancia muy de número 15, esencial. Pero yo me refiero a la primera progresión de Corleto en el inicio de la jugada. Cuando Martin pierde la pelota, una nube de argentinos y franceses trotan a ritmo medio alrededor del Puma que la ha robado. Corleto no. Corleto, desde atrás, ve todo, todo el paisaje, toda la jugada, a todos los propios y sobre todo a los contrarios. Ve el horizonte, que no es otro que la línea de ensayo, y sabe que si la agarra hay ensayo. Por eso sale como una centella desde el fondo en una anticipatoria y potente aceleración.
El try de Corleto merece revisar una vieja jugada de los años 30 y otra de 1987. Todos los cambios del reglamento del rugby en los últimos doce años han querido liberar la pelota para que no quedase enterrada en confusos agrupamientos (eso que tan bien hicieron los argentinos en la segunda parte). Extrañará saber que el rugby profesional, el rugby al que las normas han modelado en un deporte mucho más veloz y televisivo, se lo inventó en realidad Rupert Murdoch, el magnate televisivo. Por la vía del negocio, claro. Él fue quien estuvo a punto de comprar a todas las estrellas del juego en el mundo en 1995 para montar una competición transnacional y pensada con el fin primordial de engordar el espectáculo, la publicidad y los derechos de televisión. El rugby era amateur hasta entonces... pero la federación internacional tuvo que variar reglamentos y filosofías para evitar que un deporte quedara en manos de un solo hombre.
Desde entonces, todas las variaciones en la normativa han tenido un fin concreto y varias consecuencias: han inflamado el juego de ataque y, en orden inversamente proporcional, han disminuido las barrigas de los delanteros. La velocidad y la confusión o mezcla de roles son ahora la norma. Los gordos corren como tres cuartos y los tres cuartos entran en agrupamientos y rucks como desaforados delanteros. Pero en el principio (y a mí me gusta ir al principio) todo fue bien distinto. Hasta finales del siglo XIX los equipos de rugby los formaban 20 jugadores, y nada menos que 13 de ellos eran delanteros: todos dedicados a un esfuerzo medieval en mauls interminables, en los que el balón raramente salía abierto. Y si lo hacía, el atrevido que intentaba correr era rápida y unánimemente aplastado. Los galeses, siempre atentos a la diversión con la pelota, fueron los primeros en aligerar el paquete de delanteros para agregar backs: un inteligente y premonitorio movimiento. Pronto todos lo copiaron.
Ahora lo vemos con absoluta normalidad, algo deliciosamente cotidiano, pero en aquellos días los zagueros nunca ensayaban: su trabajo consistía en placar, recoger las patadas ajenas y devolverlas a la banda. Corte y limpieza. Nada más. Fue así hasta que el galés Vivian Jenkins, centro de Oxford reconvertido al número 15, cambió la historia. En un partido frente a Irlanda en Swansea, en el año 1934, recogió el balón a la hora de juego en su zona. Cuando todo el mundo esperaba la rigurosa patada defensiva, a Jenkins le salió el alma de centro y avanzó con decisión, rompió la primera línea rival y combinó con Idwal Rees. En el impulso siguiente, Rees alcanzó la línea de 25 irlandesa y jugó con el ala Basset, quien a su vez transmitió la pelota antes de salirse por la banda. Jenkins, que había seguido toda la jugada con innovadora inspiración, hermana lejana de la de Corleto, recogió el óvalo y ensayó. Los puristas del juego se escandalizaron de inmediato: "Debería haber pateado. El trabajo de un zaguero no es ensayar", argumentaron con los rubicundos carrillos temblorosos. A continuación vaciaron otra pinta de cerveza. Hasta 1962 no se produjo otro ensayo de un zaguero en el 5 Naciones.
Los ensayos de los zagueros poseen una rareza original: a menudo traen escrita la victoria. De forma diferida, como en el caso de Corleto, o de modo directo, como sabe cualquiera que viese el ensayo de Serge Blanco, el legendario arrière francés nacido en Caracas, en la semifinal del Mundial 87 contra Australia. Si de algún modo vio a Corleto, Vivian Jenkins (fallecido en 2004) estará orgulloso de comprobar en qué ha derivado aquella locura suya en una tarde de rugby entre cinco naciones en Swansea. El señorial Blanco, por su parte, al ver al Puma comerse un gallo con esa jugada debió de removerse en su asiento.
[Foto: Vivian Jenkins, pionero en el juego, luego periodista, narrador de las hazañas de los British Lions en sus giras por el hemisferio sur -'Lions Down Under'-. El primer zaguero que metió un ensayo. El abuelo lejano de Corleto].
12/09/2007
Escena de cama

Ella se aproximó a mi hombro. Sentí que el bronce de sus pechos me rozaba la espalda al preguntarme.
-¿Qué te pasa?
-Nada –hice una pausa y me volví hacia ella-. Sólo la costumbre de la tristeza, de la indefinida melancolía. Nostalgia del hombre que no he sido, del que no habré de ser. De infinitos amores incompletos o ignorados.
-Vete a la mierda –me contestó.
Se vistió y no volví a verla más.
13/09/2007
Desaceleraciones (2)

Han pasado casi cuatro meses antes de que yo empezase a leer una línea o atender en las noticias al asunto de la desaparición de la niña Madeleine McCann. Para los que disfrutasteis o bien os pareció curioso el somniloquio sobre la desaceleración, ahí va este otro dato: cuatro meses. Podríamos decir que esa es mi velocidad de conexión con la realidad.
Esa disfunción se manifiesta de muchos modos, cada vez peores. Últimamente no respondo apenas a los emails y empiezo a pasar por alto muchas llamadas telefónicas. Incluso del trabajo. No pretendo aislarme, es que juego falsamente a liberarme. Por primera vez se abre en mi cabeza la idea de abandonar el móvil. No puedo dejarlo, claro, porque es de la empresa y los periodistas tenemos un plus de libre disponibilidad que antes era papel mojado pero, con la telefonía móvil, ha tomado una encarnación llamada terminal. Te pueden llamar cuando quieras y tienes que atender. Empiezo a saltarme las reglas. Si no os contesto, no os inquietéis. En cuanto haga chispa con la realidad os devuelvo la llamada. Uno no puede interrumpir un pensamiento bien hilado, o una lectura, o una conversación, o un recuerdo, o el concurso con otra mirada, para responder a un mero impulso eléctrico de luz y sonido. Salvo que el sonido conecte con un rumor interior, lo que ocurre pocas veces. Para empezar, como una primera medida, ahora lo llevo siempre en silencio. Si no lo oyes, es como si no hubiera sonado. "Perdona, no te he oído la llamada". Aunque lean esto, jamás podrán demostrar que la oí. Ayer estaba pensando en todo esto, agarré el móvil y se me cayó al suelo y se apagó. No podía encenderlo. Cuando lo hice, la luz de la pantalla vacilaba débilmente. El color se fue. Según como apretaba las teclas, el Nokia incurría en un desvanecimiento muy poco sueco para mi gusto. El móvil se me cae cada muy poco al suelo. A veces lo controlo con el pie con habilidad de virguero, la que no tuve con la pelota, y le amortiguo la caída. La carcasa se abrió hace mucho y de cuando en cuando le miro las tripas forzando la tapa, jugando con la posibilidad de que haga kataklinsman y me lo cargue. Me importa poco.
Nunca abro los recibos del banco cuando llegan. Los guardo en un cajón bien seguros en sus sobres, hasta que se amontonan o bien la realidad se empeña en acosarme y debo buscar una factura o un documento concreto. Entonces los saco todos de vez. Rasgo los sobres e interrogo a los papelitos con notable aprensión. Como un estúpido, les atribuyo una característica humana: la de la memoria selectiva. De forma inconsciente confío en que si yo no les hago caso durante un tiempo, ellos acabarán por olvidarse de mí, como ocurre a veces con las personas. Los recibos del banco son como balas disparadas; si los abres en los primeros días, te pueden reventar la piel, su plomo arde y conservan intacta la muy humana capacidad de herirte o infundirte temor, capacidad que hay que negarles como sea; con el paso de las semanas, de los meses, pierden fuerza y al final casi ni te importa lo que ponga en ellos. En su momento tal vez te hubiera afectado. Un tiempecito a la sombra y se vuelven unos mierdas pusilánimes. Tú estás por encima porque ese dolor diferido resulta sencillo de dominar: "Esto es de hace cuatro meses: ya no puede ni tocarme". Si hubo una crisis en tu cuenta corriente, mejor no saberlo. Esto se suele juzgar una irresponsabilidad, con razón; a mí me parece que la irresponsabilidad es enterarte de cosas así. Pueden ser muy turbadoras.
Con las multas es lo mismo. Si quieren cobrarlas, que pasen un recibo al banco. Usan las multas como si fuera otro impuesto, al menos en la Inmortal, y eso no lo aguanto. Que me metan la mano en el bolsillo no lo aguanto. ¡Basta de policía, déjennos respirar! Cuando los coches oficiales no aparquen en la zona peatonal, yo dejaré de subirme a la acera. Aquella vez que Rudi avisó en toda la prensa que embargaría las cuentas para recaudar las multas, pensé: "Coño, eso sí es la realidad". Me fui a la plaza Roma. Había una fila de mil demonios. Aguanté con heroísmo. Llegué al mostrador. "Sáqueme la cuenta de mis multas". La mujer, supongo que cagándose en la Rudi, sumó en el ordenador. Tanto. "¿Puedo pagar con tarjeta?" (el dinero es demasiado real). "No, sólo al contado". No llevaba ni un hierro. Otro día vuelvo. No volví jamás. ¿Si me han embargado la cuenta? Creo que sí, no estoy seguro. Me parece una amenaza menor. Con tal de no abrir los recibos a tiempo, basta. Lo que no se ve no se siente. No tengo ni idea cuánto pagamos de la hipoteca. Nunca supe cuánto valía una de las decenas de pintas que me bebía. Últimamente miro más el dinero, es cierto. Lo miro pero no veo nada. Lo miro y si acaso sólo veo libros, música, viajes, una buhardilla insonorizada en la que entren el sol y el silencio por un ventanuco; un sillón; una televisión gigante para ver películas; las paredes forradas de libros. Sobre todo veo viajes. Más viajes. Sólo viajes. Tengo casi enumerados los lugares que no puedo dejar de visitar. He tachado algunos ya. Me quedan otros. No soy un inconsciente: los elegidos no son tantos. La hazaña es perfectamente realizable, salvo por la cima del Everest donde he delegado en Sebastián Álvaro y su tropa. Eso sí: documentales de ascensiones me los he visto todos. Y me leo a Reinhold Messner con gusto. Al fondo del mar ya he llegado. La Antártida me falta, pero desde Ushuaia cruza un barco. Tal vez el próximo verano. Y los mares del sur...
Yo, como leí en cierta biografía de Luis García Berlanga, aspiro a pasar por la vida sin que la vida me toque demasiado. Estos aspectos de la vida, digamos. Los recibos, las obligaciones, los compromisos, la convención de las cosas, las realidades demasiado concretas, el trabajo. Soy débil y ese es mi modo de hacerme fuerte. Por lo demás, me dejo rozar y hasta voltear por otros muchos aspectos de la vida. Físicamente soy cauto; sentimental y sensorialmente soy todo lo contrario. He querido y quiero comprobar el fondo de todas las sensaciones, me ha gustado y me gusta caminar sin saberlo por el precipicio de lo interior. Soy un cobarde con una demoledora valentía emocional. Estoy muy dotado para sentir. Cuando alguien me habla de la sensibilidad femenina como de un canon o una certeza, me carcajeo.
Jamás respondo al teléfono en casa ni abro la puerta cuando llaman. Una empresa de esas que llaman a casa me persiguió un tiempo, pero llamaban a casa de mis padres. Una vez el sr. Ornat, en un rapto de genialidad nada inhabitual, les dio esta explicación: "Se ha marchado a Australia y hemos perdido todo el contacto con él". Le pidieron una dirección si no me acuerdo mal. Dio una com-ple-ti-ta y totalmente inventada. No han vuelto a llamar. Supongo que seguirán buscándome, que no le creyeron, pero hay mentiras irrebatibles y ese cansancio final de un trabajo. ¿Y a mí qué me importa dónde esté este lerdo, si está en Australia o en la luna? Si llegan a encontrarme en casa, no abriré. Yo no abro. No me importa si los del otro lado, quien haya en el rellano, me oye caminar hasta la mirilla y examinarlo. Me da igual que venda enciclopedias, el Duo de Telefónica o pañuelos de papel. Me da igual que sea un vecino o el portero que avisa de que van a cortar el agua. Antes me ducho con agua fría que abrir o responder. Me da igual que me oigan y me hablen desde el rellano, que me pidan que abra o que se den cuenta de que tengo la música o la televisión puestas. No abro. No respondo. Mi silencio es su oscura duda. Si es la policía, jamás podrá demostrar que estaba dentro, salvo que tiren la puerta abajo. Si lo hacen, declararé que acabo de llegar. ¿Por dónde ha entrado? Y a usted qué coño le importa.
Una vez me quedé solo en casa con mi hermana, siendo niños. Mi madre había salido veloz e intranquila a la esquina para volver corriendo; no éramos bebés; no éramos los McCann. No recuerdo cuántos años tenía pero no fue una irresponsabilidad. Lo que fue una irresponsabilidad fue abrir la puerta. Llamaron. Caminé hasta ella con mi hermana detrás. Abrí. Era una gitana con un par de niños. Tal vez uno solo. Me pidió un vaso de agua. Mientras mi hermana iba a llenarlo, yo me quedé con la puerta entornada. Ni mucho ni poco, para que no percibiese lo evidente: que estaba cagado. Ya sabía que no debería haber abierto. Me temblaban las piernas. No era ella, era la concreción tan patente de la realidad, aunque entonces aún no alcancé a interpretarlo. De muy niño solía preguntarle a mi padre: "Papá, ¿qué son los gitanos?". Y mi padre me respondía: "Otra raza, nada más". "¿Cómo otra raza? ¿Qué es otra raza?". En la plaza San Felipe, en el viejo Casco Viejo, vivían muchos gitanos y a muchos los conocía de verlos allí. Nunca tuve un solo problema con ninguno. Si los tuve fue en otro lugar de la ciudad. Volvió mi hermana, le dimos el vaso de agua. Ella sabía que estábamos solos. "¿Y si me quedo el vaso?", me preguntó. La puta realidad. Ya no sé qué respondí. Al final me lo devolvió. Sólo tenía sed, aunque le debieron cruzar por la mente varias posibilidades que sólo alcanzó a expresar en su deseo de llevarse el vaso. Mi madre se disgustó a su regreso y yo no volví a abrir jamás.
Sería burdo/absurdo decir que es un trauma y que por eso no abro nunca. De eso nada. No abro porque no me pasa por los cojones.
18/09/2007
Batallas

"Early one morning / With time to kill /
I borrowed Jebb's rifle / And sat on the hill
I saw a lone rider / Crossing the plain /
I drew a bead on him / To practice my aim
My brother's rifle went off in my hand /
A shot rained out / Across the land
The horse he kept running /
The rider was dead...
I hung my head / I hung my head"
(‘Hung my head', Johnny Cash)
En la vacía mañana del domingo, me vi reflejado en un cristal del paseo con el AS en una mano y la revista Cahiers du Cinema, edición española, en la otra. Cada uno elige o bien incurre en la forma de desajuste interior que le queda más próxima. ¿Quién puede conjugar todos los planos de su imagen sucesiva en el espejo? Niveles superpuestos. Ahora que mi cinefilia ha adoptado el tenue aspecto de lo demasiado íntimo, me pongo a leer la revista de la cinefilia intelectual por definición. Comprarla fue un impulso generosamente dominical. Necesito estímulos. Pequeños, mínimos. El diagnóstico y la receta que me han procurado desde bien joven todas las personas que me quisieron, o bien aquéllas que asistieron a algún episodio de decadencia emocional: aprende a valorar las cosas, sé feliz en los detalles. Pero no hay forma. La revista se cuartea por el lomo en cuanto la abro un ratito. Está mal pegada. Todo está mal pegado. Las hojas se sueltan. Una vez vi a un abuelo sujetar con pequeñas pinzas las hojas de un diario sábana para leerlo en el cierzo. Así hay que agarrar los días. Con pinzas y movimientos exactos, para que el viento no los combe.
Pequeños triunfos diarios. Mínimas bellezas de fugacidad variable para sostener la caída del tiempo. Un temor imposible a las alegrías excesivas, a los arrebatos, a la pasión interior. Control de los riesgos. Vivir a medias para poder vivir; pero en realidad, vivir a full, sacándole el jugo a cada hora o debatiéndome en profundas derrotas absurdas, dramáticas sólo en mi espejo, ridículas vistas desde lejos, desde el paso de los años. Felices. Dentro de mí no queda espacio ya para casi nada. He adelgazado los interiores para expulsar la mierda, una liposucción de las frustraciones: cuanto menos espacio haya, menos venenos entrarán. Pero la insatisfacción se comporta como los gases, reagrupa tropas y regresa al asalto subido en el principio de la adaptabilidad suprema al recipiente. Soy cada vez más y cada vez menos; en realidad, soy el mismo.
Busco motivaciones que me excedan, que me rescaten de esta larga batalla imposible de ganar. Me gustaría desear la paz mundial, pero ahora que Greenspan admite con alegre sinceridad que las guerras las hace el petróleo, lo que todos sabíamos, me doy cuenta de la inviabilidad del proyecto. Yo soy escéptico. La paz mundial no me preocupa. La que me quita el sueño es la paz interior, aún más improbable. Adentro se libra una guerra, de mayor o menor intensidad, pero hay batalla constante, calle a calle, casa por casa; ejércitos desplegados y fuego que cruza los ojos de un lado a otro. Yo creía que la paz del espíritu constituía un proyecto de vida. Una supermotivación que era posible satisfacer una vez superada la adolescencia y su hermana mayor, la entrada en el mundo real. O aspirar a ello. Rellenar las casillas con una ficha en cada caso, las casillas de cada anhelo, de los anhelos asumibles. Nada de pájaros en la cabeza. Y luego construir el nido con pajitas, palitos, cachitos de arena, un poquito de saliva... Construcciones simples, en la que los bomberos puedan apagar los fuegos antes de la catástrofe. Querer siempre algo más pero no querer gran cosa. Ser sencillo en las formas, módico en las vanidades. Encontrar un báculo sobre el que envejecer; caminar en él o sobre él o al lado de él; cabalgarlo en las noches estrelladas de celo; acariciarlo algunas tardes de lluvia, y en las madrugadas frías, en el sudor veraniego de las sábanas, en la maleza entreverada del alba insomne, cuando uno abre los ojos y sabe que se ha equivocado de hora y de lugar. Y, peor aún, sabe que no se puede volver a dormir y hay que dar el paso adelante, ahuecar el vientre y salir de la cama. Echar a andar las huellas por la arena del día. Agarrarse los huevos con las manos. Caminar. Abrirse paso en el error.
Creíste haber dado con la paz. Una mecedora en el porche, un asiento en la colina, un campo abierto albriciado de luz y pródigo espacio. Borges. Cash. La tentación de creerte más grande que todas las cosas porque el gatillo está ahí, reposa como un gato dormido en las rodillas. Disparaste el arma para escuchar su trueno preso en el valle, sólo por comprobar y probar la velocidad de la centella. El plomo de fuego resbaló ácido por la llanura. Todos disparamos al aire. Un tiro al aire no siempre muere en el aire. Un jinete cae derribado a lo lejos. Y desde ahora, él será tu conciencia en armas.
Huele el humo dulce del cañón. Esa nube de polvo lejana son ellos, que vienen ya a buscarte.
22/09/2007
En el infierno también llueve

Aris, 1-Real Zaragoza, 0
Primera ronda Copa UEFA
El 1-0 es un resultado más falso que un cajón de doble fondo. No incluye ninguna ventaja y además incorpora una engañosa proximidad. Por eso vale tanto un gol fuera de casa en Europa. El Zaragoza incurrió en bastantes errores en el primer partido con el Aris. Se dejó ganar el partido anímico, el único en el que podía imponerse a su rival; perdió el del marcador y expuso una paradoja notable: estuvo más cerca del gol que del fútbol. Tuvo buenas ocasiones y ningún juego. En La Romareda deberá compensar el gol de Papadopoulos. Mientras, deberá ir resolviendo otros problemas. Sigue sin ganar esta temporada.
En el infierno también llueve, aunque parezca un fenómeno teológicamente improbable. Pero en el Kleanthis Vikelidis la hinchada no se calla ni debajo del agua. Aquí la liturgia del entusiasmo se desarrolla con ortodoxia muy griega. El estadio liberó en la noche un grito ahogado, oscuro y comunal. Los niños del coro en versión barrio bajo. Luego empezó el fútbol, con el campo hecho un manicomio resbaladizo. Al Zaragoza la precisión le costó sudores. Si tuvo la pelota, fue poco y mal. El Aris llegaba antes a todo, madrugando siempre a su rival en las disputas. Pronto empezó a jugar a la escaramuza, un estilo racial, orgulloso. Al frente apareció Felipe, jugador bajito y corredor como un topillo. Por el otro lado venían Neto y Toni Calvo, que empezó a poner balones con buen estilo y mala leche. Al Zaragoza sus balones se le iban a cualquier lado. Los del Aris caían sobre el área de López Vallejo como macetas sobre la acera. Ayala cruzó el pie en un tiro medio errado de Calvo. El portero del Zaragoza hizo cuerpo a tierra y la sacó con aprensión.
El Aris no se entretuvo. En cuatro minutos ganó un tiro libre en la falda derecha del área y lo licuó en gol. Calvo tocó con esmero y Papadopoulos (siempre hay uno o dos Papadopoulos) puso el parietal. No es raro que al Zaragoza le marquen por arriba. La insistencia del hecho es un juicio en sí misma. Ahí hay un problema, de esos que tienden a hacerse crónicos. El 1-0 partió la lluvia en dos. La gente bramaba y llovía hasta debajo de las tribunas. Sobre esa ventaja, el Aris compuso un vigoroso ejercicio de fútbol-ruido. Ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Adrenalina, cierto orden y repliegue. El Zaragoza entregaba la pelota como si se la pidiera la policía, sin hacer preguntas. Casi siempre fue una hoja en el viento, un cuerpo sin tejido ni alma, sin virtudes materiales o espirituales. Hasta la media hora no embocó un tiro con dirección a la red. Luego acumuló dos disparos altos o largos de D'Alessandro y Sergio, y otro de Matuzalem que Chalkias sacó con un manotazo desordenado. Pavón cabeceó solo y fuera. Y Ronaldo sacó una testa de Ayala que iba a gol. El Zaragoza se comportaba como un boxeador incómodo o perezoso, fiado en su facilidad para tocarle la cara al rival.
Goteo
Las obligaciones se las dejó para la segunda parte. O para Zaragoza, más bien. Componer la figura, pegar el cristal del retrato y meter algún gol. El Aris se iba a amansar y en ese claro debía entrar el Zaragoza, que durante un rato hizo un amago de tomar el peso del partido. Tocó más, favorecido por el gesto de contraataque del Aris. Sergio García probó a Chalkias en un giro imponente en el área. El portero estaba ahí. Y también su defensa, que rechazó otro intento de Matuzalem. Había mucha gente reunida en el área para empapar ese riego por goteo del Zaragoza. La pregunta se planteó enseguida. ¿Valdría con eso?
La respuesta se extendió pronto como un pliego de cargos. Le dio más trabajo el Aris a la contra a López Vallejo que el Zaragoza a Chalkias, que se limitó a descolgar un par de pelotas con la misma tranquilidad con la que bajaría un par de perchas del armario. Víctor reordenó. Diogo y D'Alessandro fuera; Diego Milito y Gabi al campo. Zapater de lateral. El efecto fue el mismo. Ninguno.
Diario AS, 21 de septiembre de 2007
23/09/2007
Salónica, 2666

Los mercados, dije yo. Es lo que más me gusta fotografiar de las ciudades. Los mercados y los cementerios, agregó José Miguel. Y lo dijo así de bien: "Lo que comen los vivos y cómo despiden a sus muertos". Salónica. Otra con J. M. Le pregunto medio en broma: "¿Te interesa el arte bizantino?". "Me interesa el arte bizarro". Lo bizantino es muy bizantino y un poco bizarro, visto desde este lado del tiempo. Salónica me pareció (con todos los juicios en cuarentena por lo presuroso del viaje) una ciudad bizarra en su casi molesta sencillez. Las casas parecen apartamentos de la playa, cuatro o cinco plantas y terrazas muy largas, para creer que uno puede mirar al mar o soñar que no va a regresar nunca al otoño. Ya es otoño y los perros duermen volcados sobre las costillas y contra el pie de los muros, como si los hubieran anestesiado fatalmente, con un cansancio casi metafísico. Los vi dormir en los portales como aquí los hombres duermen en los cajeros, desmayados de indolencia, ajenos al pudor. A pares o de cuatro en cuatro, en severas filas. A media mañana, como los desocupados, o en la primera hora de la noche, igual que los derrotados.
Puse en la maleta una novela interminable, 2666, de Roberto Bolaño. Me pareció adecuada para el ritmo de una competición que espero larga, la Copa UEFA. Dudé entre La Montaña Mágica y ésta y un par de Murakami. Me decidí por las enigmáticas fabulaciones de Bolaño, que levanta universos sin centro geográfico ni narrativo conocidos. Sus protagonistas andan siempre por la periferia de lo contado, escapando del foco como de un fuego. El Ratón dijo hace tiempo que una novela de más de 300 páginas le parece un abuso de confianza del autor contra el lector, y tiene razón: 2666 me enfrenta contra 1.125 en la edición de Anagrama. Este viaje ha de ser largo, aunque el 1-0 compromete todo el plan. Siempre queremos que cada viaje sea largo, y que nos ofrezca la dudosa posibilidad de no regresar. Hace un rato vi un documental sobre Byron Bay, el centro hippie de la costa este australiana, donde pasé unos cuantos días en el ya inencontrable año 2000. Allí un barbudo barrigón armó un psicodélico museo de la historia aborigen; es decir, de la aniquilación aborigen por el hombre blanco (anoto mentalmente que he de volver a Mark Twain y su viaje alrededor del Ecuador). Ese hombre abandonó el mercado bursátil de Londres diciéndose: "Tiene que haber algo más que esto". Y durante diez años viajó por la India. Es verdad, tiene que haber algo más que esto.
Poco que contar. Un bazar pequeño pero muy verdadero, en el que los carniceros sajan la carne, pendiente de un gancho, a machetazos. Caras arrugadas y otras muy tersas. Costados de piel dorada al aire, pocos perfiles griegos clásicos, iglesias del viejo Bizancio, cirios en hornacinas (encendimos uno pero fue 1-0), baños turcos de artesonados borrosos, tahonas primorosas y una Torre Blanca al borde del agua, como una torre del oro en Sevilla. La gente fuma donde quiere, casi nadie lleva casco en la cabeza y el cinturón de seguridad es una relajada obligación todavía. Europa pero aún no. España en 1990, tal vez. El yogurt griego, cremoso y amargo, y el recuerdo de aquél otro que me comí en el lado asiático de Estambul.
Bizancio, Constantinopla, Thessaloniki, Córdoba argentina (escribo para MediaPunta sobre Juan Domingo Cabrera, el primer hombre al que Maradona le hizo un caño), Ciudad Juárez o Santa Teresa, Antony and The Johnsons: The Atrocities. Quiero ir a Praga (el Sparta empató a cero), a Bucarest, a Moscú, a Kiev o volver a Sofia, por donde pasé camino de Constantinopla en el ya inenarrable 1989. Quiero llegar a Manchester en mayo y comerme un curry en Rusholme mientras escucho Rusholme Ruffians. ¿Cuánto tardaría en morirme si saltara desde la copa de un paracaídas?
Salónica, 2666. La búsqueda de Archimboldi ha comenzado.
24/09/2007
Victoria justa, justa victoria

Real Zaragoza, 2-Osasuna, 1
4ª jornada de Liga
Diego deshizo el empate con un penalti l El Zaragoza sufrió, inspirado por Aimar y Matuzalem l Golazo del brasileño l D'Alessandro acabó de levantar al equipo
Esta victoria del Zaragoza fue tan justa como justa fue la victoria. El falso palíndromo significa que el triunfo lo construyeron a medias los méritos y el sacrificio del Zaragoza. Quedó resuelto por la vía sumaria del penalti, uno de esos penaltis que levantan preguntas airadas de los jugadores al árbitro y preguntas capciosas de los periodistas a los entrenadores. Demasiado indefinido, pero algunos árbitros tienen esa facilidad innata para convertir lo confuso en cierto y lo evidente en ambiguo. Diego Milito agarró un rechace de pin-ball en el área y Plasil fue abajo con urgencia. Milito hizo por golpear el balón y encontró carne contra carne. Medina no dudó. El penalti es jugada ventajosa y definitiva (la denostaban los antiguos por innoble) pero hay que saber tirarlos. Diego lo ejecutó de miedo.
El Zaragoza había hecho una cosa bien: no resignarse a que el partido se le muriera en los pies, tal y como amenazaba la primera parte. Supo progresar desde la obvia imperfección que aún lo acecha; se sobrepuso a su escaso ritmo del primer tiempo, y al deseo de triunfo le dio el correspondiente vigor. Por más que se empeñen, no se trató del cambio de sistema. Víctor dirigió ayer de verdad con una precisión insoslayable para el comentario. Cuando entró D'Alessandro, activó levísimas y sutiles variaciones sobre el mismo fondo: Matuzalem se aproximó al medio, al costado de Luccin, y desde ahí la pelota salió más fluida. Eso solventó un problema básico en el primer periodo. D'Alessandro se abrió al costado. Y Aimar siguió por delante del medio campo. Zapater sí cerró al Zaragoza en 4-4-2. Era ya el minuto 80.
Donde de verdad el Zaragoza cambió fue en la actitud, en el ritmo, en la intención de mover la pelota y mover el culo, con perdón. Eso fue lo decisorio. Para empezar, los de atrás se entonaron todos, incluido Diogo, que había hecho otro primer tiempo para preguntar y preguntarse. Incluido Ayala, algo premioso en algunos cruces en la primera mitad y mucho más compuesto en la segunda. Desde luego el poderoso Juanfran y sobre todo Sergio, que se elevó a la mejor altura descontando balones por arriba y llegando a todo en la hora precisa. Sergio se puso tan exacto que parecía suizo. Si en ese estado de iluminación lo dejan en la plaza de España es capaz de agarrar todos los autobuses a la vez sin perder ni uno solo.
El agitador
El resto lo hizo D'Alessandro, que agregó con su entrada la agilidad precisa. D'Alessandro tiene dentro un agitador profesional. Para casos como el de ayer, estamos ante un futbolista sin valor calculable: va, la quiere, la agarra, electrifica los pies, viene otra vez, tira una boba, exagera una caída. Un pirómano gestual que pone en su fútbol la exageración necesaria para convertir el juego en experiencia colectiva. Y transmisora. Esos detalles hicieron la victoria, balsámica. Osasuna recorrió el camino opuesto al Zaragoza. Se encerró en la jaula del empate y tiró la llave. Había igualado el gol maravilloso de Matuzalem a base de orden, concierto, esfuerzo y una volea soberbia de Juanfran. Ziganda ha hecho una interesante transformación en Osasuna, ahora un equipo paciente y curioso con la pelota, pero tiene un agujero arriba. Kike Sola corrió mucho y pensó poco; Pandiani le hizo a su equipo las transiciones, pero no entró al área. Osasuna quiso suprimir el continuo espacio-tiempo para jugar con la ansiedad del Zaragoza. Trató el empate como si fuera oro. Cuando necesitaba el tiempo que había perdido de forma conspicua, no encontró un solo argumento.
Si el partido dejó un recuerdo es el de Aimar y Matuzalem, que le entregaron al juego toda su virtud. Su reunión en el 1-0 fue como si se encontraran otra vez el saxofonista Stan Getz y Joao Gilberto, en aquel álbum que cualquier hombre con corazón debería escuchar al menos una vez por semana. El toque, la pared, el subrayado del recorte del brasileño en la entrada del área y esa finalización tenían la misma melodía delicada de La Chica de Ipanema. Estos dos no juegan al fútbol, éstos hacen música.
Diario AS, 24 de septiembre de 2007
www.as.com
28/09/2007
La iguana y otros lagartos

En la noche del miércoles me quedé con la cabeza vacía; pensé que algo me decía que no había nada que pensar ni que decir, así que me dije: no hay que pensar. Las sobreexposiciones emocionales me dejan hueco y así me quedé. Indebidamente convexo como el lecho de un río. Cené en silencio. Del televisor venía una luz difusa de sombras entreveradas, pero yo preferí mirar la pared a ver la televisión. Ya habíamos visto bastante. En cierto modo me sentí como en aquellas tardes en que iba a buscar a una chica a la estación y ella nunca llegaba, hace tantos años ya que quizás nunca ocurrió, pero sería una imagen bastante coherente como recuerdo ficticio: repetir el viaje hasta la estación, buscar entre todas las caras que se esparcían por el andén la cara conocida, dudar si no habrá dicho "llego en autobús", en lugar de "llego en tren", y yo no me he dado cuenta. Luego una carrera por la escala mecánica, no fuera que hubiese salido por el primer vagón, a mi espalda, en la zona muerta; y vuelta a casa. Y así toda una tarde. En cada viaje repetido yo me iba vaciando más, hasta quedar indebidamente convexo como el lecho de un río. Entonces quería oír a los Sex Pistols. Hipnotizarme de pura rabia con la voz áspera y los movimientos compulsivos. Así estaba el miércoles.
Así que agarré el mp3 y me puse a escuchar Raw Power, de Iggy and The Stooges, en la oscuridad sólo matizada por las sombras del televisor y su claridad de leche. Y de ahí salté a The Idiot y Brick by Brick, y cuando ya me estaba yendo a donde quería, cuando ya estaba llegando a ese punto al que llegaba camino de la estación, entonces pensé que necesitaba ver bailar a la Iguana para que la catarsis fuera completa. Me fui al YouTube, donde está casi todo lo necesario y aún más lo innecesario, todo lo necesario que haya ocurrido previamente y, por desgracia, todo lo innecesario que aún está por ocurrir. Quería al Iggy de los setenta, claro, al amigo de Bowie; quería los ojos de engañosa transparencia grisácea, en verdad unos ojos para encerrarlos en la urna de un terrario; y sobre todo quería ver esa risa enferma de relativa locura, demasiado bondadosa aún a su pesar, incómoda sobre el rostro de un icono punk. Demasiado encantadora. Y necesitaba ver todo eso y lo más excesivo posible, bailando en el escenario con los pantalones en los tobillos, con la palma de la mano recorriéndose la entrepierna, pensando si debía enseñarle el cirio a la audiencia o no, como hizo en muchas ocasiones. Cuando lo vi, me pareció fascinante la oscura lucidez de esa batalla interna, inconsciente, en medio de la canción. Lust For Life, extraordinaria. ¿Debo enseñarle mi precioso miembro a esta gente? ¿O bien debo dispararles a la cabeza a estos bastardos mal nacidos? ¿Quién no ha bailado con los pantalones en los tobillos delante de una buena cantidad de gente que te mira con conmiserativa aprensión?* (Pero otra cosa es bailar con los pies juntos, a saltitos eléctricos, y anudarse las manos a la espalda o sobre la cabeza como con una camisa de fuerza: "No me gusta este mundo de hijos de puta, pero amigos... tengo lujuria por la vida").
La noche de la iguana (Ava Gardner en un México decadente, y dos morenos que le acarician todo el día el desmayo) pedía The Passenger, I Wanna Be Your Dog y por supuesto Candy, que era una canción muy propia del viejo Sacher cuando aún no se llamaba Sacher, puede ser, no sé cómo se llamaba pero terminamos tantas noches allá que eso no es extraño. Quizá fuera del Paradís, un garito con un olor inolvidable. "Candy, Candy, Candy I can't let you go / All my life you're haunting me / I need you so...". Y Kate Pierson, de los B-52's, que le replica: "Me hiciste mucho daño al dejarme / Estoy contenta de que te largaras... / pero te echo de menos". Y luego, como para sí misma: "Hace tanto que tengo un agujero en el corazón / que he aprendido a disimularlo y sonreír / Afuera, en la calle, todos los hombres son lo mismo / Yo necesito un amor, no jueguecitos". También vi, claro, la secuencia de la conversación de la iguana Pop con el lagarto Tom Waits en Coffee and Cigarrettes, de Jim Jarmusch, en la que Iggy y Tom juegan con referencias privadas a su ficción y a la vida real y a la ficción que es su vida real y a una falsa admiración mutua que no alcanza para amistad. Iggy le dice que sus amigos le llaman Jim o Jimmy o Iggy, y que por lo tanto le puede llamar Jim, como sus amigos, o mejor llamarle Iggy. "Sí, llámame Iggy". Y entonces Tom Waits le contesta: "Lo que quieras, tío... tú dime cómo quieres que te llame y yo te llamaré así". "Llámame Iggy, llámame Iggy", se convence Iggy. Y entonces Waits le dice: "Siento haber llegado tarde, Jim". Y pasa a relatarle el día tan agitado que ha tenido: "He hecho varias intervenciones, he salvado varias vidas... no te puedes imaginar lo que es la cirugía a pie de carretera, lo peor". Iggy lo mira con incredulidad: "¿Es que eres médico?". Y Tom Waits, extrañado de su extrañeza y hasta un poco molesto, responde sin énfasis: "Sí... ya sabes: medicina y música. Eso es lo mío, una combinación de ambas cosas". Coffee And Cigarettes es puro Jarmusch, divertido y detenido a la manera en que es divertido y detenido Jarmusch, sin subrayados.
Para completar la noche me fui a la cama con los Doors en el aparato, y cuando la habitación ya llevaba un buen rato de giros concéntricos magnéticos dirigidos por la voz orquesta del lagarto Mr. Mojo Rising, comenzó a devorarme un sueño lejano que se aproximó por los pies y redujo mi vacía debilidad hasta ablandarme como la masa de un pan a punto de hornear. Venía un rodillo de madera de abajo arriba y yo cada vez me sentí más laxo y ajeno, así que en esa blandura pasé de los Doors a los Immaculate Fools, que no tenían nada que ver con todo lo anterior, pero son parte de mi última adolescencia y me recuerdan a los Psychedelic Furs y los Psychedelic Furs a los Immaculate Fools. Y a mí mismo, sobre todo. No sé en qué orden. Escuché Immaculate Fools, la canción, que aún me emociona como lo hizo cuando los vi, por fin, en la Chimenea, después de haberlos tenido tan cerca varias veces en la sala Clares; y me acordé de las noches largas de café y apuntes, cuando Fernando y yo estudiábamos uno contra otro y ensayábamos poesías bien torpes en los márgenes de los apuntes, y nos las leíamos o nos las dábamos a leer sin asomo de vergüenza, mientras hablábamos de Kafka y sobre todo de Hermann Hesse, del lobo estepario y de otras obsesiones jóvenes. Cuánto tiempo ha pasado, cuántas cosas han ocurrido y aún está todo por suceder: "Hablamos de cambios / hablamos de muchas cosas / Y cuando llega la tristeza / reinventamos el sueño. / Esas promesas contaminadas / se desvanecen y mueren. / Olvidamos tan fácilmente / el amor que llevamos dentro...". Y con los tontos sin mácula me fui resbalando por las sábanas blancas del miércoles o el jueves hasta no ser ya nada, apenas un silbido de humo blanco que se adhirió a las paredes como iguana o lagarto y cerró con llave el día. Dormido, soñé que se me caía el pelo y que narraba partidos de fútbol en la radio.
*Yo he jugado al rugby.
30/09/2007
News from Minnesota

Forever Young
May God bless and keep you always,
May your wishes all come true,
May you always do for others
And let others do for you.
May you build a ladder to the stars
And climb on every rung,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.
May you grow up to be righteous,
May you grow up to be true,
May you always know the truth
And see the lights surrounding you.
May you always be courageous,
Stand upright and be strong,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.
May your hands always be busy,
May your feet always be swift,
May you have a strong foundation
When the winds of changes shift.
May your heart always be joyful,
May your song always be sung,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.
[Estos días vivo agarrado a la música como a un árbol de la ciencia o como se aferraría el náufrago a un tronco. La situación no es desesperada, claro, pero requiere canciones, muchas canciones. El viernes lo pasé, casi entero, oyendo música. Luego me fui a ver un partido de rugby. Vi a mis amigos y bebí demasiado. Pero tranquilos... descubrí que, bebida de un trago, la pinta de Guinnness no engorda. Me arrastré como una culebra por el sábado, le encargué al velocista la crónica del Sevilla y el domingo recupero un hermoso mail que me envió Marlo hace algunos días. En él, Bob Dylan me saludaba personalmente y me anunciaba la próxima publicación de Everything Except Compromise. His Greatest Songs (versión 1 cd y 3 cds con todo tipo de extras: canciones de siempre remasterizadas... aunque yo las hubiera preferido recantadas por Dylan con su voz apergaminada de ahora). En cualquier caso, otro cd que poner en el altar. El divertido juego del envío lo podéis hacer vosotros mismos en esta dirección: dylanmessaging. Yo he intentado traerlo a la portada de Somniloquios pero este tipo de cosas no me están permitidas, porque soy casi un perfecto inútil colgando música o similares. Tengo que hablar con el señor blogia un día de éstos. Porque no pienso abrirme un MySpace... A cambio, dejo el enlace clásico a una versión bastante bonita (un concierto en 1987 en Birmingham, no sé si la Birmingham inglesa o la Birmingham de Alabama) de Forever Young, canción apropiada para los que caminamos por el borde de la mediana edad y no le encontramos la gracia. Se la dedico a Marlo. Me parece que alguna vez la oímos en silencio parados dentro de un coche...

