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01/04/2008
Plan de evasión

Si queréis saberlo y no os atrevíais a preguntar, os lo adelanto: hace semanas que pienso que el Zaragoza va a bajar a Segunda División. Pero aviso que no estoy convencido. Es decir, que no he razonado mi postura. Se trata de simple pereza, porque mi pensamiento opera de modo negligente y pragmático: me resulta mucho más sencillo encontrar argumentos para esa conjetura que para su contraria. Pero estoy dispuesto a revisarla a la mínima oportunidad.
En el fondo, comprendo la fatal determinación que se oculta bajo los hechos. Era todo demasiado perfecto como para durar. Me refiero al trabajo. Todo demasiado bonito: la cordialidad general, la multiplicación de los lectores, el crecimiento, la comodidad de los horarios, la lógica de los planteamientos, la distancia de los mandos, las revisiones salariales, la eficacia en las gestiones... No podía ser que el Pele y yo, los dos gallardos más tontos de la información zaragocista, hubiéramos acertado el día que decidimos que el periodismo era más importante que las intrigas cortesanas en un palacio de cristal que se quiebra. Tampoco parecía probable que una profesión tan avara se comportase con esta generosidad. En el AS se está de coña, oyes... pero de coña. Ahora que iba todo tan bien, va el Zaragoza y lo jode.
El Oso dice que hay que ir contracorriente y dar siempre el paso inesperado, el que te separa de lo previsible. Es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que haría cualquiera en tu misma posición. Para mantener una teoría tan burda y deshilachada como esa, apela a la más célebre de sus decisiones: cuando se quedó en el paro no sólo no pensó en vender su Audi, sino que lo revendió para comprarse un BMW. En el mismo sentido, nada más oler la crisis inmobiliaria resolvió ejecutar el contrato de un inquilino que tenía rentado y puso el inmueble a la venta. Cuando yo me quedé sin trabajo en 1994, fui al INEM a preguntar si me podían pagar el subsidio de una sola vez y la concienciada funcionaria me dijo que no, lo cual acepté, para a continuación agregar: "Aquí no le pagamos las vacaciones a nadie". ¿No, eh?, pensé yo. Me fui a casita, apreté un puñado de pantalones y camisetas en una mochila roja, metí mi aparato de música, dejé que mi hermano se hiciera pasar por mí donde fuera preciso y me largué a Londres por tiempo indefinido. Volví con veinte kilos más y los bolsillos vacíos, pero aun sigo escribiendo de aquello... A eso le llamo yo especular con la realidad. Me niego a que la realidad me agarre por los huevos, así que hay que mostrarle desapego y ningún temor. El Pele lleva semanas increpándonos de lado a lado de la mesa porque, según él, estamos "tan panchos" mientras presenciamos el hundimiento del Titanic. Su opinión es que el Titanic nos va a arrastrar de algún modo en su torbellino, pero yo me niego de forma rotunda a ligar ni un gramo de mi destino al rendimiento de Pavón, pongamos por caso; y ya no digamos mi felicidad; ni siquiera deseo que al muchacho se le pase por la cabeza el mínimo atisbo de responsabilidad en ese aspecto. Bastante tiene con ocuparse de Pavone el domingo.
Mientras tanto yo diseño mi plan, que pondré en práctica cuando ya nada me ate aquí. Queda tanto por hacer, y tan poco tiempo... Tengo pendiente pisar la Antártida, cruzar el subcontinente indio en un tren escuchando a los Kinks, asistir al cruce del río Mara en la migración anual de los ñus africanos mientras aguardan los cocodrilos, mirar de frente a un tiburón blanco metido en una jaula en el océano, pasar un invierno en Alaska y trasponer la línea del tiempo en dirección este-oeste a bordo de un velero, para saltarme un día completo, que jamás habré vivido. Al atardecer de ese día inexistente atracaremos en las Islas Cook y me envenenaré de alcohol en los tugurios del puerto. Espero conocer al patrón de alguna nave en misión comercial que me deposite en una isla remota, no importa cuál. Me llamaréis soñador, pero allí pienso vivir de un sueldo modesto o morir de una enfermedad generosa. Mientras, pensaré en Robert Louis Stevenson y sus años dichosos en Samoa, recitaré al aventurero Conrad y evocaré los días en que mi padre me llevaba a jugar al billar y cuando siendo muy niño mi madre me remojaba en la piscina introduciéndome en el agua colgando de sus muñecas... Tengo miedo a la distancia, a veces a la soledad y puede que también a los huracanes estacionales de aquellas latitudes. Pero creo que con los libros y con lo que escriba podré superarlo.
Trataré de actualizar Somniloquios siempre que me sea posible.
03/04/2008
El cuerpo está al servicio del club

MediaPunta me invitó a reflexionar sobre las diferencias entre el modo en que un jugador de fútbol juega y se entrena, y la forma en que lo hacen los jugadores de rugby. Todo sobre el fondo de una entrevista en la que el preparador físico del Recreativo hablaba de la implicación en unos y otros. Naturalmente el juicio me salió escorado del lado del rugby, pero cualquiera hubiera hecho lo mismo. Ahora... esta mañana tuve una larga conversación con Pablo Aimar, sin micrófonos ni grabadoras por el medio, y sé que si este artículo lo hubiese escrito después de esa charla habría girado un poco más la perspectiva o hubiera dejado fuera algunas de las afirmaciones de más filo. Pablo es el futbolista más verbalmente inteligente con el que me crucé nunca, capaz de sobreponerse a los lugares comunes en los que todos nos movemos y abstraer algunas verdades íntimas, sinceras, universales en el fondo, sobre el oficio del futbolista, ese suceso tan extraño que constituye la idolatría, las responsabilidades de la Prensa, el negocio de Hollywood que mueve este juego y su convivencia con los sentimientos (los propios y los de la gente que mira). Yo fui un poco cínico en un artículo el otro día y los cínicos, dijo Kapuscinsky, no sirven para este oficio. Pablo piensa igual que el periodista polaco, del que por cierto leo ahora Un día más con vida. La conversación con Aimar fue enriquecedora, espero que para los dos; eso sí, un par más como la de esta mañana y el Cai me convence para retirarme del periodismo. Te digo que no sé si no debería arriesgarme... Dejo lo de MediaPunta.
El cuerpo está al servicio del club
Siempre se dijo que el fútbol es un deporte de caballeros practicado por villanos, y el rugby un juego de villanos practicado por caballeros. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo, trabajó para un equipo de rugby e intenta trasladar al fútbol el modo en que los jugadores del balón ovalado viven, sienten y practican su deporte. Pero es en vano. Los futbolistas, razona, han olvidado la motivación inicial que los impulsó a ser jugadores de élite. En el rugby se dice que el cuerpo está al servicio del club. Pero... ¿quién está al servicio de quién en el fútbol?
Uno recuerda haber encontrado en Buenos Aires a un taxista al que no le gustaba el fútbol, pero en general en Argentina ese tipo de cosas no ocurren: a todo el mundo le gusta el fútbol de una manera apasionada, casi irracional. Sin embargo, durante el pasado mes de septiembre se coló en el imaginario popular argentino cierta quiebra de la fe en el fútbol y los futbolistas, como si alguien hubiera abierto una ventana o iluminado alguna verdad oculta en la sombra. De tan relativa epifanía tuvieron la culpa los Pumas, la selección albiceleste de rugby, que ganó a algunos de los mejores equipos del planeta en el Mundial de Francia. No era sólo una glorificación atlética; tenía que ver con valores morales: el esfuerzo, la superación, la solidaridad, la entrega sin condiciones. En un momento dado, hasta la prensa política llegó a conjeturar que lo más cierto y noble del ser argentino estaba resumido en los Pumas. Si el país fuera como los Pumas..., suspiraban.
Esa admiración es típica en el rugby, un deporte que gusta incluso a quienes no lo entienden. Pero hay quien quiere ir más allá en la contraposición entre fútbol y rugby, dos deportes por cierto de rama única. Pedro Píriz, preparador físico del Recreativo de Huelva y profesor de Entrenamiento Deportivo en la Universidad de Sevilla, trabajó durante una temporada con el Monte Ciencias, equipo sevillano de la División de Honor de rugby, y reconoce que aquella experiencia varió su percepción: "En mí hay un antes y un después del rugby -decía en una entrevista en el Diario de Sevilla-. El concepto de jugar es exclusivo del rugby. Es donde mejor se produce lo que yo llamo la transformación, que otros le dicen implicación, etc. El jugador de rugby es otra persona cuando juega o se entrena. Yo lo aplico ahora al Recre, pero el fútbol es muy diferente". ¿Cuál es esa diferencia?
Alguien que ha jugado al rugby (y al fútbol) intuye que esa transformación de la que habla Píriz no es una actitud tanto como una necesidad. Nace de la pura naturaleza del deporte del rugby. Su condición grupal (casi tribal, como se puede advertir por el modo diferencial en que los jugadores escuchan los himnos de su país antes de un partido) opera en el rugbier a todos los niveles. El fútbol tiende filosóficamente al individualismo, precisa de héroes solitarios y los corona. El rugby supone la glorificación del colectivo. Por convicción y, otra vez, por pura necesidad. Raul Fain Binda, articulista de BBC Mundo, escribió un hábil y preciso corolario de las diferencias entre ambos deportes. En él escribía: "El rugby, mucho más que el fútbol, es el juego de equipo por antonomasia. Un futbolista solo en medio del campo puede ser Maradona, Pelé, un individuo, un genio. Un rugbier solo en medio del campo es un náufrago, un pobre infeliz, la víctima de un asalto".
Se dice que alguien juega al fútbol o juega al rugby, pero cualquiera que haya practicado el rugby sabe que ese término, jugar, no refleja de forma estricta la dimensión de lo que ocurre en el campo. El fútbol tiene aparejado un componente lúdico y estético del cual carece el rugby. Los entrenadores de fútbol suelen invitar a sus jugadores a "divertirse" en el campo. Cruyff y Rexach decían: "Para jugar al fútbol no se debe sufrir; Lo que se hace sufriendo no puede salir bien". Ese factor es decisivo. En el rugby no hay juego, hay acción. Si acaso, incurre en la misma contradicción que el llamado arte de la guerra. No hay posibilidad artística en algo atroz como la muerte; ni componente de diversión en un juego dedicado a la victoria por el sufrimiento o, en el peor de los casos, al sufrimiento por el sufrimiento. Una significativa particularidad: en el rugby no existen los partidos amistosos. En ninguno de los sentidos del término.
Para saberlo basta estar en un vestuario de fútbol y en uno de rugby, no importa la categoría del partido. En el rugby el equipo se viste en silencio, inmerso en un ritual de vendas, linimento, cremas calentadoras, masajes, cinta para sujetar las torsiones articulares, esparadrapo, fundas en los dientes, vaselina en el rostro, balones golpeados contra los hombros, cuellos en violentas rotaciones, miradas obtusas, tensión en las voces, letanías de embrutecimiento. Cuando un jugador de fútbol se pone una camiseta, se está vistiendo con una parte del producto que él mismo constituye. Cuando un jugador de rugby se pone una camiseta, se está envolviendo en una bandera o en una armadura. La camiseta comunica valores que hay que defender y actúa como coraza que aprisiona el esqueleto, haciéndolo duro, intocable, resistente, poderoso.
El futbolista, en ese instante antes de salir al campo, quiere ganar y hacer gol, por ese orden; el del equipo de rugby se ve obligado a anteponer una necesidad mucho más primaria: quiere ser piedra. Y piedra generosa: que me plaquen a mí y tú marca el ensayo. Ese anhelo obliga a aparcar la conciencia, a suprimir cualquier pensamiento superfluo: eso es lo que se llamaría implicación o mentalización. Tal actitud no implica una anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. El rugby, aunque parezca sólo una reunión de brutalidades, no es diferente. Para jugar hay que pensar. La autora francesa Françoise Sagan anotó: "No me gusta el rugby por violento, sino por inteligente".
Un tirador deportivo de precisión sabe que no puede competir sin concentrarse; de la misma forma, un rugbier asume el castigo que implica el partido y de forma automática su mente se dispone para ese fin. Pedro Píriz lo resume así: "El mayor problema del fútbol es que se olvida esa transformación. El jugador gana muchísimo dinero, tiene la vida solucionada y no recuerda que aquella transformación que hacía en sus inicios fue la génesis de su estatus actual. En el rugby no te olvidas porque no es que pierdas, es que te hinchan a palos". La célebre presión que soportan los futbolistas sólo es un reflejo abstracto de un anhelo colectivo. A la hora de la verdad, hace poco contra una cuenta corriente repleta o frente a la posibilidad de cambiar de club si el barco se hunde o las cosas no son como uno las quiere.
La superioridad moral del rugby, si queremos entenderla así, proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, golpeado, retorcido, aprisionado y demolido. "En los scrum* pueden ocurrir cosas espantosas, que dejarían a un futbolista en cama por dos meses. Al ser de contacto directo, de impacto, el rugby es mucho más violento que el fútbol y justamente por eso los jugadores se quejan menos", analiza Fain Binda. Un futbolista que no mete el pie corre el peligro de que lo llamen mingafría, pero se expone sólo a ese riesgo relativo: a los 30 segundos, el mingafría puede tirar un caño, reírse del contrario con un gol anotado con la mano o producir una maravilla fugaz en el borde del área. Su perdón es el mismo perdón que se le otorga al virtuoso malhumorado del piano, al científico loco o al literato recluido en un malcarado silencio. Los futbolistas gozan de la bula de los genios. En el rugby, la cautela está prohibida. Nadie te llama mingafría. Directamente alguien, incluido tu espejo, te dice: "Chaval, tú no puedes jugar a esto".
*Scrum o scrummage: término inglés para designar lo que en español llamamos melé, palabra de origen francés
07/04/2008
Siempre nos quedará la Antártida

Hace meses que dejé de publicar aquí las crónicas de cada domingo, supongo que por higiene mental colectiva o un poco para alejar Somniloquios del torbellino pesimista en el que se estaba convirtiendo el Zaragoza. También porque, a partir de noviembre, la repetición de las decepciones me provocó una música interior algo sombría, y las crónicas (como casi todo) dependen un poco de cómo me suene a mí el estómago. Es decir, que no me ha gustado gran cosa lo que he venido escribiendo en estos últimos tiempos. El velocista comenzó el año en buena forma, es verdad, pero ha completado una temporada más bien mediocre. Si devuelvo hoy cierto espacio a la crónica de este lunes en AS se debe en primer lugar a una reiterada petición del argentino López, que vive fuera y no puede acceder a ellas; en segundo, a que advierto una presencia creciente de zaragocistas por aquí y supongo que -aunque todos queremos olvidar- algo he de darles también. Un poco de lectura o la ocasión de desahogarse. Siempre de forma ordenada, ya nos entendemos. Por lo demás, paciencia: siempre nos quedará la Antártida. Ahí va la crónica.
Los once del patíbulo
Mark González pone al Zaragoza en el infierno l Dos golazos del chileno lo condenaron l La grada cargó contra el equipo y el palco l Pavone cerró la cuenta
Real Zaragoza, 0-Betis, 3
31ª jornada de Liga
Mark González estranguló al Zaragoza con una corbata de seda y lo dejó condenado, frente al infierno y con una incipiente guerra civil. El partido de ayer, visto desde el lado aragonés, convocó la pasión exagerada de los melodramas y la energía gestual de la revolución. Cuando el pueblo dispara contra sus dioses está anunciando que arderá todo; es la barahúnda que precede a la caída de los imperios. El del Zaragoza se ha desmoronado con la misma velocidad con la que lo levantaron, como corresponde a un armazón inconsistente en el que se han visto muchas cosas y se han contado muy pocas. Todo por no alentar una zozobra que al final ha llegado por donde suele, por el lado del fútbol. El Betis le pasó por encima sin molestarse, está en 41 puntos y se ve en la mitad alta de la tabla, preguntándose si le dará tiempo a que su campaña acabe por ser algo más que decorosa. Chaparro ha completado su trabajo.
Uno tenía al Zaragoza hace semanas por un equipo con graves síntomas de descenso; ahora ya sólo una fe impostada alcanza para negar su posición de condenado. Tiene que ascender en siete jornadas, pero acusa un desmayo rítmico y una ansiedad depresiva que lo deja por debajo del Betis, el Recreativo, el Valladolid o el Depor. Porque el Betis se comportó con una eficacia artera frente a la ilusión zaragocista. Rajó al equipo de Manolo Villanova con esa pulcritud malvada de los asesinos con estilo y nunca permitió que el partido se jugase entre pares. Lo de la corbata de seda, lugar común de la psicopatía elegante, resume la hermosura de los dos tantos de Mark González. El chileno reventó el partido con actividad y un fútbol de rango alto, mientras los demás rumiaban aún pases de rutina. Al minuto siete, Ilic pegó un centro desde la derecha y González lo cabeceó con un escorzo de contorsionista. De ese gesto tan forzado obtuvo un primor de remate. Tocadito, el balón le pasó por delante a César con el aire con el que pasan las mujeres vaporosas en el inicio de la primavera. Lento e inalcanzable. El segundo fue para ponerlo en un cuadro. Abrió viaje en el medio y dejó atrás a Luccin, Paredes, Ayala y Diogo. Al llegar al área se ahorró cualquier incertidumbre y acabó la maravilla con un golpeo preciso.
Blandura. El Zaragoza era mantequilla atrás, como suele. Diogo se había comido el centro del primer tanto y Ayala, tan enérgico otras veces, quedó blando en el segundo, en el que no comprometió la carrera del chileno. Eso sí, el 0-2 no correspondía con la decidida puesta en acción del Zaragoza, que pivotaba sobre el hilo de fútbol de Matuzalem. A veces se afecta algo y tiende al barroquismo, pero el brasileño logra que el arte parezca una necesidad. Siempre inspiró combinaciones. Como si les estuviera tarareando la canción al resto, pero encontró pocos amigos. Diego Milito vive ofuscado, Gabi y Óscar enervaron a la grada y Peter Luccin se fue enseguida para que entrase Aimar a agitar su pie izquierdo. La tribuna acogió al argentino en su vuelta con un clamor desesperado, pero ni él ni nadie pudo ya reescribir el partido.
El Betis se reunió en torno a sus dos goles y no dejó que nada lo sorprendiese. Siguió tan minucioso como si el partido fuera 0-0. Lo que ocurrió fue de alcance menor. Chaparro cargó a Arzu sobre Aimar por si las moscas y Mark González se lesionó antes del descanso, incidiendo en esa relativa fatalidad que lo acecha hasta en sus mejores días. Entró Odonkor, que corrió los cien lisos varias veces y pegó alguno de sus centros desmedidos. En el Zaragoza, Oliveira sumó cero al cero y el equipo cayó en un empobrecimiento anímico, mientras el ambiente se espesaba a su alrededor. Si quiso pegar, siempre pegó blando. Casto descolgó varios centros con el gesto aburrido con el que los bomberos bajan de un árbol a Calcetines, el gato de la viejita de enfrente. Salvo una falta de Matuzalem que rascó la madera, todo fueron tiros sin importancia. Hasta que Pavone dibujó otro calamar con el cuerpo para el 0-3. Por hacer algo. Y ahí, claro, ahí sí reventó La Romareda.
Diario AS, 7 de abril de 2008
www.as.com
10/04/2008
El fragor continuo

La redondez de la tierra no se puede creer. Es un truco inexplicable, una sugestión colectiva. ¿A quién se le iba a ocurrir esa circularidad tan maciza? De niño yo preguntaba por el fin del mundo como por muchas otras cosas, por preguntar. "¿Dónde está el fin del mundo?", preguntaba yo. Y mi hermano, si le venía al caso y por hacerse el interesante, respondía: "En el Polo Norte". Con lo cual yo me imaginaba una extensión esteparia cruzada por un vendaval salvaje de ventisca y allá, al fondo del todo, un desigual muro de sillares blancos con un cartelón que anunciaba, en perfecto español porque para algo es un idioma noble: "Fin del mundo. No pasar". ¿Y al otro lado, qué hay?, me inquietaba yo, angustiado por la posibilidad de un abismo recto hacia abajo. Y mi padre decía, muy serio, como reconviniéndome por la torpeza del pensamiento: "Mario, el mundo no se acaba". No lo entendí hasta que un día agarró una naranja y un flexo con una bombilla blanca, me sentó en el sofá, se incorporó hacia el borde del sillón orejero balancín y me explicó el giro del planeta, el curso de los días y las noches, la cara oculta de la luna y algún concepto primordial más del sistema solar y de la vida. Así armé yo mi cosmogonía particular.
Con los años he admitido la doctrina de Galileo, pero sin convicción, afectado por una leve sospecha infantil. A menudo me comporto con pueril descreimiento, supongo que en parte por deformación profesional: uno enseguida intuye que no es lo mismo la realidad que la actualidad. Hay que aceptar esos términos para poder soportar el periodismo desde cualquiera de sus lados, el de autor o el de lector. De otro modo, uno corre serio peligro de confundir titulares con verdades. Estos días, la suspicaz China ha organizado un concurso mundial de agencias de comunicación para refutar la imagen de país bárbaro que se ha extendido al paso de la antorcha por la redondez del mundo. Grandes firmas pugnan ya por hacerse con ese filón de propaganda que consistirá en decirle al mundo que China no es lo que todos sabemos que es. A los medios de comunicación, esta dialéctica les ha de encantar. Veremos si vence la guerrilla urbana o el mensaje.
Leyendo por la mañana la Prensa, antes de hacer una maleta de cuatro días, he encontrado en una crónica del paso de la antorcha por San Francisco un término emocionante: fragor continuo. A menudo en la escritura uno topa con palabras que se empeñan en la reiteración; a la segunda que uno las repite, provoca un efecto de campanilla en la cabeza del lector. La concurrencia del mismo vocablo para designar la misma realidad se hace muy evidente. Entonces uno busca sinónimos... La antorcha se puede convertir en el fuego olímpico; y el fuego olímpico, en la llama eterna. Pero la llama eterna suena algo rimbombante, muy impostado, así que el periodista se largó otro de un lirismo conmovedor: el fragor continuo. Una hermosura de sinónimo.
Estoy volcado con esos muchachos que persiguen el fragor continuo para hacerlo alterno. Este boicot contra China me gusta, me gusta mucho. No es que yo tenga nada contra el chino, no señor; yo soy de los que compra en Alimentación Lin-Lin siempre que haga falta. Ayer mismo entré: "Oiga usted, una botella de Granini naranja he encontrado. ¿Tendría usted dos?". El Lin-Lin es ya Lin-Lin de la cuarta dinastía (el ultramarinos chino cambia de tenderos/as con frecuencia, todos lo sabemos); se fue para el fondo del establecimiento y anduvo zarzeando varios minutos hasta confirmar que no había otro Granini de naranja. "Tomate frito", lo reté. Orientalmente raudo, Lin-Lin señaló al estante de la izquierda. Ahí estaba Orlando, lata o tetra-brik. Lata. Tanto. Ahí tienes. Gracias. Mientras yo pagaba entró un desarrapado, se cogió una caja de galletas y Lin-Lin, que se olía la tostada, le preguntó: "¿No dinelo?". Y el otro, que está versado en la vida fronteriza, le dijo: "No hay dinero". Y se fue. Y Lin-Lin se quedó tan ancho. Lo que demuestra que Lin-Lin es un tipo pragmático que no se va a complicar la existencia por una caja de galletas. Estos tíos son unos maestros del control mental; pura filosofía de Oriente.
Así que no es por los chinos. La verdad es que principios tengo pocos, si acaso tengo más finales; por eso intenté colarme en la selección de AS para los Juegos Olímpicos en Pekín. Yo quería convertir Somniloquios en un foco de denuncia desde el mismo corazón de la cosa, pero no lo conseguí, claro. Así que después de dos décadas infructuosas de periodismo en cuanto a los Juegos Olímpicos (lo único que de verdad me gustaría hacer en esta profesión, aparte de lograr la última entrevista que dé Mohammed Ali en vida), he decidido pasar a la acción y voy a boicotear les Jeux Olympiques. Ojo a lo que estoy diciendo: hablo de no ver ni una prueba. Ni el 1.500, ni los 100 lisos (¿habrá moratoria?), ni el torneo de baloncesto ni a Alison Stokke si va y salta a la pértiga. Cuidadito que el órdago tiene lo suyo. Pero yo estoy con el Tibet. Y no por el Dalai Lama, no, que me parece un mardano; por David Carradine cuando era el Pequeño Saltamontes en Shao Lin, que no era el Tibet, ya sé, pero a esos tíos los tengo yo por unos resistentes de primera; y por Lobsang Rampa, que de adolescente me comí al menos tres o cuatro libros de sus reencarnaciones kármicas, cosa que no hace cualquiera sin asumir terribles consecuencias psicológicas... A la vista está. Con los años resultó que el tal Rampa era un electricista inglés con mucha imaginación, que no había salido de Essex en su vida. Con lo cual lo admiré ya de por vida.
En fin, que acepto con aconfesional resignación que lo más cerca que voy a estar de los Juegos son estos próximos días en Atenas, adonde nos lleva o nos trae el fútbol, deporte generoso. Como el Paseo Independencia se ha convertido en un barrio griego por culpa del Gyros de la calle Cádiz -cuyo aroma impregna la avenida toda-, creo que voy preparado. La pituitaria trabaja en conexión directa con el subconsciente, cualquiera lo sabe. La cultura clásica. Me llevo algunos libros para los ratos libres que no haya, la tercera temporada de los Soprano y en el iPod un par o tres de discos por desmenuzar: Dig, Lazarus, Dig!!!, de Nick Cave y los Bad Seeds; Accelerate, de REM; y una segunda oportunidad que les voy a conceder a Muse antes de descatalogarlos. El nuevo de James aún no lo he agarrado, pero tengo oído un tema en Radio 3 y suena muy James, próximo al himno, alegre y subrayado por esa trompeta que tan fácil resulta identificar. Sin libros y música no hay viajes, eso lo tengo sabido. De camino, he pasado por Barcelona una noche a mirar la Champions, que toma un aspecto muy pálido si no juegan los ingleses. Eso sí es un fragor continuo. Nos espera la Antártida; será vía Atenas.
11/04/2008
Acogedora como un viejo camino

Viajar me entristece, supongo que por eso siempre comprendí aquel verso tan hermoso de Neruda, que conocí recitado por una boca muy roja: "Entristeces de pronto / como un viaje. / Acogedora como un viejo camino. / Te pueblan ecos y voces nostálgicas". En los viajes yo no me entristezco de forma súbita, sino de modo capicúa: a la ida y a la vuelta. Tengo un corazón sedentario y un espíritu contradictorio: cuando me voy quiero no ir; cuando regreso deseo quedarme. Es, reducido a su último o primer átomo, la fuente de la insatisfacción. La mañana o la tarde anterior al inicio de un viaje renunciaría siempre a hacerlo, para quedarme en mi casa rodeado de los libros, oyendo música, paseando, haciendo nada, dormir en mi colchón, tal vez. No me importaría perder lo que he pagado por los billetes porque el placer de hacer lo que a uno de verdad le apetece en cada momento no tiene precio. Así de simple. Luego, una vez puesto, estar en otro lugar se convierte en el mejor momento sin comparación. Siempre quiero estar en otro lugar. Es lo que hablamos...
Luego viene la fase de la tensión. A mí jamás me ha ocurrido ni lo más mínimo en un viaje, pero me pongo en guardia antes ya de salir de mi cuarto. De San Francisco a Las Vegas nos cruzamos en el transfer al aeropuerto con una pareja que enseguida comenzó a narrar, en busca de nuestra conmiseración, cómo les habían perdido las maletas en París, cómo habían tenido que irse a la tienda Levi’s y a la lencería tal y al Macy’s, a comprarse un poco de todo; cómo se retrasó el vuelo, las horas de espera en el aeropuerto, cómo tal y cómo cual. Yo me quedé tieso y aguanté la sonrisa mientras le preguntaba al conductor: "¿Y por dónde cae el estadio de los 49ers?". El cerebelo me estaba avisando de un peligro que habíamos de sortear sin contemplaciones. En cuanto pusimos pie en el aeródromo sanfranciscano, largué la orden: "A éstos hay que perderlos que son unos gafes y nos joden el viaje". Y aunque el argumento parezca arbitrario, y vosotros me tacharéis de exagerado, yo os digo esto: en cuanto llegamos a la zona para el control de acceso, los separaron a un lado a los dos y los pusieron en una fila reducida. ¿Afortunados? Ja. Acababan de condenarlos a la hilera de las inspecciones detalladas, con destinatarios elegidos más o menos al azar. Y los cogieron nada más verlos. Conforme nosotros superábamos el área sin novedad, nos giramos para mirar y a los tórtolos les estaban haciendo enseñar hasta los empastes de las muelas. En una ráfaga, imaginé al alegre bilbaíno doblando el espinazo sobre una mesa, mientras rendía su pálida trastienda a los minuciosos dedazos del agente Bull, el único miembro medianamente honorable de una familia desestructurada de Pensacola. Me ratifiqué: "Corre ahora que están ocupados y no mires atrás". El Señor os libre de los viajeros malhadados, amigos.
Hay que viajar porque la mente se abre y se cierra como un diafragma fotográfico. Hay que viajar para huir y regresar. En el vuelo de salida en Barcelona, una azafata ha dado las instrucciones previas al despegue en dos idiomas: el catalán y el inglés. A la llegada a Atenas, la misma azafata ha dado las instrucciones previas a la toma de tierra en dos idiomas: el español y el inglés. Si el pasaje era el mismo, me pregunto por qué el cambio. La distancia convierte algunos prejuicios en pura y llana estupidez, que revela lo innecesario de ciertos empeños tan de moda en España y sus alrededores. Viajar enseña muchas cosas.
Atenas sigue donde estaba la primera y la última vez que la vi. Si os digo que descorro la cortina de una modesta habitación y al frente se levanta la colina de la Acrópolis, con el perfil del Partenón, me vais a considerar un pequeño privilegiado. Recuerdo bien la primera vez que levanté la cabeza desde los cafés del área de Monastiraki, a donde he regresado, y vi los templos de mármol iluminados de ámbar. Esta tarde he paseado por ese Montparnasse cauto de refinamiento, en el que los hombres atenienses toman capuchinos fríos en vaso alto y los perros atenienses se desperezan al sol acostados sobre el cálido asfalto, o patrullan las callejuelas con un trote animoso de pandilla juvenil. En pocos días comienza la Pascua Ortodoxa, uno de los acontecimientos religiosos principales del país. Me encantan las iglesias ortodoxas y sus frescos bizantinos en los muros, las cúpulas muy redondas y el ladrillo de fuera, y las velas que ofrecen los fieles a la entrada, antes de santiguarse dos veces. Pienso meterme en todas las iglesias que encuentre.
Atenas sólo adquiere nobleza en la reconstrucción de su pasado clásico; y hermosura en el inabarcable horizonte de casitas que se extiende y observa desde las balconadas de la Acrópolis. La tengo por una ciudad repetida de encantos discretos, aunque formidable por su condición mítica y por algunos espacios que conforman la memoria colectiva de la cultura occidental; o la cultura occidental, a secas. Más allá de la antigüedad, me gustan los taxis amarillos y los taxistas que sobreponen una agradable conversación a ese aire pesaroso que los enmarca: en Atenas todos los taxistas parecen a punto de entristecer, como si no condujeran para deshacerse de alguna nostalgia. Mientras conducen, muchos hacen girar sobre sus dedos una especie de pequeño rosario que enroscan y desenroscan continuamente en el índice, en un juego de apariencia hipnótica por el que les he preguntado. Ese amuleto está en todas las partes, en todas las manos, girando sobre todos los dedos: se trata de un método tradicional, o tal vez cabalístico, contra el vicio del tabaco. Una forma de combatir la sugestión de la necesidad o del gesto adquirido. El griego está sin desbastar. Y eso me gusta.
Grecia no está entre mis lugares preferidos, pero me recuerda a la España de los 80 y me hace sentir en qué país tan avanzado y previsible nos hemos convertido. Si alguna vez consideramos que nuestra condición geográfica nos hacía diferentes y mejores, va siendo hora de advertir esto: somos cada vez menos mediterráneos.
15/04/2008
La batalla de Alexandras

El fútbol en Grecia se presenta bajo la escenografía de una operación militar. Dos horas antes del partido, la policía antidisturbios cubre todos los flancos de la Avenida Alexandras, desplegada por los alrededores del estadio del Panathinaikos en sucesivos cinturones humanos. Autobuses enrejados clausuran las esquinas del desvencijado campo aprovechando la protectora estrechez de las calles adyacentes, urbanizadas con la abigarrada profusión típica de Atenas. Un entramado de vías angostas que se repiten en ángulos rectos. Resulta fácil imaginar las juergas que se deben correr por aquí los hinchas más violentos. El barrio es perfecto para la emboscada. Contra esa amenaza, los agentes interponen valladares mecánicos y cierran los huecos con sus cuerpos, para contener la circulación de aficionados de un flanco a otro del estadio mientras dura la tensa llegada de los equipos en sus autocares. Es la primera parte de la operación. El ambiente no es de fútbol, sino de maniobras militares de la infantería. Hay más uniformes que camisetas verdes.
Esta tarde de abril juegan el Aris de Salónica y el equipo local. Un largo tramo de la avenida está cerrada al tráfico y sólo el automóvil de algún residente sobrepasa el espacio de seguridad establecido por la policía. En la cercana estación de metro de Ambelokipi todo aparece tranquilo: un domingo por la tarde alejado del bullicio de los barrios turísticos, de los cafés de Plaka, de los restaurantes de Monastiraki, de los clubes de rebetika de Omonia, del mercadillo de cachivaches de Thiseio, del tráfico incesante en las avenidas que rodean el Pireo, de los restaurantes marineros y los cafés ambientados de R&B de Microlimano... En una ciudad que, como Atenas, glorifica la arqueología y el fárrago urbanístico, las modernas, limpias y funcionales estaciones de metro argumentan que el nuevo siglo comenzó en la ciudad con los Juegos de 2004. En la azotea de un moderno edificio de fachada simétrica, frente al campo, varias cámaras de televisión aparecen apostadas en la altura, como francotiradores. Las construcciones recuerdan la funcional arquitectura comunista, con sus líneas rectas y desnudas de artificios. Desde esa privilegiada posición los camarógrafos obtienen un magnífico tiro de cámara, es cierto. Pero también, y sobre todo, están a salvo. Un helicóptero sobrevuela el área y le proporciona a la tarde plomiza un ronquido en sordina. Es raro el silencio alejado de la nave. Es rara la tranquilidad aparente. La severidad policial recuerda que algo podría suceder en cualquier momento.
Estamos en la penúltima jornada del campeonato griego y ninguno de los dos equipos tiene nada en juego. El título ha quedado a medio camino entre otros dos clubes de la capital: el AEK de Atenas y el Olympiakos. Caminamos hacia la fachada del estadio y luego hacia el lado opuesto, al fondo donde está situada la infausta Gate 13, la puerta 13, donde se alojan los hinchas más violentos del Panathinaikos. Los policías fiscalizan cada paso, alineados aquí y allá. Miran, juzgan y calculan. Nosotros tenemos que entrar por la puerta 11, que está apenas a 50 metros de donde nos han detenido los guardias: "Por aquí no se puede pasar. Tendréis que dar la vuelta", dice uno, Los alrededores de la 13 son territorio comanche, y nadie quiere a un fotógrafo en territorio comanche, por múltiples motivos: esa acendrada generosidad de los agentes del orden siempre me ha llamado la atención. Parece que te dicen: "Sea usted prudente", pero al mismo tiempo, están diciendo: "No me cree usted problemas". Así que hay que dar otra vez la vuelta entera al campo. Sobre la esquina contraria, la agitación azulmarino crece por momentos. Un oficial con gorra de plato alza la voz una y otra vez, corrige las posiciones de sus hombres con un grito y luego con otro, después gesticula violentamente y exige velocidad. Quiere que se muevan y que se muevan rápido. Se dirige a ellos igual que lo haría a un equipo de fútbol de muchachos desobedientes o desganados. Los jóvenes agentes se miran entre sí, como si no entendieran la orden o como si las órdenes que llevan oyendo en la última hora y media se contradijeran unas con otras. Pero se apresuran a corregir su posición y seguir al jefe, que los advierte con otro bramido. Tiene motivo para la urgencia: al fondo de una de las calles laterales, precedido por varias motocicletas, asoma el autobús del Aris. La policía se cierra sobre los costados del vehículo. En ese instante, cualquier movimiento de los que estamos allí es reconvenido de inmediato. Sólo se puede retroceder o mirar sin más. El despliegue tiene un tono exagerado. Hay poca gente y casi nadie dice nada. Hoy no vienen aficionados visitantes. Ajenos al despliegue, varios hombres toman capuchino helado en una terracita sitiada por los policías. Capuccino freddo, una de las bebidas más populares en la bochornosa Atenas.
La llegada del autobús del equipo local resulta mucho más tensa, contra todo pronóstico. ¿Por qué? La afición local está decepcionada, y en Grecia la decepción equivale a una posibilidad de violencia: su equipo no ha luchado este año por ningún título, algo inadmisible de acuerdo al concepto que tienen de sí mismos. A la vista de su estadio, el Panathinaikos parece un equipo modesto, trasnochado frente al poder económico de sus dos rivales capitalinos. El AEK disputa sus encuentros en el Spyros Louis, el nuevo estadio olímpico. El campo del Olympiakos en los alrededores del puerto del Pireo se levanta entre modernos nudos de comunicaciones, al sur marítimo de la ciudad. El Panathinaikos dejó el estadio Apostolos Nikolaidis en 1984 para trasladarse al viejo olímpico, pero acabó regresando. Éste es el campo más tradicional del fútbol griego, aunque ya no puede defender esa condición. Bajo la curva este, un pabelloncito de 1.500 espectadores fue en 1959 la primera pista cubierta de baloncesto de Grecia: La Tumba India, lo bautizó un periodista para describir el ambiente opresivo de su interior. El Panathinaikos es un club polideportivo con 21 secciones diferentes. La de basket reúne las mayores glorias del club, pero el fútbol se tiene por el hermano mayor. Y en el fútbol la grandeza parece esquiva. El año pasado, Víctor Muñoz los llevó hasta la final de la Copa contra el Larissa, un equipo modesto del noroeste de la capital, pero perdieron. Este año ha sido un poco peor, suficiente para la escenificación ardorosa de tragedia griega que estamos presenciando... A la cabeza del autocar aparece un pelotón de antidisturbios de aspecto militar: los uniformes de campaña, la severidad de sus equipos, los cascos sobre la cabeza, el control disuasorio. Todo estudiado. Toman la zona como si desplegaran una fuerza de asalto. Ahora sí chilla la gente, los pocos que observan la escena, pero con un énfasis casi interior, sabiendo que la ira se va a perder en el aire de un grito. Los aficionados de fútbol suelen protestar así, conscientes de que sus quejas se pierden por el camino. Nadie puede tocar a las estrellas. En este caso, además, esa afirmación es literal: protegidos por una barrera de uniformes color tierra, cascos y escudos, los jugadores alcanzan la puerta de vestuarios sin novedad y sin bajas en ninguno de los dos bandos. Para acometer una acción contra ese autobús, considero rápidamente, hubiera hecho falta un comando terrorista.
Salimos de nuevo hacia Alexandras, que a esas horas se está convirtiendo ya en el escenario principal: cada vez hay más gente y, sobre todo, cada vez hay más policía. Digamos que el ejército regular multiplica a los rebeldes sin dificultad, pero están intranquilos. Los autobuses cierran ahora también las calles laterales al otro lado de la avenida, lo que crea una especie de zona cero en el frente de la fachada. Una foto gigante de Ferenc Puskas, posando al frente del Panathinaikos subcampeón de Europa de 1971, observa la escena. El Panathinaikos se metió en la final tras remontar con un impensable 3-0 el rotundo 4-1 que el Estrella Roja se había traído de la ida en Belgrado. Siempre se pensó que la causa de aquella hecatombe yugoslava (hecatombe, por cierto, palabra de origen griego que hace referencia al sacrificio festivo de cien bueyes) estuvo en un sabotaje de los griegos, que habrían proporcionado a los jugadores rivales comida en mal estado. Sin embargo, la realidad era mucho más prosaica, y tanto más ilegal: Despina Gaspari, esposa del entonces dictador Giorgios Papadopoulos, reveló hace algún tiempo que aquel encuentro fue comprado. El Panathinaikos perdería la final por 2-0 frente al Ajax de Cruyff.
Ahora llega el coche del presidente del club, con el aspecto inequívoco del automóvil de un estadista: azulmarino, largo, brillante de cera y con la magnética tintura de los vidrios atrayendo al publico. Esa oscuridad aislante supone, en un escenario como este, una provocación indudable. Varios hombres se aproximan. Los policías toman posiciones, aunque con un cierto desorden. El chófer se baja primero del coche: su aspecto es el de un mercenario del este. Si uno apostase a que va armado y dispuesto a disparar, no se equivocaría lo más mínimo. No se trata de un prejuicio, es una descripción: su rostro está cortado por ese aire de violenta determinación tan previsible en algunos hombres. Llega más público, algunos increpan, otros se enzarzan en una acalorada discusión, a gritos, a la manera griega. En el remolino que circunda al automóvil y al atildado presidente, varios policías intentan mantener separados a un aficionado que está fuera de control y a un compañero de armas que intenta lanzarse contra él. Lo curioso es que no se trata de una maniobra de la autoridad frente a un individuo, como cabría suponer; se pelean verbalmente e intentar llegar a las manos como dos ciudadanos cualesquiera que dirimiesen alguna disputa personal. No se trata de la ley, se trata de la hombría.
Del fondo de la avenida llegan detonaciones y una humareda que se eleva en el aire, sobre la trinchera de camionetas policiales que compone el frente de la fuerza de choque. Son los ultras de la 13. ¿Cuántos? Imposible saberlo. No se les ve, solamente se oye el ruido informe de una turba. Lo único que se ve es policía. El ruido de las botas que se desplazan de aquí allá, tomando posiciones, abriendo arcos de seguridad, arrastrando a la gente a los lugares convenidos. Pero no hay tanta gente. Me llama la atención el tráfico escaso de aficionados. La Avenida Alexandras, donde la afición griega recibió a la selección campeona de Europa en junio de 2004, es un campo de batalla en el que un ejército de hombres combate una amenaza fantasma. Después de dos horas de tensión, entramos al campo. Está tan vacío como destartalado. Me paso el primer tiempo desentrañando la grafía de los nombres griegos en el marcador, un ejercicio que comencé nada más llegar a Atenas y que he perfeccionado con los días, hasta leer casi perfectamente la alineación de los dos equipos en griego: mi compañero de pupitre, un joven local, asiente con un leve gesto aprobatorio. Para cuando la tarde ya se ha desplomado, el empate a cero continúa. Afuera un grupo de policías miran el encuentro en la televisión de una de sus camionetas blindadas. Parecen aburridos o definitivamente cansados. Ni había batalla ni hay partido.
16/04/2008
Bibiana tenía un blog

Bibiana Aído tenía un blog y ahora tiene un ministerio. Temporalmente hablando, ambos hechos son casi consecutivos. Creó el blog en febrero, durante la campaña electoral de las últimas elecciones, y dos meses y medio más tarde Zapatero ha creado un ministerio que la tiene por señora ministra, que no es poco. Lo he estado ojeando y he terminado enseguida. El blog, no el ministerio, sobre el cual no tengo opinión. En cuanto a blog, como ocurre con una gran mayoría de los blogs que pueblan el infinito alephico de Internet, resulta obvio y prescindible. Somniloquios también lo es, no vaya a pensar nadie que aquí hablamos desde la vanidad. Sólo yo considero imprescindible Somniloquios, mi terapia cognitiva de andar por casa. Supongo que para Bibiana también su Amanece en Cádiz (título almibarado para un blog sobre política o propaganda personal, salvo que ensaye una metáfora ideológica...) será imprescindible. Ahora que tiene que regular la igualdad nacional, veremos cuánto. Nada es imprescindible. Decir que algo o alguien lo somos supone una generosa exageración.
Yo acababa de crear Somniloquios de modo furtivo cuando una noche, durante una cena con amigos, el Licenciado observó: "Ahora todo el mundo tiene un blog... y nada que decir en él". La severidad de la afirmación me corrió por la espina dorsal un momento, pero con un hilo de voz me atreví a replicar: "Yo acabo de crear uno". A lo que el Licenciado, sonriente, contestó: "Pero aportarás algo...". Ahí estaba la presión de un lector de calidad, sí señor. Seguí adelante y no sé si aporto nada, pero me entretengo. Bibiana Aído apenas reunía uno o dos comentarios en algunas de las hieráticas entradas de su Amanece en Cádiz. El día que la hicieron Ministra de Igualdad (que no en igualdad) coleccionó 140 apostillas a su refrito de un artículo de El País acerca de, claro, la igualdad. Algo sobre el uniforme de las mujeres, muy mal traído y muy mal llevado. O sea, mal escrito y razonado sobre un lecho de lugares comunes del feminismo, filosofía necesaria pero con un argumentario poco evolutivo, digamos. La ministra no era la autora, pero le había encantado. Lo que la hace cómplice en mi forma de ver las cosas. Naturalmente, de los 140 comentarios calculo que unos 130 eran meras enhorabuenas por el nombramiento. Comentarios sobre el tema en sí había pocos. Yo nunca he logrado 140 comentarios, aunque tengo por ahí en los archivos un post casi tan hierático como los de Bibi y va ya camino de los cien. Es el récord somniloquios, con gran ventaja sobre el segundo clasificado. Desde luego, esos comentarios se han reunido en mucho más tiempo que los coleccionados por la ministra, que en pocas horas tuvo 35.000 visitas en su página. Otra diferencia estriba en el tono de los participantes: si en Amanece en Cádiz menudean los parabienes, el "felicidades, compañera" y esas cosas, en el mío vuelan los cuchillos dialécticos suramericanos, centroamericanos y latinoamericanos, todo a cuenta de una humilde referencia mía a la película Million Dollar Baby. Encendió la mecha un muchacho que me insultaba por desconocer el gaélico y la traducción o la grafía exactas de una frase nombrada en aquella cinta de Clint Eastwood. Y desde entonces parece un concurso a ver quién la dice más gorda.
Antes los dos teníamos un blog. Bibiana y yo, digo. Ella además tenía un cargo en no sé qué de desarrollo del flamenco, pero con todo el respeto yo no puedo tener en cuenta un cargo así. En términos de envidia, me refiero. Ella tenía un cargo de desarrollo del flamenco y yo soy capitán de mi equipo de rugby: para mí constituyen hechos equivalentes. Cualquiera daría algo por poder arengar a los muchachos en el vestuario cada sábado como yo lo hago; y someterlos a la liturgia de la ducha antes de cada partido, todos agarrados y saltando juntos y gritando y embruteciéndonos antes de salir al campo. Ahora ella tiene un ministerio y un blog y yo sólo un blog y la capitanía del Seminario. Ahí la comparación ya se cae. Eso sí, con orgullo desconfiado puedo decir que, antes del nombramiento, yo le ganaba en comentarios a Bibiana pero de lejos. Mérito de ustedes, no mío, pero da un cierto gusto, no te creas. ¿Es envidia?, preguntaréis. Sí. Lo que no sé es qué envidio: yo no sabría qué hacer con un ministerio. Tal vez lo que envidio es no conseguir que Bibiana me envidie a mí. Que diga: "Joder, yo no sabría qué hacer con un blog". Pero sí sabía, vaya que si sabía. Por cierto: ¿Se puede decir joder en un Ministerio de Igualdad? Porque joder implica, en el fondo, una dominación del masculino sobre el femenino, una violación de los deseos, una perversión del lenguaje como tantas otras. Hacer el amor constituye un acto mutuo; follar también, pero aleja a los actores porque uno trata de follar(se) al otro, o sea de estar por encima y si es posible de estar encima, de dominar el acto o el placer del acto. Joder ya es, directamente, un ejercicio de indudable sumisión implícita. Cuando alguien dice "¡No jodas!", el de enfrente advierte: "No te agaches". Viene toda esta digresión porque a Bibiana el lenguaje le importa, a su manera: es de las que se salta el obstáculo de los géneros por medio de la arroba, e integra el todos y el todas en tod@s. Lo que me pone muy nervioso. Para serenarme, me demoro en su foto de arriba y me gusta esa mirada tan ambigua: si reparo en la línea de su cabello, retirado levemente sobre el lado izquierdo, con ese pendiente barroco que apoya sobre el hombro, me parece confiable y plácida; por el contario, el mechón del otro lado, iluminado de sol ("albriciado de luz", que diría Borges), y el ojo que se entorna, desvelan la posibilidad de una perfidia calculada. Una sospecha admonitoria. En cierta ocasión, Bibiana le reprobó a un periodista de ABC de Andalucía su espíritu crítico: "Eres muy joven para escribir esas cosas que escribes", dice él que le dijo ella. A los 31 años, no es que Bibiana sea joven o no para hacer de ministra en un ministerio de igualdad; pero es muy joven para escribir cosas tan aburridas como las de su lírico Amanece en Cádiz. O muy mayor, no lo sé. Con la edad todo tiende a la subjetividad.
Para terminar, regreso a la complicidad de la que hablé antes. Hoy se ha presentado la nueva novela de Carlos Ruiz Zafón, el autor de La Sombra del Viento, ese libro que la gente leía en el autobús, en la fila del banco, en el vagón del subterráneo, en la bicicleta estática. El nuevo se llama El Ángel de no sé qué... da igual. Once millones de libros vendidos. Once millones de cómplices. Me baso en el (im)prescindible blog de Arcadi Espada en elmundo.es para razonar la acusación. Publicaron en el diario un extracto de la novela de CRZ y dice así:
"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable.
--Está caliente.
Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."
El párrafo revela una prosa escolar y lastimosa. Eso no es lo peor, y aquí citaré al agudo Arcadi, irónico y certero cuando dice:
"La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito".
Una de esas modernísimas columnistas del NYTimes sostenía hace algunos días en un artículo la despiadada importancia que las preferencias literarias tienen en las relaciones de pareja: "No eres tú, son tus libros", lo titulaba. La biblioteca personal puede determinar la posibilidad de éxito de una relación, venía a decir. Alguien cuyo libro de cabecera sea América, de Kafka, no puede cruzar bien con un cómplice de Ruiz Zafón, sostenía la autora. No estoy en absoluto de acuerdo. Alguien puede querer a un consumidor compulsivo de Literatura aunque el uso que él mismo haga de los libros no sea otro que decorar la estantería según los colores de los lomos o bien calzar alguna mesita que cojea. Y viceversa. Hace tiempo una chica me preguntó, con interés tópico: "¿Te gusta leer?". Claro, respondí. Mucho... Siguió: "¿Cuál es tu libro preferido?". Me quedé tieso. Me resulta imposible contestar a una pregunta así. Vi por dónde venía, así que le planteé la disyuntiva que siempre interpongo ante una situación tan apurada: "¿A ti te gustan los libros o la Literatura?", la interrogué. Como se negaba a aceptar la diferencia (que no incluye un menosprecio por mi parte, ni mucho menos), se protegió con otra pregunta: "¿Cuál es el último libro que has leído?". Nombré el que fuera, no me acuerdo. "Ni idea", fue su comentario.. ¿Y tú?, contraataqué yo: "Los Pilares de la Tierra", aseguró con orgullo. "¿Lo has leído?". No, dije yo. Ni pienso. Consideración ante la cual ella agregó, implacable: "Pues no leer Los Pilares de la Tierra es un crimen". Por lo visto, ella sí hubiera estado de acuerdo con el artículo del NYTimes. De modo que me protegí regresando a mi argumento original: "A mí me gusta la Literatura; los best-sellers, salvo excepciones, no se me dan bien".
Su respuesta final cerró la conversación para siempre: "¿Sabes qué te digo?". Dime, maña, dime: "Que yo prefiero los libros, porque la Literatura no hay quien se la trague".
Como diría Arcadi Espada... buenos días.
18/04/2008
La bufanda
Muchachos... llegada esta hora, no queda mucho por hacer. Sólo imaginar o recordar, que a veces viene a ser lo mismo. Después, ir al campo y, qué sé yo, mirar lo que pase y concluir que estamos por encima de lo que ocurra. Siempre por encima. Yo no soy nada supersticioso, pero en en el maletero de mi coche llevo siempre un amuleto: una bufanda del Wisla-Zaragoza comprada en Cracovia, claro, en aquel día infausto. Dado el desastre, y con una lógica nada severa, pienso que un objeto de memoria tan nefasta va a protegerme frente a cualquier circunstancia: entre la bufandita y las dos cintas blanca/azul de la columna de la Virgen, mantengo mi carnet de puntos intacto y todo lo que he abollado el coche ha sido el rasponcito clásico en la columna del aparcamiento... Mi otro amuleto zaragocista, ya lo advierto, va a salir mañana del cajón e ir al estadio. Una bufanda comprada en la final de Copa del 94 contra el Celta, que desde entonces viene conmigo a la tribuna de prensa, o donde sea, en todos los partidos importantes. La guardo sin lavar desde que le derramé todo el vino que no me cayó gaznate abajo en el largo día de la Recopa en París. Hasta ahora siempre ha venido en días de finales y semifinales. De aquí a lo que queda de esta Liga, la voy a sacar a pasear. Hasta el 12 de abril de 2006 en el Bernabéu, esa bufanda estaba rotundamente imbatida. Una final siempre se puede perder, no lo vamos a negar. Yo sigo creyendo en ella.
Todo lo que se me ha ocurrido es este vídeo, rescatado en YouTube, del 6-1 al Real Madrid (gracias a los chicos de aupazaragoza.com, creo que les corresponde la autoría). La noche más grande de Diego Milito, que mañana nos va a faltar. Ya sé que no está bien, lo sé todo; lo veo cada día, todas las mañanas, lo veré dentro de un ratito: pero yo en Diego creo como se cree en Dios, a pesar de las guerras, los incendios, el hambre y la destrucción. Por encima de un atisbo de agnosticismo. Porque lo echaré de menos mañana y porque ya lo estoy extrañando en el futuro. Gran jugador, magnífica persona, excelente goleador. Un zaragocista comprometido. Por cierto: en ese vídeo el hombre somniloquio tiene la relativa gloria de aparecer celebrando (puño apretado, puño en lo alto, festejo grande... diría Víctor Hugo) el sexto gol, el de Ewerthon: sobre el minuto 2:43, toma desde la espalda de la tribuna, en el centro preciso de la imagen y en pleno éxtasis. Qué felices éramos cuando éramos felices.
No sé. Esto es todo lo que nos queda. Lennon versionado y la esperanza. Papá, esta noche hay partido...
20/04/2008
Hasta el rabo todo es toro
Real Zaragoza, 3-Recreativo, 0
33ª Jornada de Liga
Lo malo de venderle tu alma al diablo es que, cualquier noche, vuelves a casa de tomar algo y te lo encuentras pelándose un huevo duro en tu sillón orejero. Y a ver quién lo convence entonces... El Zaragoza lo logró. En la noche en la que venía a buscarlo el ángel caído, se arregló para endosarle la factura al Recreativo y salió pitando con el corazón batiéndole el pecho por el lado del escudo. El corazón, que en el fútbol se llama intensidad, carácter competitivo, esas cosas que le habíamos visto al Recreativo contra el Barcelona y en los últimos partidos, y que hacían temer a un equipo muy diferente. El suyo fue un defecto teórico castigado de forma violenta por un Zaragoza que recuperó su alma, lo cual es tanto como decir la esencia. Y la esencia estaba en la actitud, desde luego, pero también en la apelación a los valores originales, lo único que acostumbra a funcionar. Queramos o no, lo de los dos delanteros constituye la radical naturaleza de este equipo, por desequilibrada que nos parezca. A la vuelta de una búsqueda encomiable, Manolo Villanova entendió el principio que el doctor Lecter le recordaba a la agente Starling: simplicidad, Clarice, simplicidad.
El Recreativo, para culminar esa vuelta del Zaragoza al rock de guitarras de toda la vida, eligió un mal día para perder a Martín Cáceres o a Quique Álvarez. Las ausencias en el fondo suponen un peso enorme para un equipo en las circunstancias del Recreativo. Si lo sabrá el Zaragoza... Uno miraba ayer a Sergio cabecear por arriba y meter por abajo y se preguntaba, con todo el derecho del mundo, si el Zaragoza hubiera caído tan bajo como lo ha hecho con el asturiano en el campo. Zambrano cometió un cierto pecado de incontinencia. Además de que le faltaba su mejor hombre atrás y de que tenía al desesperante Edu Moya, envió su línea defensiva a 40 metros de Sorrentino. Una temeridad añadida que interpretaron muy bien Aimar, sobreexcitado, valiente, comunicativo, líder con la pelota y con los gestos. Y también Celades, que de cuando en cuando recuerda al jugador descubierto por Cruyff hace años. En un medio campo de pierna flaca, el catalán Celades (nació en Barcelona aunque viva en Andorra, coño!) se hizo dueño del reloj del partido. Óscar apareció con mayor fugacidad y Gabi le recorrió a la noche todas las esquinas, en una estupenda asimilación de las tareas del actor secundario. Alimentados por ellos, Sergio García y Oliveira aprovecharon los errores visitantes para poner al Zaragoza 2-0.
Naturalmente, todo el partido quedó definido por esa entrada febril del equipo aragonés. Enfrente, el Decano expuso una desgraciada blandura atrás y se sometió a una condena inevitable. Nunca sabremos si hubiera podido ser otro, pero hay que convenir en el demoledor efecto de las ausencias y en la rotundidad defensiva del Zaragoza al otro lado: frente a Marco Ruben, ensombrecido bajo la luz de su encuentro contra el Barça, y Sinama. El francés libró una batalla imposible en la que Sergio le negó cada balón y Ayala le recordó de todas las maneras posibles, a cual más despiadada, quién tiene el mando en la plaza. No nos tome nadie por pendencieros, pero qué bien pega Ayala...
Regalos
El problema del Recreativo estuvo en que tal vez quiso ser dique antes que cuchillo; esperar y resistir la previsible efervescencia inicial del Zaragoza, para luego ir modelando el partido a su menor apuro. No le dio tiempo a comprobar lo adecuado de esa postura. A los 90 segundos Edu Moya, y a los 20 minutos Iago Bouzón, les regalaron sendos balones a los puntas del Zaragoza en los alrededores del área. El primero lo jugó a toda velocidad Aimar por fuera, lo cruzó Oliveira al punto de penalti y lo terminó Sergio García con un toque sutil de izquierda, cambiándole la dirección. En el segundo, Oliveira huyó contra Sorrentino y lo batió con una delicadeza mortal. No fue un disparo y tampoco se le puede decir toque: se pareció más a un putt cuidadoso tirado sobre la augusta hierba de Augusta.
Esa descomposición inicial arrastró al Recre y lo sacó del encuentro. El ambiente en La Romareda tenía la espesura de las noches cerradas, pese a que la claridad no se desvaneció del todo hasta entrado el segundo tiempo. Hervía en la grada un fervor que Pablo Aimar, futbolista de alquimias diversas e ilustradas, licuó en el vidrio de su cuerpo, para convertirlo en fútbol arrojado y vivaz. El Cai tenía de nuevo esa energía vivaz e ingrávida de un Errol Flynn en las aventuras de Robin Hood. Puso tanto el argentino que bordeó el precipicio de su resistencia: primero lo amenazó el pubis tras un espagar desordenado, al disputar el balón con fiereza; luego la rodilla lo hizo claudicar. Aguantó cuanto pudo y se fue herido, pero sobre el fondo de un aplauso, como los toreros que se arriman. Aimar es la voz del juego. Con él todo es otra cosa.
¿Y el Recreativo? Bastante tuvo con sostenerse frente al batallón desaforado que fue el Zaragoza. Apenas amenazaría con tres faltas de Martins al borde del área, pero todas mal resueltas. La doble amarilla a Marco Ruben, que pegó dos patadas locas en medio minuto, dejó el partido hecho. El equipo de Zambrano lo aceptó, de forma tácita. No encontró por dónde entrar en la rueda, ni siquiera cuando tomó a su cargo la pelota en el segundo tiempo, aprovechando que el Zaragoza se ponía cínico: a manejar, a tocarla, a jugar con las faltitas de un Undiano primero casero y luego descompensado. Lo que no pudo hacer por la vía del juego lo buscó por la del turco Eser Martín, un futbolista tan grande que parece Tiburón, aquel animal con dentadura metálica de las películas de James Bond. Vicente y Ayala dejaron al Zaragoza con nueve, lo que le agrega a la victoria un punto trágico, inevitable: en Montjuïc, el Zaragoza jugará sin Sergio ni Ayala. Para entonces, Oliveira ya había cabeceado el 3-0.
Esto no ha terminado. En realidad, sólo acaba de empezar. Quedan cinco semanas y el diablo aguarda el cobro, pelando su huevo con la uña del meñique. Se parece un poco a Robert de Niro.
Diario AS, 20 de abril de 2008
29/04/2008
Atmósfera
Walk in silence,
Don’t walk away, in silence.
See the danger,
Always danger,
Endless talking,
Life rebuilding,
Don’t walk away.
Walk in silence,
Don’t turn away, in silence.
Your confusion,
My illusion,
Worn like a mask of self-hate,
Confronts and then dies.
Don’t walk away.
People like you find it easy,
Naked to see,
Walking on air.
Hunting by the rivers,
Through the streets,
Every corner abandoned too soon,
Set down with due care.
Don’t walk away in silence,
Don’t walk away.
Atmosphere, de Joy Division

