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03/01/2008
La princesa diana

El inagotable espíritu pionero de los ingleses podemos advertirlo en sus hechos de guerra, en las salas del Museo Británico (el lugar más fascinante de todo Londres) y en la invención de los principales juegos y deportes practicados por el hombre moderno. Podemos agradecerles el fútbol y el rugby, por ejemplo, con el mismo entusiasmo con el que celebramos a Dickens, Wilde, Chesterton y el doctor Johnson. A la espalda de esos ingenios tan sonoros, tan populares, quedan otras prácticas típicamente inglesas que, de tan simples, resultan del todo crípticas para el observador de ultramar: me estoy refiriendo al cricket y sus monótonos partidos de cinco días (que a mí me gusta, de todos modos), el snooker (divertida variante del billar) y los dardos. La otra tarde estuve viendo la final del campeonato del mundo de dardos en Sky Sports, y me pregunté por qué estos tipos son capaces de convertir en espectáculo algo tan sencillo; sobre todo me pregunté a qué espera Aragón TV para montar, patrocinar, emitir en directo y narrar un campeonato del mundo de guiñote. Basta de deportes convencionales. Tú organizas un torneo de guiñote en cualquier bar de la ciudad y la gente se apunta como al roscón de San Valero en la plaza del Pilar. Así que sólo hay que buscar recinto y organizar una jerarquía. Esto lo dice uno de los tres aragoneses (no puede haber más) que jamás en su vida ha jugado una partida de guiñote. Aprendí las reglas un día de adolescencia en el colegio y a la mañana siguiente ya las había olvidado.
Es lo que ocurrió con los dardos. Que de ser un juego de pub se ha convertido en un deporte profesional del que me gusta todo. Pero todo, todo. Desde luego el ambiente de pub, que se mantiene: durante este campeonato, celebrado en el Alexandra Palace de Londres, se ha calculado una media de siete pintas diarias por persona y sesión. No está nada mal. Me gustan las camisolas enormes y los cuerpos de pera de la mayoría de jugadores (los hay flacos, pero componen una excepción), sus rostros a veces patibularios o de oronda amenaza. Me gusta la diversión del público, que desde las mesas come, bebe y rotula cartelitos de apoyo a su jugador preferido para exhibirlos frente a las cámaras, y los hay verdaderamente ingeniosos. Me gusta, mucho, el elemento que canta las puntuaciones con esa entonación tan especial, alargando las cifras y celebrándolas con un grito muy singular. Y me gusta la facilidad con la que los tipos meten triples 20, con la aparente naturalidad con la que clavan el dardo en el ojo de la aguja, y la velocidad mental con la que calculan de forma automática las combinaciones necesarias para cerrar en cero el juego al 501. Jugar a los dardos divierte a cualquiera. Pues a mí aún me gusta más ver los dardos.
Cuando vivía en Londres mi jugador preferido era un tiparraco con cara de malo, camisas hawaianas o con flamencos rosas estampados sobre negro: se llamaba y se llama Peter Manley, un mal perdedor al que durante años abuchearon en cada partido por haberse negado a darle la mano al tatuado Phil the power Taylor, uno de los popes del mundo de la diana, después de que el gran campeón le metiera entre pecho y espalda un doloroso 7-0 en una final del campeonato del mundo. Manley es un jugador sucio, puede que en más de un sentido. Tiene un cierto aspecto de higiene descuidada, para qué negarlo, y además no es raro que se líe en intercambios poco flemáticos con el otro jugador, como le ha ocurrido en varias ocasiones en el Las Vegas Desert Classic, un torneo mayor del circuito profesional. Cuando la gente lo increpó por su comportamiento, dijo aquello tan frontal: "Me importa muy poco lo que piense la gente de mí: lo que me importa son las 25.000 libras que me he metido al bolsillo". Encantador. Luego se casó en la capital del juego con una jugadora de dardos de su talla y aficiones. La primera vez que vi jugar a Manley a mediados de los noventa quedé prendado. No fue por nada; fue por un cartelón que levantó una chica rubia de entre el público, una chica de esas fronterizas, del tipo Dolly Parton. El cartel decía: "Peter, you're so Manley!". Un juego de palabras entre el apellido del jugador y el término manly (varonil). Pensé que la muchacha debía de tener el camión aparcado afuera.
En el pub en el que vi la final del otro día entre Kirk Shepherd, inglés, y John Part, canadiense y ya doble campeón del mundo, había indisimulado entusiasmo. Kirk Shepherd es un muchacho de 21 años que empezó a jugar a los dardos cuando tenía nueve, de la mano de su padre, y se quedó enganchado. A los 13 se lo tomó en serio, si es que alguien puede tomarse algo en serio a una edad tan impropia como los 13 años, que están a medio camino de todos los lugares de la vida. Al mismo tiempo se aficionó a otro deporte tan disímil como el karate y llegó lejos: es cinturón negro segundo dan. O sea, que si te agarra con una patada voladora te desenrosca la cabeza. Pero el joven Kirk había quedado atrapado por ese espíritu fondón y un poco tabernario de los dardos y siguió practicando y bebiendo, bebiendo y practicando. Conforme más le crecía la barriga, más afinaba la muñeca. Cuando entró en los 20 estaba lejos de los grandes circuitos. The Independent le dedicó las dos primeras páginas de su sección de Deportes del día de Año Nuevo y Shepherd reconocía estar harto de su trabajo. Es obrero del metal en una empresa de Kent. "Lo odio, si pudiera no volvería mañana", le dijo al periodista sin pedir el off the record. Shepherd, cenicienta de pelo pincho y camisola blanquinegra, ha vivido unos días de ensueño a fuerza de hacer volar dardo sobre dardo. Las casas de apuestas no contaban con él ni para repartirse las sobras, pero sorprendió a todo el mundo desde las fases clasificatorias hasta alcanzar la final del mundial. Antes de estos días de gloria era apenas el número 140 del mundo y quería ganar las 100.000 libras de premio del torneo para dejar el trabajo, vivir de la princesa diana y llevarse a sus padres y a su novia de vacaciones unos días (lo que no suele ser buena idea, pero eso aún no lo sabe porque tiene sólo 21). Cuando intentó calzarse el zapato de cristal, lo partió por el medio.
Todo sus anhelos juveniles se le vinieron encima en la final, en la que John Part no le dejó meter la cuchara. Lo derrotó por 7-2 y el chico Shepherd mostró al final la vulnerabilidad de unos nervios poco adultos. En un juego de precisión loca como los dardos, una duda interior significa la derrota. Kirk Shepherd lloró después de perder, se abrazó a sus padres, agradeció con palabras entrecortadas el jubiloso apoyo de los beodos que vieron la final en directo en el Ally Pally; y se metió al bolsillo, figuradamente, un cheque gigantesco de 45.000 libras. Con eso le da para las vacaciones. Si no acaba en Mallorca o en Tossa de Mar, ni bien ni mal. Después de hacer diana de esa manera no lo veo yo regresando a la fabrica de aceros. Sobre todo si su jefe lee el Independent o no le gustan los dardos...
[Foto: Kirk Shepherd celebra un puntazo bien dado. El tipo del fondo, el pelado de la cabeza granítica, es el speaker que canta las puntuaciones. Un fenomeno digno de la película Lock&Stock and two smoking barrels...].
07/01/2008
Un amigo a mano

En mis primeros días en Londres solía oír mucho Viva Hate, el mejor álbum que Morrissey ha hecho y hará. Me gustaba el aire decadente, nostálgico y culpable de sus canciones, seguramente porque de un modo muy poco esteticista yo me siento decadente, nostálgico y culpable. De ese disco me atraía la tristeza de los días perdidos en Late Night, Maudlin Street, porque yo me había ido de mi casa y la melancolía siempre se me ha dado muy bien. No tanto como la conservación de las amistades, que tiene algo de arte de la constancia que quizás yo no he sabido valorar bien, y por eso he dejado atrás etapas como he dejado atrás amigos que llenaban esas etapas. Como perdí mis juguetes de niño o las ropas de la adolescencia. Si algún día la señorita Freud alcanza esa profundidad de inmersión, me gustaría saber cómo se explica algo así en mí, que siempre he tenido pasión por mis amigos. Por eso había otra canción de ese disco de Moz, Break Up The Family, en la que celebraba con un grito la línea que dice: "Let me see all my old friends / Let me put my arms around them / 'cause I really do love them / Now... does that sound mad?".
He sabido la conveniencia de tener al menos un amigo argentino y otro inglés, porque te enseñan mucho acerca de la naturaleza de la amistad. Los argentinos practican una modalidad casi enfermiza, exigente, comprometida, arriesgada, pasional, duradera y gestual. Son proclives a decirte la verdad, pero nunca los crees porque está envuelta en una cantidad inagotable de bromas y excesos que desanudan la rigidez del conjunto. Así que no les crees ni les haces caso, pero te diviertes. Los ingleses están al otro lado: son amigos fiables pero contenidos, le ponen racionalidad a la relación, son honestos, formales, exigentes de otro modo, nada complacientes, escasamente físicos pero muy confiables porque actúan como una suerte de espejo de la verdad: a menudo te dicen lo que no quieres oír, como si no te conocieran de nada. Entonces te lo tomas en serio.
Cuando regreso a Londres me pregunto qué harán los amigos que tuve en Londres: Jose (sin acento porque él era franco-portugués o portugo-francés, yo qué sé), Tony, Dennis, Carl, Ebenezer, John, Carl o el gran Zack. La última noche reuní a algunos de ellos en mi apartamento de una habitación en Ridgeley Road. En viajes posteriores ("yo siempre vuelvo a Londres", les prometí) volví a verlos. Pero después pasé unos cuantos años sin regresar y se perdieron los teléfonos, decayeron las direcciones, se pelaron los cables del recuerdo, pasaron cosas peores o mejores que amontonaron el tiempo y el polvo a este lado. El otro día fui al hotel en el que trabajé y entré en la recepción para preguntar por alguno de ellos. El lobby me pareció pequeño, mucho más contenido de lo que yo lo recordaba, como si perteneciera a una imagen lejana de mi infancia, cuando el desequilibrio de las dimensiones varía nuestra percepción sobre el tamaño de las cosas. Dos portales más allá vivió Benny Hill. En el hotel conocí al señor Depas, un americano de ascendencia inconcreta que me ofreció visitarlo en su apartamento de Manhattan. Me pareció una posibilidad insuperable, aunque jamás hubiera sabido de qué hablar con él. A Depas le dio un paro cardíaco durante una de sus frecuentes estancias en el John Howard y se pasó varios meses ahí, recuperándose. El señor Depas dejaba buenas propinas y me trataba como trata un caballero a los empleados de su hotel de confianza: con cuidado afecto y cuidada exigencia. El señor O'Malley era otro habitual al que uno podía tenerle terror, y no porque no fuera amable. Pero en cierta ocasión trajo a su familia, incluidos un par de pequeñajos, y se clavó una semana o diez días pidiendo helado cada media hora para los niños. Literalmente cada media hora: saca la tarrina del arcón de congelación, peléate con el scoop para obtener dos hermosas bolas redondas de aquellos pedazos graníticos de hielo de colores, soporta la impaciencia de O'Malley (que soportaba a su vez la impaciencia de los churumbeles), barquillo de galleta, bandeja, sube, que no se derrita en el viaje, baja, guarda todo y... a los diez minutos vuelta a empezar. Hubo una tarde de domingo que pensé que O'Malley me quería gastar una broma pesada. No sé la cantidad de helado que debieron de comer esos niños zangolotinos, pero aún deben estar haciendo la digestión, los jodidos.
Esta vez no he encontrado a nadie, ninguno de mis amigos. Los he recordado, pero tampoco los he buscado. Llamé a Sean y contestó Sean, pero no era Sean. Era otro Sean. Casualidades telefónicas. ¿Dónde estará Sean? ¿Dónde estará Gaile? Dennis murió, con su incomprensible acento irlandés murmurado entre dientes, la cara apergaminada y el pelo con un tupé como de chico Gene Vincent en los 50. ¿Dónde estará Dennis O'Sullivan, el emigrante irlandés que sabía todo sobre Londres? El fin de año en Londres tiene el aspecto enloquecido del fin de año en cualquier gran ciudad, con riadas de gente que baja hacia el Támesis para ver el castillo de fuegos artificiales con el que el alcalde Livingstone (supongo) felicita a sus conciudadanos. El London Eye de fondo. Desde Bloomsbury, el barrio de los literatos, el distrito donde vivió Charles Dickens (cuya casa-museo se puede visitar), la noche de fuego del río se reflejaba en el cielo con un resplandor lejano, ocasional. En la distancia todo ocurre diferido, como si no fuera verdad. No es fin de año aquí porque no estás; no es fin de año allá porque no lo sientes. ¿Para qué el tiempo? Esta noche quiero ver a todos mis amigos, como Moz.
Casi daba por perdida la posibilidad de encontrar un pub en el que no celebrar el nuevo año con unas pintas. El de debajo y el de enfrente habían cerrado. Pero a la vuelta de una esquina de Russell Square apareció un local abierto, acostado sobre el lado sombrío de un callejón sin salida, animado pero sin aspavientos; uno de esos establecimientos atemporales en los que cualquier noche parece la misma noche, y si uno quiere puede serlo. El lugar está abierto desde 1735 y Oscar Wilde lo tenía por una de sus guaridas durante los seis años que pasó en la ciudad, pero eso lo he sabido después. Quizás aquí vació algunas cervezas (u otros licores transparentes o coloridos, más adecuados para un diletante como él) para ahogar el recuerdo dublinés de Florence. O tal vez, en el espacio que va entre un trago y otro, reparó en la condición intercambiable de la hermosura, que es un agregado de nuestra mirada, y se fijó en Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina Victoria con la que se casaría y tendría dos hijos. El lugar estuvo abierto hasta las tres de la mañana en punto. No hubo campanada, pero sí los gritos de aviso: "Drink up, lads... drink up!". El cartelón de fuera mostraba a un perro grandote, un San Bernardo con un barrilito bajo la papada. Con esa mirada triste que le recuerdo al señor Depas, de Manhattan. El sitio se llamaba Friend at Hand. Y fue un amigo a mano en medio de la noche.
09/01/2008
Secretos y mentiras

Yo siempre que puedo miento. Empecemos por ahí. No son mentiras piadosas, son mentiras convenientes para ti y para mí. Para ti, que eres joven y en realidad no te importa la respuesta que te voy a dar, que preguntas por pura curiosidad, para ti que preguntas por cotilleo, por hacer que te importan los detalles de mi vida, por hablar de algo en el trabajo... Llévate por adelantado que lo más probable, salvo que me agarres en un raro instante de flojera sincerona, es que te clave entre los ojos una bola bien presentada, bien redondita, con acabados buenos, convincente, amable, con su contexto y sus detalles, para que quedes satisfecha. Lo hago por dos motivos: primero, porque no me da la puta gana de decirte la verdad, pero esto lo comento bajito para que no me tengas por un tipo desagradable. Pero la cosa es así: ¿Te pregunto yo? No. Yo casi nunca pregunto. Entonces, no preguntes. Y si preguntas, lo que puede pasar con toda probabilidad es que te conteste una buena mentira que tú ni siquiera notarás. Te entrará suave y placentera, cariño, porque yo sé hacerlo, no te preocupes. No vas a advertir la diferencia. Y yo me quedo más tranquilo con mi respuesta verdadera dentro. Un segundo después vas a seguir con tu vida y yo seguiré con la mía y nada habrá cambiado, si lo piensas, habrá dado exactamente igual que lo que yo te diga sea mentira o verdad. Así que... ¿por qué no?
El proceso es inverso. No se trata de mentir, se trata de subrayar lo innecesario de algunas verdades. Yo creo que no hay que ahorrarse las mentiras, lo que hay que ahorrarse son las verdades. Ya sabemos de qué mentiras estamos hablando. Yo a la gente que pertenece al binomio me importa/le importo no le miento. En absoluto. Digamos que le miento a la sociedad, así en abstracto. Porque me gusta y porque me divierte. Una amiga me dijo en una ocasión que el rasgo más evidente de mi carácter es que resulta muy complicado saber lo que estoy pensando en cada momento. De eso se trata, aunque me atribuyó una condición que yo ignoraba, porque me tengo por alguien bastante transparente. Esto me gusta decirlo. No me importa si es verdad o no. Si suena el teléfono y la voz al otro lado dice mi nombre de forma interrogativa, me pongo en guardia. O sea, suena el teléfono. Lo cojo: "Dígame...". Y si oigo una voz que dice: "¿Mario Ornat?" , invariablemente respondo: "No". "¿Sabe cuándo estará en casa?". "Lo ignoro". A esas alturas la voz sabe que yo soy Mario Ornat y yo sé que la voz sabe que yo soy Mario Ornat. Pero como la voz no puede demostrarlo y yo resulto muy convincente para mí mismo, ninguno de los dos, ni la voz ni yo, ponemos en duda que yo no soy Mario Ornat ni de coña. "¿Es usted familiar?", preguntan entonces, como para ponerte en un aprieto. Pero yo no veo el aprieto por ningún lado. En ese estado de situación, cualquier respuesta vale porque la voz no puede pasar ya la barrera de la mentira, ni podrá. Así que me gusta responder: "Yo soy el cocinero". El cocinero me parece adecuado. Me parece lo suficientemente desconcertante como para seguir enredando la conversación con toda tranquilidad si la voz se atreve a seguir adelante. En realidad, yo no quiero que la voz piense que soy DE VERDAD el cocinero de Ornat, lo que quiero es que la voz se dé cuenta de que soy Mario Ornat haciéndome pasar por el cocinero, y que no me importa someterme a mí mismo y de paso a ella a esa absurda tesitura, porque lo que más me importa es que ella sepa pero no sepa que yo soy Mario Ornat. Os juro que este juego psicológico lo he desarrollado sin pensarlo ni medio minuto. Me sale así. De inmediato: "¿Mario Ornat?". "No, su cocinero". Y a partir de ahí no hay conversación que resista.
Si alguien me pregunta a la vuelta del verano dónde he estado de vacaciones, suelo responder países más o menos increíbles: Belize, las Islas Cayman (ésta va a ser verdad cualquier día), St. Kitts and Nevis, Groenlandia o Madagascar están entre mis preferidos... Hay que elegir bien porque ahora la gente va ya a cualquier lado, por ejemplo a China. Cuando contestas algo así, a la gente se le pone una risita nerviosa porque sufre el mismo efecto que la voz del teléfono: este tío me está vacilando, se dicen a sí mismos. Yo respondo con esa misma sonrisa. "¿Y tú?". "Hemos estado en China", contestan. "Y bien, ¿no?". "Buah, fenomenal". Fenomenal es la versión más avanzada. Fenomenal acostumbra a ser un superlativo de cojones, sustituto del superlativo moderno por definición: "Buah, una pasada". Y del superlativo moderno de la joven clase media: "Buah, lo hemos flipado... Te dan ganas de no volver". ¿De no volver aquí o de no volver a China?, me gustaría preguntar. Pero yo no pregunto. "¿Y tú en...?". "Saint Kitts and Nevis, en el Mar de los Sargazos", les ayudo. "Y ahí qué, bien ¿no?". "Horrible, todo horrible", me gusta responder. Generalmente, eso marca el fin de la conversación. Entonces me puedo volver a mi sitio.
Luego está el cruce ocasional por la calle o en un bar o en el Interpeñas o en la boda de un amigo. "Joder, tú sales en el programa ese de Antena Aragón...". "No, mi hermano. El que sale es mi hermano". "No jodas, pues os parecéis mucho". "Ya te digo". "O sea, que tú eres el que escribe en el Heraldo...". "No, ese es mi hermano, yo trabajo en Equipo". "Ah, eso. Sí, joder, si yo te leo todos los días y sales en la foto". "Pues eso...". "Ya, ya". La capacidad de sugestión no hay que infravalorarla. Hay que decirle a la gente lo que queire oír. La gente sabe que somos dos, pero a menudo no cuál de los dos. Este fenómeno de confusión no se produjo nunca hasta la edad adulta, pero desde entonces ha ganado velocidad hasta convertirse en un juego muy conveniente. No me lapidéis todavía, mi hermano hace lo mismo y más, porque tiene el don del embuste perfectamente incorporado. Yo aún no entiendo cómo se pueden equivocar incluso personas que nos han visto toda la vida, pero como ocurre a menudo ya no intento justificarme. Si acaso aprovecho según mi estado de ánimo. En el Pilar me estaba trapiñando unas migas y un vaso de vino en las ferias cuando me crucé con dos tipos que me gritaron: "¡¡¡Fernando!!!". Como el entusiasmo me da algo de temor, me defendí: "No, yo soy Mario". A lo que ellos respondieron con un grito equivalente: "¡¡¡Mario!!! Joder, somos fans de tu blog...". La puta que lo parió, esos dos elementos manejaban todos los datos. O eran más hábiles que yo y me tendieron una encerrona completita con el cebo de nombrar al otro. Manejaban información, estaban preparados. Sabían que mi hermano detesta la música -proclamación que hace muy a menudo- y que yo soy un melómano del tres al cuarto. Como si Diego Manrique y yo jugáramos en la misma liga, a continuación uno de ellos me preguntó: "¿Has oído el último disco de Radiohead?". No lo había oído. Ahora ya sí. Cualquier día os escribo lo que me parece, chicos, porque lo tengo pendiente.
En fin, toda esta digresión venía a cuento de las primarias de Estados Unidos. Las de New Hampshire. Hillary Clinton le ha ganado contra todo pronóstico a Barak Obama, lo que deja por los suelos a los analistas políticos, a los principales diarios de Estados Unidos, a los corresponsales españoles en Estados Unidos, a los contertulios de las tertulias de mañana, tarde y noche y, por supuesto, a las empresas de encuestas electorales americanas. Esto último es lo que menos me sorprende, porque al fin y al cabo las empresas de encuestas siguen a lo suyo y por más que fallen el negocio se les mantiene en pie. Y se les mantiene en pie sobre todo porque los medios de comunicación han convertido las encuestas en la base fundamental de su información política, y eso me parece una temeridad, además de un ejercicio de pereza y desinformación terribles. Es como si yo escribiera las previas de los partidos de fútbol basándome en los pronósticos de los apostadores. El resultado es éste. Yo de las encuestas no me he fiado en mi vida. ¿Por qué? Porque yo siempre que puedo, miento. Y en las encuestas, no te digo. Saint Kitts and Nevis, esa es mi respuesta. ¿Me vais a decir que no hay nadie tan cachondo como yo?
17/01/2008
No Pussy Blues

Hay que pegarse un trago largo de lo que sea, para olvidar o aclarar la garganta, porque la cosa está de no pensar mucho. Ya me entendéis. Como ayer nombramos en un comentario a Nick Cave, he decidido desengrasar con Grinderman, el último proyecto de grupo del australiano. La biografía de Nick Cave anticipa a ese hombre con bigote del centro de la foto. Hijo de un profesor de Literatura y de una bibliotecaria, Nicholas cantaba en el coro de la iglesia de la comunidad y hacía el gamberro en el colegio. Lo mandaron a un internado, probó el efecto expansivo de algunas drogas y después su padre murió en un accidente de tráfico. Él se largó a Inglaterra, comenzó a hacer música y se convirtió, junto a los barbudos Bad Seeds, en un agrupamiento delicadamente brutal. Encantador en su aspereza. A Nick Cave lo agarré a las alturas de Boatman's Call y su dulce y oscura Into My Arms.
Eso era piano y voz cavernosa, pero desde entonces me tiene cogido por los huevos y no me suelta, en cualquiera de sus diversos registros. Murder Ballads, atroz, dolorosa, nigérrima colección de canciones que describen muertes, asesinatos, abusos y cloacas de sangre y celos, hizo el resto. Luego empecé a tirar hacia atrás, recuperando el tiempo como con todo lo demás. Desde entonces no he parado de atender. Recomiendo vivamente el disco de Grinderman, la última versión de Nick Cave, con la mitad de los Bad Seeds en los instrumentos y, otra vez, una lista de canciones de terrible sonoridad, ritmo, guitarra y sombrío ruido armónico. Dejo como ejemplo el No Pussy Blues, canción canalla y magnífica, como todo el disco.
Y esta otra versión en directo, que nos da una leve idea de lo que podría ser el concierto que Nick Cave dará en Zaragoza. Grinderman, recomendado con entusiasmo para mañanas perezosas y noches brutales.
No Pussy Blues
My face is finished, my body's gone.
Mi cara está acabada, mi cuerpo ha desaparecido
And I can't help but think standin' up here
Y no puedo evitar pensar, aquí de pie
in all this applause and gazin' down
en medio de los aplausos, mirando abajo
at all the young and the beautiful.
a todas las jovencitas y las hermosas
With their questioning eyes.
con sus interrogantes ojos
That I must above all things love myself.
que debo quererme a mí mismo por encima de todo
I saw a girl in the crowd,
Vi a una chica entre la multitud
I ran over I shouted out,
corrí hacia ella y la llamé a gritos
I asked if I could take her out,
Le pregunté si la podia sacar por ahí
But she said that she didn't want to.
Pero me dijo que no le apetecía
I changed the sheets on my bed,
Cambié las sabanas de mi cama
I combed the hairs across my head,
Me peiné el cabello hacia un lado
I sucked in my gut and still she said
Me tragué el orgullo pero aun así ella dijo
That she just didn't want to.
que simplemente no le apetecía.
I read her Eliot, read her Yeats
Le recité a Eliot, le recité a Yeats,
I tried my best to stay up late,
Intenté mantenerme despierto hasta tarde
I fixed the hinges on her gate,
Le arreglé las bisagras de su puerta
But still she just never wanted to.
Pero simplemente, nunca le apetecía.
I bought her a dozen snow-white doves,
Le compré una docena de palomas blancas como la nieve
I did her dishes in rubber gloves,
fregué sus platos con unos guantes de goma
I called her Honeybee, I called her Love,
la llame abejita mía, la llame amor
But she just still didn't want to. She just never wants to.
Pero ni aun así quería. Simplemente, nunca le apetecía
I sent her every type of flower,
Le envié todo tipo de flores
I played her guitar by the hour,
Toqué la guitarra para ella
I patted her revolting little chihuahua,
Acaricié a su asqueroso Chihuahua
But still she just didn't want to.
Pero ni aun así le apetecía
I wrote a song with a hundred lines,
Escribí una canción de cien estrofas
I picked a bunch of dandelions,
Cogí un ramito de diente de león
I walked her through the trembling pines,
La llevé a pasear entre los trémulos pinares
But she just even then didn't want to. She just never wants to.
Pero no quería, sin más. Es que nunca le apetece.
I thought I'd try another tack,
Pensé que debía intentar otra táctica
I drank a litre of cognac,
Me bebí un litro de coñac
I threw her down upon her back,
La tumbé sobre la espalda
But she just lay up and said that she just didn't want to.
Pero ella se puso de pie y dijo que no le apetecía
I thought I'd have another go,
Volví a la carga
I called her my little ho,
La llamé putita mía
I felt like Marcel Marceau
Me sentí como Marcel Marceau
must feel when she said that she just never wanted to. She just didn't want to.
Debí sentirme así cuando me dijo que, simplemente, nunca le apetecía. No quería, sin más.
I got the no pussy blues.
Tengo el blues del sin chochito.
19/01/2008
El crooner
Si hay una palabra en inglés que me gusta por fonética, semántica, significante y significado, es la palabra crooner. Me gustan los crooners, los cantantes intimistas, los baladistas de flor en una mano y cuchillo en la otra, con su elástica dicción y sus elásticos conceptos del amor y la vida, desde el sexo despiadado, físico y autodestructivo a la ternura melancólica, las mañanas y los días sombríos, la luminosa desdicha de la pérdida y los reencuentros, los altares con crisantemos y los cementerios con cerveza. Todo vestido con un traje de raya diplomática cerrado con chaleco, abrochado por un piano y un violín. Frank Sinatra fue el crooner por excelencia y su lado oscuro lo tenía incorporado, si no en las canciones, sí en su propio ser. Nick Cave es el crooner más potente del momento, entendiendo por momento los últimos 25 años, pongamos. Nocturama, su disco de 2003, incluía esta canción: He Wants You, que encuentro sobre el fondo acaramelado de El cielo sobre Berlín, película de Wim Wenders que no he visto, en la que dos ángeles cuidan de la ciudad mientras uno de ellos se enamora de una trapecista y anhela la mortalidad y alguna gilipollez más. De ella escribió Carlos Boyero, con indisimulado cariño: "Pretenciosa, falsa, boba, sensiblera". Y yo de Boyero ya sabéis que me fío lo justo -o sea, mucho- desde que declaró grandiosa La Delgada Línea Roja y abominó de aquel empalagoso caramelo envuelto en celofán que fue Shakespeare in Love. El Oscar, claro, se lo dieron a esta última y a Gwyneth Paltrow, la rubia más lánguida y sosa que ha dado el cine moderno. En fin, que éste es el otro Nick Cave. Que lo dejo para completar el cuadro, porque me aburro, porque no sé qué escribir y porque no hay nada mejor que rodear con música los silencios interiores, que pegan unos gritos de espanto.23/01/2008
Tontadas pocas

Todas las quiebras del hombre se reúnen en su alma, que es una sustancia o materia o idea de extraordinario peso como concepto inalcanzable, pero muy ligerita si atendemos al experimento del doctor Duncan Mac Dougall en 1907: apenas unos decimales por encima de los 21 gramos, eso pesaría el alma de acuerdo a sus mediciones sobre una cama-balanza con varios perros y seis humanos, moribundos primero y muertos después. En esa liviandad que consume las penas y las hace polvo casi ingrávido debe residir la explicación de nuestra capacidad para sobrellevar las quiebras. Uno puede vivir con una uña rota, con un diente roto y hasta con una existencia rota. La noche que cumplí 18 años me entrompé tanto que caí largo en la rampa de un garaje, por culpa de un calzado veraniego de escasa tracción y del bamboleo indecente de mi cabeza. A resultas del trompazo me partí las dos palas y su reconstrucción ha tenido una vigencia casi exacta de 20 años. Esa noche sollocé beodo en la cama preguntándome "por qué a mí y por qué yo", un absurdo joven sin chica y sin dientes, por qué la primera de las mujeres de mi vida había decidido dejarme y ahora me rompía varias piezas del mueble bar por mi mala cabeza, hechos tal vez relacionados en un orden trascendente. Luego hubo que reponerlas. Es lo que hay que hacer siempre, reponer. Los dientes y lo que caiga.
La costumbre hace al hombre indulgente con sus quiebras. Yo mismo llegué a olvidarme de la terrible imagen que al principio me encontraba en el espejo, desdentado en la primera línea de la sonrisa, con ese arco puntiagudo cuya cavidad abovedada no dejaba de acariciarme con la punta de la lengua. Después de mucho mirarme acabé por no extrañar lo que me faltaba. Ahora me ha pasado lo mismo, y eso que ando en un periodo en el que tengo la indulgencia de rebajas, conmigo mismo para empezar y desde luego con el resto del mundo. Un periodo que podríamos definir con esa frase preferida de nuestro último héroe, Ander Garitano: "Tontadas pocas". Y es así. En estas fases procuro un mínimo contacto con el mundo main stream, encarnado de forma inevitable en los medios de comunicación. De la televisión me estoy quitando. En estos últimos meses casi no he visto la televisión, primero para no enfadarme mucho y segundo porque no puedo evitar esta extravagante idea: no soporto que otros, unos desconocidos, decidan lo que yo puedo ver a cada hora. Es decir, no admito el concepto de programación ni el de programador. Quiero decidir yo y estoy esperando al invento de la televisión alephica, un aparato en el que esté absolutamente todo, totalmente todo, catalogalmente todo, todo, todo. De forma que uno pueda elegir y ver lo que quiere en cada instante, no importa la época ni el tema, con sólo pensarlo y a través de una conexión wireless entre el pensamiento y el electrodoméstico luminoso.
Lo que más se acerca hasta ahora es el binomio YouTube/YouPorn, con los que uno se puede armar noches temáticas sin necesidad del Canal Arte y con muchas más posibilidades. Bien complementado con una librería, la deuvedoteca y el cine, uno puede agarrar el televisor y calzárselo en la cabeza al desgraciado que prefiera, como Henry el de Henry, retrato de un asesino. Pero todo es imperfecto: he buscado en YouTube esa escena de Henry..., para meterla en un enlace, y no la encuentro. Tampoco en YouPorn, claro. A cambio, he visto a muchachas muy cariñosas entre sí sin motivo aparente y a otra capaz de hacer con un bate de béisbol lo que Babe Ruth jamás hubiera soñado. No os conmováis. El sexo es el negocio que más dinero mueve en el mundo, en todas y cada una de sus innumerables vertientes. Incluso por delante de los estupefacientes, que ya es decir. Y no nos pongamos estupendos porque la cosa es así y participamos todos. Yo no señalo, anoto: aparece la esfinge Carla Bruni en un anuncio sin ropa (sin Sarko y sin enseñar nada, salvo los alrededores de su piel y un par de lánguidas curvas hacia el oscuro) y es portada en todas las páginas de la red. Que la policía no es tonta.
El caso, a lo que iba: la indulgencia. Indulgencia cero, con lo poco que me gusta esa expresión tan socialista. Pero estoy que no paso una. Ejemplos... Últimamente se lleva mucho el periodista-tipo soy estrella pero siento esta profesión y me voy a hacer reportero intrépido de calle como tú becario que no ves ni una pero yo en plan estupendo y de paso que doy un par de clases de periodismo gratis me levanto la audiencia y un pastón que te cagas. Muy extendido. Seguro que el género no se lo inventó Mercedes Milá, pero por aquí igual fue la primera. En este país no inventamos nada, periodísticamente hablando, pero somos especialistas en la adaptación cutre. Milá era un ejemplo. Luego se puso Gabilondo. El otro día, no sé cómo, vi a Angels Barceló haciéndose la interesante con uno de esos reportajes-documentales en los que nos traía a los espectadores una jugosa historia: el negocio de los secuestros en Brasil. Atendí un momento. Cuando vi aparecer a Donato (sí, el ex jugador del Deportivo) entre los entrevistados, sospeché algo. En esas, Angels (modelo de periodista estrella, azote del Prestige, uno de los rostros corporativos de la Ser), le hizo esta pregunta a Donato: "Lo que más me llama la atención de Brasil es cómo, siendo el fútbol allí una cosa sagrada, los secuestradores se atreven a secuestrar a futbolistas o a sus familiares". Me quedé tieso en el sitio. Donato le vino a contestar, en resumen, esto: "El fútbol es así". No lo sé bien porque apagué la tele o cambié de inmediato. Una pregunta como esa hace volar por los aires mi indulgencia, que con las estrellas del periodismo es exactamente ésta: cero. Ninguno estamos libres de preguntar una estupidez sobre la marcha. Pero cuando uno edita la entrevista, se da cuenta de inmediato: "Aquí he estado sembrado, macho... Fuera esta pregunta que quedo como un tonto". A Angels le debió de gustar. Yo apagué. Ay, el periodismo. Hundiremos otro Prestige pronto, a ver si nos centramos.
Luego me enfadé con El País, y a mí enfadarme con El País me duele porque le debo años y años de excelente periodismo que recortaba, guardaba, leía, releía e imitaba hasta encontrar mi voz. Le debo a Relaño en los 80, a Luis Gómez en los 90, a Segurola hasta hace poco (antes de que escribiese de fútbol subido en un pedestal; ahora lo disfruto más en el Marca, donde ha rebajado el tono), a Leontxo y sus inigualadas crónicas de ajedrez (no puedo olvidar la serie de Kasparov contra el ordenador Deep Blue, "el pérfido silicio azul"), las columnas de Maruja Torres (antes de enloquecer de irónico progresismo marchito), los articuentos de Millás (antes de enloquecer de irónico, y tristón, progresismo marchito), la luminosa nostalgia de Manuel Vicent, el magisterio de frases enredosas de sentencias de Ángel Fernández Santos y lo vivo que por oposición me mantenía leer al insoportable Haro Tecglen. Queda la colección de Libros de Aventuras y Libros de Serie Negra, policiacos, las dos excepcionales, que quiero como he querido pocos libros en mi vida. Sobre todo quedan las crónicas de toros de Joaquín Vidal, el mejor cronista que leí jamás en España en cualquier género. Pero esos años ya pasaron. Queda Carlos Boyero (recién llegado), reclamo que ya no es suficiente para un hombre que se está haciendo mayorcito como yo.
Me enfadé con El País y su colección Los 26 Mejores Directores de la Historia del Cine. Cuando oí el anuncio de la promoción en la radio, nombraban a Orson Welles, a Hitchcok, a Fellini y a... Almodóvar. Ahí me dieron. A mí ya me parecía rara una colección de los 26 mejores, porque 26 es número poco redondo. Deduje que alguien debió decir: "Oye, súbela de 25 a 26 y metemos a Almodóvar". Pero no, seguramente metieron a otro y Almodóvar estaba entre los primeros. Yo pensaba comprarme la colección. De hecho, el domingo me agarré Ciudadano Kane, aunque ya la tenía. Así pude consultar quiénes iban a ser "los 26 mejores directores de la historia del cine", según El País. ¿Los queréis leer? Ahí van: Orson Welles, Clint Eastwood, Woody Allen, Francis Ford Coppola, Stanley Kubrick, Martin Scorsese, Federico Fellini, Pedro Almodóvar (!), Tim Burton (!!), Billy Wilder (creía que no saldría nunca, joder qué descanso), Ingmar Bergman (aquí empieza a notarse la mano de Cahiers du Cinema, revista muy aburrida sobre una cosa tan divertida como es el cine), Alfred Hitchcock (apuesta segura), Andrei Tarkovski (!!!), Jean-Luc Godard (!!!!, sí, lo siento pero... !!!!), Buster Keaton (ah... y por qué no D. W. Griffith, si es que vamos a los orígenes), Roberto Rossellini (!!!!!, ¿cuánto falta para Pasolini?), Luis Buñuel (ay pitera), Jean Renoir, François Truffaut (!!!!!!, vive la France!), Kenji Mizoguchi (no podían faltar los asiáticos), Akira Kurosawa, Sergio Leone (!!!!!!!!!), Sergei Eisenstein (de Catón), Charles Chaplin (uf, qué susto), Fritz Lang, David Lynch (mira que a mí me gusta pero... ¿sería éste el 26? O sea: !!!!!!!!!!!!).
No voy a extenderme en consideraciones. Podría nombrar a muchos que convierten en ridículamente afrancesada y culteranista esta patética clasificación. Comprendo los motivos promocionales, pero no sé cuánta gente a la que verdaderamente le guste el cine se compraría El País por ver una película de Rossellini antes que una de Howard Hawks, Anthony Mann, Raoul Walsh, Steven Spielberg, Frank Capra, George Cukor o Ernst Lubitsch. Los acabo de nombrar al alto, sin pensar mucho. Me pregunto qué hace ahí Sergio Leone antes que cualquier western de Hawks o Mann o Delmer Daves o hasta el gran Sam Peckinpah, si nos vamos a lo fronterizo o al oeste crepuscular o a las películas de guerra y de culto (La Cruz de Hierro o La Huida... todos de rodillas, por favor), o bien si queremos justificar la elección en una proposición de lenguaje cinematográfico diferente (cosa que explicaría a Godard y puede que también a Buñuel, al que tengo en altísima consideración). A mí los transgresores no me interesan tanto como los artesanos. En fin, que si pienso cinco minutos se me vienen a la cabeza cincuentamil directores más. En la selección de películas ya no entro. De Kubrick, for instance, dan La Naranja Mecánica, que para mí es la peor o en todo caso está tan trasnochada que no le llega a la suela de los zapatos a 2001, o a Senderos de Gloria o a Atraco Perfecto. Pero bueno, los derechos no sé yo... son cosa difícil y ahí no entro.
Sólo diré esto: lo peor no es que esté Almodóvar y sus películas para el tercer género y los sentimentaloides del segundo y el primero. Lo peor es que no está John Ford, lo que invalida el conjunto como la preguntita de Angels. Y yo por ahí, señores, no paso: con Ford y el cine, tontadas pocas.
[N. del A.: Ya sé que este somniloquio es largo de cojones. El que quiera que se lo lea por capítulos. El que no, que abandone. Es para compensar los largos días de silencio. La foto son Hitchcock y Truffaut. El diálogo silencioso sería éste: "Alfred, ¿has visto que El País me incluye entre los 26 mejores directores de la historia del cine? No me mires así que también está Almodóvar, tú...". Y razón no le falta: entre Los 400 golpes y Pepi, Lucy, Bom...
28/01/2008
Yo soy el 1

Una de las ventajas de jugar un partido amistoso de rugby es que el término amistoso carece por completo de significado. La superioridad moral del rugby como deporte proviene de esta certeza: todo lo que ocurre es verdad. Rigurosamente cierto. No queda lugar para la simulación. Tampoco se puede jugar al escondite. Si sales al campo, estás en el campo. Si estás en el campo eres susceptible de ser derribado, apaleado, mordido, atacado, frenado, hundido, retorcido, aprisionado y demolido. La única suerte es que tú puedes hacer exactamente lo mismo con los 15 de enfrente, lo que equilibra las posibilidades en la exacta medida en que tú seas capaz de equilibrarlas. Hay otra cuestión: todos somos fuertes pero siempre puede haber uno más fuerte que tú. Eso está bien, funciona en todas las direcciones. Pero no implica la cautela. La cautela está prohibida. Cuando yo empecé a jugar al rugby conocí a un medio de melé de mucha clase que nos decía: "Hay que jugar sin talento". Es decir, hay que aparcar la conciencia. De esto ya he hablado alguna vez. La supresión de la conciencia no supone la anulación de la inteligencia. Todos los deportes deben ser ejercidos como una ciencia con leyes propias, por tanto con inteligencia. La habilidad y la prestancia física componen sólo una parte más en un conjunto regido por el cerebro. El rugby, aunque parezca otra cosa, no es diferente.
Yo soy el 1 del Seminario. Me gusta decirlo así. Yo soy el 1. Me gusta ser el 1 y no cualquier otro número. A veces he sido el 2 y en ocasiones el 3, pero siempre quiero ser el 1. Soy un fundamentalista del 1. Si en el acta me apuntan con el 3, pido que me lo cambien; si me quieren dar la camiseta con el 3, pido el 1. El 1 me distingue porque en el rugby, como en el viejo fútbol, el número todavía designa la posición en el campo. Yo soy pilar izquierdo. Como dicen los ingleses, loose-head prop: pilar con la cabeza libre. Se refiere a la posición que ocupas en la primera línea de la melé, un lugar donde todavía huele a hombre. Hacedlo así: tomad los dedos índice, corazón y anular de cada una de vuestras dos manos, esto es la derecha y la izquierda. Porque aunque todo está muy achuchado y haya gente que no sepa bien en qué lado quedan, las manos todavía son la derecha y la izquierda. Bien, ponedlas una frente a otra, enfrentad los tres dedos citados y aproximadlos por las yemas a sus homólogos de la otra mano. Cuando se toquen unas yemas con las de enfrente, desplazad ligeramente la mano derecha hacia vuestro cuerpo, de forma que los tres dedos de un lado entren ligeramente en los huecos entre los tres dedos del lado contrario. El primero por afuera es el índice de la derecha. ¿Sí o no? Si es no, repasad las instrucciones y volved a empezar. Índice de la derecha, ¿de acuerdo? Ese es el pilar izquierdo, el que queda con la cabeza por fuera de la melé. El loose-head prop. De fuera adentro aparecen el pilar derecho del equipo contrario, el talonador de un lado y el de otro, y los pilares del lado contrario. Yo soy el 1. El índice de la derecha. Ese soy yo. Ya sabéis algo más de mí y algo más del rugby.
El sábado jugué un amistoso. Conduje hasta Ejea por Las Pedrosas, a través de una franja de la Hoya de Huesca y después de las Cinco Villas. El trayecto hasta el partido me gustó más que el partido en sí. Sería por el extraño silencio en que hicimos el viaje, sería porque sonaba el concierto de Neil Young en el Massey Hall, sería por la faja neblinosa que deshilachaba el horizonte, hacia el fondo de los campos, o sería porque las cigüeñas pasaban volando el cielo en diagonal o por el torreón semiderruido que nos quedamos mirando cuando los pájaros se levantaron en un estruendo inaudible de alas batidas al unísono, como si se hubieran asustado por el peso de nuestra mirada. Sería porque el rugby ha vuelto a salvarme de mí mismo como ya ha hecho en tantas ocasiones, y cuando percibo esa salvación me entrego hasta donde me alcanza el sudor. Y porque en el fondo del cuadro, una hilera de árboles desnudos adquirían un aspecto mágico, de teatralidad silenciosa y lejana.
De todo ese ensueño me desperté pronto, en el campo. Fue cuando traté de robar un balón en un ruck y vino un tipo y me planchó, haciéndome olvidar el balón y tal vez mi nombre. Intentaré explicaros lo que es eso. Cuando un jugador es placado y cae al suelo, ha de soltar la pelota y dejarla jugable, si puede ser en el lado de su equipo. Cuando el balón queda en el suelo, cualquier jugador de los dos equipos puede llevárselo, siempre que respete un par de normas que mejor no explico para no liaros. Yo quise llevármelo. El que me planchó quería que no me lo llevara y lo que hizo, con todo el derecho del mundo, fue que se me llevó él a mí por delante. Es una jugada legal que se conoce como limpiar un ruck. Los rucks dan miedo; al menos a alguna gente le dan miedo, porque supone tirarse con la cabeza por delante contra el que viene del otro lado también con la cabeza por delante, y chocar como berracos en celo a ver quién puede más. Todo para proteger la pelota, que es como un bebé al que hay que cuidar. Hay gente que cuando llega al pie del ruck se frena, como esos caballos que deciden pararse de forma inopinada al pie de los obstáculos en la hípica. La gente a la que le ocurre eso no puede jugar al rugby, aunque ellos no lo saben o tal vez no lo admitan, porque resulta duro admitir que uno no puede jugar al rugby cuando quiere jugar al rugby. Pero si una voz te habla y te recuerda que un ruck es peligroso, es que la voz te está diciendo que no deberías jugar al rugby. En el rugby no hay voces que adviertan de nada. Las cosas ocurren. Lo que yo hice, intentar llevarme el balón, implica no mirar lo que viene por el otro lado. Es lo mismo que agacharte a coger una moneda en la vía del ferrocarril sin fijarte si viene el tren o no. Más o menos. Contado aquí a lo mejor gana sonoridad y prestancia, pero la hostia que me llevé careció de lírica. Cuando te calzan un tortazo de ese calibre, se hace un repentino silencio y por un momento no sabes bien qué ha ocurrido. Cuando estás al otro lado y el que la pega eres tú, oyes todo. Oyes hasta el silencio vacío que se le ha metido al otro por los oídos. Sabes que le acabas de despejar las vías respiratorias más rápido que una friega de VicksVapoRub. Y sin frotar.
Cuando yo empecé a jugar en el Seminario, enfrentarte con Ejea era como quedar en un callejón oscuro para hacer la guerra. El campo parecía los Five Points de Nueva York, tal y como lo cuenta Scorsese en Gangs of New York. El año anterior a mi llegada (que en realidad era un regreso), el Seminario y Ejea habían quedado empatados a todo al final de la Liga: puntos, goal-average, número de ensayos. dientes rotos, hostias dadas y pisotones en la espalda de los rivales. Qué sé yo... empate total. Nunca he sabido bien cómo fue aquel lío, pero hubo una impugnación, el caso acabó en la autoridad y el arbitraje legal decidió que el campeón tenía que ser el Seminario. Los chicos de Ejea, gente sentida, se lo tomaron muy mal. El caso fue que durante años ese partido se jugó con una fiereza rayana en lo desagradable. Recuerdo cierta ocasión en que se me ocurrió resbalarme en el apoyo de una melé y bajé la mano al suelo para apoyarme un instante y recuperar el equilibrio: en cuanto la apoyé en la hierba, apenas dos segundos, varias botas del otro lado trataron de pisármela. Así era todo. Juego subterráneo, poco cristiano, cabezazos cruzados en las melés, puños que cortaban el aire en el cuerpo a cuerpo, rodillazos, pisotones, bailes de salón en la carne del contrario, rayas ardientes de tacos en las cervicales, como azotes de Pilatos... Como si la afrenta que he contado no hubiera sido suficiente, en el 99 estuvo a punto de morir un tipo en el campo.
No es una exageración. Ocurrió así. Con el Seminario jugaba Leon, un surafricano de aspecto temible, rapado y corto de piezas dentales; tenía el cuerpo apretado como un bloque de granito, sin aristas ni volúmenes salientes, como si alguien lo hubiera cincelado en piedra para hacerle la cabeza y las extremidades a partir de un tronco rectangular. Se parecía a la Cosa. La cosa, el caso, es que placó a un muchacho de Ejea que intentaba entrar en nuestra línea de ensayo. Yo estaba al lado de Leon. El elemento apenas tomó espacio para el choque. Simplemente se incorporó, dio un paso con el tronco en diagonal y chocó contra el otro. Sin carrera, había desarrollado en ese espacio escaso una potencia atroz. Así que lo frenó en seco y después el chico cayó como un fardo hacia atrás. Se quedó en el suelo y perdió la respiración y no sé si la conciencia. sufrió una inversión de la lengua y un ataque epiléptico. También sangraba por la nariz, producto del golpe o del colapso interior, y fue perdiendo color hasta tomar ese tono azulado que delata la asfixia. Durante casi media hora, el árbitro trató de evitar su ahogamiento y una fatalidad. Lo consiguió, no sé cómo. Después se lo llevaron en una ambulancia y el partido siguió. Yo no pude: me fui hacia la banda caminando despacio y le pedí al entrenador que me dejara marcharme. No podía seguir jugando. Me tumbé al fondo del campo y estuve un rato mirando al cielo, mientras oía los gritos de fondo del partido. Es la única ocasión en que he escuchado una voz. Pero nunca tuve miedo de volver ni he mirado jamás a ver si venía el tren cuando quería llevarme la pelota...
Por suerte, todo aquello ha pasado. Un buen número de chicos de Ejea juegan ahora con nosotros. El sábado jugamos contra ellos y otros, nos pegamos cuanto pudimos y al final nos reímos de lo que nos habíamos pegado; corrimos, nos hicimos el pasillo cuando terminó el partido (en los años negros no querían ni ir al pasillo, que es casi sagrado), nos fotografíamos mezclados y bebimos juntos. Toda la escena me parecía la caída del Muro, el partido Irán-Irak, el abrazo de palestinos e israelíes, la supresión de la franja de Gaza... Me gustó ir a Ejea, aunque todavía detesto perder en Ejea más que en cualquier otro lugar; pero perder es una posibilidad cuando uno sale a jugar. Lo que no cabe es el deshonor. Era un amistoso y la palabra amistoso no tiene significado en el rugby. Aceptarla es como quedarse mirando a la entrada de un ruck.
El rugby no es un juego, es un oscuro privilegio. Los que hemos estado ahí siempre podremos decir que hubo un tiempo en que jugamos al rugby. Yo diré que era el 1. Aún soy el 1. El dedo índice de la mano derecha.

