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contador de visitas Febrero 2008 | Somniloquios

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01/02/2008

Lo que yo te diga...

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He descubierto que puedo leer mientras escucho música. He intentado escribir con música, pero no puedo escribir con música (ni siquiera acariciado por el dúo Stan Getz/Chet Baker) ni desde luego escribir música. Aunque Ali trató de explicarme el otro día qué es una corchea y me definió los tipos y los sonidos, tuvo el mismo éxito que cuando intentan explicarme cómo vuelan los aviones o en qué consiste la operación acordeón del Zaragoza o cómo se blanquea dinero a través de un billete de lotería o del fichaje de un jugador de fútbol. Ali ha empezado a estudiar piano y ballet, lo que prolonga -por vía de ascendencia materna- la cierta relación que mi familia ha mantenido con la música: mi abuela tocaba el piano y bordaba, mi tía Micaela tocaba el piano y ejercía de mezzosoprano y viajaba, mi cuñada estudió piano y mi sobrina, ahora, aprende lo que son las corcheas y me lo explica con mínimo éxito. Yo apenas alcancé a tocar el tambor, lo que requiere una mediana habilidad con la mano izquierda (que es la clave de un buen redoble). Siempre pensé que estaría capacitado para aporrear la batería, pero lo que de verdad quise y quiero aprender es a trastear la guitarra. Montar una banda de rock y ser la voz: vocals and supporting guitar... el Tanque Ornat, yeah!

Hablando de música... por algún motivo que ignoro me interesan más las elecciones estadounidenses que las españolas. No se trata de que yo tenga o practique una mirada geoestratégica. Tal vez lo mío tenga que ver con la pura diversión y con el hecho pervertido de que observo el mundo como el que mira a un escenario con personajes; o mejor una pantalla de cine con personajes. Y los personajes de aquí me aburren y los de allá me divierten. Por eso yo iba con Rudy Giuliani, el más reconocible de todos salvo por la cornuda consentida y conveniente por la que tengo a Hillary. De Obama no sé qué pensar. Salió muy fuerte pero le han pegado cuatro mordiscos y no sé si tiene la dentadura afilada como la señora Clinton, que para empezar montó su oficina hace rato en un Harlem que ya no tiene casi nada que ver con los días de Shaft. Por otro lado, tengo grandes esperanzas en que McCain, el que parece que va a ganar en el lado republicano, se convierta en un gran personaje. Con ese nombre de marca de pa'atas anuncia muchas posibilidades.

Los republicanos me gustan no por su ideario, que no sé cuál es, sino porque soliviantan mejor y más rápido al antiamericanismo tópico de este lado, y a mí eso me pone mucho. En ese aspecto, Giuliani no hubiera tenido rival. El propio Enric González lo definió, en su maravilloso Historias de Nueva York (libro que recomiendo como la mejor guía turística posible de la Ciudad), como un "tipo duro, carca y racista". La vehemencia de esa reunión de adjetivos se me cruza con la cantidad de juicios entusiastas que reuní en NY acerca de la personalidad del ex alcalde de la ciudad, admirado, valorado sobre todo por la eficacia de su limpieza. Y también con su fracaso en las primarias republicanas, donde había reunido más dinero que ninguno de los otros candidatos. Aquí los sabedores de todo y especialistas de nada que son los contertulios multimediáticos dicen que se ha pasado de ego y que su retirada se debe a esa estrategia suicida de presentarse sólo a las primarias del supermartes (el próximo) y poco más; pero yo leo el NY Times, tíos, yo soy la hostia, y en el Times analizaban el otro día la cosa desde una perspectiva mucho más próxima: si Giuliani ha fracasado no es por eso, aunque algo ha influido porque ha permitido a sus rivales engordar sus nombres en las sucesivas votaciones; Giuliani estaba destinado al fracaso porque, razonan allá los analistas, no es lo suficientemente conservador para las gentes de su partido, y porque su campaña no se ha ocupado de rebajar ese perfil liberal que le acompaña. América desconfía de Nueva York; la América republicana no se fía de un tipo liberal como Giuliani, al que aquí tenemos por un emigrante conservador italiano de segunda generación que limpió la Nueva York del crack de los 80 a base de juego sucio, paradoja que explica muchas cosas. El caso es que uno no se acuerda ni de su padre cuando goza la posibilidad de pasearse por Times Square y por Manhattan a cualquier hora del día o de la noche con esa impresión de tranquilidad tan reconocible.

Tal vez ese prejuicio antiliberal-antineoyorquino-antiintelectual lo emparente de una forma muy extraña con gente como Woody Allen o Paul Haggis, elementos que procuran a Estados Unidos una redención intelectual a través del cine. Lo que a Estados Unidos no le interesa demasiado, puede ser, pero tal vez si algo distingue a los americanos de fuera de Nueva York es que, en general, dudan poco de sí mismos. En el Valle de Elah propone una reflexión poliédrica que plantea muchas cuestiones sin juzgarlas del todo, sin exponer una tesis de solución o de juicio. Desconozco si Paul Haggis duda o prefiere, en su condición de canadiense, no emitir un juicio resolutivo, o bien si opta por un inteligente relativismo que no lo es, o por permitir a los espectadores hacerse un juicio propio o bien ningún juicio apriorístico. O tal vez a Haggis sólo le interesa contar una buena historia, opción que yo siempre preferiré. El caso es que lo logra y al mismo tiempo tal vez logra muchas conclusiones diferentes, lo que funciona de maravilla contra el pensamiento único. No será una película redonda, pero sí una película mayor, hecha con sensibilidad muy coherente, logro que al que contribuyen de forma decisiva Tommy Lee Jones y Susan Sarandon y también, desde el personaje con la subtrama más débil, Charlize Theron. Tommy Lee Jones es un tío cojonudo, además de un actor cojonudo. Las dos cosas son la misma en mi cerebro. A Susan Sarandon la considero sin paliativos la mejor actriz de los últimos 30 años, a la altura de las clásicas más grandes. Y ojo que estoy diciendo las más grandes, que yo no me ando con mandangas. Con unas pocas escenas le basta para levantar un personaje de una pieza, rotundo de matices, y agraciar varias escenas terribles. Su conversación por teléfono con Tommy Lee Jones y la visita a la morgue militar encarnan la Pasión según Paul Haggis.

Respecto a Charlize Theron, esa muchacha liviana posee la virtud de la naturalidad compositiva. En los personajes excesivos se arregla para darles una dimensión precisa, lejos de las sobreactuaciones; en los contenidos, como el de esta terrenal policía madre de familia, la actriz interpreta con sencillez a una antiheroína de ambiciones muy naturales: "Yo no tengo una carrera, tengo un empleo", le dice a un superior que la acusa de arribista. Una frase para hacer un cartel en la oficina, en muchas oficinas. Ahora pienso que Theron ya anunciaba esos niveles en su primera aparición que yo recuerde, en la Celebrity de Woody Allen, cuando representaba a una supermodelo que decía cosas como "yo obtengo mucho placer de mi propio cuerpo", mientras fumaba un cigarrillo tipo More. Si alguien es capaz de dotar a un personaje así de la gracia correcta, es que algo hay. La he estado viendo y me recuerda a la Pam que hace Shelley Duvall en Annie Hall, cuando después de follar con Alvy Singer/Woody Allen da rienda suelta a su afán pijotrascendentalista y dice: "Alvy, el sexo contigo es una experiencia kafkiana... y eso es un cumplido". Su adjetivo preferido era transpléndido.

Advierto ya que a Los Crímenes de Oxford y a El Amor en los Tiempos del Cólera no voy a ir. Respecto a la segunda, sé de antemano que el lenguaje de García Márquez no se puede llevar al cine. El nudo de mágicas eufonías y la fluidez de las frases -que jugaron un papel básico en mi educación sentimental- me parece imposible de transponer. Tal vez si Garci fuera colombiano caribeño...Pero ni  aun así. Respecto a Los Crímenes... tengo dos motivos de peso. El primero sucedió una noche que aguardaba un semáforo en la entrada del Paseo Independencia y un lector de Somniloquios, y sin embargo amigo, me saludó al grito de "¡No vayas a ver Los Crímenes de Oxford!". No hay peligro, lo tranquilicé. El segundo motivo es que Álex de la Iglesia parece muy interesado en no interesarme nada. Lo considero un caso notable de talento muy bien desaprovechado. Primo de Julio Medem.

Eso sí, yo siempre digo que lo que menos hay que tenerles en cuenta a los directores españoles son sus películas. ¿O nos juzgan ellos a nosotros por nuestro trabajo? A Fernando León de Aranoa lo llevé una noche en mi auto porque tenemos un amigo común, y en el corto trayecto me pareció un tío muy majo, de una sobria simpatía. También David Trueba, que tenía todos los boletos para lo contrario, me cayó muy bien el día que coincidí y me lo presentaron (Luisito Alegre otra vez, siempre, por supuesto); claro que no pude atenderle mucho porque yo había bajado para conocer a López de Ayala, Pilar; y, aunque ajena y vaporosa como una ninfa, me quedé sordo repentino pensando en aquellos besos que daba en los días felices en que ella era Carlota en Al Salir de Clase; unos mordiscos que quitaban el hipo a cambio de provocar varias contracturas inguinales. Ahora, mi director preferido en España es Agustín Díaz Yanes, de lejos. Lo conocí una larga noche en medio de una mesa de desarrapados beodos que zozobraban peligrosamente entre los manteles; Tano, así le dicen sus amigos y yo, no estaba entre ellos. Se mantuvo siempre erguido como buen atlético que es. Nos despedimos con un abrazo sentido en el Paseo de las Damas (calle zaragozana de hermosísimo nombre) y desde entonces yo, en las cosas del cine, voy siempre con Díaz Yanes. Él ya no se acordará de mí y yo no he visto ni una sola película suya, pero lo que yo te diga: Tano es un tío cojonudo. Pero cojonudo, eh.
01/02/2008 19:57 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine Hay 13 comentarios.

05/02/2008

Filosofía oval

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Es célebre la arenga del galés Phil Bennett a sus compañeros antes de un partido contra Inglaterra en los años 70:

"'Mirad lo que estos bastardos le han hecho a Gales. Se han llevado nuestro carbón, nuestra agua, nuestro acero. Compran nuestras casas y sólo las usan una quincena al año. ¿Y qué nos han dado ellos? Absolutamente nada. Hemos sido explotados, violados, sometidos y castigados por los ingleses... Caballeros, contra esos tipos jugamos esta tarde".

En el rugby hay individuos de locuacidad expansiva, ingeniosos, emotivos, comunicadores. Elementos capaces de la charla política -como Phil Bennett- y del arte de la guerra en palabras. También los hay que se comportan de un modo siempre críptico, silencioso, con una cautela formal que anticipa el atroz engaño del hombre tranquilo: a menudo los callados son los más peligrosos en el campo. No exponen al aire de las palabras ni sus razonamientos ni sus dudas; no someten a consideración ni a aviso alguno sus acciones. Hacen lo que deciden en callada reunión consigo mismos. Sin advertencia ni amenaza previa. Tal vez pegarle un cabezazo al contrario de la otra línea cuando se agache en la melé; o vaciarle la sien de sangre con un puñetazo de vuelo corto en un agrupamiento; o bien bailarle claqué sobre la espalda si tiene la fortuna de que su equipo arrastre al contrario y le pase por encima en una jugada cualquiera.

Bajo la apariencia de una reunión de animales y psicópatas del dolor, los vestuarios de rugby de todas las categorías, edades y países están repletos de filósofos ocultos, de pensadores surreales y de genios periféricos. Tipos de razonamientos singularísimos y una aplastante lógica que atraviesa la realidad en dirección trasversal. El rugby está lleno de personajes. No hay lugar en el que yo me haya reído más que en un vestuario de rugby, en una cena de rugby, en un autobús de camino o de regreso de un partido de rugby. Tampoco hay un lugar en el que me haya emocionado más. La primera vez que gané un partido, un partido cualquiera, me puse a llorar en silencio cuando acabó. Jugar al rugby era extraordinario; ganar, era la hostia. La otra tarde, 15 años después, hice dos ensayos en Teruel, suceso sin precedentes en la historia de este juego, y después del segundo volví hacia mi campo con un nudo en la garganta.

Los tres cuartos (veloces, ágiles, habilidosos, bien dotados para el deporte y para el amor físico) jamás podrán alcanzar a entender lo que significa para un primera línea meter un ensayo. Ni siquiera los terceras lo comprenden. Es algo así como una condecoración emocional que remata el sufrimiento del partido. La sospecha mutua entre los jugadores de la línea de tres cuartos y el paquete de delanteros forma parte de la historia del rugby y está expresa en muchos renglones de la literatura que ha dado este deporte: "En 1823, William Webb Ellis cogió el balón con las manos y echó a correr con él. Y durante los 156 años siguientes, los delanteros han intentado comprender para qué". Eso lo dijo Sir Tasker Watkins (1979), héroe galés de la II Guerra Mundial y presidente de la federación de ese país en los noventa. El inglés Lionel Weston añadió en cierta ocasión: "No sé para qué juegan al rugby los pilares". Una desconsideración notable, sobre todo viniendo de un medio de melé. El medio de melé es la correa que distribuye los balones que gana la delantera y los lleva hacia los tres cuartos para que el juego fluya. También ha de actuar como Pepito Grillo de los gordos y en cierto modo hacerles de brújula, indicándoles dónde deben empujar, dónde han de ir al siguiente agrupamiento, hacia qué lado ha ido la pelota. Su juego contempla dos obligaciones ineludibles, una en el campo y otra fuera. En el campo, ha de usar bien y rapidito las pelotas que con el sudor de sus huevos ganan los delanteros, sobre todo para que los de atrás puedan dejarla caer cuanto antes y así permitir a los delanteros el placer de otra melé; fuera, debe pagarles cervezas -sobre todo a los primeras líneas- para que éstos le mantengan su consideración especial. También conviene que el medio de melé se meta a veces en el lío con ellos durante los partidos; jamás va a ser un delantero, ni siquiera un delantero honorario, pero gestos así unen mucho a un paquete con su número 9.

Un primera línea puede fácilmente pasarse el partido sin tocar la pelota ni una sola vez, aunque no debería. A cambio empujará, trabajará, agotará su aliento, mancillará sus riñones y los del contrario si puede y escupirá sobre la tumba del primera línea rival al que arrastre con su empellón. Un tipo que pasa el partido así, encadenado en la sala de máquinas, tiene derecho a sospechar de un tres cuartos que no acaba una jugada. En efecto, parafraseando al francés Pierre Danos (al que en sus tiempos apodaban Dominguín por la gracilidad torera de su juego), el rugby se divide entre los que tocan el piano y los que empujan el piano. Los delanteros somos los que carecemos de oído.

A menudo también desconocemos o dudamos de las reglas del juego. O acaso las pasamos por alto para darnos el gusto de una agresión a escondidas; preferimos un golpe de castigo por una retención -con el consiguiente riesgo de ser pisados o magullados- antes que entregarle la pelota al rival en ventaja. En el desconocimiento de las reglas, así, concurren el desinterés y la conveniencia. Lo expresó muy bien el genial galés Jonathan Davies en 1995: "Creo que te diviertes más si ignoras el reglamento; en todo caso, si lo haces estás igualado con los árbitros". La otra tarde, en Teruel, el pilar contra el que me pasé la tarde chocando se quejó en una melé: "¡Eh, que los pilares no pueden talonar...!". ¿Quién te ha dicho eso?, le contestamos. Es un caso extremo. En ese momento creí comprender que su sospechosa costumbre de cruzarme la cabeza en cada melé -con lo que conseguía golpear la mía antes de que chocaran nuestros hombros, actitud muy típica- no era en realidad deliberada. Un par de veces estuve a punto de sacar mi gancho de izquierda para retratarlo, pero atribuí el caso a su inexperiencia y lo indulté. Tal vez a alguien le parezca que la violencia no lleva a ningún lado. Yo les digo esto: puede que ahí afuera estemos en el siglo XXI, pero en el campo de rugby no hemos pasado de la jodida Edad Media. En el campo no hay lugar para la condescendencia ni para segundos pensamientos. Esa es mi filosofía. Además, ya lo dijo Pierre Berbizier: "Si no aguantas un puñetazo, mejor te vas a jugar al tenis de mesa".

[Foto: la vida, vista desde el entresuelo de un ruck, es otra cosa: "Los delanteros son esas criaturas torvas con cicatrices que sufren una rara propensión a chocar y desangrarse unos contra otros", escribió Peter Fitzsimmons].

05/02/2008 15:19 Autor: Mario. #. Tema: Historias del rugby Hay 28 comentarios.

09/02/2008

El otro

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Un día fui al Opencor a comprar gazpacho Alvalle (una de las bases fundamentales de mi alimentación) y salí con Infiltrados, de Martin Scorsese. El gazpacho también me lo llevé. Creo que, en lo que va de mayo de 2006 a hoy, debo haberme metido al cuerpo aproximadamente tres mil o cuatro mil kilos de tomate, divididos entre tomate en ensalada cada noche sobre una mullida cama de canónigos, más los tomates que asesine Alvalle para hacer los  tetrabrik que me bebo. Con el gazpacho pasé de la normalidad consumidora al progresivo embrutecimiento: primero me ponía un vasito para acompañar la comida, de forma que me rellenara los vacíos que dejaban en el estómago los 125 gramos de judía verde o la gran ensalada con una nostálgica cucharada de aceite de oliva. Después, el gazpacho fue ganando espacio; primero pasé a las dos tazas y ahora lo bebo a morro y el litro apenas me dura un par de empentones. Me falta echarlo en bota o botijo y beberlo al alto haciéndolo restallar contra mi labio superior, que no tiene tantos adeptos ni el prestigio que sí se ha ganado mi celebrado labio inferior.

Hablando de botijos... El Gobierno sigue trabajando en el asunto de las tallas, que no hay quien se haga con él. Ahora acaba de clasificar a las damas españolas de todas las edades y condiciones en tres tipos, según las veleidades de su silueta. Todos muy sugerentes: la mujer cilindro (pecho, caderas y cintura iguales), la mujer diábolo (pecho y caderas más anchos que la cintura) y la mujer campana (pecho y cintura iguales, cadera en expansión, como el Universo). Y cuentan que tuvieron un soberbio debate sobre si al segundo tipo lo llamaban diábolo o guitarra. Guitarra les parecía más español, pero al mismo tiempo no cumplía con el rigor porque la guitarra, avisó alguien puesto en cuestiones musicales, es más estrecha por el lado del mástil que por abajo. Así que optaron por diábolo. "É un diavolo!", debió gritar alguna de las concurrentes pensando en el silbante Mariano Rajoy o en aquel anuncio de Banderas. Y en diábolo quedóse. Qué gusto da ver razonar a esa gente, oye.

Ustedes perdonarán, amigos y sobre todo amigas si las hubiere, pero nosotros para entendernos con las morfologías femeninas vamos a seguir utilizando la nomenclatura PLF, mucho más gráfica y precisa porque incluye mayor cantidad de variaciones, que es al fin y al cabo de lo que se trata. De acuerdo a PLF el muy diverso e inaprensible género femenino se divide, en escala decreciente, en estas categorías:

  • La Madre de sus Hijos: a la que debemos considerar, desde luego, hors categorie como el Tourmalet.
  • Jugador de Diez: el clásico pibón o monumento, aunque no hay acuerdo general sobre los cánones.
  • Buen Jugador: reunión de muchas virtudes físicas y aun espirituales.
  • Las escayolistas: no sé a qué se debe el término, pero tengo claro que las de este gremio no son para casarse con ellas y que más que un tallaje físico, hablamos de una etiquetación casi moral. Gente de buena estantería metálica y que, como decía un amigo mío, en la cama no dan un balón por perdido.
  • Majica: la deliberada benevolencia del término ya lo explica todo; muy matrimoniable "porque no te va a crear problemas, dentro de que todas te los crean", razona el autor de la clasificación.
  • Esa Fea: muy obvio.
  • Tajo Bajo o Carne de Pescuezo: tipo muy de las periferias urbanas, gente que digamos no ha comprado nunca el jamón york en Montal.
  • Tanque Ruso y/o Soviético: demoledora fuerza de choque en las campañas invernales.
  • Para Echarla al Pozo San Lázaro: ésta última es la gradación mínima, aunque a veces se le agrega un último apéndice, que oiremos en la voz del referido: "La echas al Pozo San Lázaro y la escupe".

El caso es que iba yo a por Alvalle y me puse a mirar la estantería de los duvedés. Ahí estaba Infiltrados. Ya sabéis que Marty Scorsese no podrá jamás pagarme lo que yo hice en su día por el Oscar de Infiltrados, pero no se lo voy a tener en cuenta. Pero llevarme Infiltrados no iba a resultar tan sencillo... El lineal enrejado del Opencor se presentó ante mí como la caja fuerte de la Reserva Federal Americana, allá en Fort Knox. Cuántas veces he querido ser Frank Abagnale Jr. ante una situación como ésta, que requiere el funcionamiento de la pura intuición. Pregunté en la caja: "Sí, no hay más que sacarla", dijo una de las niñas. Volví al estante. El cuerpo se me puso duro como la primera vez que me enfrenté a una ducha en Inglaterra. He visto pocas cosas con un aspecto más enigmático que una ducha en Inglaterra: con lo obvio que resulta el doble grifo con H y C, F y C o, para mentes avanzadas, el Rojo y el Azul. Recurrí otra vez a las niñas de la Caja. La de seguridad se ofreció a acompañarme, sonriente. Qué chico tan majo pero que limitadico se le ve, debió de pensar. Me indicó: sólo había que coger y sacarla. Así. Coger y sacarla. Nada más. Jajaja, rieron todas las niñas.

Qué poco sabíamos, ellas y yo, el drama que en ese mismo instante comenzaba a tomar forma.

Al volver a la caja para pagar me crucé con un cajón de duvedés en oferta: dos por 19.99. Comencé a trastear y encontré enseguida una edición especial de La Gran Evasión y otra de Taxi Driver... Creo que de la emoción debí hasta dar un gritito ahogado, muy maricón pero perfectamente comprensible en una situación como esa: documentales y más documentales en los extras, otro túnel de evasión de la realidad. Las eché a la cesta. Así que regresé a casa con tres litros de Alvalle en una mano y tres películas en la otra, para equilibrar el peso en la bodega de carga. Unos días más tarde repetí la escena, sólo que esta vez me fui directo al cajón de las ofertas. Entonces se materializó la tragedia: ahí estaba Infiltrados, pero en una edición de dos duvedés, relación calidad-precio imbatible y con documentales sobre la historia de la mafia de Boston y todo el monario. Estuve a punto de caer largo. Me fui mascullando el error cometido la primera vez. Después de unos días sucedió lo previsible: la volví a comprar. En alguna ocasión ya he comprado dos veces una película, pero sin acordarme de que la tenía. Esta vez era plenamente consciente. Para sacar partido a la oferta me llevé también Pequeña Miss Sunshine. Ese cajón era la puta felicidad. Al llegar a casa las puse en la librería junto a las otras, la segunda temporada de Los Soprano y Paralelo 42, la novela de John Dos Passos, para que se fueran familiarizando. Con una combinación como esa en apenas 20 centímetros de anaquel, no comprendo cómo se sostiene el antiamericanismo.

Un día cualquiera decidí abrir Infiltrados. Entonces ocurrió: la rimbombante caja de la edición para coleccionistas estaba rota. La pestaña circular que sujeta los discos había perdido barritas y los discos patinaban por el habitáculo interior enloquecidos, de un lado a otro, y chocaban contra las paredes como en la Casa Magnética del Parque de Atracciones. Probé a cerrarla y ver si se sujetaban en su centro, pero nada. La agité y sonaba como una lata de galletas. Compungido me fui al baño, me puse frente al espejo y miré a los ojos al hombre del otro lado. Con gesto familiar, el otro me dijo, muy clarito: "Yo eso no me lo quedo". "No me jodas...", protesté con un hilo de voz. "Que no", insistió. Así que me puse a buscar el ticket. No estaba. Ni aquí, ni allá, ni en un bolsillo u otro. Dejé pasar unos días, como si estuviera ensayando en mi interior la escena o empapándome del personaje que debería interpretar llegado el momento. Y llegó: un día cualquiera se acabó el Alvalle. Agarré la edición especial de Infiltrados y me fui para el Opencor. Era tarde y en la calle me acogió un tenso silencio.

La escena fue así. Supermercado, interior, noche. Dos niñas con el uniforme corporativo pipando en el exterior del establecimiento. Me acerco a la cajera. Le explico el caso:

-Uy, voy a preguntar pero me parece a mí que... Ya hablo con la encargada. Si fueran las películas aún, pero la caja... -y dándole la espalda a mi perplejidad, se fue al micro de la megafonía, en el que anunció-: Señorita Tal, Señorita Tal, acuda a Caja.

Señorita Tal vino. Cilindro según Bernat Soria. En la hiperrealidad peleefesca, Tajo Bajo con ortodoncia en curso. Le expliqué el caso con toda la amabilidad esquemática de la que fui capaz:

-Compro, pago, llevo, abro, rota, vuelvo, ¿otra?

-Uy, ya voy a preguntar, pero me parece a mí que... -y se fue para un teléfono al otro lado del mostrador, para dialogar algunos segundos con un tipo al otro lado del hilo.

Yo miré a la cajera. Se le había puesto cara de se-le-dije-yo-que-esto-no-iba-a-poder-ser-porque-las-pelis-las-cambian-pero-las-cajas-no. Esa sería su cantinela durante los próximos minutos. Oí cómo la encargada explicaba en el teléfono el compra, paga, lleva, abre, rota, vuelve, ¿otra?, pero con ese timbre de voz con el que las niñas quedan en la puerta del Vips, hala en la puerta del Vips no tíaaaa que me rayo mogollón. Por lo alto yo le echaba 17 años, pero debía ser mentira.

Mientras volvía hacia mí, consideré la situación. Eran tres contra uno. La cajera del principio, que asentía mientras la otra me hablaba, diciendo en voz perfectamente audible: "Ya se le decía yo"; más la de Seguridad, que cumpliendo el protocolo de actuación se había situado a distancia vigilante, con una postura de académica actitud disuasoria. La miré de reojo. Aquí voy a ser sincero: la seguridad privada es un concepto que no admito bien. Y además yo llevo unas semanitas con la mala hostia de rebajas. Así que al verla ahí plantada, como a dos o tres metros de mí y sin perder ripio del diálogo, voy a ser honesto, pensé: ¿Cuáles son las condiciones físicas necesarias para ingresar en un aparato de seguridad así? Y a continuación: ¿Si esto se torciera, dónde la pondría con un puñetazo bien dado? Porque si ella lleva porra, revólver y esposas, y adopta ese aire de "yo estoy aquí para advertirte de que frente a ti tienes a un cuerpo y fuerza de seguridad del estado paralelo y me han destinado al Opencor y yo defiendo este Opencor como si fuera la puerta de mi casa"; y si ella presupone que hay algo problemático en el hecho de que yo pida que me cambien una película que me han dado con la caja rota después de pagar 20 euros; si todo eso ocurre yo tengo derecho a pensar hipotéticamente dónde la pongo si le planto un tortazo en la quijada con la mano abierta, y cuántos días tardaría en levantarse.

Además del trío al frente de la tienda estaba el del teléfono, personaje en la sombra al que imaginé tirando monedas al aire para decidir, como Anton Chigurh en No Es País Para Viejos: "Call it! Head or tails...".

Resumiré el desenlace. Yo soy Ornat. Esto es... que no llevo bien las tonterías. El asunto del ticket no tardó en salir a la palestra. El asunto del ticket a mí me hace mucha gracia. Qué ticket ni ticket. Me parece muy bien que os hayáis inventado la prueba irrefutable del ticket, pero aquí hay una razón superior que apela al contrato tácito, irrebatible, entre un vendedor y su cliente: si yo pago, tú me das el producto que he pagado. Si el producto no aparece en el estado que le corresponde, entonces TÚ no estás cumpliendo, amigo. Si yo no te doy billetes falsos, tú no me des la caja rota. Y luego no me vengas con la mandanga del ticket. ¿Hay que archivar millones de papelitos diarios? ¿Me quieres decir que el código de barras y toda la tecnología no sirve para nada? No lo sé, no me importa. Y además, esto: ¿Queréis que la próxima vez que me vendáis una caja de leche caducada en un pack me presente en Comisaría? Aquí el caso empieza y termina en esta verdad: yo te pagué 20 euros y tú me has dado el producto roto. ¿Sí o no? "Es que sin el ticket..". ¿Sí o no? "El ticket...". No hay ticket. ¿Sí o no? Fin. End of the story.

Fue no. Guardé silencio. Me quedé mirando a la chica. El algoritmo del bofetón a la de Seguridad aún me daba vueltas en la cabeza. A mí no me gusta que me amenacen ni que me miren con gesto disuasorio. Yo me llamo Ornat. Tampoco me gusta que me traten como si andara con trucos para quedarme con una caja que no me corresponde. "Enseguida lo vais a entender", pensé.

Retrocedí hacia la salida, como en un travelling invertido. Les dije que no volvería. Seguí retrocediendo. Salí a la calle. Al pisar la acera el hervor me alcanzó del todo. Arrojé la caja contra el piso con toda la violencia, se partió en dos, di un paso adelante para que se abriera la puerta automática de la tienda y grité: "Ahí tenéis vuestra puta caja". Y la lancé como si fuera un freesbee. A pesar de lo precario de su estado aún completó un vuelo bastante digno. Se mantuvo unos metros a media altura, atravesando el espacio de los periódicos, y luego tomó una leve curva lateral hacia la derecha, mientras iniciaba su desplome. Fue a dar en un expositor de no sé qué, con el consiguiente ruido y caída de productos al suelo. Me metí los duvedés al bolsillo pensando que aún me quedaba la caja de la primera versión de Infiltrados que compré. Ahí vais a estar muy bien. Lo último que vi antes de entrar en el coche, a través del cristal, fue a la de Seguridad: arrodillada, recogía lo que se había caído y con cuidado volvía a ponerlo en su sitio.

Pd: Regalo duvedé de Infiltrados sin caja.

09/02/2008 14:18 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 15 comentarios.

14/02/2008

Los alegres artistas

Siempre me he preguntado cómo fue que al hombre se le ocurrió hacer fuego. Se dice que el hombre descubrió el fuego, lo que implicaría que lo vio en algún lado y trató de reproducirlo; de otro modo no me puedo explicar ese impulso inicial de inventar algo que no conocía. O sucedió así o bien tuvo una repentina iluminación que Kubrick, en su 2001, simbolizó con el famoso monolito que tantos dolores de cabeza nocturnos le traía a Carlos Pumares. La otra noche yo recibí uno de esos rayos fugaces. Pegué un respingo porque llevaba meses mirando cómo hacerlo y de repente me vino a la cabeza solo, como si alguien me lo hubiera soplado. Estoy hablando de colgar vídeos en Somniloquios. Un pequeño paso para la informática pero un gran paso para mí. Deberíais haber presenciado la patética lucha que durante meses he sostenido yo solo para lograrlo. Somniloquios audiovisual constituyó siempre uno de mis anhelos. Naturalmente, mi descubrimiento no puede ni descalzar al del fuego, pero para mí fue importante. Además, sobre estas cosas hay opiniones. Tengo un conocido que suele decir que los tres grandes inventos de la historia de la Humanidad son éstos y por este orden: la cama, la rueda y la braguita tanga. La aparición de la rueda en la segunda posición siempre me ha fascinado...

Así que yo quería celebrar con un gran y significativo vídeo este avance, y durante días he madurado cuál podría ser. Finalmente, he decidido que inauguro con la ridícula canción que cuatro o cinco artistas han decidido dedicar a Zapatero. Ellos se llaman PAZ (Plataforma de Apoyo a Zapatero), pero creo que en realidad es un acrónimo de Pandillica de Apoyo a Zapatero. La verdad, sólo se les puede calificar de pandillica. La canción resulta lastimosa y demuestra una grave incapacidad musical unida a un peligroso y sectario desapego a los problemas reales sobre los que trata o debe decidir la política. Sobre todo, insisto, transmiten una ridícula imagen de mensaje vacío y acabado. Creo que, si continúan esta línea de acierto, estos chicos pueden hacer más por la candidatura de Mariano Rajoy de lo que ellos mismos piensan. A mí están a punto de movilizarme para votar... yo que no me he acercado a una urna jamás. Ahí dejo el vídeo.

 

 

 

Al otro lado, sin embargo, son capaces de hacer cosas como ésta que sigue: no sé qué propone ni qué quiere Obama, pero el vídeo transmite la idea de un segundo Martin Luther King, un político de oratoria convincente y enfática: "Con entonación y trucos de la oratoria sagrada, la que se fragua en las numerosas iglesias evangélicas", como muy bien escribió Lluis Bassets en El País. Me parece que el contraste entre los dos vídeos demuestra el salto de modernidad necesario en ciertos sectores en España. A ver si va a resultar que los más inmovilistas y trasnochados son los que se creen más avanzados y progresistas... Yes, We Can. En apoyo de Barack Obama, candidato demócrata.

 

 

Pd: Además, ellos tienen a Kareem Abdul-Jabbar y nosotros no pasamos de Fernandito Romay...

14/02/2008 15:39 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 6 comentarios.

15/02/2008

Un agujero en la cabeza

The Revolution Starts Now (Steve Earle and The Dukes)

 

Algún día os voy a contar lo que yo llamo la teoría del bocadillo de salchichón, un suceso habitual de mi infancia que mi madre recuerda bien y que anticipaba mi problema más grave de la edad adulta: nunca estoy satisfecho con lo que tengo. Esa teoría viene hermanada con otra que llamaríamos Teoría Tom, Dick y Harry, basada en los intentos de huida de La Gran Evasión y consistente en la construcción permanente de túneles de huida de la realidad. Cuando yo era niño me fascinaba construir túneles en montículos de tierra, generalmente acumulada por los obreros para alguna de sus obras. Con algunos amigos, jugábamos a roturar esas montañitas con nuestras manos y construir túneles tan largos como nos permitieran nuestros brazos. Cuando podíamos meterlos hasta que el hombro tocase con la entrada del túnel, entonces parábamos e iniciábamos la construcción de otra galería desde la ladera contraria, con el fin de unirlas. Me gustaba la tersura aterciopelada de la arena fría y húmeda del interior; me gustaba el momento en el que las yemas de los dedos, arenosas, tocaban las yemas de los dedos del otro, que había avanzado desde el lado contrario hasta comunicar los agujeros. Entonces igualábamos la anchura de ambos lados hasta dejarlo perfecto. Luego lanzábamos una pelotita por un extremo para verla salir por el tobogán de la boca opuesta. O bien llenábamos un cubo con agua y la arrojábamos con cuidado de un lado a otro, para que bajase en un torrente interior que no inundase la galería. Con los años me he dado cuenta de que aquel comportamiento equivale a la construcción de túneles de escapatoria en mi arenoso cerebro, juego que practico con desesperada constancia. Es mi forma de huir.

Somniloquios constituye el mayor de esos túneles, el más feliz y el que contiene una mayor ambición, si se le puede llamar así. A vosotros os puede parecer un mero ejercicio, más o menos gracioso, de diletancia o entretenimiento, pero no tiene nada que ver con eso. Somniloquios es una batalla, un acto cotidiano de simple supervivencia contra las insatisfacciones y la frustración. En ese sentido no tiene nada de edificante, pero me aproxima a la salvación. Hace tiempo que pensé, de un modo algo dramático, que sólo las palabras pueden salvarme. Incluso aunque no valgan mucho. Incluso las que no llegan.

Steve Earle decidió muy pronto que haría la revolución con palabras enredadas en una guitarra. Hijo de un controlador aéreo, educado en Nashville y en la Texas sureña, a los 16 años se largó de casa para tocar música contra la guerra de Vietnam. Con esa edad no le permitían interpretar sus composiciones o subirse siquiera a un pequeño escenario en un club o un bar, así que acompañaba por los cafés a grupos de activistas. A los 19 años se casó con la primera de sus cinco esposas. Por el camino fue educando todas sus influencias e instintos musicales, rebasó el bluegrass, el folk, el country, su versión alternativa y el propio rock; mejor que rebasarlos, lo que hizo fue fundirlos (como otros tantos grandes autores americanos) en un género intermedio que va y viene de unas reminiscencias a otras y compone un concepto tan reconocible como es la música americana, potente, despiadado, honesto, áspero, realista. Un tipo de sonido perfecto para la lucha, la protesta, el inconformismo y el mensaje. El concepto de cantautor me parece un coñazo a este lado del Universo, pero de la América silenciosa (concepto encantador) surgen este tipo de songwriters cuya concepción musical permite ir más allá o más aquí de los mensajes y aterrizar en un sonido estimulante, repleto de pensamientos cruzados y de tradiciones superadas, que no olvidadas.

La descarnada identidad de los personajes ayuda a creer en ellos y en lo que hacen. A principios de los años noventa, la adicción de Steve Earle a la heroína le impidió seguir trabajando. Dejó de escribir y producir y se pasó un par de años o algo más detenido en el tiempo, un periodo que él mismo bautizó como "mis vacaciones en el gueto". La droga y un asunto de armas de fuego terminó con Earle en la cárcel. A la vuelta de ese tiempo, curado de todos los excesos salvo el exceso maravilloso de la creación musical, comenzó a dar lo mejor de sí, hasta hoy. Esta noche, Steve Earle tocará en la Oasis, un lugar verdaderamente paradisiaco de ofertas diversas, indispensable en esta paz tramposa de los desiertos que a veces nos parece Zaragoza. Una gran ciudad para vivir, pero no para luchar. En ningún sentido. Después de Los Sitios, en Zaragoza casi todas las batallas pueden darse por perdidas de antemano y es probable que uno acierte en el pronóstico. Mientras tanto, podemos escuchar al revolucionario Steve Earle, esta noche junto a su mujer Alison Moorer. Es una suerte que tenga Zaragoza por un lugar recurrente desde el que jugar a la guerra con guitarras. En su anterior visita yo lo pasé por alto, de forma inconsciente. Esta vez pienso ponerme en la pared para que, si puede ser, el señor Earle me apunte y me haga entre las cejas un humeante agujero de evasión con el mástil de su guitarra. Si alguien me dice revolución, yo digo Steve Earle.

15/02/2008 12:33 Autor: Mario. #. Tema: Minutos musicales Hay 15 comentarios.

18/02/2008

Roy Scheider (1932-2008)

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Jefe Brody: Vas a necesitar un barco más grande.

[Roy Scheider hace cálculos en Tiburón].

18/02/2008 10:53 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine Hay 2 comentarios.

22/02/2008

Placebo*

Yo empecé a escribir a los once años y el disparo me salió torcido desde el primer momento. En aquellos días no paraba de leer novelitas de Keith Luger sobre individuos de una pieza que enderezaban pueblos olvidados en el oeste americano, o en esos lugares de tránsito entre la civilización urbana y afrancesada del este del país y la brutalidad del otro lado, el que cae más allá del medio oeste, digamos Texas, Arizona, Utah, la soleada California. Aquellas novelitas pulp, los bolsilibros de Bruguera, eran mis novelas de caballería quijotescas, porque si a algo he jugado yo ha sido a vaqueros e indios, aunque tuve mis perversiones de cuando en cuando y a veces también jugaba a Tarzán y Boy o, en un periodo aún más concreto y desconcertante, a Curro Jiménez y su banda: de esto último tuvo la culpa el modelo de navaja albaceteña tamaño natural en réplica de plástico que sacó a sus mostradores Comercial Aurora, una felicísima tienda de juguetes, tan sobria como rica, que había junto a mi colegio, en la esquina de San Jorge con la plaza San Pedro Nolasco, si es que podemos considerar que una plaza tenga esquinas.

He de decir que yo nunca fui el protagonista principal en aquellos juegos. Tenía un amigo al que le gustaba mandar mucho más que a mí, cosa que me sucede de forma recurrente desde hace siglos y por eso nunca he llegado a nada. Yo soy el héroe del pueblo, como el Che pero sin balear a nadie en nombre de la Revolución. Así que en el reparto de papeles, de niño, siempre salía perdiendo. Yo no lo tomaba como una derrota: ser el ayudante del sheriff me parecía muy noble; en el peor de los casos también podía hacer de indio, raza por la que tenía y tengo predilección. En territorio navajo, en la frontera entre Utah y Arizona, me compré un tomahawk artesanal y un arco en miniatura, y aún estoy pensando qué hago con ellos. Si llego a ver antes No es País Para Viejos, me compro la bombona y el cañón de aire comprimido para derribar reses, que hace agujeros perfectamente esféricos en la frente ajena. Comercial Aurora ya no existe: plantaron allí un café de nombre decimonónico e inspiración parisina, tal vez, y me parece que se lo llevó el río en alguna crecida. Nadie fue al entierro.

Finalmente, en nuestra simulación de Curro Jiménez me tenía que quedar con el Algarrobo. Ahora os parecerá ridículo, pero en aquellos días el Algarrobo tenía mucho predicamento porque era el tipo noble, directo y desarrapado del grupo. Todos queríamos ser alguna vez como el Algarrobo, dulcemente brutales, dueños de una fidelidad a prueba de franceses o de señoras con las tetas en bandeja. Y no me habléis del Estudiante como alternativa. El Estudiante apareció después. En el mismo capítulo pero después, que de esa no sé si os acordáis.

Volvamos atrás. En la novela pulp me introdujo un amigo que leía a Keith Luger y me dijo que era mucho mejor que Marcial Lafuente Estefanía, que siempre escribía lo mismo. Yo estuve de acuerdo porque soy así, tiendo a estar de acuerdo, bastantes cosas tengo yo que pensar como para andar en desacuerdos rutinarios. Además, aquel chico dibujaba vaqueros con Stetson de ala ancha, negros, y corría como si cabalgase, igual que un centauro, atizándose a sí mismo en los cuartos traseros con saña, y cabeceando un poco al galope. Luego me di cuenta de que Keith Luger también escribía siempre lo mismo, una novela por semana, dicen, pero a mí también me gustaba más que Lafuente Estefanía. Así que la primera ficción que escribí, a los once añitos, quedó a medias entre la recreación de una historieta pulp de Keith Luger (un español que en realidad se llamaba Miguel Olivero Tovar) y un western que debí ver por aquellos días y que nunca he sabido cuál era, tal vez Centauros del Desierto. Había una matanza inicial y una larga venganza posterior, dirigida por la memoria precisa y fiel de un perro. Una cosa terrible, en todos los sentidos.

Sin embargo, un niño escritor ofrece siempre la posibilidad de avergonzar a alguien mientras se trata con mucho cariño de ponerlo como ejemplo social. Un niño escritor tiene algo de personaje terrorífico o con el cual hay que tener cuidado. No es tan temible como un niño que toca el piano, otro que juega al ajedrez o el que hace gorgoritos con la voz,  pero… Un niño así anuncia cosas que nadie queremos: tiende a confiar en los disparates de la imaginación y no se centra en las verdades concretas de la existencia. Cierto día, por sorpresa, la profesora de Lenguaje me sentó a su lado en la mesa durante una clase, sacó los folios en los que yo había mecanografiado con pueril lentitud el relato y, después de decir mirad lo que ha escrito Mario, todos calladitos y a ver si aprendéis, manga de lerdos (le faltó agregar) comenzó a leerlo para toda la clase, mientras yo miraba al suelo y notaba que las gotas de sudor me bajaban en animada procesión de a uno por la espina dorsal, en aquel entonces tenía yo una espina dorsal de lo más tierna. Si me salvé de la patada general del alumnado canalla debió de ser porque, al poco tiempo, la señora descubrió a otro niño que cantaba jotas con timbre de infantico descapullado, además de interpretar una versión estupenda de aquel tema de Pedrito Fernández, La de la Mochila Azul, con el cual hacía temblar los baldosines de los muros. La de veces que oiríamos La de la Mochila Azul… Aún se me ponen los vellos como escarpias metálicas.

El episodio me provocó un sonrojo tan profundo que dejé a medias mi segunda aventura literaria, otro relato pulp, pero esta vez en el campo de los misterios y titulado, con letra inclinada del lado derecho, El Detective de la Pinkerton. Apenas pasé de cuatro o cinco cuartillas escritas a bolígrafo (intento de convicciones mucho más modestas, por tanto) y comenzaba con una persecución automovilística por las calles de la ciudad, derribando cubos de basura, puestos de manzanas y carritos con hot-dogs. Eso me ponía en camino de encontrarme tiempo y tiempo después con Dashiell Hammett y el señor Chandler, entre otros. Pero marcado por el episodio del aula, hasta los 18 no volví a escribir. Cuando lo intenté –torpes tentativas poéticas en las noches universitarias de estudio- me pasó como con el baloncesto: al abandonarlo había interrumpido el crecimiento y, cuando regresé unos años después, ya no era más que un base pequeñajo que no se acordaba de botar con la izquierda. Entonces fue cuando empecé a beber. Eso me ponía en el camino del señor Carver, entre otros.

Ahora que escribo todos los días, tengo la mano blanda como Chicho Sibilio y el cerebro desguarnecido, de modo que camino por las calles construyendo frases en mi cabeza. Al mediodía andaba yo por esas rondas del Tubo y me ha dado por pensar cómo algunas calles poseen conciencia de sí mismas, mientras que otras parece que están ahí puestas por el Ayuntamiento, literalmente, y carecen de personalidad o de los recursos precisos para obtenerla. Ni les importa. No hay oposiciones a la personalidad, uno la tiene o no la tiene; la belleza está más al alcance, hay técnicas. Pero la personalidad… esas cositas. No. Las que se saben calles tienen algo que no se puede intercambiar, tal vez un sabor o un olor, que permite reconocerlas y reconocerse.  Yo camino por esas vías periféricas rizadas de obras y hombres y no entiendo, no sé dónde estoy, hay una incoherencia tan obvia que casi me duele. Zaragoza ha debido de cambiar mucho, dicen. Ahora resulta que el adoquinado lo hacen con una plantilla que cuartea el asfalto en forma de pequeños sillares, pero ya no hay moreno que junte un adoquín con otro. Así, o se levanta todo el conjunto o ahí no se mueve nada. Son los pequeños descubrimientos que permite la Expo. En las obras se aprende lo que falta por saber de la vida, por eso todos los abuelos pasan ahí las mañanas, al sol, o bien apostando perras gordas a las chapas en los claros del Cabezo. Por las noches, una hilera de coches dormita entre los árboles. Ocurren cosas, pero no sabemos cuáles. Hay vidas paralelas.

Dicen que Zaragoza cambia, pero yo la veo siempre igual. Hay una ciudad fantasma que permanece fuera de la lógica circundante: callejones que nadie recorre porque no llevan a ningún sitio, paradas de taxi en las que jamás se detiene un taxi, rotondas que aparecen y desaparecen, se transforman y reviven. Tiene zonas erróneas como las mías, como las del libro del doctor Wayne Dyer, que es un best-seller de la psicología que después de 30 años o 40 sigue en todos los divanes, aguardando a que los hombres vengan a buscarlo para leerlo. “Cariño, ¿te has olvidado de tomarte las pastillas?”. Libros en pastillas, mucho más efectivos. Cuando a uno le gusta leer de modo compulsivo, extravía el placer de hacerlo; incurre en la feroz urgencia de leerlo todo, todo lo que se ha escrito, todos los autores, al menos todos los importantes, al menos en todos los idiomas. Y eso, amigos, es imposible. Así que no fomentemos la lectura. Es una trampa mortal.

En la vida nada ocurre en vano. Está demostrado por los científicos. Y no hay pastilla que no se pueda tragar con algo de rock y un poco de poesía.

[Pd: Baby... did you forget to take your meds?]

*[placebo.

(Del lat. placebo, 1.ª pers. de sing. del fut. imperf. de indic. de placēre).

1. m. Med. Sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción].

22/02/2008 03:12 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 11 comentarios.

25/02/2008

La noche del flequillo asesino

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Tengo en la pantalla a Angels Barceló que en estos momentos mastica con saña un buen pedazo de Jaume Figueras, su compañero de mesa, al que lleva unos años devorándose vivo durante el programa de los Oscars. Antes, con Ana García Siñeriz, Jaume ocupaba un buen pedazo de pantalla, pero ahora como que no le da tiempo o bien no cabe; como si hubieran estrechado los encuadres y ahí sólo cupiera Angels, la del fútbol y los secuestros en Brasil. Esta mujer sí que camina profesionalmente sobre una alfombra roja. Ejem. Estoooo… que van a empezar los Oscars y eso. Que llueve en Los Angeles pero no se nota nada. Y que cada medio minuto aparece Anton Chigurh / Javier Bardem en pantalla en alguna escena, que ya no sé si no se lo dan qué va a pasar aquí. Pero yo creo que se lo dan… todos creemos que se lo dan. Y la verdad, se lo merece. Bardem, el insoportable, está inmenso en No Es País Para Viejos.

Yo lo veo sin sonido. Últimamente tiendo a ver sin sonido casi todo, incluido el fútbol. El motivo parecerá extraño, pero es que no entiendo que nadie me cuente lo que estoy viendo si tengo los datos suficientes como para verlo yo solo. Debo de estar volviéndome loco. Para un momento que he subido el volumen, cuando ha salido Bardem con la morena de la televisión americana en la entrevista previa a la ceremonia, va y le pregunta por el peinado de la película. Así que corriendo la he bajado. Somniloquios transmite en riguroso directo, amigos. Hasta que apriete el sueño. ¡Acaba de aparecer Mickey Rooney! No, el delantero del Manchester United no. Mickey, el actor, aquél de la cara de niño, ese pequeñajo de la seta redonda sobre los hombros. El que se casó ocho veces, una de ellas con Ava Gardner, aunque todos sabemos que la ciencia negó hace siglos esa posibilidad. Ese. La alfombra roja es como los estudios de TVE, que de pronto aparece gente que no veías desde hacía 44 años y dices: “¡Hostias, aún anda ésta por ahí!”. Por ejemplo, Elena Sánchez, que rebrotó en pantalla en cuanto entró el gobernador ZP. Pues los Oscars son igual. Ahora, por ejemplo, el pavo del pelo caoba de la ABC –tipo Trevor Brookman el de los Simpsons- entrevista a una abuelita de amarillo y cabello plateado, que sonríe dentífrica y ancianamente. Diría que entre los dos no bajan de los 230 años…

Los habitantes de Hollywood se van sentando en sus butacas. Es una especie de reunión de vecinos con premios y borrachera posterior, a todo lujo. La alfombra ha estado sosota. Sí, Cameron Díaz y George Clooney, pero no sé, poca cosa. Laura Linney, que me va mucho en sus papeles; la mujer de Ben Affleck en su condición indudable de mujer de Ben Affleck; Casey Affleck y acompañante (que aprovechaba la inclinación de la entrevistadora del Plus para mirarle la curva de las posaderas y calcular cuánto le tiraba la sisa del vestido, sin ningún disimulo), la inevitable Penélope siempre deshaciendo el ovillo… Daniel Day Lewis porta dos aretes dorados, uno por oreja, y a una dama pelirroja como una calabaza. Soy mucho de Daniel Day Lewis, digámoslo, pero no me lo creo tan exagerado en Pozos de Ambición. Y a la película le sobra frialdad y le falta algo de conflicto externo a la ambición obsesiva del personaje, un antagonista que eleve nuestra implicación en el pozo de mierda concéntrico que es el magnate del petróleo al que encarna Daniel Day Lewis. Artísticamente grande, la película me parece descompensada. Y con un desenlace muy mal resuelto, sin encontrar el tono preciso. En cuestión de locos egocéntricos despiadados, me quedo con El Aviador de Leo di Caprio en la película de Scorsese. Por nombrar uno cercano. Y si nombramos al lejano o paradigmático, a la cumbre, está clara: Ciudadano Kane.

Bueno, que empieza la cosa. Aguanto hasta que llegue el sueño. Lo demás lo leéis donde siempre. De momento me lo he puesto en inglés… Notable que no hay nadie haciéndole de intérprete a Angels en la televisión americana, no me lo puedo creer. Sin embargo, su voz se cuela en la versión americana, también. Qué mujer, dios mío, qué pedazo de mujer. Traspasa los muros. Bardem está sentado a la izquierda del padre, Jack Nicholson, y delante del padrino, Tommy Lee Jones, y un poco más atrás están los Coen. Gasol no juega esta noche pero Jack lleva los mismos anteojos oscuros de siempre en el Staples Centre. Ellen Page, la niña de Juno, acaba de cumplir años y ha dicho que se iba a tomar “un par de copas”. Hay que vigilar a esa niña… Juno me ha parecido simpática y poco más; un cruce diferido entre Café Irlandés y Beautiful Girls, y muy lejos de las dos. Simpática, eso es todo. Es como cuando se le dice a la novia que está muy graciosa. O está guapa o no está guapa, pero graciosa no puede estar. Es un eufemismo cruel. Anotadlo. Graciosa. Juno me gusta, pero vamos a hablar de películas en serio, si es que hablamos de Oscars. Buena frase del presentador Jon Stewart sobre Barack Obama: “Todas las veces que hemos visto a un presidente americano negro ha sido porque un meteorito gigante estaba a punto de derribar la Estatua de la Libertad”.

Alexandra Byrne, la diseñadora de vestuario de Elizabeht, the Golden Age, se lleva el primero de la noche. Enfocan a Cate Blanchett… coleccionista de nominaciones, y no es extraño porque la señorita Byrne parece una mezcla desafortunada entre Betty Boop y Paquita Ors, con unas gafas robadas a Isabel Coixet. A Angels se le ha movido un poco la cortina de la melena y le asoma por el parietal derecho una oreja muy desabrochada. Entra George Clooney al escenario. Jesús cómo me gusta este hombre. Yo voy siempre con Clooney, nuestro Cary Grant de estos días: presenta un montaje de los 80 años de Oscars en la pantalla del escenario. Gran frase de un presentador que cito para ustedes: “Veo muchas caras nuevas por aquí… especialmente entre las caras más viejas”. Estupendo clip de las clásicas y recientes glorias. Para montar algo así no hace falta ir a Harvard, desde luego. Incluye a John Wayne en sus últimos días, reducido a la mitad por el cáncer que estaba a punto de acabarlo: su hija cuenta en cierto documental que se puso como ropa interior un traje de neopreno, para rellenar el chaqué. Todos pensaron que caería largo. El Duque era ya todo retroceso de pellejo y un organismo en huida. Pero tenía un par de huevos. Hablando de comida: Oscar para Ratatouille. Yo desde que vi el tráiler, una rata en una cocina, me cambié la sortija de mano, como mi madre, para acordarme de no ir a verla. Y no me acordé. La rubia de Anatomía de Grey entrega no sé qué Oscar a La Vie en Rose. Lloriquea una morena muy porcelanosa en las butacas. Pondera Angels: “Por segundo año consecutivo el Oscar de Maquillaje viaja de Estados Unidos a Europa… y eso es una gran noticia”. Toma ahí perspectiva periodística y toque a los putos yanquis. Que no se crean que van a ganar todo esos mongoles. ¡Vamos Europa, hostias! Enhorabuena a los premiados.

Son las 3:00, amigos. Somniloquios transmitiendo en riguroso directo, aunque lo vais a leer con un diferido de seguridad de varias horas por si en un momento dado me rasco un huevo o algo. Para que dé tiempo a montarlo y eso; desde que Janet se sacó una teta en la Superbowl, los americanos toman todo tipo de precauciones. Canción nominada. Hora de cerveza. Mierda, no hay… ¿Un bitter sin? Pssscccchhh…Efectos especiales. Y justo al Plus se le descoyunta el sonido, las voces se redoblan a sí mismas y se montan unas sobre otras. ¡Y ninguna es la de Angels, mecachis! La Bruja Dorada se impone a Piratas del Caribe XV y a Transformers. Estando Nicole Kidman, otra ganadora nata, no había duda. Oscar a la Dirección Artística para un matrimonio italiano my desigual (rubia estirada ella, calvorota él) por Sweeney Todd. Y ahora le toca a Bardem… creo.

Ojo que si no se lo dan cortan la emisión. La escenita de la moneda, otra vez, en las presentaciones. Ya es un clásico. Ojo a Tom Wilkinson, pero vamos, que gana Bardem. Creo yo. Espera. Quieto ahí. Tate. Ahí van. Tres, dos, uno: ¡Bardem! Angels no se podía perder un momento histórico, claro que no. Ay esa orejilla otra vez asomando… Bardem habla muy rápido en inglés y luego en español se lo dedica a su madre, a sus abuelos, a los cómicos de España y a la dignidad del oficio. Y se marcha. Y menos mal porque en un momento ese chico salta al mitin o arma una bicifestación y no hay modo de detenerlo. Los Coen le escribieron un papel demoledor y él lo ha reventado de músculo interpretativo. Yo la vi en versión original y su simulación del acento del sur de Texas es portentosa. A mí este tipo –y todo el ambiente de la película- sí que me da miedo. Y no El Orfanato o esa de REC. No es País Para Viejos es el penúltimo western sin ser un western, pero es el western moderno. Una película que yo no diría tal vez la mejor de los hermanos, pero le pega al palo. Descarnada, brutal, negra, tremenda como una frontera, donde los límites suponen apenas una convención.

Me estoy empezando a aburrir. Ahora viene el dilema interior, hermanos, cuando tiro por la ventana todo el trabajo hecho hasta ahora y me largo a dormir. Dejo esta crónica a medias  e incumplo el compromiso conmigo mismo. Es lo que pasa con estas cosas: como nadie obliga, nada obliga. Cuántas veces, durante una lifara antes de ir al campo en algún partido del Zaragoza fuera de casa, hemos pensado: “Ojalá ahora mismo suspendieran el partido y nos pudiéramos ir a dormir la siesta toda la tarde al hotel, dormir a pierna suelta, con pérdida grave de conciencia y masa encefálica por babeo”. Pero nunca lo suspendían. Y si lo suspendían, había que contar que lo suspendían. Pero Somniloquios es mío, así que hago lo que quiero. Voy a hacer una ronda a ver qué hay por ahí en los otros canales. Espera… Actriz Secundaria. No puedo contextualizar mucho porque no he visto ninguna. Ni pena, oye. Por mí que gane Bob Dylan. O sea, Cate Blanchett. A veeer: Tilda Swinton por Michael Clayton. O Michael Clayton por Tilda Swinton. Yo qué sé. Tiene pinta de holandesa, de no haberse maquillado y de que el vestido se le cayó encima en lugar de ponérselo. Pero después de ver a las chicas de los Goya, la verdad, está elegantísima. Ah, mira, es escocesa. La que salía en Narnia. Aaahhh, jate que me sonaba su cara… ¡Hostias, espera que le han dado otro a Bardem! Ah no, para, que es la repetición. Los highlights de Angels eran.

Señores, acaba de salir una morocha a presentar un premio que no sé quién es ni qué espera de la vida, pero está como un cañón de artillería. ¡Servicio de documentación, Juan María Alfarooooooo! Pipipipipipipipipipipipi… Pero si era Jessica Alba, amigos: bien embarazada y con un escote espumillón palabra de honor. No se le veían las ballenas, como a Natalia Verbeke en los Goya. Las ballenas son el forro interior de las copas del vestido, cerdos. Mal pensados. Jess me ha levantado la moral y os doy media horita más de crónica. Pero ahora que he recopilado información me siento sucio: espera gemelos. En fin. Oscar por el Guión Adaptado para los Coen: formidable. Ya he dicho que la película es un prodigio de escritura que ha trasladado y potenciado una novela vigorosa como siempre de Cormack McCarthy, del que no he leído nada. De esta novela, apenas unas líneas, lo que ya me confiere autoridad moral de sobra para juzgarla como una gran adaptación. Leída la primera escena en el libro y vista en la película, me quedo con la película. Me queda un poco de bitter sin después de tirarlo por el suelo. Me lo acabo. Otra canción nominada: voy a hacerme sesenta flexiones.

Las 4:01, chicos. El Zaragoza entrena mañana a las diez y media (hoy para el lector), con ese 5-0 y esa alegría, y yo aquí con el Oscar al Mejor Montaje de Sonido, como si tuviera 15 años. Os cuento que premian a El Ultimátum de Bourne. Joder, ¿competía en este año? Un poco más y se lo dan a Titanic, ¿no? La ceremonia va ligerita. Ahora, la Mejor Mezcla de Sonido. Si queréis saber la diferencia entre el montaje de sonido y la mezcla de sonido, llamáis a Pumares, chatos. Mira, también compite Bardem. Y Ratatouille. Y Transformers, que no te creas que no cunde y aún no ha rascado una. A ver: El Ultimátum de Bourne gana también éste, claro. Es que era el mismo, en el fondo. En fin. Lo que os decía de la mezcla y el montaje. Si es que el sentido común es el sentido común. ¿Sí o no?

Recuperamos tono con la Mejor Actriz. Están nominadas Penélope, que sigue esperando el suyo desde el año pasado y sólo se ha movido del asiento para cambiar de novio y agarrar a otro camino del éxito, y cuatro o cinco pelanas más. Os las nombro a título informativo pero vamos, que la más elegante es Penélope de lejos: compiten Cate Blanchett (yet again), Julie Christie, no sé quien disfrazada de Edith Piaf, la estupenda Laura Linney (ahí pongo yo mi ficha, ojito) y Ellen Page, alias Juno. Lo va a decir Forest Whitaker… Jódete: Edith Piaf. O sea, Marion Cotillard, que acabo de leerlo en el rótulo. Terrible tener que oír a una francesa hablando inglés. Ahí está la chica, al borde del colapso emocional. Al menos no es tan estirada como Juliet Binoche. Oye, y que no está nada mal, eh, ahora que la miro, tampoco os vayáis a creer. Es decir, la película en Somniloquios no vamos a ir a verla porque en Somniloquios no somos mucho del tema del biopic, pero eso: Marion Cotillard. Bien amueblada. Acordáos del nombre, por si algún día tenéis un blog.

En la TVE, mientras, están con el informativo 24 Horas, que como mucho puedes verlo 24 segundos antes de que se repita una información. Raúl Castro, con sus gafas de 24 quilates, arengando a la Asamblea Nacional de Cuba y hablando muy bien de su hermano mayor, Fidel. Cómo no. Ahora vienen los goles. El dientes está que se sale otra vez y en Madrid hay cagazo. El gol de Uche ha sido de circo. La chica que da los goles tiene los ojos muy grises. Debe de ser por la hora. Ahora, en rápido compacto, todos los tantos de la jornada… Me vuelvo al Kodak Theatre que lo de Luis Fabiano ya me lo sé, chico.

Tras un impás, aquí seguimos. El Ultimátum de Bourne suma otro, el del Mejor Montaje. Tres de tres. Como la serie me gusta tantísimo, son pequeñas alegrías colaterales en una noche más bien descafeinada, te digo. Ya no sé cómo aguanto, pero aún estoy en mis horarios habituales, por otro lado siempre desbaratados. Como nota de color os diré que Figueras ha recuperado terreno con respecto a Angels y su blusa hippie de pedrería en el escote. La camisa color vino de Jaume hace lo que puede. Ahora mismo se están largando una conversación mano a mano que me he perdido, pero presenta el próximo, el de la Mejor Película Extranjera, nada menos que Pe, y ahí doy el respingo porque la Cruz es siempre rabiosa actualidad. Pe presenta rápido y sin florituras, con un inglés muy hispano, y se lo entrega a The Counterfeiters, de Austria. Yo se lo hubiera dado otra vez a La Vida de los Otros, oye. Penélope escolta el discurso y una azafata de piel olivácea escolta a Penélope. Le saca cuello y medio y un par de cabezas, a pesar de que Penélope se ha subido el frente del peinado como si se hubiera metido un transportador bajo el flequillo. La verdad, pobre Pe: en California no es azafata cualquiera. La morena está para jugar al waterpolo con ella y vaciar la piscina a barrigazos.

Ha salido John Travolta, que casi se come el atril. Después de Colin Farrell, es el segundo que resbala ahí y el chaval de la mopa sin ocuparse del asunto. Ya verás cómo al final salimos en los papeles. Travolta ha ingresado ya en ese periodo de los actores/actrices en el que uno no sabría decir si tienen 42 años u 86. Luego, repentinamente, aparecen envejecidos y a continuación se mueren. Más o menos, por resumir. La línea del cabello de Danny Tzuko está en franco retroceso y la cara es como si no fuera suya, como si le hubieran esculpido una nueva en cera y la llevase encima de la real. Le han dado el Oscar a la mejor canción a una de Encantada. Pues encantados.

Según mis cálculos, ahora viene lo bueno. Son las 4:56 de la mañana. Lo bueno serían el Guión Original, el Mejor Actor, el Mejor Director y la Mejor Película. Lo demás ya no interesa mucho. La Banda Sonora, el Corto Documental y qué sé yo. ¿Sabéis qué? Que me voy a la cama. Que yo si no están nominados Scorsese, Woody Allen o Clint Eastwood casi me da igual. Los Coen me caen muy bien, me han divertido mucho, pero… Eso sí, espero que ganen porque su película es la mejor. Tengo la duda por Tommy Lee Jones, que está entre esos tipos a los que quiero ver ganar. Pero como creo que no lo voy a ver ganar, en cuanto termine Cameron Díaz lo que tiene entre manos, me largo. Pozos de Ambición se lleva el primero, a la Cinematografía. ¿Qué es la cinematografía? Y qué sé yo. Yo estoy pensando en lo mío: en que Cameron Díaz sí hubiera derrotado a la azafata del waterpolo. Ahora rezo tres avemarías por ella.

Señores, ha sido un placer. Como diría John Wayne: So long! 

[Pd: la cinematografía es lo que nosotros llamamos la fotografía. Es decir... eso. La fotografía].

25/02/2008 05:04 Autor: Mario. #. Tema: Vivir de cine Hay 14 comentarios.

27/02/2008

Díme, Bobby...

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Rubio, aún rubio, aún sin esa frente despejada que lo habría de definir, aún sin ese mechón ingrávido que parecía perseguir siempre su cogote o tal vez volar para alejarse de él sin conseguirlo, aún sin esa coronilla limpia por la que lo llamarían Divino Calvo. Aún joven, pero con tanto dolor. Joven y ya con tanto dolor. Tanto dolor y esa confusión de fondo, esa forma de "entrar y salir de la realidad", que no sabría explicar; tanto dolor y una conciencia inexacta de lo ocurrido y sus consecuencias. Y el por qué. Sobre todo el por qué. ¿Por qué otros y no él? Tal vez eso era lo más doloroso, más allá de las heridas. El no saber. Un golpe en la cara, una contusión en la cabeza, un vendaje muy claro sobre la frente, una conmoción cerebral. Ese entrar y salir de la realidad, sin voluntad. Un camillero que le sonríe, como si quisiera decirle: "Esto es una rutina; no se preocupe, usted se va a poner bien". Él le quiere gritar a ese tipo, se quiere deshacer de su vigilancia, quiere que lo deje en paz, que se largue, que mire alrededor y comprenda o al menos que no sonría. Sobre todo que no le sonría. Por eso le grita, -"¡Usted no entiende nada!"-, porque lo ocurrido supone la destrucción minuciosa de la rutina, una vida (ocho vidas, 23 vidas, miles de vidas) modificada para siempre. Y luego la realidad, otra vez, que se desvanece como si el colchón de la cama, las paredes blancas de la habitación, como si todo lo que hay alrededor -el techo y la pálida luz, el cuerpo, los muchachos jugando a las cartas en la cabina del avión, la nieve de afuera-, como si todo, también el aeroplano, los dos despegues infructuosos, la carrera demasiado larga por una pista helada, y también la casa, sobre todo la casa, más que ninguna otra cosa la casa y ese silencio... como si todo eso fuera engullido por un torbellino, deshecho silenciosamente, igual si jamás hubiera estado ahí. Y entonces, el vacío. Un ruido metálico y el vacío.

Al despertar, a la mañana siguiente, reconoció apenas las paredes encaladas del hospital, aunque no podía estar seguro de si esa era la misma sala de la noche anterior o tal vez otra sala. Reconocía la mañana blanca, miraba a los muros blancos, las sábanas blancas, las batas blancas, las vendas blancas, la nieve blanca, la pista blanca, el avión blanco, el vacío blanco... y lo cegaba la insistencia de una escena sin colores. La claridad se estaba abriendo paso en una sucesión de imágenes de callada nitidez, una procesión fantasmal, de extraño orden. Se vio a sí mismo en una posición casi cómica: caído sobre un piso de nieve mancillada, atado aún a la butaca del aeroplano y con el cuerpo vencido de medio lado, como un chico que ha perdido el equilibrio al bajar la ladera demasiado deprisa con su trineo. La cabeza le zumbaba en una reverberación de metal contra metal. Siempre el metal, un ruido que hoy, 50 años después, no ha podido sacarse de la cabeza. Metal como la esquirla de una bala en el cerebro. Luego había un hueco, una súbita desaparición de materia, de recuerdo, de conciencia. El vacío. Y al otro lado una voz mezclada con estridentes sirenas que iban y venían a todas partes. La voz era la de Dennis Viollet, caído a su lado sobre la pista del helado aeropuerto de Múnich: "¿Qué está pasando, Bobby? ¿Qué ha ocurrido?". "Es horrible, Dennis. Horrible...".

Más tarde habría de arrepentirse de esa respuesta. Dennis estaba herido y tendría que haberle ahorrado la parte más atroz de la verdad. Pero no pudo evitarlo. La bruma del terror es así. Después del primer intento de despegue todos en el avión se habían dado cuenta de que algo estaba ocurriendo, un aire como de inquietud demasiado evidente se apoderó de los rostros de los muchachos. Cesaron las partidas de cartas y ganó el silencio, la callada anticipación tensa de un instante impredecible. Uno no sabe bien hasta qué punto está en peligro cuando está en peligro. Cómo advertir que sobreviene una tragedia... Ahora sí, ahora y en los siguientes días resultaría sencillo pensar que todo iba a terminar así, como lo hizo. Que cuando él acercó la frente a la ventanilla del aparato para mirar afuera, intentando distinguir algún perfil en medio de esa noche deshilachada de viento y nieve, sólo acertó a percibir esa luminosidad algo terrible que adquiere el hielo bajo una luz. Sintió que algo iba a ocurrir.

Desde el suelo, retiró el cinturón de seguridad y trató de incorporarse para mirar a su alrededor. No resultaba fácil ocultar la atroz realidad que se había desplegado en el escenario, y de la cual formaban parte él y su amigo Dennis, ese joven que en los últimos meses se estaba volviendo insaciable en el área de gol. Por todas partes vio cuerpos y trató de fijar la mirada en ellos y reconocer alguno, alguno de los jugadores, algunos de los futbolistas que un rato antes jugaban a las cartas. No le fue posible. Dennis seguía preguntándole: "Bobby, ¿qué ha pasado Bobby?". Y él contestaba: "Es horrible, Dennis. Horrible...". Y Dennis preguntaba de nuevo, y él contestaba otra vez; y Dennis insistía, y él lo mismo. Le quiso decir algo, Dennis, estamos repitiendo esta conversación, deja de preguntarme. Pero entonces vio que Dennis había cerrado los ojos, como si durmiera plácidamente sobre un suave lecho blanco, ajeno a esa noche salvaje de ventisca polar en Múnich. Pensó hacer lo mismo, pero las sirenas no le dejarían descansar. Después, alguien lo asistió y le ayudaron a caminar hasta una camioneta junto a otros compañeros, caminando como si abandonara el campo después de una patada demasiado fuerte de algún contrario. Un instante después, despertó en el hospital. Ya era la mañana siguiente.

A la izquierda de su cama un hombre alemán leía un diario, repleto de imágenes del accidente aéreo. Cuando advirtió que su vecino inglés estaba despierto, levantó la mirada y con un acento exagerado de sonoridades germánicas le dijo: "I'm sorry". Lo siento. El joven inglés -ese rubio de apenas 20 años, aún rubio, con la frente cruzada por un vendaje y un punto carmesí detenido como una cereza sobre el pómulo izquierdo- le dijo algo que sonaba a ruego, una petición. El alemán hablaba un inglés escaso, pero suficiente para entender. Aproximó un tanto a sus ojos las hojas desplegadas del periódico y recitó, muy despacio: "Roger Byrne, David Pegg, Eddie Colman, Tommy Taylor, Billy Whelan, Mark Jones, Geoff Bent". Tras leer el ultimo nombre, hizo una pausa y enseguida agregó: "Muertos".

Todos muertos. Siete muertos. El Viejo no estaba en la lista. Tampoco Duncan, ni otros ni él mismo. Ni siquiera él mismo. Sobre el cabezal de la cama, una tarjeta anunciaba su apellido: Charlton. Sintió una punzada rara, como un lejano deseo de que el alemán hubiera leído su nombre y que en esa tarjeta sobre la cama hubiera otro, quizás el de Roger, o el de Eddy, o Geoff... Aquello era inconcebible, claro, pero de verdad lo deseaba. En las horas que venían, en los siguientes días, en los meses posteriores, tal vez toda la vida, iba a preguntarse dónde y cuándo se jugó la partida de cartas que decidió los nombres de los que iban a morir. Una partida de cartas antes de morir. Eso es la vida. La inquietud de las preguntas sin respuesta lo persiguió por los pasillos del hospital como una locura incansable. Estaba intentando que no lo atrapara, pero al mismo tiempo no quería huir del todo: quizás la culpa lo volvería loco.

Cuando estuvo algo mejor lo llevaron a otra sala en la que ya estaban alojados algunos muchachos del equipo. Al verlos tuvo ganas de tirarse en sus brazos y festejar: "¡Al menos nosotros estamos vivos!", quiso decirles. Pero las miradas eran duras, no incluían ninguna celebración, salvo un doloroso alivio de vida no del todo comprensible. Duncan, dijo alguien, está muy mal. ¿Y el Viejo?, preguntó él. Lo mismo. Lo confirmaron algunas horas después Harry Gregg y Bill Foulkes, que pasaron por la sala para despedirse. Regresaban a Manchester. De repente ese nombre familiar adquirió en sus oídos una brillante sonoridad. ¿Cómo estaría Manchester? Jimmy, el preparador, contó que en Manchester la gente se había reunido en Old Trafford. Querían estar cerca del equipo, a su lado, como siempre en cada partido, pero el equipo estaba en un hospital de Múnich. La ciudad os espera, muchachos, dijo Jimmy Murphy. ¿Habéis visto a los otros?, preguntó alguien. Sí. ¿Y cómo están? Al Viejo y a Duncan los mantienen con oxígeno. Están muy mal. Y Johnny y Jackie... bueno, los doctores no saben si podrán volver a caminar. O a jugar. Jimmy Murphy, el segundo de Busby, había combatido en la guerra y sabía lo que era perder camaradas y amigos. Él se encargó de animarlos como si estuvieran en el vestuario. El accidente era una prueba y el Manchester United la iba a ganar, les repetía. Le gustaba comparar la supervivencia en aquel hospital de Múnich con sus días en el frente. Esa actitud ocultaba una careta: cierta tarde, alguien lo vio al fondo de un pasillo, las rodillas dobladas y la espalda contra el muro, sollozando igual que un niño por todos los jóvenes perdidos.

Pasados unos días, cuando ya fue capaz de caminar, el joven inglés de cabello rubio salió de su habitación y caminó por los pasillos del hospital. Aquí y allá los enfermos lo miraban con lástima y en silencio, como si lo que viesen no fuera un hombre sino una aparición. Ya se había acostumbrado a esas miradas. Subió las escaleras y giró a la izquierda. Después caminó hacia el fondo. La luz de un ventanal en el extremo del pasillo proyectaba una dulce claridad de vainilla sobre las estancias. Se detuvo en una zona acristalada y al otro lado vio, inmóvil entre tubos y cables, al viejo Matt. Jimmy le había contado que el Viejo resistía a duras penas: "Tres veces le han dado la extremaunción, Bobby, tres veces... pero ese hombre no se va a rendir, te lo aseguro". Tres veces, tres negaciones. Permaneció unos minutos observándolo. Meses después ese hombre celebraría lo ocurrido con una canción de Louis Armstrong: ‘What a Wonderful World'. Él no pudo asistir a aquella fiesta. Dejó al Viejo y siguió caminando, en dirección a otra pieza. Todo le pareció detenido o irreal, parte de un sueño del que debería despertar en algún momento, aunque lo acompañaba esa impresión clarísima de las pesadillas, cuando uno advierte que toda la escena pertenece al teatro silencioso de un sueño, una representación de la que, sin embargo, nunca se puede estar seguro de escapar.

Al final, después de tantos días, lo encontró tendido sobre un lecho blanco como el suyo. Blanco como la pista. Blanco como el vacío. Se saludaron apenas en silencio, con un gesto. Duncan conservaba intacta su enérgica mirada, aunque todo lo demás parecía haberle sido arrebatado. Lo miró y trató de buscar su cuerpo, pero le pareció que se había evaporado bajo las frazadas, que tal vez sólo quedaba un vacío, ese vacío, en el lugar que un día ocupó el cuerpo de aquel gigante. Se fijó en la placa sobre la cama: Edwards. Tendido y con la cabeza vuelta hacia él, Duncan contuvo unos instantes la respiración. Parecía estar reuniendo las palabras dentro de sí con sus propias manos. Pasados unos segundos, lo miró y sólo le dijo: "Dime Bobby... ¿por qué has tardado tanto?".

Epílogo
El 6 de febrero de 1958, el vuelo 609 de la British European Airways se estrelló contra una casa cuando hacía una desesperada tentativa de elevarse desde el aeropuerto de Múnich, en medio de una tormenta de nieve y ventisca que había helado las pistas. El Manchester United de los Busby Babes viajaba a bordo del aeroplano, de regreso de un empate a tres goles en Belgrado. El vuelo había partido con una hora de retraso de la capital yugoslava porque Johnny Berry, uno de los jugadores, extravió su pasaporte. Después, el Elizabethan (así se llamaba la aeronave) hizo una parada técnica en Múnich para repostar. La liga inglesa se oponía en aquellos días a la participación de los equipos ingleses en la recién nacida Copa de Europa, y les exigía regresar a suelo británico 24 horas antes de que se jugase el siguiente partido. Por eso el BEA-609 cruzó el cielo de una Europa helada en aquella noche fatídica. En el tercer intento de despegue, el capitán James Thain no pudo elevar la nave por culpa de la nieve caída sobre la pista; rebasó el límite del aeropuero y se estrelló contra una casa. En el accidente fallecieron 23 de los 44 pasajeros, entre ellos ocho jugadores del United, el equipo más prometedor de las Islas, la probable alternativa al Madrid de Di Stéfano. También perecieron ocho periodistas ingleses, tres empleados del club, dos miembros de la tripulación (el piloto se salvó), el agente de viajes y un aficionado amigo personal de Matt Busby, manager e inspirador del equipo. Busby agonizó durante semanas en un hospital de Múnich antes de salvar la vida; una lucha similar derrotó a Duncan Edwards, el gran ídolo de aquel equipo, 15 días después del accidente. El pasado mes de septiembre Bobby Charlton, uno de los supervivientes, publicó sus memorias y en ellas incluye un capítulo (‘My Munich Agony') en el que está basado este relato. Charlton tenía 20 años.

MediaPunta, Febrero de 2008
www.mediapunta.es

27/02/2008 19:32 Autor: Mario. #. Tema: El deporte Hay 1 comentario.

28/02/2008

El debate

El pueblo me pide que entre en campaña y, aunque Somniloquios no tiene vocación de gramola, por una vez lo haré. Lo haré a mi manera, claro. Nada de razonamientos o juicios porque me saldrían demasiado amargos, creedme. Yo soy de los que cada cierto tiempo, coincidente con este tipo de ocasiones y con el repunte de ciertos debates políticos y sociales, considero seriamente la posibilidad del exilio. Y hablo en serio. Respecto al debate, resumiré en dos puntos metafóricos el estado de situación en la España de hoy, donde la estulticia rebaja su precio de forma inversamente proporcional al del pollo y las gasolinas (1); y mi impresión sobre el cara a cara entre el Cejas y el Sopas (2), que vi poco y salteado, para no saturarme. He decir que no comprendo bien el concepto salud democrática ni el concepto ganar un debate. Y diré más: para ofrecer semejantes niveles de discurso, formas y recursos dialécticos, por mí que se queden otros 15 años sin celebrarlo. Podremos resistirlos si se trata de perder de vista a Campo Vidal... Voy al análisis en imágenes. Los clips, para los despistados que por aquí no creo que los haya, pertenecen a aquella obra maestra del humor y la inteligencia que se llamó La Vida de Brian.

1 El estado de la cosa político-social, sobre todo en la rica periferia nacionalista.

 

2. El debate en sí mismo: la escena es la misma, sólo que en la versión original, y ahora ampliamos el campo de visión incluyendo a los dos contendientes. Sobre la arena de la Academia de Televisión, un moderador al que podríamos identificar con el de los trompetones, dándose importancia y fanfarria para después no moderar nada. En la arena, dos gladiadores: el enmascarado sería el Sopas; y el peludo, el Cejas. Las patéticas actitudes de cada uno de ellos están bien reflejadas. Mi impresión sobre ganadores y perdedores también se corresponde con el desenlace del singular combate. Un poco de calma y no  os perdáis la celebración final, que también tiene mucho que ver con lo que yo creo que, por dentro, hace un presidente del Gobierno cuando gana unas elecciones. Y no a su contrincante político, precisamente. En la escena aparecen otros personajes entre el público y sus alrededores. Cada uno que les otorgue el nombre adecuado. Yo propongo que la que recoge las vísceras bien pudiera ser María Antonia Iglesias, ese cuerpo de Qator con cabeza de Medusa y verbo hecho ventriloquía socialista. Es sólo un ejemplo, pero hay muchos en los dos lados: el militante periodismo español, con sus argumentaciones de cámara, está entre lo más patético del famoso debate.

28/02/2008 13:26 Autor: Mario. #. Tema: Los días Hay 1 comentario.


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